Un amor único hasta el fin de todas las edades de este mundo

John Ronald Reuel Tolkien y Edith Bratt se casaron en marzo de 1916 tras un largo y tortuoso noviazgo marcado por la separación forzosa y la pertenencia a dos mundos muy distintos. Él tenía 24 años, ella 27, y apenas tres meses después de su enlace, Tolkien fue movilizado al continente, a las trincheras del Somme. En noviembre, gravemente enfermo, lo repatriaron a Inglaterra y en la primavera de 1917 fue destinado a Yorkshire, donde escribió la primera versión de la leyenda de Beren y Lúthien Tinúviel. Aquel primer manuscrito a lápiz y casi totalmente borrado después, llevaba el título de El cuento de Tinúviel y habría de convertirse en el principal hilo conductor del Simarillion, según palabras de su propio autor.

En la Primera Edad, también llamada Los Días Antiguos, Beren era un hombre mortal que se enamoró de Lúthien Tinúviel, una doncella élfica inmortal de incomparable belleza. El rey Thingol, padre de Lúthien, reacio a consentir una relación tan desigual, le impuso a Beren una condición casi imposible para merecer la mano de su hija: debía recuperar uno de los Silmaril —joya élfica de gran valor forjada por los Noldor y que contenía la luz de los árboles de Valinor— que obraba en poder de Melkor, también llamado Morgoth o el Enemigo Oscuro, el ser más malvado de la Tierra Media.

En la Tercera Edad, la primera vez que Aragorn contempla a Arwen, danzando entre los árboles de Imladris, él está tarareando un fragmento de la balada de Beren y le parece reconocer en la bellísima elfa a la misma Tinúviel; no sin razón, pues Elrond, padre de Arwen, es descendiente de Beren y Lúthien y, por eso mismo, llamado Medio Elfo. La historia de amor de Aragorn y Arwen es un hermoso y nostálgico eco de la historia vertebradora de la Primera Edad: al igual que Beren, Aragorn es un hombre mortal y soporta el terrible cometido de derrotar a otro Enemigo Oscuro que amenaza con cubrir de tinieblas toda la Tierra Media; y Arwen es una doncella élfica con el don de la inmortalidad, la larga vida de los Valar, que sabe que si entrega su corazón a Aragorn le espera el amargo fin de perderlo y seguir viva con la única compañía de un dolor eterno.

En 2017, con noventa y tres años, Christopher Tolkien, hijo menor del profesor y albacea testamentario de todo su legado literario, editó la historia definitiva de Beren y Lúthien consciente de que rendía un último homenaje a la historia de amor de sus padres y «por su arraigada presencia en la vida de mi padre».

«El año después de la muerte de mi madre —escribe Christopher Tolkien en el prefacio—, que también fue el año anterior a la muerte de mi padre, me escribió una carta sobre ella en la que hablaba de su abrumadora sensación de pérdida, y de su deseo de inscribir el nombre de Lúthien debajo de su nombre en la lápida. En aquella carta (…) volvió al origen del relato de Beren y Lúthien, en un claro de un bosque lleno de cicutas, cerca de Roos, en Yorkshire, donde ella bailó .»

Tumba de J. R. R. Tolkien y su esposa Edith, en el cementerio de Wolvercote, Osxford. Podemos leer la historia de Beren y Lúthien en el Silmarillion, pero también en la edición de 2017 de Christopher Tolkien que lleva ese mismo título. Para el romance de Aragorn y Arwen, cómo se conocieron y cómo Aragorn se crió en la casa de Elrond a la muerte de su padre, recomiendo el Apéndice A de El señor de los Anillos, epígrafe V, Un fragmento de la historia de Aragorn y Arwen extraído de los anales de los reyes y gobernadores.
Beren y Lúthien, y después Aragorn y Arwen, cuentan la historia de Ronald y Edith, que se enamoraron mientras ellas bailaban bajo los hermosos árboles de una tierra amenazada por las tinieblas y la oscuridad.

Ronald Tolkien y Edith Bratt se conocieron en Birmingham, en la casa de huéspedes de la señora Faulkner, en Duchess Road. Ella tenía 19 años, él acababa de cumplir 17, y ambos eran huérfanos. Desde la muerte de Mabel Tolkien, sus dos hijos habían quedado bajo la amable y generosa tutela del padre Francis Morgan, quien había alejado a los dos chicos, profundamente católicos por influencia materna, de su familia protestante y les había encontrado alojamiento en casa de la señora Faulkner, cerca del Oratorio donde él ejercía. Edith, probablemente hija ilegítima y también huérfana desde los 16, tocaba el piano y cosía a máquina en una especie de limbo existencial origen del abandono de sus tutores legales.

Él era maduro para sus años, ella menuda y pequeña. La educación de Edith había sido superficial y no le interesaban las lenguas, pero su temperamento la inclinó a aliarse con el recién llegado en contra de la vieja y tacaña señora Faulkner. Esta alianza, que se celebraba en las habitaciones de los chicos Tolkien con festines rapiñados a altas horas de la noche de la despensa de la avara, se consolidó con largas conversaciones, sonatas para piano y meriendas en las casas de té de Birmingham, especialmente en una desde cuyo balcón jugaban a tirar azucarillos y acertar en el sombrero de los transeúntes. En verano de 1909 decidieron que estaban enamorados.

