La amistad de C. S. Lewis

Clive Staples Lewis (1898-1963) y John Ronald Reuel Tolkien (1892-1973) se conocieron en 1926, cuando se incorporaron casi al mismo tiempo como profesores de Lengua Anglosajona y Literatura en la Universidad de Oxford. Lewis, que tenía veintinueve años, cinco menos que Tolkien, era muy joven para impartir clases en el Magdalen College, y pronto descubrió que no congeniaba demasiado con sus colegas más mayores. La primera vez que los dos académicos recién llegados entablaron conversación en la Universidad, Lewis escribió en su diario: «Tolkien es un joven pálido, pequeño y moderado, que no puede leer a Spenser debido a las formas, que cree que la lengua es lo más importante de la escuela, que piensa que la literatura se escribe para divertimento de los hombres entre los treinta y los cuarenta y que siente repugnancia por los estudios liberales. Los aspectos técnicos están más en su línea. Sin embargo, no hay maldad en él, solo necesita que le den un par de bofetadas.»

C. S. Lewis en sus habitaciones del Magdalen. El autor de Las crónicas de Narnia y Una pena en observación, entre otras obras, volvió a abrazar la fe cristiana convencido por las interminables conversaciones con J. R. R. Tolkien sobre Dios y la Caída junto a la chimenea, y por la influencia de El hombre eterno, de G. K. Chesterton. Una de las frases más hermosas que se recuerdan de Lewis es «Cuando seas lo suficientemente mayor volverás a leer cuentos de hadas.»

Aunque había sido bautizado en la fe anglicana en su Belfast natal, el joven Lewis, movilizado a Francia como subteniente de infantería ligera en noviembre de 1917, llegó a las trincheras convencido de su ateísmo y del agobio que sentía por una guerra de la que no podía escapar. Si el particular infierno de Tolkien fue el Somme, el de Lewis habría de ser Arrás. Ambos volvieron a casa heridos, para siempre tocados por el horror de la guerra y con la terrible certeza de que sus amigos y su mundo, tal y como lo conocían, había muerto en aquellas trincheras embarradas. Quizás fue ese nexo común de profunda tristeza —a Lewis solían llamarle El apesadumbrado— y de amor por las buenas historias lo que habría de unirles tiempo después.

Cuando J. R. R. Tolkien llegó a Oxford como profesor de Anglosajón, apenas había estudiado a los autores ingleses modernos y detestaba impartir clases sobre cualquier obra posterior a Chaucer. Decía que Spenser era ilegible y que Shakespeare había sido idolatrado injustificadamente. C. S. Lewis, por el contrario, desde que lo habían conmovido en su adolescencia, disfrutaba con fruición de los autores británicos posteriores a Chaucer; Spenser era su favorito.

Érase una vez, un profesor católico que despreciaba la literatura moderna y un ateo recalcitrante que adoraba a Spenser. Sin embargo, contra todo pronóstico y pese a sus ideas casi enfrentadas, no tardaron en trabar una amistad tan fuerte y sincera que prevaleció pese a los altibajos de su relación —seguramente pautados por el matrimonio de Lewis con una norteamericana divorciada y la desaprobación de Tolkien sobre Las crónicas de Narnia, por considerarla una alegoría cristiana—.

Poco después de su primer desafortunado encuentro en el Magdalen, y pese a saberse en bandos opuestos respecto a la reforma del programa de Anglosajón, charlaron hasta encontrar dos puntos comunes para brindar en el pub The Eagle and Child con unas pintas de cerveza: ambos pensaban que era necesario guiar a los alumnos a través de la literatura antigua y medieval, pero que podían apañárselas solos bastante bien con la moderna, y, además, Lewis acabó por confesar que, aunque conocía poca literatura nórdica y apenas chapurreaba el finlandés antiguo, apreciaba mucho obras como Beowulf, Sir Gawain o Edda la Mayor, la única literatura que Tolkien necesitaba. Tiempo después, Tolkien invitó a Lewis a ingresar en los Coalbiters, su Club de Literatura Antigua Nórdica, y desde entonces fueron Tollers y Jack el uno para el otro.

Jack fue quien animó a Tollers a terminar y publicar El hobbit y, posteriormente, El señor de los Anillos, leyó todos los borradores, incansable, y aportó comentarios y correcciones. Hasta entonces, los dos se habían considerado más poetas que prosistas, pero la narración de la Tierra Media que había iniciado Tolkien iba a cambiar eso y su amigo se mantuvo a su lado en el camino para sostenerlo con buen ánimo y las mejores críticas cada vez que el profesor se sentía desfallecer ante la enorme tarea de dar forma a la epopeya legendaria que había iniciado en las trincheras del Somme con La Caída de Gondolin. Descubrieron entonces que habían crecido con la misma tradición literaria de cuentos infantiles y que anhelaban nuevas historias antiguas: «Desde que empezó el trimestre —escribe C. S. Lewis en 1935— he pasado una época maravillosa leyendo un cuento infantil que ha escrito Tolkien (…). Leer su cuento de hadas ha sido un poco desalentador, ya que está escrito como nosotros dos hubiéramos deseado escribir (o leer) en 1916; es decir, cuando uno siente que no está inventando nada, sino describiendo el mundo cuya llave tenemos nosotros.»

Durante los doce años que a J. R. R. Tolkien le llevó escribir El señor de los Anillos, C. S. Lewis fue el amigo que repasaba o escuchaba cada capítulo, que aportaba y, sobre todo, que lo animaba a continuar. Cuando terminó de leer el manuscrito entero, en vísperas de la publicación de La comunidad del anillo, le escribió una cariñosa carta:

«Mi querido Tollers:

Uton herian holbytas, en verdad. Una vez que se remonta la empinada cuesta de la grandeza y el terror (aliviada por verdes valles, sin los cuales sería intolerable), casi no tiene parangón en toda la gama del arte narrativo que conozco.»

Sin Jack, Tollers jamás habría llegado tan lejos.

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1 respuesta a La amistad de C. S. Lewis

  1. Carla dijo:

    Que preciosa entrada Mónica… Me encantan estos escritos que nos estas regalando. Lewis me recuerda un poco a Sam Gamyi, ese amigo que no desfallece y que no deja que lo hagas. Maravilloso
    Un abrazo

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