Archivo del Autor: Monica

En el bosque oscuro, de Dale Bailey

Desde la infancia, Charles Hayden ha estado obsesionado con el cuento clásico de terror victoriano de Caedmon Hollow, En el bosque oscuro. Siempre pensó que su matrimonio con Erin, la última descendiente viva de Hollow, fue una especie de predestinación marcada por ese libro inquietante y mágico. Un año después de que un fatal accidente destrozase la vida y el matrimonio de los Hayden, Charles y Erin reciben noticia de que son los herederos de la casa Hollow y de su misterioso bosque circundante. Dispuestos a empezar de nuevo, acceden a mudarse a la mansión e integrarse en el pequeño pueblecito de Yorkshire al que pertenece la extensa finca del bosque de Eorl. Mientras una espiral destructiva de alcohol y antidepresivos arrastra a Erin, Charles se sumerge en una obsesiva investigación sobre Caedmon Hollow y su propiedad, convencido de que las visiones terroríficas que rondan a su esposa y a él mismo desaparecerán en cuanto consiga exorcizar el oscuro pasado de la casa y su bosque.

«La imagen resultaba inhóspita a pesar de que era una mañana soleada del mes de abril, y Charles pensó distraídamente en las hermanas Brontë, enfermas de tuberculosis y con un sentimiento de extrañeza, atrapadas por las fantasías provocadas por la mera desesperación que causaba ese paisaje implacable, la casa del párroco en el remoto Haworth y cementerio aledaño, sobrepoblado de muertos.«

«Todas las historias son historias de fantasmas» reflexiona Dale Bailey, ganador de los premios Shirley Jackson e International Horror Guild y nominado a los Nebula y Bram Stoker. Y un buen ejemplo de ello, por partida doble, es En el bosque oscuro, una novela inquietante y oscura que fue publicada por vez primera en febrero de 2019 y que Minotauro nos trae en castellano, muy acertadamente, en vísperas de Halloween.

«No siempre se encuentra lo que se pierde. A veces el bosque te engulle.«

En el bosque oscuro es una novela de suspense sobrenatural que recoge bien la tradición gótica victoriana y cuyo punto fuerte es su excelente ambientación. La prosa de Dale Bailey es correcta, quizás un poco vacilante en los diálogos, con tendencia a tornarse espléndida en las escenas del bosque de Eorl. La historia metaliteraria —el hilo conductor es la novela de Caedmon Hollow, un autor ficticio que Bailey sitúa a mediados del siglo XIX en Yorkshire— constituye el atractivo hilo conductor de un misterio inquietante y bien tramado con el terrible drama de fondo de la desgracia vital del matrimonio protagonista. Es precisamente ese último ingrediente, el de la descomposición de los Hayden, el que puede resultar algo repetitivo aunque la brevedad del libro (260 páginas) y el interés de la trama de investigación sobre Hollow y los sacrificios rituales del bosque mantienen muy bien el suspense y la tensión hasta las escenas finales.

Me ha parecido una novela entretenida, con una ambientación gótica excelente y el encanto de ir cazando las innumerables referencias culturales y literarias con las que Dale Bailey encuentra la complicidad de sus lectores: la leyenda de Herne el Cazador, la mitología sobre Cernunnos, Shakespeare, Poe, Dante, Chaucer, las hermanas Brontë, de Quincey, Whashington Irving… Me ha gustado mucho ese protagonismo tan bien remarcado del bosque, profundamente enraizado en el folclore europeo más oscuro, así como los personajes secundarios del pueblo y cómo Bailey se inspira en los clásicos del género para enriquecer una trama y una narración que descansan sobre todo en el recuerdo de los terrores literarios de su lector.

Lector, perfecta para acompañar a alguno de los clásicos del terror del siglo XIX en la noche de ánimas.

También te gustará: El castillo de Windsor; La bruja de Ravensworth; Siempre hemos vivido en el castillo; El vampiro; La nueva madre; Frankenstein

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La librería a la que fuimos cuando no se podía ir de librerías

Hoy sale a librerías La librería del señor Livingstone. Sin vosotros nunca habría sido posible, GRACIAS por acompañarme siempre. Todavía nos queda camino.

