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El hombre que pudo reinar, de Rudyard Kipling

Un corresponsal inglés, viajando en tren por la India colonial de la reina Victoria, se encuentra con un extraño compatriota que le pide que entregue un mensaje en clave de lo más inusual y sospechoso. A todas luces, se trata de un aventurero, un buscafortunas que con engaños y estafas intenta ganarse la vida fuera del ejército en tiempos difíciles y en un país convulso. Tiempo después, cuando ya se ha establecido como editor de un diario de provincias, vuelve a encontrarse con el estafador, esta vez, acompañado por su socio. Dicen llamarse Peachey T. Carnehan y Daniel Dravot, tienen un contracto en el que se prohíben el alcohol y los amoríos y se proponen una misión muy concreta: convertirse en los reyes de Kafiristán, una remota región siempre en pie de guerra y de difícil acceso.

«—No estamos borrachos ni tenemos una insolación (…). Le hemos concedido a esta idea las horas de sueño de medio año. Necesitamos libros y atlas porque hemos decidido que solo existe un lugar en el mundo en el que dos hombres fuertes pueden hacer un Shar-a-whack. Lo llaman Kafiristán. Según mis cálculos, es la esquina superior derecha de Afganistán, a no más de quinientos kilómetros de Peshawar. Allí tienen treinta y dos ídolos paganos. Nosotros seremos el treinta y tres.«

Rudyard Kipling (1865-1936), escritor, reportero y poeta británico, dejó una amplia y excelsa bibliografía (cinco novelas, más de doscientos cincuenta cuentos y ochocientos versos) en la que destacan títulos tan célebres como El libro de la selva, Kim, o Capitanes intrépidos, entre otros. Hijo de un militar destinado en la India victoriana, Kipling nació en Bombay, se educó en Inglaterra, trabajó como periodista en diversas redacciones de la India, y vivió durante varias décadas en Estados Unidos —donde escribió El libro de la selva— antes de volver a Londres. En 1907 fue galardonado con el Premio Nobel de literatura, siendo el autor más joven y el primer escritor británico en conseguir el galardón. Publicó por primera vez El hombre que pudo reinar en 1888, cuando trabajaba como redactor en el periódico The Pioneer, en el sur de la India, situación que se refleja en dicho relato. Kipling, a diferencia de otros autores de su época como Robert Louis Stevenson o Jack London, que criticaron con firmeza el colonialismo y la terrible calamidad de la civilización/cristianización sobre las poblaciones nativas, estaba convencido de «la carga de responsabilidad del hombre blanco» y creía que su deber, y el de todos los británicos en la India, era implementar la civilización occidental (en su caso, contribuir al desarrollo de la literatura y del periodismo locales).

He leído El hombre que pudo reinar en la magnífica edición que Nórdica Libros publicó en diciembre de 2015, por el 150 aniversario del nacimiento de Rudyard Kipling. La traducción es de Enrique Maldonado, cuyas notas a pie de página son las mejores que he leído en mucho tiempo, y está ilustrada por Fernando Vicente que, con delicadeza e intuición, consigue reflejar el tono, la intención y el fondo de los personajes y escenas de esta narración victoriana. Los editores de Nórdica Libros cuentan que esta novela corta, considerada de las mejores de Rudyard Kipling, se inspira «en las hazañas de James Brooke, un inglés que llegó a ser el primer rajá blanco de Sarawak, en Borneo, y en los viajes del aventurero estadounidense Josiah Harlan, a quien le fue concedido el título de Príncipe de Ghor a perpetuidad para él y sus descendientes«.

