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Historia de una partida y un regreso

Aunque El hobbit se publicó por vez primera el 21 de septiembre de 1937, por la editorial George Allen & Unwin, su autor había empezado a escribirlo casi doce años antes. En 1925, J. R. R. Tolkien renunció a su puesto en Lengua Inglesa en la Universidad de Leeds y regresó a Oxford como profesor de Anglosajón en el Pembroke College. Por aquel entonces llevaba nueve años casado con Edith y era padre de tres niños. Había pasado la mitad de su vida imaginando el corpus legendario de su Tierra Media, pero apenas había puesto por escrito algunos cuentos y capítulos del Silmarillion, donde recogía las historias de Beren y Lúthien, la caída de Sauron o la dinastía de Húrin. Sin embargo, la primera vez que pensó en El hobbit supo que sería un cuento que leería a sus pequeños antes de ir a dormir.

Tolkien con sus cuatro hijos: John, Michael, Christopher y Priscilla.

A través de la biografía de Humphrey Carpenter y de las cartas personales de Tolkien, uno tiene la sensación de que el profesor dedicaba poco tiempo a su familia. A menudo lo encontramos estudiando, escribiendo, dando clases, tomando una pinta de cerveza en The Eagle and The Child con sus amigos y alumnos, leyendo en voz alta poemas y traducciones nórdicas del Beowulf en sus reuniones de los jueves con los Inklings. Incluso cuando pasaba tiempo en casa, lo suponemos encerrado en su estudio, escribiendo, inventando idiomas propios para cada una de las razas de la Tierra Media.

J. R. R. Tolkien odiaba las biografías y era reservado por naturaleza, pero que no mencionase casi nunca su vida familiar no significa que no fuese importante para él. Cartas a Papa Noel, una recopilación epistolar llena de ternura cuyos destinatarios eran sus hijos, y El hobbit, leído por capítulos, a medida que los iba escribiendo, también a sus pequeños, son dos indicios literarios de que el profesor no estaba aislado de su familia ni siquiera cuando cruzaba los límites de la Comarca. El hobbit fue la puerta infantil de entrada a la Tierra Media que Tolkien abrió para que sus hijos pudiesen seguirle, para que no quedasen excluidos de ese otro mundo en el que él pasaba tanto tiempo.

Era un verano templado en Oxford, el profesor Tolkien corregía exámenes de final de curso de Literatura Anglosajona en sus habitaciones del Pembroke. Al otro lado de los ventanales góticos, atardecía, buen momento para encender otra pipa y descansar la vista sobre la desgastada alfombra verde más allá del escritorio. Aburrido por la tediosa tarea de la corrección, Tolkien alcanzó una cuartilla en blanco y escribió con su apretada letra picuda

«En un agujero en el suelo vivía un hobbit».

El resto es leyenda.

Bibliografía de consulta:
CARPENTER, Humphrey: J. R. R. Tolkien, una biografía. Ediciones Minotauro, Barcelona, 1999
CARPENTER, Humphrey: Biblioteca Tolkien. Cartas. Selección del Humphrey Carpenter. Ediciones Minotauro, Barcelona, 2002.
CARPENTER, Humphrey: Los Inklings. Homo Legens. Madrid, 2008.

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Un hobbit, un armario y una gran guerra, de Joseph Loconte

John Ronald Reuel Tolkien y Clive Staples Lewis se conocieron en la Universidad de Oxford, en 1926, cuando ambos eran profesores no titulares de lengua inglesa. Los dos habían combatido en la peor guerra que Europa había vivido hasta la fecha, y todos sus amigos habían muerto en las trincheras. Al finalizar la Primera Guerra Mundial, ambos intelectuales se desmarcaron del cinismo, la ironía y la crisis de fe que imperaba en sus círculos sociales y culturales (se pensaba que la civilización había colapsado), y optaron por escribir novelas fantásticas en donde se recuperaba la vieja tradición del héroe clásico épico, se luchaba por la libertad y se perpetuaba la tradición cristiana histórica de los personajes imperfectos, llenos de nobleza y desgracia. Tolkien escribe y publica El señor de los anillos, con la que deseaba dotar a los ingleses de una mitología propia, y C. S. Lewis, Las crónicas de Narnia. Ambos escriben para superar el horror de la Gran Guerra, pero también para demostrar que era posible mantener sus valores morales cristianos sobre la lucha por el bien y la justicia.

«A juzgar por todas esas susceptibilidades de posguerra, ¿cómo pudo Oxford convertirse en la incubadora de una literatura épica que ensalzaba el valor, y el sacrificio en la batalla? ¿Por qué las obras de Tolkien y Lewis, enraizadas en una narrativa de tradición cristiana, habrían siquiera de ver la luz del día?«

Joseph Loconte, profesor de Historia en el King’s College de Nueva York, publicó Un hobbit, un armario y una gran guerra en 2015, con el subtítulo de Cómo J. R. R. Tolkien y C. S. Lewis redescubrieron la fe, la amistad y el heroísmo en el cataclismo de 1914 a 1918. Es un ensayo, escrito con agilidad y bien documentado, sobre cómo la Primera Guerra Mundial cambió para siempre a los dos escritores, reforzó su fe y los empujó a escribir la literatura que siempre habían deseado como lectores. Quizás su amistad y su trabajo los salvó del naufragio de los valores del viejo mundo.

