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Hotel Splendide, de Ludwig Bemelmans
Corren las primeras décadas del siglo XX y en el lujoso hotel Splendide, de Nueva York, a los clientes indeseables se les sienta en la mesas peor situadas y atendidas por el camarero más nefasto del país, Mespoulets. Así empieza la carrera hotelera del joven Ludwig, a las órdenes de Mespoulets, como mozo de comedor; entre plato y plato, aprende francés y dibujo. Con el tiempo, lo promocionan a ayudante de camarero y, más tarde, a camarero, mientras se va forjando su propia fortuna al servicio de artistas, millonarios, agentes de bolsa de Wall Street (que dan algún que otro chivatazo), familias peculiares, tiranos maître d’hôtel, caceroleros que se pirran por un uniforme, o compañeros enfermos de nostalgia por su Ratisbona natal.
«La mejor fuente de información sobre los huéspedes del hotel Splendide no era su departamento de pagos ni la oficina del gerente, sino el comedor de los acompañantes. En dicha categoría entraban los chóferes, los ayudas de cámara, los mayordomos, las niñeras y los lacayos que no estaban contratados por el hotel, sino que viajaban con los huéspedes en calidad de su servicio personal. A ellos se les asignaba las habitaciones pequeñas que daban a los patios de luces y se les ofrecía un escueto menú del día en el comedor de los acompañantes. Dicha estancia suponía un zoco para el chismorreo, un lugar al que todos llegaban corriendo y en el que se demoraban durante una segunda y hasta una tercera taza de café, cambiando impresiones, intercambiando lamentos y quejas.«

Ludwig Bemelmans (1898 – 1962) fue un escritor, guionista e ilustrador austrohúngaro que emigró a Estados Unidos en 1914, donde se ganó la vida durante quince años en el sector hotelero antes de dedicarse a la ilustración y la literatura. Bemelmans fue guionista de la Metro Goldwyn Mayer, y sus ilustraciones y artículos aparecían con regularidad en el New Yorker o en el Town and Country, entre otras publicaciones, pero fueron sus libros infantiles ilustrados, protagonizados por la niña Madeline, los que lo consagraron definitivamente, haciéndolo merecedor de la Medalla Caldecott en 1954. En Hotel Splendide, Bemelmans realiza un retrato ingenioso y nostálgico de las interioridades de un hotel de lujo (el Splendide es el alter ego del Ritz de Nueva York) durante los años veinte y treinta del siglo pasado.
Ludwig Bemelmans publicó por primera vez Hotel Splendide en 1941, transcurrida casi una década desde que había dejado atrás su carrera hotelera. Tal vez por eso, el libro parece teñido de cierta pátina amable de nostalgia y narrado desde un punto de vista humorístico, incluso satírico, pero siempre con ese poso de añoranza que tienen las anécdotas más queridas. Hotel Splendide es un conjunto de postales, de instantáneas sobre la vida en un hotel neoyorkino de lujo antes de la Segunda Guerra Mundial, de retratos maravillosos de algunas de las personas singulares que pasaron por sus comedores, sus habitaciones, su plantilla de personal. Son unas memorias de juventud divertidas y excéntricas, en las que Bemelmans no mitifica un trabajo duro y a menudo desagradable, aunque sí intenta quedarse con lo excepcional de aquellos años y tomarse con mucho sentido del humor la locura del servicio y la atención al cliente. Destacan los capítulos en los que el tema de fondo muestra cómo la plantilla disfuncional del Splendide se convierte en familia adoptiva para unos trabajadores en su mayoría migrantes, como el propio autor, pero también el marco histórico-social de ese Nueva York en el que los corredores de Wall Street enriquecían a sus camareros favoritos con chivatazos lucrativos (algunos, poco antes de suicidarse por el crack del 29) y los millonarios adoraban a sus amantes sin reparar en excentricidades.
Lectora, unas memorias divertidas, nostálgicas y perfectas para conocer los entresijos de un hotel de alto standing en el Nueva York de principios del siglo pasado. Pero también para entender los sueños de oportunidades y prosperidad de quienes llegaban a la ciudad más deslumbrante del planeta y no siempre eran bienvenidos.
