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El festín de Babette, de Isak Dinesen

A finales del siglo XIX, en una pequeña aldea rural de Noruega, las hermanas Martine y Philippa preparan la celebración del centenario del nacimiento de su padre, ya fallecido. El patriarca había sido un maestro espiritual cuyos feligreses empiezan a disgregarse por la edad y los rencores propios de las comunidades pequeñas, por eso sus hijas piensan que organizar una cena volverá a unirlos. Pero Babette, la enigmática cocinera francesa que una noche de 1871 llegó a la puerta de las hermanas, se ha empeñado en encargarse ella misma de la cena. Los invitados, siempre considerados con las hijas de su maestro, prometen no sorprenderse sea lo que sea que aparezca sobre la mesa esa noche.

«En Noruega hay un fiordo largo y estrecho entre montañas altas que se llama Berlevag. A pie de las montañas se ubica el pueblo que le da nombre, un desorden de bloques de madera de juguete pintados de gris, amarillo, blanco, rosa y otros colores.«

He leído la edición en catalán de El Cercle de Viena, con traducción del danés de Maria Rossich.

Isak Dinesen es el seudónimo de la escritora danesa Karen Blixen (1885-1962), la autora de Memorias de África. Publicó El festín de Babette por vez primera en 1952, un relato largo en el corazón de hielo de Noruega lleno de calidez y de sorpresas, que es mejor leer sin haberse asomado antes a la sinopsis para disfrutarlo sin condiciones.

La prosa de Blixen posee una cadencia tranquila y dulce que acompaña muy bien a esta historia alrededor de tres mujeres peculiares escondidas en el confín del mundo. La autora maneja con maestría los hechos históricos de finales del siglo XIX de una Europa convulsa —sobre todo Francia— que contrastan con los paisajes nevados y el transcurrir tranquilo de Berlevag y su pequeña comunidad. Y entre esos hechos, grandes y dramáticos, pequeños y sutiles, tres mujeres se esconden del mundo a pesar de sus respectivos y extraordinarios dones. Con pequeñas pinceladas de humor y unos diálogos que caracterizan muy bien a los personajes, Karen Blixen narra, con exquisito ritmo y una concisa y delicada prosa, una historia tan breve como genial.

Lector, en el pot petit hi ha la bona confitura.

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La guerra de los mundos, de H. G. Wells

Un periodista inglés visita un observatorio interesado por unas extrañas explosiones de gas desde el planeta Marte. Años después, empiezan a aterrizar en las proximidades de Londres extraños cilindros extraterrestres. El periodista cree que se trata de habitantes de Marte, piensa que como el planeta rojo es más antiguo que la Tierra y sus recursos se han agotado antes, los marcianos necesitan mudarse a un nuevo planeta. Pero cuando el primer cilindro se abre y aparecen los visitantes, su tecnología avanzada no es rival para los humanos y sus intenciones resultan claramente hostiles. A finales del siglo XIX, no existe ejército humano capaz de parar el avance destructivo de los recién llegados. La supervivencia de los terrestres está en serio peligro.

«Si el único objetivo de los marcianos hubiese sido la destrucción, el lunes habrían podido aniquilar a toda la población de Londres cuando se diseminaba lentamente por los condados de los alrededores.«

La edición de Austral, con traducción de Rafael Santervás (2019), incluye las ilustraciones de Henrique Alvim Correa (1876-1910) de la edición limitada de 1906 de La guerra de los mundos.

Herbert George Wells (1866-1946) escribió y publicó La guerra de los mundos en 1898 como una ficción especulativa muy crítica con el imperialismo victoriano británico, aunque también como una crónica periodística que describía, con las características propias del género, la invasión de Londres y alrededores por unos marcianos. Aunque conocemos al autor como novelista y ensayista, Wells siempre se sintió más cómodo pensando en sí mismo como un periodista especializado en la crítica social de su época y esto se nota en el tono y estilo de sus novelas.

