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Un caso para ir por partes, de Sally Smith
Cuando el Tesorero del Temple, sir William Waring, recibe una caja con una mano amputada acompañada de una nota en la que alguien ha escrito «¿Te echo una mano?«, le pide al abogado y consejero del rey Gabriel Ward que investigue discretamente. El escándalo no puede salpicar al Inner Temple de ninguna manera, pero la cena anual con la prensa de Fleet Street está a la vuelta de la esquina y los periódicos encontrarían de lo más jugoso el misterio de la mano amputada. Precisamente, el diario sensacionalista La Voz de la Nación acaba de ser denunciado por la joven y carismática corista Topsy Tillotson por atentar contra su honor, y ha contratado a sir Edward Hopkins, colega de Gabriel en el Inner Temple, como abogado defensor en un caso que promete ser sonado. La tranquila y metódica vida de Gabriel vuelve a verse alterada cuando su investigación interna se cruza con el caso de la señorita Tillotson: salir del refugio del Temple siempre resulta desconcertante, pero resolver misterios es tan gratificante…
«De verdad», pensó para sí hoscamente, «a veces me pregunto en qué piensa sir Gabriel Ward. ¡Lanzando bolas de nieve! Un abogado de tal antigüedad y distinción. ¡Uno de los consejeros del rey! ¡En público! Tendré que hablar con él.«

Ático de los libros
Traducción: Sonia Tanco
Fecha de publicación: septiembre de 2026
336 páginas
ISBN: 979-13-87592-55-4
Un caso para ir por partes es la segunda entrega de los casos de Gabriel Ward, abogado, consejero del rey y detective accidental en el Inner Temple de 1901. Al igual que en la novela anterior (Un caso de ratones y asesinato) donde las líneas argumentales de dos misterios se entrecruzaban a medida que avanzaba la trama (el misterio de la autoría de Millie, la ratona del Temple, y el misterio del asesinato del Lord presidente del Tribunal Supremo), en este nuevo caso se entrelazan el misterio del envío de pedacitos de momia a destacados caballeros del Inner Temple, con el caso por difamación de Topsy Tillotson. De forma inesperada y a pesar de que Gabriel Ward solo aspira a una vida tranquila trabajando para los tribunales y leyendo junto a su chimenea, el peculiar consejero del rey termina por involucrarse en los dos misterios. Y, atención, porque si en la novela anterior teníamos a Millie, la ratona, en esta, la gata Delphinium va a jugar un papel destacado en la investigación.
Sally Smith, abogada y consejera del rey -como su protagonista-, vuelve a deleitarnos con un cozy mystery excelentemente ambientado en el Temple de principios del siglo XX y con unos personajes de nuevo tan humanos que conmueven y emocionan. El estilo de la autora, preciso y elegante, vuelve a brillar en esta segunda novela, así como la excelente construcción de carácteres y los diálogos. En esta segunda novela, Sally Smith sostiene la pluma con mayor soltura y fluidez, agiliza el ritmo narrativo y de la trama, detalla el retrato de las manías y peculiaridades de Gabriel Ward y vuelve a introducir, muy bien contextualizados en su momento histórico y geográfico, crítica social y conflicto de clases en el pequeño pero significativo universo del Temple (no sin razón Un caso para ir por partes ha sido finalista del CWA Dagger Award a la mejor novela histórica de misterio del año en Reino Unido). El resultado es una novela tan divertida, entrañable e interesante como la anterior, pero con la particularidad de que, al terminarla, Gabriel Ward, consejero del rey, ya resulta inolvidable en nuestro imaginario lector.
Lectora, larga vida a Gabriel Ward… y a Delphinium.
