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Sub luce maligna, de Gonzalo Fontana Elboj

Sub luce maligna es una selección de textos de la antigua Roma sobre fantasmas, espíritus, maldiciones, brujas, casas encantadas, magos, zombis, prodigios y otros sucesos sobrenaturales. La selección y traducción es del profesor Gonzalo Fontana quien nos advierte que solo han llegado hasta nosotros los escritos de la élite intelectual romana y que esta no refleja en su totalidad las creencias y supersticiones populares, sino que se burla de las mismas. Los aristócratas consideraban que los monstruos (vampiros, estriges, licántropos) no eran más que superstición fruto de la ignorancia del pueblo, pero creían firmemente en el poder de los hechizos, de los augurios, de las maldiciones, de los fantasmas y, en general, de los espíritus de los muertos que volvían del más allá con intenciones dudosas. A través de las voces de Ovidio, Virgilio, Catulo, Suetonio, Séneca, Petronio y Marcial, entre otros, Gonzalo Fontana nos acompaña con ingenio y mucho carisma en un tenebroso paseo por la Roma más sobrenatural.

«La arqueología documenta la existencia de multitud de macabros hallazgos que dan cuenta de los diversos métodos con los que los vivos trataban de retener a los difuntos en sus sepulturas; por ejemplo el uso de enormes clavos destinados a fijar el cráneo del muerto a su ataúd, la amputación post mortem de sus extremidades inferiores o la colocación de pesadas piedras sobre sus rodillas, prácticas todas ellas destinadas a ese mismo propósito.«

Gonzalo Fontana Elboj es profesor titular de filología latina en la Universidad de Zaragoza y especialista en filología clásica y en historia de las religiones. Autor de Sub luce maligna y traductor de los textos que escoge, anota e introduce en esta antología, el profesor Fontana tiene una prosa magnífica y un toque de encantador ingenio (atención a las introducciones y a las notas al pie de página) que fulmina cualquier academicismo barroco que pueda temer el lector.  Alerta, lector, porque debido a lo ameno, a lo interesante, a la rigurosidad, a la belleza de los textos y a las fascinantes explicaciones de su autor es muy fácil caer bajo el hechizo (benévolo) de Sub luce maligna.

Nos avisa el profesor Fontana en el prólogo que el género literario de terror es antiguo como los primeros hombres sobre la tierra; contar historias es lo que nos hace humanos y el miedo es una emoción primordial que resulta placentero llevar al cuento que se narra alrededor de una hoguera protectora. Aunque la literatura romana de tradición oral sí que cultivó el género del terror, a nosotros solo nos han llegado los textos cultos de los aristócratas, que precisamente se reían de esa tradición popular, así que oficialmente no tenemos literatura de terror de la antigüedad romana. Y, sin embargo, todos nuestros monstruos son heredados de su tradición.

Lares, manes, penates, genios… Roma poseía un amplio catálogo de espíritus que volvían por las fechas de la recogida de la cosecha, que visitaban las casas sin ser invitados, que denunciaban asesinatos, que clamaban por un enterramiento, que anunciaban malas nuevas o protegían y daban consejo. Brujas tan poderosas que son capaces de doblegar la voluntad de los propios dioses, maldiciones terribles, emperadores que vuelven del más allá para intervenir en política, el horror de los espectáculos sangrientos imitando los mitos o la necromancia son algunos de los acontecimientos sobrenaturales y terrenales pero terribles que desfilan por las páginas de Sub luce maligna a través del brillante hilo conductor del profesor Fontana quien nos abre la puerta del castillo encantado de las tradiciones romanas más sorprendentes y oscuras.

Lector, este ensayo va directo a mis mejores lecturas de 2021. No te lo pierdas.

