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En el corazón del bosque, de Jean Hegland

Nell y Eva viven en la última casa de la carretera, a quince kilómetros de cualquier vecino, a una hora de Redwood y a tres de San Francisco. Sus padres han preferido educarlas en casa, pero a medida que se aproximan a la edad adulta, Nell se prepara para entrar en Harvard y Eva para la compañía de ballet de la gran ciudad. Y entonces, su mundo empieza a desmoronarse despacio pero inexorablemente. No hay electricidad, el petróleo se agota, los comercios de Redwood cierran, los programas de radio enmudecen tras semanas de inquietantes noticias sobre guerras, desastres nucleares y naturales y desplomes financieros, ningún avión sobrevuela sus cabezas, sus distantes vecinos desaparecen. De repente, la civilización no es más que un recuerdo y se han quedado solas en medio de un bosque que siempre les ha parecido hostil. Por primera vez, sobrevivir depende solamente de ellas dos.

«Pero quizás sí había ocurrido algo. Porque cuando el bosque empezó a emerger de la borrosa oscuridad, apenas nos sentimos aliviadas al verlo. Ya no era el lugar agradable de nuestra infancia, ni siquiera el lugar neutral que había sido el día anterior. El bosque que se revelaba a medida que la noche retrocedía era un lugar duro, indiferente, donde un hombre podía verter su sangre en el suelo, y los árboles, las rocas y la ensangrentada tierra permanecerían impasibles. Solo los buitres, los jabalíes y los gusanos se interesarían por lo que había sucedido.«

Jean Hegland (1956) es una profesora norteamericana de literatura que saltó a la fama con En el corazón del bosque, su primera novela, que fue adaptada a la gran pantalla en 2015. No he visto la película ni conocía a la autora hasta que me topé con esta edición de errata naturae y confieso que me la compré más por la editorial (cuyo catálogo es muy de mi agrado) que no por la sinopsis, sobre todo porque no me apetecía leer sobre pandemias. No os preocupéis que no van por ahí los tiros.

Nell, la hermana mayor que se está preparando para estudiar medicina en Harvard, es la voz narradora de En el corazón del bosque. La historia comienza cuando Eva le regala un cuaderno y ella decide poner por escrito todo lo que está pasando. Es una narración circunscrita a su pequeño claro en el bosque, puesto que ya no tienen posibilidad alguna de comunicarse con el exterior, y se va haciendo cada vez más íntima y extraña a medida que Nell siente la llamada de lo salvaje. La voz de la protagonista es reflexiva, serena y desapasionada, el contrapunto perfecto a la debacle que están sufriendo sus vidas, que es lo que le otorga originalidad a la novela.

Pese a sus casi 400 páginas, es un libro que se lee con rapidez, sobre todo la primera mitad, en la que la autora nos atrapa con la relación familiar de las dos hermanas y su excéntrico universo. Me ha gustado más esa primera mitad, en la que los anhelos de las chicas y su rito de iniciación a la madurez se suceden con el fondo de un fin del mundo que la autora siempre mantiene —en mi opinión, muy acertadamente— como un terrible telón de fondo. Hacia el último cuarto de libro, la novela se ralentiza y una no puede dejar de preguntarse cómo es posible que dos hermanas tan inteligentes no se diesen cuenta antes de que el bosque les ofrecía, a las puertas de su casa, todo lo que necesitaban para sobrevivir. He echado en falta mayor protagonismo del propio bosque —por algo aparece en el título—, al que a su vez le falta algo de fuerza para desempeñar el papel de los bosques siniestros de los hermanos Grimm o a los bosques protectores de la leyenda de Robin Hood.

Lector, una lectura original y de estupenda prosa que te gustará seguro.

