Criaturas, de Harvey, Bierce, Wells, Jacobs, Poe, Benson, Bellamy y Jerome

Una mano poseída por la escritura automática. Una serpiente terrorífica bajo la cama. La polilla que zanjó un notable antagonismo científico. Una serpiente marina gigante muy cariñosa. Los victorianos y su moda de desenrollar momias parlantes. Un niño con poderes telequinéticos y premonitorios que debe ganarse la vida para continuar estudiando en Eton. Esos locos primeros robots domésticos. Y una pareja de baile que da mucha grima. Esta es la punta del iceberg de los relatos clásicos de esta antología de Criaturas, un resumen casi taquigráfico de ocho cuentos de terror con un toque humorístico, en la estela de Humor fantasmal.

«Mientras caminaba hacia proa vio a Joe asomándose a babor para ver a la serpiente marina.
—¿Qué diablos estás haciendo? —gritó el capitán— ¿Qué significa esto?
—¿Qué quiere decir, señor? —preguntó Joe.
—¡Estás aquí enseñando tu fea cara a babor y asustando a mi serpiente marina! —rugió el capitán— Ya sabes lo fácil que es espantarla.
—¿Asustando a la serpiente marina? —dijo Joe, temblando y volviéndose pálido.
—Muchacho, si veo otra vez esa cara tuya fueraborda, me encargaré yo mismo de añadirle un ojo morado.«

Hace un tiempo disfruté de la antología de relatos Humor fantasmal, de Editorial la Fuga, y descubrí su colección En serio, de la que me declaro entusiasta. Por eso, cuando encontré  Criaturas, en las estanterías de la librería Gigamesh, no dudé en llevármelo a casa y ha sido todo un acierto. Tres autores norteamericanos (Ambrose Gwinnet Bierce, Edgar Allan Poe y Elizabeth Bellamy) y cinco británicos (William Fryer Harvey, H. G. Wells, William Wymark Jacobs, E. F. Benson y Jerome K. Jerome) ponen su guiño más divertido y escalofriante en estos relatos monstruosos.

Me ha encantado la historia que abre la antología, Una bestia de cinco dedos, de Harvey, por su excelente ambientación, su sentido del humor y ese puntito terrorífico tan bien conseguido. Aunque, en mi opinión, el relato más divertido es Bellezas rivales, de Jacobs, reconozco que Una charla con la momia, de Poe, me ha sorprendido precisamente por el tono humorístico de un autor al que solo conocía en registros de misterio y terror, es decir, que al ser Poe no me esperaba una escena tan genial como la de una momia del antiguo egipcio chuleando a un grupo de científicos del siglo XIX. E. F. Benson sigue su sarcástica línea de Reina Lucía, los autómatas de la señora Bellamy me han parecido la repera y Jerome K. Jerome se queda un pelín deslucido al olvidarse de su desternillante prosa para ponerse misterioso. Y, sin duda, el gran hallazgo ha sido La polilla, un clásico de H. G. Wells que reconozco no haber leído hasta la fecha y que me ha parecido merecedor de la fama de su autor.

Lector, una antología de humor y terror perfecta para cuando no tenemos mucho tiempo para leer seguido sin renunciar a los clásicos.

También te gustará: Humor fantasmal; La tienda de los suicidas

Si quieres hacerte con un ejemplar haz clic en el siguiente enlace:
Criaturas

Share and Enjoy !

0Shares
0 0 0
Compartir este contenido:Share on Facebook
Facebook
Tweet about this on Twitter
Twitter
Email this to someone
email
Publicado en Blog | Etiquetado , , | Deja un comentario

Bodas de sangre, de Federico García Lorca

Una madre recibe con mal presentimiento la noticia de que su hijo quiere casarse. Perdió a su marido y a su otro hijo en una reyerta de navajas con una familia cercana. Los asesinos están en prisión, pero siguen vivos, y a ella ya no le queda más que pena y su hijo pequeño. Cuando conoce a la novia, su inquietud aumenta pues, aunque es buena chica, se rumorea que tuvo un noviazgo desgraciado con un tal Leonardo que, para mayor desgracia, es pariente de la familia de asesinos.