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Las brujas de Lychford, de Paul Cornell
Los habitantes del pequeño pueblecito rural de Lychford no se ponen de acuerdo sobre los beneficios económicos de la posible apertura, en sus calles, de un hipermercado propiedad de una poderosa corporación. Quienes están a favor de darle la bienvenida al supermercado creen que creará puestos de trabajo y favorecerá la actividad económica del resto de comercios del pueblo que, siendo honestos, suelen quebrar al poco de abrir sus puertas. Quienes están en contra piensan que el hipermercado sería una cicatriz feísima en su bonito pueblo, una traición a su manera de entender el ritmo de vida de Lychford y una competencia brutal para las tiendas locales. Pero Judith Mawson, la anciana excéntrica y misántropa de Lychford, conoce las escalofriantes razones por las que debe alertar a sus vecinos de lo peligroso que sería conceder al hipermercado los permisos de obra necesarios para modificar algunas de las calles del pueblo. Aunque con argumentos sobrenaturales o sin ellos, sabe que nadie la va a escuchar… a menos que encuentre a otras mujeres con la visión mágica requerida.
«Judith Mawson tenía setenta y un años y sabía lo que la gente decía sobre ella: que estaba amargada por nada en particular y enfadada todo el rato, que era una vieja que solo escuchaba cuando le convenía. A ella le traía sin cuidado. Tenía una lista de lo que no le gustaba e incluía casi todas las cosas (y personas) de Lychford. No le gustaba la oscuridad, por eso se resignaba a pagar las facturas de la luz y mantenía encendidas las luces del piso superior de su casa durante toda la noche.
Bueno, ese era uno de los motivos.«

Paul Cornell es un escritor y guionista británico avalado por su trabajo en aclamadas series de televisión como Coronation Street, Elementary o Doctor Who, entre otras. Entre sus obras literarias, destaca su serie de novelas cortas ambientadas en el ficticio pueblecito rural inglés de Lychford —un cruce de fronteras entre el mundo de los humanos y el de otros seres fantásticos— y protagonizadas por tres brujas que a menudo lidian con el conflicto de encajar lo sobrenatural con la complejidad de la vida mundana moderna. Hasta ahora, publicados en versión original: Witches of Lychford (2015), The Lost Child of Lychford (2016), A Long Day in Lychford (2017), The Lights Go Out in Lychford (2019), Last Stand in Lychford (2020), Gnomes of Lychford (2025). Duermevela ha anunciado que traducirá y publicará la serie completa, y ya tiene fecha para los dos primeros libros de esta saga: en septiembre, Las brujas de Lychford, con traducción de Carla Bataller, corrección editorial de Rebeca Cardeñoso, e ilustración de Celia Mallada, y, en noviembre, El niño perdido de Lychford (ambientado en Navidad).
Apenas había llegado a la mitad del primer capítulo de Las brujas de Lychford cuando supe que estaba irremediablemente atrapada en este pueblecito inglés, pendiente de cada una de las palabras de Paul Cornell y rendida a la gruñona Judith Mawson. Me ha encantado este libro, es corto y perfecto, y la voz del autor es distinta, original e ingeniosa. Destaca por la cálida y socarrona voz narrativa de Cornell, por su sentido del humor y el carisma de sus protagonistas, pero también porque resuelve una trama apasionante a la vez que presenta el escenario, los personajes y el que será el marco argumental principal de la saga. El autor encaja con maestría esta primera trama y toma de contacto con el pueblo de Lychford, Judith, Lizzie y Autumm en una historia tan divertida, entrañable y reconfortante, que deja a las lectoras con muchas ganas de seguir con el resto de la serie. Las brujas de Lychford enamora por su ambientación en una campiña inglesa tocada por la mitología pagana de brujas, hadas, demonios y magia, por el carisma narrativo de Paul Cornell, y por su ritmo y estructura. Y, al poner un pie en el misterioso Lychford, entro casi sin darme cuenta en mi spooky season de este año.
Lectora, deseando leer el siguiente, con una taza de chai y una generosa porción de pastel de calabaza.
