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La biblioteca de los libros rechazados, de David Foenkinos

Puede que Crozon, en la Bretaña francesa, sea el fin del mundo. Pero es un finisterrae con biblioteca. El bibliotecario, el señor Gourvec es un excéntrico bibliófilo con un fracaso matrimonial tan misterioso como su vida privada —su esposa le abandonó a las dos semanas de casados y nadie sabe por qué—, y una sección en la biblioteca para los manuscritos rechazados por las editoriales. Un verano, una editora de París y su pareja, un escritor inseguro y deprimido por el poco reconocimiento que ha tenido su última novela, viajan a Crozon para pasar las vacaciones. En uno de sus paseos en bicicleta, entran en la biblioteca del pueblo y descubren la sección de los libros rechazados. Divertidos y sin nada mejor que hacer, pasan la tarde revisando manuscritos. Pero, inesperadamente, encuentran una pequeña joya literaria, Las últimas horas de una historia de amor, un libro tan bello y delicado que merece ser publicado. La pareja se lanza a la búsqueda del misterioso autor de tan excepcional novela: Henri Pick, el pizzero del pueblo. El problema es que Pick está muerto y su familia jamás le vio leer o escribir en toda su vida.
«Según él, de lo que se trataba no era de que nos guste leer o nos deje de gustar, sino más bien de saber cómo hallar el libro que nos corresponde. A todo el mundo le puede encantar leer si se cumple la condición de tener en las manos la novela adecuada, la que nos va a gustar, la que nos va a decir algo y que no podremos soltar. Para lograr ese objetivo había desarrollado, pues, un sistema que casi podía parecer paranormal: al mirar en detalle la apariencia física de un lector era capaz de deducir qué escritor necesitaba.«

Cuenta David Foenkinos que el señor Gourvec, bibliotecario de Crozon, sacó la idea de una sección para los libros rechazados por las editoriales de una novela que Richard Brautigan publicó en 1971, The abortion: an historical romance; una novela en la que aparece un bibliotecario que guarda todos los manuscritos inéditos que sus respectivos autores le han confiado después de rendirse ante el rechazo de las editoriales a publicarlos. Así nació la idea de la Brautigan Library (actualmente con sede en Vancouver), un hermoso cementerio de manuscritos que jamás serán leídos. Solo dos condiciones son indispensables para depositar los libros allí: que hayan sido rechazados por, al menos, una editorial, y que los lleve su autor en persona, como una especie de peregrinación en reconocimiento del fracaso. 

 ¿Cómo resistirse a una novela con semejante principio? Decía hace poco Mientrasleo que los lectores somos facilones («un público relativamente sencillo de convencer»), que es ponernos delante una novela con la palabra libro o biblioteca o librería delante y que nos la llevamos a casa. Y tiene razón. Aunque en el caso de La biblioteca de los libros rechazados, además del tentador título y su sinopsis, me pudo el autor. Me gusta mucho leer a David Foenkinos, me encantó La delicadeza y Charlotte, me gusta su estilo, su ingenio y sus hermosísimas frases. En esta nueva novela, además, disfruté mucho con sus guiños sobre escritores y editoriales y con su sentido del humor al respecto del mundillo.
No voy a explicaros mucho más de esta encantadora historia, con pueblecito bucólico, bibliotecario rarito y editora emprendedora en busca de un autor improbable, porque ya veis que tiene todos los ingredientes para encandilaros. Es una historia que se disfruta por sus pintorescos personajes y por la narración magnífica y peculiar (como siempre) de David Foenkinos, capaz de imprimir belleza en la descripción del gesto más cotidiano y de explicar con palabras que parecen nuevas sentimientos universales.
Todo genial hasta que llegué al epílogo, una insoportable explicación, tramposa y fea que tergiversa todo el sentido bucólico y armonioso de la novela para que cerremos el libro bastante cabreados ¿Por qué ese epílogo pestoso, David? No me esperaba esa jugarreta tan poco delicadeza.
Lector, de como una idea peculiar da a luz una historia que te encantará leer. Excepto el epílogo. No lo leas. Y, si lo haces, es bajo tu propia responsabilidad.
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Mi maravillosa librería, de Petra Hartlieb