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Breve historia de Inglaterra, de Simon Jenkins

Desde las primeras invasiones romanas, sajonas y normandas hasta el gobierno de David Cameron, Simon Jenkins repasa la historia de Inglaterra siguiendo la guía de las dinastías reinantes y los vaivenes del Parlamento. El hecho crucial de estar bajo poder normando en la Edad Media rubricó el destino de una nación que habría de pasar más años guerreando que en paz y, precisamente, ese hecho fue el que contrarrestó la tiranía del rey pues habría de recurrir a otros órganos/entes de gobierno para pedir impuestos, situación que seguramente no hubiese sido tan acuciante en un país menos belicoso. Pero también es cierto que tuvo la suerte de contar con monarcas, consejeros y políticos brillantes, capaces de superar las revoluciones y mantener los órganos democráticos del poder. En época contemporánea, el Parlamento nunca ha perdido el timón del gobierno y a medida que pasan los años e Inglaterra se distancia de su Commonwealth, también ha sabido mantenerse al margen de la injerencia en otros países.

«Victoria dijo que Gladstone siempre le había dado la impresión de que era el hombre más sabio del mundo mientras que Disraeli la convencía de que la más inteligente era ella. La reina Victoria ni siquiera intentó ocultar sus preferencias. Gladstone, decía, me habla como si yo estuviera en un mítin político.»

Simon Jenkins es un periodista londinense que fue editor de The Times y del Evening Standard, columnista en The Guardian y presidente del National Trust durante seis años. Ha escrito varios ensayos relacionados con las grandes casas inglesas y la historia de Europa y su Breve historia de Inglaterra destaca por su excelente narración, concisa y brillante, y por la gracia con la que cuenta las anécdotas históricas y señala los procesos de cambio sociales, políticos y económicos del país. Me ha encantado este ensayo riguroso, no exento del esperado toque de humor inglés, por su lectura amena e interesante, por la estupenda traducción de José C. Vales y por el carisma de los personajes históricos que el autor ha sabido trasmitir con tanto encanto.

He disfrutado mucho descubriendo pequeños detalles la historia de Inglaterra y de sus personajes históricos más carismáticos, como Lady Godiva, Ricardo Corazón de León, Enrique VIII, Francis Drake, Isabel I, William Pitt o la reina Victoria, entre muchos otros. Es muy interesante la aclaración del autor sobre la mítica Batalla de Hastings (1066), que tradicionalmente marca el paso de un rey sajón a un rey normando, pero que Simon Jenkins explica como el cambio de un rey vikingo por otro rey vikingo: Harold II apenas tenía un cuarto de sangre sajona, era descendiente de vikingos, y Guillermo II procedía de Normandía, sí, pero de la Normandía que Francia había cedido a los vikingos de Rollo, de quien descendía Guillermo. Breve historia de Inglaterra también tiene el encanto añadido de sus múltiples referencias literarias; la leyenda artúrica, las obras realistas de William Shakespeare, la intención de Chaucer, El progreso del peregrino de John Bunyan (¿os acordáis de Mujercitas?), el origen de la palabra cabal, las sátiras políticas de Jonathan Swift, Pope, Locke, Dafoe, Johnson…

Jenkins concluye en su epílogo que Inglaterra ha sido un éxito como país. Con solo dos guerras civiles y escaso derramamiento de sangre, desde la época georgiana disfrutó de una prosperidad, libertad y derechos civiles raros para su época. Incluso en la actualidad, cuando otras naciones la han superado como potencia mundial, los ingleses siguen considerándose como uno de los grandes países de la historia de la humanidad. Sin duda, Breve historia de Inglaterra me ha parecido un ensayo perfecto para entender no solo este colofón sobre la Inglaterra actual sino todo el proceso histórico y las tensiones culturales y religiosas de gran parte de Europa.

Lector, un ensayo ameno y brillante para los amantes de la historia sin barroquismos.

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La bruja, de Jules Michelet

En todos los pueblos primitivos, cuenta Michelet, la mujer lo era todo: médico, curandera, madre, hermana, hija, cocinera, recolectora, savia, confidente, narradora de historias, creadora de dioses… «Esto merecía una recompensa. Y la tuvieron«. En la Edad Media, con el advenimiento de la Iglesia cristiana y el asesinato de Pan, la mujer fue señalada como impura y menos que humana, perseguida, desdeñada y quemada en la hoguera por atreverse a seguir recurriendo a los antiguos dioses de la naturaleza para sanar el cuerpo y el espíritu de los más pobres. El culmen del terror llega en el siglo XV, cuando se publica en Europa el Malleus maleficarum (El martillo de las brujas), y centenares de mujeres son torturadas, silenciadas, emparedadas vivas, violadas, lapidadas, quemadas en la hoguera y asesinadas de múltiples modos distintos por la Inquisición, la Iglesia y los tribunales eclesiásticos y aconfesionales bajo fantásticas acusaciones.

