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La Tierra Media

La voluntad del profesor Tolkien en cada una de sus obras ambientadas en la Tierra Media fue la de dotar a Inglaterra de una mitología legendaria propia que llenase el vacío literario anterior a los Cuentos de Canterbury de Geoffrey Chaucer. Por este motivo siempre defendió que la Tierra Media no era un lugar imaginario como Nunca Jamás o Narnia sino que se trataba de nuestro propio mundo en una época anterior.

En una de sus cartas explica que Middle Earth es una alteración del inglés antiguo Middangeard, que significa tierras habitadas por los hombres entre los mares. «El mío no es un mundo imaginario sino un momento histórico imaginario de la Tierra Media, que es donde vivimos», asegura (Cartas, nº183). Incluso se atrevió a extrapolar algunas localizaciones con la Europa contemporánea afirmando que Hobbiton y Rivendel se correspondían a la latitud de Oxford, Minas Tirith a Florencia, y la desembocadura del Anduin y la ciudad desaparecida de Pelargir, en la antigua Troya.

Pero es el noroeste de la Tierra Media el que se corresponde con Europa y, así como históricamente todas las grandes invasiones del viejo continente procedían del este (los hunos) o del sur (los árabes), Tolkien habitó esos puntos cardinales con las tropas de la oscuridad, cuya voluntad era someterlos a todos. Por eso encontramos Mordor al este y Sauron recluta ejércitos entre los Haradrim del sur.

Pese a su admiración por los héroes trágicos clásicos del Beowulf, El anillo de los Nibelungos o la mitología nórdica en general, el profesor siempre negó que su Tierra Media correspondiese a la Europa nórdica. Aunque Tolkien conocía bien la cultura y las lenguas antiguas septentrionales, se esforzó por aclarar que espiritualmente su obra tenía una clara voluntad anglosajona, pero en ningún caso nórdica.

Preocupado por las implicaciones racistas que albergaba esa inspiración nórdica en el preocupante período de la llegada al poder de Adolf Hitler y su ideología nazi, J. R. R. Tolkien esgrimió el arma que manejaba con mayor habilidad para plantar cara a las insinuaciones de los alemanes: la lingüística. Cuando en 1938 la editorial de Postdam, Rütten & Loening, estaba a punto de publicar una traducción alemana de El hobbit le preguntaron al profesor si su novela era de origen arisch. Tajante, Tolkien respondió:

«Lamento no tener muy claro a qué se refieren con arisch. No soy de extracción aria: eso es, indo-iraní; que yo sepa, ninguno de mis antepasados hablaba indostano, persa, gitano ni ningún otro dialecto afín. Pero si debo entender que quieren averiguar si soy de origen judío, solo puedo responder que lamento no poder afirmar que tengo antepasados que pertenezcan a ese dotado pueblo. Mi tatarabuelo llegó a Inglaterra desde Alemania en el siglo XVIII; la mayor parte de mi ascendencia, por tanto, es puramente inglesa, y soy súbdito de Inglaterra; eso debería bastar.» (Cartas, nº30)

Nada mal para un soldado de la Primera Guerra Mundial que veía como las sombras volvían a alzarse por el este.

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Historia de una tienda, de Amy Levy

Al fallecimiento de su padre, las cuatro hermanas Lorimer quedan en una precaria situación económica. Gertrude y Lucy, reacias a depender de la caridad de sus parientes, proponen salir adelante por sus propios medios. Inteligentes y bien formadas, deciden continuar con el negocio familiar y abrir una tienda de fotografía en Baker Street, mientras Fanny, la mayor, lleva las tareas domésticas y Phyllis, la menor, se aburre y languidece junto a la ventana. A finales del siglo XIX, en Londres, aunque su pequeña tienda no fuese el único negocio regentado únicamente por mujeres, todavía rozaba la línea del escándalo de las convenciones sociales que las señoras viajasen solas en transporte público. Sin embargo, aunque todos los inicios son difíciles, las hermanas salen adelante con mucho sentido del humor y la firme promesa de no ser pesimistas. Intranquilas por el miedo a las murmuraciones, hartas de que los clientes quieran pagar menos por las fotografías porque son mujeres, y siempre justas de dinero, su nueva vida las compensa con la posibilidad de conocer a artistas e intelectuales mucho más afines a sus intereses que las señoritas ricas sin oficio alguno.

