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La biblioteca invisible, de Genevieve Cogman

Irene es una valiosa agente de la Biblioteca, la sociedad que se encarga de recopilar y salvar libros importantes, por su transcendencia o su historia, de diversos mundos alternos. Bien entrenada por sus mentores y con una impresionante experiencia rescatando ejemplares, ha llegado el momento de que tome a su cargo a un aprendiz, el joven Kai. Pero cuando a ambos los destinan a un Londres alternativo donde la magia y la tecnología se mezclan peligrosamente en época victoriana, la misión se complica. Su objetivo, la recuperación de un libro de cuentos de los hermanos Grimm, parece ser codiciado por los feéricos, los vampiros, otra sociedad secreta y un misterioso personaje enemigo de la Biblioteca. Por si la misión no fuese lo suficientemente peliaguda, Irene y Kai, que no es quien dice ser, tropiezan con un temible detective, alter ego de Sherlock Holmes, dispuesto a descubrir, a cualquier precio, qué han venido a hacer en su mundo.

«Era Bibliotecaria. Formaba parte del trabajo. Y no quería grandes secretos de nigromancia ni ningún otro tipo de magia. Solo quería, siempre lo había querido, un buen libro para leer. Ser perseguida por sabuesos del infierno y hacer explotar cosas era una parte comparativamente sin importancia del trabajo. Conseguir los libros era lo que en verdad le importaba.«

La biblioteca invisible es la primera entrega de la saga de fantasía de Genevieve Cogman, una autora que tiene experiencia literaria redactando juegos de rol y de la que no he leído nada con anterioridad. Una Biblioteca mágica, bibliotecarios que son un cruce entre Indiana Jones y Hermione Granger, un Londres steampunk con Sherlock y zepelines, un malo que pone los pelos de punta, una protagonista extraordinaria y dragones. Dragones. Por supuesto, me ha encantado, no podía ser de otra manera, excepto por la traducción (aviso: si puedes leerla en su versión original en inglés ve a por ella sin dudarlo), que no me ha convencido en absoluto: frases rarunas, algunas de significado dudoso, párrafos poco fluidos, diálogos sin gracia, gramática forzada, cero estilo literario… No soy ninguna experta, pero como lectora me ha parecido que no se respetaba la prosa de la autora y la lectura a veces se me ha hecho árida e ininteligible.

En la versión original de La biblioteca invisible vais a encontrar una narración con estilo propio, buena prosa, diálogos ingeniosos, escenas de gran tensión, un suspense muy bien mantenido a lo largo de toda la trama y unos personajes con mucha química. Tiene ese aire de aventuras clásicas que tanto nos enamora (al estilo Verne o Stevenson) con el añadido de la magia y de la metaliteratura, y un trabajo de worldbuilding admirable y muy original. Y los dragones, no olvidemos a los dragones.

Lector, te encantará.

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La librería a la que fuimos cuando no se podía ir de librerías

Hoy sale a librerías La librería del señor Livingstone. Sin vosotros nunca habría sido posible, GRACIAS por acompañarme siempre. Todavía nos queda camino.

La librería del señor Livingstone (en papel)
La librería del señor Livingstone (en digital)

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El país donde florece el limonero, de Helena Attlee

En la Italia del siglo XVII los cítricos se usaban para todo: medicina, cocina, ornamentación, juegos, perfumes… Complejos, aromáticos y sorprendentes, son los únicos árboles cuya polinización cruzada suele ser exitosa: del cruce de mandarina y pomelo resulta la naranja, del cruce de pomelo y naranja, la toronja, del cruce de la cidra y la naranja amarga, el limón, etc. por eso es tan complicada su taxonomía. Helena Attlee, experta en jardines, desgrana la historia de los cítricos en Italia, desde los primeros jardines de los Médici en Florencia, hasta el Palermo del siglo XXI, en donde los árboles frutales todavía conservan el sistema de regadío que los árabes implantaron en el siglo IX, pasando por la conversión de Sicilia en productora de zumo de limón por mandato de Nelson, los primeros cultivos orgánicos de los Borghese o la mejor mermelada de cítricos del mundo, que se hace en San Giulano en casa de la familia Ferragamo (sí, la de los zapatos y bolsos).

