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Piranesi, de Susanna Clarke

Piranesi es el Hijo Bienamado de la Casa, conoce las Mareas, explora las Salas, ha nombrado las Constelaciones en el cielo. Su Mundo, bañado por el mar, es enorme y extraordinario, pacífico y lleno de vida y de muerte. Las estatuas nunca dejan de sorprenderlo, parecen no tener fin, como la propia Casa. Enamorado de la Razón y la Ciencia, Piranesi también cuida de los Habitantes de la Casa mientras ayuda al Otro en la búsqueda del Conocimiento. Aunque, últimamente, ha perdido interés en las investigaciones, al fin conforme con la belleza y los pájaros de su Mundo.

«Tengo la impresión de que el Mundo (o la Casa, si se prefiere, pues a efectos prácticos son una y la misma cosa) quiere contar con un Habitante, alguien que sea testigo de su Belleza y beneficiario de sus Dones.«

Susanna Clarke es una escritora británica de ficción especulativa que saltó a la fama mundial con su increíble novela Jonathan Strange y el señor Norrell en la que entrelazaba magia y hechos históricos de la Inglaterra de principios del siglo XIX con una elegante delicadeza y un amor por el detalle histórico y fantástico sin precedentes. Aunque el libro tuvo un gran éxito internacional, siguió la ley no escrita de que nadie es profeta en su tierra, pues fue publicado primero en Estados Unidos que en Inglaterra. Es una de las novelas que recuerdo con más cariño y admiración y me da pena que los cuentos de Las damas de Grace Adieu sigan descatalogados. Creo que somos muchos los que estábamos esperando la nueva novela de Susanna Clarke. Pues bien, olvida Jonathan Strange y el señor Norrell porque Piranesi no tiene nada que ver. Es más, si quieres disfrutar plenamente de Piranesi, no leas nada al respecto de la novela, llega hasta su primera página sin ideas preconcebidas. Por mi parte, prometo no revelar nada en esta reseña, ni siquiera en la sinopsis.

Susanna Clarke cambia de registro y de estilo en Piranesi, adaptando su prosa a los requerimientos de una trama y unos personajes que son una invitación a entrar en el laberinto. Es una novela sorprendente y única, una grata propuesta lúcida y original para los lectores. No puedo compararla a nada que haya leído con anterioridad, a medida que avanzaba en sus páginas se intensificaba mi expresión ojiplática. La versatilidad narrativa de Susanna Clarke, su capacidad de construir mundos con una precisión y coherencia tan brillante como concisa, y su genial propuesta literaria se ganan el privilegio de sacudir las mentes de los lectores. La novela más sorprendente que he leído este año.

Lector, una propuesta genial a la que asomarse sin prejuicios ni ideas preconcebidas. Déjate llevar.

También te gustará: Jonathan Strange y el señor Norrell

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Lolly Willowes, de Sylvia Townsend Warner

Laura Willowes vive feliz y libre en la casa familiar de Somerset con su padre. Sus hermanos mayores se casan, uno se trasladada a Londes y otro se queda para continuar el negocio del padre, pero nada cambia para Laura pues todos están demasiado concentrados en sus propias vidas como para preocuparse por darle una educación o un marido. Pero cuando su amado padre muere, Henry, su hermano mayor, decide que Laura debe vivir bajo su protección y echar una mano con sus sobrinas. Y es entonces cuando se convierte en la tía Lolly, un ser gris, invisible, inútil y anodino que no encaja en ningún lugar. Hasta que una noche, Lolly por fin entiende la llamada y sabe que solo viviendo de nuevo en la campiña, sola y lejos de todos los Willowes, volverá a sentirse libre y auténtica. Pero a principios del siglo XX, «La costumbre, la opinión pública, la ley, la Iglesia y el Estado: todos habrían dicho que no con sus cabezotas a la súplica de Laura, y la habrían hecho volver al cautiverio«.

«Pero es una modalidad de brujería doméstica de tres al cuarto, eso es lo que es la magia negra; y no es que la magia blanca sea mejor. Una no se convierte en bruja para ir por ahí haciendo daño, tampoco para ir prestando ayuda como una asistente parroquial montada en una escoba.«

Sylvia Townsend Warner (1893-1978) fue una novelista, poeta y musicóloga inglesa afiliada al partido comunista y conocida por su biografía de T. H. White y su novela de ficción Lolly Willowes, que me ha encantado. Ha sido todo un acierto leer Lolly Willowes después de La bruja, de Jules Michelet, porque  me ha permitido reflexionar sobre los puntos comunes de la vida de las mujeres en Europa más allá de la brecha de los siglos que separan a ambos autores. Lolly Willowes se convierte en bruja porque eso es lo que ocurre cuando una mujer soltera se emancipa de todo y todos a principios del siglo XX, una semejanza que no puede ignorarse cuando se mira a las brujas medievales acusadas, precisamente, por ser distintas a lo que marcaba la iglesia, la sociedad, el Estado.

