Eterna brisa, de Fernando G. Mancha

A principios de los años 70 del siglo pasado, Amalia huye del país dejando atrás un matrimonio fracasado y el desapego de sus padres. A punto de cumplir los cuarenta, ansía tomar las riendas de su propia vida, gritar bien alto, en desafiante acto de rebeldía, que todavía no es tarde para empezar a vivir. En la maleta solo lleva tres de sus libros preferidos: Nada, de Carmen Laforet, La señora Dalloway, de Virginia Woolf, y Cumbres borrascosas, de Emily Brontë; en el alma, nada que perder. En Niza, contra todo pronóstico o plan, conoce a la hermosa Brisa, una joven que corre desnuda por la playa, libre como el viento, libre como siempre habría querido ser Amalia. Brisa vive en una furgoneta, bajo Le cirque bleu, de Chagall, con la compañía de una guitarra y las estrellas. Juntas deciden emprender camino hacia Italia sin más pretensiones que vivir, prendidas de la singularidad de sus respectivas almas, de su inesperada amistad.
«A mí me gustaría morir en el mar, como los viejos pescadores de manos cuarteadas, aquellos que ya no tienen nada que perder; como los antiguos capitanes de barco, de largas y canosas barbas, héroes en mitológicos naufragios; como las enormes ballenas varadas en la playa, observadas por decenas de niños que ya no quieren seguir jugando con la arena.«

Conocía la prosa de Fernando G. Mancha porque el año pasado leí una de sus primeras novelas, El viejo cocinero (o Cécile y las estrellas). De aquel libro ya sabéis que me enamoró la delicadeza y la sensibilidad con las que el autor encontró la voz de una niña tan peculiar como Cécile. En Eterna Brisa, Fernando vuelve a narrar en primera persona desde la piel femenina, esta vez una mujer madura que acaba de abrir la puerta de su jaula y está probando sus alas; una mujer que desea tomar las riendas de su vida pese a que sabe que ella es más espectadora que protagonista. Pero es justo esa calidad de observadora de Amalia, su mirada llena de ternura y esperanza, la que aporta toda la belleza y la fantasía de esta historia.

Fernando G. Mancha nos cuenta, con fluidez y una hermosa capacidad narrativa -que ha ganado en seguridad, aplomo y riqueza desde la publicación de El viejo cocinero-, el viaje iniciático de un personaje crédulo e inocente pero siempre dispuesto a aprenderse los compases secretos de la felicidad. Eterna Brisa es una road movie literaria en donde la fuerza de sus protagonistas y la belleza de todo lo que las rodea, así como la magia de los momentos que comparten, configuran un viaje en busca de la felicidad. Me ha gustado por sus guiños literarios (¡Ay, ese niño que irrumpe en escena a lo Peter Pan con un «¿por qué lloras?«), por la música, por la belleza de sus escenarios, por ese techo de Chagall o por la Venus de Stanhope. Pero sobre todo la he disfrutado por la buena prosa de su autor, su paciencia para llegar a buen puerto, su delicado equilibrio al borde del realismo mágico (atención a la historia de la familia de Brisa) y por su honrada y justificadísima advertencia al lector antes de leer el epílogo (gracias, Fernando, por tu exquisita consideración):
«Epílogo (leedlo tan solo si deseáis conocer toda la verdad aunque, ya sabéis que, muchas veces, esta duele más que aquello que se ignora.)«
Ojalá David Foenkinos hubiese tenido el buen criterio y la sensibilidad para con sus lectores de adjuntar una nota semejante antes del maldito epílogo de La biblioteca de los libros rechazados.
Lector, un viaje iniciático tan singular y bello como la cortesía de un autor que tiene mucho que ofrecernos.
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