La guerra de los mundos es una novela que me ha sorprendido. Había visto varias adaptaciones cinematográficas del libro (la de 1953 y la de 2005) y conocía la archifamosa anécdota de la retransmisión radiofónica de Orson Wells, pero la novela de H. G. Wells es diferente. No es tanto una obra de acción y aventuras como una crónica periodística sobre la invasión marciana, casi un diario de un periodista y su hermano sobre cómo sobrevivieron al ataque de los extraterrestres y cómo su llegada alteró el orden de nuestro mundo. Por primera vez desde que el hombre pisa la Tierra, entiende que no está solo en el universo, que no son los reyes de la creación, que su lugar en la cadena alimenticia puede cambiar en un instante de depredadores a hormigas, que el futuro es incierto. Narrada con precisión y una mirada crítica, Wells muestra la fragilidad humana pero también aventura con terrorífica clarividencia una tecnología de guerra que, por desgracia, habría de hacerse realidad (atención al gas o al rayo incendiario) en las trincheras de la Primera y la Segunda Guerra Mundial.

Lector, un clásico que siempre aparcamos porque ya hemos visto la peli y que merece la pena conocer.

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Papá Piernas Largas, de Jean Webster

Jerusha Abbot, residente del orfanato John Grier, recibe una sorprendente noticia: uno de los benefactores de la institución le ha otorgado una beca para que pueda ir a la universidad. La única condición que se le impone a la joven huérfana es que escriba con regularidad a su mecenas para informarle sobre sus estudios. Jerusha encaja a la perfección en su nueva vida universitaria y sus misivas muy pronto reflejan el entusiasmo y la alegría de una chica que, por vez primera, ve su futuro con optimismo. Al fin y al cabo, el mundo espera de ella que se convierta en escritora.

«Porque le diré, Papá: yo creo que la cualidad más importante que puede tener una persona es la imaginación, porque es lo que hace posible que alguien se ponga en el lugar de otro. Y eso vuelve a la gente comprensiva y capaz de sentir compasión. Es una cualidad que debería inculcarse desde la infancia. En cambio, el orfanato John Grier desterraba, en cuanto aparecía, todo atisbo de imaginación en algún huérfano. El deber era la única cualidad que se fomentaba. Por mi parte, creo que los niños deberían ignorar el significado de esa palabra odiosa y detestable, y que se les debería enseñar a hacer todas las cosas por amor.«

En Navidades, una amiga me regaló esta edición de Papá Piernas Largas, de Jean Webster, sabiendo que el ejemplar que yo tenía en casa era casi de museo y que es uno de los títulos preferidos de mi adolescencia. Tenía muchas ganas de volver a leerlo —¿por sexta vez?— y he aprovechado las vacaciones de verano para disfrutarlo como se merece. Aunque ya tengo reseña en el blog, donde explico la biografía de la autora y el contexto de este libro sobre las oportunidades que la educación podía ofrecer a una mujer pobre y desarraigada, he querido volver a hablar de ella para la premisa de novela epistolar del reto Todos los clásicos grandes y pequeños (II Edición).

En esta relectura, me he fijado más en otros aspectos de la novela, sobre todo en los educativos. Me ha llamado la atención que la formación universitaria en literatura inglesa de Norteamérica a principios del siglo XIX fuese casi exclusivamente sobre autores británicos. La protagonista, que desea ser escritora, lee a las hermanas Brontë, a Jane Austen, a Shakespeare, Coleridge, Shelley, Keats, Henry James, Stevenson… Incluso la cita que he escogido, sobre la imaginación, me ha hecho pensar en Charles Dickens y su crítica demoledora al sistema educativo inglés de su época. Ni una sola mención a un autor estadounidense. Y eso que la madre de Jean Webster era sobrina de Mark Twain. Curiosidades aparte, he vuelto a disfrutar muchísimo con esta novela epistolar tan amable y enternecedora. Me encanta la visión optimista general de la historia, la sorpresa final y el sentido del humor de la protagonista. No me canso de recomendarla, también para adolescentes.

Lector, qué paz volver a antiguos lugares queridos y encontrarlos tan acogedores como se los recordaba.

