La séptima hipótesis, de Paul Halter

El 31 de agosto de 1938, en el quincuagésimo aniversario del asesinato de Polly Nichols, la primera víctima de Jack el Destripador, un agente de policía recorre las calles londinenses de St. James en plena noche cuando tropieza con un médico de la peste. Convencido de habérselo imaginado, sorprende a otro caballero, también ataviado con ropajes del siglo XIX, manipulando los cubos de basura. Cuando el policía descubre, como por arte de magia, un cadáver en uno de esos contenedores, el desconocido ha conseguido esfumarse. El extraño caso se archiva sin resolver, hasta que Alan Twist, afamado criminólogo, y su buen amigo el inspector de Scotland Yard Archibald Hurst reciben la visita del secretario de sir Gordon Miller, el célebre dramaturgo especializado en obras de misterio. Twist y Hurst, convencidos de que se trata de un chiflado, están dispuestos a descartar la loca historia que les cuenta el secretario hasta que el hombre menciona una máscara de médico de la peste. De repente, todas las piezas de ese endiablado misterio quedan al descubierto, dejando a la pareja de detectives a punto de enfrentarse al más escalofriante, teatral y maquiavélico caso criminal de sus respectivas carreras policiales.

«No se desanime, amigo mío. Usted iba por buen camino. Lo que quería hacerle comprender es que las cosas no siempre son tan simples… y que no siempre pensamos en todo. A menudo ha sucedido así en nuestras investigaciones, piénselo: la única solución que no habíamos contemplado resultó ser la correcta. Por eso he hablado de una séptima hipótesis, una posibilidad que se nos escapa por el momento.»


Who Editorial
Traducción: Manuel Navarro Villanueva
Diseño de cubierta: Adrià Ferrer Marqués
Fecha de publicación: marzo de 2024
243 páginas
ISBN: 9788412764642

Paul Halter (Haguenau, 1956) es un prestigioso autor francés de novela policíaca que destaca por su habilidad para plantear ingeniosos crímenes de puerta cerrada, atmósferas fantásticas y los mejores pases de ilusionista. La séptima hipótesis (La septième hypothèse, 1991) es la sexta entrega de la saga protagonizada por el doctor Alan Twist y el inspector Archibald Hurst. Who Editorial la publica por primera vez en nuestro idioma con la magnífica traducción de Manuel Navarro Villanueva y una nota a la edición española de Paul Halter, en la que el autor detalla cómo se le ocurrió la idea para esta endiablada y sorprendente trama criminal.

Pocas veces una novela consigue el vértigo de giros de trama con los que Paul Halter juega en La séptima hipótesis. Con maestría y buen pulso, el autor consigue un suspense sostenido que mantiene en vilo al lector mientras lo conduce de hallazgo en sorpresa con cada nueva pieza del puzle. Desde el casi sobrenatural inicio de la historia, con ese viaje al Londres victoriano y las máscaras de médicos de la peste, pasando por la maquiavélica escena teatral de Gordon y Ransome, hasta los descubrimientos finales de Twist y Hurst, no hay tregua posible para el lector. Destaca especialmente la construcción psicológica de los personajes, el juego de la memoria y el recuerdo, la fantasmagórica puesta en escena de los crímenes y los pases de prestidigitador experto de Paul Halter para hacer aparecer cadáveres y dirigir las sospechas hacia uno u otro protagonista. Pero, sin duda, esta novela policíaca no sería tan genial sin la buena prosa de su autor y su excelente ambientación en los años treinta del siglo pasado, un toque nostálgico que otorga a toda la obra de un aire de novela clásica encantador, cinematográfico y también un poco escalofriante.

Quizás para los lectores habituales del género noir no resulte demasiado difícil descubrir al asesino de La séptima hipótesis, pero sin duda disfrutarán a lo grande intentando comprender cómo, por qué y cuándo han ocurrido sus crímenes. Un viaje absorbente y con muchas curvas, con un toque clásico excelente, para disfrutar desde la comodidad de nuestro sillón preferido.