Narrado en primera persona, El hombre que pudo reinar da una visión de la India colonial victoriana en época del primer ministro Gladstone, de las redacciones de los periódicos locales que tan bien conocía Kipling, y de la locura de los aventureros británicos que una vez licenciados del ejército colonial parecían incapaces de integrarse en la aburrida vida civil. En un estilo que roza la crónica, aunque no exento de cierto sentido del humor, bien respaldado por el conocimiento del autor sobre el momento histórico y la geografía, resulta fascinante el retrato de los dos personajes protagonistas y de su periplo por reductos de Afganistán aislados de la intervención occidental.  Se trata de una historia sorprendente e inusual, anterior a El libro de la selva (1894), Capitanes intrépidos (1897) o La sociedad secreta de Jane Austen (1923), aunque al igual que en esta última, ya destaca uno de los elementos que habría de formar parte de la vida de Kipling desde muy joven: su pertenencia a la masonería.

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Los traficantes de naufragios, de Robert Louis Stevenson

Loudon Dodd y Jim Pinkerton, amigos y socios de negocios un tanto turbios, asisten a la subasta del Nube Volante, un navío naufragado cerca de la costa de las islas Midway. El plan es comprar los restos naufragados a bajo precio y viajar hasta allí para desmantelar el barco, revisar la carga, venderlo todo con ganancias y volver a San Francisco. Pero cuando aparece un misterioso rival y dispara el precio de compra del Nube Volante, Dodd y Pinkerton empiezan a sospechar que nada es lo que parece en ese naufragio. Convencidos de que el barco va cargado de opio, arriesgan todo su capital para hacerse con él, sin sospechar siquiera que están a punto de embarcarse en la aventura más siniestra y enigmática de sus vidas.

«Por otra parte, mi curiosidad corría pareja con mi inquietud. Deseaba ardientemente conocer la última palabra de aquella historia, por qué el capitán Trent me había parecido tan asustado, y por qué el cliente de Bellairs había huido a raíz de mi inocente pregunta. Me perdía en hipótesis que iban revelándose erróneas sucesivamente. Por fortuna, el misterio estimulaba mi valor.«

Robert Louis Stevenson (Edimburgo, 1850 – Samoa, 1894) fue un escritor británico célebre por relatos como El misterioso caso del Dr. Jeckyll y Mr. Hyde o espléndidas novelas de aventuras como La isla del tesoro o El barón de Ballantrae. Su obra, enmarcada en el postromanticismo, no solo influyó a sus escritores coetáneos (como, por ejemplo, Joseph Conrad o H. G. Wells) sino que perpetuó su presencia en autores y autoras de siglos posteriores. Aquejado de tuberculosis desde muy joven, el escritor viajó a menudo hacia climas que pudiesen beneficiarlo y estuvo viviendo un tiempo en San Francisco y Nueva York, pues su esposa, Fanny van de Grift, era estadounidense. Stevenson publicó por primera vez Los traficantes de naufragios en 1892, mientras el autor y su esposa navegaban por las islas del Pacífico Sur, lo que se refleja en esta novela de aventuras y misterio: San Francisco, Inglaterra, las Islas Midway y los océanos son escenarios que Stevenson conocía bien.

Los traficantes de naufragios, de Robert Louis Stevenson, es una obra de madurez del autor. Refleja su experiencia como navegante, su curiosidad por las historias de misterio en el mar, corsarios, contrabandistas y tesoros perdidos, y su visión del momento que vivía Estados Unidos a finales del siglo XIX. Sus personajes, casi todos masculinos, se caracterizan por andar algo perdidos, por aprender de sus errores y por una orfandad que muestra el trasunto del cambio de siglo y de paradigma. Las amistades son leales, los negocios muy turbios (la especulación y las empresas no del todo legales me han parecido una causa económica muy significativa de lo que ocurriría en Estados Unidos apenas treinta años después), la maldad a menudo raya en la locura y el suspense se mantiene desde el primer capítulo hasta el último por obra y gracia del buen pulso narrativo de Stevenson, que va encajando las piezas del puzle sin hacerle trampas al lector. Una novela de viajes, marítima, de misterio, de aventura, con un personaje basado en la vida real de uno de los amigos del autor y un protagonista que va errado en sus hipótesis, pero que consigue desvelar el enigma del Nube Volante por pura curiosidad.