Tolkien debía aprobar los exámenes para conseguir una beca en Oxford y era un buen jugador de rubgy que compensaba su extrema delgadez con una velocidad extraordinaria. «Por tener una formación romántica —reconoció al respecto de esa época de su vida—, convertí una relación con una chica en un asunto serio, y en la fuente de mi esfuerzo». Pero cuando la relación con Edith llegó a oídos del padre Morgan, este se apresuró a mudar a los hermanos Tolkien de alojamiento y a asegurarse de que no volvía a ver a la chica. Edith Bratt no era católica, tenía tres años más que Ronald y ningún porvenir; su prometedor pupilo era demasiado joven para noviazgos y debía concentrarse en el acceso a la Universidad. Tras apasionadas cartas y encuentros clandestinos, Francis Morgan le prohibió a Tolkien que volviese a ver o a escribir a Edith hasta su mayoría de edad. El muchacho, con todo el dolor de su corazón, aceptó; entendía las reticencias de su tutor y le profesaba lealtad y cariño. El padre Morgan no entendía que prohibiendo ese amor juvenil estaba fortaleciendo la voluntad de los chicos para convertirlo en un amor de leyenda.

Tolkien se trasladó a Cheltenham y convirtió el mundo académico en el centro de su vida. En el Kings Edward’s College encontró su lugar y a sus amigos, Christopher Wiseman, Robert Quilter Gilson y Geoffrey Bache Smith, con quienes fundó la T. C. B. S. (Tea Club Barrovian Society). A finales de 1910, supo que había conseguido una beca para el Exeter College que no era gran cosa, pero junto a la beca del Kings Edward’s y a la aportación económica del padre Francis, le posibilitaría entrar en Oxford.

Clubes de debate, reuniones para tomar el té y leer poesía con la T. C. B. S., rugby, lenguas antiguas, pasiones nuevas, Exeter College, Universidades soñadas, viajes a Suiza… nada pudo empañar el recuerdo de Edith. Cuando el reloj tocó la medianoche y dio inicio el 3 de enero de 1913, el día en el que Tolkien cumplía 21 años, su mayoría de edad, se sentó a escribirle una carta a la señorita Bratt renovando su declaración de amor. Ella le contestó que se había comprometido en matrimonio con George Field, el hermano de una amiga.

Tolkien no se rindió, fue a su encuentro, le pidió explicaciones y la llevó a pasear por la apacible campiña inglesa hasta que ella reconoció que solo se había prometido con otro porque tenía miedo de que él la hubiese olvidado. Pero aunque Edith rompió el noviazgo con George Field y se prometió con Ronald Tolkien, nada parecía seguro entre los dos. El padre Francis seguía viendo su unión con malos ojos pero, sobre todo, Tolkien no estaba dispuesto a arriesgar su alma inmortal renunciando a su religión para casarse con una anglicana. Desde la muerte de su madre, la fe católica de Ronald había sido su fuente de consuelo y esperanza. Asociaba el cariño y el sacrificio de su madre con ser un buen católico y finalmente le pidió a Edith que se convirtiera a su fe, lo que provocó que la poca familia que le quedaba a la muchacha la rechazara.

Ni el noviazgo ni el matrimonio de Tolkien y Edith fueron fáciles. Ambos poseían temperamentos muy distintos y el profesor siempre mantuvo una férrea separación entre su mundo doméstico y el académico, lo que a menudo supuso un destierro de la esposa idolatrada a una esfera distinta. Ronald había colocado a Edith sobre un alto pedestal y allí arriba ella acusaba la soledad. Quizás fue esa diferencia espiritual, esa mitificación del ser amado provocada por los años de separación forzosa y por las pruebas de superación, el germen de la única historia de amor que siempre importó a Tolkien, la misma que inmortalizó a través de las Edades de la Tierra Media con la historia de Beren y Lúthien y el recuerdo nostálgico de Aragorn y Arwen. Fue Edith, bailando bajo las altas cicutas de la campiña de Birmingham, la doncella inmortal que inspiró una historia de amor imperecedera al escritor apesadumbrado que la desposó.

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4 respuestas a Un amor único hasta el fin de todas las edades de este mundo

  1. Nitocris dijo:

    Ya te he dicho, en varias ocasiones, que me encanta que nos traigas estos retazos de la vida de Tolkien. Pero es que esta vez te has superado a ti misma… Qué bonito! Me ha encantado…
    Un besazo

  2. Margari dijo:

    Cuánto aprendo con estas entradas! Me ha gustado mucho saber más de Tolkien y de su historia de amor con Edith.
    Besotes!!!

  3. Carla dijo:

    Que entrada tan bonita, Mónica… Me quedo con una sabor agridulce, me da un poco de penita Edith, sometida a una idealización que seguro era difícil de mantener. Me encanta saber que la historia de amor eterna de Arwen y Aragorn y antes de Beren y Lúthien están basadas en la realidad.
    Besos

  4. Qué historia tan romántica y conmovedora traes hoy. Será por los momentos que vivimos y por estar muy cerca las Navidades, pero lo cierto es que me he emocionado.
    Estoy segura que el matrimonio Tolkien no fue fácil, pero, ¿qué matrimonio lo es?
    Una reseña maravillosa, querida Mónica.
    Un abrazo fuerte y feliz comienzo de semana!!

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