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La mansión embrujada, de Mary Stewart

La pequeña Gilly Ramsey, hija de un pastor protestante tradicional y una mujer fría y distante, crece solitaria y sin cariño a las afueras de un pueblecito minero. Su paso por el internado tampoco es afortunado o feliz, y llega a la edad adulta con la sensación de que solo las esporádicas visitas de su enigmática prima Geillis han sido botones de luz en la oscuridad de su pasado. A la muerte de sus padres, se encuentra sola y sin un lugar a donde ir, hasta que un bufete de abogados la informa sobre las disposiciones testamentarias de la prima Geillis, que le ha dejado todo cuanto posee, incluido Thornyhold, un hermoso cottage en Wiltshire, junto al bosque de Westermain. Gilly se muda a la casita campestre sin prejuicios ni expectativas, ajena a las sorpresas que la aguardan. Hechizada por la más bella naturaleza, entre brujas, conjuros, grimorios, palomas misteriosas, un perro perdido y encontrado y unos vecinos peculiares, Gilly  está a punto de entender que nunca es demasiado tarde para reconocer la verdadera felicidad.

«Está defendida de la brujería y de la magia negra. En la esquina sudoeste de la casa hay tejos y enebros, así como fresnos, serbales y un laurel. Y el seto de espinos tiene intercaladas algunas plantas del santo espino de Glastonbury. Todo esto sin olvidar los saúcos. En una ocasión su prima me mostró el trazado. Esa historia la había fascinado y se ocupó de mantener todo tal y como estaba.«

Aunque la escritora británica Mary Stewart (1916 – 2014) es conocida por sus sagas de fantasía artúrica, también fue autora de libros infantiles y de novelas de romance gótico. Es en este último género en el que se incluye La mansión embrujada (Thornyhold, 1988), aunque, en mi opinión, también encajaría muy bien dentro de categoría Feelgood por la evolución tan bonita que hace su protagonista, la poca importancia que tiene el romance en las tres cuartas partes de la novela y la paz que procuran las hermosas descripciones de la naturaleza que tan feliz hace a la encantadora Gilly. Y, con esta última frase, estoy segura de que ya adivinareis lo mucho que he disfrutado de esta novela.

El inicio de La mansión embrujada es sublime, hace que al lector le sea imposible no seguir leyendo. Recuerda a esos primeros capítulos de La abadía de Northanger, de Jane Austen, o de Jane Eyre, de Charlotte Brontë. Tiene ese punto de romanticismo inglés, sin duda, y una prosa elegante y expresiva, tan estilosa, que es otro de los puntos fuertes de esta lectura. Mary Stewart sabe mantener el suspense, administrando muy bien el planteamiento de pequeños misterios relacionados con la brujería, pero sin caer del todo en el género sobrenatural, a la vez que nos muestra el cambio de su protagonista: cómo va ganando autoestima y seguridad en ella misma, como se reconcilia con su infancia, retoma su relación con la naturaleza y se ve capaz de aceptar y prodigar todo el cariño que le fue negado en su infancia. El resto de personajes brillan con su propio encanto, aunque es sin duda la mansión del título, la naturaleza que crece en su jardín y en su bosque y todas las criaturas que acuden allí en busca de cuidados lo que le otorga a esta novela singularidad y encanto. Una lectura que, pese a no ser perfecta, aporta paz, nos acoge en su sencillez y nos hace sentir bien sin ninguna complicación y con un toque de optimismo y humor.

Lectora, ojalá más novelas de romance gótico (o lo que sea) de Mary Stewart.

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Dombey e hijo, de Charles Dickens

El orgulloso e inflexible empresario londinense Paul Dombey por fin ve su mayor deseo hecho realidad cuando su esposa da a luz un hijo varón y concede de nuevo sentido al próspero negocio familiar: Dombey e Hijo. Ignorando la existencia de su hija Florence, el exitoso burgués pasa gran parte de su tiempo pensando en su heredero, en su educación, en trasmitirle el orgullo por la empresa y la idea de que el dinero todo lo puede. Pero el pequeño Paul es un niño enfermizo y melancólico, muy apegado a su hermana, que apenas entiende las aspiraciones de su padre porque en el fondo sabe que jamás llegará a la edad adulta. Cuando Dombey pierde el motivo de su existencia, incapaz de comprender lección alguna por su cruel inflexibilidad, se lanzará a la búsqueda de una solución sin darse cuenta de que se interna, cada vez más, en la oscuridad de la inquina y la tiranía.