También te gustará: La isla del tesoro; El barón de Ballantrae; El misterioso caso del dr. Jeckyll y Mr. Hyde; 

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Summerhills, de D. E. Stevenson

Cuando el comandante Roger Ayrton vuelve de permiso a Amberwell, su hogar familiar en Escocia, espera descansar, abrazar a su hijo Stephen y ponerse al día con Nell, su hermana favorita. La guerra ha terminado, pero Roger sigue destinado en Alemania y no se da cuenta de lo mucho que ha echado de menos a su gente hasta ese momento. Ha heredado una gran suma de dinero y cree que lo único que le hará sentirse algo mejor es ayudar a los demás. Nell es feliz en Amberwell, Anne ha encontrado su camino junto al reverendo Orme, Connie lleva una vida acomodada y Tom sigue de trotamundos como médico a bordo de un crucero. Pero los Findlater, sus vecinos de Stark Place, padecen dificultades económicas, se han hecho mayores y la mansión les ha quedado grande. Y Arnold Maddon, amigo de la infancia de Roger, ha vuelto bastante tocado del frente. Al comandante Ayrton se le ocurre que podría ayudar más allá de los límites de su querida Amberwell: ¿y si funda un colegio para todos los niños de los alrededores sin importar las rentas de sus padres?

«—Es una lástima que no podamos soltarlo a usted al pasar por encima. Porque supongo que va a Amberwell, ¿no?
—Sí, vuelvo a casa.
Estas sencillas palabras animaron a Roger. Volvía a casa, a Amberwell. Hacía meses que esperaba el permiso. Lo había arreglado todo para poder disfrutarla en junio. Amberwell siempre era una preciosidad, pero en junio estaba mejor que nunca… tan esplendorosa que a uno se le cortaba la respiración al contemplarla.«


Alba Editorial, Rara Avis
Traducción de Concha Cardeñoso Sáenz de Miera
344 páginas
Fecha de publicación: junio de 2026
ISBN: 978-84-1178-253-1

Dorothy Emily Stevenson (Edimburgo, 1892 – Moffat, 1973) fue una novelista escocesa y brillante exponente de una literatura concebida como refugio, autora de historias en donde era posible encontrar la felicidad en los gestos sencillos (pero grandiosos) y sacar a relucir la mejor versión de uno mismo con la valentía y el coraje de la vida cotidiana. Hija y nieta de afamados ingenieros navales y constructores de faros (el Robert Stevenson que se menciona en Amberwell (1955) como artífice del faro de Bell Rock, en costas escocesas, es su abuelo), no lo tuvo tan fácil para iniciarse en la carrera literaria como uno de los primos de su padre, Robert Louis Stevenson. Empezó a publicar tras abandonar la casa paterna y contraer matrimonio con el capitán James R. Peploe, y sus novelas, amables y divertidas aunque marcadas por las secuelas de las dos guerras mundiales, no tardaron en volverse muy populares.

Autora de El libro de la señorita Buncle (1934), Las cuatro Gracias (1946) o Villa Vitoria (1949), entre otras, D. E. Stevenson invitaba al lector a sentirse en un lugar seguro, entre personajes agradables y situaciones que, a diferencia de la vida real, terminaban de forma justa; probablemente porque le tocó vivir un siglo marcado por el horror de la Primera y la Segunda Guerra Mundial, años en los que los finales felices escaseaban. Summerhills, la novela que continúa la historia que inició Amberwell sobre la vida de los hermanos Ayrton, fue publicada en 1956.