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El río del Francés, de Daphne du Maurier
Cuando el verano llega al sofocante y atestado Londres de Carlos II, Lady Dona St. Columb se descubre hastiada de su vida ociosa y sinsentido. En un arrebato, se lleva a sus hijos a Navron House, en la costa de Cornualles, junto a la ría de Helford, dejando atrás a su marido. Allí, corriendo con el pelo suelto y descalza sobre la hierba fresca, observando las aves, jugando con sus pequeños y dando instrucciones al fiel William de no recibir visitas, por fin se siente a salvo de cualquier convención social, del escrutinio, la presión y el aburrimiento. A orillas del río, conoce a Jean-Benoit Aubéry, un noble francés que un día lo dejó todo atrás para hacerse pirata y que, desde entonces, capitanea La Mouette, un bergantín que a menudo atraca cerca de Navron House, con la complicidad de William, y se dedica al saqueo de la región. Dona se enamora perdidamente del pirata francés, pero también de la libertad de navegar, de seguir un rumbo propio, casi azaroso, del viento en el cabello, el sabor a sal en los labios, la aventura y el riesgo. Por primera vez en mucho tiempo y con su disfraz de grumete, Lady St. Columb no solo se siente libre sino también plena, auténtica y llena de vida.
«Comprendió que esta era la paz que ansiaba cuando se fue de Londres, la que había ido a buscar a Navron, pero también que solo había hallado una parte en los bosques, en el cielo, en la ría, y que lo que la completaba y redondeaba era estar con él, como en ese momento o cuando se le colaba en el pensamiento.«

Daphne du Maurier (1907 – 1989) fue una brillante escritora británica, nacida en el seno de una familia acomodada y culta que le proporcionó una sólida educación: su padre era agente teatral, su madre actriz, su abuelo guionista y dibujante, su tío periodista, y sus primos, los Llewelyn Davies, sirvieron de inspiración a J. M. Barrie para Peter y Wendy. En su bibliografía destacan títulos tan notables como La posada Jamaica (1936), Rebeca (1938), Mi prima Rachel (1951) o El chivo expiatorio (1957). Du Maurier publicó por primera vez El río del Francés en 1941, una novela atípica en su bibliografía, muy alejada del goticismo, de las atmósferas opresivas y del tenebroso suspense de novelas como Rebeca, Mi prima Rachel o La posada Jamaica, entre otras. El río del Francés transcurre en un verano luminoso, en una naturaleza apacible y benévola; la llegada de Dona a Navron House, por ejemplo, está tan llena de sosiego, belleza y armonía que resulta inevitable no notar el contraste con la llegada de la protagonista de Rebeca a Manderley (por compararla con la novela que la autora había publicado inmediatamente antes).
Puede que desde un punto de vista de complejidad de trama El río del Francés no esté a la altura de Rebeca o Mi prima Rachel, o quizás no sea tan redonda, pero la he disfrutado mucho; seguramente porque me encantan las novelas clásicas de aventuras y esta historia posee un toque romántico, sin duda, pero sobre todo ofrece una protagonista fascinante y una invitación a la aventura de piratas con un guiño marítimo muy coqueto a La pimpinela escarlata o a El prisionero de Zenda. Muy probablemente, la autora no tenía en mente ninguna de estas novelas —además, no se parecen en argumento ni personajes—, y su brillante estilo narrativo deja muy atrás a las dos, tanto en el tiempo como en su calidad literaria, pero ahí está el espíritu. Me ha sorprendido encontrar a una Daphe du Maurier tan llena de luz, tan optimista y dispuesta a dejarse llevar por la aventura.
Lejos de escenas truculentas o thrillers psicológicos, El río del Francés destaca porque es divertida —atención a los diálogos entre William y Dona, o al personaje de Godolphin y su peluca—, porque tiene momentos a lo Errol Flynn y porque su protagonista conquista desde los primeros capítulos; ¿quién no se ha sentido alguna vez hastiada de la rutina, atrapada en las convenciones sociales o en los corsés de género? La prosa de la autora es magnífica, brillante y precisa, extraordinaria en las descripciones y profunda en las reflexiones y los diálogos. Y aunque en esta ocasión prescinda de las atmósferas claustrofóbicas y envolventes, su estilo elegante y evocador se reconoce y se disfruta tanto como en el resto de su bibliografía. Se me antoja una novela distinta a la mayoría de sus obras más prestigiosas y reconocidas, pero la recomiendo para quienes deseen descubrir a una Daphne du Maurier aventurera, libre y luminosa.
