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Años de mentiras, de Mayte Esteban

Beatriz Álvarez, directora del gran grupo editorial Vimar, piensa que todavía tiene una oportunidad de salvar la profunda crisis por la que está pasando la empresa si es capaz de publicar otra novela de Alejo Novoa. Novoa se convirtió en una leyenda por su best seller El hombre inconstante, pero lleva treinta años retirado, no ha escrito ni una sola línea más, nadie sabe quién es y no concede entrevistas. Las esperanzas de Beatriz se sustentan en el correo que acaba de recibir: Alejo Novoa quiere conocer a Daniel Durán, uno de los redactores más versátiles del grupo Vimar. Pero cuando la directora le propone a Durán que acuda a la cita y consiga mucho más que una entrevista con el misterioso escritor se topa con la reticencia de un periodista que no tiene nada que perder porque hace años que la vida se lo arrebató todo. A medida que Daniel va desenredando el hilo de enigmas y mentiras al que se ha visto empujado por las circunstancias, reflexionará sobre la escritura, la autenticidad literaria y la necesidad de volver a sentirse vivo.

«—¿Qué no es injusto en esta vida? Ahora piensa en el mundo en el que tú te mueves. ¿Qué es lo primero que te llama la atención de un libro?
No tuvo que pensar demasiado para darle una respuesta.
—El título.
—Eso es. El nombre. Como decía Juan Ramón, el poeta, el nombre exacto. No te hagas esa pregunta sobre Alejo Novoa. No merece la pena. Quédate solo con una cosa: tiene el nombre que le hace quien es frente al mundo.«

Mayte Esteban es una escritora que no necesita presentación en Serendipia. Tengo la suerte de haber seguido su carrera como escritora casi desde el principio y ya sabéis que me gusta mucho cómo escribe. Mayte es mi amiga y una de las personas a las que más admiro por su honestidad y su valentía, así que no voy a ser imparcial con ninguna de las reseñas de sus libros, pero ¿la habéis leído? Yo, muchas veces, y ha vuelto a sorprenderme. Si con La colina del almendro nos demostró que era capaz de salir de su zona de confort, con Años de mentiras nos ha confirmado su versatilidad y que todavía tiene mucho con lo que sorprendernos.

Años de mentiras es una novela de suspense psicológico, de personajes, casi un thriller editorial —disculpad por las etiquetas—, pero sobre todo es una novela de reflexión sobre la escritura de ficción. Me ha gustado mucho ese diálogo interior de la autora sobre literatura y verdad, planteado a tres voces por los protagonistas. Me ha hecho sonreír la pulla inicial a los periodistas que no saben entrevistar, que repiten las mismas preguntas, a menudo sinsentido, huecas y estúpidas, sin pararse a pensar qué es lo que en realidad desean conocer. Daniel Durán es un periodista capaz de imitar el tono y el estilo de todos sus compañeros porque lo difícil es encontrar la propia voz. La diferencia entre periodismo y novela, la capacidad de observación de un escritor, la verdad ficcionada, la precisión del lenguaje, la emoción del lector… A través de los personajes de Años de mentiras Mayte Esteban repasa sus certezas como escritora, pero también reflexiona sobre su concepción de la literatura y el de la industria editorial: la fabricación de un best seller, la copia, la vacuidad de la crítica, las novelas sin alma, el miedo…

«El éxito es más duro que el fracaso, Daniel. Cuando fracasas, aprendes. Te levantas y vuelves a empezar y, si las cosas no van como pensabas, siempre puedes cambiar de objetivo y descubrir que quizás hay otra cosa en la que eres bueno. Pero cuando tienes tanto éxito como tuvo Alejo… corres el riesgo de entrar en una parálisis que te impide seguir adelante.«

Sin embargo, Años de mentiras no es solo ese diálogo metaliterario que tanto me ha encandilado. En esta novela encontrareis también personajes carismáticos en una encrucijada vital, conflictos emocionales no resueltos, relaciones de poder, crisis contemporáneas, la importancia de perdonarse uno mismo… Ah, y genial el remate de las páginas finales que tan bien refleja uno de los grandes males de nuestro siglo: la desinformación, las fake news, los bulos informativos, la inmediatez, la desacreditación, los falsos gurús y el odio exacerbado por la opinión del otro en las redes sociales.