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La máscara de la muerte, de H. D. Everett
Dick nunca ha sentido una gran simpatía por Gloriana, la esposa de su amigo Tom, y ahora que está muerta, sigue sin gustarle ni un pelo el soberbio retrato de la dama que preside la casa del viudo. Con intención de animarlo, Dick invita a su amigo a pasar unos días con él y su esposa, pero Tom tiene una extraña excusa para no aceptar su invitación: mantener el orden en la casa. Tal vez se deba a las últimas voluntades de Gloriana o, tal vez, el pobre Tom haya empezado a perder la chaveta, pues la historia que finalmente le cuenta sobre el pañuelo con el que se amortajó a su esposa difunta es difícil de comprender.
«El pañuelo se movía, te lo juro, Dick, cambiaba rápidamente de forma, inflándose aquí y allá como si estuviera soplándole el viento, extendiéndose y moldeando los rasgos de una cara. ¡Y no era otra cara que la de la máscara de la muerte de Gloriana que yo había cubierto en el ataúd once meses antes!«

Henrietta Dorothy Everett (1851 – 1923) fue una escritora británica que empezó su carrera literaria a los 44 años y publicó casi todas sus obras con el seudónimo de Theo Douglas. La máscara de la muerte, uno de sus relatos más célebres, es una de sus narraciones de madurez; fue publicado por primera vez en 1920 y con el nombre real de la autora. He leído este relato en la antología de La Biblioteca de Carfax que lleva el mismo título —La máscara de la muerte y otras historias— y he tenido el placer de comentarlo con Anabel Samani y el resto de participantes del mes de junio para Lecturas junto al fuego, una iniciativa que nos viene de perlas a las lectoras que queremos descubrir títulos de terror clásicos (no habituales del género), y que en este 2025 conmemora el 50º aniversario de la proclamación del Año de la mujer.
La máscara de la muerte es un relato breve narrado en primera persona por Dick, el amigo del protagonista de un suceso terrorífico relacionado con la muerte de su esposa y un extraño pañuelo. La prosa de H. D. Everett es directa y contundente, muy ágil, y la forma en la que utiliza el diálogo para relatar un cuento dentro de un cuento, le concede verosimilitud a la vez que caracteriza a los personajes. En La máscara de la muerte, al igual que en el resto de relatos de terror que componen la antología de La biblioteca de Carfax, no se ofrece una explicación racional a los sucesos sobrenaturales alrededor de los cuales gira el inquietante argumento. De esta manera, Everett cree que se dota de mayor verosimilitud a sus narraciones fantásticas, y nos lo hace saber por boca de uno de los personajes de otro de los cuentos: «Siempre sé cómo distinguir una historia de fantasmas verdadera de una falsa. La verdadera nunca tiene un sentido, y la falsa siempre se empeña en proveerte de uno.«
He disfrutado mucho de este relato y del resto de cuentos de esta antología, siendo mis preferidos Los gaiteros de Mallory y El camino solitario. H. D. Everett me ha sorprendido por su originalidad y valentía, sobre todo porque ha sabido darle un giro muy personal a algunos de los tópicos de la novela gótica de su época. En mi opinión, destaca el triple horror: el suspense sobrenatural, el espanto de la Primera Guerra Mundial (en 1920 la censura sobre la misma era todavía muy fuerte) y la opresión social, convencional y de género que todavía pesaba (y mucho) sobre unas mujeres que, en muchos casos y de diversas maneras, fueron víctimas colaterales del terrible conflicto.
Lectora, un relato terrorífico y muy original para atreverse a conocer a esta excelente autora tardovictoriana.
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Etiquetado Clásico, Fantasía, Libros excéntricos, Literatura británica
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Mudlarking, de Lara Maiklem
La definición de mudlark es la de una persona que rebusca restos aprovechables en el lodazal de un río o puerto. En Londres, el Támesis es un río de mareas: una diurna y otra nocturna. Las aguas tardan unas seis horas en subir río arriba y casi siete en regresar al mar, y entre subidas y bajadas, el nivel de sus aguas ronda los cinco metros de diferencia. Es entonces, con el cauce en horas bajas, cuando los buscadores de tesoros recorren las orillas. Lara Maiklem dedica un capítulo a cada uno de los accesos al curso del Támesis en el corazón de la ciudad, desde Hammersmith hasta Tilbury (incluyendo la cabeza de la marea, en Teddington, pese a las esclusas, y el estuario), contándonos la historia del río en esos puntos, pero también sus hallazgos históricos más valiosos: pipas de mar, el zapato infantil de época Tudor, monedas de todas las épocas, cuentas de collares isabelinos, herramientas romanas, objetos religiosos medievales, anillos posy… Londres fue punto estratégico de civilizaciones desde la época romana hasta nuestros días y, como señala Lara Maiklem, el Támesis es el paisaje arqueológico más largo de Inglaterra.
