El último duelo, de Eric Jager

En 1386, Jean de Carrouges y Jacques Le Gris fueron los contendientes del último duelo judicial sancionado por el Parlamento de París. Carlos VI, el rey francés, apenas contaba en aquel momento con dieciocho años y siguió con sumo interés todo el proceso, hasta presenciar una justa que, ya en la época, se consideraba una medida concedida por el Parlamento en raras ocasiones. Se consideraba que la Gracia divina acompañaría al contendiente cuya causa fuese justa y lo llevaría a la victoria, demostrando así que decía la verdad. El perdedor sería considerado culpable del crimen del que se le acusaba —o perjuro, si se trataba del demandante— y ajusticiado en la horca en caso de sobrevivir en el campo de duelo. Para comprender por qué el Parlamento permitió este duelo judicial y las razones de demandante y acusado, Eric Jagger no solo indaga en las biografías de Jean de Carrouges, su esposa Marguerite y Jacques Le Gris, sino que compone una excelente y minuciosa investigación de los hechos acaecidos, sus circunstancias y repercusiones personales, sociales, políticas y económicas.

Eric Jagger es un profesor universitario y crítico literario estadounidense, especialista en Literatura Medieval. Es autor de prestigiosos ensayos medievales y diversos artículos académicos y El último duelo, su obra de no ficción sobre el célebre caso judicial de 1386, Carrouges-Le Gris, ha sido publicado por Ático de los libros en 2021 (la edición de bolsillo es de enero de 2026), con traducción de Joan Eloi Roca. Cuenta Eric Jagger en las notas finales de El último duelo que escribir este libro le llevó algo más de diez años, miles de horas de investigación, muchos viajes a Europa e incontables entrevistas con expertos. El resultado es una crónica amena, minuciosamente documentada y narrada con maestría y buen pulso. Apasionante y siempre ajustada a los archivos, testimonios y documentación históricos, la narración de Eric Jagger consigue que su ensayo supere la emoción y el suspense de cualquier obra de ficción. Destaca la delicadeza del autor a la hora de recoger los registros de la dama Marguerite, la tenacidad con la que buceó en los archivos y documentos para dilucidar la verdad de los hechos, y la humanidad con la que presenta a unos protagonistas que, pese a llevar muertos más de seis siglos, se nos antojan cercanos y vívidos.

Prescindiendo de academicismos, Jagger narra con soltura y brillantez, aclarando de forma concisa y breve el contexto histórico, los usos y costumbres, las leyes o cualquier otro concepto necesario para la buena comprensión de esta apasionante historia. Me ha gustado especialmente la vivacidad con la que presenta a los personajes y las escenas de acción, las hipótesis que plantea cuando la documentación deja un resquicio a la duda, el suspense que acompaña todo el relato, conocer cómo era un duelo a muerte sancionado por el Parlamento en la época (el silencio obligatorio de los espectadores, el ritual, la ceremonia) y que logre conmover al lector desde la no ficción. La Guerra de los Cien Años, la permeabilidad de las fronteras entre franceses e ingleses, la inseguridad en tierras normandas, traiciones y política, las vidas de Jean de Carrouges y su dama Marguerite, la subida al trono de Carlos VI… Eric Jagger va tejiendo con maestría esta historia real del siglo XIV hasta desembocar en el procedimiento legal que dio lugar al último duelo, y el enfrentamiento en justa de los dos caballeros, investido por la solemnidad, el ritual y la ceremonia religiosa.

Lectora, para disfrutar más de este magnífico ensayo, te recomiendo que empieces a leerlo sin investigar sobre los personajes, las acusaciones o el desenlace del jucio.