«Callar y quemarse es el castigo más grande que nos podemos echar encima. ¿De qué me sirvió a mí el orgullo y el no mirarte y dejarte despierta noches y noches? ¡De nada! ¡Sirvió para echarme fuego encima! Porque tú crees que el tiempo cura y que las paredes tapan, y no es verdad, no es verdad. ¡Cuando las cosas llegan a los centros no hay quien las arranque!«

Federico García Lorca (Granada, 1898 – 1936) escribió y estrenó Bodas de sangre en 1933, después de Mariana Pineda y antes que Yerma. Dicen los estudiosos de su obra que, junto a La casa de Bernarda Alba y Yerma, Bodas de sangre constituye un drama de tema popular de bella y oscura ejecución, pues se considera que con estas tres obras Lorca restauró la tragedia literaria en lengua castellana. Y justo así me ha parecido la relectura, después de tantos años, de este clásico español: una obra de teatro de raíces clásicas —atención a las canciones propias de los coros de las tragedias griegas— y tintes romanticistas.

La muerte y la sangre se disputan el protagonismo con la maternidad, aquí representada por la figura de la viuda a la que no le queda más que un hijo; una mujer cansada, desesperada porque la muerte le ha arrebatado lo que más amaba, porque concebir y criar a un hijo hasta que se convierte en hombre cuesta una vida y que te lo arrebate la parca, apenas un suspiro. Esa sangre derramada sobre la tierra, tan suya, es la pérdida más terrible. Al igual que en Yerma y en La casa de Bernarda Alba, destaca el papel secundario de las mujeres en la sociedad, siempre encerradas en casa, totalmente supeditadas al marido y marcadas determinantemente por la maternidad en un sentido u otro. La madre protagonista de Bodas de sangre se queja de que los hombres le han arrebatado su paz, de que por su carácter violento la han hecho desgraciada, de que no andarían tan ligeros con la navaja si fuesen ellos los que gestasen y criasen a sus vástagos.

Bodas de sangre es una tragedia en tres actos y siete cuadros de García Lorca, muy marcada por su voluntad de teatro clásico y la belleza de sus versos, que destaca también en tres canciones (la nana, la novia, la muerte) que protagonizan cada uno de los tres actos al modo de los cantos del coro del teatro clásico griego.

Lector, un clásico imprescindible que seguro tenemos muy olvidado y al que merece la pena quitarle el polvo acumulado en las estanterías.

Si quieres hacerte con un ejemplar haz clic en el siguiente enlace:
Bodas de sangre

Share and Enjoy !

0Shares
0 0 0
Compartir este contenido:Share on Facebook
Facebook
Tweet about this on Twitter
Twitter
Email this to someone
email
Publicado en Blog | Etiquetado | 12 comentarios

Trilogía de Candleford, de Flora Thompson

Toda era es época de transición, pero la de los años 80 del siglo XIX lo fue más intensamente: industrialización, avances científicos y médicos, ferrocarril, telégrafo, libre comercio… Y, sin embargo, a 30 kilómetros de Oxford, en la aldea de Colina de las Alondras muy poco parece haber cambiado respecto a la década anterior. Durante algunos años, Laura y Edmund fueron los dos únicos hijos del matrimonio del albañil y la niñera que vivían en la última casa de la aldea. Ambos curiosos y apasionados de la lectura, pronto aprenden que es mejor no hacer preguntas y tener la esperanza de no parecer demasiado listos para mantener la paz vecinal. Todo transcurre plácida y agradablemente en Colina de las Alondras, donde sus habitantes son pobres pero felices, donde la moda llega con dos años de retraso y visitar a los parientes en el pueblo de Candleford supone casi un día entero de viaje. En Colina de las Alondras se celebra el jubileo de la reina Victoria, se conoce el arte de pedir prestado, los pobres de verdad son los que viven lejos, en los suburbios de la ciudad, y el único peligro verdadero son esas modernas bicicletas que van a toda velocidad atropellando a cualquier ser vivo que se cruce en su camino.

