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Hasta el más pequeño puede cambiar el futuro

Hitler invadió Polonia el 1 de septiembre de 1939. Dos días después, Gran Bretaña y Francia le declararon la guerra a Alemania. Desde las ocupaciones nazis de Austria y Checoslovaquia, el gobierno inglés había alzado la voz para señalar el peligro inminente de la ambición alemana en el continente, pero nadie quería otra guerra. Las naciones europeas seguían muy ocupadas recuperándose de sus respectivas crisis económicas, la temible máquina de propaganda y diplomacia de Hitler sabía adormecer sus temores con buenas palabras y promesas de colaboración futura y, siendo pragmáticos, la potencia militar que desplegó Alemania en Polonia dejó temblando al resto del mundo. Hitler, como Sauron, había acrecentado su poder hasta superarlos a todos y empezaba a comerse Europa ante la impasibilidad de las naciones vecinas. Como decía Éomer en el capítulo 2 de Las dos Torres, Los jinetes de Rohan, no es que fuesen aliados de Saruman o de Sauron, pero mientras no pisasen su territorio tampoco le declararían una guerra que adivinaban muy difícil de ganar.

Solo Gran Bretaña se mantuvo firme desde el principio. El Primer Ministro Winston Churchill, a quien J. R. R. Tolkien se refería con el nombre en clave de «Nuestro Querube» para que no le censurasen la correspondencia que mantenía con su hijo Christopher durante la guerra, tuvo una postura coherente desde el principio: los británicos no se rendirían hasta la derrota total del enemigo. Aunque los nazis desembarcasen en la propia Britania, lucharían hasta el último aliento mientras un solo inglés quedase en pie. Tuvieron la claridad suficiente como para ver que Polonia no era más que el principio y que la posibilidad de que todo el continente ondease las esvásticas era demasiado real como para no hacer nada. Podrían haberse quedado en su isla, con la promesa y la esperanza de que un pacto con el demonio los mantendría a salvo de la invasión, pero en el fondo comprendieron que el Mal que se extendía desde el Este no reconocería frontera alguna.

Tolkien afirmaba, siempre que le insistían, que El señor de los Anillos no era una novela sobre la lucha entre el Bien y el Mal. Sin embargo, reconocía que era una historia sobre la guerra y sobre la inevitabilidad de luchar en defensa de aquello que sabemos que es correcto y bueno aunque no haya posibilidades de victoria. «¿Cómo encontrar el camino recto en esta época?» pregunta Éomer. «Como siempre —le contesta Aragorn—. El mal y el bien no han cambiado desde ayer, ni tienen un sentido para los Elfos y Enanos y otro para los Hombres. Corresponde al hombre discernir entre ellos, tanto en el Bosque de Oro como en su propia casa.»

A menudo imaginamos al profesor ajeno al mundo, encerrado en sus habitaciones de Oxford, escribiendo su obra de fantasía, pero no es así. Tolkien había sobrevivido a la Primera Guerra Mundial en las trincheras del Somme y, mientras escribía su cuerpo legendario sobre la Tierra Media, leía en la prensa y escuchaba en la radio cómo se formaban las terribles nubes negras de maldad que habrían de extenderse por Europa desde Berlín. Como un mago, compartimentó su mente para sobrellevar el horror de la guerra, pero esa experiencia lo marcó para siempre y nutrió el fondo moral de su obra literaria.

En Las dos Torres, Tolkien refleja bien el sentimiento anti-belicista de unas potencias europeas que ya habían sufrido una guerra contra Alemania y no querían volver a pasar por la experiencia. Los avances tecnológicos habían perfeccionado las matanzas y Alemania se vendía como paladín de un progreso terrible y aniquilador. Rohan y los Ents piensan que Mordor está muy lejos, así que no van a implicarme en una guerra. «No me gusta preocuparme por el futuro —explica Bárbol a Merry y a Pippin—. No estoy enteramente del lado de nadie, porque nadie está enteramente de mi lado». Sin embargo, no es una cuestión de bandos o de ideologías o religiones sino de discernir entre el bien y el mal, que no ha cambiado y es igual para todos, y actuar en consecuencia. Bárbol, finalmente, decide enfrentarse a Saruman porque es su vecino y está actuando mal, porque ve con sus propios ojos qué está haciendo su maquinaria de guerra contra el bosque.

