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La casa y el cerebro, de Edward Bulwer-Lytton

Cuando un amigo le habla de una misteriosa casa encantada en el lado norte de Oxford Street, en el Londres de mediados del siglo XIX, la curiosidad excita el interés de un joven estudioso de lo paranormal y el mesmerismo. Acompañado de su criado, visita a Mr. J., el atribulado propietario de la mansión, que les confiesa que lleva años sin poder alquilarla porque todo aquel que pasa una sola noche en la casa huye despavorido antes del amanecer. Tras obtener su permiso, el investigador, su criado y su perro se instalan cómodamente a pasar la noche en el inmueble, deseosos de descubrir dónde está la trampa que ha engañado a tantos incautos. Pero cuando el reloj se acerca a la medianoche, una serie de extrañas y espeluznantes manifestaciones ponen el peligro cualquier teoría de fraude.

«—Pasé, no una noche, sino tres horas a plena luz del día solo en esa casa. Mi curiosidad no está satisfecha, está extinta. No tengo deseo alguno de repetir la experiencia. No puede achacarme, ya ve, señor, el hecho de no ser lo bastante cándido y, a menos que su interés sea sumamente vivo y sus nervios excepcionalmente sólidos, añado con toda honestidad que le aconsejo no pasar una noche en esa casa.«

Edward Bulwer-Lytton (1803-1873) fue un poeta, novelista, dramaturgo, político, estadista y crítico que en su época alcanzó fama y cifras de venta tan extraordinarias como las de Charles Dickens o William M. Thackeray. Su celebridad como estadista y escritor era tal que, en 1862, con la abdicación del rey Otto, se le ofreció a ocupar el vacante trono de Grecia. Él lo rechazó muy educadamente y en 1866 entró la nobleza con el título de primer Barón de Lytton. Era amigo íntimo de Charles Dickens, apadrinó a uno de sus hijos, y convenció al escritor para que cambiase el final de Grandes esperanzas por otro menos trágico. En 1859 publicó La casa y el cerebro, la primera novela de terror sobre una casa encantada que se conoce en la literatura. Lovecraft siempre consideró La casa y el cerebro como su relato preferido de casas encantadas y Lafcadio Hearn aseguró que era el mejor relato del género en lengua inglesa.

En mi infinita ignorancia, el nombre de Edward Bulwer-Lytton solo me era conocido por Los últimos días de Pompeya y, aun así, no me percaté de que se trataba del mismo autor de La casa y el cerebro hasta que leí la breve biografía de esta edición de Impedimenta y caí en la cuenta de por qué me resultaba tan familiar el apellido del señor. Un autor a la altura de Dickens y Thackeray que, en lo que a ediciones en lengua castellana se refiere, no ha corrido la misma suerte que sus contemporáneos.

No voy a contar mucho sobre este relato del primer Barón de Lytton porque no quiero desvelar nada más sobre la trama: el lector ya sabe que se va a encontrar una casa encantada y que contiene escenas que ponen los pelos de punta. La primera parte del relato, la de la casa, es la que más he disfrutado. La segunda parte, la del cerebro, me ha parecido un poco forzada, aunque también tiene su interés y su toque escalofriante. He leído muy pocas obras de terror y casi todas han sido clásicos del género, quizás por eso me han impresionado tanto las escenas de la casa maldita; aviso porque dicen los entendidos que Richard Matheson se inspira en Bulwer-Lytton —por no decir que se copia— en La casa infernal, y que la mayoría de relatos posteriores sobre el mismo tema beben de este pequeño clásico.

Lector, quizás prefieras esperar a que se haga de día para leerla.

También te gustará: Para leer al anochecer; Carmilla; El vampiro

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La tempestad, de William Shakespeare

Años atrás, Próspero, Duque de Milán, fue víctima de la conspiración política de su hermano Antonio que, aliándose con el rey de Nápoles, le arrebató su ducado y lo condenó a muerte. Uno de sus dignatarios, Gonzalo, se apiadó de Próspero y de su hija Miranda y los ayudó a escapar por mar. Han pasado doce años desde tan funestos acontecimientos, y el duque depuesto y su hija viven en una isla desierta con la única compañía del hijo deforme de una poderosa bruja y de los espíritus. Próspero, que ha estudiado los grimorios de la bruja, controla hechizos, espíritus y ocultos poderes, y sabe que ha llegado la hora de su venganza: el rey de Nápoles y Antonio regresan a casa por mar cuando una extraña tempestad los hace naufragar en la misteriosa isla del desterrado.