De Lolly Willowes he disfrutado la historia, la excentricidad de la narración, y su peculiar protagonista, pero también me ha gustado muchísimo la prosa de Sylvia Townsend Warner. Townsend escribe con un tono irresistible a medio camino entre el cuento de hadas tradicional y el engañoso ligero encanto de autoras inglesas como D. E. Stevenson o Josephine Tey. Elegante, un pelín burlona, a veces incluso poética, su prosa encierra un mensaje contundente y una perspectiva reivindicativa que destaca por su humanidad, su inteligencia y ese enraizarse en la naturaleza como un recordatorio de que el origen de toda bruja está en el bosque, en la búsqueda de libertad. Original, divertida y excéntrica (me ha recordado a Los que cambiaron y los que murieron, de Barbara Comyns), Lolly Willowes recoge la autenticidad de las brujas y el momento de cambio en la sociedad inglesa tras la Primera Guerra Mundial desde una perspectiva femenina que ansía reivindicarse y que todavía puede reconocerse en el cautiverio de siglos anteriores.

También te gustará: La bruja; Los que cambiaron y los que murieron; El fantasma y la señora Muir

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Las luminarias, de Eleanor Catton

Walter Moody, un joven caballero inglés en busca de fortuna en las concesiones de oro de Nueva Zelanda, llega a Hokitika durante el invierno de 1866 e interrumpe la reunión de doce hombres en el salón de fumadores del hotel Crown. Durante esa noche, Moody escucha la sorprendente historia de Crosbie Wells, un ermitaño que ha aparecido muerto en su cabaña rodeado por una fortuna en oro. Alrededor del misterio de la muerte de Wells se suceden la desaparición de Emery Staines, un joven afortunado, la aparición en circunstancias extrañas de Anna Wetherell, una prostituta adicta al opio, la preocupación de un político por un caso de chantaje, los intereses económicos de banqueros e intermediarios, la villanía de un capitán llamado Carver, traficante de opio, y la sospechosa viuda de Wells, que aparece de la nada para reclamar el oro del difunto. Cuando los acontecimientos se precipitan en una sucesión sorprendente, Moody tomará cartas en el asunto para atar todos los cabos de esa extrañísima historia y que se haga justicia, aunque para ello precise de la colaboración de los doce hombres del Crown.

«Los doce hombres congregados en la sala de fumadores del hotel Crown daban la impresión de ser un grupo reunido al azar. Por la variedad de portes y atuendos (…) podrían haber sido doce extraños en un vagón de tren, cada uno rumbo a un rincón distinto de una ciudad dotada de niebla y mareas suficientes para separarlos.«

Eleanor Catton es una escritora que vive en Nueva Zelanda desde la infancia y Las luminarias, meticulosamente ambientada en este país durante la fiebre del oro del siglo XIX, es su segunda novela, una obra traducida a varios idiomas y galardonada, entre otros premios, con el Man Booker Prize. A lo largo de sus 800 páginas, Las luminarias cuenta una historia de misterio, de aventureros en una tierra inhóspita sedientos de oro, de traficantes y asesinos, de ladrones y chantajistas, de venganza, de amor, de engaños y de fabulosas coincidencias astrológicas. La prosa de Catton, suntuosa y elaborada, se aligera sin perder su riqueza a medida que avanzan los capítulos, pero probablemente, junto a la trama, la ambientación histórica y los personajes, es uno de los puntos fuertes de esta novela.

Es complicado reseñar una novela de este calibre, por su extensión, por la complejidad de sus escenas y detalles de la trama, y la cantidad de personajes protagonistas que maneja la autora, a los que describe con minuciosidad y relaciona con cada uno de los astros del tarot y su correspondencia astral. Personalmente, me ha parecido una gran novela, me ha gustado mucho y me ha sorprendido por su originalidad y por la dificultad que entraña su escritura. Creo que necesita una lectura atenta a los detalles y reconozco que la primera parte invita a tirar la toalla por su extensión y la minuciosidad de sus descripciones, así como la obsesión por los detalles irrelevantes o los diálogos dispersos, a través de los cuales los personajes intentan proporcionar la menor cantidad posible de información. Pero una vez superada esa primera parte, la narración se agiliza y el suspense, que se mantiene hasta el final, se entrelaza con la satisfacción de ir encajando las primeras piezas del misterio.