Summerhills retoma el hilo de la historia de los Ayrton un par de años después del final de Amberwell, y las secuelas de la Segunda Guerra Mundial están muy presentes en la querida mansión familiar y sus habitantes. D. E. Stevenson narra con delicadeza y elegancia el retorno al hogar de Roger Ayrton, el joven cabeza de familia: tocado por la tristeza de la muerte de su esposa, reconfortado por su hijo y su hermana, solo empieza a sentirse vivo de nuevo cuando llega a Amberwell y pone en marcha un colegio para los chicos de la zona. Con su estilo inconfundible, Stevenson conmueve con ternura y esperanza. Pese a la dureza de los tiempos, dota a sus personajes de segundas oportunidades, de hermosas historias de amor y de una progresión optimista. Summerhills es también la historia de los lazos de amor y amistad de una comunidad pequeña, de lealtad y generosidad. La narración en tercera persona cambia de foco para mostrar la emoción y el pensamiento de los protagonistas, escribiendo una novela coral en la que los lectores se ven incapaces de escoger a sus caracteres preferidos porque todos son magníficos. Destacan también las secundarias, como Poppet o la señora Duff y Nannie, o las situaciones tragicómicas de la cocinera Corner, la tía Beatrice o Connie y sus insoportables hijos.

Sin duda, Amberwell y Summerhills se quedan para siempre entre mis favoritas de D. E. Stevenson. Novelas más maduras que El libro de la señorita Buncle, aunque igual de divertidas, muestran una comprensión profunda del corazón humano y de las relaciones afectivas y familiares, así como una mirada llena de esperanza y de superación sobre todos los jóvenes que volvieron de la Segunda Guerra Mundial y de quienes se quedaron esperando su regreso. A la carismática y acogedora mansión de Amberwell le sale un competidor: el colegio Summerhills, lugar que ofrecerá igualdad de oportunidades, educación y cariño a quienes traspasen sus puertas.

Lectora, Summerhills se termina de leer con el corazón calentito y una sonrisa en los labios.

También te gustará: Amberwell; Villa Vitoria; Las cuatro Gracias; El libro de la señorita Buncle; El matrimonio de la señorita Buncle

Otras autoras que te gustarán si adoras a D. E. Stevenson: Angela Thirkell; Margery Sharp; R. A. Dick; Rosamunde Pilcher

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Viajes con mi tía, de Graham Greene

Henry Pulling es un gris empleado de banca prejubilado a los cincuenta años, soltero y aficionado a cuidar de sus dalias, que no ha viajado mucho más allá de Brighton. En el entierro de su madre, conoce a la tía Augusta, una septuagenaria con la que apenas ha tenido trato y que, de pronto, le revela que las cenizas que contiene la urna funeraria no son las de su progenitora. Intrigado por la historia de su nacimiento y por la misteriosa vida de Augusta, Henry acepta la invitación de su tía para convertirse en su compañero de viaje hacia a Estambul, a bordo del Orient Express. La interesante anciana tiene el don de narrar las historias más inverosímiles, pero también la mala costumbre de meterse en los peores líos internacionales. Henry está a punto de entender que, en comparación, su vida ha sido muy aburrida y que viajar con Augusta quizás sea el remedio para volverla más interesante… siempre y cuando no termine en prisión.

«A veces pienso que nuestra vida está más formada por los libros que leemos que por la gente que conocemos: en los libros aprendemos, de segunda mano, qué es el amor y el dolor. Aun cuando tenemos la suerte de enamorarnos es porque nos hemos dejado influir por lo que hemos leído. Si yo no había llegado a conocer el amor, era porque en la biblioteca de mi padre faltaban los libros adecuados. No creo que hubiera mucho amor apasionado en Marion Crawford. Y en Walter Scott, tan solo una sombra.«

Graham Greene (1904 – 1991) fue escritor, guionista, crítico literario y espía del MI6 británico. Destinado por el MI6 a lugares tensionados o en pleno conflicto, como Sierra Leona durante la Segunda Guerra Mundial, Cuba, México o Indochina, dotó a sus novelas de ficción con un trasfondo de conflicto moral y geopolítico muy reales, como en el caso de El americano tranquilo, El tercer hombre, Nuestro hombre en la Habana o Los comediantes, entre otros de sus títulos. Greene publicó por vez primera Viajes con mi tía en 1969 y, pese a la parte algo más triste y de reflexión sobre la decadencia del final, es la novela más divertida, alocada y excéntrica que he leído de este autor increíble. Fue llevada al cine por George Cukor en 1972, y protagonizada por Maggie Smith (que fue nominada al Oscar como mejor actriz protagonista por el papel de tía Augusta) y Alec McCowen.

