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Los Inklings y El segundo Hobbit

Los jueves por la tarde, en las habitaciones del Magadalen de C. S. Lewis y su hermano Warnie, se reúnen los Inklings. La moqueta está festoneada de pequeñas quemaduras porque Lewis no cree en los ceniceros, las butacas y los sofás son viejos y raídos pero muy cómodos, nadie recuerda su color original, las estanterías desvencijadas no contienen más que ediciones baratas o de segunda mano. Ni uno solo de los títulos es obra del anfitrión, pues suele regalar o tirar todos los ejemplares de sus libros que encuentra a su paso. Solo El hobbit y Beowulf ocupan un lugar de honor.

Robert Harvard, el médico de Lewis y Tolkien, a quien hace tiempo han apodado como Inútil Curandero —Lewis es Jack y Tolkien es Tollers—, llega el primero. Es más joven que Lewis y está esperando a que lo llamen a filas como oficial médico, por eso disfruta tanto de las reuniones de los jueves, porque sabe que para él acabarán pronto. Warnie se encarga de las bebidas, pero a menudo topa con la restricción de cerveza que sufre Oxford en tiempos de guerra. Incluso el pub que suelen frecuentar, The Eagle and Child —aunque ellos lo llaman The Bird and Baby—, cuelga de vez en cuando en la puerta «No hay cerveza».

J. R. R. Tolkien, C. S. Lewis y su hermano Warnie, Robert Harvard, Charles Williams

Esta noche están de suerte, tienen cerveza y algo de ron, aunque Warnie empieza la velada preparando el té. Como si captasen el cálido aroma de la prometedora infusión en la oscuridad otoñal y lluviosa, Lewis y Tolkien son los siguientes en llegar. Han cenado en el claustro de la Universidad, saben que no serán llamados a filas y que permanecerán en Oxford mientras dure la guerra, pero Tolkien, a sus casi cincuenta años, forma parte del cuerpo civil, y Lewis es voluntario de la milicia local. Cada quince días, pasan la vigilia de guardia para dar la alarma en caso de bombardeo aéreo o patrullan por el campus con un rifle al hombro; Francia se ha rendido, pero ellos no. Christopher Tolkien ha sido movilizado y, en el próximo correo postal, su padre le escribirá sobre la reunión semanal de los Inklings.

Charles William, poeta, novelista y crítico, llega un poco tarde. La semana pasada terminaron de leer su borrador de All Hallows’ Eve y todos están impacientes por escuchar un nuevo capítulo de El señor de los Anillos de Tollers. Por alguna razón, Tolkien se resiste a llamar la historia que está escribiendo por su propio título —para él sigue siendo El segundo Hobbit— y los Inklings se han acostumbrado a referirse al manuscrito como El nuevo Hobbit. Neville Coghill, cuya traducción de Los cuentos de Canterbury está siendo adaptada para un serial radiofónico de la BBC, ha dejado recado de que no asistirá ese día. Es profesor en el Exeter College y un par de veces al mes el Primer Ministro Winston Churchill lo requiere en Londres para traducir algún documento de alto secreto. Sin embargo, esta noche son sus obligaciones como director teatral las que lo tienen secuestrado: pronto estrenará La tempestad con la Oxford University Dramatic Society. A Coghill le pesa perderse las reuniones de los Inklings, sabe que en ninguna otra compañía se siente como en casa.

El Gran Tom, la torre del campanario de Oxford, toca las nueve y Tolkien empieza a leer con soltura el capítulo en el que la Compañía del Anillo llega a las puertas de Moria. A veces se interrumpe por los borrones y las múltiples correcciones del texto escrito a mano, y duda en voz alta sobre si Gandalf debe pronunciar mellyn o meldir para abrir las puertas élficas.

«Te has dado cuenta de que el suave tamborileo de pies es Gollum siguiéndoles» le dice Tollers a Jack.

«Sí, eso está claro. Pero, ¿por qué no te extiendes más en la escena de la cosa con tentáculos saliendo del agua? Parece poco trabajada, solo dices que atrapa a Frodo.»

«¿Qué es eso de la reina y los gatos?» los interrumpe Warnie

«El poni Bill está más seguro de encontrar el camino a casa en una noche oscura que los gatos de la reina Berúthiel» le aclara Inútil Curandero.

«No sé quién es Berúthiel» se lamenta Warnie echando más leña en la estufa y repartiendo el ron en vasos disparejos.