Dice Mayte Esteban en los agradecimientos que en Años de mentiras «late mi profundo amor por la literatura, aunque para contarlo no se me haya ocurrido otra cosa que construir una trama llena de mentiras». Pero es que una trama de mentiras, querida Mayte, es la mejor definición de ficción que se me ocurre.

Lector, no hagas caso de mis razones porque esta es una novela que vas a disfrutar por las tuyas propias.

También te gustará: La buena novela; Y entonces sucedió algo maravilloso; El despertar de la señorita Prim; Aquella vez en Berlín

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Shakespeare, de Bill Bryson

Dice Bill Bryson que su voluntad en este libro es recoger todo lo que se sabe sobre la vida de William Shakespeare, sin suposiciones ni invenciones, y que por eso le ha quedado tan corto. Solo existen tres imágenes que supuestamente representan al bardo de Stratford: el retrato Chandos, que fue el primer retrato que compró la National Portrait Gallery de Londres, el grabado del First Folio, que apenas parece una caricatura, y el busto pintado de la iglesia de Santísima Trinidad de Stratford Upon-Avon, que un loco decidió pintar de blanco y otro lo restauró al estilo del ecce homo de Borja. Los tres retratos podrían ser falsos, verdaderos o inexactos, y es que toda la biografía de William Shakespeare consiste en un 5% de hechos probados y un 95% de conjeturas (la mayoría muy chifladas). Sin embargo, tanto misterio no es nada extraño si tenemos en cuenta que apenas sabemos mucho más del resto de autores ingleses de su época, y que el incendio de Londres de 1666 destruyó muchísimos documentos. Tenemos sus obras gracias a que Henry Condell y John Heminges, compañeros de Shakespeare y los últimos integrantes de los Lord Chamberlain’s Men, las compilaron en el First Folio al poco de su muerte. Aunque tras su defunción no perdió del todo la estima del público, lo cierto es que la fama de Shakespeare estaba muy por debajo de otros dramaturgos de su época, y las obras de teatro isabelinas y jacobinas fueron cayendo en el olvido a medida que pasaban los años. Hasta el siglo XVIII no se recuperó su prestigio y, entonces, ya era demasiado tarde para escribir una biografía fidedigna pues todos quienes le habían conocido en persona habían desaparecido.

«El genio de Shakespeare no se centraba en los hechos, sino en la ambición, la intriga, el amor, el sufrimiento, cosas que no se enseñan en la escuela. Poseía una inteligencia asimilativa que le permitía reunir un montón de fragmentos de saber dispersos, pero nada indica que sometiera a sus obras a un riguroso trabajo intelectual, a diferencia de, pongamos por caso, Ben Jonson, que hace flamear su erudición en casi cada palabra. Nada de lo que escribe Shakespeare revela un gran conocimiento de Tácito, Plinio, Suetonio y otros que fueron determinantes para Jonson o que Francis Bacon trataba con absoluta familiaridad. Lo cual es bueno —e incluso muy bueno—, porque sin duda habría sido menos Shakespeare y más dado al lucimiento si hubiera tenido más lecturas.«

Me estrené con Bill Bryson con Un paseo por el bosque y quedé prendada de su sentido del humor y de lo bien que compendia conocimiento histórico y científico. Como padezco de acusada bardolatry desde que tengo memoria, me compré su librito de Shakespeare y ahí lo tenía, esperando turno en la estantería, hasta que mi amiga Isi, que está estudiando literatura inglesa y anda en liza con el bardo de Stratford, me propuso leerlo al alimón. Nos lo hemos pasado en grande descubriendo lo chiflados que están casi todos los estudiosos de Shakespeare y la de teorías descabelladas que se han montado sin ninguna evidencia alrededor de su vida y su obra.