También te gustará: Estación once; El año del diluvio; El pasaje; Un año en los bosques; Indian Creek

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En el corazón del bosque

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La mujer de púrpura, de Jeanette Winterson

En 1603, tras la muerte sin descendencia de la última reina Tudor, Isabel I, fue Jacobo Estuardo quien heredó el trono de Inglaterra. Hijo de María I de Escocia, había sido nombrado rey de Escocia durante su primer año de vida, por lo que pasó a la Historia como Jacobo VI de Escocia y I de Inglaterra y de Irlanda. Solo dos obsesiones tenía el nuevo rey inglés: perseguir la brujería y erradicar el catolicismo de sus tierras. Y a ambas se entregó con pasión, llegando algunas veces a parecerle lo mismo una misa negra que la santa misa. Sin embargo, no le fue demasiado bien en sus primeros años de reinado, pues en 1605 tuvo que lidiar con la Conspiración de la pólvora —un grupo de activistas católicos liderados por Guy Fawkes atentaron contra el Parlamento con el objetivo de asesinar a Jacobo y a la aristocracia protestante— y en 1612, los procesos contra las brujas de Lacanshire —probablemente un montaje para descubrir y procesar a los católicos que se ocultaban en la región, algunos prófugos de la Conspiración de la pólvora.

«Es imposible caminar por aquí y sentirse solo. Quienes han nacido en este lugar están marcados por Pendle. Comparten una marca común. Todavía pervive la tradición, o la superstición, de que las niñas nacidas en Pendle Forest son bautizadas dos veces: una en la iglesia y la otra en una poza negra al pie de la colina. La colina las conocerá entonces. Serán su trofeo y su sacrificio. Ellas deben aceptar el derecho derivado de su nacimiento, sea cual sea su significado.«

En La mujer de púrpura, Jeanette Winterson novela el proceso por brujería más famoso de Inglaterra: los juicios de las brujas de Lancashire. Entre abril y agosto de 1612 fueron quemadas en la hoguera ocho mujeres acusadas de practicar la brujería, entre ellas, Alice Nutter, una hermosa y rica viuda, comerciante de paños, alquimista y discípula del doctor John Dee. Avisa Winterson en el prólogo que, pese a basarse en hechos reales, su novela no deja de ser una aproximación ficticia con elementos sobrenaturales. Aunque lo cierto es que ha reflejado magníficamente el clima político y religioso de la época y ha sabido sacar partido al mayor misterio de los documentos originales: ¿por qué una mujer educada y rica como Alice Nutter fue juzgada y quemada junto a la chusma de Lancashire?

Con la inteligencia que la caracteriza, Jeanette Winterson entrelaza muy bien la recreación de personajes y hechos reales con una trama sobrenatural apasionada y muy bien ambientada en la Inglaterra de principios del siglo XVII. Destaca el perfil brutal de los cazadores de brujas y la bestialidad en la que vivían los más miserables de la sociedad, que contrasta terriblemente con una Inglaterra isabelina, época dorada de la literatura y el teatro. La autora pone de relieve ese equilibrio continuo entre ciencia y superstición, entre magia y religión, pero sobre todo consigue hechizar al lector en una narración oscura y a menudo escalofriante. La mujer de púrpura es una novela gótica y de misterio sobrenatural, con una prosa precisa y brillante, y una atmósfera envolvente como la niebla del crepúsculo en el bosque de Pendle. Sus personajes, escenas y hechos documentados te dejan helado, y no puedes dejar de pensar que probablemente la realidad fue mucho peor que la ficción.

Lector, atención al divertido cameo de William Shakespeare.

También te gustará: Días de Navidad

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Un retrato de época, de Gwen Raverat

Gwen es la hija mayor de George Darwin, tercer hijo del naturalista Charles Darwin, y de Maud Du Puy, una decidida dama americana que viajó a Cambridge de vacaciones y terminó quedándose para formar una familia en esa «utopía feliz» que siempre le pareció la ciudad inglesa. Junto a sus hermanos y primos, Gwen crece feliz esquivando las ideas revolucionarias sobre salud y educación infantiles de su madre, y bajo la mirada benevolente de su padre y sus tíos y tías Darwin. La autora abre el primer capítulo comentando las cartas de su madre cuando llega a Cambridge en 1883: su visión de los ingleses, sus primeros pretendientes de una ciudad que en la época giraba en torno al mundo académico de su Universidad, cómo conoce a George Darwin y lo prefiere a un profesor de excelente barba pero paticorto… Con mucho humor y encanto, Gwen rememora su infancia y su excéntrico entorno familiar en la Inglaterra de la última década del victorianismo tardío y el período eduardiano.

