Los Inklings y El segundo Hobbit

Los jueves por la tarde, en las habitaciones del Magadalen de C. S. Lewis y su hermano Warnie, se reúnen los Inklings. La moqueta está festoneada de pequeñas quemaduras porque Lewis no cree en los ceniceros, las butacas y los sofás son viejos y raídos pero muy cómodos, nadie recuerda su color original, las estanterías desvencijadas no contienen más que ediciones baratas o de segunda mano. Ni uno solo de los títulos es obra del anfitrión, pues suele regalar o tirar todos los ejemplares de sus libros que encuentra a su paso. Solo El hobbit y Beowulf ocupan un lugar de honor.

Robert Harvard, el médico de Lewis y Tolkien, a quien hace tiempo han apodado como Inútil Curandero —Lewis es Jack y Tolkien es Tollers—, llega el primero. Es más joven que Lewis y está esperando a que lo llamen a filas como oficial médico, por eso disfruta tanto de las reuniones de los jueves, porque sabe que para él acabarán pronto. Warnie se encarga de las bebidas, pero a menudo topa con la restricción de cerveza que sufre Oxford en tiempos de guerra. Incluso el pub que suelen frecuentar, The Eagle and Child —aunque ellos lo llaman The Bird and Baby—, cuelga de vez en cuando en la puerta «No hay cerveza».

J. R. R. Tolkien, C. S. Lewis y su hermano Warnie, Robert Harvard, Charles Williams

Esta noche están de suerte, tienen cerveza y algo de ron, aunque Warnie empieza la velada preparando el té. Como si captasen el cálido aroma de la prometedora infusión en la oscuridad otoñal y lluviosa, Lewis y Tolkien son los siguientes en llegar. Han cenado en el claustro de la Universidad, saben que no serán llamados a filas y que permanecerán en Oxford mientras dure la guerra, pero Tolkien, a sus casi cincuenta años, forma parte del cuerpo civil, y Lewis es voluntario de la milicia local. Cada quince días, pasan la vigilia de guardia para dar la alarma en caso de bombardeo aéreo o patrullan por el campus con un rifle al hombro; Francia se ha rendido, pero ellos no. Christopher Tolkien ha sido movilizado y, en el próximo correo postal, su padre le escribirá sobre la reunión semanal de los Inklings.

Charles William, poeta, novelista y crítico, llega un poco tarde. La semana pasada terminaron de leer su borrador de All Hallows’ Eve y todos están impacientes por escuchar un nuevo capítulo de El señor de los Anillos de Tollers. Por alguna razón, Tolkien se resiste a llamar la historia que está escribiendo por su propio título —para él sigue siendo El segundo Hobbit— y los Inklings se han acostumbrado a referirse al manuscrito como El nuevo Hobbit. Neville Coghill, cuya traducción de Los cuentos de Canterbury está siendo adaptada para un serial radiofónico de la BBC, ha dejado recado de que no asistirá ese día. Es profesor en el Exeter College y un par de veces al mes el Primer Ministro Winston Churchill lo requiere en Londres para traducir algún documento de alto secreto. Sin embargo, esta noche son sus obligaciones como director teatral las que lo tienen secuestrado: pronto estrenará La tempestad con la Oxford University Dramatic Society. A Coghill le pesa perderse las reuniones de los Inklings, sabe que en ninguna otra compañía se siente como en casa.

El Gran Tom, la torre del campanario de Oxford, toca las nueve y Tolkien empieza a leer con soltura el capítulo en el que la Compañía del Anillo llega a las puertas de Moria. A veces se interrumpe por los borrones y las múltiples correcciones del texto escrito a mano, y duda en voz alta sobre si Gandalf debe pronunciar mellyn o meldir para abrir las puertas élficas.

«Te has dado cuenta de que el suave tamborileo de pies es Gollum siguiéndoles» le dice Tollers a Jack.

