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El legendarium de Tolkien

«Ni te imaginas el magnífico e imponente lugar que es esta biblioteca repleta de maravillosos manuscritos y libros inestimables» le escribe J. R. R. Tolkien a su prometida Edith Bratt en 1913 sobre la Bodleian Library cuando empieza a estudiar en la Universidad de Oxford. Excepto por el período de cinco años que pasó en Leeds, la vida académica y profesional de Tolkien transcurrió siempre en Oxford, entrando y saliendo de la cueva de los tesoros que era la Bodleiana. Precisamente en la sala de lectura Radcliffe —que reproducirá en las ilustraciones de Cartas de Papa Noel como la sala de estar de Santa—, mientras preparaba una conferencia sobre Andrew Lang y los cuentos de hadas, en febrero de 1939, el profesor consultó El anillo mágico, quizás por primera vez consciente de que estaba a punto de iniciar su propio legendarium.

Profesor de inglés antiguo, medievalista, lingüista, calígrafo, escritor y poeta, Tolkien dotó de memoria a su creación literaria en El Silmarillion a modo de legendarium. Según la tradición medieval, un legendarium era un conjunto literario épico que articulaba la escritura y la tradición oral, puesto que la definición de leyenda es «lo que debe ser leído para ser conocido». La leyenda se trasmite oralmente, pero acaba escrita en papel porque se considera necesario su conservación, el no caer en el olvido, y esa fue la idea inicial por la que el profesor trabajó durante tantos años sobre el manuscrito de El Silmarillion: su mundo necesitaba un registro cosmológico de cada de una de las leyendas que lo engrandecía, relacionaba y daba sentido. Su contexto mágico era propio de la tradición oral, como el Kevala o el Beowulf, pero su voluntad de revisión y cohesión de todo su corpus creativo lo llevaron de manera casi natural al registro (imágenes, cartografía, árboles genealógicos, textos, etc.) literario en papel.

Manuscrito de El Silmarillion (1937-1938), sin menciones a El hobbit o a El señor de los Anillos, pues todavía no habían sido publicados. Fue Christopher Tolkien, en 1975, quien realizó el sueño de su padre de unificar y dar coherencia a todas sus obras dentro de una nueva edición revisada de El Simarillion.

Mordor se gestó en las trincheras del Somme, El libro de los cuentos perdidos en la cama de un hospital de campaña durante la Primera Guerra Mundial, Roverandom fue la historia que inventó para consolar a su hijo Christopher del nacimiento de la pequeña Priscila, que lo derrocaba como el mimado benjamín de su hogar. El hobbit empezó como un relato contado en voz alta a sus hijos antes de ir a dormir —de nuevo esa tradición oral que más tarde se convirtió en novela—, la noche de los jueves, Tolkien leía capítulos de El señor de los Anillos a los Inklings a medida que los terminaba, Beren y Lúthien nació como tributo a su propia historia de amor. Resulta tan complicado separar la obra literaria de Tolkien de su vida personal como desenredar las distintas facetas de su creación. Su legendarium no solo se compone de manuscritos y cartografía, sino también de bellísimos ejercicios de caligrafía e ilustraciones, así como de vivencias, recuerdos e Historia.

«En mi opinión, las lenguas y los nombres no pueden separarse de las historias —le escribe a W. H. Auden, en junio de 1955, explicándole por qué no puede dejar de escribir sobre la Tierra Media—. Esto es, y era, por así decirlo, un intento de proporcionar un entorno o un mundo en el que la expresión de mis gustos lingüísticos podría tener una función». Sin embargo, habían transcurrido demasiados años desde que empezase a escribir las primeras leyendas y la falta de coherencia etimológica de su mundo le preocupaba. Tolkien corregía una y otra vez El hobbit y El señor de los Anillos porque necesitaba esa coherencia como creador, porque eran dos piezas que debían encajar en el mundo más amplio de su legendarium, eran parte (solo una parte) de la mitología que recoge El Silmarillion.

