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Cuentos de brujas de escritoras victorianas (1839-1920)

Peter Haining (Middlesex, 1940 – Londres, 2007) fue un escritor, periodista y editor inglés que dedicó gran parte de su trabajo editorial a publicar novelas y relatos sobre misterio y fantasía. En 1971 publicó A Circle of Witches. An Anthology of Victorian Witchraft Stories, de la que Alba Editorial tradujo y editó Cuentos de brujas de escritoras victorianas en octubre de 2019. Explica Haining en su nota inicial que muchas escritoras victorianas se interesaron por la brujería, tema que conectaba muy bien con el gótico y la literatura de misterio y terror tan popular en su época, pero también como una manera para refutar y combatir la superstición de siglos pasados. Se trata, pues, de una antología de investigaciones y cuentos sobrenaturales escritos por autoras victorianas y divididos en una primera parte de no ficción y en una segunda de ficción. Entre otras, encontraremos narraciones de Eliza Lynn Linton, escritora y primera mujer periodista, Lady Wilde, centro del salón literario dublinés más prestigioso de mediados del siglo XIX y madre de Oscar Wilde, Mary Lewes, Catherine Crowe, Amelia Edwards, autora de Mil millas Nilo arriba, Anna Kingsford, una de las primeras mujeres licenciadas en medicina, H. D. Everett o Mary Crawford Fraser.

«Si a una anciana malhablada se le ocurría dirigirle a un vecino un puñado de palabras más destempladas de la cuenta y, a raíz de esto, por el miedo o como venganza, el vecino sufría o fingía un ataque de nervios, se encerraba a la anciana de inmediato en el calabozo, y solo unas pocas posibilidades de escapar se interponían entre ella y la hoguera. La destreza para curar era, asimismo, tan peligrosa como la capacidad de hacer enfermar (…) quien aplicaba estos remedios podía tener la fatal seguridad de que acabaría al pie de la horca, siendo el testimonio de aquel amigo al que había sanado el ramal más resistente de la soga.»

Mis páginas favoritas de Cuentos de brujas de escritoras victorianas han sido las de la autora Eliza Lynn Linton (1822-1898), de quien Haining recoge los capítulos dedicados a describir los casos más famosos de brujería, desde el siglo XVII hasta el XIX, en Inglaterra y en Escocia. La autora narra los juicios por brujería más sonados, las acusaciones y los extraños hechos documentados por fuentes coetáneas a los terribles sucesos. Linton se pregunta por qué las brujas siempre eran viejas, feas y pobres, y, si tenían poderes mágicos, por qué no los empleaban para huir de su prisión y sus torturadores o para conseguir riquezas y todo lo que se les antojase. Su narración de los hechos tiene un tono de incredulidad, de sarcasmo, que casi resultaría divertida si no fuese por lo terrible de lo que está contando: la facilidad con la que cualquiera podía acusar a un vecino de brujería, la facilidad con la que un juez admitía la acusación más peregrina, las terribles torturas, las condenas a morir en la hoguera, las personas inocentes que murieron y fueron salvajemente torturadas por el capricho de otro… Nada tiene sentido, nos dice Eliza Lynn Linton desde estos capítulos de no ficción, porque los casos de brujería no tienen nada que ver con la Razón sino con el Miedo. Su voz moderna, periodística e inteligente, contrasta con el compendio de historias verídicas absurdas y terribles.

De la parte de ficción, me he reído muchísimo con El espectro de la bruja, un relato anónimo, basado en hechos reales, que se publicó por vez primera en 1845 en la revista The Dublin Review, dirigida durante muchos años por Sheridan Le Fanu. Trata sobre un párroco irlandés que de vuelta a casa por la campiña se cruza con unas piernas sin cuerpo que se niegan a contestar las preguntas del buen señor porque han dedicado toda la mañana a succionar leche de vacas ajenas. Esta no es la única narración enloquecida de una antología que tiene más de curiosa que de terrorífica y en la que la calidad de los fragmentos y cuentos resulta desigual. En general, ha sido una lectura grata, original e interesante, sobre todo los capítulos de no ficción, pero un poco decepcionante en lo que concierne al interés literario y argumental de algunos de los cuentos. Sin embargo, el mayor inconveniente de Cuentos de brujas de escritoras victorianas es que el editor Peter Haining no fue del todo sincero con el título de su antología: brujas vais a encontrar poquitas en este libro; no solo porque la parte de no ficción ya deja claro que no cazaron a ninguna con poderes sobrenaturales sino porque en los cuentos de ficción apenas aparecen un par de brujas entre narraciones de espíritus, maldiciones, fantasmas y posesiones demoníacas.