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El río del Francés, de Daphne du Maurier

Cuando el verano llega al sofocante y atestado Londres de Carlos II, Lady Dona St. Columb se descubre hastiada de su vida ociosa y sinsentido. En un arrebato, se lleva a sus hijos a Navron House, en la costa de Cornualles, junto a la ría de Helford, dejando atrás a su marido. Allí, corriendo con el pelo suelto y descalza sobre la hierba fresca, observando las aves, jugando con sus pequeños y dando instrucciones al fiel William de no recibir visitas, por fin se siente a salvo de cualquier convención social, del escrutinio, la presión y el aburrimiento. A orillas del río, conoce a Jean-Benoit Aubéry, un noble francés que un día lo dejó todo atrás para hacerse pirata y que, desde entonces, capitanea La Mouette, un bergantín que a menudo atraca cerca de Navron House, con la complicidad de William, y se dedica al saqueo de la región. Dona se enamora perdidamente del pirata francés, pero también de la libertad de navegar, de seguir un rumbo propio, casi azaroso, del viento en el cabello, el sabor a sal en los labios, la aventura y el riesgo. Por primera vez en mucho tiempo y con su disfraz de grumete, Lady St. Columb no solo se siente libre sino también plena, auténtica y llena de vida.

«Comprendió que esta era la paz que ansiaba cuando se fue de Londres, la que había ido a buscar a Navron, pero también que solo había hallado una parte en los bosques, en el cielo, en la ría, y que lo que la completaba y redondeaba era estar con él, como en ese momento o cuando se le colaba en el pensamiento.«

Daphne du Maurier (1907 – 1989) fue una brillante escritora británica, nacida en el seno de una familia acomodada y culta que le proporcionó una sólida educación: su padre era agente teatral, su madre actriz, su abuelo guionista y dibujante, su tío periodista, y sus primos, los Llewelyn Davies, sirvieron de inspiración a J. M. Barrie para Peter y Wendy. En su bibliografía destacan títulos tan notables como La posada Jamaica (1936), Rebeca (1938), Mi prima Rachel (1951) o El chivo expiatorio (1957). Du Maurier publicó por primera vez El río del Francés en 1941, una novela atípica en su bibliografía, muy alejada del goticismo, de las atmósferas opresivas y del tenebroso suspense de novelas como Rebeca, Mi prima Rachel o La posada Jamaica, entre otras. El río del Francés transcurre en un verano luminoso, en una naturaleza apacible y benévola; la llegada de Dona a Navron House, por ejemplo, está tan llena de sosiego, belleza y armonía que resulta inevitable no notar el contraste con la llegada de la protagonista de Rebeca a Manderley (por compararla con la novela que la autora había publicado inmediatamente antes).

Puede que desde un punto de vista de complejidad de trama El río del Francés no esté a la altura de Rebeca o Mi prima Rachel, o quizás no sea tan redonda, pero la he disfrutado mucho; seguramente porque me encantan las novelas clásicas de aventuras y esta historia posee un toque romántico, sin duda, pero sobre todo ofrece una protagonista fascinante y una invitación a la aventura de piratas con un guiño marítimo muy coqueto a La pimpinela escarlata o a El prisionero de Zenda. Muy probablemente, la autora no tenía en mente ninguna de estas novelas —además, no se parecen en argumento ni personajes—, y su brillante estilo narrativo deja muy atrás a las dos, tanto en el tiempo como en su calidad literaria, pero ahí está el espíritu. Me ha sorprendido encontrar a una Daphe du Maurier tan llena de luz, tan optimista y dispuesta a dejarse llevar por la aventura.

Lejos de escenas truculentas o thrillers psicológicos, El río del Francés destaca porque es divertida —atención a los diálogos entre William y Dona, o al personaje de Godolphin y su peluca—, porque tiene momentos a lo Errol Flynn y porque su protagonista conquista desde los primeros capítulos; ¿quién no se ha sentido alguna vez hastiada de la rutina, atrapada en las convenciones sociales o en los corsés de género? La prosa de la autora es magnífica, brillante y precisa, extraordinaria en las descripciones y profunda en las reflexiones y los diálogos. Y aunque en esta ocasión prescinda de las atmósferas claustrofóbicas y envolventes, su estilo elegante y evocador se reconoce y se disfruta tanto como en el resto de su bibliografía. Se me antoja una novela distinta a la mayoría de sus obras más prestigiosas y reconocidas, pero la recomiendo para quienes deseen descubrir a una Daphne du Maurier aventurera, libre y luminosa.

Lectora, la libertad es sentir la brisa marina en el rostro levando anclas hacia el horizonte.