«Cada vez que releo Emma me doy cuenta de que tenemos que ser parientes de los Knightley de Donwell Abbey. Tanto el encantador Mr. John Knightley, como Mr. Knightley me parecen familiares, como primos. Nadie que no tuviera sangre Darwin o Wedgewood podría enfadarse tanto como John Knightley por el mero hecho de tener que cenar en casa de los Weston (…). Está claro que tenemos algo de los Woodhouse de Hartfield en la sangre, sobre todo de Mr. Woodhouse. Cuando un Darwin me decía de niña «¿Estás mal de la garganta, chiquita?», lo hacía como con regocijo, y me avergonzaba. Era el mismo tono de voz con el que Mr. Woodhouse se refería a la «pobre Miss Taylor». Pero tuvo un efecto positivo: nos curó de disfrutar de estar enfermos. Siempre que pude me negué a tener mal la garganta.«

Gwen Raverat (1885-1957) fue dibujante y escritora. Perteneció, junto a su esposo el pintor Jacques Raverat, al círculo de neo-paganos liderado por Rupert Brooke y, más tarde, a la generación de intelectuales de Bloomsbury Group entre cuyos miembros se encontraban también Virginia Woolf o John Maynard Keynes. Publicó por primera vez Un retrato de época en 1952, que enseguida se convirtió en un aclamado bestseller y, desde entonces, no ha dejado de reimprimirse en Gran Bretaña. Descubrí esta maravilla literaria en casa de Las inquilinas de Netherfield, la compré de segunda mano por ocho euros —la edición es de Siglo XXI, pero está descatalogada— y me lo he pasado en grande leyendo estas memorias de infancia de la nieta de Charles Darwin.

Las grandes bazas de este simpático libro son el genial sentido del humor de la autora, sus ilustraciones y sus protagonistas, la familia Darwin. Mis capítulos favoritos son el primero, con las increíbles cartas de la madre de Gwen y los comentarios de la autora sobre sus progenitores, y todos los dedicados a la tía Etty (la mejor lectora en voz alta de la familia, capaz de irse reinventando la historia a medida que la leía si no le gustaba la original o la encontraba poco apropiada para los niños) y al resto de tíos Darwin, pero también las disquisiciones sobre el decoro de la época, la moda, los juegos infantiles, las damas… , en fin, todos. Un retrato de época son las memorias felices de la infancia de Gwen Raverat, pero también una reflexión muy divertida sobre lo significaba ser una Darwin a principios del siglo XX.

Escrita tras la devastación europea de la Segunda Guerra Mundial, Gwen Raverat se refugia en una época más inocente y feliz, en la que ninguno de sus familiares y amigos había muerto en el frente y lo más peligroso que podía pasarles era caerse al río en el transcurso de un picnic junto al Cam o llevar botas y polainas de lana para salir a jugar al jardín en pleno julio. En este sentido, el tono nostálgico y de pasado feliz de las memorias juveniles recuerda al de Flora Thompson en La trilogía de Candleford, aunque en el caso de Raverat con familia científica famosa incluida y un acérrimo ateísmo heredado fundado en la incomprensión de la superchería cristiana.

Quizás porque el método de educación de los Darwin consistía en tratar a los niños como seres humanos, porque hacían cola en las librerías para comprar lo último de Tennyson, porque correteaban felices por la casa del abuelo en Down y dejaban flores en la mesa de hierro verde donde se escribió El origen de las especies, por la tía Cara que cuando regresó a Estados Unidos mandó destruir a su caballo, a su perro, a su gato y a su jardinero (lo indultó en última instancia por el aprecio que le tenía), por la temible tía Etty, por el tío Lenny, demasiado honrado para hacer carrera en política, por la liga anti-Darwins, por… por todo eso, y mucho más, os recomiendo estas ingeniosas, divertidas y entrañables memorias de infancia ambientadas en el Cambridge de finales del siglo XIX y principios del XX.