«Hay que respetar un ritual y esa es otra razón por la que un cultivador de naranjas lleva siempre una navaja. Primero sujeta el fruto en la palma de la mano, con el tallo hacia arriba. Luego hace un corte horizontal para dividirlo exactamente por la mitad. El jugo de una naranja recién cogida es abundante, incontenible y su aroma estalla en el aire. Arroja la mitad superior al suelo sobre la crecida hierba, porque, en la naranja, el zumo y la dulzura se concentran en la parte inferior, lo más lejos posible del tallo. Luego corta una rodaja y, pinchándola con la hoja de la navaja, la ofrece por la parte sin filo.«

Helena Attlee es autora de cuatro libros sobre jardines italianos y fue durante el transcurso de una investigación sobre un posible quinto ensayo cuando topó con los cítricos ornamentales de los Médici y se quedó prendada del exótico, fragante y complejo mundo de estos árboles frutales. El encanto de El país donde florece el limonero reside en la fuerza narrativa de Attlee, que contagia su pasión, y en esa alternancia entre la historia de los cítricos en Italia y el mundo, los aspectos más científicos (botánicos) de su estudio y su viaje a lo largo de la península itálica en busca del cultivo actual de limones y naranjas dulces y amargas.

Además de disfrutar de lo maravillosamente bien que escribe Helena Attlee y del encanto de sus anécdotas, la amenidad de su narración histórica, la belleza de sus imágenes naturales y agrestes, me ha encantado adentrarme en los jardines de cítricos a través del tiempo. No sabía que las naranjas solo son de color naranja en el hemisferio norte, donde la temperatura cae por debajo de los 10 grados centígrados descomponiendo así la clorofila y permitiendo la liberación de carotenos que le dan ese color, y que en Brasil, por ejemplo, las naranjas son verdes. O que el boom del cultivo de limones lo desencadenó la Marina Real Británica cuando descubrieron que su zumo paliaba el escorbuto. O que en Palermo el cultivo de cítricos estuvo a punto de desaparecer por la especulación inmobiliaria de la Mafia.

El país donde florece el limonero debe su título a una cita de Goethe («¿Conoces bien el país donde florece el limonero?«) cuando realizaba el Grand Tour preceptivo de los universitarios del siglo XVIII y XIX, y sus referencias literarias y científicas son otro de los motivos por los que me ha hechizado este libro: los cítricos que aparecen en El origen de las especies de Charles Darwin, en Goethe, en Hans Christian Andersen, D. H. Lawrence, Tobias Smollett,… No es solo un libro interesante y ameno para una historiadora o una bióloga, es una lectura bellísima —y también un libro de recetas— que os recomiendo mucho si necesitáis algo distinto lejos del mundanal ruido. De lo mejor que he leído en los últimos años… aunque ya conocéis mi debilidad por los jardines.

Lector, maravilla.

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El país donde florece el limonero

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Como desees, de Cary Elwes

El actor británico Cary Elwes tenía 23 años y estaba rodando una película independiente en Berlín cuando Rob Reiner (director) y Andy Scheinman (productor y ayudante de dirección) le propusieron el papel de Westley en la adaptación cinematográfica de La princesa prometida. Tras meditarlo mucho, Elwes acababa de rechazar un año de residente en la Royal Shakespeare Company y rodar en Berlín no parecía buena idea en pleno incidente de Chernóbil. Varias productoras norteamericanas habían rechazado durante años el genial guion de William Goldman, autor de la novela, porque a Hollywood le gustan las películas que se etiquetan con facilidad y La princesa prometida no cumplía ese requisito: aventuras, amor, humor, fantasía, para niños y adultos,… Era todas esas cosas y muchas más. Reiner y Scheinman, con el modesto presupuesto de una producción independiente y toda la ilusión del mundo, se plantaron en Berlín en busca de su Westley y, el resto, es una maravillosa historia que Cary Elwes nos cuenta con mucho encanto y complicidad en Como desees.