«Solo estábamos el río y yo, y me invadió una sobrecogedora sensación de confort, de llegar por fin a casa. Resultaba que mi compañero de juegos había estado conmigo todo ese tiempo. Tardé todavía algunos años más en descubrir la orilla, pero en medio de aquella ciudad sucia, ruidosa y emocionante había encontrado algo familiar: un lugar salvaje y melancólico con un cielo abierto de par en par. Allí encontré el espacio y la soledad que necesitaba para compensar el bullicio y el caos que perseguía mi gemela urbana, podía conectar con la naturaleza y unir las dos partes de mi cuerpo.«

Lara Maiklem se mudó de una granja lechera en su Surrey natal a Londres, a finales de los años noventa. Cuenta que la metrópolis y el estrés del trabajo la abrumaban hasta que vislumbró el Támesis, esa línea brillante y nítida de sosiego natural cruzando la ciudad. De contemplar el río a interesarse por las actividades de los mudlarks fue todo uno y allí encontró más que una afición: una forma de entender el pasado y preservar la memoria. Publicó su primer libro, Mudlarking. Historia y objetos perdidos en el río Támesis, en 2019 y se convirtió en bestseller del Sunday Times. En 2020 fue galardonado con el Indie Book Award for Non-Fiction. Capitán Swing lo publicó en castellano en enero de 2023, con la magnífica traducción de Lucía Barahona, con quien tuve el placer de charlar al respecto en la Feria Literal de ese mismo año. Tras mi mudanza, fue el primer libro que una amiga muy querida me regaló para estrenar las estanterías de mi nuevo hogar. Y adelanto que, de momento, es el mejor ensayo que he leído en este 2025.
Mudlarking es un ensayo histórico, pero también casi un diario de una buscadora de tesoros. Resulta una lectura fascinante porque cuenta anécdotas geniales y peculiares, como la de la tipografía Doves, la más hermosa del mundo y perdida para siempre en el fondo del río, o la de los fósiles de los dientes de tiburón blanco gigante, o la de la rebuscadora victoriana Peggy Jones, entre otras muchas historias extrañas y maravillosas. Lara Maiklem tiene el don de narrar con un estilo cercano y elegante, con un tono personal que apela a la complicidad del lector. Posee el encanto de las grandes narradoras de cuentos, por eso sabe convertir la Historia, sus protagonistas y los hallazgos arqueológicos en parte de un misterio que resuelve con belleza, cariño y cierto punto de nostalgia. Leer este ensayo es acompañar a los mudlarks en su caza del tesoro durante una mañana gris, justo antes de que la niebla se levante y un sol tímido se refleje en un extraño objeto de cristal de épocas pasadas, como un eco fantasmal a punto de contarnos una historia.
Lectora, un paseo extraordinario y misterioso por las orillas del Támesis.
P. D.: El personaje secundario de Flo en la saga de Jonathan Stroud, Agencia Lockwood, es una mudlark.
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¿El gato se comerá mis ojos?, de Caitlin Doughty
Caitlin Doughty, escritora estadounidense y directora de una funeraria, contesta en este divertido libro de divulgación científica y humanística un montón de preguntas formuladas por niños sobre la muerte y los entierros. En un tono desenfadado, siempre con naturalidad, satisface la curiosidad de los más pequeños sobre qué le pasaría al cuerpo de un astronauta si muriese en el espacio, si los seres humanos pueden pedir que los entierren junto a sus mascotas más queridas, a qué huelen los muertos y las momias, cómo es la descomposición de un cadáver y qué bacterias intervienen en el proceso, qué probabilidades hay de que a una persona en coma la entierren por error, qué pasa cuando un cementerio está demasiado lleno y ya no caben más cuerpos, qué ocurre cuando un soldado muere muy lejos de su casa y no es posible encontrar su cuerpo, etc.