Lectora, la libertad es sentir la brisa marina en el rostro levando anclas hacia el horizonte.
También te gustará: Rebeca; La posada Jamaica; Mi prima Rachel; No mires ahora
El hombre que pudo reinar, de Rudyard Kipling
Un corresponsal inglés, viajando en tren por la India colonial de la reina Victoria, se encuentra con un extraño compatriota que le pide que entregue un mensaje en clave de lo más inusual y sospechoso. A todas luces, se trata de un aventurero, un buscafortunas que con engaños y estafas intenta ganarse la vida fuera del ejército en tiempos difíciles y en un país convulso. Tiempo después, cuando ya se ha establecido como editor de un diario de provincias, vuelve a encontrarse con el estafador, esta vez, acompañado por su socio. Dicen llamarse Peachey T. Carnehan y Daniel Dravot, tienen un contracto en el que se prohíben el alcohol y los amoríos y se proponen una misión muy concreta: convertirse en los reyes de Kafiristán, una remota región siempre en pie de guerra y de difícil acceso.
«—No estamos borrachos ni tenemos una insolación (…). Le hemos concedido a esta idea las horas de sueño de medio año. Necesitamos libros y atlas porque hemos decidido que solo existe un lugar en el mundo en el que dos hombres fuertes pueden hacer un Shar-a-whack. Lo llaman Kafiristán. Según mis cálculos, es la esquina superior derecha de Afganistán, a no más de quinientos kilómetros de Peshawar. Allí tienen treinta y dos ídolos paganos. Nosotros seremos el treinta y tres.«

Rudyard Kipling (1865-1936), escritor, reportero y poeta británico, dejó una amplia y excelsa bibliografía (cinco novelas, más de doscientos cincuenta cuentos y ochocientos versos) en la que destacan títulos tan célebres como El libro de la selva, Kim, o Capitanes intrépidos, entre otros. Hijo de un militar destinado en la India victoriana, Kipling nació en Bombay, se educó en Inglaterra, trabajó como periodista en diversas redacciones de la India, y vivió durante varias décadas en Estados Unidos —donde escribió El libro de la selva— antes de volver a Londres. En 1907 fue galardonado con el Premio Nobel de literatura, siendo el autor más joven y el primer escritor británico en conseguir el galardón. Publicó por primera vez El hombre que pudo reinar en 1888, cuando trabajaba como redactor en el periódico The Pioneer, en el sur de la India, situación que se refleja en dicho relato. Kipling, a diferencia de otros autores de su época como Robert Louis Stevenson o Jack London, que criticaron con firmeza el colonialismo y la terrible calamidad de la civilización/cristianización sobre las poblaciones nativas, estaba convencido de «la carga de responsabilidad del hombre blanco» y creía que su deber, y el de todos los británicos en la India, era implementar la civilización occidental (en su caso, contribuir al desarrollo de la literatura y del periodismo locales).
He leído El hombre que pudo reinar en la magnífica edición que Nórdica Libros publicó en diciembre de 2015, por el 150 aniversario del nacimiento de Rudyard Kipling. La traducción es de Enrique Maldonado, cuyas notas a pie de página son las mejores que he leído en mucho tiempo, y está ilustrada por Fernando Vicente que, con delicadeza e intuición, consigue reflejar el tono, la intención y el fondo de los personajes y escenas de esta narración victoriana. Los editores de Nórdica Libros cuentan que esta novela corta, considerada de las mejores de Rudyard Kipling, se inspira «en las hazañas de James Brooke, un inglés que llegó a ser el primer rajá blanco de Sarawak, en Borneo, y en los viajes del aventurero estadounidense Josiah Harlan, a quien le fue concedido el título de Príncipe de Ghor a perpetuidad para él y sus descendientes«.