Petra y su marido Oliver tienen una cómoda vida: trabajos que les gustan, cafés a media tarde, unos hijos felices, una buena casa en Hamburgo, amigos, un poco de dinero para imprevistos, vacaciones… Hasta que un día surge la oportunidad de pujar por una pequeña librería en Viena que acaba de cerrar sus puertas. Petra es periodista y no se ha desvinculado nunca de escritores y poetas, y Oliver trabaja en una gran editorial; ninguno de los dos es del todo ajeno al mundo de los libros pero jamás antes habían sido libreros. Tras muchas dudas y cálculos, toman prestado un dinero que no tienen y hacen una oferta por la pequeña librería. Su sorpresa será mayúscula cuando sea aceptada y se hagan realidad sus planes librescos. A partir de entonces, su ordenada vida se va al garete y un torbellino de cambios —que pasa por vivir en casa de unos amigos durante meses, olvidarse de cocinar o de las vacaciones, mudarse de país o hacer turnos para dormir— desemboca en una historia de amor, lágrimas y agotamiento por mantener abierta y con buena salud su pequeña y maravillosa librería vienesa.
«Jamás he sacado a Oliver de una reunión, ni siquiera cuando me puse de parto; entonces esperé con calma a que me llamara él.
—Tienes que venir inmediatamente. Hemos conseguido la librería. ¡Mierda, tenemos una librería!«

Petra Hartlieb y su marido tienen una pequeña librería de barrio en Viena que con los años y toneladas de pasión, cariño y trabajo han convertido en casi legendaria librería. Ella es vienesa, como su negocio, él alemán, y sutilezas culturales aparte ambos se enamoran del oficio de librero y de todos y cada uno de los clientes que pasan a diario por su pequeña tienda. En Mi maravillosa librería Petra explica cómo puso en marcha el negocio (obras, prestamos, reformas, logística, mudanzas, pedidos, clientes…) y lo agotador que resultó para toda la familia. Poner en marcha un negocio contra todos los pronósticos de la actualidad editorial y librera se revela en estas páginas como una aventura de proporciones hercúleas. Petra no solo se enfrenta con valentía a las reformas de su tienda o al nuevo sistema informático para registrar pedidos y facturas, sino que además pone en marcha campañas publicitarias, alerta sobre las amenazas «amazonicas» o disfruta con la charla de todas las personas que se pasan a comprar un libro o a traer comida o a limpiar de nieve la marquesina o…
Mi maravillosa librería se lee con placer, curiosidad y una sonrisa en los labios por la gracia que tiene Petra Hartlieb para relatar sus aventuras de aquella época en la que puso en pie su pequeño y romántico negocio. Pero en estas páginas no solo descubrirá el lector la historia de una librería (con el atractivo añadido de que todos los lectores hemos soñado alguna vez con trabajar en una igual a la de Petra) sino que también encontrará reconfortantes muestras de amistad, de solidaridad, de humor, de esperanza librera, y de la misma vida. A veces, montas una librería y la vida te da una lección inesperada: tú, que nunca le pides nada a nadie, te encuentras con un montón de amigos y conocidos que te presta su tiempo, su dinero, su casa, su conocimiento y su ayuda sin que tú se lo hayas solicitado y sin pedir nada a cambio por ello, simplemente porque pueden echarte una mano. Y esto, lector, aunque parezca ficción, no lo es en absoluto; el problema es que pocas veces ocupa la portada de los medios de comunicación.
«Los propietarios de las pequeñas librerías podrían haberles demostrado de antemano, con unos simples cálculos, que uno no puede hacerse rico con los libros (muchas de las pequeñas empresas familiares lo saben desde hace generaciones). La diferencia entre nosotros y los grandes es banal y un poco cursi: nosotros vivimos nuestro sueño, y haciéndolo pretendemos financiar más o menos nuestra vida; ellos quieren obtener beneficios, y que éstos sean cada año mayores.«
Atención a las argumentaciones sobre las amenazas reales de las librerías en el siglo XXI, las puyas humorísticas a la «alemanidad» de Oliver, y a escenas tan hermosas como la de los niños bajando de noche, en calcetines, a buscar un libro entre los estantes. 
Lector, una lectura muy agradable de no ficción.
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Mi maravillosa librería

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Las mil y una historias de A.J. Fikry, Gabrielle Zevin