«Pero por más que hayáis perdido el juicio,
podéis tener por cierto que yo soy Próspero,
el duque que expulsasteis de Milán,
que por milagro llegó a esta isla
donde habéis naufragado, para gobernarla.»

William Shakespeare escribió y estrenó La tempestad en 1611, en el palacio de Whitehall, para el rey Jacobo I. Por aquel entonces, El Bardo tenía toda la confianza del nuevo monarca, que patrocinaba y amparaba su compañía teatral, la King’s men. En 1590, cuando Jacobo I y su esposa, la reina Ana, volvían a Inglaterra desde Dinamarca, estuvieron peligrosamente cerca de naufragar por culpa de la tormenta que unas brujas conjuraron contra su barco. El suceso culminó con los juicios de las brujas de North Berwick e intensificó la obsesión del rey por la amenaza de la brujería (en 1597 escribió Demología, un tratado alertando sobre la existencia de las brujas). No ha llegado hasta nuestros días ningún documento que afirme que William Shakespeare se inspiró en este suceso de la vida de Jacobo I para escribir La tempestad, pero las similitudes están ahí.

«Estamos hechos de la misma sustancia que los sueños. Nuestro pequeño mundo está rodeado de sueños«.

La tempestad es un drama en cinco actos que trata sobre los conflictos familiares, la ambición, la venganza, la redención, el perdón y la magia, entre otros temas. La atmósfera de la obra es casi onírica, a menudo los personajes se preguntan si están despiertos o soñando, y Shakespeare no solo menciona a la poderosa bruja Sícorax sino que muestra el aprendizaje del protagonista en sus grimonios y su poder sobre el espíritu (o la diosa) Ariel, responsable de provocar la tormenta que hace naufragar al rey de Nápoles, su heredero y al traicionero hermano de Próspero. El punto cómico de la obra lo ponen dos marineros borrachines con un barril de vino y Caliban, el hijo de la bruja; la trama romántica, que ensalza un amor puro y piadoso, corre de la mano de Miranda y Fernando. Si bien a simple vista puede parecer un libreto corto, de parlamentos y actos breves, La tempestad trata cuestiones de profunda complejidad y no todos los críticos se ponen de acuerdo al respecto (metáfora de la colonización del nuevo mundo, metáfora del perdón, etc.). Pero en esta isla sobrenatural, donde todo es magia y sueño, al final triunfan el perdón y el amor.

Lector, cuidado con las brujas y las brújulas.

También te gustará: Shakespeare

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La hija del veterinario, de Barbara Comyns

Alice vive en Londres con una madre enferma y un padre cruel y despótico que ejerce su oficio de veterinario en casa. Las dos mujeres intentan pasar desapercibidas para evitar las agresiones del monstruo, pero cuando su madre muere Alice se queda sola frente a sus circunstancias. Incapaz de reaccionar en ningún sentido, por mucho que la agredan verbal o físicamente, pasará por la vida sin entender apenas lo que le ocurre, sin haber vivido en absoluto.

«El día casi tocaba a su fin y era como la mayoría de los días que yo recordaba: todo estaba oscurecido por la sombra de mi padre, por la limpieza de las jaulas de los gatos, por el olor a repollo, a gas y al aroma de mi padre. A veces había momentos de paz, y el sol brillaba en la calle. Así era mi vida casi siempre.«

Me ha quedado una sinopsis un poco extraña, pero es que este libro es justo así, extraño, y no se puede contar más sin spoilear a los lectores. Descubrí a Barbara Comyns con su novela Los que cambiaron y los que murieron, y me gustó tantísimo su estilo y narrativa que me lancé alegremente a por La hija del veterinario en cuanto tuve ocasión. La pena es que esta segunda lectura de la autora no me ha gustado tanto como la primera y encima he arrastrado a mi sufrida amiga Marisa a padecerla conmigo. Espero que algún día me perdone porque entre esto y Los misterios de Udolfo