Aunque J. R. R. Tolkien siempre insistió en presentarse como lingüista y fue muy modesto sobre su habilidad para el dibujo, dicen los críticos que muchas de sus acuarelas, en concreto las de El Libro de Ishness (1913-1915), merecerían estar en un museo. Sus dibujos para Cartas de Papa Noel, sus diseños de cubierta para los tres tomos originales de El señor de los Anillos, o los centenares de versiones del árbol de Amalion y los diferentes paisajes y arquitecturas de la Tierra Media, no tienen nada que envidiar a sus hermosos ejercicios de caligrafía, cartografía y reproducción de manuscritos épicos imaginarios.

El legendarium de Tolkien recoge mitología, cosmogonía, historia, lenguas, geografía, botánica, filosofía, genealogía, etc. con un detalle y una coherencia etimológica y cultural tan exquisitas que resulta tan auténtico para sus lectores como la mitología nórdica lo fue para los Inklings. Lejos del tópico que repetía a los periodistas para desalentarlos —«Solo soy un profesor aburrido que se evade en un mundo inventado»—, J. R. R. Tolkien trasciende para siempre como uno de los escritores más importantes y universales del siglo XX por su excepcional creación de un universo que bien podría haber formado parte de la historia anglosajona anterior a la leyenda artúrica. Todavía hoy, Tolkien hace suspirar a los historiadores con el anhelo y la nostalgia de un mundo que podría haber sido el nuestro si hubiésemos confiado en la voluntad de justicia intrínseca del hombre y en el respeto por la Naturaleza.

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La Tierra Media conquista el mundo

Cuando El retorno del rey llegó a las librerías, los artículos de opinión y las reseñas sobre El señor de los anillos se dispararon. W. H. Auden, poeta y ensayista británico que frecuentaba las reuniones de los Inklings y la amistad de Tolkien, decía al respecto del clásico que «Nadie parece tener una opinión moderada; la gente o bien lo encuentra una obra maestra en su género o bien no lo puede soportar». Tolkien, sorprendido por las enormes ventas y preocupado a partes iguales por los impuestos sobre el grueso de esos ingresos inesperados, se divertía con la polarización de los lectores. Incluso llegó a escribir una pequeña estrofa humorística:

The Lord of the Rings
is one of those things:
if you like yo do:
if you don’t, you boo!

Sus colegas de la Universidad de Oxford fueron más discretos sobre sus opiniones, aunque el profesor reconoció que algunos le dijeron «Por fin sabemos qué ha estado haciendo durante todos estos años (…). Ahora debería trabajar un poco».

A las buenas ventas en Inglaterra siguieron la traducción de El señor de los Anillos a casi todas las lenguas europeas y una adaptación —espantosa, según Tolkien— radiofónica de la BBC, así como un infructuoso tira y afloja con el reacio autor para llevar la novela a la gran pantalla. Pero fueron los jóvenes lectores estadounidenses los que cayeron rendidos al encanto de la Tierra Media: en Yale, superó las ventas de El señor de las moscas, de William Golding, y en Harvard, a las de El guardián entre el centeno, de J. D. Salinger. Explica Humphrey Carpenter en la biografía de Tolkien que en las universidades norteamericanas proliferaban los eslóganes de «Frodo vive», «Gandalf presidente» o «Ven a la Tierra Media». En Nueva York, algunos grupos literarios organizaban «hobbit picnics» y en lugares tan alejados de Oxford como Borneo o Saigón se creaban sociedades dedicadas a Tolkien y a su obra.

En 2006, el alma mater del Massachusetts Institute of Technology (MIT), en Boston, amaneció así, con su cúpula adornada por la inscripción del Anillo Único en su lengua original.