Las dos Torres no es, ni de lejos, una alegoría sobre la Segunda Guerra Mundial, aunque sí refleja los dilemas morales que le interesaban a J. R. R. Tolkien, como la inevitabilidad de la guerra (si no hacemos nada todo será destruido), el libre albedrío del hombre (cada uno decide sobre la bondad o maldad de los hechos y de qué lado va a luchar) o el progreso bélico como una espantosa maquinaria de contaminación y destrucción de la naturaleza. Pero presente a lo largo de toda la obra, aparece otra idea muy ligada a todo lo anterior: hasta el ser más pequeño e insignificante puede cambiar el destino del mundo.

«Su llegada al bosque de Fangorn —dice Gandalf sobre Merry y Pippin en el capítulo 5 de Las dos Torresfue como la caída de unas piedrecitas que desencadenan un alud en las montañas». Poco pueden hacer cuatro pequeños hobbits contra los ejércitos de Mordor. Pero son dos hobbits los que desvían la atención del Ojo hacia Isengard, los que acompañan a los Ents a la guerra y sitian Orthanc, y otros dos hobbits los que van camino del Monte de Destino para destruir el arma más terrible y definitiva del Enemigo. La heroicidad y el protagonismo de personajes tan grandes y poderosos como un Mago, un rey de los Hombres, un príncipe de los Elfos y un temible guerrero Enano, no empalidece la de cuatro personajes —cinco, si contamos a Gollum, el villano— mucho más pequeños pero cuyas decisiones poseen la misma transcendencia en el destino de la Tierra Media.

El joven Tolkien, Oficial de Comunicaciones del Ejército Británico movilizado en el frente continental occidental, no tuvo demasiadas oportunidades de trabar amistad con los soldados rasos de su compañía, pero sí que luchó codo con codo con ellos y tuvo ocasión de admirar su determinación en la primera línea de batalla. Volvió a casa profundamente impresionado por la fortaleza, la lealtad y la resistencia moral de los soldados ingleses, hasta el punto de afirmar que «Mi Sam Gamyi es en realidad un reflejo del soldado inglés, de los ordenanzas y soldados rasos que encontré en la guerra de 1914, y que reconozco superiores a mí mismo».

En el capítulo 2 de Las dos Torres, A través de las ciénagas —las Ciénagas de los Muertos están inspiradas en las trincheras del Somme—, Frodo se da cuenta de que, aun en el improbable caso de que consigan destruir el Anillo, lanzarlo al fuego del Monte del Destino les costará la vida. Sam le toma la mano y la besa, en señal de lealtad hasta el fin del camino y, aunque se le escapan las lágrimas, ninguna protesta o arrepentimiento sale de sus labios: irá con Frodo, su amo, su oficial superior, hasta el fin, sea cual sea. Sam, insignificante entre los insignificantes, el único hobbit al servicio de otro, el más bajo en el escalafón social, el más sencillo, no solo abandera el homenaje al soldado raso que cumple su deber porque es leal hasta las últimas consecuencias a aquello que considera correcto, también encarna la verdad de Tolkien cuando afirma que incluso el más pequeño de los seres puede cambiar el futuro.

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Un amor único hasta el fin de todas las edades de este mundo

John Ronald Reuel Tolkien y Edith Bratt se casaron en marzo de 1916 tras un largo y tortuoso noviazgo marcado por la separación forzosa y la pertenencia a dos mundos muy distintos. Él tenía 24 años, ella 27, y apenas tres meses después de su enlace, Tolkien fue movilizado al continente, a las trincheras del Somme. En noviembre, gravemente enfermo, lo repatriaron a Inglaterra y en la primavera de 1917 fue destinado a Yorkshire, donde escribió la primera versión de la leyenda de Beren y Lúthien Tinúviel. Aquel primer manuscrito a lápiz y casi totalmente borrado después, llevaba el título de El cuento de Tinúviel y habría de convertirse en el principal hilo conductor del Simarillion, según palabras de su propio autor.

En la Primera Edad, también llamada Los Días Antiguos, Beren era un hombre mortal que se enamoró de Lúthien Tinúviel, una doncella élfica inmortal de incomparable belleza. El rey Thingol, padre de Lúthien, reacio a consentir una relación tan desigual, le impuso a Beren una condición casi imposible para merecer la mano de su hija: debía recuperar uno de los Silmaril —joya élfica de gran valor forjada por los Noldor y que contenía la luz de los árboles de Valinor— que obraba en poder de Melkor, también llamado Morgoth o el Enemigo Oscuro, el ser más malvado de la Tierra Media.

