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La familia Aubrey, de Rebecca West

La familia Aubrey apura sus vacaciones en Escocia a la espera de trasladarse de vuelta a Londres. El señor Morpurgo le ha conseguido a papá un empleo en el diario de Lovegrove, al sur de la ciudad, y mamá no puede estar más agradecida. Piers Aubrey es un extraordinario escritor y columnista, un pensador formidable, un filósofo querido, pero también un egoísta despilfarrador, ludópata y especulador, que arrastra a su familia de deuda en deuda y que no duda en vender cualquier objeto de valor que le quede a su esposa para seguir arruinándolos a conciencia. Mamá fue una famosa concertista de piano que dejó las giras internacionales para dedicarse a sus hijos: Cordelia, Mary, Rose y Richard Quin. Todos tienen talento musical excepto Cordelia que, para desgracia de todos, se ha empeñado en ser violinista profesional y salvarlos de la ruina. Narrada desde el punto de vista de Rose, la infancia de estos niños en el Londres de principios del siglo XX es cualquier cosa excepto convencional.

«—El mundo es un lugar ridículo —dijo mamá—. Demostramos un gran valor enseñando Historia en las escuelas, es descorazonadora.»

Cuando Laura Balagué habló de La familia Aubrey en Niu de mones me di cuenta de que Rebecca West era el seudónimo de Cecily Isabel Fairfield, una de las mujeres de H. G. Wells a la que había admirado entre las páginas de la biografía novelada Un hombre con atributos, de David Lodge. Trotalibros ya nos había comentado en 2018 lo mucho que le había gustado El regreso del soldado de Rebecca West, pero como por entonces todavía no había leído el libro de Lodge no até cabos. Resumiendo, que Rebecca West es el seudónimo de Cecily Fairfield (Londres, 1892-1983), que fue una periodista y escritora, crítica y feminista, que tuvo un hijo con H. G. Wells y que, quizás porque jamás se casó con él, mantuvo su amistad hasta la muerte de Wells, en 1986. West era decidida, independiente y con un carácter tan extraordinario que no flaqueó a la hora de seguir su propio camino -literario y vital- pese a las brutales críticas de la sociedad de su tiempo.

La familia Aubrey es una narración casi autobiográfica en la que Rebecca West le presta voz a la niña Rose para deleitar al lector con un universo único del que es imposible no enamorarse. West/Rose tiene esa visión infantil, a la vez impostada por la conciencia de la escritora, del choque de mundos entre los adultos y los niños, pero también la contraposición de una sociedad londinense en la que élite intelectual no se corresponde con élite económica. El contraste entre gente estúpida e ignorante con dinero y la inteligente y cultivada, pero en la ruina, familia Aubrey da pie a situaciones cómicas, extrañas y también desesperantes, como la angustiosa ambición de Cordelia o la rabia de Rose cada vez que le faltan al respeto. Pero es la prosa de Rebecca West, inteligente y precisa, la que obra la magia en esta novela excéntrica, ingeniosa y delicada.

La familia Aubrey es el primer volumen de la trilogía que Rebecca West publicó en los años cincuenta del siglo pasado, por lo que comprende solamente la infancia de su alter ego, Rose. La historia transcurre alrededor de la admiración por un padre que no se la merece y el regalo maravilloso que les ofrece Claire, su madre: la música, un lugar donde sentirse a salvo aunque todo lo demás sea miseria y dureza. Quizás por este motivo, a lo largo de toda la novela, el lector no logra comprender la adoración intensa de esposa e hijos por la figura de un padre que, en el mejor de los casos, se puede tildar de canalla egoísta, siendo este el único punto que chirría en una historia excepcional. Sin embargo, la naturaleza humana es así de contradictoria y como esta historia es más real que ficticia… eso resolvería cualquier complejidad narrativa.

Lector, te va a encantar conocer a Rose.

