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La primera edición de La comunidad del Anillo

Tuvo algo de justicia poética que Rayner Unwin, aquel niño de diez años que se había prendado del manuscrito de El hobbit y había instado a su padre a darle una oportunidad, fuese el editor que finalmente publicase El señor de los Anillos, en 1954. No lo tuvo en absoluto fácil pues, entre otras muchas dificultades, el autor se empeñaba en publicar la obra de más de mil páginas en un solo tomo y las correcciones y cambios sobre el manuscrito original llegaban incesantes a las oficinas de George Allen & Unwin. Tras mucho tira y afloja, y un grueso de correspondencia impresionante entre los editores y el autor, Rayner le escribió a su padre Stanley Unwin para pedirle consejo. «Si piensas que es la obra de un genio, entonces puedes perder mil libras» fue la conclusión paterna.

«Y entonces le dije a Rayner: la página cincuenta y cuatro va detrás de la ochenta y seis, hay que cambiar todos los elwes por elfs, la escala del mapa es errónea, suprime todos los artículos anteriores al siglo XII y déjame incluir un apéndice de quinientas páginas al final». Solo el número de páginas de la correspondencia entre J. R. R. Tolkien y sus editores rivaliza en extensión con el número de páginas de El señor de los Anillos.

A principios de la década de los años cincuenta del siglo pasado, Europa se recuperaba de las terribles secuelas de una guerra brutal. El papel, como otros muchos artículos, escaseaba y su alto coste elevaba el precio de las ediciones; además, la economía de las familias británicas no era precisamente boyante. Gran Bretaña empleaba buena parte de sus recursos económicos en restablecer el flujo comercial de sus finanzas y, sobre todo, en la reconstrucción de sus ciudades, muy castigadas por los constantes bombardeos alemanes durante conflicto mundial. No era un capricho de Allen & Unwin instar a J. R. R. Tolkien a que dividiese su extensa novela en tres tomos sino una estrategia sensata de repartir costes de impresión y salir a librerías con volúmenes asequibles para los lectores.

La reticencia de Tolkien a dividir su obra residía en el temor a que fuese entendida como una trilogía, nada más lejos de su intención, y a que la historia perdiese continuidad. Además, seguía empeñado en que fuese publicada junto con El Silmarillion, una mitología casi privada de su mundo que recogía todas las historias que enmarcaban los apéndices de El señor de los Anillos. Otra pila de correspondencia más tarde entre la editorial y el profesor, llegaron al acuerdo de que El señor de los Anillos saldría a librerías en tres volúmenes: La comunidad del Anillo, Las dos torres y El retorno del rey.

En julio de 1953, Tolkien seguía su particular guerra con las correcciones de las galeradas. En agosto le escribe a su hijo Christopher: «(…) Pero la impresión es muy buena, tal como era de esperar de una copia casi sin errores; salvo que los impertinentes compositores se han encargado de corregir, como creen, mi ortografía y mi gramática alterando en toda la obra dwarves por dwarfs; elvish por elfish; further por farther, y, lo que es peor, elven por elfin.» (Cartas, p.200).

Durante los años 1953, 1954 y la mitad de 1955, Tolkien trabajó con Allen & Unwin en más versiones de las galeradas, correcciones, cambios y puntualizaciones sobre el diseño de las portadas y el texto en general. Christopher Tolkien dibujó los mapas que acompañarían a las respectivas ediciones y el profesor elaboró un índice-glosario general, aunque finalmente solo le dio tiempo de incluir los topónimos para la edición de La comunidad del Anillo. Su redacción de los apéndices tampoco tuvo un final feliz: eran tan sumamente largos —incluían historias como La búsqueda de Erebor o La Búsqueda del Anillo, entre otras (en 1980 fueron publicadas en Cuentos inconclusos)— que se vio obligado a prescindir de casi todos los textos por falta de espacio.