Sin duda, es una paradoja que el autor más conocido del mundo sea el más desconocido. Shakespeare padecía de anatropismos y anacronismos en casi todas sus obras, pero acuñó expresiones nuevas que han llegado vivas a nuestros días —como «exhalar el último suspiro», por ejemplo—, una décima parte de las frases hechas en inglés son de su autoría, y le dio más garra al idioma inglés incorporando en sus textos unos 2.000 neologismos, de los cuales siguen utilizándose unos 800. Dramaturgo isabelino y jacobino, actor y director teatral, poeta y copropietario de The Globe, no tenía estudios superiores y no sabemos si pudo viajar, pero fuese quien fuese William Shakespeare cuatro siglos después de su muerte seguimos disfrutando de su genialidad.

Lector, un libro muy divertido con el que desmontar todas las tonterías que se han escrito sobre Shakespeare.

También te gustará: Un paseo por el bosque; Jane Austen en la intimidad; El sabor de las penas

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El sabor de las penas, de Jude Morgan

Desde que su esposa murió, el reverendo Patrick Brontë vive solo con sus cinco hijas y su único hijo varón en la rectoría de Haworth, en los inhóspitos páramos de Yorkshire. Consciente de los limitados ingresos de la familia y preocupado por que las chicas no sean una carga económica para el hermano, decide darles una educación para que en el futuro puedan ejercer de institutrices o maestras. Pero el pensionado benéfico al que las envía, regentado por un reverendo miserable y vil, acaba con la vida de las dos hermanas mayores, Maria y Elizabeth, y puebla de pesadillas los sueños de las menores. Mientras el único hijo varón acumula deudas, borracheras y despidos, Charlotte, Emily y Anne mantienen a la familia con sus respectivos trabajos. Cansadas y desalentadas, enfermas de añoranza y hartas de desempeñarse como institutrices, deciden dedicarse a su verdadera pasión. Sin el conocimiento de su padre y de su hermano, las tres hermanas Brontë desafían a la sociedad de su época, que las considera mujeres prescindibles, y escriben y publican sus primeras novelas.

«—Se supone que no debemos decir nada de lo que sentimos —declara Charlotte, y oye cómo crepita su voz, dura y sibilina, en el silencio de la noche—, que no debemos saber lo que sentimos. Si lo sabemos, es moralmente reprobable. Si un hombre te gusta, y no digo que lo ames, solo que te gusta lo suficiente como para sentirte atraída y pensar que puedes llegar a amarlo, tampoco eso debes saberlo. Solo podemos balbucir incoherencias, como si emocionalmente fuéramos niñas de pecho.«

El sabor de las penas, de Jude Morgan, es la biografía novelada de Charlotte, Emily y Anne Brontë. La he leído a la par que La inquilina de Wildfell Hall, de Anne Brontë, y me ha hecho reflexionar sobre todas las lecturas anteriores de las tres hermanas. Jude Morgan mezcla con tanto acierto realidad y ficción, relaciona tan bien la vida de las escritoras, sus experiencias vitales y sus caracteres, con la esencia de sus obras que me parece un libro indispensable para quienes admiramos a Charlotte, Emily y Anne.