«La esposa del rey Pelargir.»

«¿Pelargir? No recuerdo eso.»

«No podrías. Todavía no he escrito esa parte.»

Una vez, John Wain, poeta y novelista británico, que visitaba a los Inklings de vez en cuando, dijo de ellos que eran un círculo de instigadores incendiarios que se reunían para dirigir toda la corriente literaria contemporánea. A lo que C. S. Lewis, sorprendido por la exageración, contestó: «No somos un aquelarre y el señor Wain ha confundido la amistad con las alianzas conspiratorias». Los Inklings no eran incendiarios, ni siquiera puede etiquetárselos de corriente literaria o de influencia, pues ninguno de ellos le debía al otro parte alguna de su pensamiento crucial. «Mi deuda con Lewis no fue su influencia —dijo Tolkien en una ocasión— sino su entusiasmo». Todos los autores que pasaron por esas reuniones ya habían escrito sus obras más importantes cuando llegaron allí. Pero, entonces, ¿fueron los Inklings algo más que un club de amigos que se encontraban para compartir sus borradores y beber cerveza?

En 1927, Tolkien fundó el club de los Coalbiters, una oportunidad para reunirse con Lewis y otros colegas del departamento de Lengua y Literatura antiguas con la pasión común de la mitología nórdica; bebían cerveza y  traducían del islandés las sagas literarias de esta índole. Ese fue el núcleo de escritores y pensadores que más tarde se convirtió en los Inklings: Hugo Dyson, Neville Coghill, Charles Williams, Owen Bardfield, Charles Wren, Colin Hardie, Warnie y C.S. Lewis, Tolkien… Los jueves por la noche se reunían en las habitaciones del Magdalene de Lewis y se leían los unos a los otros sus últimos poemas, sus relatos, los capítulos de El señor de los anillos

Los Inklings no fueron una corriente literaria, ni siquiera sus respectivas obras recibieron la influencia de sus compañeros, pero constituyeron uno de los grupos literarios más extraordinarios de la década de los años 40 y 50 del siglo XX, y contribuyeron a cambiar y a desarrollar los estudios de Anglosajón y Literatura británica en Oxford con un criterio tan brillante que ha llegado hasta nuestros días.

Nota: la recreación de la escena de un jueves con los Inklings está basada en la magnífica reconstrucción histórica de Humphrey Carpenter en Los Inklings (Homo Legens, 2009)

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La amistad de C. S. Lewis

Clive Staples Lewis (1898-1963) y John Ronald Reuel Tolkien (1892-1973) se conocieron en 1926, cuando se incorporaron casi al mismo tiempo como profesores de Lengua Anglosajona y Literatura en la Universidad de Oxford. Lewis, que tenía veintinueve años, cinco menos que Tolkien, era muy joven para impartir clases en el Magdalen College, y pronto descubrió que no congeniaba demasiado con sus colegas más mayores. La primera vez que los dos académicos recién llegados entablaron conversación en la Universidad, Lewis escribió en su diario: «Tolkien es un joven pálido, pequeño y moderado, que no puede leer a Spenser debido a las formas, que cree que la lengua es lo más importante de la escuela, que piensa que la literatura se escribe para divertimento de los hombres entre los treinta y los cuarenta y que siente repugnancia por los estudios liberales. Los aspectos técnicos están más en su línea. Sin embargo, no hay maldad en él, solo necesita que le den un par de bofetadas.»

C. S. Lewis en sus habitaciones del Magdalen. El autor de Las crónicas de Narnia y Una pena en observación, entre otras obras, volvió a abrazar la fe cristiana convencido por las interminables conversaciones con J. R. R. Tolkien sobre Dios y la Caída junto a la chimenea, y por la influencia de El hombre eterno, de G. K. Chesterton. Una de las frases más hermosas que se recuerdan de Lewis es «Cuando seas lo suficientemente mayor volverás a leer cuentos de hadas.»

Aunque había sido bautizado en la fe anglicana en su Belfast natal, el joven Lewis, movilizado a Francia como subteniente de infantería ligera en noviembre de 1917, llegó a las trincheras convencido de su ateísmo y del agobio que sentía por una guerra de la que no podía escapar. Si el particular infierno de Tolkien fue el Somme, el de Lewis habría de ser Arrás. Ambos volvieron a casa heridos, para siempre tocados por el horror de la guerra y con la terrible certeza de que sus amigos y su mundo, tal y como lo conocían, había muerto en aquellas trincheras embarradas. Quizás fue ese nexo común de profunda tristeza —a Lewis solían llamarle El apesadumbrado— y de amor por las buenas historias lo que habría de unirles tiempo después.

