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La primera edición de El hobbit

En julio de 1936 el manuscrito de El hobbit yacía inconcluso y abandonado sobre uno de los escritorios de la casa familiar de los Tolkien, en Northmoor Road. El profesor, que lo había concebido como un cuento de buenas noches por entregas para sus hijos, había ido postergando poner los últimos capítulos por escrito hasta casi olvidarse del proyecto. Sin embargo, cuando Susan Dagnall fue a visitar a su amiga Elaine Griffiths, editora en George Allen & Unwin (había sido contratada a sugerencia de Tolkien para realizar una traducción del Beowulf), tropezó con el manuscrito inacabado y se entusiasmó. Susan convenció a Elaine para que instase al profesor a que terminara la historia y la publicase. Sorprendentemente, Tolkien aceptó y en agosto de 1936 escribía «El hobbit está casi terminado y los editores claman por él.»

Primera edición de The hobbit by J. R. R. Tolkien (George Allen & Unwin, 1937). Fuente: El Rincón de Cabal, reseña sobre El hobbit

El presidente de la editorial, Stanley Unwin, le pidió a su hijo Rayner de diez años que leyera la versión terminada durante las vacaciones escolares de verano. El chico escribió un informe de lectura tan entusiasta que su padre lo recompensó con un chelín y dio luz verde a la edición. Pero el señor Unwin quería ilustraciones que acompañasen al texto pues, al fin y al cabo, se trataba de una publicación infantil, y así se lo hizo saber al autor. Tolkien, que pensaba que sus dibujos solo servían para demostrar lo mal ilustrador que era, entregó sus bocetos de hobbits, enanos, arañas y mapas, y para su sorpresa y consternación fueron aceptados.

No debió ser fácil para los editores de Allen & Unwin trabajar con el perfeccionista profesor, quien hasta el fin de sus días se quejó amargamente de las maquinaciones y descuidos de impresores y editores. Tolkien revisaba y cambiaba constantemente el texto, inventaba mapas secretos que solo podían leerse a contraluz —aunque hubiese preferido que solo se revelasen bajo la luz de la luna—, utilizaba demasiados colores para las ilustraciones, no acertaba con el tamaño, corregía las galeradas y las imágenes una y otra vez, encontraba fallos hasta en las sombras de los dibujos… Incluso llegó a puntualizar palabra por palabra por qué estaba equivocado todo el texto publicitario de la promoción de El hobbit. En marzo de 1937 Tolkien devolvió el manuscrito de su cuento a Allen & Unwin con tantos cambios que los editores amenazaron con restarle de sus beneficios los gastos de pruebas de impresión.

Final y felizmente, la primera edición de El hobbit de Allen & Unwin salió a la luz en Londres en septiembre de 1937. Tolkien, algo acongojado por las quejas de la editorial y abrumado por los gastos médicos de su familia (habían sufrido de gripe y sarampión en los meses anteriores), les escribe: «Espero que en definitiva el señor Bolsón acuda en mi rescate de manera moderada (no espero cofres de oro de los trolls)». No tenía por qué preocuparse, la primera edición, de 1.500 ejemplares, tuvo tanto éxito que ya estaba agotada en diciembre de ese mismo año y se puso en marcha una reimpresión.

Entonces, sus editores le comunicaron que la norteamericana Houghton Mifflin Co. quería publicar El hobbit en su país, pero que solicitaban permiso para contratar a otro ilustrador para incluir mayor número de dibujos en su edición. Tolkien, que desconfiaba por naturaleza de todo lo norteamericano (también de los niños que necesitaban más dibujos), puso una única condición: que su obra jamás pasase por los estudios Disney, a los que detestaba con intensidad británica. La edición americana salió a librerías en marzo de 1938, con cuatro ilustraciones a color del propio Tolkien; poco podía imaginarse entonces que el prestigio de su obra y su nombre llevarían a ilustradores de la talla de Jemima Catlin, Alan Lee o John Howe a plasmar con su arte la belleza mítica de su Tierra Media.

Pero esa ya es otra historia.

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Historia de una partida y un regreso

Aunque El hobbit se publicó por vez primera el 21 de septiembre de 1937, por la editorial George Allen & Unwin, su autor había empezado a escribirlo casi doce años antes. En 1925, J. R. R. Tolkien renunció a su puesto en Lengua Inglesa en la Universidad de Leeds y regresó a Oxford como profesor de Anglosajón en el Pembroke College. Por aquel entonces llevaba nueve años casado con Edith y era padre de tres niños. Había pasado la mitad de su vida imaginando el corpus legendario de su Tierra Media, pero apenas había puesto por escrito algunos cuentos y capítulos del Silmarillion, donde recogía las historias de Beren y Lúthien, la caída de Sauron o la dinastía de Húrin. Sin embargo, la primera vez que pensó en El hobbit supo que sería un cuento que leería a sus pequeños antes de ir a dormir.

Tolkien con sus cuatro hijos: John, Michael, Christopher y Priscilla.

A través de la biografía de Humphrey Carpenter y de las cartas personales de Tolkien, uno tiene la sensación de que el profesor dedicaba poco tiempo a su familia. A menudo lo encontramos estudiando, escribiendo, dando clases, tomando una pinta de cerveza en The Eagle and The Child con sus amigos y alumnos, leyendo en voz alta poemas y traducciones nórdicas del Beowulf en sus reuniones de los jueves con los Inklings. Incluso cuando pasaba tiempo en casa, lo suponemos encerrado en su estudio, escribiendo, inventando idiomas propios para cada una de las razas de la Tierra Media.

J. R. R. Tolkien odiaba las biografías y era reservado por naturaleza, pero que no mencionase casi nunca su vida familiar no significa que no fuese importante para él. Cartas a Papa Noel, una recopilación epistolar llena de ternura cuyos destinatarios eran sus hijos, y El hobbit, leído por capítulos, a medida que los iba escribiendo, también a sus pequeños, son dos indicios literarios de que el profesor no estaba aislado de su familia ni siquiera cuando cruzaba los límites de la Comarca. El hobbit fue la puerta infantil de entrada a la Tierra Media que Tolkien abrió para que sus hijos pudiesen seguirle, para que no quedasen excluidos de ese otro mundo en el que él pasaba tanto tiempo.

Era un verano templado en Oxford, el profesor Tolkien corregía exámenes de final de curso de Literatura Anglosajona en sus habitaciones del Pembroke. Al otro lado de los ventanales góticos, atardecía, buen momento para encender otra pipa y descansar la vista sobre la desgastada alfombra verde más allá del escritorio. Aburrido por la tediosa tarea de la corrección, Tolkien alcanzó una cuartilla en blanco y escribió con su apretada letra picuda

«En un agujero en el suelo vivía un hobbit».

El resto es leyenda.

Bibliografía de consulta:
CARPENTER, Humphrey: J. R. R. Tolkien, una biografía. Ediciones Minotauro, Barcelona, 1999
CARPENTER, Humphrey: Biblioteca Tolkien. Cartas. Selección del Humphrey Carpenter. Ediciones Minotauro, Barcelona, 2002.
CARPENTER, Humphrey: Los Inklings. Homo Legens. Madrid, 2008.

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Té con Tolkien & Macondo Club Literario

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