También te gustará: La trilogía de Candleford; Volando solo; La evolución de Calpurnia Tate

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Un retrato de época

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El libro del día del juicio final, de Connie Willis

En el año 2054 la Universidad de Oxford tiene en funcionamiento una red para viajar en el tiempo y enviar a sus historiadores a documentarse. Las leyes de la red son concisas y seguras y jamás se abre si hay peligro de paradoja temporal ni permite pasar algo del presente que cambie el pasado. Hasta el momento, viajar a la Edad Media había estado vetado por su alta peligrosidad (Peste Negra, Guerra de los Cien Años, cólera, etc.), pero Brasenose por fin ha conseguido permiso del rector y está a punto de enviar a una joven medievalista al Oxford de 1320. El señor Dunwhorty, responsable de los viajes de Edad Contemporánea del Balliol, intenta convencer a Kivrin, una joven alumna de medieval que ha tomado bajo su tutela, para que no viaje a 1320. Pero todo es en vano, Kivrin por fin traspasa el velo de la red hacia 1320 y todo empieza a ir mal. En el Oxford del siglo XXI se desata una extraña pandemia y Kivrin pese a haber sido vacunada contra cualquier enfermedad de 1320, también se pone enferma en la Edad Media. Si los gérmenes no pueden viajar a través la red temporal, ¿qué es esa enfermedad que asola Oxford? ¿por qué Kivrin también se ha contagiado?

«—Es una historia plausible porque la Edad Media estaba llena de ladrones y asesinos.
—Lo sé —admitió ella, impaciente—, y transmisores de enfermedades, y caballeros bandidos, y otra gentuza peligrosa. ¿Es que no había personas agradables en la Edad Media?
—Todos estaban muy ocupados quemando a las brujas en la hoguera.«

Connie Willis (Denver, Colorado, 1945) es una escritora norteamericana de ciencia ficción con un montón de premios literarios en su haber, mucho encanto narrativo y un fino sentido del humor que me chifla (llegué a pensar que era británica). El libro del día del juicio final es la primera novela (Brigada de incendios, premio Nébula y Hugo de 1982, es un relato) de la saga Historiadores de Oxford y ganadora de los premios Nébula, Hugo y Locus en 1992. Yo solo conocía Por no mencionar al perro, la segunda novela de este ciclo, y como se trata de libros autoconclusivos que no precisan de introducción, tan feliz me hallaba, sin hacer caso de las explicaciones del Librero del Mal (mea culpa). Os adelanto que El libro del día del juicio final me ha gustado muchísimo, pero mi preferida sigue siendo Por no mencionar al perro, seguramente porque en el primero viajan a la Edad Media y, en el segundo, a la época victoriana y al más puro estilo de Jerome K. Jerome.

La prosa de Willis es amena, concisa y elegante, casi tan británica como su genial sentido del humor. Sus personajes son carismáticos y se caracterizan por sus líneas de diálogo más que por la descripción narrativa (muy a lo Terry Pratchett, como diría mi amiga Laura), y los lazos emocionales que se establecen entre ellos empujan una trama en la que el componente emocional es tan importante como el suspense o la acción. Connie Willis consigue un equilibrio estupendo y muy atractivo entre literatura de viajes en el tiempo, sentido del humor y steampunk, aunque es cierto que en El libro del día del juicio final la trama se ralentiza en ocasiones a favor de la recreación histórica o de escenas que llevan al límite la tensión emocional de los personajes. Si bien es cierto que el ritmo es equilibrado y sostenido, resulta un poco lento comparado con otras novelas de la autora. Personalmente, a mí me ha encantado porque ya sabéis que no me importa que se potencie el conjunto en aras de la rapidez, pero quizás no sea este un libro para lectores impacientes; pese a su intenso final.