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La biblioteca de los siete mares, de Alexander Pechman

Acompañado por el recuerdo de su tatarabuelo, un oficial del buque británico Pandora, que partió hacia el Ártico en 1876 en busca de la expedición perdida de Franklin, Alexander Pechman comparte en este maravilloso ensayo su ruta personal a través de la literatura marítima y las historias verídicas que la sostienen. Muy centrado en los autores británicos del siglo XIX, que alumbraron las primeras novelas del mar, y de principios del XX, Pechman recorre con mucho encanto historias de piratas, de corsarios, de traficantes, de faros, de monstruos marinos, naufragios, correo transatlántico, capitanes intrépidos, motines, leyendas, misterios… William Shakespeare, Lord Byron, Jane Austen, Oscar Wilde, Robert Louis Stevenson, Edgar Allan Poe, Daniel Dafoe, Elizabeth Gaskell o Herman Melville, entre muchos otros, recogen el hilo de la Odisea y navegan con sus propias derrotas.

«Cada hogar tiene una puerta que conduce al exterior, y detrás de cada una de ellas existe una infinidad de descubrimientos que nos aguardan. Sólo tenemos que abrir bien los ojos y dejar volar nuestra imaginación, o permitir que alguno de los autores mencionados en este libro nos los abra y expanda nuestros sentidos. Al hacerlo, el mar ya no es sólo un montón de agua, sino ese lugar que vi con los ojos de un niño y que he vuelto a encontrar en muchas obras literarias antiguas, pero también en algunas nuevas.«

Alexander Pechman es un traductor y escritor vienés licenciado en Sociología, Psicología y Literatura Inglesa y Estadounidense. Ha traducido a H. P. Lovecraft, Mary Shelley, W. B. Yeats o Nathaniel Hawthorne, entre otros autores clásicos. Entre sus obras de no ficción, destacan las biografías de Herman Melville (2003) y Mary Shelley (2006), así como el anecdotario literario La biblioteca de los libros perdidos (Edhasa, 2011) o La biblioteca de los siete mares, traducida por Alejandro Pantoja para Acantilado.

Esta es una de esas lecturas que te proporciona una larguísima lista de títulos y autores para descubrir. Un libro sobre el mar, pero también sobre libros, que siempre es ameno y ligero porque no tiene voluntad de ser exhaustivo o académico sino que se muestra honesto a lo largo de todas sus páginas: un recorrido personal de Pechman por sus novelas, leyendas y autores preferidos. Me llevo más de una veintena de nuevos títulos para mi lista de deseos y el placer de descubrir a William Hope Dodgson (Valdemar tiene toda su bibliografía) o al capitán Marryat y su interpretación de la leyenda del holandés errante, así como las ganas de leer otros títulos de autores que hace tiempo que me acompañan, como Bram Stoker, Ray Bradbury o Tobias Smollett. Me ha encantado descubrir relatos marítimos y reconocer los hechos históricos que los alimentan, como el naufragio del Wager, el motín del Bounty o la historia de Alexander Selkirk, entre otras. Así como reencontrarme con novelas que me entusiasman, como Moonfleet, La posada Jamaica, La isla del tesoro, 20.000 leguas de viaje submarino o Huracán en Jamaica. Mención especial, la emoción que siempre me produce la pintura de Théodore Géricault, La balsa de la Medusa, cuando la veo en el Louvre y que aquí aparece bien documentada, o seguirle la pista a una leyenda que se reinterpreta a lo largo de los siglos como, por ejemplo, Ondina, de De la Motte, que inspiró La sirenita, de Hans Christian Andersen, que a su vez inspiró El pescador y su alma, de Oscar Wilde.

Alexander Pechman emociona y conmueve con anécdotas de marineros y escritores, de leyendas y recuerdos, con poesía y prosa, y la Odisea como el origen común de toda la literatura marítima y de aventuras occidental. Cuentos de fantasmas, los capitanes Charles y Francis Austen, Jane Austen y Persuasión, el hermano de Elizabeth Gaskell que desapareció en el mar, el anhelo de Emily Dickinson, el inicio de Frankenstein en las cartas del capitán de un barco que surca los mares helados y remotos… Pechman se pregunta si el ser humano está emparentado con el mar. No lo sabemos. Pero en el mar fue donde empezó la vida.