«No podemos hacer que la muerte sea divertida, pero sí podemos hacer que aprender sobre la muerte sea divertido. La muerte es ciencia e historia, arte y literatura. ¡Es un puente que une a todas las civilizaciones y a la humanidad por completo! Mucha gente, yo incluida, cree que podemos controlar algunos de nuestros miedos aceptando la muerte, aprendiendo sobre ella y haciendo tantas preguntas como sea posible.«

Caitlin Doughty es defensora de la reforma de la industria funeraria pues piensa que en la actualidad las familias se sienten ajenas al proceso del entierro de un ser querido, es demasiado caro y tiene un impacto negativo en el medio ambiente. En 2011, Doughty fundó The Order of the Good Death para reivindicar un mayor respeto a los deseos mortuorios de los fallecidos y de sus seres queridos o explorar métodos alternativos de cremación y entierro sostenibles para la salud del planeta (como el compostaje humano o la acuamación).
Aunque ¿El gato de comerá mis ojos? responde a la curiosidad de niños y adolescentes, lo cierto es que la autora escribe con tanta delicadeza, sentido del humor y naturalidad, y se atiene con tanta racionalidad a principios científicos y humanísticos para sustentar sus respuestas, que resulta un libro perfecto para los lectores de cualquier edad. Doughty dice que si los lectores sabemos qué contiene el líquido de embalsamar o qué hace un forense, ya sabemos mucho más que la gran mayoría de personas de todo el mundo sobre la muerte. Y es que, a medida que entramos en la edad adulta, la curiosidad se supedita los tabús y pensamos que preguntar sobre entierros y cadáveres es raro y morboso. Me ha parecido una lectura muy interesante y esclarecedora desde el punto de vista de la divulgación científica; y un libro muy necesario para reflexionar alrededor de tradiciones y rasgos culturales mortuorios y preguntarnos qué deberíamos cambiar en beneficio de nuestro planeta y nuestros descendientes. Si los vivos a veces nos comportamos como una plaga para el planeta, intentemos dejar de serlo una vez muertos.
Lectora, ciencia y cultura de lo más natural.
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El pueblo que votó que la tierra era plana, de Rudyard Kipling
Cuatro amigos circulan por una carretera comarcal cuando son detenidos y multados injustamente por un agente de policía a sueldo de sir Thomas Ingell, baronet de Huckley. La estafa es tan evidente que los amigos deciden vengarse del pueblo, del policía y del baronet echando mano de su pericia profesional: tres de ellos son periodistas y, el cuarto, miembro de la Cámara de los Comunes. Con ayuda de un reputado director teatral y sus actores, ponen en marcha una alocada historia que llevará a la fama al pueblecito de Huckley por toda una serie de noticias rocambolescas y desternillantes.
«Llenó Huckley de carteles en tres colores «banquete anual de Geoplanistas«. Quería que en Huckley pensaran que se trataban de aeroplanos. Sí, ya sé que existe una auténtica sociedad que piensa que el mundo es plano (y deberían estarnos agradecidos por la publicidad), pero Bat puso de su cosecha.«

Rudyard Kipling (1865-1936), escritor, reportero y poeta británico, dejó una amplia y excelsa bibliografía (cinco novelas, más de doscientos cincuenta cuentos y ochocientos versos) en la que destacan títulos tan célebres como El libro de la selva, Kim, Capitanes intrépidos o El hombre que pudo reinar, entre otros. Kipling nació en Bombay, se educó y trabajó en Inglaterra y vivió durante varias décadas en Estados Unidos —donde escribió El libro de la selva— antes de volver a Londres. En 1907 fue galardonado con el Premio Nobel de literatura, siendo el autor más joven en conseguirlo, y dedicó gran parte de sus últimos años en viajar con su esposa.
Kipling publicó El pueblo que votó que la tierra era plana en 1917, seguramente inspirado por sus anécdotas periodísticas en Inglaterra. Se trata de una sátira muy divertida, ambientada en una comunidad pequeña, sobre el abuso de poder de jueces, aristócratas y políticos, y el sinsentido en el que a veces se convertía tanto la Cámara de los Comunes como la poca rigurosidad de la prensa amarilla. A ritmo vertiginoso de comedia y con banda sonora de cabaret, tres periodistas, un joven parlamentario y un director teatral se inventan toda una narrativa delirante sobre un pueblecito rural que lleva a los lectores al borde de la carcajada. Una historia breve y tan divertida como La sociedad secreta de Jane Austen, pero sin el poso de terrible tristeza de un autor que todavía no había perdido a su hijo en la Gran Guerra. La edición de Avenauta, con ilustraciones de El Marqués y traducción de Victoria León, es una maravilla.
Lectora, un sorbito de Kipling de lo más loco y divertido.
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