La librería del señor Livingstone (en papel)
La librería del señor Livingstone (en digital)

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La amistad de C. S. Lewis

Clive Staples Lewis (1898-1963) y John Ronald Reuel Tolkien (1892-1973) se conocieron en 1926, cuando se incorporaron casi al mismo tiempo como profesores de Lengua Anglosajona y Literatura en la Universidad de Oxford. Lewis, que tenía veintinueve años, cinco menos que Tolkien, era muy joven para impartir clases en el Magdalen College, y pronto descubrió que no congeniaba demasiado con sus colegas más mayores. La primera vez que los dos académicos recién llegados entablaron conversación en la Universidad, Lewis escribió en su diario: «Tolkien es un joven pálido, pequeño y moderado, que no puede leer a Spenser debido a las formas, que cree que la lengua es lo más importante de la escuela, que piensa que la literatura se escribe para divertimento de los hombres entre los treinta y los cuarenta y que siente repugnancia por los estudios liberales. Los aspectos técnicos están más en su línea. Sin embargo, no hay maldad en él, solo necesita que le den un par de bofetadas.»

C. S. Lewis en sus habitaciones del Magdalen. El autor de Las crónicas de Narnia y Una pena en observación, entre otras obras, volvió a abrazar la fe cristiana convencido por las interminables conversaciones con J. R. R. Tolkien sobre Dios y la Caída junto a la chimenea, y por la influencia de El hombre eterno, de G. K. Chesterton. Una de las frases más hermosas que se recuerdan de Lewis es «Cuando seas lo suficientemente mayor volverás a leer cuentos de hadas.»

Aunque había sido bautizado en la fe anglicana en su Belfast natal, el joven Lewis, movilizado a Francia como subteniente de infantería ligera en noviembre de 1917, llegó a las trincheras convencido de su ateísmo y del agobio que sentía por una guerra de la que no podía escapar. Si el particular infierno de Tolkien fue el Somme, el de Lewis habría de ser Arrás. Ambos volvieron a casa heridos, para siempre tocados por el horror de la guerra y con la terrible certeza de que sus amigos y su mundo, tal y como lo conocían, había muerto en aquellas trincheras embarradas. Quizás fue ese nexo común de profunda tristeza —a Lewis solían llamarle El apesadumbrado— y de amor por las buenas historias lo que habría de unirles tiempo después.

Cuando J. R. R. Tolkien llegó a Oxford como profesor de Anglosajón, apenas había estudiado a los autores ingleses modernos y detestaba impartir clases sobre cualquier obra posterior a Chaucer. Decía que Spenser era ilegible y que Shakespeare había sido idolatrado injustificadamente. C. S. Lewis, por el contrario, desde que lo habían conmovido en su adolescencia, disfrutaba con fruición de los autores británicos posteriores a Chaucer; Spenser era su favorito.

Érase una vez, un profesor católico que despreciaba la literatura moderna y un ateo recalcitrante que adoraba a Spenser. Sin embargo, contra todo pronóstico y pese a sus ideas casi enfrentadas, no tardaron en trabar una amistad tan fuerte y sincera que prevaleció pese a los altibajos de su relación —seguramente pautados por el matrimonio de Lewis con una norteamericana divorciada y la desaprobación de Tolkien sobre Las crónicas de Narnia, por considerarla una alegoría cristiana—.

Poco después de su primer desafortunado encuentro en el Magdalen, y pese a saberse en bandos opuestos respecto a la reforma del programa de Anglosajón, charlaron hasta encontrar dos puntos comunes para brindar en el pub The Eagle and Child con unas pintas de cerveza: ambos pensaban que era necesario guiar a los alumnos a través de la literatura antigua y medieval, pero que podían apañárselas solos bastante bien con la moderna, y, además, Lewis acabó por confesar que, aunque conocía poca literatura nórdica y apenas chapurreaba el finlandés antiguo, apreciaba mucho obras como Beowulf, Sir Gawain o Edda la Mayor, la única literatura que Tolkien necesitaba. Tiempo después, Tolkien invitó a Lewis a ingresar en los Coalbiters, su Club de Literatura Antigua Nórdica, y desde entonces fueron Tollers y Jack el uno para el otro.