En la Tercera Edad, la primera vez que Aragorn contempla a Arwen, danzando entre los árboles de Imladris, él está tarareando un fragmento de la balada de Beren y le parece reconocer en la bellísima elfa a la misma Tinúviel; no sin razón, pues Elrond, padre de Arwen, es descendiente de Beren y Lúthien y, por eso mismo, llamado Medio Elfo. La historia de amor de Aragorn y Arwen es un hermoso y nostálgico eco de la historia vertebradora de la Primera Edad: al igual que Beren, Aragorn es un hombre mortal y soporta el terrible cometido de derrotar a otro Enemigo Oscuro que amenaza con cubrir de tinieblas toda la Tierra Media; y Arwen es una doncella élfica con el don de la inmortalidad, la larga vida de los Valar, que sabe que si entrega su corazón a Aragorn le espera el amargo fin de perderlo y seguir viva con la única compañía de un dolor eterno.

En 2017, con noventa y tres años, Christopher Tolkien, hijo menor del profesor y albacea testamentario de todo su legado literario, editó la historia definitiva de Beren y Lúthien consciente de que rendía un último homenaje a la historia de amor de sus padres y «por su arraigada presencia en la vida de mi padre».

«El año después de la muerte de mi madre —escribe Christopher Tolkien en el prefacio—, que también fue el año anterior a la muerte de mi padre, me escribió una carta sobre ella en la que hablaba de su abrumadora sensación de pérdida, y de su deseo de inscribir el nombre de Lúthien debajo de su nombre en la lápida. En aquella carta (…) volvió al origen del relato de Beren y Lúthien, en un claro de un bosque lleno de cicutas, cerca de Roos, en Yorkshire, donde ella bailó .»

Tumba de J. R. R. Tolkien y su esposa Edith, en el cementerio de Wolvercote, Osxford. Podemos leer la historia de Beren y Lúthien en el Silmarillion, pero también en la edición de 2017 de Christopher Tolkien que lleva ese mismo título. Para el romance de Aragorn y Arwen, cómo se conocieron y cómo Aragorn se crió en la casa de Elrond a la muerte de su padre, recomiendo el Apéndice A de El señor de los Anillos, epígrafe V, Un fragmento de la historia de Aragorn y Arwen extraído de los anales de los reyes y gobernadores.
Beren y Lúthien, y después Aragorn y Arwen, cuentan la historia de Ronald y Edith, que se enamoraron mientras ellas bailaban bajo los hermosos árboles de una tierra amenazada por las tinieblas y la oscuridad.

Ronald Tolkien y Edith Bratt se conocieron en Birmingham, en la casa de huéspedes de la señora Faulkner, en Duchess Road. Ella tenía 19 años, él acababa de cumplir 17, y ambos eran huérfanos. Desde la muerte de Mabel Tolkien, sus dos hijos habían quedado bajo la amable y generosa tutela del padre Francis Morgan, quien había alejado a los dos chicos, profundamente católicos por influencia materna, de su familia protestante y les había encontrado alojamiento en casa de la señora Faulkner, cerca del Oratorio donde él ejercía. Edith, probablemente hija ilegítima y también huérfana desde los 16, tocaba el piano y cosía a máquina en una especie de limbo existencial origen del abandono de sus tutores legales.

Él era maduro para sus años, ella menuda y pequeña. La educación de Edith había sido superficial y no le interesaban las lenguas, pero su temperamento la inclinó a aliarse con el recién llegado en contra de la vieja y tacaña señora Faulkner. Esta alianza, que se celebraba en las habitaciones de los chicos Tolkien con festines rapiñados a altas horas de la noche de la despensa de la avara, se consolidó con largas conversaciones, sonatas para piano y meriendas en las casas de té de Birmingham, especialmente en una desde cuyo balcón jugaban a tirar azucarillos y acertar en el sombrero de los transeúntes. En verano de 1909 decidieron que estaban enamorados.