A mediados del siglo pasado, el servicio británico postal de Su Majestad era la única red social de la que disponían los lectores de J. R. R. Tolkien para hacerle llegar sus felicitaciones, quejas, cariño y demás excentricidades no siempre literarias. Tal y como atestigua la selección de cartas del profesor recopilada por su biógrafo, Tolkien tuvo la paciencia infinita de contestarlas casi todas. Las hay para todos los gustos: una criadora de gatos de Cambridge le pide permiso para bautizar una camada con nombres de El señor de los Anillos, un lector ofendidito le pide la devolución del dinero que le costó la novela porque no le gustó nada, un lector adinerado confiesa que ha pagado multas en la biblioteca (en lugar de comprarse sus propios ejemplares) por no devolver a tiempo la obra pues le encantaba releerla una y otra vez, una señora indignada por la relación de Éowyn con Faramir, otra preocupada por si el Anillo Único era una metáfora de la bomba nuclear… Críticas, alabanzas, peticiones, felicitaciones, dudas… Tolkien las contestaba casi todas.

Una de sus cartas favoritas era la de un médico llamado Sam Gamgee que no había leído El señor de los Anillos, pero sabía que uno de los personajes principales se llamaba como él. El profesor, encantado, le contestó explicándole el origen del nombre y le regaló a vuelta de correo los tres tomos de su libro. Al día siguiente le escribía a su hijo Christopher «¡He recibido carta de un verdadero Sam Gamgee, desde Tooting! No podría haber escogido un lugar para vivir que sonara más a Hobbit, ¿no es cierto?». Tolkien solía bromear con que «Durante un tiempo he vivido temiendo recibir una carta firmada por S. Gollum. Eso no hubiese sido tan fácil de responder».

En 1968, su fama se había consolidado en todo el mundo y la BBC rodó el documental Tolkien en Oxford con la participación del profesor. Quizás se había acostumbrado a las entrevistas y a las cámaras, pero quienes le conocían bien sabían que no disfrutaba de la celebridad. «Ser en vida una figura de culto —le escribió a un lector— no es nada agradable. Como quiera que sea, no creo que ayude mucho a engreírle a uno; en mi caso me hace sentir en extremo pequeño e incapaz».

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El esperado retorno del rey

Los editores Allen & Unwin prometieron a J. R. R. Tolkien que El retorno del rey se publicaría el 20 de octubre de 1955. Había trascurrido más de un año y medio desde que La comunidad del anillo llegase a las librerías británicas, pero una serie de catastróficas desdichas retrasaban continuamente el cierre de la saga.

«¡No fallen el 20 de octubre! —escribía Tolkien a sus editores la semana anterior a la fecha señalada— Es el último día posible. El 21 tengo que pronunciar la primera Conferencia O’Donnell (con retraso), y tengo que esperar que una gran parte de mi audiencia esté tan divertida que se mantenga despierta hasta tarde por la noche, y que no repare tan de cerca en mi grave falta de preparación como conferenciante sobre un tema céltico.»

Nota manuscrita original, sobre esbozo de mapa, de J. R. R. Tolkien para el principio del primer capítulo del quinto libro de El señor de los anillos. Fuente: Tolkien. Un viaje por la Tierra Media, Editorial Cartem

Las galeradas del desenlace de El señor de los anillos habían tenido que esperar a que el profesor terminase con sus elaborados Apéndices, que no llegaron a la editorial hasta mayo y, cuando lo hicieron, eran tan largos que no pudieron incluirse en su totalidad por falta de espacio. Parte de culpa del retraso también la tenía el increíble mapa que abriría la edición de El retorno del rey, una reproducción elaboradísima de Rohan, Gondor y Mordor, con las notas relacionadas y actualizadas de El señor de los Anillos. El mapa era tan minucioso, había crecido y evolucionado tanto en detalle y anotaciones desde que Tolkien lo dibujase por vez primera en 1944 (y lo modificase en 1946 y 1948), que Christopher, tras trabajar en él durante veinticuatro horas seguidas, decidió dividirlo en dos partes a riesgo de perder la razón… y la vista.

