Hasta el más pequeño puede cambiar el futuro

Hitler invadió Polonia el 1 de septiembre de 1939. Dos días después, Gran Bretaña y Francia le declararon la guerra a Alemania. Desde las ocupaciones nazis de Austria y Checoslovaquia, el gobierno inglés había alzado la voz para señalar el peligro inminente de la ambición alemana en el continente, pero nadie quería otra guerra. Las naciones europeas seguían muy ocupadas recuperándose de sus respectivas crisis económicas, la temible máquina de propaganda y diplomacia de Hitler sabía adormecer sus temores con buenas palabras y promesas de colaboración futura y, siendo pragmáticos, la potencia militar que desplegó Alemania en Polonia dejó temblando al resto del mundo. Hitler, como Sauron, había acrecentado su poder hasta superarlos a todos y empezaba a comerse Europa ante la impasibilidad de las naciones vecinas. Como decía Éomer en el capítulo 2 de Las dos Torres, Los jinetes de Rohan, no es que fuesen aliados de Saruman o de Sauron, pero mientras no pisasen su territorio tampoco le declararían una guerra que adivinaban muy difícil de ganar.

Solo Gran Bretaña se mantuvo firme desde el principio. El Primer Ministro Winston Churchill, a quien J. R. R. Tolkien se refería con el nombre en clave de «Nuestro Querube» para que no le censurasen la correspondencia que mantenía con su hijo Christopher durante la guerra, tuvo una postura coherente desde el principio: los británicos no se rendirían hasta la derrota total del enemigo. Aunque los nazis desembarcasen en la propia Britania, lucharían hasta el último aliento mientras un solo inglés quedase en pie. Tuvieron la claridad suficiente como para ver que Polonia no era más que el principio y que la posibilidad de que todo el continente ondease las esvásticas era demasiado real como para no hacer nada. Podrían haberse quedado en su isla, con la promesa y la esperanza de que un pacto con el demonio los mantendría a salvo de la invasión, pero en el fondo comprendieron que el Mal que se extendía desde el Este no reconocería frontera alguna.

Tolkien afirmaba, siempre que le insistían, que El señor de los Anillos no era una novela sobre la lucha entre el Bien y el Mal. Sin embargo, reconocía que era una historia sobre la guerra y sobre la inevitabilidad de luchar en defensa de aquello que sabemos que es correcto y bueno aunque no haya posibilidades de victoria. «¿Cómo encontrar el camino recto en esta época?» pregunta Éomer. «Como siempre —le contesta Aragorn—. El mal y el bien no han cambiado desde ayer, ni tienen un sentido para los Elfos y Enanos y otro para los Hombres. Corresponde al hombre discernir entre ellos, tanto en el Bosque de Oro como en su propia casa.»

A menudo imaginamos al profesor ajeno al mundo, encerrado en sus habitaciones de Oxford, escribiendo su obra de fantasía, pero no es así. Tolkien había sobrevivido a la Primera Guerra Mundial en las trincheras del Somme y, mientras escribía su cuerpo legendario sobre la Tierra Media, leía en la prensa y escuchaba en la radio cómo se formaban las terribles nubes negras de maldad que habrían de extenderse por Europa desde Berlín. Como un mago, compartimentó su mente para sobrellevar el horror de la guerra, pero esa experiencia lo marcó para siempre y nutrió el fondo moral de su obra literaria.

En Las dos Torres, Tolkien refleja bien el sentimiento anti-belicista de unas potencias europeas que ya habían sufrido una guerra contra Alemania y no querían volver a pasar por la experiencia. Los avances tecnológicos habían perfeccionado las matanzas y Alemania se vendía como paladín de un progreso terrible y aniquilador. Rohan y los Ents piensan que Mordor está muy lejos, así que no van a implicarme en una guerra. «No me gusta preocuparme por el futuro —explica Bárbol a Merry y a Pippin—. No estoy enteramente del lado de nadie, porque nadie está enteramente de mi lado». Sin embargo, no es una cuestión de bandos o de ideologías o religiones sino de discernir entre el bien y el mal, que no ha cambiado y es igual para todos, y actuar en consecuencia. Bárbol, finalmente, decide enfrentarse a Saruman porque es su vecino y está actuando mal, porque ve con sus propios ojos qué está haciendo su maquinaria de guerra contra el bosque.