La librería del señor A.J. Fikry es el único negocio que se dedica a vender libros en la pequeña Alice Island, en Maine. El excéntrico señor Fikry tiene un carácter huraño e intransigente, no participa de ningún modo en la vida social del pueblo, echa sin contemplaciones de su librería a todo aquel que le irrita o sobrepasa la hora del cierre y solo tiene buenas ventas en verano, cuando llegan los turistas. De hecho, es capaz de llevar al borde del llanto incluso a Amelia Loman, la inteligente y experimentada comercial de la editorial Pterodactyl Press, cuando llega a la librería para mostrarle el catálogo de invierno. Todos en Alice Island saben que A.J. Fikry ha tenido un mal año pero hasta la fecha solo un oficial de policía ha sabido escucharle. Las cosas solo parecen empeorar para el librero cuando le desaparece un valioso manuscrito y alguien deja un bebé olvidado en su librería ¿O es posible que esas dos circunstancias no sean, después de todo, tan malas para A.J. Fikry?
«Aunque es un enamorado de los libros y dueño de una librería, A.J. no siente especial aprecio por los escritores. Le parecen descuidados, narcisistas, idiotas y, en general, personas desagradables. Evita conocer a los que han escrito libros que le gustan por miedo a que dejen de gustarle.«

Había leído buenas y tibias reseñas antes de abrir Las mil y una historias de A.J. Fikry por eso sabía que el protagonista era un librero y supongo que fue eso lo que me animó a darle una oportunidad pese a las opiniones encontradas de los lectores blogueros. Me he encontrado con una novela distinta, con párrafos brillantes, personajes que desbordaban excentricidad (¿no son estos los mejores?) y un sentido del humor que me ha conquistado. 
La prosa de Gabrielle Zevin fluye con naturalidad y regala al lector algunas reflexiones sobre la vida y la literatura que resultan hermosas para cualquier bibliófilo empedernido. Como, por ejemplo, una de las declaraciones de amor más bonitas que he leído hasta la fecha:
«Cuando leo un libro quiero que tú lo leas al mismo tiempo. Quiero saber qué te parece.«
O algunas verdades con las que todos nos hemos encontrado alguna vez con un libro entre las manos:
«A veces los libros no nos encuentran hasta que llega el momento adecuado.«
Me han gustado especialmente los diálogos de Las mil y una historias de A.J. Fikry, sobre todo las conversaciones entre A.J. y el agente Lambiase; el carácter peculiar y la evolución del protagonista; la relación entre Maya y A.J. y cómo Maya se va convirtiendo en un Fikry en diminuto. Pero sobre todo he disfrutado de una narración original, nada predecible, y con un buen sentido del humor pese a los claroscuros, es decir, esa visión tragicómica de la vida de Alice Island que nos ofrece Gabrielle Zevin. Sin embargo, aviso al lector de que el final me ha parecido especialmente atroz e innecesario, es mi única pega a esta estupenda lectura.
Lector, una buena historia en la que los libros son protagonistas incluso entre líneas.
También te gustará: La librería encantada; La librería; La librería de las nuevas oportunidades; Cosas raras que se oyen en las librerías

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Las mil y una historias de A. J. Fikry (en papel)

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Cosas raras que se oyen en las librerías, de Jen Campbell

Jen Campbell se crió en un pueblo del nordeste de Inglaterra. Tras estudiar literatura inglesa en la Universidad de Edimburgo se mudó a Londres, donde trabaja en una librería de viejo(1). Y allí descubrió que los compradores de libros tienen sus particulares rarezas. Campbell recoge en este divertidísimo libro conversaciones reales(2) entre libreros y clientes en la Edinburgh Bookshop, la librería Ripping Yarns y algunas otras. Además, Malpaso editorial ha tenido el detalle y el acierto de enriquecer este bombón de libro con algunas conversaciones entre libreros y clientes autóctonas de este país al final de sus páginas. Un compendio de diálogos enloquecidos y descacharrantes que resultan imposibles leer sin caer en la carcajada.
(1) Fragmento biográfico de la editorial.
(2) Sí, sí, habéis leído bien, he dicho reales como la vida misma.

«¿Tenéis Expiación? Pero no quiero un libro con la imagen de la película en la cubierta, por favor. El cuello de Keira Knightley me pone enfermo.«
«CLIENTE: Se dice que mil monos con máquinas de escribir podrían acabar produciendo maravillas… ¿lo sabía?
LIBRERO: Sí.
CLIENTE: ¿Tiene algún libro de esos?
LIBRERO: No.«
Muchas más veces de las que nos imaginamos, la realidad supera a la ficción. Este es el caso de los diálogos entre clientes y libreros que ha recogido Jen Campbell en Cosas raras que se oyen en las librerías. Los lectores tendremos la tentación de pensar que no es posible, que nadie puede haber dicho eso… pero lo es.
Tengo una amiga farmacéutica que una vez me dijo «Me matan cuando vienen y me dicen «no recuerdo el nombre del medicamento pero eran unas pastillas redondas, pequeñas y blancas»; y se sorprenden de que no sepa cuál es«. Todas las personas que trabajan de cara al público deberían escribir un libro con las anécdotas sobre su trato con los clientes, porque la originalidad de la raza humana nunca dejará de sorprendernos. En el caso de Cosas raras que se oyen en las librerías creo que gusta el triple porque somos lectores, adoramos los libros y nos encantan las librerías. Y creo que después de leerlo miraremos con más cariño (si eso es posible) a nuestros libreros preferidos.
Lector, una lectura para disfrutar y reír. Porque sí, porque tú te la mereces. 
Ah, por cierto, seguramente los Monty Python deben estar muy orgullosos de algunos de los clientes que se pasan por la Ripping Yarns.
Desde aquí, mi más sincera enhorabuena a la magnífica labor editorial de Malpaso y a sus iniciativas, no solo por sus ediciones metaliterarias (me encantó La librería más famosa del mundo) sino también por la calidad de las mismas y por su iniciativa al incluir e-book en la edición física de sus libros. 
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La librería encantada de Christopher Morley