La prosa de Barbara Comyns es tan genial y diáfana como en Los que cambiaron y los que murieron, y también como en la anterior novela, me parece inteligente y brillante, con un estilo elegante, preciso, casi minimalista y personalísimo. De nuevo deja boquiabierto al lector con esa manera tan cándida de contar las peores crueldades de la vida y de sus personajes, y es capaz de decirlo todo en apenas una frase y con una aparente sencillez directa que desarma. Pero la historia que nos narra esta vez no me ha resultado tan atractiva y el excéntrico final, así como el personaje protagonista, no me ha terminado de convencer. Confieso que he cerrado esta novela con una sensación de «¿Pero qué demonios…?«. No puedo ser más precisa para no desvelar nada, lo siento, aunque confieso que un detalle me ha hecho pensar en Mr. Vértigo, de Paul Auster. Eso sí, la nostalgia de volver a Londres sigue presente en cada página.

Lector, mejor lee Los que cambiaron y los que murieron. Yo probaré suerte con Del enebro o con Y las cucharillas eran de Woolworths y te cuento.

También te gustará: Los que cambiaron y los que murieron; Mr. Vértigo

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La visión del juicio, de Lord Byron

A las puertas del Cielo, san Pedro convoca a Satanás y al arcángel Miguel para que ejerzan de abogados en el juicio del recién fallecido Jorge III, rey de Inglaterra. Se dirime la posibilidad de que el monarca entre en el Cielo o baje al Infierno. Satanás ha citado a un enjambre de testigos para que declaren que no hay ninguna duda al respecto —aunque no tiene especial interés en llevarse a otro rey allá abajo porque ya tiene suficientes—, cuando de repente aparece el demonio Asmodeo con Robert Southey, un insoportable bardo de pacotilla que no deja de atormentarlos a todos con sus horribles versos y su falso testimonio sobre la bondad de Jorge III, que ofende a la Historia y a la Biblia.

«¿Es Lucifer el que regresa con todo este alboroto?
No, contestó el querubín, Jorge III ha muerto.
¿Y quién es Jorge III?, replicó el apóstol.
¿Qué Jorge? ¿Qué tercero? ¡El rey de Inglaterra!, dijo
el ángel. Bueno, no tendrá que pelearse con muchos reyes
aquí… ¿y trae la cabeza puesta?
Porque el último que tuvimos por aquí formó un alboroto
y nunca habría conocido las bendiciones del Cielo
si no nos hubiese arrojado su cabeza a la cara.«

George Gordon Byron (1788-1824), conocido como Lord Byron, es considerado como uno de los poetas mayores ingleses, pero también como un poeta maldito y, sobre todo, como protagonista indiscutible del romanticismo inglés junto con Coleridge, Wordsworth, Mary y Percy Shelley y Keats. Publicó por vez primera La visión del juicio en 1821 como una parodia contra el también poeta Robert Southey, que había escrito un poema muy cursi sobre el ascenso a los cielos del rey Jorge III. Pero, como bien señala la nota de José C. Vales, traductor de la presente edición bilingüe de Alba Editorial, una obra que empezó como una venganza terminó siendo una excelente crítica política e histórica de su tiempo. Harold Bloom considera que, después del Don Juan, La visión del juicio es la mejor obra poética de Lord Byron.

No sabía qué me iba a encontrar en este poema satírico, ni siquiera tras leer las notas previas de su autor, en las que despotrica sobre Robert Southey y su ridículo poema sobre el ascenso a los cielos de un rey demente, mediocre y asesino que inició terribles guerras y sangrientas persecuciones políticas y religiosas. Byron se la tenía jurada a Southey porque este había bautizado a los románticos ingleses como La liga del incesto, además de no poder con su cursilería y su hipocresía (Southey había sido anti-jacobino durante muchos años). Por eso La visión del juicio es una crítica personal al talento y a la persona de su rival, pero también es una crítica afilada sobre el reinado de un monarca que no fue precisamente un santo (las guerras napoleónicas, la independencia de las colonias americanas, la persecución católica, un desfile de primeros ministros medio inútiles, etc.).