J. R. R. Tolkien perdió a todos sus amigos en la Primera Guerra Mundial y él escapó por muy poco a la fiebre de las trincheras del Somme. Escribió La caída de Gondolin en 1917, todavía convaleciente, y Loconte aventura que seguramente lo hizo para hacer frente al horror de lo vivido. Tolkien odiaba la guerra, la había sufrido en primera línea de combate, pero mantuvo sus valores morales y estos le decían que valía la pena luchar por el bien y la justicia. Cuando conoció a Lewis en Oxford, ambos encontraron muchos puntos comunes en su oposición a la tecnología mal empleada y al tipo de cuentos que deseaban leer. Fue Tolkien quien convenció a Lewis, un ateo con muchas dudas, sobre recuperar los valores cristianos en su vida y en su obra, y seguramente ninguno de los dos habría terminado sus grandes sagas sin el apoyo y el entusiasmo del otro.

Un hobbit, un armario y una gran guerra es un ensayo magnífico y conmovedor sobre cómo la Primera Guerra Mundial cambió la vida de dos lingüistas que se convirtieron en escritores clásicos para salvarse del horror. La narración de Loconte es fluida, cálida, tremendamente humana y alejada de toda frialdad academicista; nos cuenta sobre Lewis y Tolkien con respeto y cariño, acercándonos a su tiempo, a sus inquietudes y personalidades. Una lectura maravillosa para lectores de la Tierra Media, pero también un excelente punto de entrada a su universo.

También te gustará: Cartas de J. R. R. Tolkien; Tolkien, una biografía; Los Inklings

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Un retrato de época, de Gwen Raverat

Gwen es la hija mayor de George Darwin, tercer hijo del naturalista Charles Darwin, y de Maud Du Puy, una decidida dama americana que viajó a Cambridge de vacaciones y terminó quedándose para formar una familia en esa «utopía feliz» que siempre le pareció la ciudad inglesa. Junto a sus hermanos y primos, Gwen crece feliz esquivando las ideas revolucionarias sobre salud y educación infantiles de su madre, y bajo la mirada benevolente de su padre y sus tíos y tías Darwin. La autora abre el primer capítulo comentando las cartas de su madre cuando llega a Cambridge en 1883: su visión de los ingleses, sus primeros pretendientes de una ciudad que en la época giraba en torno al mundo académico de su Universidad, cómo conoce a George Darwin y lo prefiere a un profesor de excelente barba pero paticorto… Con mucho humor y encanto, Gwen rememora su infancia y su excéntrico entorno familiar en la Inglaterra de la última década del victorianismo tardío y el período eduardiano.

«Cada vez que releo Emma me doy cuenta de que tenemos que ser parientes de los Knightley de Donwell Abbey. Tanto el encantador Mr. John Knightley, como Mr. Knightley me parecen familiares, como primos. Nadie que no tuviera sangre Darwin o Wedgewood podría enfadarse tanto como John Knightley por el mero hecho de tener que cenar en casa de los Weston (…). Está claro que tenemos algo de los Woodhouse de Hartfield en la sangre, sobre todo de Mr. Woodhouse. Cuando un Darwin me decía de niña «¿Estás mal de la garganta, chiquita?», lo hacía como con regocijo, y me avergonzaba. Era el mismo tono de voz con el que Mr. Woodhouse se refería a la «pobre Miss Taylor». Pero tuvo un efecto positivo: nos curó de disfrutar de estar enfermos. Siempre que pude me negué a tener mal la garganta.«

Gwen Raverat (1885-1957) fue dibujante y escritora. Perteneció, junto a su esposo el pintor Jacques Raverat, al círculo de neo-paganos liderado por Rupert Brooke y, más tarde, a la generación de intelectuales de Bloomsbury Group entre cuyos miembros se encontraban también Virginia Woolf o John Maynard Keynes. Publicó por primera vez Un retrato de época en 1952, que enseguida se convirtió en un aclamado bestseller y, desde entonces, no ha dejado de reimprimirse en Gran Bretaña. Descubrí esta maravilla literaria en casa de Las inquilinas de Netherfield, la compré de segunda mano por ocho euros —la edición es de Siglo XXI, pero está descatalogada— y me lo he pasado en grande leyendo estas memorias de infancia de la nieta de Charles Darwin.