Narrado en primera persona, El hombre que pudo reinar da una visión de la India colonial victoriana en época del primer ministro Gladstone, de las redacciones de los periódicos locales que tan bien conocía Kipling, y de la locura de los aventureros británicos que una vez licenciados del ejército colonial parecían incapaces de integrarse en la aburrida vida civil. En un estilo que roza la crónica, aunque no exento de cierto sentido del humor, bien respaldado por el conocimiento del autor sobre el momento histórico y la geografía, resulta fascinante el retrato de los dos personajes protagonistas y de su periplo por reductos de Afganistán aislados de la intervención occidental. Se trata de una historia sorprendente e inusual, anterior a El libro de la selva (1894), Capitanes intrépidos (1897) o La sociedad secreta de Jane Austen (1923), aunque al igual que en esta última, ya destaca uno de los elementos que habría de formar parte de la vida de Kipling desde muy joven: su pertenencia a la masonería.
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Los traficantes de naufragios, de Robert Louis Stevenson
Loudon Dodd y Jim Pinkerton, amigos y socios de negocios un tanto turbios, asisten a la subasta del Nube Volante, un navío naufragado cerca de la costa de las islas Midway. El plan es comprar los restos naufragados a bajo precio y viajar hasta allí para desmantelar el barco, revisar la carga, venderlo todo con ganancias y volver a San Francisco. Pero cuando aparece un misterioso rival y dispara el precio de compra del Nube Volante, Dodd y Pinkerton empiezan a sospechar que nada es lo que parece en ese naufragio. Convencidos de que el barco va cargado de opio, arriesgan todo su capital para hacerse con él, sin sospechar siquiera que están a punto de embarcarse en la aventura más siniestra y enigmática de sus vidas.
«Por otra parte, mi curiosidad corría pareja con mi inquietud. Deseaba ardientemente conocer la última palabra de aquella historia, por qué el capitán Trent me había parecido tan asustado, y por qué el cliente de Bellairs había huido a raíz de mi inocente pregunta. Me perdía en hipótesis que iban revelándose erróneas sucesivamente. Por fortuna, el misterio estimulaba mi valor.«

Robert Louis Stevenson (Edimburgo, 1850 – Samoa, 1894) fue un escritor británico célebre por relatos como El misterioso caso del Dr. Jeckyll y Mr. Hyde o espléndidas novelas de aventuras como La isla del tesoro o El barón de Ballantrae. Su obra, enmarcada en el postromanticismo, no solo influyó a sus escritores coetáneos (como, por ejemplo, Joseph Conrad o H. G. Wells) sino que perpetuó su presencia en autores y autoras de siglos posteriores. Aquejado de tuberculosis desde muy joven, el escritor viajó a menudo hacia climas que pudiesen beneficiarlo y estuvo viviendo un tiempo en San Francisco y Nueva York, pues su esposa, Fanny van de Grift, era estadounidense. Stevenson publicó por primera vez Los traficantes de naufragios en 1892, mientras el autor y su esposa navegaban por las islas del Pacífico Sur, lo que se refleja en esta novela de aventuras y misterio: San Francisco, Inglaterra, las Islas Midway y los océanos son escenarios que Stevenson conocía bien.
Los traficantes de naufragios, de Robert Louis Stevenson, es una obra de madurez del autor. Refleja su experiencia como navegante, su curiosidad por las historias de misterio en el mar, corsarios, contrabandistas y tesoros perdidos, y su visión del momento que vivía Estados Unidos a finales del siglo XIX. Sus personajes, casi todos masculinos, se caracterizan por andar algo perdidos, por aprender de sus errores y por una orfandad que muestra el trasunto del cambio de siglo y de paradigma. Las amistades son leales, los negocios muy turbios (la especulación y las empresas no del todo legales me han parecido una causa económica muy significativa de lo que ocurriría en Estados Unidos apenas treinta años después), la maldad a menudo raya en la locura y el suspense se mantiene desde el primer capítulo hasta el último por obra y gracia del buen pulso narrativo de Stevenson, que va encajando las piezas del puzle sin hacerle trampas al lector. Una novela de viajes, marítima, de misterio, de aventura, con un personaje basado en la vida real de uno de los amigos del autor y un protagonista que va errado en sus hipótesis, pero que consigue desvelar el enigma del Nube Volante por pura curiosidad.
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