Esa misma primavera, un par semanas después de enviar el Glosario y los Apéndices a la editorial, el profesor devolvió el manuscrito de El retorno del rey a sus editores con múltiples correcciones, señalando con mal humor mientras mordisqueaba su pipa apagada que había graves erratas en la escritura rúnica. Una vez, Rayner Unwin dijo medio en broma —aunque nadie puede jurar que no lo dijese en serio— que alcanzar la perfección tipográfica de El señor de los anillos costaría tres siglos de correcciones y enmiendas. Christopher Tolkien jamás lo contradijo.

Cuando los editores devolvieron las correcciones de las runas tenían algunas dudas al respecto, pero el profesor no podía contestarlas porque se había marchado de viaje a Italia con su hija Priscilla. Ese verano de 1955, J. R. R. Tolkien visitó Asís y Venecia, donde empezó a escribir un diario de viaje y correspondencia, cuyo original se conserva en la Biblioteca Bodleiana y ha sido publicado por Christina Scull y Wayne Hammond en The J.R.R. Tolkien Companion and Guide. Tolkien se enamoró de Italia. Decía que Venecia le recordaba a la antigua Pelargir, con todos aquellos barcos tan élficos, y Asís, a la hermosa Lossarnach (Valle de las flores), lugar que se menciona en el primer capítulo de El retorno del rey cuando las tropas amigas entran en Minas Tirith.

Superados los agobios con los mapas, las interminables correcciones, la reducción de los Apéndices, las dudas resueltas y con el autor de nuevo instalado en Oxford quejándose de dolor de garganta en vísperas de una conferencia céltica, el 20 de octubre de 1955 El retorno del rey desembarcó en las librerías de toda Gran Bretaña cerrando así una novela que jamás en toda su historia estaría descatalogada desde la fecha de su primera publicación. Esta vez las buenas críticas fueron unánimes y, quizás por la visión global de la obra finalizada, se inició entonces un reconocimiento total y sincero del profesor oxoniense que habría de convertirse en una de las voces literarias más importantes del siglo XX.

«Estoy verdaderamente sorprendido por la recepción que tuvo el «Anillo« —escribe Tolkien en una carta personal a Katherine Farrer, esposa del decano de Oxford, poco después de la publicación de El retorno del rey— y, a decir verdad, muy complacido. Pero no creo haber desencadenado ola alguna. No creo que una criatura tan pequeña como un hobbit, o aun un hombre del tamaño que sea, puede hacer semejante cosa. Si hay una ola (y creo que la hay), soy entonces lo bastante afortunado como para quedar atrapado en ella, pues de ella soy parte.»

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Hasta el más pequeño puede cambiar el futuro

Hitler invadió Polonia el 1 de septiembre de 1939. Dos días después, Gran Bretaña y Francia le declararon la guerra a Alemania. Desde las ocupaciones nazis de Austria y Checoslovaquia, el gobierno inglés había alzado la voz para señalar el peligro inminente de la ambición alemana en el continente, pero nadie quería otra guerra. Las naciones europeas seguían muy ocupadas recuperándose de sus respectivas crisis económicas, la temible máquina de propaganda y diplomacia de Hitler sabía adormecer sus temores con buenas palabras y promesas de colaboración futura y, siendo pragmáticos, la potencia militar que desplegó Alemania en Polonia dejó temblando al resto del mundo. Hitler, como Sauron, había acrecentado su poder hasta superarlos a todos y empezaba a comerse Europa ante la impasibilidad de las naciones vecinas. Como decía Éomer en el capítulo 2 de Las dos Torres, Los jinetes de Rohan, no es que fuesen aliados de Saruman o de Sauron, pero mientras no pisasen su territorio tampoco le declararían una guerra que adivinaban muy difícil de ganar.