Jack fue quien animó a Tollers a terminar y publicar El hobbit y, posteriormente, El señor de los Anillos, leyó todos los borradores, incansable, y aportó comentarios y correcciones. Hasta entonces, los dos se habían considerado más poetas que prosistas, pero la narración de la Tierra Media que había iniciado Tolkien iba a cambiar eso y su amigo se mantuvo a su lado en el camino para sostenerlo con buen ánimo y las mejores críticas cada vez que el profesor se sentía desfallecer ante la enorme tarea de dar forma a la epopeya legendaria que había iniciado en las trincheras del Somme con La Caída de Gondolin. Descubrieron entonces que habían crecido con la misma tradición literaria de cuentos infantiles y que anhelaban nuevas historias antiguas: «Desde que empezó el trimestre —escribe C. S. Lewis en 1935— he pasado una época maravillosa leyendo un cuento infantil que ha escrito Tolkien (…). Leer su cuento de hadas ha sido un poco desalentador, ya que está escrito como nosotros dos hubiéramos deseado escribir (o leer) en 1916; es decir, cuando uno siente que no está inventando nada, sino describiendo el mundo cuya llave tenemos nosotros.»

Durante los doce años que a J. R. R. Tolkien le llevó escribir El señor de los Anillos, C. S. Lewis fue el amigo que repasaba o escuchaba cada capítulo, que aportaba y, sobre todo, que lo animaba a continuar. Cuando terminó de leer el manuscrito entero, en vísperas de la publicación de La comunidad del anillo, le escribió una cariñosa carta:

«Mi querido Tollers:

Uton herian holbytas, en verdad. Una vez que se remonta la empinada cuesta de la grandeza y el terror (aliviada por verdes valles, sin los cuales sería intolerable), casi no tiene parangón en toda la gama del arte narrativo que conozco.»

Sin Jack, Tollers jamás habría llegado tan lejos.

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Decamerón, de Giovanni Boccaccio

En 1348 la peste negra asola las calles de Florencia. Siete jóvenes damas, reunidas en la iglesia de Santa Maria Novella, deciden marcharse de la ciudad para huir del peligro de la enfermedad mortal y de las tristezas. Todas han perdido a seres queridos por culpa de la peste, y reivindican su derecho a un poco de felicidad y placer, hartas de tanta desgracia. En su viaje a la campiña florentina las acompañan tres caballeros, Pánfilo, Filostrato y Dioneo, y una pequeña corte de criados. Reunidos en un agradable castillo solitario de hermosos jardines, el grupo disfruta de ricas viandas, buenos vinos, plácidas siestas y agradable música. Para entretener el tiempo entre estos placeres, deciden contarse historias en voz alta: diez cuentos cada día durante diez jornadas.

«Creo también que no faltará quien diga que son demasiado largas. A esos les contesto que sería locura que se pusiera a leerlas, aunque fueran breves, quien tenga algo mejor que hacer (…). Y a quien lee para pasar el tiempo nada le resulta largo, si le sirve para su objeto.«

Gianni Boccaccio escribió los cien cuentos que componen Decamerón en dialecto florentino, entre 1351 y 1353. Considerada como una de las primeras grandes obras literarias italianas, tiene un importante peso, junto con Los cuentos de Canterbury, en la contribución a lo que acabaría siendo la novela de ficción moderna. Boccaccio explica en el prefacio que como la gratitud es la mayor virtud, él escribe Decamerón para dar las gracias a todos los que le ayudaron cuando sufrió enormemente de mal de amores, por si puede ayudar ahora en la aflicción de otros; pero sobre todo escribe para ayudar a las mujeres, que reconoce que viven encerradas bajo la voluntad de padres, esposos, hermanos y amantes. En griego, decamerón significa jornada de diez días (el número de días que los diez jóvenes se cuentan historias), y el «apellido» de Galeoto que Boccaccio le otorgó a su obra procede del nombre del caballero de la Tabla Redonda de la leyenda artúrica que intercedió entre los amores de Ginebra y Lancelote.