«La mayoría de los hombres cantaban o silbaban mientras cavaban y sachaban. En aquellos tiempos era frecuente cantar al aire libre. Los trabajadores cantaban durante su faena; los carreteros cantaban por los caminos con la única compañía de sus caballos; el panadero, el molinero y el pescadero ambulante cantaban mientras repartían su mercancía de puerta en puerta; incluso el médico y el párroco musitaban alguna tonadilla entre dientes durante sus rondas de visitas. La gente era más pobre entonces y carecía de las comodidades, las diversiones y los conocimientos que tenemos hoy día; y a pesar de todo, eran más felices. Lo que parece sugerir que la felicidad depende en mayor medida del estado de la mente —y quizás del cuerpo— que de las circunstancias y eventos que nos rodean.«

Flora Thompson (Oxfordshire, 1876 – Brixham, 1947) fue una novelista y poeta autodidacta conocida sobre todo por su Trilogía de Candleford (Colina de las Alondras, Camino de Candleford y Candleford Green), que Hoja de Lata nos trae por primera vez en castellano en una edición preciosa de un solo tomo. Thompson escribió y publicó su trilogía en tiempos de guerra y crisis (1938-1945), circunstancia que quizás incidió en la nostálgica mirada de la autora sobre las últimas décadas victorianas. Y es que Trilogía de Candleford es una crónica bellísima, dulce y evocadora, sobre la infancia y la juventud de Flora Thompson en la campiña inglesa durante los años 80 y 90 del siglo XIX.

A través del personaje casi biográfico de Laura, la autora relata su infancia y la de su hermano Edmund en la aldea de Lark Juniper, y su adolescencia en Candleford Green echando una mano a la excéntrica Dorcas Lane en la oficina de correos. El encanto de esta lectura reside tanto en la delicadeza de la prosa de Flora Thompson como en su mirada rebosante de cariño sobre un mundo ya perdido. La gente era más pobre, pero más feliz, repite Flora, los niños crecían rebosantes de salud y el médico apenas visitaba la aldea, aunque no podían aspirar a más estudios que los básicos de la escuela nacional, todos eran espabilados e inteligentes, nadie envidiaba a nadie y se sentían felices en su situación socio-económica. Sin duda, una visión idílica que contrastaba con la dura realidad de la Flora adulta, seguramente bajo el blitz de la Segunda Guerra Mundial y ya tocada por la pérdida de una guerra anterior.

Trilogía de Candleford es una crónica luminosa y bella que da mucha pena terminar. Te habitúas a convivir entre pastos y bosques, entre campos de labranza y casitas, entre buena gente con sentido del humor y un optimismo incansable, y los echas mucho de menos cuando toca cerrar el libro porque has llegado al final. No eran tiempos mejores, ni más fáciles, pues cada época tiene sus propios demonios, pero la voz narradora es tan magnífica que te transporta a la campiña victoriana y… ¡lo que necesitamos ahora mismo la paz de esa campiña! La prosa de Flora Thompson es sutil, inteligente y perfecta, me encanta su sentido del humor, sus toques picarones y cómo dibuja un sinfín de personajes entrañables con apenas un par de frases precisas y claras. También he disfrutado mucho siguiendo las lecturas de la protagonista a medida que crecía: Shakespeare, Walter Scott, Dickens, Austen, Gaskell, las hermanas Brontë… y el Don Juan de Byron leído a escondidas entre las sábanas porque era demasiado atrevido para jovencitas.

He tenido la suerte de compartir esta lectura con Mrs. Hurst de Las inquilinas de Netherfield y creo que por eso la he disfrutado por partida doble. Lo que nos hemos reído con los ciclistas ángeles de infierno, el bibliotecario impaciente del Instituto Mecánico o la fina ironía de la autora; pero también hemos disfrutado comentando la mirada llena de ternura de la narradora o cómo se reflejaba la educación y la política de la época, por ejemplo, y cómo desmontaba algunos mitos enquistados en la literatura victoriana. Nos dio mucha pena terminar una lectura que nos había aportado tanto durante más de quince días. Estoy deseando leer su reseña, pero me atrevo a aventurar que os va recomendar Trilogía de Candleford tanto como yo.

Lector, imprescindible en estos días y siempre.

También te gustará: Lejos del mundanal ruido; Qué verde era mi valle; Cuatro setos

Share and Enjoy !