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Las luminarias, de Eleanor Catton

Walter Moody, un joven caballero inglés en busca de fortuna en las concesiones de oro de Nueva Zelanda, llega a Hokitika durante el invierno de 1866 e interrumpe la reunión de doce hombres en el salón de fumadores del hotel Crown. Durante esa noche, Moody escucha la sorprendente historia de Crosbie Wells, un ermitaño que ha aparecido muerto en su cabaña rodeado por una fortuna en oro. Alrededor del misterio de la muerte de Wells se suceden la desaparición de Emery Staines, un joven afortunado, la aparición en circunstancias extrañas de Anna Wetherell, una prostituta adicta al opio, la preocupación de un político por un caso de chantaje, los intereses económicos de banqueros e intermediarios, la villanía de un capitán llamado Carver, traficante de opio, y la sospechosa viuda de Wells, que aparece de la nada para reclamar el oro del difunto. Cuando los acontecimientos se precipitan en una sucesión sorprendente, Moody tomará cartas en el asunto para atar todos los cabos de esa extrañísima historia y que se haga justicia, aunque para ello precise de la colaboración de los doce hombres del Crown.

«Los doce hombres congregados en la sala de fumadores del hotel Crown daban la impresión de ser un grupo reunido al azar. Por la variedad de portes y atuendos (…) podrían haber sido doce extraños en un vagón de tren, cada uno rumbo a un rincón distinto de una ciudad dotada de niebla y mareas suficientes para separarlos.«

Eleanor Catton es una escritora que vive en Nueva Zelanda desde la infancia y Las luminarias, meticulosamente ambientada en este país durante la fiebre del oro del siglo XIX, es su segunda novela, una obra traducida a varios idiomas y galardonada, entre otros premios, con el Man Booker Prize. A lo largo de sus 800 páginas, Las luminarias cuenta una historia de misterio, de aventureros en una tierra inhóspita sedientos de oro, de traficantes y asesinos, de ladrones y chantajistas, de venganza, de amor, de engaños y de fabulosas coincidencias astrológicas. La prosa de Catton, suntuosa y elaborada, se aligera sin perder su riqueza a medida que avanzan los capítulos, pero probablemente, junto a la trama, la ambientación histórica y los personajes, es uno de los puntos fuertes de esta novela.

Es complicado reseñar una novela de este calibre, por su extensión, por la complejidad de sus escenas y detalles de la trama, y la cantidad de personajes protagonistas que maneja la autora, a los que describe con minuciosidad y relaciona con cada uno de los astros del tarot y su correspondencia astral. Personalmente, me ha parecido una gran novela, me ha gustado mucho y me ha sorprendido por su originalidad y por la dificultad que entraña su escritura. Creo que necesita una lectura atenta a los detalles y reconozco que la primera parte invita a tirar la toalla por su extensión y la minuciosidad de sus descripciones, así como la obsesión por los detalles irrelevantes o los diálogos dispersos, a través de los cuales los personajes intentan proporcionar la menor cantidad posible de información. Pero una vez superada esa primera parte, la narración se agiliza y el suspense, que se mantiene hasta el final, se entrelaza con la satisfacción de ir encajando las primeras piezas del misterio.

No es una novela que me atreva a recomendar a todo el mundo porque es excéntrica y requiere de paciencia y una lectura muy atenta en su primera parte. Además, la brevedad de los últimos capítulos del libro resulta algo decepcionante: quedan algunos cabos sueltos, otros solo se solucionan apelando a la imaginación del lector, y se echa en falta el desarrollo de algunas escenas enfrentando a personajes protagonistas de gran carisma que se merecían más que una línea para solventar una tensión acumulada durante 700 páginas. Una tiene la sensación de que Eleanor Catton se quedaba sin papel para cerrar esta tremenda novela como se merecía, o que se había cansado de escribir, o que sus editores le habían llamado la atención por la enormidad de páginas. Llegados a este punto, a mí no me hubiese importado leer otro volumen adicional con tal de que todas las piezas y personajes cerrasen con la excelencia con la que la autora abre Las luminarias. Pese a todo, he disfrutado muchísimo con esta lectura, que me ha ocupado la mitad de mi verano, y que me ha permitido aventurar hipótesis y compartir teorías con MH de Las inquilinas de Netherfield, así como cotillear sobre los magníficos personajes.

Lector, una aventura neozelandesa con un toque sobrenatural en plena fiebre del oro.