Este es un libro cuya lectura conviene dilatar en el tiempo para disfrutar como se merece de cada uno de los cien cuentos y evitar saturarnos. No es una lectura complicada y resulta muy divertida, pero, como el propio autor reconoce en su conclusión —donde se cura en salud de las posibles críticas—, no todos los relatos son de la misma calidad y enjundia. Destacaré el ingenio, el sentido del humor y el magnífico testimonio histórico que nos ofrece al reflejar la vida y costumbres florentinas de la época en un momento en el que los ducados y reinos de la península itálica eran potencia mediterránea por su importancia comercial. Cuentos eróticos, humorísticos, con moraleja, tristes, bélicos, religiosos, bárbaros, estúpidos, extraños, epopeyas, aventuras… Decamerón contiene relatos para todos los gustos.

Me ha sorprendido la liberalidad, casi contemporánea, con la que Boccaccio trata cuestiones sexuales y amorosas como el adulterio, la lujuria de los religiosos, la homosexualidad o el intercambio de parejas. Aunque a mediados del siglo XIV todavía se nota la influencia del amor cortés (el honor de amar a una mujer casada), el autor presenta una sociedad de costumbres relajadas en contraste con una fuerte hipocresía; así como un Mediterráneo marcado por los fuertes lazos comerciales, culturales y políticos. Pero aunque recoge algún dicho popular, los protagonistas de Decamerón son acomodados y, como tales, siempre narran desde el punto de vista de la sociedad burguesa y aristócrata florentina.

Otro de los puntos que también me ha sorprendido es la demoledora crítica contra los religiosos y la Iglesia. Como lectores de este siglo, esperamos que una obra italiana del XIV esté profundamente marcada por el catolicismo y su Iglesia, que sea piadosa; pues bien, aunque el temor y la devoción a dios está muy presente, un buen número de cuentos se cuidan de señalar la avaricia, la hipocresía, la lujuria y la maldad de curas, monjas, obispos y demás oficiantes de la iglesia. Ninguno de los protagonistas se escandaliza ni le parece extraño esta crítica feroz a la corrupción de Roma. Como ejemplo, el cuento de Neifile, en la primera jornada, en el que el judío Abraham visita Roma para familiarizarse con la iglesia católica y, tras comprobar su enorme corrupción, decide convertirse al catolicismo porque si pese a lo malvados que son los prelados católicos su religión se erige como la más importante del mundo es que todo va bien.

Lector, un clásico al que conviene perderle el miedo… pero en pequeños sorbos y con una buena traducción.

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La primera edición de La comunidad del Anillo

Tuvo algo de justicia poética que Rayner Unwin, aquel niño de diez años que se había prendado del manuscrito de El hobbit y había instado a su padre a darle una oportunidad, fuese el editor que finalmente publicase El señor de los Anillos, en 1954. No lo tuvo en absoluto fácil pues, entre otras muchas dificultades, el autor se empeñaba en publicar la obra de más de mil páginas en un solo tomo y las correcciones y cambios sobre el manuscrito original llegaban incesantes a las oficinas de George Allen & Unwin. Tras mucho tira y afloja, y un grueso de correspondencia impresionante entre los editores y el autor, Rayner le escribió a su padre Stanley Unwin para pedirle consejo. «Si piensas que es la obra de un genio, entonces puedes perder mil libras» fue la conclusión paterna.

«Y entonces le dije a Rayner: la página cincuenta y cuatro va detrás de la ochenta y seis, hay que cambiar todos los elwes por elfs, la escala del mapa es errónea, suprime todos los artículos anteriores al siglo XII y déjame incluir un apéndice de quinientas páginas al final». Solo el número de páginas de la correspondencia entre J. R. R. Tolkien y sus editores rivaliza en extensión con el número de páginas de El señor de los Anillos.