Con una prosa fluida y excepcionalmente emotiva y cautivadora, Jude Morgan cuenta la historia de tres mujeres brillantes, inteligentes, únicas, condenadas a marchitarse de pena, atrapadas en trabajos muy por debajo de sus capacidades, en convencionalismos sociales contrarios a las ansias de libertad de sus intelectos. El sabor de las penas no solo realiza una reconstrucción muy plausible de la vida de las tres hermanas sino que además ofrece un retrato psicológico y emocional de cada una de ellas que nos acerca a las escritoras como ninguna otra biografía. En este aspecto, me ha conmovido especialmente Emily Brontë, por su alma indómita, su autenticidad, su carácter salvaje y libre como un pájaro; Emily es Catherine y es Heathcliff, Emily es Cumbres borrascosas y Cumbres borrascosas es Emily. A mediados del siglo XIX, solo a través del papel una mujer así podría haber dado rienda suelta a su verdadero yo; solo a través de una ficción pudo vivir de verdad.

«Pienso en lo que es bueno para ellas, desde luego. Porque lo peor que podría sucederles, convendrá en ello conmigo, señor Brontë, lo peor para esas niñas sería que crecieran considerándose excepcionales en algún sentido.«

El sabor de las penas también es una estupenda guía para entender en profundidad las novelas de las hermanas Brontë y comprender mejor a sus personajes y las reflexiones alrededor de sus tramas. Por ejemplo, el horror del pensionado de Cowan Bridge y la maldad del reverendo Nilson que vivió Charlotte aparecen retratados (y suavizados, porque la realidad siempre supera a la ficción) en Jane Eyre; la degradación de Branwell (el hermano) por las drogas y el alcohol se refleja en La inquilina de Wildfell Hall; y el tormentoso viento asolando los páramos de Yorkshire y las ramas de los árboles arañando las ventanas del dormitorio de la joven Emily constituyen una escena fantasmagórica y romanticista de Cumbres borrascosas. Charlotte, Emily y Anne convivían a diario con Rochester, con Heathcliff, con Agnes Grey, con el profesor, con Arthur, con Jane Eyre… porque, probablemente, solo su intelecto y su fuerza de voluntad las salvó de la desesperación y la pena.

«Jamás pensé que el amor se pareciese tanto a la muerte.«

Al igual que sucede cuando pensamos en Jane Austen o en Virginia Woolf, los lectores nos preguntamos qué habría sido de las señoras Brontë si hubiesen nacido en nuestra época, en la que las mujeres superdotadas lo tienen un poco más fácil para que su voz se escuche alta, clara y fuerte. O quizás sea un error pensar así, un error siquiera plantearse la posibilidad, quizás Charlotte, Emily y Anne fueron tan extraordinarias y nos legaron personajes e historias tan fuera de lo común precisamente porque en su siglo fue la única vía que encontraron para gritarnos que estaban vivas, que seguían siendo libres.

Lector, una lectura imprescindible para acercarse, apasionadamente, a tres de las autoras más sobresalientes y valientes de la literatura, pues se atrevieron a cambiar para siempre y en contra de los estándares de su época —como Jane Austen antes que ellas— los arquetipos femeninos de ficción literaria.

También te gustará: Jane Eyre; Cumbres borrascosas; La inquilina de Wildfell Hall; Las Brontë fueron a Woolworths; Jane Austen en la intimidad

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El país donde florece el limonero, de Helena Attlee

En la Italia del siglo XVII los cítricos se usaban para todo: medicina, cocina, ornamentación, juegos, perfumes… Complejos, aromáticos y sorprendentes, son los únicos árboles cuya polinización cruzada suele ser exitosa: del cruce de mandarina y pomelo resulta la naranja, del cruce de pomelo y naranja, la toronja, del cruce de la cidra y la naranja amarga, el limón, etc. por eso es tan complicada su taxonomía. Helena Attlee, experta en jardines, desgrana la historia de los cítricos en Italia, desde los primeros jardines de los Médici en Florencia, hasta el Palermo del siglo XXI, en donde los árboles frutales todavía conservan el sistema de regadío que los árabes implantaron en el siglo IX, pasando por la conversión de Sicilia en productora de zumo de limón por mandato de Nelson, los primeros cultivos orgánicos de los Borghese o la mejor mermelada de cítricos del mundo, que se hace en San Giulano en casa de la familia Ferragamo (sí, la de los zapatos y bolsos).

