Villa Vitoria, de D.E. Stevenson

Villa Vitoria, a las afueras del pueblecito inglés de Ashbridge, siempre ha sido el hogar de los Dering. Caroline vive allí con sus dos hijas, la egoísta Leda y la siempre genial y optimista Bobby; en pocos meses se les unirá su único hijo, James, que sigue destinado en Malasia. Desde que enviudó, Caroline vuelve a sentirse ella misma, a disfrutar de los pequeños placeres de vivir en el campo, como salir a buscar moras para hacer confitura o charlar con sus amigos. Su casa y su jardín tienen fama de agradables y hospitalarios —pese a que las restricciones bélicas pongan difícil agasajar a los visitantes como se merecen— porque el buen humor de la señora Dering es contagioso. En Ashbridge no hay secretos, todos lo saben todo de todos, como el recién estrenado compromiso de Leda o la llegada de un misterioso forastero al único hostal del pueblo, dos acontecimientos que van a perturbar a Caroline y a su casa como no había ocurrido en mucho tiempo.

 

Cuando se es joven, una solo se ocupa de sí misma, no se tiene tiempo para los detalles cotidianos, pero, cuando la juventud queda atrás, se abren los ojos y se ven la magia y el misterio que nos rodea: la magia del vuelo de un pájaro, de la forma de una hoja, del arco orgulloso de un puente contra el cielo, de pasos en la noche y de una voz llamando en la oscuridad; del momento en que va a alzarse el telón en un teatro, del viento en los árboles o (en invierno) una rama de manzano cuajada de nieve pura y blanca, y de los carámbanos que cuelgan de una piedra, salpicados con los colores del arcoíris.

 

 

Villa Vitoria, de D.E. Stevenson, es una novela estupenda para explicar qué significó el feelgood a mediados del siglo XX. La historia está ambientada inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial, cuando Inglaterra todavía sufría graves carencias de alimentos y productos de primera necesidad, y seguían al uso las cartillas de racionamiento y los cupones para ropa; el gobierno regulaba de manera tiránica la producción agraria y gestionaba la escasez con mano de hierro; algunos jóvenes continuaban movilizados, y muchos eran los que habían perdido a sus seres queridos y/o su hogar con los severos bombardeos de la Luftwaffe en territorio británico. Y en este escenario, D.E. Stevenson nos presenta a los habitantes de la tranquila Ashbridge, un pueblecito en la campiña inglesa donde Caroline Dering se empeña en sentirse feliz con muy poquito, con los placeres más sencillos de la vida.

 

Las dificultades de Ashbridge se parecían mucho a las del ancho mundo solo que vistas desde el otro lado del telescopio.

 

Al igual que en las novelas de E.F. Benson, apenas ocurre nada en Villa Vitoria y, sin embargo, sumergirse entre sus páginas es un placer, se lee con una sonrisa en los labios y con un suspiro de anhelo por pasear por la pacífica campiña inglesa. Sencilla y maravillosa, esta novela de D.E. Stevenson no rebosa el sentido del humor de El libro de la señorita Buncle, o la complicidad de Las cuatro Gracias, pero comparte con el resto de obras de la autora ese optimismo brillante pese a la época, la crítica social y el feelgood de sus páginas.

 

Lo fundamental no es lo que te pase, sino cómo te lo tomes.”

 

Lector, si necesitas un respiro del mundo, ven a Villa Vitoria; estás invitado a té y bollitos con la encantadora señora Dering.

 

 

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Este artículo forma parte de la iniciativa Adopta una autora.

 

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