Lectora, un ensayo ameno, divertido, muy literario y perfecto para descubrir las mejores lecturas de tu próximo verano.

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El hombre que pudo reinar, de Rudyard Kipling

Un corresponsal inglés, viajando en tren por la India colonial de la reina Victoria, se encuentra con un extraño compatriota que le pide que entregue un mensaje en clave de lo más inusual y sospechoso. A todas luces, se trata de un aventurero, un buscafortunas que con engaños y estafas intenta ganarse la vida fuera del ejército en tiempos difíciles y en un país convulso. Tiempo después, cuando ya se ha establecido como editor de un diario de provincias, vuelve a encontrarse con el estafador, esta vez, acompañado por su socio. Dicen llamarse Peachey T. Carnehan y Daniel Dravot, tienen un contracto en el que se prohíben el alcohol y los amoríos y se proponen una misión muy concreta: convertirse en los reyes de Kafiristán, una remota región siempre en pie de guerra y de difícil acceso.

«—No estamos borrachos ni tenemos una insolación (…). Le hemos concedido a esta idea las horas de sueño de medio año. Necesitamos libros y atlas porque hemos decidido que solo existe un lugar en el mundo en el que dos hombres fuertes pueden hacer un Shar-a-whack. Lo llaman Kafiristán. Según mis cálculos, es la esquina superior derecha de Afganistán, a no más de quinientos kilómetros de Peshawar. Allí tienen treinta y dos ídolos paganos. Nosotros seremos el treinta y tres.«

Rudyard Kipling (1865-1936), escritor, reportero y poeta británico, dejó una amplia y excelsa bibliografía (cinco novelas, más de doscientos cincuenta cuentos y ochocientos versos) en la que destacan títulos tan célebres como El libro de la selva, Kim, o Capitanes intrépidos, entre otros. Hijo de un militar destinado en la India victoriana, Kipling nació en Bombay, se educó en Inglaterra, trabajó como periodista en diversas redacciones de la India, y vivió durante varias décadas en Estados Unidos —donde escribió El libro de la selva— antes de volver a Londres. En 1907 fue galardonado con el Premio Nobel de literatura, siendo el autor más joven y el primer escritor británico en conseguir el galardón. Publicó por primera vez El hombre que pudo reinar en 1888, cuando trabajaba como redactor en el periódico The Pioneer, en el sur de la India, situación que se refleja en dicho relato. Kipling, a diferencia de otros autores de su época como Robert Louis Stevenson o Jack London, que criticaron con firmeza el colonialismo y la terrible calamidad de la civilización/cristianización sobre las poblaciones nativas, estaba convencido de «la carga de responsabilidad del hombre blanco» y creía que su deber, y el de todos los británicos en la India, era implementar la civilización occidental (en su caso, contribuir al desarrollo de la literatura y del periodismo locales).

He leído El hombre que pudo reinar en la magnífica edición que Nórdica Libros publicó en diciembre de 2015, por el 150 aniversario del nacimiento de Rudyard Kipling. La traducción es de Enrique Maldonado, cuyas notas a pie de página son las mejores que he leído en mucho tiempo, y está ilustrada por Fernando Vicente que, con delicadeza e intuición, consigue reflejar el tono, la intención y el fondo de los personajes y escenas de esta narración victoriana. Los editores de Nórdica Libros cuentan que esta novela corta, considerada de las mejores de Rudyard Kipling, se inspira «en las hazañas de James Brooke, un inglés que llegó a ser el primer rajá blanco de Sarawak, en Borneo, y en los viajes del aventurero estadounidense Josiah Harlan, a quien le fue concedido el título de Príncipe de Ghor a perpetuidad para él y sus descendientes«.