Tolkien debía aprobar los exámenes para conseguir una beca en Oxford y era un buen jugador de rubgy que compensaba su extrema delgadez con una velocidad extraordinaria. «Por tener una formación romántica —reconoció al respecto de esa época de su vida—, convertí una relación con una chica en un asunto serio, y en la fuente de mi esfuerzo». Pero cuando la relación con Edith llegó a oídos del padre Morgan, este se apresuró a mudar a los hermanos Tolkien de alojamiento y a asegurarse de que no volvía a ver a la chica. Edith Bratt no era católica, tenía tres años más que Ronald y ningún porvenir; su prometedor pupilo era demasiado joven para noviazgos y debía concentrarse en el acceso a la Universidad. Tras apasionadas cartas y encuentros clandestinos, Francis Morgan le prohibió a Tolkien que volviese a ver o a escribir a Edith hasta su mayoría de edad. El muchacho, con todo el dolor de su corazón, aceptó; entendía las reticencias de su tutor y le profesaba lealtad y cariño. El padre Morgan no entendía que prohibiendo ese amor juvenil estaba fortaleciendo la voluntad de los chicos para convertirlo en un amor de leyenda.

Tolkien se trasladó a Cheltenham y convirtió el mundo académico en el centro de su vida. En el Kings Edward’s College encontró su lugar y a sus amigos, Christopher Wiseman, Robert Quilter Gilson y Geoffrey Bache Smith, con quienes fundó la T. C. B. S. (Tea Club Barrovian Society). A finales de 1910, supo que había conseguido una beca para el Exeter College que no era gran cosa, pero junto a la beca del Kings Edward’s y a la aportación económica del padre Francis, le posibilitaría entrar en Oxford.

Clubes de debate, reuniones para tomar el té y leer poesía con la T. C. B. S., rugby, lenguas antiguas, pasiones nuevas, Exeter College, Universidades soñadas, viajes a Suiza… nada pudo empañar el recuerdo de Edith. Cuando el reloj tocó la medianoche y dio inicio el 3 de enero de 1913, el día en el que Tolkien cumplía 21 años, su mayoría de edad, se sentó a escribirle una carta a la señorita Bratt renovando su declaración de amor. Ella le contestó que se había comprometido en matrimonio con George Field, el hermano de una amiga.

Tolkien no se rindió, fue a su encuentro, le pidió explicaciones y la llevó a pasear por la apacible campiña inglesa hasta que ella reconoció que solo se había prometido con otro porque tenía miedo de que él la hubiese olvidado. Pero aunque Edith rompió el noviazgo con George Field y se prometió con Ronald Tolkien, nada parecía seguro entre los dos. El padre Francis seguía viendo su unión con malos ojos pero, sobre todo, Tolkien no estaba dispuesto a arriesgar su alma inmortal renunciando a su religión para casarse con una anglicana. Desde la muerte de su madre, la fe católica de Ronald había sido su fuente de consuelo y esperanza. Asociaba el cariño y el sacrificio de su madre con ser un buen católico y finalmente le pidió a Edith que se convirtiera a su fe, lo que provocó que la poca familia que le quedaba a la muchacha la rechazara.

Ni el noviazgo ni el matrimonio de Tolkien y Edith fueron fáciles. Ambos poseían temperamentos muy distintos y el profesor siempre mantuvo una férrea separación entre su mundo doméstico y el académico, lo que a menudo supuso un destierro de la esposa idolatrada a una esfera distinta. Ronald había colocado a Edith sobre un alto pedestal y allí arriba ella acusaba la soledad. Quizás fue esa diferencia espiritual, esa mitificación del ser amado provocada por los años de separación forzosa y por las pruebas de superación, el germen de la única historia de amor que siempre importó a Tolkien, la misma que inmortalizó a través de las Edades de la Tierra Media con la historia de Beren y Lúthien y el recuerdo nostálgico de Aragorn y Arwen. Fue Edith, bailando bajo las altas cicutas de la campiña de Birmingham, la doncella inmortal que inspiró una historia de amor imperecedera al escritor apesadumbrado que la desposó.

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El dilema de Las Dos Torres

El 11 de noviembre de 1954, la editorial George Allen & Unwin publicó por vez primera el volumen con los libros tercero y cuarto de El señor de los Anillos bajo el título de Las dos Torres. Los sufridos editores de J. R. R. Tolkien habían recurrido a la fórmula victoriana de dividir la novela en tres tomos debido a la escasez de papel y a su elevado coste, que atentaba contra la maltrecha economía de los lectores tras la Segunda Guerra Mundial. Aunque la solución incomodaba al autor, que temía que su obra fuese confundida con una trilogía, las buenas ventas de La Comunidad del Anillo, a 15 chelines el ejemplar, suavizaron su ceño fruncido.