No es una novela que me atreva a recomendar a todo el mundo porque es excéntrica y requiere de paciencia y una lectura muy atenta en su primera parte. Además, la brevedad de los últimos capítulos del libro resulta algo decepcionante: quedan algunos cabos sueltos, otros solo se solucionan apelando a la imaginación del lector, y se echa en falta el desarrollo de algunas escenas enfrentando a personajes protagonistas de gran carisma que se merecían más que una línea para solventar una tensión acumulada durante 700 páginas. Una tiene la sensación de que Eleanor Catton se quedaba sin papel para cerrar esta tremenda novela como se merecía, o que se había cansado de escribir, o que sus editores le habían llamado la atención por la enormidad de páginas. Llegados a este punto, a mí no me hubiese importado leer otro volumen adicional con tal de que todas las piezas y personajes cerrasen con la excelencia con la que la autora abre Las luminarias. Pese a todo, he disfrutado muchísimo con esta lectura, que me ha ocupado la mitad de mi verano, y que me ha permitido aventurar hipótesis y compartir teorías con MH de Las inquilinas de Netherfield, así como cotillear sobre los magníficos personajes.

Lector, una aventura neozelandesa con un toque sobrenatural en plena fiebre del oro.

También te gustará: El relojero de Filigree Street; Las siete muertes de Evelyn Hardcastle; El diablo y el mar oscuro

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Un verdor terrible, de Benjamín Labatut

En 1918, el alemán Fritz Haber fue declarado criminal de guerra por asesinar en masa a las tropas enemigas con su gas de cloro durante la Primera Guerra Mundial. Su esposa, que lo acusó de pervertir la ciencia por haber creado un método para exterminar humanos a escala industrial, se suicidó por la falta de remordimientos de su marido tras la masacre de Ypres. Fue en Suiza, donde huyó perseguido por la justicia tras la guerra, donde Haber recibió el Premio Nobel de Química por un descubrimiento que salvaría a la especie humana de las hambrunas masivas: había patentado un método para extraer nitrógeno del aire, el principal elemento que hace crecer las plantas. Su hallazgo solucionó la escasez de fertilizantes en el planeta y permitió la explosión demográfica humana de 1,6 a 7 millones de personas. Sin embargo, Haber llevó más allá su invento con el nitrógeno, desarrollando un potente pesticida que preservaba las cosechas, pero que también mejoró la pólvora y el armamento alemanes y derivó en el gas Zyklon, el mismo que los nazis utilizaron en la Segunda Guerra Mundial para gasear personas en los campos de concentración. Fritz Haber, de origen judío, murió en 1934 sin saber que se usaría para tales fines. Entre sus pertenencias, se encontró una carta dirigida a su difunta esposa en la que reconocía sentirse muy culpable; pero no por haber matado a millones de personas de una manera espantosa a lo largo de toda su vida, sino porque estaba convencido de que su método para extraer nitrógeno del aire multiplicaba el desarrollo vegetal monstruosamente, de manera que él calculaba que, en unos años, las plantas se harían con la supremacía del planeta y ahogarían cualquier otra vida en medio de un verdor terrible.

«Uno de los componentes del elixir de Dippel fue lo que acabó produciendo el azul que adornaría no solo el cielo de La noche estrellada de Van Gogh y las aguas de La gran ola de Kanagawa de Hokusai, sino también los uniformes de infantería del ejército prusiano, como si hubiera algo en la estructura química del color que invocara la violencia, una sombra la mácula esencial heredada de los experimentos del alquimista, quien despedazó animales vivos y ensambló sus partes en horribles quimeras que intentó reanimar con electricidad, monstruos que inspiraron a Mary Shelley a escribir su obra maestra, Frankenstein o el moderno Prometeo, en cuyas páginas advirtió sobre el avance ciego de la ciencia, la más peligrosa de todas las artes humanas.«

Benjamín Labatut nació en Rotterdam en 1980, pero vive en Chile desde los catorce años y  hasta la fecha toda su producción literaria y periodística ha sido publicada en español. Un verdor terrible es un libro de relatos de ficción novelada o de ensayo literario, difícil de clasificar. Labatut aborda en cada capítulo un episodio trascendental de los descubrimientos científicos más importantes de la primera mitad del siglo XX ligado a la biografía novelada de sus protagonistas. Mi preferido es el primero, Azul de Prusia, en el que Labatut relaciona magistralmente, en una cadena de causas, consecuencias y casi casualidades, los usos de cianuro, los criminales nazis, Rasputín y Frankenstein con una narración fascinante y poblada de monstruos.