Cuando J. R. R. Tolkien llegó a Oxford como profesor de Anglosajón, apenas había estudiado a los autores ingleses modernos y detestaba impartir clases sobre cualquier obra posterior a Chaucer. Decía que Spenser era ilegible y que Shakespeare había sido idolatrado injustificadamente. C. S. Lewis, por el contrario, desde que lo habían conmovido en su adolescencia, disfrutaba con fruición de los autores británicos posteriores a Chaucer; Spenser era su favorito.

Érase una vez, un profesor católico que despreciaba la literatura moderna y un ateo recalcitrante que adoraba a Spenser. Sin embargo, contra todo pronóstico y pese a sus ideas casi enfrentadas, no tardaron en trabar una amistad tan fuerte y sincera que prevaleció pese a los altibajos de su relación —seguramente pautados por el matrimonio de Lewis con una norteamericana divorciada y la desaprobación de Tolkien sobre Las crónicas de Narnia, por considerarla una alegoría cristiana—.

Poco después de su primer desafortunado encuentro en el Magdalen, y pese a saberse en bandos opuestos respecto a la reforma del programa de Anglosajón, charlaron hasta encontrar dos puntos comunes para brindar en el pub The Eagle and Child con unas pintas de cerveza: ambos pensaban que era necesario guiar a los alumnos a través de la literatura antigua y medieval, pero que podían apañárselas solos bastante bien con la moderna, y, además, Lewis acabó por confesar que, aunque conocía poca literatura nórdica y apenas chapurreaba el finlandés antiguo, apreciaba mucho obras como Beowulf, Sir Gawain o Edda la Mayor, la única literatura que Tolkien necesitaba. Tiempo después, Tolkien invitó a Lewis a ingresar en los Coalbiters, su Club de Literatura Antigua Nórdica, y desde entonces fueron Tollers y Jack el uno para el otro.

Jack fue quien animó a Tollers a terminar y publicar El hobbit y, posteriormente, El señor de los Anillos, leyó todos los borradores, incansable, y aportó comentarios y correcciones. Hasta entonces, los dos se habían considerado más poetas que prosistas, pero la narración de la Tierra Media que había iniciado Tolkien iba a cambiar eso y su amigo se mantuvo a su lado en el camino para sostenerlo con buen ánimo y las mejores críticas cada vez que el profesor se sentía desfallecer ante la enorme tarea de dar forma a la epopeya legendaria que había iniciado en las trincheras del Somme con La Caída de Gondolin. Descubrieron entonces que habían crecido con la misma tradición literaria de cuentos infantiles y que anhelaban nuevas historias antiguas: «Desde que empezó el trimestre —escribe C. S. Lewis en 1935— he pasado una época maravillosa leyendo un cuento infantil que ha escrito Tolkien (…). Leer su cuento de hadas ha sido un poco desalentador, ya que está escrito como nosotros dos hubiéramos deseado escribir (o leer) en 1916; es decir, cuando uno siente que no está inventando nada, sino describiendo el mundo cuya llave tenemos nosotros.»

Durante los doce años que a J. R. R. Tolkien le llevó escribir El señor de los Anillos, C. S. Lewis fue el amigo que repasaba o escuchaba cada capítulo, que aportaba y, sobre todo, que lo animaba a continuar. Cuando terminó de leer el manuscrito entero, en vísperas de la publicación de La comunidad del anillo, le escribió una cariñosa carta:

«Mi querido Tollers:

Uton herian holbytas, en verdad. Una vez que se remonta la empinada cuesta de la grandeza y el terror (aliviada por verdes valles, sin los cuales sería intolerable), casi no tiene parangón en toda la gama del arte narrativo que conozco.»

Sin Jack, Tollers jamás habría llegado tan lejos.

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La primera edición de La comunidad del Anillo

Tuvo algo de justicia poética que Rayner Unwin, aquel niño de diez años que se había prendado del manuscrito de El hobbit y había instado a su padre a darle una oportunidad, fuese el editor que finalmente publicase El señor de los Anillos, en 1954. No lo tuvo en absoluto fácil pues, entre otras muchas dificultades, el autor se empeñaba en publicar la obra de más de mil páginas en un solo tomo y las correcciones y cambios sobre el manuscrito original llegaban incesantes a las oficinas de George Allen & Unwin. Tras mucho tira y afloja, y un grueso de correspondencia impresionante entre los editores y el autor, Rayner le escribió a su padre Stanley Unwin para pedirle consejo. «Si piensas que es la obra de un genio, entonces puedes perder mil libras» fue la conclusión paterna.