«—Ay, Gertrude, ¿acaso tenemos que llegar al extremo de… abrir una tienda? —preguntó Fanny, horrorizada.
—Estás anticuada, Fanny —contestó Lucy rápidamente—. ¿No sabes que regentar un negocio se considera algo elegante, que los poetas venden papel de pared, que algunos hombres muy distinguidos comercializan lámparas y que las estudiantes de Guirton confeccionan sombreros sin que nadie las critique por ello?«

Amy Levy (1861-1889) fue una escritora inglesa de origen judío que empezó a escribir a los trece años y se suicidó cuando apenas contaba con veintiocho. Educada en el seno de una familia de clase media-alta, Levy fue la segunda mujer judía que consiguió entrar en la Universidad de Cambridge. En el estupendo prólogo de Gonzalo Gómez Montoro, en la segunda edición de Chamán Ediciones, se nos advierte de que fue olvidada como casi todas las escritoras tardovictorianas, que se la puede considerar como precursora del Modernism de Wolfe y Lawrence, y que si no hubiese muerto tan joven probablemente se habría convertido en una gran autora.

En Historia de una tienda, Amy Levy recrea un retrato de la New Woman de su época: esa mujer que a finales de la época victoriana se cuestiona la sociedad patriarcal en la que vive y sale de casa (sola) para trabajar y estudiar y frecuentar clubes sociales. Las hermanas Lorimer, excepto Fanny que, por contraste y por edad sigue siendo una mujer tradicional, representan ese espíritu emprendedor femenino que no se conforma con vivir a expensas de sus parientes más ricos porque han perdido al cabeza de familia. Lucy estudia fotografía con un reputado profesional, Gertrude viaja en autobús sola (¡y en el piso superior, al aire libre!), Phyllis se relaciona con el sexo opuesto con naturalidad. Esta actitud vital tan acorde con los primeros movimientos feministas ingleses, contrasta con la del personaje de Constance Devonshire, la amiga rica de las Lorimer, cuya vida no es más que una sucesión de bailes a la caza de un buen partido.

Me ha gustado Historia de una tienda por muchas razones, pero sobre todo por la prosa directa y brillante de la autora, sus diálogos, sus protagonistas y el sentido del humor. Especialmente interesante me ha parecido que plantease la cuestión de que las hermanas Lorimer consiguen vivir plenamente al perder su posición social y, en cambio, acceder a círculos artísticos e intelectuales mucho más afines a ellas. Comentando la novela con Mrs. Hurst, de Las Inquilinas de Netherfield (por cuya reseña conocí este libro), le decía que me ha gustado más que Mujercitas porque Amy Levy se atreve a ir donde Louisa May Alcott no se atreve: las Lorimer sí que son valientes, decididas, rebeldes, capaces de tomar las riendas de su vida, de desafiar a la sociedad de su época y valerse por sí mismas, dejando de lado cualquier mojigatería religiosa y libros del peregrino. Entiendo de Louisa May Alcott no podía escandalizar a la sociedad con su Mujercitas porque era un encargo editorial y necesitaba el dinero de un bestseller para comer y que por eso se plegó a los gustos y convenciones de la época, pero es imposible hablar de personajes femeninos extraordinarios a finales del siglo XIX y no comparar ambas novelas.

Lector, es tan incomprensible que la Historia se haya olvidado de Amy Levy como que lo haya hecho de Lucy Clifford.

También te gustará: Mujercitas; Preciosa Polly Pemberton; El general Ople y Lady Camper; La nueva madre

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Historia de una tienda

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La primera edición de El hobbit

En julio de 1936 el manuscrito de El hobbit yacía inconcluso y abandonado sobre uno de los escritorios de la casa familiar de los Tolkien, en Northmoor Road. El profesor, que lo había concebido como un cuento de buenas noches por entregas para sus hijos, había ido postergando poner los últimos capítulos por escrito hasta casi olvidarse del proyecto. Sin embargo, cuando Susan Dagnall fue a visitar a su amiga Elaine Griffiths, editora en George Allen & Unwin (había sido contratada a sugerencia de Tolkien para realizar una traducción del Beowulf), tropezó con el manuscrito inacabado y se entusiasmó. Susan convenció a Elaine para que instase al profesor a que terminara la historia y la publicase. Sorprendentemente, Tolkien aceptó y en agosto de 1936 escribía «El hobbit está casi terminado y los editores claman por él.»

Primera edición de The hobbit by J. R. R. Tolkien (George Allen & Unwin, 1937). Fuente: El Rincón de Cabal, reseña sobre El hobbit

El presidente de la editorial, Stanley Unwin, le pidió a su hijo Rayner de diez años que leyera la versión terminada durante las vacaciones escolares de verano. El chico escribió un informe de lectura tan entusiasta que su padre lo recompensó con un chelín y dio luz verde a la edición. Pero el señor Unwin quería ilustraciones que acompañasen al texto pues, al fin y al cabo, se trataba de una publicación infantil, y así se lo hizo saber al autor. Tolkien, que pensaba que sus dibujos solo servían para demostrar lo mal ilustrador que era, entregó sus bocetos de hobbits, enanos, arañas y mapas, y para su sorpresa y consternación fueron aceptados.