Tras una larga aventura, casi tan ardua y terrible como la de Frodo y Sam hasta el Monte del Destino, el 29 de julio de 1954, George Allen & Unwin publicó La comunidad del Anillo con una tirada inicial de 3.000 ejemplares. La acogida de la crítica fue positiva una vez se recuperaron de la sorpresa, pues aunque tildaban la prosa de Tolkien de «brillante» y a su obra como «una épica que celebraba el coraje», no esperaban de un autor de libros infantiles —El hobbit y Egidio, el granjero de Ham— una obra legendaria de semejante calibre. De nuevo, fue C. S. Lewis quien acudió en ayuda de su amigo, rompiendo el estupor literario general con una de las críticas más hermosas sobre El señor de los Anillos: «Este libro es como un relámpago en un cielo claro (…). Decir que con él ha vuelto repentinamente la epopeya heroica —preciosa, elocuente y sin complejos— en una época casi patológica en su antirromanticismo, no es adecuado. Para nosotros, que vivimos en esta extraña era, su regreso —y el propio alivio que conlleva— es lo importante, sin lugar a dudas. Pero en la historia del propio Romance —una historia que se remonta a la Odisea y más atrás— no supone un retroceso, sino un avance o una revolución: la conquista de un nuevo territorio.»

Lejos de perder mil libras, Rayner Unwin se encontró enfrascado de nuevo en una intensa correspondencia con J. R. R. Tolkien para ultimar las sucesivas reimpresiones de una obra tan exitosa que jamás ha estado descatalogada en el Reino Unido desde que se publicase por vez primera en julio de 1954.

Nota: el pie de fotografía es una alocada invención de la autora de este artículo, tremendamente aquejada de un exceso de imaginación y una decreciente vergüenza.

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Un Anillo para sobrevivir a dos Guerras Mundiales

En junio de 1916 John Ronald Reuel Tolkien tenía veinticuatro años y era oficial de telecomunicaciones del ejército de tierra británico. En julio, a principios de la batalla del Somme, se hallaba en primera línea de trincheras con su destacamento, admirado por la fortaleza y la lealtad de sus hombres, convencido de que no saldría vivo de allí. El primer día de hostilidades en el Somme murieron casi 20.000 británicos; el saldo de muertos al final de la batalla, que duró cinco meses, ascendió a 1.200.000. La generación de Tolkien saldó la Primera Guerra Mundial con 16 millones de muertos y 21 millones de heridos. Los soldados que volvieron a casa padecían graves secuelas físicas y shock postraumático. Las condiciones de vida en las trincheras del frente occidental fueron un infierno del que ningún hombre regresó entero. Por primera vez en la Historia, los avances tecnológicos dotaban al ser humano de un poder de destrucción como nunca antes de 1916 se había visto. Europa jamás había sufrido una guerra tan cruenta como aquella.

La desolación del Somme. En la Universidad de Oxford, los pocos profesores y estudiantes que quedaban guardaban silencio cada vez que el campanario repicaba a medida que llegaban las listas de alumnos caídos en el Somme. James Hilton (1900-1954), en su novela ¡Adiós Mr. Chips!, narra la escena de docentes y alumnos llorando desconsoladamente en clases casi vacías.

Tolkien sobrevivió a la batalla del Somme, seguramente porque fue evacuado al caer enfermo de fiebres tifoideas, pero cuando regresó a casa fue la Tierra Media la que lo salvó del horror de la Gran Guerra. «¿Cómo se retoma el hilo de toda una vida?» se pregunta Frodo al final de la versión cinematográfica de El retorno del rey; Tolkien, que ya había empezado a escribir La caída de Gondolin en el frente, convierte todos esos recuerdos terribles en literatura.

En abril de 1944, tocado por la maldición de otra guerra, escribe a su hijo Christopher destinado en el continente: «Te extraño mucho, y todo esto me es muy duro de soportar, por mí y por ti. El estúpido desperdicio de la guerra es tan enorme, no solo material, sino también moral y espiritual, que desconcierta a quienes tienen que soportarlo.»

Durante todo el tiempo que Christopher está en el frente, su padre le envía los capítulos de El señor de los Anillos a medida que los escribe, con la esperanza de que, como hizo con él, la Tierra Media también le ayude a mantenerse cuerdo ante el horror y la destrucción. Por desgracia, el profesor sabía, porque lo había vivido en primera persona, cómo se sentía su hijo.