He disfrutado mucho de este largo poema de Lord Byron, por su brillante diatriba, su sátira escenificada en juicio celestial y por la maliciosa inteligencia de su crítica, pero también me lo he pasado en grande como historiadora: la figura del rey loco y su legado de sangre y fuego sale a la palestra con sus ministros y demás compinches. Me encanta el análisis histórico de Lord Byron, por contemporáneo y por preciso, y me han resultado imprescindibles las notas al pie de José C. Vales que ponen al lector en contexto histórico con la misma agudeza que la del autor inglés. Divertido, ingenioso y brillante, La visión del juicio es una obra literaria clásica por la que no han pasado los siglos.

Lector, imprescindible para historiadores.

También te gustará: Abadía pesadilla; El año del verano que nunca llegó; El rey que fue y será

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Para leer al anochecer. Historias de fantasmas, de Charles Dickens

Para leer al anochecer. Historias de fantasmas es una antología de cuentos de fantasmas que lleva el título del primer relato con el que el abre este libro: cinco guías en los Alpes Suizos descansan de una dura jornada de trabajo mientras fuman y comparten algunas historias de apariciones. Trece cuentos de apariciones espectrales, casas encantadas, mujeres misteriosas, niños malvados, crímenes terribles, culpabilidad más allá de la muerte, castillos encantados, maldiciones, amores imposibles e incluso humor.

«—Como puede usted ver, señor —continuó el inquilino—, esta es una habitación de lo más incómoda y desangelada. Por el aspecto de esa vitrina, me atrevería a decir que no está del todo libre de insectos y demás sabandijas, y en realidad creo que, si usted se lo propusiera, podría encontrar aposentos mucho más agradables; por no hablar del clima tan desapacible que tenemos en Londres…
—Tiene usted mucha razón, señor —replicó educadamente el espectro—. No me había dado cuenta hasta ahora. Creo que cambiaré de aires. —Y dicho esto, comenzó a desvanecerse; es más, mientras decía esto sus piernas ya habían desaparecido casi del todo.
—Y señor —dijo el inquilino intentando llamar su atención antes de que se fuera definitivamente—, si tuviese usted la bondad de sugerirles a las otras damas y caballeros que se encuentran ahora ocupados en hechizar viejas mansiones vacías, que estarían mucho más a gusto en cualquier otro lugar, le prestaría usted un gran servicio a nuestra sociedad.«

Los biógrafos de Charles Dickens (1812 – 1870) coinciden en señalar que el escritor siempre estuvo interesado en los fenómenos sobrenaturales y misteriosos, y es precisamente una historia de fantasmas, Cuento de Navidad, la edición que confirmó su fama a nivel mundial. Dickens recoge y perpetúa la ancestral tradición inglesa literaria de contar historias de fantasmas junto a la chimenea y explora diversos registros sobre el mismo tema: suspense, terror, goticismo, historias con moraleja, cuestiones de moral victoriana, lo macabro, humor, amor, sarcasmo, venganza, crítica social… Cualquier trama mejora con una buena aparición.

Es difícil escoger como favoritos solo dos o tres relatos de la antología Para leer al anochecer pues lo cierto es que cada historia tiene su peculiar encanto. He disfrutado especialmente de El guardavías (1866) con ese final tan soberbio y la atmósfera gótica, de El juicio por asesinato (1865) por el suspense y la trama criminal, y de El letrado y el fantasma por su genial sentido del humor y por la flema británica del protagonista. La casa encantada (1859) empieza muy bien y casi plantea un whodunit clásico al invitar el protagonista a varios amigos a su nueva casa de campo para descubrir entre todos quién les está haciendo creer que la vivienda está habitada por un poltergeist. Me estaba gustando mucho hasta que todo deriva en un sueño interminable y surrealista aburridísimo y delirante que me ha empujado a dejar este relato en la lista de «huir sin mirar atrás». Como curiosidad, El fantasma en la habitación de la desposada fue escrito a cuatro manos con Wilkie Collins en 1857 y tiene un punto de humor negro muy bueno. Y El capitán asesino y el pacto con el diablo  (1860) posee un encanto metaliterario y unas referencias piratescas a Stevenson que, además de darle un aire de aventura clásica estupendo al relato, me parecieron una serendipia muy simpática pues simultaneaba la lectura de este libro de Dickens con El diablo y el mar oscuro, de Stuart Turton.

Lector, perfecto para adentrarse en la tradición literaria inglesa de fantasmas.

También te gustará: Cuento de Navidad; Tiempos difíciles

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