«En cuanto a los cambios de la vida humana y a la singular conducta que perpetuamente nos vemos obligados a llevar, todo lo que se me ocurre ya lo ha dicho mi amigo Shakespeare, hombre cuyo talento no pertenece solamente a su tiempo, sino a todos los siglos, y a quien seguramente conoce mi amigo Gay: La vida es como la sombra de un sueño.«

Dombey e hijo es la octava novela de Charles Dickens (1812 – 1870) y originalmente fue publicada por entregas entre 1846 y 1848. Dickens empezó a escribirla cuando residía en Ginebra, aunque la terminó en Londres, y se considera que es la primera novela de una nueva etapa literaria del autor victoriano por excelencia. Tal y como se explica en la breve introducción de la edición de Ediciones del Azar que he leído, se trata de una novela planeada con mayor minuciosidad que las obras anteriores de Dickens, de mayor madurez y con un sentido crítico más acentuado. Lástima que, en esa introducción, a los editores de Ediciones del Azar se les olvidase avisar a los lectores de que su edición es una traducción de 1945 sin revisar ni corregir, bastante rudimentaria, censurada y mutilada, es decir, una aproximación a Dombey e hijo que no permite disfrutar de la maravillosa prosa y el estilo de Charles Dickens. Y aunque es la única traducción de Dombey e hijo que tenemos en castellano ahora mismo, de todo corazón os recomiendo que no la leáis.

Es muy complicado reseñar un clásico del que sospecho que no he leído apenas más que una aproximación, así que esta obra se queda entre mis menos favoritas de Dickens, solo por detrás de La tienda de antigüedades. Pese a todo, se vislumbra el brillo de un elenco de personajes secundarios maravillosos, la crítica social y el sentido del humor característicos del autor y el protagonismo del villano más inflexible de la literatura del siglo XIX. Destaca la preocupación de Dickens por señalar los abusos y el desamparo al que muchas veces estaban sometidos los niños (Edith, Alicia y Florencia han sido niñas gravemente traumatizadas, utilizadas y/o ignoradas por sus madres, las dos primeras, y por su padre, la última) y la deficiencia de su educación a manos de institutrices mal preparadas y con una vena cruel (Mrs. Pipchin) o en instituciones lamentables que, aunque no llegan al punto terrible que se nos describía en Nicholas Nickleby, no dejan de poner en relieve la inutilidad y el sufrimiento de alejar a los pequeños de sus hogares a cambio de un escaso conocimiento que olvidan apenas han salido de allí (atención al pobrecito Bitherstone). Dickens vuelve a llevarnos por las calles de un Londres que conoce como la palma de su mano, nos señala la rapidez con la que se transforman algunos barrios por el veloz desarrollo industrial (en este caso, la incidencia del despliegue del ferrocarril), y su incidencia en las clases sociales más frágiles (aunque, en el caso de la maravillosa familia Toodle, para bien).

Lectora, quizás alguna editorial se anime con una nueva traducción que nos permita disfrutar de este clásico como se merece.

Nota: En mi opinión, no me parece que sea honesto publicar en 2012 una traducción de 1945 y ni siquiera escribir una nota para avisar a los lectores. Todos sabemos que en 1945 la censura y la autocensura en España, en todas las facetas de la vida y también de la cultura, eran cuestión de supervivencia en un régimen dictatorial fascista y ultracatólico que, además, no veía con buenos ojos nada que viniese de Inglaterra, una de las pocas potencias europeas que se opuso al nazismo desde el principio. Sin embargo, aunque los lectores del siglo XXI entendamos las circunstancias de traducir a Charles Dickens al español en 1945 y respetemos a las personas que se atrevieron a hacerlo, eso no significa que queramos comprar y leer esa adaptación en 2024 que, en el mejor de los casos, no es más que una aproximación a uno de los grandes autores clásicos del siglo XIX.