«En ciertas épocas el odio mataba a cualquiera, por el mero hecho de ser llamada bruja. Los celos de las mujeres, la codicia de los hombres, recurrían fácilmente a esta arma tan cómoda. ¿Aquella es rica? pues bien, es bruja. La otra es guapa… también bruja (…). Si pueden, las acusadas se matan para evitar la tortura. Remy, el excelente juez de Lorena, que llegó a quemar ochocientas brujas, explica triunfalmente el terror desencadenado: «Mi justicia es tan buena que dieciséis, que fueron detenidas el otro día, no esperaron al juicio y se colgaron antes».«

Jules Michelet (1798-1874) fue uno de los más geniales historiadores franceses. Hijo de la Revolución Francesa, de los Enciclopedistas, de la Ilustración, en 1861 Michelet deja a medias uno de los tomos de la Historia de Francia para escribir La bruja, un estudio de las supersticiones en la Edad Media. Sus amigos y discípulos piensan que ha perdido la chaveta, ¡interrumpir su grandiosa labor de historiador de la patria para escribir un librito sobre mujeres! El gran hombre se lamenta con tristeza, comprende que las miles y miles de mujeres que fueron asesinadas, acusadas de bruja, y las que malvivieron aterrorizadas y maltratadas no importan a nadie; ni en la Edad Media ni en su presente, esa Francia de mediados del XIX que debería verse libre por fin de toda superstición y persecución religiosa, pero que todavía menosprecia a la mujer. Y es que el código misógino grabado a fuego por la Iglesia todavía perdura en la sociedades europeas.

«Mi tenebroso tema es como el mar«, escribe Michelet, «aquel que se sumerge a menudo en él aprende a conocerlo». La bruja de Michelet es un ensayo histórico sobre la mujer durante la Edad Media, una evolución del rol femenino desde la Antigüedad hasta el siglo XVIII. Con su prosa apasionada, contundente, precisa y bella, el autor analiza las consecuencias históricas de la cristalización de las religiones cristianas en Europa y cómo persiguieron y asesinaron a las mujeres, no solo por considerarlas impuras sino por reconocerlas como guardianas de la sabiduría ancestral en un momento en el que la ciencia andaba en pañales. En la primera parte, Michelet explica la aparición y evolución de la bruja y dedica la segunda parte a analizar alguno de los juicios más sonados de Francia. Aunque su mirada no deja de estar teñida por el paternalismo hacia las mujeres propio de su época, este libro sorprende por su acérrima oposición a la Iglesia y a sus doctores (a los que a menudo Michelet tacha de imbéciles y pedantes) y su mirada, inteligente y siempre arraigada a la mitología y a la cultura, sobre el género femenino a través de los siglos.

La bruja no es solo un ensayo brillante y bellísimo sobre la brujería en Europa, sino también una reivindicación de la memoria sorprendente para su época; la reivindicación del asesinato de miles de mujeres culpables tan solo de ser pobres, objeto de envidia o enfermas, un hecho histórico que, de tan insignificante para los grandes hombres que escriben la Historia, ni siquiera merecía la pena ser recordado.

Lector, ojalá más historiadores con la prosa apasionada de Jules Michelet.