«Uno en verdad tiene que encontrarse bajo la sombra de la guerra para sentir toda su opresión», escribe Tolkien en el prefacio de la segunda edición de El señor de los Anillos (1955), «pero a medida que los años pasan parece olvidarse que ser joven en 1914 no era una experiencia menos odiosa que la de vivir en 1939 y los años siguientes.»

El señor de los Anillos no es una exaltación de la guerra, pero está inevitablemente marcado por la experiencia de su autor en la Primera Guerra Mundial. Tolkien, que amaba la campiña inglesa, carga contra el mito de que el progreso, por encima de todo, es bueno para los hombres: él ha presenciado cómo la naturaleza era masacrada por la tecnología, las armas de destrucción masiva (el Anillo Único) arrasando personas y paisaje sin distinción. Las batallas de su legendaria novela están inspiradas en la experiencia bélica del autor, las trincheras del Somme tienen su reflejo en La Ciénaga de los Muertos, su Sam  Gamyi es un retrato del soldado raso inglés, lleno de determinación y lealtad, superior a los oficiales en los momentos de crisis. La Guerra del Anillo es una guerra por la libertad, al igual que las dos grandes Guerras Mundiales europeas lo fueron para los británicos.

Sin embargo, siempre que le preguntaron, el profesor insistía en que El señor de los Anillos no era una historia sobre la lucha entre el Bien y el Mal, sino un cuento sobre la guerra, sobre la necesidad de luchar para defender aquello que se cree justo y bueno. Aunque fue la destrucción la que inspiró su obra, siempre tuvo cuidado de no idealizar jamás el conflicto, de no convertirlo en una cruzada santa. Tolkien odiaba la guerra, perdió a todos sus amigos en la Gran Guerra, y no solo la sufrió él sino que tuvo que ver como sus hijos, casi treinta años después, pasaban por ese mismo horror. La inutilidad y el dolor de la Gran Guerra, sin embargo, no lo convirtió en un hombre desencantado y cínico; fue capaz de mantenerse íntegro en sus valores morales, en la creencia de que todo individuo estaba atrapado en una contienda entre Luz y Oscuridad y que, en esa confrontación, las decisiones de los más débiles importaban tanto como las de los poderosos.

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La Tierra Media

La voluntad del profesor Tolkien en cada una de sus obras ambientadas en la Tierra Media fue la de dotar a Inglaterra de una mitología legendaria propia que llenase el vacío literario anterior a los Cuentos de Canterbury de Geoffrey Chaucer. Por este motivo siempre defendió que la Tierra Media no era un lugar imaginario como Nunca Jamás o Narnia sino que se trataba de nuestro propio mundo en una época anterior.

En una de sus cartas explica que Middle Earth es una alteración del inglés antiguo Middangeard, que significa tierras habitadas por los hombres entre los mares. «El mío no es un mundo imaginario sino un momento histórico imaginario de la Tierra Media, que es donde vivimos», asegura (Cartas, nº183). Incluso se atrevió a extrapolar algunas localizaciones con la Europa contemporánea afirmando que Hobbiton y Rivendel se correspondían a la latitud de Oxford, Minas Tirith a Florencia, y la desembocadura del Anduin y la ciudad desaparecida de Pelargir, en la antigua Troya.

Pero es el noroeste de la Tierra Media el que se corresponde con Europa y, así como históricamente todas las grandes invasiones del viejo continente procedían del este (los hunos) o del sur (los árabes), Tolkien habitó esos puntos cardinales con las tropas de la oscuridad, cuya voluntad era someterlos a todos. Por eso encontramos Mordor al este y Sauron recluta ejércitos entre los Haradrim del sur.

Pese a su admiración por los héroes trágicos clásicos del Beowulf, El anillo de los Nibelungos o la mitología nórdica en general, el profesor siempre negó que su Tierra Media correspondiese a la Europa nórdica. Aunque Tolkien conocía bien la cultura y las lenguas antiguas septentrionales, se esforzó por aclarar que espiritualmente su obra tenía una clara voluntad anglosajona, pero en ningún caso nórdica.