«Era alta y esbelta, con el pelo rubio y largo y unos enormes y expresivos ojos azules. En dos palabras: era hermosa. También era muy joven, como pronto descubriría, apenas tenía veinte años, y sentí una ligera sensación de alivio al no ser la persona más joven de la película (sin contar a Fred Savage).
Nunca olvidaré el momento en el que Rob nos presentó.
—Cary —dijo—. Esta es Robin. ¡Interpreta a Buttercup! La chica de la que te vas a enamorar.«

La edición es preciosa, contiene un póster diseñado por Shepard Fairey y fotografías en color del rodaje, además de comentarios de los protagonistas de la película.

Ático de los libros
Páginas: 264
ISBN: 978-84-17743-17-8
Fecha de publicación: 27 de noviembre de 2019

Como desees es el libro que escribió Cary Elwes sobre las anécdotas del rodaje de La princesa prometida (Rob Reiner, 1987) y las impresiones de muchos de los que participaron. Y eso es lo que vais a encontrar en esta preciosa lectura, un montón de recuerdos extraordinarios sobre la filmación, los actores, el director, los nervios enfermizos de William Goldman y las locuras de Billy Cristal. Elwes relata con mucho carisma, encanto y sentido del humor, cómo empezó todo, desde el fabuloso guion adaptado de Goldman hasta la tibia acogida por parte del público en su estreno, pasando por el casting de los actores, el vestuario, el entrenamiento con espadas, etc.

Con una prosa ágil y muchísimo sentido del humor, Elwes tiene el acierto de trasmitir la calidez y el ambiente tan mágico que reinaba en los sets de grabación como un reflejo de la magia que desprendía la novela. Cuando Reiner y Scheinman buscaban a Westley, tenían en mente a un joven Douglas Fairbanks, a un Errol Flynn, pero con la suficiente sensibilidad cómica como para dotar de fina ironía y sutil humor un papel serio de héroe clásico. Ese carisma de Elwes, esa inteligencia con su puntito de humor british, presente también en su manera de contar y recordar, convierte Como desees en una lectura tan divertida y agradable que te da mucha pena cuando se termina (como les sucedió a los actores y al resto del equipo cuando finalizó el rodaje).

Me ha gustado curiosear sobre qué actores se habían barajado inicialmente para algunos personajes (Colin Firth para Westley o Arnold Schwarzenegger para Fezzik), la escena en la que Cary y Robin se conocen y él se queda atontado y no da pie con bola, deslumbrado por la belleza y naturalidad de ella, o cómo Goldman se cargó varias tomas por culpa de los nervios. Como soy una loca de la adaptación cinematográfica de Peter Jackson de El señor de los anillos, conocía a Bob Anderson como el campeón olímpico de esgrima y maestro espadero que entrenó a Aragorn, pero no sabía que él había sido uno de los artífices de «El mayor duelo de espadas de la era moderna» en La princesa prometida. He disfrutado especialmente de los capítulos dedicados al entrenamiento y estudio con la espada para que Mandy Patinkin, como Íñigo Montoya, y Cary, como Westley, ejecutaran sin necesidad de dobles una de las escenas de esgrima más espectaculares de todos los tiempos. Creo que os gustará.

Lector, la novela tenía magia, la película tenía magia y este libro de memorias sobre ambos es puro amor… y magia. No te lo pierdas.

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Las Brontë fueron a Woolworths, de Rachel Ferguson

Deirdre Carne es periodista, pero anda a vueltas con su primera novela. Katrine Carne estudia arte dramático y está un poco cansada de que siempre le toque recitar las frases más picantes de Shakespeare. La hermana más pequeña, Sheil, se educa en casa con la inflexible institutriz Martin. Las chicas Carne viven a caballo entre la aburrida realidad de la buena sociedad del Londres de entreguerras y su desbordante imaginación, en la que jueces, ayudantes de fiscal, actores, fantasmas literarios y pierrots entran y salen de casa en un interminable cotilleo social. Perdidamente enamoradas del juez del Tribunal Supremo Toddington y de su esposa, las Carne los incorporan con naturalidad a sus fantasías cotidianas, pero cuando Deirdre propicia un encuentro en la vida real y se encantan mutuamente, su elaborado mundo ficticio empieza a resultar contagioso.