Las dos Torres no es, ni de lejos, una alegoría sobre la Segunda Guerra Mundial, aunque sí refleja los dilemas morales que le interesaban a J. R. R. Tolkien, como la inevitabilidad de la guerra (si no hacemos nada todo será destruido), el libre albedrío del hombre (cada uno decide sobre la bondad o maldad de los hechos y de qué lado va a luchar) o el progreso bélico como una espantosa maquinaria de contaminación y destrucción de la naturaleza. Pero presente a lo largo de toda la obra, aparece otra idea muy ligada a todo lo anterior: hasta el ser más pequeño e insignificante puede cambiar el destino del mundo.

«Su llegada al bosque de Fangorn —dice Gandalf sobre Merry y Pippin en el capítulo 5 de Las dos Torresfue como la caída de unas piedrecitas que desencadenan un alud en las montañas». Poco pueden hacer cuatro pequeños hobbits contra los ejércitos de Mordor. Pero son dos hobbits los que desvían la atención del Ojo hacia Isengard, los que acompañan a los Ents a la guerra y sitian Orthanc, y otros dos hobbits los que van camino del Monte de Destino para destruir el arma más terrible y definitiva del Enemigo. La heroicidad y el protagonismo de personajes tan grandes y poderosos como un Mago, un rey de los Hombres, un príncipe de los Elfos y un temible guerrero Enano, no empalidece la de cuatro personajes —cinco, si contamos a Gollum, el villano— mucho más pequeños pero cuyas decisiones poseen la misma transcendencia en el destino de la Tierra Media.

El joven Tolkien, Oficial de Comunicaciones del Ejército Británico movilizado en el frente continental occidental, no tuvo demasiadas oportunidades de trabar amistad con los soldados rasos de su compañía, pero sí que luchó codo con codo con ellos y tuvo ocasión de admirar su determinación en la primera línea de batalla. Volvió a casa profundamente impresionado por la fortaleza, la lealtad y la resistencia moral de los soldados ingleses, hasta el punto de afirmar que «Mi Sam Gamyi es en realidad un reflejo del soldado inglés, de los ordenanzas y soldados rasos que encontré en la guerra de 1914, y que reconozco superiores a mí mismo».

En el capítulo 2 de Las dos Torres, A través de las ciénagas —las Ciénagas de los Muertos están inspiradas en las trincheras del Somme—, Frodo se da cuenta de que, aun en el improbable caso de que consigan destruir el Anillo, lanzarlo al fuego del Monte del Destino les costará la vida. Sam le toma la mano y la besa, en señal de lealtad hasta el fin del camino y, aunque se le escapan las lágrimas, ninguna protesta o arrepentimiento sale de sus labios: irá con Frodo, su amo, su oficial superior, hasta el fin, sea cual sea. Sam, insignificante entre los insignificantes, el único hobbit al servicio de otro, el más bajo en el escalafón social, el más sencillo, no solo abandera el homenaje al soldado raso que cumple su deber porque es leal hasta las últimas consecuencias a aquello que considera correcto, también encarna la verdad de Tolkien cuando afirma que incluso el más pequeño de los seres puede cambiar el futuro.

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3 respuestas a Hasta el más pequeño puede cambiar el futuro

  1. Esther dijo:

    Yo creo Mónica que tu próximo libro podría ser sobre Tolkien. Me encanta lo que nos traes cada jueves. Haces que la lectura sea muy enriquecida. Un abrazo

  2. Nitocris dijo:

    Qué bonito!!! me quedo sin palabras…

  3. Margari dijo:

    Si es que Sam es mi personaje favorito de toda la saga! Me estás dejando con ganas de releer esta magnífica trilogía. Y me parece que con todas tus entradas, voy a disfrutar más de la segunda lectura.
    Besotes!!!

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