La primera parte de Viajes con mi tía gira alrededor de la contraposición de dos personajes del todo opuestos: la excéntrica, vital y apasionada, tía Augusta y el aburrido, conservador y temeroso, Henry, su sobrino. Deslumbra el personaje de Augusta como una tía Mame —más británica, igual de glamurosa y mucho más gamberra— en sus años dorados, dispuesta a vivir los años que le queden sin miedo y sin límites. Sentado a su lado cruzando el viejo continente en el Orient Express, el pobre Henry Pulling, escandalizado y temeroso, aunque dispuesto a aprender otras formas de vivir. Henry, que resume su vida como «He sido muy feliz, pero me he aburrido mucho«, representa a ese hombre confuso y perdido en un mundo que cambia a un ritmo vertiginoso y que suele estar presente en las novelas de Graham Greene.

En la segunda parte de la novela, Graham Greene cambia ligeramente el tono y pasa del ritmo de comedia de enredo, los divertidos diálogos y el encanto Sherezade de la tía Augusta a unas descripciones más reposadas, en un entorno decadente y de corrupción política en el Buenos Aires de la Guerra Fría. Un entorno mucho más triste, alejado del alegre colorido de la primera parte. Sin embargo, Greene evita juicios morales sobre sus protagonistas o las vidas que han escogido, sobre su pasado o sus elecciones sobre cómo terminar sus días. La prosa ágil y descriptiva del autor, con su don para captar la esencia más humana de cada personaje, la evocación de sus paisajes y el pulso político y moral de sus escenarios, procura un viaje encantador, divertido y excéntrico a través de tres continentes; a la vez que invita a reflexionar sobre cómo ha cambiado el mundo, lo complicado que le resulta a la vieja Inglaterra comprenderlo y la brevedad de la aventura.

La traducción de Edhasa, aunque de 1986, es estupenda. Veremos si Libros del Asteroide, que está recuperando poco a poco la obra de Graham Greene, también se enamora de la tía Augusta.

Lectora, la novela más divertida de Graham Greene.

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La corte de los cuchillos rotos, de Anna Smith Spark

Tobias lidera un grupo de mercenarios que han sido contratados para asesinar al emperador del decadente reino de Sekemleth, otrora llamado el Imperio Amarillo, y propiciar un cambio de gobierno. Sus hombres parecen buenos chicos, entrenados para matar sin hacer demasiadas preguntas, pero cuando el joven y enigmático recluta Marith los salva de un dragón, Tobias empieza a sospechar que ese chico no es lo que parece. En Sorlost, la capital de Sekemleth, la Suma Sacerdotisa Thalia jamás ha traspasado el límite de los muros del templo. Tiene las manos manchadas con la sangre de decenas de sacrificios humanos: hombres, niños, bebés. Mató a su antecesora, así como su sucesora la matará a ella algún día. Es la mujer más sagrada del imperio y, aunque resulte una blasfemia, empieza a estar cansada de tanta sangre, de tanta muerte. La noche en la que los mercenarios de Tobias entra en palacio para asesinar al emperador, nada sale como estaba previsto y Thalia, temiendo por su vida, huye por las calles de Sorlost. Todo parece perdido para Marith, no le queda más que matar y morir como el monstruo que sabe que es. Hasta que tropieza con Thalia y, de pronto, todo su pasado y futuro colapsan en un instante: ha llegado la hora de reclamar lo que por su sangre demoníaca le pertenece. Aunque signifique el fin del mundo conocido.