0Shares
0 0 0
Compartir este contenido:Share on Facebook
Facebook
Tweet about this on Twitter
Twitter
Email this to someone
email
Publicado en Blog | Etiquetado , , , | 20 comentarios

Shakespeare, de Bill Bryson

Dice Bill Bryson que su voluntad en este libro es recoger todo lo que se sabe sobre la vida de William Shakespeare, sin suposiciones ni invenciones, y que por eso le ha quedado tan corto. Solo existen tres imágenes que supuestamente representan al bardo de Stratford: el retrato Chandos, que fue el primer retrato que compró la National Portrait Gallery de Londres, el grabado del First Folio, que apenas parece una caricatura, y el busto pintado de la iglesia de Santísima Trinidad de Stratford Upon-Avon, que un loco decidió pintar de blanco y otro lo restauró al estilo del ecce homo de Borja. Los tres retratos podrían ser falsos, verdaderos o inexactos, y es que toda la biografía de William Shakespeare consiste en un 5% de hechos probados y un 95% de conjeturas (la mayoría muy chifladas). Sin embargo, tanto misterio no es nada extraño si tenemos en cuenta que apenas sabemos mucho más del resto de autores ingleses de su época, y que el incendio de Londres de 1666 destruyó muchísimos documentos. Tenemos sus obras gracias a que Henry Condell y John Heminges, compañeros de Shakespeare y los últimos integrantes de los Lord Chamberlain’s Men, las compilaron en el First Folio al poco de su muerte. Aunque tras su defunción no perdió del todo la estima del público, lo cierto es que la fama de Shakespeare estaba muy por debajo de otros dramaturgos de su época, y las obras de teatro isabelinas y jacobinas fueron cayendo en el olvido a medida que pasaban los años. Hasta el siglo XVIII no se recuperó su prestigio y, entonces, ya era demasiado tarde para escribir una biografía fidedigna pues todos quienes le habían conocido en persona habían desaparecido.

«El genio de Shakespeare no se centraba en los hechos, sino en la ambición, la intriga, el amor, el sufrimiento, cosas que no se enseñan en la escuela. Poseía una inteligencia asimilativa que le permitía reunir un montón de fragmentos de saber dispersos, pero nada indica que sometiera a sus obras a un riguroso trabajo intelectual, a diferencia de, pongamos por caso, Ben Jonson, que hace flamear su erudición en casi cada palabra. Nada de lo que escribe Shakespeare revela un gran conocimiento de Tácito, Plinio, Suetonio y otros que fueron determinantes para Jonson o que Francis Bacon trataba con absoluta familiaridad. Lo cual es bueno —e incluso muy bueno—, porque sin duda habría sido menos Shakespeare y más dado al lucimiento si hubiera tenido más lecturas.«

Me estrené con Bill Bryson con Un paseo por el bosque y quedé prendada de su sentido del humor y de lo bien que compendia conocimiento histórico y científico. Como padezco de acusada bardolatry desde que tengo memoria, me compré su librito de Shakespeare y ahí lo tenía, esperando turno en la estantería, hasta que mi amiga Isi, que está estudiando literatura inglesa y anda en liza con el bardo de Stratford, me propuso leerlo al alimón. Nos lo hemos pasado en grande descubriendo lo chiflados que están casi todos los estudiosos de Shakespeare y la de teorías descabelladas que se han montado sin ninguna evidencia alrededor de su vida y su obra.

Sin duda, es una paradoja que el autor más conocido del mundo sea el más desconocido. Shakespeare padecía de anatropismos y anacronismos en casi todas sus obras, pero acuñó expresiones nuevas que han llegado vivas a nuestros días —como «exhalar el último suspiro», por ejemplo—, una décima parte de las frases hechas en inglés son de su autoría, y le dio más garra al idioma inglés incorporando en sus textos unos 2.000 neologismos, de los cuales siguen utilizándose unos 800. Dramaturgo isabelino y jacobino, actor y director teatral, poeta y copropietario de The Globe, no tenía estudios superiores y no sabemos si pudo viajar, pero fuese quien fuese William Shakespeare cuatro siglos después de su muerte seguimos disfrutando de su genialidad.