«Y entonces le dije a Rayner: la página cincuenta y cuatro va detrás de la ochenta y seis, hay que cambiar todos los elwes por elfs, la escala del mapa es errónea, suprime todos los artículos anteriores al siglo XII y déjame incluir un apéndice de quinientas páginas al final». Solo el número de páginas de la correspondencia entre J. R. R. Tolkien y sus editores rivaliza en extensión con el número de páginas de El señor de los Anillos.

A principios de la década de los años cincuenta del siglo pasado, Europa se recuperaba de las terribles secuelas de una guerra brutal. El papel, como otros muchos artículos, escaseaba y su alto coste elevaba el precio de las ediciones; además, la economía de las familias británicas no era precisamente boyante. Gran Bretaña empleaba buena parte de sus recursos económicos en restablecer el flujo comercial de sus finanzas y, sobre todo, en la reconstrucción de sus ciudades, muy castigadas por los constantes bombardeos alemanes durante conflicto mundial. No era un capricho de Allen & Unwin instar a J. R. R. Tolkien a que dividiese su extensa novela en tres tomos sino una estrategia sensata de repartir costes de impresión y salir a librerías con volúmenes asequibles para los lectores.

La reticencia de Tolkien a dividir su obra residía en el temor a que fuese entendida como una trilogía, nada más lejos de su intención, y a que la historia perdiese continuidad. Además, seguía empeñado en que fuese publicada junto con El Silmarillion, una mitología casi privada de su mundo que recogía todas las historias que enmarcaban los apéndices de El señor de los Anillos. Otra pila de correspondencia más tarde entre la editorial y el profesor, llegaron al acuerdo de que El señor de los Anillos saldría a librerías en tres volúmenes: La comunidad del Anillo, Las dos torres y El retorno del rey.

En julio de 1953, Tolkien seguía su particular guerra con las correcciones de las galeradas. En agosto le escribe a su hijo Christopher: «(…) Pero la impresión es muy buena, tal como era de esperar de una copia casi sin errores; salvo que los impertinentes compositores se han encargado de corregir, como creen, mi ortografía y mi gramática alterando en toda la obra dwarves por dwarfs; elvish por elfish; further por farther, y, lo que es peor, elven por elfin.» (Cartas, p.200).

Durante los años 1953, 1954 y la mitad de 1955, Tolkien trabajó con Allen & Unwin en más versiones de las galeradas, correcciones, cambios y puntualizaciones sobre el diseño de las portadas y el texto en general. Christopher Tolkien dibujó los mapas que acompañarían a las respectivas ediciones y el profesor elaboró un índice-glosario general, aunque finalmente solo le dio tiempo de incluir los topónimos para la edición de La comunidad del Anillo. Su redacción de los apéndices tampoco tuvo un final feliz: eran tan sumamente largos —incluían historias como La búsqueda de Erebor o La Búsqueda del Anillo, entre otras (en 1980 fueron publicadas en Cuentos inconclusos)— que se vio obligado a prescindir de casi todos los textos por falta de espacio.

Tras una larga aventura, casi tan ardua y terrible como la de Frodo y Sam hasta el Monte del Destino, el 29 de julio de 1954, George Allen & Unwin publicó La comunidad del Anillo con una tirada inicial de 3.000 ejemplares. La acogida de la crítica fue positiva una vez se recuperaron de la sorpresa, pues aunque tildaban la prosa de Tolkien de «brillante» y a su obra como «una épica que celebraba el coraje», no esperaban de un autor de libros infantiles —El hobbit y Egidio, el granjero de Ham— una obra legendaria de semejante calibre. De nuevo, fue C. S. Lewis quien acudió en ayuda de su amigo, rompiendo el estupor literario general con una de las críticas más hermosas sobre El señor de los Anillos: «Este libro es como un relámpago en un cielo claro (…). Decir que con él ha vuelto repentinamente la epopeya heroica —preciosa, elocuente y sin complejos— en una época casi patológica en su antirromanticismo, no es adecuado. Para nosotros, que vivimos en esta extraña era, su regreso —y el propio alivio que conlleva— es lo importante, sin lugar a dudas. Pero en la historia del propio Romance —una historia que se remonta a la Odisea y más atrás— no supone un retroceso, sino un avance o una revolución: la conquista de un nuevo territorio.»