Las grandes bazas de este simpático libro son el genial sentido del humor de la autora, sus ilustraciones y sus protagonistas, la familia Darwin. Mis capítulos favoritos son el primero, con las increíbles cartas de la madre de Gwen y los comentarios de la autora sobre sus progenitores, y todos los dedicados a la tía Etty (la mejor lectora en voz alta de la familia, capaz de irse reinventando la historia a medida que la leía si no le gustaba la original o la encontraba poco apropiada para los niños) y al resto de tíos Darwin, pero también las disquisiciones sobre el decoro de la época, la moda, los juegos infantiles, las damas… , en fin, todos. Un retrato de época son las memorias felices de la infancia de Gwen Raverat, pero también una reflexión muy divertida sobre lo significaba ser una Darwin a principios del siglo XX.

Escrita tras la devastación europea de la Segunda Guerra Mundial, Gwen Raverat se refugia en una época más inocente y feliz, en la que ninguno de sus familiares y amigos había muerto en el frente y lo más peligroso que podía pasarles era caerse al río en el transcurso de un picnic junto al Cam o llevar botas y polainas de lana para salir a jugar al jardín en pleno julio. En este sentido, el tono nostálgico y de pasado feliz de las memorias juveniles recuerda al de Flora Thompson en La trilogía de Candleford, aunque en el caso de Raverat con familia científica famosa incluida y un acérrimo ateísmo heredado fundado en la incomprensión de la superchería cristiana.

Quizás porque el método de educación de los Darwin consistía en tratar a los niños como seres humanos, porque hacían cola en las librerías para comprar lo último de Tennyson, porque correteaban felices por la casa del abuelo en Down y dejaban flores en la mesa de hierro verde donde se escribió El origen de las especies, por la tía Cara que cuando regresó a Estados Unidos mandó destruir a su caballo, a su perro, a su gato y a su jardinero (lo indultó en última instancia por el aprecio que le tenía), por la temible tía Etty, por el tío Lenny, demasiado honrado para hacer carrera en política, por la liga anti-Darwins, por… por todo eso, y mucho más, os recomiendo estas ingeniosas, divertidas y entrañables memorias de infancia ambientadas en el Cambridge de finales del siglo XIX y principios del XX.

También te gustará: La trilogía de Candleford; Volando solo; La evolución de Calpurnia Tate

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Un retrato de época

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Té con Tolkien & Macondo Club Literario

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Cartas de amor de Enrique VIII a Ana Bolena

Enrique VIII (1491-1547), rey de Inglaterra e Irlanda, fue el segundo monarca de la dinastía Tudor y pasó a la posteridad como un dirigente cruel y mujeriego. Casado en primeras nupcias con Catalina de Aragón (1485-1536), hija menor de los Reyes Católicos, rompió con la Iglesia Católica e instauró una nueva religión en Inglaterra tan solo para conseguir el divorcio y casarse en segundas nupcias con su amante, Ana Bolena (1501-1536), condesa de Pembroke. Fruto de esos primeros años de relación clandestina entre el rey absolutista y Ana Bolena son estas cartas de amor de un Enrique apasionado y tierno, totalmente entregado al amor. El Vaticano excomulgó a Enrique VIII en julio de 1533 y en 1534 el Parlamento inglés, a instancias de Thomas Cromwell, aprobó la Ley de Supremacía que reconocía al soberano inglés como única cabeza suprema en la tierra de la Iglesia de Inglaterra. En el mismo año, se reconoció legal su matrimonio con Ana Bolena y la condesa de Pembroke se convirtió en reina. Poco duró la devoción de Enrique por su nueva reina, a quien le escribiese tan cariñosas y anhelantes cartas, pues en 1536, solo tres años después de su enlace, la condenó a morir decapitada por traición. Ana Bolena fue la primera reina inglesa que murió decapitada en público, Enrique VIII se casó con Jane Seymour apenas unos días después de la ejecución.

«Cuanto más largos los días son el sol está más lejano y, sin embargo, abrasa más. Así ocurre con nuestro amor, pues la distancia que mantenemos aún aumenta su fervor, al menos por mi parte.«

Este pequeño y precioso librito, editado por Editorial Confluencias, contiene diecisiete cartas de Enrique VIII a Ana Bolena, y una de Ana al cardenal Thomas Worsley con postdata del rey. Fueron escritas entre mayo de 1528 y la primavera de 1529, y seguramente la correspondencia se originó con la partida de Ana Bolena de la corte debido a los rumores del escándalo que suponía que el rey se hubiese enamorado de ella. Ana se recluyó en Kent, en una de las haciendas de su padre, donde recibía las cartas de Enrique VIII. Los originales de las misivas se conservan actualmente en el Vaticano pero, por desgracia, las respuestas de Bolena se han perdido. Se trata de documentos de un incalculable valor histórico, no solo porque aportan detalles sobre el pulso legal y religioso de la época, sino también porque son un acceso directo y en primera persona a la figura del monarca Tudor, que cambió la religión y la legalidad de toda una nación para la posteridad.

Lector, una curiosidad inglesa de valor histórico y ¿romántico?

También te gustará: El castillo de Windsor; Ana Bolena y la pastelera real; La hija del tiempo

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