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El misterio del Bellona Club, de Dorothy L. Sayers

La vida no sonríe al capitán George Fentiman: no acaba de recuperarse de la psicosis de guerra, no encuentra trabajo y, por mucho que su esposa trabaje día y noche, el dinero no les llega ni para cubrir los gastos de alquiler y comida. Es uno de los muchos exmilitares desmovilizados tras el Armisticio de la Primera Guerra Mundial que volvieron a casa con graves secuelas por el horror de las trincheras y que frecuentan el decadente Bellona Club entre las miradas severas de sus viejas glorias. Como su abuelo, el anciano general Fentiman, que parece haberse quedado dormido en su butaca habitual, cerca de la biblioteca, hasta que descubren que, en realidad, está muerto detrás de las páginas de su diario. Como amigo de la familia y socio del Bellona, Lord Peter Wimsey es requerido por el abogado de los Fentiman para aclarar la hora del fallecimiento pues resulta de gran importancia para determinar las disposiciones testamentarias del anciano: la hermana del general, fallecida esa misma mañana, le ha dejado cinco millones de libras en herencia. Si la anciana murió antes que el general, el dinero va a parar a George y Robert Fentiman, los nietos del difunto, pero si el general ha muerto antes que su hermana, la mayor parte del dinero de la herencia se lo quedará la sobrina que vivía con ella, la antipática Anne Dorland.

«Doce mil libras irían a parar a la señorita Ann Dorland. El resto pasaría a su hermano, el general Fentiman, si seguía vivo a la muerte de lady Dormer. Si, por el contrario, fallecía antes que ella, las condiciones se invertirían; en ese caso, el grueso del dinero iría a parar a la señorita Dorland, y se dividirían quince mil libras a partes iguales entre el comandante Robert Fentiman y su hermano George.«

Dorothy L. Sayers (1893 – 1957), publicista, escritora, traductora y dramaturga, fue una de las primeras mujeres en recibir un título por la Universidad de Oxford y se educó en Lengua y Literatura. Miembro del Detection Club, del que llegó a ser presidenta, y conocida por sus novelas de misterio, Sayers siempre dijo que su mejor obra era la traducción de la Divina Comedia de Dante. Su detective más conocido es Lord Peter Wimsey, un aristócrata inglés que ha servido en la Primera Guerra Mundial y que, de vuelta en Londres, se distrae resolviendo casos criminales. El misterio del Bellona Club es el cuarto libro de la saga de Lord Peter Wimsey, fue publicado por primera vez en 1928 y, hasta la fecha, es mi novela preferida de Sayers.

Escogí empezar a leer a Dorothy L. Sayer por Veneno mortal porque era la primera entrega de su saga de Lord Peter Wimsey en la que aparecía Harriet y, claro, era de las novelas preferidas de Verity. Sin embargo, he disfrutado mucho más de El misterio del Bellona Club por la ambientación histórica, los personajes, el crimen y su resolución, y el propio Bellona Club y sus excéntricos socios. Es admirable la delicadeza y la precisión con la que Sayers nos muestra, apenas en un par de líneas, la terrible realidad de los soldados que volvieron de la Primera Guerra Mundial, destrozados física y psicológicamente, a menudo con dificultades para volver a la vida cotidiana, para encontrar trabajo, para superar sus heridas, la tristeza por los compañeros y familiares que murieron, el horror compartido… Una cuestión de fondo en El misterio del Bellona Club que no pasa desapercibida, pero que no es la única: Sayers también nos muestra el cambio social y de género en un momento en el que las mujeres se resisten a dar un paso atrás en sus derechos tras haber asumido, durante la guerra, responsabilidades civiles activas como nunca antes en siglos anteriores (recordemos que el sufragio femenino en igual edad de los hombres en Inglaterra no se consigue hasta 1928, justo la fecha de publicación de esta novela).

Lectora, para disfrutar de un cozy mystery y mucho más en el Londres del Armisticio de 1928.