Lejos de perder mil libras, Rayner Unwin se encontró enfrascado de nuevo en una intensa correspondencia con J. R. R. Tolkien para ultimar las sucesivas reimpresiones de una obra tan exitosa que jamás ha estado descatalogada en el Reino Unido desde que se publicase por vez primera en julio de 1954.

Nota: el pie de fotografía es una alocada invención de la autora de este artículo, tremendamente aquejada de un exceso de imaginación y una decreciente vergüenza.

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Un Anillo para sobrevivir a dos Guerras Mundiales

En junio de 1916 John Ronald Reuel Tolkien tenía veinticuatro años y era oficial de telecomunicaciones del ejército de tierra británico. En julio, a principios de la batalla del Somme, se hallaba en primera línea de trincheras con su destacamento, admirado por la fortaleza y la lealtad de sus hombres, convencido de que no saldría vivo de allí. El primer día de hostilidades en el Somme murieron casi 20.000 británicos; el saldo de muertos al final de la batalla, que duró cinco meses, ascendió a 1.200.000. La generación de Tolkien saldó la Primera Guerra Mundial con 16 millones de muertos y 21 millones de heridos. Los soldados que volvieron a casa padecían graves secuelas físicas y shock postraumático. Las condiciones de vida en las trincheras del frente occidental fueron un infierno del que ningún hombre regresó entero. Por primera vez en la Historia, los avances tecnológicos dotaban al ser humano de un poder de destrucción como nunca antes de 1916 se había visto. Europa jamás había sufrido una guerra tan cruenta como aquella.

La desolación del Somme. En la Universidad de Oxford, los pocos profesores y estudiantes que quedaban guardaban silencio cada vez que el campanario repicaba a medida que llegaban las listas de alumnos caídos en el Somme. James Hilton (1900-1954), en su novela ¡Adiós Mr. Chips!, narra la escena de docentes y alumnos llorando desconsoladamente en clases casi vacías.

Tolkien sobrevivió a la batalla del Somme, seguramente porque fue evacuado al caer enfermo de fiebres tifoideas, pero cuando regresó a casa fue la Tierra Media la que lo salvó del horror de la Gran Guerra. «¿Cómo se retoma el hilo de toda una vida?» se pregunta Frodo al final de la versión cinematográfica de El retorno del rey; Tolkien, que ya había empezado a escribir La caída de Gondolin en el frente, convierte todos esos recuerdos terribles en literatura.

En abril de 1944, tocado por la maldición de otra guerra, escribe a su hijo Christopher destinado en el continente: «Te extraño mucho, y todo esto me es muy duro de soportar, por mí y por ti. El estúpido desperdicio de la guerra es tan enorme, no solo material, sino también moral y espiritual, que desconcierta a quienes tienen que soportarlo.»

Durante todo el tiempo que Christopher está en el frente, su padre le envía los capítulos de El señor de los Anillos a medida que los escribe, con la esperanza de que, como hizo con él, la Tierra Media también le ayude a mantenerse cuerdo ante el horror y la destrucción. Por desgracia, el profesor sabía, porque lo había vivido en primera persona, cómo se sentía su hijo.

«Uno en verdad tiene que encontrarse bajo la sombra de la guerra para sentir toda su opresión», escribe Tolkien en el prefacio de la segunda edición de El señor de los Anillos (1955), «pero a medida que los años pasan parece olvidarse que ser joven en 1914 no era una experiencia menos odiosa que la de vivir en 1939 y los años siguientes.»

El señor de los Anillos no es una exaltación de la guerra, pero está inevitablemente marcado por la experiencia de su autor en la Primera Guerra Mundial. Tolkien, que amaba la campiña inglesa, carga contra el mito de que el progreso, por encima de todo, es bueno para los hombres: él ha presenciado cómo la naturaleza era masacrada por la tecnología, las armas de destrucción masiva (el Anillo Único) arrasando personas y paisaje sin distinción. Las batallas de su legendaria novela están inspiradas en la experiencia bélica del autor, las trincheras del Somme tienen su reflejo en La Ciénaga de los Muertos, su Sam  Gamyi es un retrato del soldado raso inglés, lleno de determinación y lealtad, superior a los oficiales en los momentos de crisis. La Guerra del Anillo es una guerra por la libertad, al igual que las dos grandes Guerras Mundiales europeas lo fueron para los británicos.