A principios de la década de los años cincuenta del siglo pasado, Europa se recuperaba de las terribles secuelas de una guerra brutal. El papel, como otros muchos artículos, escaseaba y su alto coste elevaba el precio de las ediciones; además, la economía de las familias británicas no era precisamente boyante. Gran Bretaña empleaba buena parte de sus recursos económicos en restablecer el flujo comercial de sus finanzas y, sobre todo, en la reconstrucción de sus ciudades, muy castigadas por los constantes bombardeos alemanes durante conflicto mundial. No era un capricho de Allen & Unwin instar a J. R. R. Tolkien a que dividiese su extensa novela en tres tomos sino una estrategia sensata de repartir costes de impresión y salir a librerías con volúmenes asequibles para los lectores.

La reticencia de Tolkien a dividir su obra residía en el temor a que fuese entendida como una trilogía, nada más lejos de su intención, y a que la historia perdiese continuidad. Además, seguía empeñado en que fuese publicada junto con El Silmarillion, una mitología casi privada de su mundo que recogía todas las historias que enmarcaban los apéndices de El señor de los Anillos. Otra pila de correspondencia más tarde entre la editorial y el profesor, llegaron al acuerdo de que El señor de los Anillos saldría a librerías en tres volúmenes: La comunidad del Anillo, Las dos torres y El retorno del rey.

En julio de 1953, Tolkien seguía su particular guerra con las correcciones de las galeradas. En agosto le escribe a su hijo Christopher: «(…) Pero la impresión es muy buena, tal como era de esperar de una copia casi sin errores; salvo que los impertinentes compositores se han encargado de corregir, como creen, mi ortografía y mi gramática alterando en toda la obra dwarves por dwarfs; elvish por elfish; further por farther, y, lo que es peor, elven por elfin.» (Cartas, p.200).

Durante los años 1953, 1954 y la mitad de 1955, Tolkien trabajó con Allen & Unwin en más versiones de las galeradas, correcciones, cambios y puntualizaciones sobre el diseño de las portadas y el texto en general. Christopher Tolkien dibujó los mapas que acompañarían a las respectivas ediciones y el profesor elaboró un índice-glosario general, aunque finalmente solo le dio tiempo de incluir los topónimos para la edición de La comunidad del Anillo. Su redacción de los apéndices tampoco tuvo un final feliz: eran tan sumamente largos —incluían historias como La búsqueda de Erebor o La Búsqueda del Anillo, entre otras (en 1980 fueron publicadas en Cuentos inconclusos)— que se vio obligado a prescindir de casi todos los textos por falta de espacio.

Tras una larga aventura, casi tan ardua y terrible como la de Frodo y Sam hasta el Monte del Destino, el 29 de julio de 1954, George Allen & Unwin publicó La comunidad del Anillo con una tirada inicial de 3.000 ejemplares. La acogida de la crítica fue positiva una vez se recuperaron de la sorpresa, pues aunque tildaban la prosa de Tolkien de «brillante» y a su obra como «una épica que celebraba el coraje», no esperaban de un autor de libros infantiles —El hobbit y Egidio, el granjero de Ham— una obra legendaria de semejante calibre. De nuevo, fue C. S. Lewis quien acudió en ayuda de su amigo, rompiendo el estupor literario general con una de las críticas más hermosas sobre El señor de los Anillos: «Este libro es como un relámpago en un cielo claro (…). Decir que con él ha vuelto repentinamente la epopeya heroica —preciosa, elocuente y sin complejos— en una época casi patológica en su antirromanticismo, no es adecuado. Para nosotros, que vivimos en esta extraña era, su regreso —y el propio alivio que conlleva— es lo importante, sin lugar a dudas. Pero en la historia del propio Romance —una historia que se remonta a la Odisea y más atrás— no supone un retroceso, sino un avance o una revolución: la conquista de un nuevo territorio.»

Lejos de perder mil libras, Rayner Unwin se encontró enfrascado de nuevo en una intensa correspondencia con J. R. R. Tolkien para ultimar las sucesivas reimpresiones de una obra tan exitosa que jamás ha estado descatalogada en el Reino Unido desde que se publicase por vez primera en julio de 1954.

Nota: el pie de fotografía es una alocada invención de la autora de este artículo, tremendamente aquejada de un exceso de imaginación y una decreciente vergüenza.

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