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Vida de Charlotte Brontë, de Elizabeth Gaskell

Cuando Charlotte Brontë muere en marzo de 1855, su padre le encarga a la escritora Elizabeth Gaskell la biografía de su hija. Gaskell tardará más de tres años en completar los dos volúmenes de la que los críticos considerarán una de las mejores biografías en lengua inglesa del siglo XIX y se enfrentará a varios obstáculos para mantener cierta verosimilitud (tal y como detalla el doctor en literatura Alan Shelston, de la Universidad de Manchester, en la introducción de esta obra): la dirección del internado de Cowan Bridge donde murieron Maria y Elizabeth Brontë denunciará la primera edición, el marido de Charlotte presionará para que no aparezca su nombre ni el de los hombres que pidieron matrimonio a la escritora antes de que él, Patrick Brontë destruirá parte de la correspondencia de sus hijas, supervisará la mención a los escándalos y adicciones de su hijo Branwell y censurará cualquier mención indecorosa a Clementine Heger (el profesor casado del que Charlotte se enamoró perdidamente en Bruselas), o a cualquier otro hecho que pudiese dar una imagen controvertida del ángel victoriano, etc. Pese a toda la censura, la biografía de Gaskell brilla por su prosa, por la delicadeza de sus observaciones y por su acertada y genial elección de la correspondencia entre Charlotte y sus amigos, profesores, lectores, editores y familiares que publica en esta edición.

«Las recordaba ahora, sin asustarse de las almas de los difuntos, sino con el anhelo vehemente de ver una vez más cara a cara las almas de sus hermanas, como nadie más que ella podía sentir. Era como si la misma fuerza de su anhelo pudiera hacerlas aparecer. En las noches ventosas la casa parecía llenarse de gritos, sollozos y gemidos, como si los seres queridos intentaran llegar hasta ella. Alguien que conversaba una vez con ella en mi presencia hizo alguna objeción a la parte de Jane Eyre en que Jane oye la voz de Rochester, que la llama en un momento crítico de su vida, hallándose él a muchos kilómetros de distancia. Yo no sé en qué incidente concreto pensaría la señorita Brontë cuando contestó con voz baja, conteniendo la respiración: Pero es verdad, ocurrió realmente.«

Elizabeth Gaskell (1810 – 1865) conoció a Charlotte Brontë en los círculos literarios londinenses en los que Charlotte tan poco se prodigó y la invitó a su casa en varias ocasiones. Tal vez por esa tímida amistad y porque en 1855 Gaskell ya era una escritora de renombre, Patrick Brontë pensó en ella para escribir la biografía de su hija. No podría haber escogido mejor: la prosa descriptiva de Gaskell sobre los páramos de Yorkshire es maravillosa y envolvente, la crítica social de su tiempo es incisiva y da marco a la obra de Charlotte, su calidez para con las hermanas Brontë tiñe de cariño estas páginas y su discreción a la hora de bordear los escándalos es muy hábil. He leído Vida de Charlotte Brontë para acompañar la relectura de Jane Eyre y, no solo ha resultado ser una elección cautivadora y un grato descubrimiento sino que además me ha hecho comprender mejor los abundantes detalles autobiográficos de la mencionada novela.

Conozco bastante la vida de las hermanas Brontë: Cumbres borrascosas, de Emily Brontë, es una de mis novelas preferidas de todos los tiempos, La inquilina de Wildfell Hall, de Anne Brontë, me sorprendió por su valentía, modernidad y madurez, aprecio el post-romanticismo de Jane Eyre, y disfruté mucho de El sabor de las penas, de Jude Morgan, una magnífica biografía novelada de las hermanas que siempre recomiendo con fervor. Sin embargo, desconocía las circunstancias alrededor de la biografía que escribió Elizabeth Gaskell y que con tanto acierto me señalaron MH de Las inquilinas de Netherfield y la introducción del doctor en literatura Alan Shelston. Es importante leer Vida de Charlotte Brontë sabiendo lo que se tiene entre manos, pero eso no resta importancia al gran trabajo que realiza Gaskell, bien al contrario, creo que lo resalta. Me he emocionado hasta las lágrimas con los últimos capítulos de este ensayo, y durante toda su lectura he disfrutado enormemente con el hilo narrativo escogido por Elisabeth Gaskell, con su estilo luminoso y delicado, y por la cantidad de fragmentos de cartas que incluye y que tan bien reflejan los pequeños momentos emocionales, vitales o cotidianos de las hermanas Brontë.

Lectora, imprescindible si, como yo, eres rendida admiradora de alguna de las tres hermanas Brontë o de todas ellas.

También te gustará: El sabor de las penas; Jane Eyre; Cumbres borrascosas; La inquilina de Wildfell Hall; La casa en el páramo

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