Sin embargo, siempre que le preguntaron, el profesor insistía en que El señor de los Anillos no era una historia sobre la lucha entre el Bien y el Mal, sino un cuento sobre la guerra, sobre la necesidad de luchar para defender aquello que se cree justo y bueno. Aunque fue la destrucción la que inspiró su obra, siempre tuvo cuidado de no idealizar jamás el conflicto, de no convertirlo en una cruzada santa. Tolkien odiaba la guerra, perdió a todos sus amigos en la Gran Guerra, y no solo la sufrió él sino que tuvo que ver como sus hijos, casi treinta años después, pasaban por ese mismo horror. La inutilidad y el dolor de la Gran Guerra, sin embargo, no lo convirtió en un hombre desencantado y cínico; fue capaz de mantenerse íntegro en sus valores morales, en la creencia de que todo individuo estaba atrapado en una contienda entre Luz y Oscuridad y que, en esa confrontación, las decisiones de los más débiles importaban tanto como las de los poderosos.

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La Tierra Media

La voluntad del profesor Tolkien en cada una de sus obras ambientadas en la Tierra Media fue la de dotar a Inglaterra de una mitología legendaria propia que llenase el vacío literario anterior a los Cuentos de Canterbury de Geoffrey Chaucer. Por este motivo siempre defendió que la Tierra Media no era un lugar imaginario como Nunca Jamás o Narnia sino que se trataba de nuestro propio mundo en una época anterior.

En una de sus cartas explica que Middle Earth es una alteración del inglés antiguo Middangeard, que significa tierras habitadas por los hombres entre los mares. «El mío no es un mundo imaginario sino un momento histórico imaginario de la Tierra Media, que es donde vivimos», asegura (Cartas, nº183). Incluso se atrevió a extrapolar algunas localizaciones con la Europa contemporánea afirmando que Hobbiton y Rivendel se correspondían a la latitud de Oxford, Minas Tirith a Florencia, y la desembocadura del Anduin y la ciudad desaparecida de Pelargir, en la antigua Troya.

Pero es el noroeste de la Tierra Media el que se corresponde con Europa y, así como históricamente todas las grandes invasiones del viejo continente procedían del este (los hunos) o del sur (los árabes), Tolkien habitó esos puntos cardinales con las tropas de la oscuridad, cuya voluntad era someterlos a todos. Por eso encontramos Mordor al este y Sauron recluta ejércitos entre los Haradrim del sur.

Pese a su admiración por los héroes trágicos clásicos del Beowulf, El anillo de los Nibelungos o la mitología nórdica en general, el profesor siempre negó que su Tierra Media correspondiese a la Europa nórdica. Aunque Tolkien conocía bien la cultura y las lenguas antiguas septentrionales, se esforzó por aclarar que espiritualmente su obra tenía una clara voluntad anglosajona, pero en ningún caso nórdica.

Preocupado por las implicaciones racistas que albergaba esa inspiración nórdica en el preocupante período de la llegada al poder de Adolf Hitler y su ideología nazi, J. R. R. Tolkien esgrimió el arma que manejaba con mayor habilidad para plantar cara a las insinuaciones de los alemanes: la lingüística. Cuando en 1938 la editorial de Postdam, Rütten & Loening, estaba a punto de publicar una traducción alemana de El hobbit le preguntaron al profesor si su novela era de origen arisch. Tajante, Tolkien respondió:

«Lamento no tener muy claro a qué se refieren con arisch. No soy de extracción aria: eso es, indo-iraní; que yo sepa, ninguno de mis antepasados hablaba indostano, persa, gitano ni ningún otro dialecto afín. Pero si debo entender que quieren averiguar si soy de origen judío, solo puedo responder que lamento no poder afirmar que tengo antepasados que pertenezcan a ese dotado pueblo. Mi tatarabuelo llegó a Inglaterra desde Alemania en el siglo XVIII; la mayor parte de mi ascendencia, por tanto, es puramente inglesa, y soy súbdito de Inglaterra; eso debería bastar.» (Cartas, nº30)

Nada mal para un soldado de la Primera Guerra Mundial que veía como las sombras volvían a alzarse por el este.

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