El atlas de las nubes, de David Mitchell

En 1850, en plena fiebre del oro, Adam Ewing, un notario estadounidense, visita las islas Chatham, en la Polinesia, a bordo del Prophetess. En 1931, el músico Robert Frobisher encuentra el diario de Ewing en la biblioteca del anciano genio Vyv yan Ayrs, en Brujas; es allí donde compone su obra maestra, el sexteto de El atlas de las nubes, y escribe a menudo a su buen amigo Rufus Sixsmith para informarle de tales desventuras. En los años 70, en San Francisco, la periodista Luisa Rey descubre que el reactor nuclear de la isla de Swannekke podría tener graves problemas de seguridad. Solo el informe de un anciano ingeniero atómico, Rufus Sixsmith, premio Nobel de Física y ex-integrante del proyecto Manhattan, puede demostrar el peligro que conlleva poner en marcha esa central nuclear. Pero los intereses financieros y políticos más salvajes están dispuestos a asesinar con tal de evitar que dicha información salga a la luz ¿Qué importa que la central explote o contamine el planeta de manera mortífera? Lo primordial es lucrarse. Sonmi-451, un clon sintético del futuro explica su rebelión desde la prisión en la que está confinada. El joven Zachry, en lo que queda de las islas Hawai tras la caída postnuclerar del planeta, trasmite por tradición oral todo el conocimiento y las tradiciones de su tribu, exenta de tecnología pero con un vago recuerdo de la misma; después del desastre universal, el retorno a la naturaleza y el respeto por los semejantes es lo único que les mantiene a salvo. Adam, Robert, Luisa, Sonmi-451 y Zachry solo tienen en común un antojo en el omoplato, una marca de nacimiento con forma de violín, y la capacidad de optar por hacer lo correcto pese a que sean los únicos en oponerse a los monstruosos designios de los todopoderosos salvajes.

Tumbado en el fondo de la canoa, veía balancearse las nubes. Las almas surcan las eras como las nubes los cielos, y aunque las nubes cambien continuamente de forma, color y tamaño, una nube siempre es una nube y un alma siempre es un alma ¿Quién sabe de dónde vienen las nubes y dónde estará el alma mañana? Nomás lo sabe Sonmi: el este y el oeste, la brújula y el atlas, sí señor, el atlas de las nubes.

Me gustan mucho las lecturas que requieren de la materia gris del lector para llegar a buen puerto; me gustan esos libros que te obligan a apuntarte frases; me gustan las novelas que te hacen reflexionar sobre la humanidad, pero sobre todo y por mi alma de historiadora impenitente, sobre la Historia del ser humano y su recalcitrante tendencia a la autodestrucción. Ofrece David Mitchell, en El atlas de las nubes, varias lecciones históricas que no hemos asimilado y aprendido todavía —de ahí nuestra tendencia a tropezar siempre con la misma piedra u otra parecida— y asombra la facilidad y la brillantez que tiene el autor para plantear, incluso cuando se trata de una novela de ficción, cuestiones universales. Una de las que más me ha gustado es su confrontación entre los conceptos de civilización y estado salvaje: dice uno de los personajes de Mitchell que salvaje es aquel que solo piensa en satisfacer sus deseos de manera inmediata, sin tener en cuenta nada más; mientras que civilizado es aquel que piensa a largo plazo, que medita antes de actuar y opta por la conservación y la supervivencia en el futuro; por eso, los empresarios capitalistas que solo piensan en su enriquecimiento inmediato sin tener en cuenta la conservación de planeta, son salvajes y, en cambio, la tribu maorí que dialoga sus conflictos, respeta la naturaleza, declara tabú atentar contra otras vidas o piensa en la tierra que legará a sus hijos y nietos, es la más civilizada del planeta.

El atlas de las nubes es un magnífico juego de muñecas rusas en el que cada una de las historias encaja a la perfección en la anterior, en una sucesión temporal que requiere de la colaboración del lector para ir ensamblando las piezas del rompecabezas. Una narración fluida, llena de suspense y acción, con personajes carismáticos y universos tan probables que dan escalofríos, sobre las consecuencias de un gesto generoso o salvaje de un solo ser humano en la Historia de toda la humanidad. Una reflexión genial sobre el poder del conocimiento científico y sus malos usos: la ciencia, que sacó al homo sapiens del estado salvaje de los simios, será también la responsable de nuestra extinción a finales del siglo XXI. Un libro extraordinario que entrelaza con sorprendente verosimilitud pasado, presente y futuro de la humanidad.

La ciencia seguirá inventando instrumentos bélicos cada vez más sanguinarios hasta que un día la capacidad destructora de la humanidad superará a la capacidad creadora y nuestra civilización se precipitará a la extinción (…). Nuestra voluntad de poder, nuestra ciencia y todas las facultades que nos elevaron del nivel de los simios al de los salvajes y de ahí al hombre moderno, ¡son las mismas facultades que acabarán con el homo sapiens antes de que termine el siglo!

Lector, este es uno de esos libros que pese a haberse terminado en nuestras manos permanece mucho tiempo abierto en nuestras cabezas.

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El atlas de las nubes

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