Preocupado por las implicaciones racistas que albergaba esa inspiración nórdica en el preocupante período de la llegada al poder de Adolf Hitler y su ideología nazi, J. R. R. Tolkien esgrimió el arma que manejaba con mayor habilidad para plantar cara a las insinuaciones de los alemanes: la lingüística. Cuando en 1938 la editorial de Postdam, Rütten & Loening, estaba a punto de publicar una traducción alemana de El hobbit le preguntaron al profesor si su novela era de origen arisch. Tajante, Tolkien respondió:

«Lamento no tener muy claro a qué se refieren con arisch. No soy de extracción aria: eso es, indo-iraní; que yo sepa, ninguno de mis antepasados hablaba indostano, persa, gitano ni ningún otro dialecto afín. Pero si debo entender que quieren averiguar si soy de origen judío, solo puedo responder que lamento no poder afirmar que tengo antepasados que pertenezcan a ese dotado pueblo. Mi tatarabuelo llegó a Inglaterra desde Alemania en el siglo XVIII; la mayor parte de mi ascendencia, por tanto, es puramente inglesa, y soy súbdito de Inglaterra; eso debería bastar.» (Cartas, nº30)

Nada mal para un soldado de la Primera Guerra Mundial que veía como las sombras volvían a alzarse por el este.

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La primera edición de El hobbit

En julio de 1936 el manuscrito de El hobbit yacía inconcluso y abandonado sobre uno de los escritorios de la casa familiar de los Tolkien, en Northmoor Road. El profesor, que lo había concebido como un cuento de buenas noches por entregas para sus hijos, había ido postergando poner los últimos capítulos por escrito hasta casi olvidarse del proyecto. Sin embargo, cuando Susan Dagnall fue a visitar a su amiga Elaine Griffiths, editora en George Allen & Unwin (había sido contratada a sugerencia de Tolkien para realizar una traducción del Beowulf), tropezó con el manuscrito inacabado y se entusiasmó. Susan convenció a Elaine para que instase al profesor a que terminara la historia y la publicase. Sorprendentemente, Tolkien aceptó y en agosto de 1936 escribía «El hobbit está casi terminado y los editores claman por él.»

Primera edición de The hobbit by J. R. R. Tolkien (George Allen & Unwin, 1937). Fuente: El Rincón de Cabal, reseña sobre El hobbit

El presidente de la editorial, Stanley Unwin, le pidió a su hijo Rayner de diez años que leyera la versión terminada durante las vacaciones escolares de verano. El chico escribió un informe de lectura tan entusiasta que su padre lo recompensó con un chelín y dio luz verde a la edición. Pero el señor Unwin quería ilustraciones que acompañasen al texto pues, al fin y al cabo, se trataba de una publicación infantil, y así se lo hizo saber al autor. Tolkien, que pensaba que sus dibujos solo servían para demostrar lo mal ilustrador que era, entregó sus bocetos de hobbits, enanos, arañas y mapas, y para su sorpresa y consternación fueron aceptados.

No debió ser fácil para los editores de Allen & Unwin trabajar con el perfeccionista profesor, quien hasta el fin de sus días se quejó amargamente de las maquinaciones y descuidos de impresores y editores. Tolkien revisaba y cambiaba constantemente el texto, inventaba mapas secretos que solo podían leerse a contraluz —aunque hubiese preferido que solo se revelasen bajo la luz de la luna—, utilizaba demasiados colores para las ilustraciones, no acertaba con el tamaño, corregía las galeradas y las imágenes una y otra vez, encontraba fallos hasta en las sombras de los dibujos… Incluso llegó a puntualizar palabra por palabra por qué estaba equivocado todo el texto publicitario de la promoción de El hobbit. En marzo de 1937 Tolkien devolvió el manuscrito de su cuento a Allen & Unwin con tantos cambios que los editores amenazaron con restarle de sus beneficios los gastos de pruebas de impresión.

Final y felizmente, la primera edición de El hobbit de Allen & Unwin salió a la luz en Londres en septiembre de 1937. Tolkien, algo acongojado por las quejas de la editorial y abrumado por los gastos médicos de su familia (habían sufrido de gripe y sarampión en los meses anteriores), les escribe: «Espero que en definitiva el señor Bolsón acuda en mi rescate de manera moderada (no espero cofres de oro de los trolls)». No tenía por qué preocuparse, la primera edición, de 1.500 ejemplares, tuvo tanto éxito que ya estaba agotada en diciembre de ese mismo año y se puso en marcha una reimpresión.