También te gustará: Un hombre con atributos; Fruitlands; Inglaterra, su Inglaterra

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Hoy todo será distinto, de Maria Semple

Hace tiempo que Eleanor no es la mejor versión de sí misma. Lejos queda aquella mujer original, talentosa y valiente que triunfó en Nueva York con la serie de animación más vista de la tele. Ahora vive en Seatle, con su marido y su hijo, y se arrastra un día tras otro entre personas tan grises como ella. Siente que le ha fallado a su familia, pero sobre todo sabe que se ha fallado a sí misma. Cada día se promete que será distinto, que volverá a dibujar, a reírse, a jugar con su hijo y a charlar con su marido, pero cada día fracasa. Hasta que una mañana, en la que una cita incómoda le recuerda la hermana que creía haber perdido, todo se vuelve más raro que de costumbre y acaba atravesando media ciudad con un poeta deprimido, un niño escandalizado, unas llaves robadas y la necesidad de comprender qué ha pasado.

«Si me obligasen a ser sincera, esto es lo que podría contar sobre cómo dejé el mundo cada uno de los siete días de la semana pasada: peor, peor, mejor, igual, peor, igual. No son notas como para henchirse de orgullo. Aunque, eso sí, tampoco tengo que hacer del mundo un lugar mejor. Hoy viviré según el juramento hipocrático. Ante todo, no hacer mal.«

No sé qué tienen las protagonistas de Maria Semple que me tocan de muy cerca, me resulta fácil empatizar con ellas y a menudo me reconozco en muchas de sus neuras. Es cierto que me sentí mucho más afín a Bernadette —sobre todo por ese salir corriendo con gafas de sol para esquivar la charla de las madres del colegio—, pero Eleanor me sigue pareciendo igual de humana. No es sencillo construir personajes de ficción tan reales, tan bien matizados, tan frágiles y fuertes, inmersos en una caída suave pero constante.

Me gustan las novelas de Maria Semple, me gusta su prosa contundente y de imágenes tan claras y precisas, me gusta la sátira social que hay detrás de cada personaje secundario y ese sentido del humor de sus protagonistas femeninas, capaces de reírse de ellas mismas incluso al borde del precipicio. Se le nota su oficio de guionista de series tragicómicas, sus tablas literarias, su imaginación desbordante y, en Hoy todo será distinto, una crítica muy directa a la educación católica: la culpa enfermiza, exagerada y castigadora. No cuento más del personaje de Eleonor, que sustenta toda una trama de la que es mejor no desvelar demasiado, pero aviso de que la idea y el dossier de las chicas Flood merece novela aparte.

Lector, una de mis autoras contemporáneas preferidas.

También te gustará: Dónde estás Bernadette; Eleanor Oliphant está perfectamente; Cómo comportarse en la multitud; Las mil y una historias de A. J. Fikry; El devorador de libros

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Tres hombres en una barca, de Jerome K. Jerome

Harris, George, Jerome y su fox terrier Montmorency, aquejados de múltiples dolencias imaginarias, deciden tomarse unos días de vacaciones para recorrer el Tamésis en barca como hacen los genuinos aventureros. El problema es que de aventureros tienen poco y de torpes, mucho. Mal pertrechados, pésimos timoneles y peores remadores, son un estorbo para las demás embarcaciones, se caen al agua de vez en cuando, no son capaces de lavar su ropa ni de dormir o comer en condiciones. Y, sin embargo, te ries tanto leyendo sus desventuras y anécdotas que, con el perdón del resto de navegantes, no deseas que su crucero por el río termine nunca.

«Halliford y Shepperton son dos bonitos lugares, especialmente desde el río, si bien no tienen nada de notable. En el cementerio de Shepperton existe una tumba en la cual aparece cierto poema, y como observé que Harris daba miradas de envidia al embarcadero —lo que me hizo comprender sus evidentes deseos de ir a tierra— me las arreglé para tirar su gorra al agua y con el trabajo de recogerla y su indignación por mi torpeza, olvidó la existencia de sus bien amadas tumbas.«

Me encanta el humor de Jerome K. Jerome, es tan inglés, tan flemático, con esa fina ironía y el aire imperturbable de sus personajes… Creo que siempre es una buena idea leer sus relatos cortos y novelas humorísticas, pero en estos días tan difíciles resulta casi imprescindible para desconectar. Dice Jerome al principio de Tres hombres en una barca que esta historia es totalmente verídica, y es tal compendio de anécdotas cómicas que el lector se halla tentado de creerle porque ya sabéis que la realidad siempre supera a la ficción y que este autor tiene el don de encontrarle el punto divertido a casi cualquier situación cotidiana.