Narrado en primera persona, El hombre que pudo reinar da una visión de la India colonial victoriana en época del primer ministro Gladstone, de las redacciones de los periódicos locales que tan bien conocía Kipling, y de la locura de los aventureros británicos que una vez licenciados del ejército colonial parecían incapaces de integrarse en la aburrida vida civil. En un estilo que roza la crónica, aunque no exento de cierto sentido del humor, bien respaldado por el conocimiento del autor sobre el momento histórico y la geografía, resulta fascinante el retrato de los dos personajes protagonistas y de su periplo por reductos de Afganistán aislados de la intervención occidental.  Se trata de una historia sorprendente e inusual, anterior a El libro de la selva (1894), Capitanes intrépidos (1897) o La sociedad secreta de Jane Austen (1923), aunque al igual que en esta última, ya destaca uno de los elementos que habría de formar parte de la vida de Kipling desde muy joven: su pertenencia a la masonería.

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Los traficantes de naufragios, de Robert Louis Stevenson

Loudon Dodd y Jim Pinkerton, amigos y socios de negocios un tanto turbios, asisten a la subasta del Nube Volante, un navío naufragado cerca de la costa de las islas Midway. El plan es comprar los restos naufragados a bajo precio y viajar hasta allí para desmantelar el barco, revisar la carga, venderlo todo con ganancias y volver a San Francisco. Pero cuando aparece un misterioso rival y dispara el precio de compra del Nube Volante, Dodd y Pinkerton empiezan a sospechar que nada es lo que parece en ese naufragio. Convencidos de que el barco va cargado de opio, arriesgan todo su capital para hacerse con él, sin sospechar siquiera que están a punto de embarcarse en la aventura más siniestra y enigmática de sus vidas.

«Por otra parte, mi curiosidad corría pareja con mi inquietud. Deseaba ardientemente conocer la última palabra de aquella historia, por qué el capitán Trent me había parecido tan asustado, y por qué el cliente de Bellairs había huido a raíz de mi inocente pregunta. Me perdía en hipótesis que iban revelándose erróneas sucesivamente. Por fortuna, el misterio estimulaba mi valor.«

Robert Louis Stevenson (Edimburgo, 1850 – Samoa, 1894) fue un escritor británico célebre por relatos como El misterioso caso del Dr. Jeckyll y Mr. Hyde o espléndidas novelas de aventuras como La isla del tesoro o El barón de Ballantrae. Su obra, enmarcada en el postromanticismo, no solo influyó a sus escritores coetáneos (como, por ejemplo, Joseph Conrad o H. G. Wells) sino que perpetuó su presencia en autores y autoras de siglos posteriores. Aquejado de tuberculosis desde muy joven, el escritor viajó a menudo hacia climas que pudiesen beneficiarlo y estuvo viviendo un tiempo en San Francisco y Nueva York, pues su esposa, Fanny van de Grift, era estadounidense. Stevenson publicó por primera vez Los traficantes de naufragios en 1892, mientras el autor y su esposa navegaban por las islas del Pacífico Sur, lo que se refleja en esta novela de aventuras y misterio: San Francisco, Inglaterra, las Islas Midway y los océanos son escenarios que Stevenson conocía bien.

Los traficantes de naufragios, de Robert Louis Stevenson, es una obra de madurez del autor. Refleja su experiencia como navegante, su curiosidad por las historias de misterio en el mar, corsarios, contrabandistas y tesoros perdidos, y su visión del momento que vivía Estados Unidos a finales del siglo XIX. Sus personajes, casi todos masculinos, se caracterizan por andar algo perdidos, por aprender de sus errores y por una orfandad que muestra el trasunto del cambio de siglo y de paradigma. Las amistades son leales, los negocios muy turbios (la especulación y las empresas no del todo legales me han parecido una causa económica muy significativa de lo que ocurriría en Estados Unidos apenas treinta años después), la maldad a menudo raya en la locura y el suspense se mantiene desde el primer capítulo hasta el último por obra y gracia del buen pulso narrativo de Stevenson, que va encajando las piezas del puzle sin hacerle trampas al lector. Una novela de viajes, marítima, de misterio, de aventura, con un personaje basado en la vida real de uno de los amigos del autor y un protagonista que va errado en sus hipótesis, pero que consigue desvelar el enigma del Nube Volante por pura curiosidad.

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