No debió ser fácil para los editores de Allen & Unwin trabajar con el perfeccionista profesor, quien hasta el fin de sus días se quejó amargamente de las maquinaciones y descuidos de impresores y editores. Tolkien revisaba y cambiaba constantemente el texto, inventaba mapas secretos que solo podían leerse a contraluz —aunque hubiese preferido que solo se revelasen bajo la luz de la luna—, utilizaba demasiados colores para las ilustraciones, no acertaba con el tamaño, corregía las galeradas y las imágenes una y otra vez, encontraba fallos hasta en las sombras de los dibujos… Incluso llegó a puntualizar palabra por palabra por qué estaba equivocado todo el texto publicitario de la promoción de El hobbit. En marzo de 1937 Tolkien devolvió el manuscrito de su cuento a Allen & Unwin con tantos cambios que los editores amenazaron con restarle de sus beneficios los gastos de pruebas de impresión.

Final y felizmente, la primera edición de El hobbit de Allen & Unwin salió a la luz en Londres en septiembre de 1937. Tolkien, algo acongojado por las quejas de la editorial y abrumado por los gastos médicos de su familia (habían sufrido de gripe y sarampión en los meses anteriores), les escribe: «Espero que en definitiva el señor Bolsón acuda en mi rescate de manera moderada (no espero cofres de oro de los trolls)». No tenía por qué preocuparse, la primera edición, de 1.500 ejemplares, tuvo tanto éxito que ya estaba agotada en diciembre de ese mismo año y se puso en marcha una reimpresión.

Entonces, sus editores le comunicaron que la norteamericana Houghton Mifflin Co. quería publicar El hobbit en su país, pero que solicitaban permiso para contratar a otro ilustrador para incluir mayor número de dibujos en su edición. Tolkien, que desconfiaba por naturaleza de todo lo norteamericano (también de los niños que necesitaban más dibujos), puso una única condición: que su obra jamás pasase por los estudios Disney, a los que detestaba con intensidad británica. La edición americana salió a librerías en marzo de 1938, con cuatro ilustraciones a color del propio Tolkien; poco podía imaginarse entonces que el prestigio de su obra y su nombre llevarían a ilustradores de la talla de Jemima Catlin, Alan Lee o John Howe a plasmar con su arte la belleza mítica de su Tierra Media.

Pero esa ya es otra historia.

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La mujer de púrpura, de Jeanette Winterson

En 1603, tras la muerte sin descendencia de la última reina Tudor, Isabel I, fue Jacobo Estuardo quien heredó el trono de Inglaterra. Hijo de María I de Escocia, había sido nombrado rey de Escocia durante su primer año de vida, por lo que pasó a la Historia como Jacobo VI de Escocia y I de Inglaterra y de Irlanda. Solo dos obsesiones tenía el nuevo rey inglés: perseguir la brujería y erradicar el catolicismo de sus tierras. Y a ambas se entregó con pasión, llegando algunas veces a parecerle lo mismo una misa negra que la santa misa. Sin embargo, no le fue demasiado bien en sus primeros años de reinado, pues en 1605 tuvo que lidiar con la Conspiración de la pólvora —un grupo de activistas católicos liderados por Guy Fawkes atentaron contra el Parlamento con el objetivo de asesinar a Jacobo y a la aristocracia protestante— y en 1612, los procesos contra las brujas de Lacanshire —probablemente un montaje para descubrir y procesar a los católicos que se ocultaban en la región, algunos prófugos de la Conspiración de la pólvora.

«Es imposible caminar por aquí y sentirse solo. Quienes han nacido en este lugar están marcados por Pendle. Comparten una marca común. Todavía pervive la tradición, o la superstición, de que las niñas nacidas en Pendle Forest son bautizadas dos veces: una en la iglesia y la otra en una poza negra al pie de la colina. La colina las conocerá entonces. Serán su trofeo y su sacrificio. Ellas deben aceptar el derecho derivado de su nacimiento, sea cual sea su significado.«

En La mujer de púrpura, Jeanette Winterson novela el proceso por brujería más famoso de Inglaterra: los juicios de las brujas de Lancashire. Entre abril y agosto de 1612 fueron quemadas en la hoguera ocho mujeres acusadas de practicar la brujería, entre ellas, Alice Nutter, una hermosa y rica viuda, comerciante de paños, alquimista y discípula del doctor John Dee. Avisa Winterson en el prólogo que, pese a basarse en hechos reales, su novela no deja de ser una aproximación ficticia con elementos sobrenaturales. Aunque lo cierto es que ha reflejado magníficamente el clima político y religioso de la época y ha sabido sacar partido al mayor misterio de los documentos originales: ¿por qué una mujer educada y rica como Alice Nutter fue juzgada y quemada junto a la chusma de Lancashire?