La historia de la perca gigante expuesta en un pub de la campiña, la búsqueda de alojamiento nocturno en lugares con madreselvas y sin tipos mal peinados, George en el laberinto o la desmemoria crónica para las canciones cómicas de Harris y su querencia por visitar tumbas son algunas de las mejores anécdotas de Tres hombres en una barca. Jerome narra, con excelente prosa e inteligente humor, las experiencias de estos tres Mr. Bean y un perro capaz de contribuir con una rata de agua a un estofado irlandés y conseguir que siempre quede la duda de si está siendo sarcástico. Por cierto, la coletilla del título original —Por no mencionar al perro— es el origen del título de mi novela preferida de todos los tiempos de la siempre genial Connie Willis, que sabe continuar con tanta gracia el estilo de Jerome y la impasibilidad de sus personajes ante el absurdo más monumental.

Lector, si necesitas sonreir te hacemos sitio en el bote.

También te gustará: Ellos y yo; Humor fantasmal; Por no mencionar al perro; La hija de Robert Poste; Enterrado en vida

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Lucía en Londres, de E. F. Benson

Lucía está desolada por la muerte de la tía de su marido y sus vecinos de Riselhome desconfían de tanto duelo… hasta que comprenden que la herencia debe haber sido importante. No andan muy desencaminados, porque la reina del pueblecito isabelino más cotilla de Gran Bretaña acaba de convertirse en la flamante propietaria de una casa en Londres. A Lucía le falta tiempo para cortarse el pelo a lo garçon, acortarse la falda, robarle a George su libro de instrucciones sobre bridge subastado y lanzarse a la conquista de la capital, donde se convertirá en la arribista más descarada (y plasta) de la temporada a fuerza de perseguir a toda duquesa viviente y a cualquier famosete en boga. Pero si piensa que Riselhome va a perdonarle el abandono y el desaire posterior, anda muy equivocaba; la señora Quantok y Georgie con la novedad de una tabla guija, a falta de excusa mejor, montan un museo con su correspondiente comité para demostrarle a su ex-amiga que la vida sigue sin su tiranía.

«—Pero si es absurda —dijo Marcia reculando ligeramente.
—No, no tienes que verlo así. Jamás te rías de ella. Lo mejor es disfrutarla con ganas.
—¡Es una esnob! —exclamó Marcia como si eso fuera un descubrimiento tremendo.
—Igual que yo, y que tú, y que todo el mundo. Aquí todos corremos detrás de gente distinguida como… Alf y Marcelle. La diferencia entre Lucía y tú está a favor de ella, porque tú finges no ser una esnob, mientras que ella va con la verdad por delante. Además, ¿para qué servís las duquesas sino para darles placer a los esnobs? Ese es tu trabajo en el mundo, tesoro; para eso te enviaron. No rehúyas tu responsabilidad o cuando seas vieja sufrirás las agonías del remordimiento.«

Una de las cosas que más me gusta de E. F. Benson es que en la época de entreguerras, justo cuando Virginia Woolf, D. H. Lawrence o James Joyce ya eran considerados como el máximo exponente literario de su generación, se atreviese a publicar una saga de novelas ambientadas en Riselhome en las que no ocurría nada más allá del cotilleo y las maldades de sus protagonistas. Lo más genial es que sus libros tuvieron muy buena acogida por los lectores británicos de los años veinte y treinta del siglo pasado, y que el querido George, la tremenda Lucía y la insoportable señorita Mapp se hicieron un hueco en las estanterías más simpáticas de sus lectores.

Lucía en Londres no es ninguna excepción de esta saga: volvemos a tener a todos los habitantes de Riselhome urdiendo conjuras, cotilleando y cuidando de sus respectivos jardines. La novedad es que Lucía, esnob insoportable y trepa profesional, decide tomar por asalto la buena sociedad londinense ante la estupefacta mirada de duquesas, artistas e intelectuales autóctonos. La gracia es que gran parte de esa buena sociedad, tan esnob como ella, escoge tomarse con mucho humor las tácticas arribistas de Lucía en lugar de criticar su plasta intromisión. Tan divertida como los libros anteriores, destaca de nuevo la fina ironía de E. F. Benson (dice Impedimenta que similar a la de Jane Austen) y su estupendo sentido del humor, aunque esta vez la galería de personajes pintorescos se amplia de manera genial. Pero si esperáis encontrar una pizca de verosimilitud con el Londres de la época, abandonad toda esperanza: Lucía en Londres es una divertidísima comedia con el nostálgico toque eduardiano que siempre caracteriza la prosa y los diálogos de E. F. Benson, pero la ambientación es mero decorado.