En agosto de 1953, Tolkien, todavía reacio a la división en tres tomos, recibió en su casa de Headington (Oxford) la visita de Rayner Unwin, su editor, que lo apremiaba a encontrar un título definitivo para cada una de las entregas.

«Has sido muy amable en venir a verme y aclarar las cosas —le escribe el profesor inmediatamente después de su visita—. Solo después de acompañarte hasta el autobús me di cuenta de que finalmente no bebiste ni una cerveza, ni siquiera nada fresco. Lo siento. Mi comportamiento, me temo, ha estado muy por debajo del nivel del de los hobbits. Sugiero ahora como títulos de los volúmenes, bajo el título general de El Señor de los Anillos: La Comunidad del Anillo, Las Dos Torres y La Guerra del Anillo (o, si lo prefieres, El retorno del Rey).»

Sin embargo, en la Tierra Media abundaban las torres —Minas significa Torre en sindarin— y el inconformista Tolkien se lamentaba de que sus lectores serían presa fácil de la ambigüedad, pues Las Dos Torres podría hacer referencia a Orthanc (la torre de Saruman) y Barad-dûr (la torre de Sauron, Torre Oscura en sindarin y Lugborz en lengua negra), o a Minas Tirith (capital de Gondor) y Minas Morgul (antes llamada Minas Ithil, fortaleza del Señor de los Nazgûl), o a Barad-dûr y Cirith Ungol (el paso hacia Mordor).

Dice la sabiduría popular que Orthanc y Cirith Ungol están inspiradas en las torres de Perrott Folly y la Torre de Abastecimiento de Agua del suburbio de Edgbaston en Birmingham, donde Tolkien vivió cuando era niño. La torre del reloj iluminada de la Universidad de Birmingham, visible desde cualquier punto de la ciudad, puede que le inspirara para el siempre vigilante «Ojo de Sauron».

«No me satisface el título Las Dos Torres —vuelve a escribirle a Unwin, en enero de 1954—. Si hay una verdadera remisión en él al volumen II, debe referirse a Orthanc y a la Torre de Cirith Ungol. Pero como se da gran importancia a la oposición básica entre la Torre Oscura y Minas Tirith, resulta equívoco. Por supuesto, no hay verdadera conexión entre los Libros III y IV, cuando se los corta y se los presenta separadamente como un único volumen.»

Según esta carta, parece que J. R. R. Tolkien decidió que las dos torres del título serían Orthanc, por Saruman, y Cirith Ungol, por el paso hacia Mordor. Pero en una ilustración posterior que finalmente los editores descartaron para la cubierta, el profesor dibujó otra torre distinta, como si hubiese cambiado de opinión apenas unas semanas antes de que el manuscrito entrase en imprenta: a la derecha, se reconoce la torre Orthanc de Isengard coronada por la estrella de la hechicería y a los pies la mano blanca de Saruman; pero a la izquierda no aparece Cirith Ungol sino una reproducción de Minas Morgul, fácilmente reconocible por las medias lunas (Minas Ithil significa en sindarin Torre de la Luna) y por los Nueve Anillos de poder de los Nazgûl al pie de la misma.

Este cambio de opinión de última hora se confirma con la nota de cierre que Tolkien añade al final de La Comunidad del Anillo: «Aquí concluye la primera parte de la historia de la Guerra del Anillo. La segunda parte tiene como título Las Dos Torres, ya que los acontecimientos ahí relatados están bajo el dominio de Orthanc, la ciudadela de Saruman, y la fortaleza de Minas Morgul, que guarda la entrada secreta de Mordor; en ella se cuentan las hazañas y peligros de todos los miembros de la Comunidad ahora disuelta, hasta la llegada de la Gran Oscuridad.»

Años después, Peter Jackson, en la adaptación cinematográfica, prefirió interpretar que las dos torres eran Orthanc y Barad-dûr, lo que tiene cierto sentido narrativo en el segundo volumen, y lo señala añadiendo al guion la siguiente aclaración «El mundo está cambiando. ¿Quién tiene ahora la fuerza para luchar contra los ejércitos de Isengard y Mordor? ¿Para enfrentar el poder de Sauron y Saruman (…) la unión de las dos torres?»