Con la inteligencia que la caracteriza, Jeanette Winterson entrelaza muy bien la recreación de personajes y hechos reales con una trama sobrenatural apasionada y muy bien ambientada en la Inglaterra de principios del siglo XVII. Destaca el perfil brutal de los cazadores de brujas y la bestialidad en la que vivían los más miserables de la sociedad, que contrasta terriblemente con una Inglaterra isabelina, época dorada de la literatura y el teatro. La autora pone de relieve ese equilibrio continuo entre ciencia y superstición, entre magia y religión, pero sobre todo consigue hechizar al lector en una narración oscura y a menudo escalofriante. La mujer de púrpura es una novela gótica y de misterio sobrenatural, con una prosa precisa y brillante, y una atmósfera envolvente como la niebla del crepúsculo en el bosque de Pendle. Sus personajes, escenas y hechos documentados te dejan helado, y no puedes dejar de pensar que probablemente la realidad fue mucho peor que la ficción.

Lector, atención al divertido cameo de William Shakespeare.

También te gustará: Días de Navidad

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Historia de una partida y un regreso

Aunque El hobbit se publicó por vez primera el 21 de septiembre de 1937, por la editorial George Allen & Unwin, su autor había empezado a escribirlo casi doce años antes. En 1925, J. R. R. Tolkien renunció a su puesto en Lengua Inglesa en la Universidad de Leeds y regresó a Oxford como profesor de Anglosajón en el Pembroke College. Por aquel entonces llevaba nueve años casado con Edith y era padre de tres niños. Había pasado la mitad de su vida imaginando el corpus legendario de su Tierra Media, pero apenas había puesto por escrito algunos cuentos y capítulos del Silmarillion, donde recogía las historias de Beren y Lúthien, la caída de Sauron o la dinastía de Húrin. Sin embargo, la primera vez que pensó en El hobbit supo que sería un cuento que leería a sus pequeños antes de ir a dormir.

Tolkien con sus cuatro hijos: John, Michael, Christopher y Priscilla.

A través de la biografía de Humphrey Carpenter y de las cartas personales de Tolkien, uno tiene la sensación de que el profesor dedicaba poco tiempo a su familia. A menudo lo encontramos estudiando, escribiendo, dando clases, tomando una pinta de cerveza en The Eagle and The Child con sus amigos y alumnos, leyendo en voz alta poemas y traducciones nórdicas del Beowulf en sus reuniones de los jueves con los Inklings. Incluso cuando pasaba tiempo en casa, lo suponemos encerrado en su estudio, escribiendo, inventando idiomas propios para cada una de las razas de la Tierra Media.

J. R. R. Tolkien odiaba las biografías y era reservado por naturaleza, pero que no mencionase casi nunca su vida familiar no significa que no fuese importante para él. Cartas a Papa Noel, una recopilación epistolar llena de ternura cuyos destinatarios eran sus hijos, y El hobbit, leído por capítulos, a medida que los iba escribiendo, también a sus pequeños, son dos indicios literarios de que el profesor no estaba aislado de su familia ni siquiera cuando cruzaba los límites de la Comarca. El hobbit fue la puerta infantil de entrada a la Tierra Media que Tolkien abrió para que sus hijos pudiesen seguirle, para que no quedasen excluidos de ese otro mundo en el que él pasaba tanto tiempo.

Era un verano templado en Oxford, el profesor Tolkien corregía exámenes de final de curso de Literatura Anglosajona en sus habitaciones del Pembroke. Al otro lado de los ventanales góticos, atardecía, buen momento para encender otra pipa y descansar la vista sobre la desgastada alfombra verde más allá del escritorio. Aburrido por la tediosa tarea de la corrección, Tolkien alcanzó una cuartilla en blanco y escribió con su apretada letra picuda

«En un agujero en el suelo vivía un hobbit».

El resto es leyenda.

Bibliografía de consulta:
CARPENTER, Humphrey: J. R. R. Tolkien, una biografía. Ediciones Minotauro, Barcelona, 1999
CARPENTER, Humphrey: Biblioteca Tolkien. Cartas. Selección del Humphrey Carpenter. Ediciones Minotauro, Barcelona, 2002.
CARPENTER, Humphrey: Los Inklings. Homo Legens. Madrid, 2008.

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