Lector, hará las delicias de los lucialófilos convencidos.

También te gustará: Reina Lucía; La señorita Mapp; Mapp y Lucía

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Tratando de tiburones con Karlos Simón, de Alfonso Mateo-Sagasta

Hijo de una bailarina y de un tenor, Karlos Simón vivió una infancia feliz y una juventud marcada por cierta desorientación profesional, un grave accidente y la pérdida de su mejor amigo. No fue hasta que probó su primera inmersión que se enamoró del buceo y las profundidades submarinas; de ahí a caer bajo el hechizo de los tiburones fue cuestión de recordar aquel consejo de su padre cuando le regaló su primera escopeta de aire comprimido: «No hagas daño a los animales«. Amenazados por el hombre, con más del 80% de especies en peligro de extinción, masacrados por sus aletas e injustamente acusados de asesinos, los tiburones siguen siendo los grandes desconocidos de la biología marina; en este bellísimo libro con fotografías en color, Karlos Simón nos cuenta su experiencia nadando con ellos.

«Mi idea de escribir este libro ha sido proteger a los tiburones de la extinción lavando su imagen de bestias devoradoras de hombres, para presentarlos como los animales fascinantes que son. Cuanto más sabemos, más conscientes somos de lo que ignoramos, y ojalá estas páginas sirvan de estímulo para que nuevos investigadores se unan al esfuerzo de hacer su mundo cada vez más comprensible. Aún tenemos tanto que aprender…«

Karlos Simón, instructor de buceo, cámara submarino y experto en tiburones, ha dado numerosas conferencias alrededor del mundo, dirigido el premiado documental Cozumel, un paraíso en el Caribe maya y ha protagonizado la serie de televisión Hundidos sobre los pecios sumergidos cerca de las costas españolas. En esta estupenda edición de Reino de Cordelia nos cuenta —a través de la ágil y vívida prosa de Alfonso Mateo-Sagasta— su experiencia nadando, estudiando e interactuando con tiburones. Simón reflexiona sobre la verdadera razón de la masacre continua a la que son sometidos estos animales —la sopa de aleta de tiburón (atención porque España es uno de los mayores países cazadores y exportadores de aleta de tiburón)— y lo mucho que la ciencia todavía desconoce de algunas especies. Pero la verdadera belleza de este libro reside en las hermosas fotografías a color bajo el mar y las asombrosas anécdotas de Karlos Simón, bien hiladas y enmarcadas con el viaje literario de Mateo-Sagasta: Jules Verne, Jack London, Pinocho, Jonás, Escila y Caribdis, Plinio el Viejo, Alfred Tennyson, Mark Twain…

Este es un libro sobre tiburones, sí, pero también sobre vocación, respeto y voluntad de comunicación entre especies. Hace unos meses hablaba en la newsletter de que es imposible amar algo que no se conoce pues tendemos a desconfiar de todo aquello que nos resulta alieno (quizás por eso damos más importancia a los mamíferos en peligro de extinción, porque se parecen más a nosotros o nos resultan más familiares). De nuevo en esta lectura me encuentro con la misma idea: es difícil amar a un animal con tan mala fama como los tiburones o los lobos si no se les conoce. Karlos Simón nos acerca un poco más a diversas especies de tiburones con la voluntad de procurar algo tan útil como el respeto por su vida y la conservación de sus especies, muchas al borde de la extinción y todas amenazadas.

Pero no espere el lector un tocho farragoso con muchos términos científicos porque esta es una lectura salvaje, apasionante y amena, casi cotidiana para su protagonista. Una lectura emocionante en la que también te encontrarás, entre otras muchas anécdotas literarias sobre escualos y ballenas, a James y el melocotón gigante, Relato de un náufrago, a Hemingway con una metralleta Thompson y a la Antígona de Sófocles declamando «Mucho es lo monstruoso, pero no hay nada que sea más monstruoso que el hombre«.

Lector, una lectura agradable y espectacular para educar en el respeto y la conservación de otras especies.

También te gustará: Lobo negro; Indian Creek; Un año en los bosques; Cómo ser una buena criatura

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