Lector, Linton es extraordinaria y los relatos te gustarán si no eres asiduo de los clásicos de terror.

También te gustará: Las brujas de Salem; La mujer de púrpura; Criaturas; En el tiempo de las hogueras

Si quieres hacerte con un ejemplar haz clic en los siguientes enlaces:
Cuentos de brujas de escritoras victorianas (en papel)
Cuentos de brujas de escritoras victorianas (para Kindle)

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Sorteo de un ejemplar de «Adiós, señor Chips»

El 9 de junio, Trotalibros Editorial lleva a las librerías el clásico de James Hilton, Adiós, señor Chips, una encantadora novela británica de 1934 sobre el profesor más querido de la escuela de secundaria Brookfield.

James Hilton (Lancashire, Inglaterra 1900 – California, EUA 1954) fue un escritor inglés de ficción conocido sobre todo por Horizontes lejanos, llevado a la pantalla por Frank Capra. En Adiós, señor Chips, Hilton nos presenta a un personaje único, excéntrico, divertido y entrañable, un viejo profesor que rememora su vida académica y personal en el ocaso de su vida.

Os dejo la sinopsis de Adiós, señor Chips AQUÍ

Con una prosa muy inglesa y elegante, y su gran sentido del humor, Hilton crea a través de su propia memoria un personaje entrañable que conmueve por su honesta actitud ante la vida pero, sobre todo, por su capacidad de escuchar a los demás, cambiar con el siglo y amar con generosidad.

Es una de mis novelas feelgood preferidas, de esas que suelo recomendar cuando hablamos de James Herriot, de D. E. Stevenson o de Angela Thirkell, por eso me hace tanta ilusión que Trotalibros la haya escogido para su línea de veranos feelgood. El libro de James Hilton es una delicia, pero también lo es esta edición en tapa dura e ilustrada por Jordi Vila Delclòs y traducida por Concha Cardeñoso Sáenz de Miera.

Sé que, si eres habitual de Serendipia, esta novela te va a encantar. Así que, por cortesía de Trotalibros Editorial, te invito a participar en el sorteo de un ejemplar de Adiós, señor Chips.

La participación es muy sencilla, solo debes tener una dirección postal en España y publicar un comentario en esta entrada. Si deseas puntos adicionales, puedes difundir el sorteo en redes sociales (un punto por cada red social, pero no te olvides de incluir los enlaces en tu comentario).

El sorteo finaliza el miércoles 9 de junio a medianoche. Comunicaré el ganador en esta misma entrada de Serendipia.

¡Suerte!

Os dejo aquí la lista de participantes con su número:

Jaime Alberto (1)
Omduart (2)
Adol (3)
Noelia (4-5)
Marta (6)
Elena (7)
Mario (8)
Berta (9)
Lectora empedernida (10)
Carmen (11)
Anna (12)
Cristina López (13)
Alba (14-15)
Noemí (16)
Lucía (17)
Yanitza (18)
Andrea (19)
María Jesús (20)
Mar (21-22)
Raquel Pavón (23)
Ainhoa (24)
ÉireEyre (25)
Susana (26)
Mònica (27)
Belén Ferrero (28)
Sara (29)
Esther (30)
Xiana (31)
Cristina Romero (32)
Adrián (33)
TOC libros (34)
Ana Lara (35)
Mari Carmen Padilla (36)
Silvia (37)
Lara (38)
Susana Sebastián (39)
Sonia (40)
Luis (41)
María Lourdes Zorrilla (42)
Gina (43)
Marisol (44)
_MontseBcn_ (45)
Nitocris (46-47-48)
Goretti (49-50)
Carla (51)
Nayat (52)
Juan Antonio López (53)
Gabriela (54)
Bea (55)
Dorothy (56)
Carolina (57)
Margari (58-59)
Enfermera lectora (60)
Raquel (61-62)
Aida (63)
Maria (64)
Pilar (65-66)
Inés (67-68)
Mavi Pastor (69)
Isabel (70-71)
Manoli (72)
Anabel Samani (73)
Gonzalo Gonzalo (74)
Adrián (75)
Thais Cantero (76)
Nuria García (77)
Cris (78)
Silvia Tomé (79)
José Fernando Ponce (80)
Isabel García (81-82-83)
Begoña Herrero (84)
Dario (85)
Luis R (86-87)
Rosa (88)
Javier G (89-90)
Esther (91)
Letras Parlanchinas (92)
Noelia (93)
Encarni (94)
Edi (95)
Silvia G (96)
Norah Bennett (97)
Raquel G (98)
Nomdeploma (99-100-101)
Guacimara (102-103-104)
Victoria (105)
Nuria Higuero (106-107)
Miranda M. (108)
Rocío Mis Apuntes de Lectura (109-110)
Yaiza (111-112-113)