Solo Gran Bretaña se mantuvo firme desde el principio. El Primer Ministro Winston Churchill, a quien J. R. R. Tolkien se refería con el nombre en clave de «Nuestro Querube» para que no le censurasen la correspondencia que mantenía con su hijo Christopher durante la guerra, tuvo una postura coherente desde el principio: los británicos no se rendirían hasta la derrota total del enemigo. Aunque los nazis desembarcasen en la propia Britania, lucharían hasta el último aliento mientras un solo inglés quedase en pie. Tuvieron la claridad suficiente como para ver que Polonia no era más que el principio y que la posibilidad de que todo el continente ondease las esvásticas era demasiado real como para no hacer nada. Podrían haberse quedado en su isla, con la promesa y la esperanza de que un pacto con el demonio los mantendría a salvo de la invasión, pero en el fondo comprendieron que el Mal que se extendía desde el Este no reconocería frontera alguna.

Tolkien afirmaba, siempre que le insistían, que El señor de los Anillos no era una novela sobre la lucha entre el Bien y el Mal. Sin embargo, reconocía que era una historia sobre la guerra y sobre la inevitabilidad de luchar en defensa de aquello que sabemos que es correcto y bueno aunque no haya posibilidades de victoria. «¿Cómo encontrar el camino recto en esta época?» pregunta Éomer. «Como siempre —le contesta Aragorn—. El mal y el bien no han cambiado desde ayer, ni tienen un sentido para los Elfos y Enanos y otro para los Hombres. Corresponde al hombre discernir entre ellos, tanto en el Bosque de Oro como en su propia casa.»

A menudo imaginamos al profesor ajeno al mundo, encerrado en sus habitaciones de Oxford, escribiendo su obra de fantasía, pero no es así. Tolkien había sobrevivido a la Primera Guerra Mundial en las trincheras del Somme y, mientras escribía su cuerpo legendario sobre la Tierra Media, leía en la prensa y escuchaba en la radio cómo se formaban las terribles nubes negras de maldad que habrían de extenderse por Europa desde Berlín. Como un mago, compartimentó su mente para sobrellevar el horror de la guerra, pero esa experiencia lo marcó para siempre y nutrió el fondo moral de su obra literaria.

En Las dos Torres, Tolkien refleja bien el sentimiento anti-belicista de unas potencias europeas que ya habían sufrido una guerra contra Alemania y no querían volver a pasar por la experiencia. Los avances tecnológicos habían perfeccionado las matanzas y Alemania se vendía como paladín de un progreso terrible y aniquilador. Rohan y los Ents piensan que Mordor está muy lejos, así que no van a implicarme en una guerra. «No me gusta preocuparme por el futuro —explica Bárbol a Merry y a Pippin—. No estoy enteramente del lado de nadie, porque nadie está enteramente de mi lado». Sin embargo, no es una cuestión de bandos o de ideologías o religiones sino de discernir entre el bien y el mal, que no ha cambiado y es igual para todos, y actuar en consecuencia. Bárbol, finalmente, decide enfrentarse a Saruman porque es su vecino y está actuando mal, porque ve con sus propios ojos qué está haciendo su maquinaria de guerra contra el bosque.

Las dos Torres no es, ni de lejos, una alegoría sobre la Segunda Guerra Mundial, aunque sí refleja los dilemas morales que le interesaban a J. R. R. Tolkien, como la inevitabilidad de la guerra (si no hacemos nada todo será destruido), el libre albedrío del hombre (cada uno decide sobre la bondad o maldad de los hechos y de qué lado va a luchar) o el progreso bélico como una espantosa maquinaria de contaminación y destrucción de la naturaleza. Pero presente a lo largo de toda la obra, aparece otra idea muy ligada a todo lo anterior: hasta el ser más pequeño e insignificante puede cambiar el destino del mundo.