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Memorias de una estudiante victoriana, de Jane Ellen Harrison

Jane Ellen Harrison (Yorkshire, 1850 – Londres, 1928) fue historiadora, escritora, sufragista y una de las primeras mujeres en impartir conferencias universitarias en Inglaterra. Pese a su educación religiosa y convencional, su carácter independiente y curioso la llevó a viajar por Europa, Rusia y Grecia, siempre atenta al estudio de la religión y el arte clásicos. Sus excelentes relaciones sociales y profesionales la llevaron a conocer a George Eliot, Robert Browning, Henry James, Alfred Tennyson o Frances Darwin, entre muchos otros intelectuales de su época. Virginia Woolf fue la editora de sus memorias, cuidadosamente blanqueadas cuando ya era una de las estrellas de Cambridge, admirada por los jóvenes de Bloomsbury.

«He hablado mucho de personas y nada de libros, aunque la influencia de los libros en mi vida ha sido constante y muy profunda. Cuando me mudé a la capital me hice miembro vitalicio de la Biblioteca de Londres: vivir allí era muy caro, pero pensé que si las cosas se ponían feas, con un suministro constante de libros y un poco de calderilla para tabaco, yo podría afrontar con bastante ánimo el asilo para pobres.«

Compré este libro hace algunos meses, en parte por la reseña que le dedicó Undine en su blog, en parte porque Jane Ellen Harrison era una New Women victoriana y me había encantado Historia de una tienda (regalo y recomendación de MH de Las inquilinas de Netherfield), y en parte porque me dio la sensación de que serían unas memorias parecidas a las de Gwen Raverat, con las que tanto había disfrutado el año anterior. No conocía a Jane Ellen Harrison y después de leer estas breves memorias, debidamente blanqueadas y demasiado concisas, me ha quedado la sensación de que sigo sin saber demasiado de ella, aunque sí más de la época en la que vivió y cómo hizo frente a las dificultades de género casi insuperables de una mujer que deseaba estudiar en las últimas décadas del siglo XIX.

He disfrutado más del magnífico estudio preliminar de Aurora Ballesteros, traductora y editora de este libro, que del resumen autobiográfico de Jane Ellen Harrison. Aurora Ballesteros contextualiza la época histórica que marcó la juventud estudiantil de Harrison con brillantez y claridad: hasta 1870, las universidades de Oxford y Cambridge no aceptaron mujeres como alumnas y no fue hasta el cambio de siglo cuando se les permitió realizar los exámenes de titulación. Harrison estudió en el Newnham college de Cambridge, donde se procuraba a cada alumna una habitación individual (de ahí el título de Una habitación propia de Virginia Woolf) que se empapelaba con los diseños de Morris para que fuese agradable y femenina en un intento de que las chicas estudiasen allí. En 1850, el modelo de educación femenina era «el ángel del hogar», cualquier instrucción terminaba en la adolescencia y toda enseñanza giraba en torno a preparar a una buena esposa y administradora del hogar.

Aunque Harrison perteneció a la primera generación de mujeres inglesas universitarias, hacia la década de los años 80 del siglo XIX los estudios científicos todavía defendían que estudiar y leer alteraba el ciclo reproductivo de la mujer y que la raza inglesa se vería seriamente perjudicada si se dejaba a las mujeres seguir en las universidades. Cuando Harrison ayudaba a recaudar fondos para instituciones de apoyo a la educación femenina, recuerda que todos los discursos de los hombres que apoyaban la causa terminaban con la frase «Una mujer perfecta, preparada de forma sublime para aconsejar, cuidar y gobernar la casa«; y que cuando empezó a impartir conferencias de arte griego en las universidades inglesas, su hermanastro, que estudiaba en Eton, le suplicó que no fuese a su college, pues lo pondría en ridículo. La excelente introducción de Aurora Ballesteros, que también analiza con mucho acierto la influencia de la cultura griega en la Inglaterra victoriana, y las primeras páginas de las memorias de Jane Ellen Harrison me parecen perfectas para entender los cambios en la sociedad victoriana y una de las causas de origen de la invisibilidad de las autoras que escribieron antes del siglo XX.

Lector, conocer la Historia es comprender nuestro presente.

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Memorias de una estudiante victoriana

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