Y la ganadora del sorteo es… Isabel García con el número 82. Enhorabuena, Isabel! Pásame por favor tu dirección postal en privado cuando puedas.

Podéis ver el vídeo del sorteo AQUÍ

¡Muchísimas gracias  todos por participar! Os recomiendo muchísimo esta lectura tan especial.

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Rebeca, de Daphne du Maurier

Una chica sin fortuna viaja por Europa como señorita de compañía de una anciana insoportable cuando conoce a Max de Winter, un misterioso viudo de la alta sociedad al que todos respetan por Manderley, su impresionante e inmensa propiedad familiar. Pese a que tiene la mitad de la edad de Max y nada en común, la chica se enamora del hacendado y, sorprendentemente, este la pide en matrimonio. Tras una apresurada boda en Montecarlo y una breve luna de miel, los recién casados señores de Winter vuelven a Manderley. Pero la hermosa mansión, jardines y alrededores no son el cuento de hadas que todos le habían descrito: la siniestra sombra de Rebeca, la anterior señora de Winter, planea en cada rincón de la casa, del paisaje, en el recuerdo de los criados y en el misterioso ceño fruncido de Max cada vez que alguien pronuncia su nombre.

«Es Max de Winter, el dueño de Manderley. Habrá oído hablar de él, ¿no? Parece como si estuviera enfermo, ¿verdad? Dicen que no puede sobreponerse a la muerte de su esposa.«

Daphne du Maurier (Londres, 1907 – Cornualles, 1989) fue una célebre novelista británica perteneciente a una familia inglesa de artistas y escritores. Muchas de sus obras de ficción han sido llevadas al cine y, quizás, las más famosas de todas han sido las adaptaciones de Alfred Hitchcock de Rebeca y de Los pájaros. Rebeca se publicó por ver primera en 1938 y resultó un éxito de ventas y críticas inmediato por el buen pulso narrativo de la autora y por su originalidad en el género de las novelas de suspense. Gracias a la lectura de Macondo, he descubierto que Daphne du Maurier era prima de los hermanos Davies (los niños que inspiraron Peter Pan a J. M. Barrie) y que en psicología se llama síndrome Rebeca a tener celos de la esposa muerta. Lo de la chaqueta con su nombre no sé muy bien de dónde lo he sacado.

Cuando empecé a leer Rebeca no recordaba nada de la película de Hitchcock y, a medida que iba pasando capítulos, esa circunstancia no cambió, por lo que tuve el privilegio de disfrutar de esta historia de suspense e intriga como si fuese la primera vez. Daphne du Maurier me ha parecido una escritora fabulosa, con una prosa elegante y precisa que brilla en las descripciones y los diálogos. En Rebeca, la narración destaca por la magnífica recreación de una atmósfera amenazante —du Maurier es una gran escritora de atmósferas— y de unos personajes empeñados en ocultar sus auténticas motivaciones. Las dos grandes protagonistas de esta novela son Manderley y Rebeca, la primera una mansión y la segunda un personaje fallecido que no tiene ni una sola escena propia en todo el libro y del que solo sabemos a través de lo que cuentan el resto de personajes. Está narrada en primera persona por la joven segunda señora de Winter, un personaje sin nombre propio, insegura, torpe, superada por las circunstancias, que saca de quicio al lector con sus miedos pero que precisamente es su manera de ser la que hace posible que esta historia resulte tan extraordinaria.

Du Maurier tiene el talento narrativo de mostrar al lector, de compartir con él punto de vista e información de manera que apenas tiene que dar explicaciones: el lector ve y sabe, sin trampas, al mismo tiempo que la narradora. El resultado es una historia intimista de suspense con unos capítulos de finales extraordinarios en lo que concierte al ritmo y a la angustia creciente de un lector que tiene la clave de lo que sucedió pero no sabe qué será de la protagonista y su marido. Las escenas de la señora Danvers son sublimes, de una tensión y c0mplejidad piscológica tremendaa, y el cambio de la narradora a partir del capítulo XX, genial. Ahora necesito ver la película de Hitchcock, aunque sospecho que no la voy disfrutar tantísimo como esta lectura.