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La bruja: Un estudio de las supersticiones en la Edad Media

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Memorias de una estudiante victoriana, de Jane Ellen Harrison

Jane Ellen Harrison (Yorkshire, 1850 – Londres, 1928) fue historiadora, escritora, sufragista y una de las primeras mujeres en impartir conferencias universitarias en Inglaterra. Pese a su educación religiosa y convencional, su carácter independiente y curioso la llevó a viajar por Europa, Rusia y Grecia, siempre atenta al estudio de la religión y el arte clásicos. Sus excelentes relaciones sociales y profesionales la llevaron a conocer a George Eliot, Robert Browning, Henry James, Alfred Tennyson o Frances Darwin, entre muchos otros intelectuales de su época. Virginia Woolf fue la editora de sus memorias, cuidadosamente blanqueadas cuando ya era una de las estrellas de Cambridge, admirada por los jóvenes de Bloomsbury.

«He hablado mucho de personas y nada de libros, aunque la influencia de los libros en mi vida ha sido constante y muy profunda. Cuando me mudé a la capital me hice miembro vitalicio de la Biblioteca de Londres: vivir allí era muy caro, pero pensé que si las cosas se ponían feas, con un suministro constante de libros y un poco de calderilla para tabaco, yo podría afrontar con bastante ánimo el asilo para pobres.«

Compré este libro hace algunos meses, en parte por la reseña que le dedicó Undine en su blog, en parte porque Jane Ellen Harrison era una New Women victoriana y me había encantado Historia de una tienda (regalo y recomendación de MH de Las inquilinas de Netherfield), y en parte porque me dio la sensación de que serían unas memorias parecidas a las de Gwen Raverat, con las que tanto había disfrutado el año anterior. No conocía a Jane Ellen Harrison y después de leer estas breves memorias, debidamente blanqueadas y demasiado concisas, me ha quedado la sensación de que sigo sin saber demasiado de ella, aunque sí más de la época en la que vivió y cómo hizo frente a las dificultades de género casi insuperables de una mujer que deseaba estudiar en las últimas décadas del siglo XIX.

He disfrutado más del magnífico estudio preliminar de Aurora Ballesteros, traductora y editora de este libro, que del resumen autobiográfico de Jane Ellen Harrison. Aurora Ballesteros contextualiza la época histórica que marcó la juventud estudiantil de Harrison con brillantez y claridad: hasta 1870, las universidades de Oxford y Cambridge no aceptaron mujeres como alumnas y no fue hasta el cambio de siglo cuando se les permitió realizar los exámenes de titulación. Harrison estudió en el Newnham college de Cambridge, donde se procuraba a cada alumna una habitación individual (de ahí el título de Una habitación propia de Virginia Woolf) que se empapelaba con los diseños de Morris para que fuese agradable y femenina en un intento de que las chicas estudiasen allí. En 1850, el modelo de educación femenina era «el ángel del hogar», cualquier instrucción terminaba en la adolescencia y toda enseñanza giraba en torno a preparar a una buena esposa y administradora del hogar.

Aunque Harrison perteneció a la primera generación de mujeres inglesas universitarias, hacia la década de los años 80 del siglo XIX los estudios científicos todavía defendían que estudiar y leer alteraba el ciclo reproductivo de la mujer y que la raza inglesa se vería seriamente perjudicada si se dejaba a las mujeres seguir en las universidades. Cuando Harrison ayudaba a recaudar fondos para instituciones de apoyo a la educación femenina, recuerda que todos los discursos de los hombres que apoyaban la causa terminaban con la frase «Una mujer perfecta, preparada de forma sublime para aconsejar, cuidar y gobernar la casa«; y que cuando empezó a impartir conferencias de arte griego en las universidades inglesas, su hermanastro, que estudiaba en Eton, le suplicó que no fuese a su college, pues lo pondría en ridículo. La excelente introducción de Aurora Ballesteros, que también analiza con mucho acierto la influencia de la cultura griega en la Inglaterra victoriana, y las primeras páginas de las memorias de Jane Ellen Harrison me parecen perfectas para entender los cambios en la sociedad victoriana y una de las causas de origen de la invisibilidad de las autoras que escribieron antes del siglo XX.

Lector, conocer la Historia es comprender nuestro presente.