«Sí, eso está claro. Pero, ¿por qué no te extiendes más en la escena de la cosa con tentáculos saliendo del agua? Parece poco trabajada, solo dices que atrapa a Frodo.»

«¿Qué es eso de la reina y los gatos?» los interrumpe Warnie

«El poni Bill está más seguro de encontrar el camino a casa en una noche oscura que los gatos de la reina Berúthiel» le aclara Inútil Curandero.

«No sé quién es Berúthiel» se lamenta Warnie echando más leña en la estufa y repartiendo el ron en vasos disparejos.

«La esposa del rey Pelargir.»

«¿Pelargir? No recuerdo eso.»

«No podrías. Todavía no he escrito esa parte.»

Una vez, John Wain, poeta y novelista británico, que visitaba a los Inklings de vez en cuando, dijo de ellos que eran un círculo de instigadores incendiarios que se reunían para dirigir toda la corriente literaria contemporánea. A lo que C. S. Lewis, sorprendido por la exageración, contestó: «No somos un aquelarre y el señor Wain ha confundido la amistad con las alianzas conspiratorias». Los Inklings no eran incendiarios, ni siquiera puede etiquetárselos de corriente literaria o de influencia, pues ninguno de ellos le debía al otro parte alguna de su pensamiento crucial. «Mi deuda con Lewis no fue su influencia —dijo Tolkien en una ocasión— sino su entusiasmo». Todos los autores que pasaron por esas reuniones ya habían escrito sus obras más importantes cuando llegaron allí. Pero, entonces, ¿fueron los Inklings algo más que un club de amigos que se encontraban para compartir sus borradores y beber cerveza?

En 1927, Tolkien fundó el club de los Coalbiters, una oportunidad para reunirse con Lewis y otros colegas del departamento de Lengua y Literatura antiguas con la pasión común de la mitología nórdica; bebían cerveza y  traducían del islandés las sagas literarias de esta índole. Ese fue el núcleo de escritores y pensadores que más tarde se convirtió en los Inklings: Hugo Dyson, Neville Coghill, Charles Williams, Owen Bardfield, Charles Wren, Colin Hardie, Warnie y C.S. Lewis, Tolkien… Los jueves por la noche se reunían en las habitaciones del Magdalene de Lewis y se leían los unos a los otros sus últimos poemas, sus relatos, los capítulos de El señor de los anillos

Los Inklings no fueron una corriente literaria, ni siquiera sus respectivas obras recibieron la influencia de sus compañeros, pero constituyeron uno de los grupos literarios más extraordinarios de la década de los años 40 y 50 del siglo XX, y contribuyeron a cambiar y a desarrollar los estudios de Anglosajón y Literatura británica en Oxford con un criterio tan brillante que ha llegado hasta nuestros días.

Nota: la recreación de la escena de un jueves con los Inklings está basada en la magnífica reconstrucción histórica de Humphrey Carpenter en Los Inklings (Homo Legens, 2009)

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5 respuestas a Los Inklings y El segundo Hobbit

  1. Nitocris dijo:

    Qué chuladas nos traes!!!
    Un besazo

  2. Anónimo dijo:

    ¡Qué maravilla pasar por aquí y disfrutar de estas crónicas! Estoy disfrutando mucho leyéndote, querida Mónica. El mundo de Tolkien es siempre interesante y transporta a otros tiempos.
    Hasta el próximo jueves.
    Un abrazo

  3. Margari dijo:

    Sabía más o menos de este grupo literario, pero no conocía el nombre con el que designaba. Una recreación maravillosa!
    Besotes!!!

  4. Ro dijo:

    Maravilla! No siempre te comento el té, pero lo he ido leyendo (algunos por encima porque tengo la biografía de Carpenter y en de la gran guerra pendientes de leer y me quiero empapar). Gracias por estos jueves, este viaje ha sido una pasada. Un besote.

  5. Paseando entre páginas dijo:

    Buah, me ha encantado, te ha quedado de lujo^^

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