Lector, Rebeca es una obra maestra de la literatura contemporánea y deberíamos recordarlo más a menudo.

También te gustará: Un chelín para velas; La señorita Pym dispone; Patrick ha vuelto; La dama desaparece

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Los papeles póstumos del Club Pickwick, de Charles Dickens

El señor Pickwick, junto a sus pupilos Tupman, Snodgrass y Winkle, constituyen un curioso club de caballeros que se dedica a viajar por la Inglaterra de 1827 para estudiar a fondo la naturaleza humana. Tan loable propósito tendría sentido práctico si no fuese porque toda la pandilla adolece de una mirada demasiado inocente y una querencia a la buena vida: dales una suculenta comida y un gran bol de ponche junto al cálido fuego y olvidarán cualquier interés científico alrededor. Las aventuras del Club Pickwick transcurren por las calles de Londres, por sus despachos de abogados, juzgados, prisiones de deudores…, pero también por la apacible campiña inglesa y sus comunidades rurales (desfiles militares, campañas políticas, caza, arqueología, patinaje sobre hielo…). Tramas románticas, criminales, tristes, esperanzadoras, legales y alegres se entrelazan en estas más de mil páginas sobre un filántropo entrañable, su leal criado y unos amigos que acabarán por convertirse en su peculiar y amada familia.

«El hombre es solamente un ser mortal, y hay un punto más allá del cual no puede extenderse el valor. El señor Pickwick miró por un momento a través de sus lentes a la masa que avanzaba, y luego limpiamente volvió la espalda y… no diremos que huyó; en primer lugar, porque es una palabra innoble, y en segundo lugar, porque la figura del señor Pickwick no era de ningún modo adecuada para ese modo de retirarse: salió trotando, a la velocidad más rápida a que sus piernas podían llevarle; tan rápidamente, en efecto, que no percibió del todo hasta más tarde la dificultad de su situación.«

Charles Dickens (1812-1870) escribió y publicó por entregas Los papeles póstumos del Club Pickwick, en el Evening Chronicle, a lo largo de 1836 y 1837, una serie de aventuras humorísticas protagonizadas por el bueno del señor Pickwick, sus amigos y su criado Sam Weller. El éxito de Dickens fue inmediato y cada entrega era esperada y celebrada con entusiasmo por todos sus lectores. Ciento ochenta y cinco años después desde que se publicó la primera entrega de esta obra, cayó en mis manos. Empecé a leerla sin ninguna expectativa, pues algunos amigos me confesaron que habían abandonado su lectura muy desanimados. No sé si fue por esta circunstancia, o porque tuve la suerte de acompañar a MH de Las inquilinas de Netherfield en este viaje literario, o porque acertamos en establecer un ritmo de un solo capítulo diario, pero, en cualquier caso, he disfrutado muchísimo de Los papeles póstumos del Club Pickwick.

Para mí, este título de Dickens ha significado un antes y un después en mi consideración del autor y su obra. Siempre me ha gustado Dickens, pero ahora soy una ferviente admiradora. Los papeles póstumos del Club Pickwick me parece una manera divertida y genial de iniciarse en la bibliografía del ilustre autor victoriano porque, aunque se trate de su primer libro de ficción, ya se puede encontrar entre sus páginas muchos de los temas recurrentes de Dickens (prisión de deudas, crítica contra el sistema judicial y los abogados, alcoholismo, pobreza extrema, educación, consecuencias de la salvaje industrialización, etc.), por no mencionar que su estilo y magnificencia narrativa ya brillan en todo su esplendor: durante la lectura, a menudo nos sorprendía que unas descripciones tan extraordinarias, unas escenas tan ingeniosamente narradas y unos personajes tan bien caracterizados fuesen propios de una primera obra.