«Hay que respetar un ritual y esa es otra razón por la que un cultivador de naranjas lleva siempre una navaja. Primero sujeta el fruto en la palma de la mano, con el tallo hacia arriba. Luego hace un corte horizontal para dividirlo exactamente por la mitad. El jugo de una naranja recién cogida es abundante, incontenible y su aroma estalla en el aire. Arroja la mitad superior al suelo sobre la crecida hierba, porque, en la naranja, el zumo y la dulzura se concentran en la parte inferior, lo más lejos posible del tallo. Luego corta una rodaja y, pinchándola con la hoja de la navaja, la ofrece por la parte sin filo.«

Helena Attlee es autora de cuatro libros sobre jardines italianos y fue durante el transcurso de una investigación sobre un posible quinto ensayo cuando topó con los cítricos ornamentales de los Médici y se quedó prendada del exótico, fragante y complejo mundo de estos árboles frutales. El encanto de El país donde florece el limonero reside en la fuerza narrativa de Attlee, que contagia su pasión, y en esa alternancia entre la historia de los cítricos en Italia y el mundo, los aspectos más científicos (botánicos) de su estudio y su viaje a lo largo de la península itálica en busca del cultivo actual de limones y naranjas dulces y amargas.

Además de disfrutar de lo maravillosamente bien que escribe Helena Attlee y del encanto de sus anécdotas, la amenidad de su narración histórica, la belleza de sus imágenes naturales y agrestes, me ha encantado adentrarme en los jardines de cítricos a través del tiempo. No sabía que las naranjas solo son de color naranja en el hemisferio norte, donde la temperatura cae por debajo de los 10 grados centígrados descomponiendo así la clorofila y permitiendo la liberación de carotenos que le dan ese color, y que en Brasil, por ejemplo, las naranjas son verdes. O que el boom del cultivo de limones lo desencadenó la Marina Real Británica cuando descubrieron que su zumo paliaba el escorbuto. O que en Palermo el cultivo de cítricos estuvo a punto de desaparecer por la especulación inmobiliaria de la Mafia.

El país donde florece el limonero debe su título a una cita de Goethe («¿Conoces bien el país donde florece el limonero?«) cuando realizaba el Grand Tour preceptivo de los universitarios del siglo XVIII y XIX, y sus referencias literarias y científicas son otro de los motivos por los que me ha hechizado este libro: los cítricos que aparecen en El origen de las especies de Charles Darwin, en Goethe, en Hans Christian Andersen, D. H. Lawrence, Tobias Smollett,… No es solo un libro interesante y ameno para una historiadora o una bióloga, es una lectura bellísima —y también un libro de recetas— que os recomiendo mucho si necesitáis algo distinto lejos del mundanal ruido. De lo mejor que he leído en los últimos años… aunque ya conocéis mi debilidad por los jardines.

Lector, maravilla.

También te gustará: Cuatro setos; El libro de la madera; Un año en los bosques

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Las Brontë fueron a Woolworths, de Rachel Ferguson

Deirdre Carne es periodista, pero anda a vueltas con su primera novela. Katrine Carne estudia arte dramático y está un poco cansada de que siempre le toque recitar las frases más picantes de Shakespeare. La hermana más pequeña, Sheil, se educa en casa con la inflexible institutriz Martin. Las chicas Carne viven a caballo entre la aburrida realidad de la buena sociedad del Londres de entreguerras y su desbordante imaginación, en la que jueces, ayudantes de fiscal, actores, fantasmas literarios y pierrots entran y salen de casa en un interminable cotilleo social. Perdidamente enamoradas del juez del Tribunal Supremo Toddington y de su esposa, las Carne los incorporan con naturalidad a sus fantasías cotidianas, pero cuando Deirdre propicia un encuentro en la vida real y se encantan mutuamente, su elaborado mundo ficticio empieza a resultar contagioso.