Incluso en los mundos más cuidadosamente cartografiados es el lector quien marca su propio camino.

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Los Inklings y El segundo Hobbit

Los jueves por la tarde, en las habitaciones del Magadalen de C. S. Lewis y su hermano Warnie, se reúnen los Inklings. La moqueta está festoneada de pequeñas quemaduras porque Lewis no cree en los ceniceros, las butacas y los sofás son viejos y raídos pero muy cómodos, nadie recuerda su color original, las estanterías desvencijadas no contienen más que ediciones baratas o de segunda mano. Ni uno solo de los títulos es obra del anfitrión, pues suele regalar o tirar todos los ejemplares de sus libros que encuentra a su paso. Solo El hobbit y Beowulf ocupan un lugar de honor.

Robert Harvard, el médico de Lewis y Tolkien, a quien hace tiempo han apodado como Inútil Curandero —Lewis es Jack y Tolkien es Tollers—, llega el primero. Es más joven que Lewis y está esperando a que lo llamen a filas como oficial médico, por eso disfruta tanto de las reuniones de los jueves, porque sabe que para él acabarán pronto. Warnie se encarga de las bebidas, pero a menudo topa con la restricción de cerveza que sufre Oxford en tiempos de guerra. Incluso el pub que suelen frecuentar, The Eagle and Child —aunque ellos lo llaman The Bird and Baby—, cuelga de vez en cuando en la puerta «No hay cerveza».

J. R. R. Tolkien, C. S. Lewis y su hermano Warnie, Robert Harvard, Charles Williams

Esta noche están de suerte, tienen cerveza y algo de ron, aunque Warnie empieza la velada preparando el té. Como si captasen el cálido aroma de la prometedora infusión en la oscuridad otoñal y lluviosa, Lewis y Tolkien son los siguientes en llegar. Han cenado en el claustro de la Universidad, saben que no serán llamados a filas y que permanecerán en Oxford mientras dure la guerra, pero Tolkien, a sus casi cincuenta años, forma parte del cuerpo civil, y Lewis es voluntario de la milicia local. Cada quince días, pasan la vigilia de guardia para dar la alarma en caso de bombardeo aéreo o patrullan por el campus con un rifle al hombro; Francia se ha rendido, pero ellos no. Christopher Tolkien ha sido movilizado y, en el próximo correo postal, su padre le escribirá sobre la reunión semanal de los Inklings.

Charles William, poeta, novelista y crítico, llega un poco tarde. La semana pasada terminaron de leer su borrador de All Hallows’ Eve y todos están impacientes por escuchar un nuevo capítulo de El señor de los Anillos de Tollers. Por alguna razón, Tolkien se resiste a llamar la historia que está escribiendo por su propio título —para él sigue siendo El segundo Hobbit— y los Inklings se han acostumbrado a referirse al manuscrito como El nuevo Hobbit. Neville Coghill, cuya traducción de Los cuentos de Canterbury está siendo adaptada para un serial radiofónico de la BBC, ha dejado recado de que no asistirá ese día. Es profesor en el Exeter College y un par de veces al mes el Primer Ministro Winston Churchill lo requiere en Londres para traducir algún documento de alto secreto. Sin embargo, esta noche son sus obligaciones como director teatral las que lo tienen secuestrado: pronto estrenará La tempestad con la Oxford University Dramatic Society. A Coghill le pesa perderse las reuniones de los Inklings, sabe que en ninguna otra compañía se siente como en casa.

El Gran Tom, la torre del campanario de Oxford, toca las nueve y Tolkien empieza a leer con soltura el capítulo en el que la Compañía del Anillo llega a las puertas de Moria. A veces se interrumpe por los borrones y las múltiples correcciones del texto escrito a mano, y duda en voz alta sobre si Gandalf debe pronunciar mellyn o meldir para abrir las puertas élficas.

«Te has dado cuenta de que el suave tamborileo de pies es Gollum siguiéndoles» le dice Tollers a Jack.

«Sí, eso está claro. Pero, ¿por qué no te extiendes más en la escena de la cosa con tentáculos saliendo del agua? Parece poco trabajada, solo dices que atrapa a Frodo.»