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Memorias de una estudiante victoriana

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Un verdor terrible, de Benjamín Labatut

En 1918, el alemán Fritz Haber fue declarado criminal de guerra por asesinar en masa a las tropas enemigas con su gas de cloro durante la Primera Guerra Mundial. Su esposa, que lo acusó de pervertir la ciencia por haber creado un método para exterminar humanos a escala industrial, se suicidó por la falta de remordimientos de su marido tras la masacre de Ypres. Fue en Suiza, donde huyó perseguido por la justicia tras la guerra, donde Haber recibió el Premio Nobel de Química por un descubrimiento que salvaría a la especie humana de las hambrunas masivas: había patentado un método para extraer nitrógeno del aire, el principal elemento que hace crecer las plantas. Su hallazgo solucionó la escasez de fertilizantes en el planeta y permitió la explosión demográfica humana de 1,6 a 7 millones de personas. Sin embargo, Haber llevó más allá su invento con el nitrógeno, desarrollando un potente pesticida que preservaba las cosechas, pero que también mejoró la pólvora y el armamento alemanes y derivó en el gas Zyklon, el mismo que los nazis utilizaron en la Segunda Guerra Mundial para gasear personas en los campos de concentración. Fritz Haber, de origen judío, murió en 1934 sin saber que se usaría para tales fines. Entre sus pertenencias, se encontró una carta dirigida a su difunta esposa en la que reconocía sentirse muy culpable; pero no por haber matado a millones de personas de una manera espantosa a lo largo de toda su vida, sino porque estaba convencido de que su método para extraer nitrógeno del aire multiplicaba el desarrollo vegetal monstruosamente, de manera que él calculaba que, en unos años, las plantas se harían con la supremacía del planeta y ahogarían cualquier otra vida en medio de un verdor terrible.

«Uno de los componentes del elixir de Dippel fue lo que acabó produciendo el azul que adornaría no solo el cielo de La noche estrellada de Van Gogh y las aguas de La gran ola de Kanagawa de Hokusai, sino también los uniformes de infantería del ejército prusiano, como si hubiera algo en la estructura química del color que invocara la violencia, una sombra la mácula esencial heredada de los experimentos del alquimista, quien despedazó animales vivos y ensambló sus partes en horribles quimeras que intentó reanimar con electricidad, monstruos que inspiraron a Mary Shelley a escribir su obra maestra, Frankenstein o el moderno Prometeo, en cuyas páginas advirtió sobre el avance ciego de la ciencia, la más peligrosa de todas las artes humanas.«

Benjamín Labatut nació en Rotterdam en 1980, pero vive en Chile desde los catorce años y  hasta la fecha toda su producción literaria y periodística ha sido publicada en español. Un verdor terrible es un libro de relatos de ficción novelada o de ensayo literario, difícil de clasificar. Labatut aborda en cada capítulo un episodio trascendental de los descubrimientos científicos más importantes de la primera mitad del siglo XX ligado a la biografía novelada de sus protagonistas. Mi preferido es el primero, Azul de Prusia, en el que Labatut relaciona magistralmente, en una cadena de causas, consecuencias y casi casualidades, los usos de cianuro, los criminales nazis, Rasputín y Frankenstein con una narración fascinante y poblada de monstruos.

Avisa Labatut que el resto de relatos contienen más ficción que Azul de Prusia —creo que por eso es mi favorito, porque el autor no da rienda suelta a su imaginación sino que consigue un ensayo científico-histórico con mucho carisma— y pide disculpas por la cantidad de locuras y psicosis que añade a la vida de algunos físicos. Los relatos sobre los avances en física y mecánica cuántica de Schrödinger, Haber o Heisenberg a menudo se vuelven delirantes en Un verdor terrible, permaneciendo en la oscuridad la comprensión de los mismos para quienes no sabemos de ciencia, y dejando tras de sí la sensación de que los grandes cerebros científicos del siglo XX estaban muy locos. Es un libro difícil de reseñar por su originalidad y su rareza literaria, pero sin duda lo recomiendo para los lectores más curiosos o para los que deseen disfrutar de un ensayo literariamente peculiar.

Lector, ¿qué tienen en común Mary Shelley y el Azul de Prusia?

También te gustará: Cuando los inviernos eran inviernos; El año del verano que nunca llegó; Un hombre con atributos

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