«Su llegada al bosque de Fangorn —dice Gandalf sobre Merry y Pippin en el capítulo 5 de Las dos Torresfue como la caída de unas piedrecitas que desencadenan un alud en las montañas». Poco pueden hacer cuatro pequeños hobbits contra los ejércitos de Mordor. Pero son dos hobbits los que desvían la atención del Ojo hacia Isengard, los que acompañan a los Ents a la guerra y sitian Orthanc, y otros dos hobbits los que van camino del Monte de Destino para destruir el arma más terrible y definitiva del Enemigo. La heroicidad y el protagonismo de personajes tan grandes y poderosos como un Mago, un rey de los Hombres, un príncipe de los Elfos y un temible guerrero Enano, no empalidece la de cuatro personajes —cinco, si contamos a Gollum, el villano— mucho más pequeños pero cuyas decisiones poseen la misma transcendencia en el destino de la Tierra Media.

El joven Tolkien, Oficial de Comunicaciones del Ejército Británico movilizado en el frente continental occidental, no tuvo demasiadas oportunidades de trabar amistad con los soldados rasos de su compañía, pero sí que luchó codo con codo con ellos y tuvo ocasión de admirar su determinación en la primera línea de batalla. Volvió a casa profundamente impresionado por la fortaleza, la lealtad y la resistencia moral de los soldados ingleses, hasta el punto de afirmar que «Mi Sam Gamyi es en realidad un reflejo del soldado inglés, de los ordenanzas y soldados rasos que encontré en la guerra de 1914, y que reconozco superiores a mí mismo».

En el capítulo 2 de Las dos Torres, A través de las ciénagas —las Ciénagas de los Muertos están inspiradas en las trincheras del Somme—, Frodo se da cuenta de que, aun en el improbable caso de que consigan destruir el Anillo, lanzarlo al fuego del Monte del Destino les costará la vida. Sam le toma la mano y la besa, en señal de lealtad hasta el fin del camino y, aunque se le escapan las lágrimas, ninguna protesta o arrepentimiento sale de sus labios: irá con Frodo, su amo, su oficial superior, hasta el fin, sea cual sea. Sam, insignificante entre los insignificantes, el único hobbit al servicio de otro, el más bajo en el escalafón social, el más sencillo, no solo abandera el homenaje al soldado raso que cumple su deber porque es leal hasta las últimas consecuencias a aquello que considera correcto, también encarna la verdad de Tolkien cuando afirma que incluso el más pequeño de los seres puede cambiar el futuro.

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Un amor único hasta el fin de todas las edades de este mundo

John Ronald Reuel Tolkien y Edith Bratt se casaron en marzo de 1916 tras un largo y tortuoso noviazgo marcado por la separación forzosa y la pertenencia a dos mundos muy distintos. Él tenía 24 años, ella 27, y apenas tres meses después de su enlace, Tolkien fue movilizado al continente, a las trincheras del Somme. En noviembre, gravemente enfermo, lo repatriaron a Inglaterra y en la primavera de 1917 fue destinado a Yorkshire, donde escribió la primera versión de la leyenda de Beren y Lúthien Tinúviel. Aquel primer manuscrito a lápiz y casi totalmente borrado después, llevaba el título de El cuento de Tinúviel y habría de convertirse en el principal hilo conductor del Simarillion, según palabras de su propio autor.

En la Primera Edad, también llamada Los Días Antiguos, Beren era un hombre mortal que se enamoró de Lúthien Tinúviel, una doncella élfica inmortal de incomparable belleza. El rey Thingol, padre de Lúthien, reacio a consentir una relación tan desigual, le impuso a Beren una condición casi imposible para merecer la mano de su hija: debía recuperar uno de los Silmaril —joya élfica de gran valor forjada por los Noldor y que contenía la luz de los árboles de Valinor— que obraba en poder de Melkor, también llamado Morgoth o el Enemigo Oscuro, el ser más malvado de la Tierra Media.