Roger y Helen Mifflin han abierto una pequeña librería en Brooklyn. Es un negocio de compra-venta de libros, bastante destartalado y peculiar, con las estanterías abarrotadas de viejos ejemplares y algunos clientes leyendo a placer por los rincones. No sólo tiene al canino Bock para guardarla, sino que además dispone de su propio club de debate, el club de la mazorca, y de la promesa de estar encantada. Roger y Helen no necesitan más para ser felices. Y eso que todavía se han topado con la hermosa Titania, su encantadora nueva dependienta, con Aubrey, su valiente publicista y protector, y el extraño misterio del Cromwell desaparecido dos veces.

 

«ESTA LIBRERÍA ESTÁ ENCANTADA
por los espectros de tanta gran literatura
como hay en cada metro de estantería.
(…)
Busque, amigo, busque cuanto guste,
pues bien claros están los precios. 
Y si quieres preguntar algo, hallará al dueño donde
el humo del tabaco se torne más espeso.
Compramos libros en efectivo.
Tenemos eso que usted busca,
aunque usted no sepa aún cuánto lo necesita.
La malnutrición del órgano lector es una enfermedad seria.
Permítanos prescribirle un remedio.
R. & H. MIFFLIN,
propietarios»

La librería encantada es la segunda parte de La librería ambulante, ambas del siempre ingenioso Christopher Morley. Pero pese a su prometedor prólogo y a sus extraordinarios primeros capítulos, queda un poquito a la zaga de su predecesora. Y no es que la prosa de Morley desmerezca o decaiga, ni mucho menos, sino que cualquier comparación con la saga de Redfield y el encanto rural de La librería ambulante… Pues eso, que resulta odiosa.

La encantadora librería de Brooklyn (algo llena en exceso de humo para el gusto del lector actual), el reencuentro con Roger y Helen, y las peregrinas teorías (esta vez también bélicas y pacifistas, además de literarias) del señor Mifflin, constituyen los puntos fuertes de la novela. Morley la escribe justo al finalizar la Primera Guerra Mundial, lo que da pie a su protagonista a reflexionar sobre el terrible conflicto y el proceso de paz posterior en que el Estados Unidos aportó su granito de arena. Roger echa mano de los grandes pensadores de la Historia y sus escritos para elaborar un discurso algo cándido pero lleno de pasión sobre el perdón y la condición de víctimas de todos los contendientes, de tender una mano a la Alemania vencida, de poner las bases a una paz duradera.
«Gracias a Dios que soy librero, traficante de sueños, belleza y curiosidades de la humanidad y no un simple mercachifle ¡Aún así, cuán indefensos quedamos cuando tratamos de explicar lo que ocurre en nuestro interior.«

El club de la mazorca, los debates que en él se llevan a cabo, la aparición de Titania Chapman o los anuncios de objetos perdidos, son algunos de los elementos que contribuyen al encanto de la narración. Sin embargo, hacia la mitad del libro, la trama se simplifica, los adorables señores Mifflin casi desaparecen de escena, y Aubrey se hace con el protagonismo de una historia de espionaje y misterio que, aunque provista de buen sentido del humor e impecablemente orquestada, resulta algo ajena al espíritu de aquel Parnaso que encantó a los lectores.Sin embargo, la librería encantada de los Mifflin tiene tanto encanto y personalidad que en los primeros capítulos de la novela una espera encontrarse de un momento a otro a Helene Hanff haciendo sonar la campanilla de la puerta al entrar en ella.

Lector, una historia con mucho encanto y metaliteratura para los amantes de las librerías peculiares y los misterios con libros incluidos.
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La librería encantada

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