He leído la edición de Penguin Clásicos, con la traducción de José María Valverde y la introducción de Jordi Llovet. Esta introducción, que hace un breve repaso a la vida de Charles Dickens y a las circunstancias de la publicación de Los papeles póstumos del Club Pickwick, resulta imprescindible para entender qué significó este libro en su época y en la literatura universal. Explica Llovet que lo extraordinario de la obra reside en su dominio de la lengua inglesa, en que interesó por igual a lectores de la aristocracia, la burguesía y las clases populares, y en que es un incisivo reflejo de la Inglaterra de su época (Revolución Industrial, desarrollo tecnológico y científico, crítica social…). Me atrevo a añadir que también lo es por sus inolvidables personajes, el ingenio narrativo, el sentido del humor y esa crítica demoledora contra la injusticia de cualquier clase. Humor, nobleza, lealtad, bondad… Se dice que siempre es Navidad en Dickens. A mí me parece que el señor Charles Dickens era un hombre bueno, un hombre capaz de ver algo bueno en cada una de las personas que conocía (excepto, quizás, en los abogados) y que por eso conservaba la esperanza de su redención. Puede que no fuese un hombre con una vida santurrona, concluye Llovet en la introducción, pero supo conservar el optimismo y el sentido sobre el bien y el mal pese a todo el sufrimiento de su desgraciada infancia.

«Hay sombras oscuras en la tierra, pero sus luces son más fuertes por contraste.«

Los papeles póstumos del Club Pickwick, con influencias de Laurence Sterne, Henry Fielding, Cervantes y Tobias Smollet, no es una novela propiamente dicha. Cuando comenté esto último con un amigo pensó, erróneamente, que me refería a que era una obra de ficción publicada por entregas como otras obras de Dickens. Se trata de un compendio de episodios protagonizados por los mismos personajes, en los que se salta de una aventura a otra, y sus diversas tramas no siempre tienen continuidad más allá de uno o dos capítulos. Además, Dickens inserta hasta un total de nueve relatos independientes entre dichas aventuras, quizás porque el gusto de la época así lo requería.

Aunque no me atrevo a reseñar este increíble clásico de la literatura que me ha acompañado durante algo más de dos meses y que recuerdo con cariño, admiración y nostalgia —¡cómo echo de menos a los personajes y el sentido del humor de Mr. Dickens!—, no puedo terminar estos párrafos sobre mis impresiones de la lectura sin mencionar a Sam Weller, el leal criado del señor Pickwick. Sam es un personaje cockney, educado en las calles de Londres, espabilado y con su propio código moral, a menudo superior al de cualquier señor. No aparece hasta el capítulo diez, pero cayó con tanta gracia entre los lectores que Dickens se animó a convertirlo en un personaje protagonista junto al señor Pickwick. El ingenio y el humor de este personaje, sus inolvidables encuentros y diálogos con su padre, su amabilidad, cariño y lealtad son conmovedores. En ocasiones me pregunté si Sam Weller, que prefiere pudrirse en la cárcel o renunciar al amor de su vida antes que dejar solo a su amo, inspiró a J. R. R. Tolkien para el personaje de Sam Gamyi y su relación con Frodo (aunque a Tolkien, toda la literatura posterior a Chaucer le parecía demasiado moderna para su gusto). Ambos Sam comparten ese papel de héroe humilde y sencillo, sabios a su manera, y tan amables, buenos y divertidos como el espíritu de Los papeles póstumos del Club Pickwick.

Lector, estas son mis impresiones personales, ojalá tú lo disfrutes tanto.

También te gustará: La expedición de Humphry Clinker; Cuento de Navidad; Tiempos difíciles; Para leer al anochecer

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Los papeles póstumos del club Pickwick

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Canción del ocaso, de Lewis Grassic Gibbon

Chris Guthrie es la segunda hija de una familia de campesinos originaria de Aberdeen, junto al río Don, donde siempre llueve bien. Su padre, un violento tirano incapaz de conciliar la lujuria con sus radicales preceptos religiosos, arrastra a su familia hasta la pequeña aldea de Kinraddie, en el noroeste escocés, en busca de un arriendo de tierras más económico. Los buenos resultados académicos de Chris y su amor por los libros y el conocimiento la tientan con convertirse en maestra, pero cuando llega a su nuevo hogar el hechizo de aquellas tierras indómitas la reclama con la fuerza de su sangre escocesa. El olor de la tierra, el color del tojo ardiente bajo las últimas luces del día, el estruendo del Mar del Norte más allá de las colinas, el silbido de los mirlos en primavera y ese olor a limpio del viento que sube por la laderas… Tumbada entre los brezales, cerca del lago y de las piedras celtas de los druidas, Chris entiende que por fin ha encontrado su lugar en el mundo.