En la Tercera Edad, la primera vez que Aragorn contempla a Arwen, danzando entre los árboles de Imladris, él está tarareando un fragmento de la balada de Beren y le parece reconocer en la bellísima elfa a la misma Tinúviel; no sin razón, pues Elrond, padre de Arwen, es descendiente de Beren y Lúthien y, por eso mismo, llamado Medio Elfo. La historia de amor de Aragorn y Arwen es un hermoso y nostálgico eco de la historia vertebradora de la Primera Edad: al igual que Beren, Aragorn es un hombre mortal y soporta el terrible cometido de derrotar a otro Enemigo Oscuro que amenaza con cubrir de tinieblas toda la Tierra Media; y Arwen es una doncella élfica con el don de la inmortalidad, la larga vida de los Valar, que sabe que si entrega su corazón a Aragorn le espera el amargo fin de perderlo y seguir viva con la única compañía de un dolor eterno.

En 2017, con noventa y tres años, Christopher Tolkien, hijo menor del profesor y albacea testamentario de todo su legado literario, editó la historia definitiva de Beren y Lúthien consciente de que rendía un último homenaje a la historia de amor de sus padres y «por su arraigada presencia en la vida de mi padre».

«El año después de la muerte de mi madre —escribe Christopher Tolkien en el prefacio—, que también fue el año anterior a la muerte de mi padre, me escribió una carta sobre ella en la que hablaba de su abrumadora sensación de pérdida, y de su deseo de inscribir el nombre de Lúthien debajo de su nombre en la lápida. En aquella carta (…) volvió al origen del relato de Beren y Lúthien, en un claro de un bosque lleno de cicutas, cerca de Roos, en Yorkshire, donde ella bailó .»

Tumba de J. R. R. Tolkien y su esposa Edith, en el cementerio de Wolvercote, Osxford. Podemos leer la historia de Beren y Lúthien en el Silmarillion, pero también en la edición de 2017 de Christopher Tolkien que lleva ese mismo título. Para el romance de Aragorn y Arwen, cómo se conocieron y cómo Aragorn se crió en la casa de Elrond a la muerte de su padre, recomiendo el Apéndice A de El señor de los Anillos, epígrafe V, Un fragmento de la historia de Aragorn y Arwen extraído de los anales de los reyes y gobernadores.
Beren y Lúthien, y después Aragorn y Arwen, cuentan la historia de Ronald y Edith, que se enamoraron mientras ellas bailaban bajo los hermosos árboles de una tierra amenazada por las tinieblas y la oscuridad.

Ronald Tolkien y Edith Bratt se conocieron en Birmingham, en la casa de huéspedes de la señora Faulkner, en Duchess Road. Ella tenía 19 años, él acababa de cumplir 17, y ambos eran huérfanos. Desde la muerte de Mabel Tolkien, sus dos hijos habían quedado bajo la amable y generosa tutela del padre Francis Morgan, quien había alejado a los dos chicos, profundamente católicos por influencia materna, de su familia protestante y les había encontrado alojamiento en casa de la señora Faulkner, cerca del Oratorio donde él ejercía. Edith, probablemente hija ilegítima y también huérfana desde los 16, tocaba el piano y cosía a máquina en una especie de limbo existencial origen del abandono de sus tutores legales.

Él era maduro para sus años, ella menuda y pequeña. La educación de Edith había sido superficial y no le interesaban las lenguas, pero su temperamento la inclinó a aliarse con el recién llegado en contra de la vieja y tacaña señora Faulkner. Esta alianza, que se celebraba en las habitaciones de los chicos Tolkien con festines rapiñados a altas horas de la noche de la despensa de la avara, se consolidó con largas conversaciones, sonatas para piano y meriendas en las casas de té de Birmingham, especialmente en una desde cuyo balcón jugaban a tirar azucarillos y acertar en el sombrero de los transeúntes. En verano de 1909 decidieron que estaban enamorados.