«Había tenido una espada, por supuesto. Una espada hermosa con filigranas de plata en la empuñadura, un único rubí del color de su cabello, y una hoja fina y ligera como el agua, cruel como las lágrimas, forjada en un metal tan oscuro que absorbía la luz y la dejaba sin reflejo. Un regalo de los parientes de su madre. En un arrebato de melancolía etílica, la había bautizado Lamento.«


Oz Editorial
Traducción de Claudia Casanova
504 páginas
Fantasía oscura, grimdark
Fecha de publicación: noviembre de 2025
ISBN: 978-84-18431-13-5

Anna Smith Spark es una autora británica, doctora en cultura clásica por la Universidad de Londres, que ha sido aclamada recientemente como la reina del grimdark por sus novelas de fantasía oscura. Oz Editorial publicó en noviembre de 2025 La corte de los cuchillos rotos, la primera entrega de su trilogía Empires of Dust, que tiene su continuación en La torre de los vivos y de los muertos (mayo 2026) y cierra con La casa del sacrificio (octubre 2026). La autora, que está cosechando un gran éxito entre los lectores y la crítica literaria por su personal estilo y la extraña belleza de sus tramas y escenas, ha confirmado su presencia en el Festival Celsius 232 que este año se celebrará del 14 al 18 de julio.

Nos cuenta Oz Editorial en la biografía de la autora que Anna Smith Spark es disléxica, dispráxica y está dentro del espectro autista, «algo que impregna su obra de una mirada singular». Con influencias de J. R. R. Tolkien, Michael Moorcok y Ursula K. Le Guin, lo cierto es que Anna Smith Spark posee una voz propia, un estilo singular que conjuga asombrosamente la belleza más prístina con el derramamiento de sangre y vísceras en las batallas y sacrificios más truculentos. No suelo leer fantasía oscura o grimdark, así que no podría deciros cuánto se ajusta o se aleja La corte de los cuchillos rotos de los parámetros habituales del género, pero sí lo mucho que la he disfrutado y sufrido (es de esas historias para pasarlo muy bien pasándolo mal).

De frases cortas y adjetivación precisa, con una notable escasez de metáforas, la narración de la autora destaca por su maestría al encontrar la belleza más pura en los detalles más inesperados. Esta contraposición entre escenas terribles de muerte y destrucción con un instante de gracia absoluta —»Un grimdark poético», en palabras de Antonio Torrubia—, sacude y conmueve hasta que resulta imposible apartar la vista. La corte de los cuchillos rotos no es una historia de héroes, ni una alegoría del bien contra el mal: los protagonistas son antihéroes, están rotos por dentro, como Marith, comidos por el miedo, como Orhan, marcados por cicatrices externas y morales, como Bil y Thalia; traicionan y sufren, son traicionados y mueren, asesinan y se autodestruyen. Se reconoce a Tolkien en la bella y terrible leyenda de Amrath, en el mapa de reinos que se miran de reojo, en los dragones. Y a Ursula K. Le Guin en la elegancia de la prosa y en la crudeza de un mundo en el que parece no tener cabida la inocencia o la dicha.

He disfrutado especialmente con los personajes protagonistas: descubrir la identidad y el secreto tormento de Marith, la humanidad de Tobias, el peso de las decisiones de Orhan (atentos a la figura de su hermana, ojalá tenga más presencia en los próximos volúmenes de la trilogía), su relación con Darath, o el mantra que marca a fuego a la contradictoria Thalia cada vez que contempla a Marith e intuye su destino. Anna Smith Spark va tirando de los hilos de estos personajes hasta entretejerlos en una urdimbre que, por momentos y sobre todo en las escenas de lucha, roza la épica… si no fuese porque, como he señalado en el párrafo anterior, esta no es esa clase de historias. En los primeros capítulos, me ha costado superar los salpicones de sangre y vísceras, un poco agobiada por el exceso de muerte, muerte y muerte (un efecto de hastío y horror buscado a propósito por la autora), y aunque no he superado el espanto, me han ganado los personajes, la intriga política y la contraposición de la decadencia del imperio a la leyenda de unos antepasados descendientes de dioses y demonios.

Lectora, la reina del grimdark.

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