«¿Qué es eso de la reina y los gatos?» los interrumpe Warnie

«El poni Bill está más seguro de encontrar el camino a casa en una noche oscura que los gatos de la reina Berúthiel» le aclara Inútil Curandero.

«No sé quién es Berúthiel» se lamenta Warnie echando más leña en la estufa y repartiendo el ron en vasos disparejos.

«La esposa del rey Pelargir.»

«¿Pelargir? No recuerdo eso.»

«No podrías. Todavía no he escrito esa parte.»

Una vez, John Wain, poeta y novelista británico, que visitaba a los Inklings de vez en cuando, dijo de ellos que eran un círculo de instigadores incendiarios que se reunían para dirigir toda la corriente literaria contemporánea. A lo que C. S. Lewis, sorprendido por la exageración, contestó: «No somos un aquelarre y el señor Wain ha confundido la amistad con las alianzas conspiratorias». Los Inklings no eran incendiarios, ni siquiera puede etiquetárselos de corriente literaria o de influencia, pues ninguno de ellos le debía al otro parte alguna de su pensamiento crucial. «Mi deuda con Lewis no fue su influencia —dijo Tolkien en una ocasión— sino su entusiasmo». Todos los autores que pasaron por esas reuniones ya habían escrito sus obras más importantes cuando llegaron allí. Pero, entonces, ¿fueron los Inklings algo más que un club de amigos que se encontraban para compartir sus borradores y beber cerveza?

En 1927, Tolkien fundó el club de los Coalbiters, una oportunidad para reunirse con Lewis y otros colegas del departamento de Lengua y Literatura antiguas con la pasión común de la mitología nórdica; bebían cerveza y  traducían del islandés las sagas literarias de esta índole. Ese fue el núcleo de escritores y pensadores que más tarde se convirtió en los Inklings: Hugo Dyson, Neville Coghill, Charles Williams, Owen Bardfield, Charles Wren, Colin Hardie, Warnie y C.S. Lewis, Tolkien… Los jueves por la noche se reunían en las habitaciones del Magdalene de Lewis y se leían los unos a los otros sus últimos poemas, sus relatos, los capítulos de El señor de los anillos

Los Inklings no fueron una corriente literaria, ni siquiera sus respectivas obras recibieron la influencia de sus compañeros, pero constituyeron uno de los grupos literarios más extraordinarios de la década de los años 40 y 50 del siglo XX, y contribuyeron a cambiar y a desarrollar los estudios de Anglosajón y Literatura británica en Oxford con un criterio tan brillante que ha llegado hasta nuestros días.

Nota: la recreación de la escena de un jueves con los Inklings está basada en la magnífica reconstrucción histórica de Humphrey Carpenter en Los Inklings (Homo Legens, 2009)

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La amistad de C. S. Lewis

Clive Staples Lewis (1898-1963) y John Ronald Reuel Tolkien (1892-1973) se conocieron en 1926, cuando se incorporaron casi al mismo tiempo como profesores de Lengua Anglosajona y Literatura en la Universidad de Oxford. Lewis, que tenía veintinueve años, cinco menos que Tolkien, era muy joven para impartir clases en el Magdalen College, y pronto descubrió que no congeniaba demasiado con sus colegas más mayores. La primera vez que los dos académicos recién llegados entablaron conversación en la Universidad, Lewis escribió en su diario: «Tolkien es un joven pálido, pequeño y moderado, que no puede leer a Spenser debido a las formas, que cree que la lengua es lo más importante de la escuela, que piensa que la literatura se escribe para divertimento de los hombres entre los treinta y los cuarenta y que siente repugnancia por los estudios liberales. Los aspectos técnicos están más en su línea. Sin embargo, no hay maldad en él, solo necesita que le den un par de bofetadas.»

C. S. Lewis en sus habitaciones del Magdalen. El autor de Las crónicas de Narnia y Una pena en observación, entre otras obras, volvió a abrazar la fe cristiana convencido por las interminables conversaciones con J. R. R. Tolkien sobre Dios y la Caída junto a la chimenea, y por la influencia de El hombre eterno, de G. K. Chesterton. Una de las frases más hermosas que se recuerdan de Lewis es «Cuando seas lo suficientemente mayor volverás a leer cuentos de hadas.»