Tolkien debía aprobar los exámenes para conseguir una beca en Oxford y era un buen jugador de rubgy que compensaba su extrema delgadez con una velocidad extraordinaria. «Por tener una formación romántica —reconoció al respecto de esa época de su vida—, convertí una relación con una chica en un asunto serio, y en la fuente de mi esfuerzo». Pero cuando la relación con Edith llegó a oídos del padre Morgan, este se apresuró a mudar a los hermanos Tolkien de alojamiento y a asegurarse de que no volvía a ver a la chica. Edith Bratt no era católica, tenía tres años más que Ronald y ningún porvenir; su prometedor pupilo era demasiado joven para noviazgos y debía concentrarse en el acceso a la Universidad. Tras apasionadas cartas y encuentros clandestinos, Francis Morgan le prohibió a Tolkien que volviese a ver o a escribir a Edith hasta su mayoría de edad. El muchacho, con todo el dolor de su corazón, aceptó; entendía las reticencias de su tutor y le profesaba lealtad y cariño. El padre Morgan no entendía que prohibiendo ese amor juvenil estaba fortaleciendo la voluntad de los chicos para convertirlo en un amor de leyenda.

Tolkien se trasladó a Cheltenham y convirtió el mundo académico en el centro de su vida. En el Kings Edward’s College encontró su lugar y a sus amigos, Christopher Wiseman, Robert Quilter Gilson y Geoffrey Bache Smith, con quienes fundó la T. C. B. S. (Tea Club Barrovian Society). A finales de 1910, supo que había conseguido una beca para el Exeter College que no era gran cosa, pero junto a la beca del Kings Edward’s y a la aportación económica del padre Francis, le posibilitaría entrar en Oxford.

Clubes de debate, reuniones para tomar el té y leer poesía con la T. C. B. S., rugby, lenguas antiguas, pasiones nuevas, Exeter College, Universidades soñadas, viajes a Suiza… nada pudo empañar el recuerdo de Edith. Cuando el reloj tocó la medianoche y dio inicio el 3 de enero de 1913, el día en el que Tolkien cumplía 21 años, su mayoría de edad, se sentó a escribirle una carta a la señorita Bratt renovando su declaración de amor. Ella le contestó que se había comprometido en matrimonio con George Field, el hermano de una amiga.

Tolkien no se rindió, fue a su encuentro, le pidió explicaciones y la llevó a pasear por la apacible campiña inglesa hasta que ella reconoció que solo se había prometido con otro porque tenía miedo de que él la hubiese olvidado. Pero aunque Edith rompió el noviazgo con George Field y se prometió con Ronald Tolkien, nada parecía seguro entre los dos. El padre Francis seguía viendo su unión con malos ojos pero, sobre todo, Tolkien no estaba dispuesto a arriesgar su alma inmortal renunciando a su religión para casarse con una anglicana. Desde la muerte de su madre, la fe católica de Ronald había sido su fuente de consuelo y esperanza. Asociaba el cariño y el sacrificio de su madre con ser un buen católico y finalmente le pidió a Edith que se convirtiera a su fe, lo que provocó que la poca familia que le quedaba a la muchacha la rechazara.

Ni el noviazgo ni el matrimonio de Tolkien y Edith fueron fáciles. Ambos poseían temperamentos muy distintos y el profesor siempre mantuvo una férrea separación entre su mundo doméstico y el académico, lo que a menudo supuso un destierro de la esposa idolatrada a una esfera distinta. Ronald había colocado a Edith sobre un alto pedestal y allí arriba ella acusaba la soledad. Quizás fue esa diferencia espiritual, esa mitificación del ser amado provocada por los años de separación forzosa y por las pruebas de superación, el germen de la única historia de amor que siempre importó a Tolkien, la misma que inmortalizó a través de las Edades de la Tierra Media con la historia de Beren y Lúthien y el recuerdo nostálgico de Aragorn y Arwen. Fue Edith, bailando bajo las altas cicutas de la campiña de Birmingham, la doncella inmortal que inspiró una historia de amor imperecedera al escritor apesadumbrado que la desposó.

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