Entonces, sus editores le comunicaron que la norteamericana Houghton Mifflin Co. quería publicar El hobbit en su país, pero que solicitaban permiso para contratar a otro ilustrador para incluir mayor número de dibujos en su edición. Tolkien, que desconfiaba por naturaleza de todo lo norteamericano (también de los niños que necesitaban más dibujos), puso una única condición: que su obra jamás pasase por los estudios Disney, a los que detestaba con intensidad británica. La edición americana salió a librerías en marzo de 1938, con cuatro ilustraciones a color del propio Tolkien; poco podía imaginarse entonces que el prestigio de su obra y su nombre llevarían a ilustradores de la talla de Jemima Catlin, Alan Lee o John Howe a plasmar con su arte la belleza mítica de su Tierra Media.

Pero esa ya es otra historia.

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Historia de una partida y un regreso

Aunque El hobbit se publicó por vez primera el 21 de septiembre de 1937, por la editorial George Allen & Unwin, su autor había empezado a escribirlo casi doce años antes. En 1925, J. R. R. Tolkien renunció a su puesto en Lengua Inglesa en la Universidad de Leeds y regresó a Oxford como profesor de Anglosajón en el Pembroke College. Por aquel entonces llevaba nueve años casado con Edith y era padre de tres niños. Había pasado la mitad de su vida imaginando el corpus legendario de su Tierra Media, pero apenas había puesto por escrito algunos cuentos y capítulos del Silmarillion, donde recogía las historias de Beren y Lúthien, la caída de Sauron o la dinastía de Húrin. Sin embargo, la primera vez que pensó en El hobbit supo que sería un cuento que leería a sus pequeños antes de ir a dormir.

Tolkien con sus cuatro hijos: John, Michael, Christopher y Priscilla.

A través de la biografía de Humphrey Carpenter y de las cartas personales de Tolkien, uno tiene la sensación de que el profesor dedicaba poco tiempo a su familia. A menudo lo encontramos estudiando, escribiendo, dando clases, tomando una pinta de cerveza en The Eagle and The Child con sus amigos y alumnos, leyendo en voz alta poemas y traducciones nórdicas del Beowulf en sus reuniones de los jueves con los Inklings. Incluso cuando pasaba tiempo en casa, lo suponemos encerrado en su estudio, escribiendo, inventando idiomas propios para cada una de las razas de la Tierra Media.

J. R. R. Tolkien odiaba las biografías y era reservado por naturaleza, pero que no mencionase casi nunca su vida familiar no significa que no fuese importante para él. Cartas a Papa Noel, una recopilación epistolar llena de ternura cuyos destinatarios eran sus hijos, y El hobbit, leído por capítulos, a medida que los iba escribiendo, también a sus pequeños, son dos indicios literarios de que el profesor no estaba aislado de su familia ni siquiera cuando cruzaba los límites de la Comarca. El hobbit fue la puerta infantil de entrada a la Tierra Media que Tolkien abrió para que sus hijos pudiesen seguirle, para que no quedasen excluidos de ese otro mundo en el que él pasaba tanto tiempo.

Era un verano templado en Oxford, el profesor Tolkien corregía exámenes de final de curso de Literatura Anglosajona en sus habitaciones del Pembroke. Al otro lado de los ventanales góticos, atardecía, buen momento para encender otra pipa y descansar la vista sobre la desgastada alfombra verde más allá del escritorio. Aburrido por la tediosa tarea de la corrección, Tolkien alcanzó una cuartilla en blanco y escribió con su apretada letra picuda

«En un agujero en el suelo vivía un hobbit».

El resto es leyenda.

Bibliografía de consulta:
CARPENTER, Humphrey: J. R. R. Tolkien, una biografía. Ediciones Minotauro, Barcelona, 1999
CARPENTER, Humphrey: Biblioteca Tolkien. Cartas. Selección del Humphrey Carpenter. Ediciones Minotauro, Barcelona, 2002.
CARPENTER, Humphrey: Los Inklings. Homo Legens. Madrid, 2008.

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