«En una ocasión, una mujer que había asistido a una de las fiestas de mi madre me preguntó «¿te gusta leer?», lo que provocó un silencio sepulcral entre todo el mundo. Cómo explicarle a aquella mujer que los libros son como el baño o el sueño, o como el pan: necesidades básicas que una nunca se plantea en términos de aprecio.«

Cuenta Siruela sobre la británica Rachel Ferguson (1892-1957) —autora no editada hasta la fecha en castellano— que fue una periodista, novelista y sufragista que publicó doce novelas, tres libros de memorias, cuatro sátiras, dos biografías y una obra teatral. Y cita a A. S. Byatt sobre esta novela: «Una obra maravillosamente lograda sobre el poder de la imaginación«. Y esta es la mejor sinopsis que vais a leer jamás de Las Brontë fueron a Woolworths, pues pocas novelas de ficción para adultos, ambientadas en el Londres real  de 1930 con personajes realistas, vais a encontrar más fantásticas que esta.

Las Brontë fueron a Woolworths es un instante en la vida de la familia Carne, una madre y tres hijas que viven ficciones extraordinarias con una naturalidad y un sentido del humor que enamoran; y que pese a su desbordante imaginación jamás han conseguido creer en Papá Noel o en las hadas. Esta novela es una ficción que incluye otra ficción dentro de más ficción, un poco de lío, sí, porque ni el lector ni las propias señoritas Carne distinguen ya lo que es real de lo que no ¿Y qué importa? Absolutamente nada. La historia debe leerse con total relajación y sin preocuparse por discernir realidad de ficción pues ¿no es una novela de ficción?

Deirdre, la hermana mayor de las Carne y alter ego de Rachel Ferguson (periodista, novelista, muy consciente de la discriminación de género de su época), narra en primera persona esta historia. Se intercalan algunos capítulos cortos con el punto de vista de otros personajes, como el de la institutriz Martin o el matrimonio Toddington. En todos los casos en los que se ofrece al lector un punto de vista que no es el de Deirdre, se trata de personajes cercanos a las Carne que alucinan con su comportamiento y la riqueza de su vida imaginaria. Pero así como la institutriz censura y se horroriza por lo poco convencional de su intelecto, los Toddington se quedan totalmente prendados de la familia. La inteligente narración de Ferguson no solo proporciona al lector información y referentes suficientes para que entienda qué ocurre en realidad sino que además saca buen partido de guiños y complicidades literarias que no puedo desvelar (atención a los fabulosos capítulos finales donde las Brontë adquieren inusitado protagonismo).

No puedo resistirme a señalar muy brevemente —no tiene gracia si no es el lector quien lo descubre por sí mismo— la cantidad de citas, autores y obras literarias que desfilan por esta novela. Peter Pan, Sherlock Holmes, Shakespeare, Alicia («Intentaré creer tres cosas imposibles antes del desayuno«), Henry James, el seudónimo de Emily Brontë… Son detalles pequeñitos, casi escondidos entre líneas —que vais a reconocer y disfrutar porque sois apasionados de la literatura—, que están ahí como un guiño encantador de Rachel Ferguson por la complicidad de sus lectores. Supongo que el título ya daba una pista, pero sí, esta es una novela profundamente metaliteraria porque nada hay más propio de la literatura que el ejercicio de la imaginación.

Sé que esta es una reseña extraña porque no quiero explicar demasiado y porque Las Brontë fueron a Woolworths es una lectura excéntrica y maravillosa, un singular tesoro, que no me atrevo a recomendar a todo el mundo por su rareza. A mí me ha encantado por su sentido del humor, por sus peculiares personajes, por el encanto de los diálogos, por el constante juego entre realidad ficticia y ficción, y por su esencia tan British y literaria. Comparto de todo corazón la opinión de A. S. Byatt sobre esta novela que se incorpora a mi estantería de tesoros fantásticos.

Lector, imagina una versión muy loca de una novela de Barbara Pym o de D.E. Stevenson y solo sería la mitad de fantástica que Las Brontë fueron a Woolworths.

También te gustará: La hija de Robert Poste; Enterrado en vida; Ellos y yo; A la caza del amor; Abadía Pesadilla

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