No estoy segura de si Nova ha decidido la reedición de esta novela porque su trama contempla una pandemia de características muy similares a la que estamos viviendo estos meses, y espero muy fuerte que también reedite Por no mencionar al perro (a ser posible, con una portada menos espantosa). Sea cual sea la razón, no me importa: creo que leer a Connie Willis en castellano es un lujazo que me ha alegrado las vacaciones. Escrita en 1992 y ambientada en 2054, las medidas que describe para contener el virus son mascarillas y confinamiento, a la espera de una vacuna viable, ¿os suena? De todas formas, lo más curioso del futuro Oxford de Willis es que posee la tecnología suficiente como para viajar en el tiempo y potenciar el sistema inmunitario con leucocitos-T, pero no disponen de telefonía móvil; un detalle steampunk clave para crear toda esa tensión y suspense al pobre señor Dunworthy, incapaz de localizar al rector o librarse de las campaneras americanas y la apocalíptica señora Gaddson.

Lector, una de mis mejores lecturas de este año.

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Las brujas, de Roald Dahl

Es muy difícil distinguir a las brujas de las personas normales y corrientes porque saben camuflarse muy bien, pero hay algunos detalles que las hacen sospechosas: siempre llevan guantes para disimular sus garras, son calvas y por ello usan peluca, no tienen dedos en los pies y en el fondo de sus ojos puedes ver un pequeño fuego o un bloque de hielo. La abuela, que es noruega, sabe bien todas estas cosas porque es una estudiosa brujeril jubilada y, ahora que cuida de mí, me está convirtiendo en un experto. Si hay algo que odian las brujas es a los niños por eso suelen acabar con uno todas las semanas. Pero lo que menos podríamos imaginar la abuela y yo es que acabaríamos tropezando con toda una asociación de brujas de Inglaterra en nuestro hotel de vacaciones. Si eres un niño, te conviene estar atento a mi experiencia.

Las brujas es un cuento largo de Roald Dahl sobre un niño y su abuela en plena lucha contra las malvadas hechiceras del título. Divertido, ingenioso y escrito desde la perspectiva de un niño de ocho años, Dahl regala al lector de todas las edades una aventura única que se disfruta desde principio a fin y que siempre sabe a poco. La prosa del autor, colorida, sumamente expresiva, enérgica y tan versátil para describir con realismo situaciones mágicas, siempre seduce por su sincera simplicidad y su desbordante imaginación. El eje central de la historia, sin embargo, no es el miedo o el odio de las brujas, sino el hermoso e indestructible vínculo de amor de una abuela y su nieto, capaz incluso de pasar por el cambio de especie. Destaca la facilidad de Dahl para recrear atmóferas y relaciones cálidas y extraordinarias. En definitiva, una historia estupenda narrada con el sello personalísimo de Dahl y totalmente en la línea de su mejor ingenio y encanto británico.

He acompañado esta relectura del clásico con su adaptación en novela gráfica de Penelope Bagieu, publicada también por Anagrama en mayo de 2020. Maravillosa.

Por si acaso, lector, no fueras a necesitarla, te dejo aquí la receta de la Fórmula número 86: Ratonizador de Acción Retardada:

Un telescopio del revés cocido hasta que esté tierno (porque la mejor manera de hacer pequeño a un niño es verlo a través de un telescopio al revés).
El rabo de 45 ratones pardos fritos en aceite para el pelo hasta que estén crujientes
Los 45 ratones cocidos en jugo de rana
Un despertador asado en el horno hasta que esté crujiente (para conseguir el efecto retardado)
La yema de un huevo de pájaro gruñón
La garra de un cascacangrejos
El pico de un chismorrero
La trompa de un espurreador
La lengua de un saltagatos
Pasar todo por la batidora

Lector, no importa lo muy adulto que te consideres, abrir este libro es sumergirte en una aventura tan extraordinaria que te hará olvidar los años.

También te gustará: La última oportunidad; Benny y Omar; Airman; James y el melocotón gigante

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