«Y entonces tuvo una idea extraña en los campos empapados: que nada perduraba en absoluto, nada salvo la tierra por la que caminaba, removida, cavada y en perpetuo cambio a manos de los pequeños agricultores desde que los más antiguos de estos habían erigido las Piedras junto a la laguna de Blawearie y subían allí en sus días de fiesta religiosa y veían que las cosechas de sus bancales crecían al viento y al sol. El mar, el cielo y la gente que escribía, luchaba y era culta, y que enseñaban, hablaban y rezaban, duraban solo un suspiro, como la niebla en las colinas, pero la tierra era eterna, se movía y cambiaba debajo de ti, pero era eterna, estabas cerca de ella y ella de ti, y no podías dejarla, sino que te retenía y hería.«

Lewis Grassic Gibbon (1901-1935) fue un escritor escocés que formó parte del movimiento cultural del Renacimiento escocés de la época de entreguerras del siglo pasado. Su obra más apreciada es la trilogía A Scots Quair, de la que Canción del ocaso (1932) es su primer volumen. La editorial Trotalibros lo publicó en castellano el pasado marzo, en tapa dura y con una nota del editor confesando que fue este título el que regó una siembra que en enero de 2021 empezó a cosechar sus primeros frutos. La anécdota, de recomendada lectura, entre esperanzadora e íntima, sería motivo de orgullo para el señor Gibbon.

Canción del ocaso abre con un preludio, El campo sin arar, que explica los antecedentes históricos del ficticio Kinraddie, una aldea decadente con apenas ocho granjas, una casa parroquial y un molino, que una vez estuvo en manos de un señor de las Highlands que no supo conservar su patrimonio. Pero la sátira jocosa, el guiño cómplice y el tono de «Os voy a contar una historia…» del preludio termina con él; el resto de la novela, en cuatro extensos capítulos (La arada, La siembra, La germinación, La cosecha) y un epílogo con el mismo título que el preludio, es una narración bellísima, precisa y emotiva, que alterna la perspectiva de su protagonista con pasajes líricos, reflexiones vitales e históricas y un registro cambiante que refleja con genialidad la dualidad cultural de Escocia, de Chris Guthrie y del habla campesina de esa época, con el propio lenguaje de la tierra áspera y difícil de las Highlands.

Como todas las novelas que nos embelesan, Canción del ocaso resulta difícil de reseñar: temo dejarme algo importante o decir demasiado y estropear el placer de una primera lectura. Advierte Lewis Grassic Gibbon, casi al principio de la historia, que no es su deseo caer en la tragedia más desgarradora de la, a menudo, mísera vida de los campesinos arrendatarios del noroeste de Escocia en la primera mitad del siglo XX, pero que tampoco quiere idealizar esa comunión con una tierra y un paisaje que son maldición y vida al mismo tiempo. El equilibrio es perfecto y la narración transcurre tranquila y firme, a menudo conmovedora, pero siempre fiel a la voluntad de un autor que ha sabido contar con exquisita delicadeza el paso a la edad adulta de su protagonista, y con contundente maestría las decisiones vitales de unos personajes anegados por las terribles circunstancias de la inclemencia de la tierra y una guerra en ciernes que los cambiará para siempre (a ellos y a la tierra).

Canción del ocaso me ha parecido una lectura extraordinaria, conmovedora y bella. Si bien se puede encuadrar en una temática de drama rural histórico (entendido como momento de cambio histórico, punto de inflexión) y familiar cercana a Qué verde era mi valle, Verano en English Creek o Trilogía de Candleford, esta novela es diferente a todas las citadas y el estilo de Lewis Grassic Gibbon destaca por méritos propios por su personalidad y la potencia prístina de su voz narradora. Sus metáforas son brillantes y genuinas, y el protagonismo del paisaje escocés, del complejo de inferioridad de su cultura frente a la educación inglesa, de los últimos vestigios celtas —las Piedras junto a Blawearie— o de la dualidad de su protagonista contribuyen a redondear una trama a la altura de su prosa extraordinaria y peculiar.

Lector, lee Canción del ocaso.

También te gustará: Qué verde era mi valle; Lejos del mundanal ruido; Trilogía de Candleford; Verano en English Creek; Ángulo de reposo

Si quieres hacerte con un ejemplar, haz clic en el siguiente enlace:
Canción del ocaso

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