Avisa Labatut que el resto de relatos contienen más ficción que Azul de Prusia —creo que por eso es mi favorito, porque el autor no da rienda suelta a su imaginación sino que consigue un ensayo científico-histórico con mucho carisma— y pide disculpas por la cantidad de locuras y psicosis que añade a la vida de algunos físicos. Los relatos sobre los avances en física y mecánica cuántica de Schrödinger, Haber o Heisenberg a menudo se vuelven delirantes en Un verdor terrible, permaneciendo en la oscuridad la comprensión de los mismos para quienes no sabemos de ciencia, y dejando tras de sí la sensación de que los grandes cerebros científicos del siglo XX estaban muy locos. Es un libro difícil de reseñar por su originalidad y su rareza literaria, pero sin duda lo recomiendo para los lectores más curiosos o para los que deseen disfrutar de un ensayo literariamente peculiar.

Lector, ¿qué tienen en común Mary Shelley y el Azul de Prusia?

También te gustará: Cuando los inviernos eran inviernos; El año del verano que nunca llegó; Un hombre con atributos

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Hamnet, de Maggie O’Farrell

A mediados del siglo XVI, en el pueblo inglés de Stratford, en Warwickshire al sur de Birmingham, un niño llamado Hamnet entra desesperado en el taller de guantes de su abuelo John en busca de un adulto; su hermana gemela, Judith, se ha puesto enferma y está sola en la casa familiar. Quince años antes, una hermosa muchacha de largo pelo oscuro y ojos verdes, se pasea por la linde del bosque con un halcón y hechiza para siempre el corazón inquieto del preceptor de latín de sus hermanastros. El joven preceptor será el padre de Hamnet, pero esa mañana gris y brumosa en la que ve por vez primera a Agnes Hathaway, solo sabe que se ahoga bajo la terrible sombra de un padre airado y maltratador y que la muchacha de ojos verdes está a punto de convertirse en pura esperanza.

«A eso no puede renunciar, no puede quedarse aquí, en esta casa, en esta villa, en los márgenes del negocio de los guantes, ni siquiera por su mujer. Se atascaría en Stratford para siempre, como un animal con una pata atrapada en un cepo de hierro, con su padre en la casa de al lado y su hijo frío y pudriéndose bajo tierra en el cementerio de la iglesia.«

Esta es la primera vez que leo a Maggie O’Farrell, una escritora irlandesa con varios títulos en su haber y el beneplácito de la crítica literaria y el público. Antes de abrir Hamnet sabía que era una novelización sobre la juventud de William Shakespeare, desde el momento en el que conoce a su esposa hasta que su —supuesto— hijo Hamnet muere. Los lectores que estamos familiarizados con la figura del Bardo sabemos que se conserva muy poca información sobre su vida y muchas especulaciones, así que una obra de ficción sobre su misterioso matrimonio nos resulta, como mínimo, curiosa. Y, en mi opinión, funciona exactamente como lo que promete la autora en la nota editorial, como una novela de ficción.

La prosa de Maggie O’Farrell es delicada y descriptiva y fluctúa con mayor o menor rapidez según el calculado efecto de la autora (O’Farrell es una maestra del ritmo). El resultado es una novela de lenguaje exquisito y pasajes bellísimos, casi oníricos, que tan pronto golpea y conmociona al lector por su tristeza como lo acuna en una narración pausada y llena de paz. Además del estilo y de la riqueza narrativa de Hamnet, me ha interesado especialmente la original historia que inventa para Shakespeare y su familia durante quince años de su vida y el carisma de sus personajes. Por encima de la trama, Hamnet es una novela de personajes bien matizados, complejos, auténticos y creíbles más allá de su siglo: John, sombrío, tirano, maltratador, Bartolomew, protector, sensato, Susanna, Mary, Judith… Entre todos los que desfilan por sus páginas, destaca por derecho propio la extraordinaria Agnes, ese espíritu de los bosques con poderes de bruja que poco a poco se hace casi con el protagonismo absoluto de la novela.

«Agnes entra en la iglesia sabiendo que lleva tres cosas. La alianza en el dedo, el racimo de bayas de serbal en una mano y la mano de su marido en la otra.«

Maggie O’Farrell inventa para Shakespeare una historia de tristeza, pero también de liberación, con un final bello y terrible que deja boquiabierto al lector. En Hamnet, la autora especula sobre por qué el Bardo se machó solo a Londres dejando tras de sí, y para siempre, a toda su familia; pero sobre todo da protagonismo a la esposa olvidada, a Agnes/Anne Hathaway, a quien, de nuevo misteriosamente, como todo en la vida del mayor autor literario inglés, su marido le dejase en el testamento su segunda mejor cama.

Lector, qué bonito escribe Maggie O’Farrell.

También te gustará: Shakespeare; El sabor de las penas

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