Lector, un libro muy divertido con el que desmontar todas las tonterías que se han escrito sobre Shakespeare.

También te gustará: Un paseo por el bosque; Jane Austen en la intimidad; El sabor de las penas

Si quieres hacerte con un ejemplar haz clic en los siguientes enlaces:
Shakespeare (en papel)
Shakespeare (para kindle)

Share and Enjoy !

0Shares
0 0 0
Compartir este contenido:Share on Facebook
Facebook
Tweet about this on Twitter
Twitter
Email this to someone
email
Publicado en Blog | Etiquetado , , , | 14 comentarios

Ante todo no hagas daño, de Henry Marsh

Henry Marsh es uno de los neurocirujanos más eminentes de Gran Bretaña, jefe de cirugía de un hospital londinense, miembro de varios comités de sanidad gubernamentales y médico voluntario en países con dificultades. Cerca de su jubilación, repasa los mayores errores y aciertos de su dilatada carrera, desde que decidió hacerse neurocirujano al asistir en quirófano, por primera vez, en una operación de cerebro. Marsh desmitifica la imagen del cirujano todopoderoso y endiosado reconociendo la falibilidad humana en los quirófanos y el factor suerte que tanto determina: una operación sencilla puede resultar fatal por culpa de una hemorragia espontánea e incomprensible, y una operación complicada puede tener un inesperado final feliz porque ese día los planetas se alinean y todo sale de maravilla.

«La investigación en el campo de la psicología ha demostrado que la ruta más fiable hacia la felicidad personal es hacer felices a otros. Yo he hecho muy felices a multitud de pacientes con intervenciones que han salido bien, pero ha habido también demasiados fracasos terribles, y en la vida de la mayoría de neurocirujanos hay muchos períodos de profunda desesperanza.«

Probablemente, Ante todo no hagas daño no es un libro que aporte valor literario alguno, pues su interés reside en la curiosidad de los lectores por los misterios del cerebro y en el tono narrativo de Henry Marsh: sincero y profundamente humano. Marsh inicia este pequeño compendio de reflexiones explicando que lo más difícil para él es mantener el equilibrio entre un distanciamiento profesional con el paciente que le aporte una fachada de seguridad y el acercamiento necesario para no convertirse en un robot. Cuando su hijo William tuvo que ser intervenido por un tumor cerebral a la edad de tres años, el famoso neurocirujano entendió qué se sentía estando al otro lado de la sala de espera y nunca se le olvidó. Desde entonces, es incapaz de permanecer impertérrito ante el dolor de sus pacientes y familiares cuando tiene que trasmitir las peores noticias, pero a la vez sabe que debe mantener la entereza por su salud mental y profesional.

Marsh nunca ha olvidado a un paciente que muriese tras una operación y reconoce que con el paso de los años opta más a menudo por descartar intervenciones de alto riesgo que, en el caso de que salieran milagrosamente bien, apenas alargarían la vida del enfermo unos meses. Para el neurocirujano, prevalece la calidad de vida y una muerte digna por encima de arriesgarse a unos últimos meses de terrible discapacidad solo por ganar experiencia en quirófano o por jugar a ser dioses infalibles y colgarse medallas entre los colegas. Introduce cada capítulo con un concepto médico relacionado con dolencias del cerebro, explica alguno de sus casos más memorables, y cuenta las luces y sombras de una profesión que tan pronto debe luchar a brazo partido contra una hemorragia como con la burocracia que ha recortado las horas extras de su anestesista; una profesión vocacional que además del juramento de salvar vidas, le enseñó que lo primero era no dañarlas.

Lector, un testimonio desmitificador y muy humano no apto para hipocondríacos.

También te gustará: Dale vida a tu cerebro

Si quieres hacerte con un ejemplar haz clic en los siguientes enlaces:
Ante todo no hagas daño (en papel)
Ante todo no hagas daño (para Kindle)

Share and Enjoy !

0Shares
0 0 0
Compartir este contenido:Share on Facebook
Facebook
Tweet about this on Twitter
Twitter
Email this to someone
email
Publicado en Blog | Etiquetado | 6 comentarios