Aunque había sido bautizado en la fe anglicana en su Belfast natal, el joven Lewis, movilizado a Francia como subteniente de infantería ligera en noviembre de 1917, llegó a las trincheras convencido de su ateísmo y del agobio que sentía por una guerra de la que no podía escapar. Si el particular infierno de Tolkien fue el Somme, el de Lewis habría de ser Arrás. Ambos volvieron a casa heridos, para siempre tocados por el horror de la guerra y con la terrible certeza de que sus amigos y su mundo, tal y como lo conocían, había muerto en aquellas trincheras embarradas. Quizás fue ese nexo común de profunda tristeza —a Lewis solían llamarle El apesadumbrado— y de amor por las buenas historias lo que habría de unirles tiempo después.

Cuando J. R. R. Tolkien llegó a Oxford como profesor de Anglosajón, apenas había estudiado a los autores ingleses modernos y detestaba impartir clases sobre cualquier obra posterior a Chaucer. Decía que Spenser era ilegible y que Shakespeare había sido idolatrado injustificadamente. C. S. Lewis, por el contrario, desde que lo habían conmovido en su adolescencia, disfrutaba con fruición de los autores británicos posteriores a Chaucer; Spenser era su favorito.

Érase una vez, un profesor católico que despreciaba la literatura moderna y un ateo recalcitrante que adoraba a Spenser. Sin embargo, contra todo pronóstico y pese a sus ideas casi enfrentadas, no tardaron en trabar una amistad tan fuerte y sincera que prevaleció pese a los altibajos de su relación —seguramente pautados por el matrimonio de Lewis con una norteamericana divorciada y la desaprobación de Tolkien sobre Las crónicas de Narnia, por considerarla una alegoría cristiana—.

Poco después de su primer desafortunado encuentro en el Magdalen, y pese a saberse en bandos opuestos respecto a la reforma del programa de Anglosajón, charlaron hasta encontrar dos puntos comunes para brindar en el pub The Eagle and Child con unas pintas de cerveza: ambos pensaban que era necesario guiar a los alumnos a través de la literatura antigua y medieval, pero que podían apañárselas solos bastante bien con la moderna, y, además, Lewis acabó por confesar que, aunque conocía poca literatura nórdica y apenas chapurreaba el finlandés antiguo, apreciaba mucho obras como Beowulf, Sir Gawain o Edda la Mayor, la única literatura que Tolkien necesitaba. Tiempo después, Tolkien invitó a Lewis a ingresar en los Coalbiters, su Club de Literatura Antigua Nórdica, y desde entonces fueron Tollers y Jack el uno para el otro.

Jack fue quien animó a Tollers a terminar y publicar El hobbit y, posteriormente, El señor de los Anillos, leyó todos los borradores, incansable, y aportó comentarios y correcciones. Hasta entonces, los dos se habían considerado más poetas que prosistas, pero la narración de la Tierra Media que había iniciado Tolkien iba a cambiar eso y su amigo se mantuvo a su lado en el camino para sostenerlo con buen ánimo y las mejores críticas cada vez que el profesor se sentía desfallecer ante la enorme tarea de dar forma a la epopeya legendaria que había iniciado en las trincheras del Somme con La Caída de Gondolin. Descubrieron entonces que habían crecido con la misma tradición literaria de cuentos infantiles y que anhelaban nuevas historias antiguas: «Desde que empezó el trimestre —escribe C. S. Lewis en 1935— he pasado una época maravillosa leyendo un cuento infantil que ha escrito Tolkien (…). Leer su cuento de hadas ha sido un poco desalentador, ya que está escrito como nosotros dos hubiéramos deseado escribir (o leer) en 1916; es decir, cuando uno siente que no está inventando nada, sino describiendo el mundo cuya llave tenemos nosotros.»

Durante los doce años que a J. R. R. Tolkien le llevó escribir El señor de los Anillos, C. S. Lewis fue el amigo que repasaba o escuchaba cada capítulo, que aportaba y, sobre todo, que lo animaba a continuar. Cuando terminó de leer el manuscrito entero, en vísperas de la publicación de La comunidad del anillo, le escribió una cariñosa carta:

«Mi querido Tollers:

Uton herian holbytas, en verdad. Una vez que se remonta la empinada cuesta de la grandeza y el terror (aliviada por verdes valles, sin los cuales sería intolerable), casi no tiene parangón en toda la gama del arte narrativo que conozco.»

Sin Jack, Tollers jamás habría llegado tan lejos.

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