«En una ocasión, una mujer que había asistido a una de las fiestas de mi madre me preguntó «¿te gusta leer?», lo que provocó un silencio sepulcral entre todo el mundo. Cómo explicarle a aquella mujer que los libros son como el baño o el sueño, o como el pan: necesidades básicas que una nunca se plantea en términos de aprecio.«

Cuenta Siruela sobre la británica Rachel Ferguson (1892-1957) —autora no editada hasta la fecha en castellano— que fue una periodista, novelista y sufragista que publicó doce novelas, tres libros de memorias, cuatro sátiras, dos biografías y una obra teatral. Y cita a A. S. Byatt sobre esta novela: «Una obra maravillosamente lograda sobre el poder de la imaginación«. Y esta es la mejor sinopsis que vais a leer jamás de Las Brontë fueron a Woolworths, pues pocas novelas de ficción para adultos, ambientadas en el Londres real  de 1930 con personajes realistas, vais a encontrar más fantásticas que esta.

Las Brontë fueron a Woolworths es un instante en la vida de la familia Carne, una madre y tres hijas que viven ficciones extraordinarias con una naturalidad y un sentido del humor que enamoran; y que pese a su desbordante imaginación jamás han conseguido creer en Papá Noel o en las hadas. Esta novela es una ficción que incluye otra ficción dentro de más ficción, un poco de lío, sí, porque ni el lector ni las propias señoritas Carne distinguen ya lo que es real de lo que no ¿Y qué importa? Absolutamente nada. La historia debe leerse con total relajación y sin preocuparse por discernir realidad de ficción pues ¿no es una novela de ficción?

Deirdre, la hermana mayor de las Carne y alter ego de Rachel Ferguson (periodista, novelista, muy consciente de la discriminación de género de su época), narra en primera persona esta historia. Se intercalan algunos capítulos cortos con el punto de vista de otros personajes, como el de la institutriz Martin o el matrimonio Toddington. En todos los casos en los que se ofrece al lector un punto de vista que no es el de Deirdre, se trata de personajes cercanos a las Carne que alucinan con su comportamiento y la riqueza de su vida imaginaria. Pero así como la institutriz censura y se horroriza por lo poco convencional de su intelecto, los Toddington se quedan totalmente prendados de la familia. La inteligente narración de Ferguson no solo proporciona al lector información y referentes suficientes para que entienda qué ocurre en realidad sino que además saca buen partido de guiños y complicidades literarias que no puedo desvelar (atención a los fabulosos capítulos finales donde las Brontë adquieren inusitado protagonismo).

No puedo resistirme a señalar muy brevemente —no tiene gracia si no es el lector quien lo descubre por sí mismo— la cantidad de citas, autores y obras literarias que desfilan por esta novela. Peter Pan, Sherlock Holmes, Shakespeare, Alicia («Intentaré creer tres cosas imposibles antes del desayuno«), Henry James, el seudónimo de Emily Brontë… Son detalles pequeñitos, casi escondidos entre líneas —que vais a reconocer y disfrutar porque sois apasionados de la literatura—, que están ahí como un guiño encantador de Rachel Ferguson por la complicidad de sus lectores. Supongo que el título ya daba una pista, pero sí, esta es una novela profundamente metaliteraria porque nada hay más propio de la literatura que el ejercicio de la imaginación.

Sé que esta es una reseña extraña porque no quiero explicar demasiado y porque Las Brontë fueron a Woolworths es una lectura excéntrica y maravillosa, un singular tesoro, que no me atrevo a recomendar a todo el mundo por su rareza. A mí me ha encantado por su sentido del humor, por sus peculiares personajes, por el encanto de los diálogos, por el constante juego entre realidad ficticia y ficción, y por su esencia tan British y literaria. Comparto de todo corazón la opinión de A. S. Byatt sobre esta novela que se incorpora a mi estantería de tesoros fantásticos.

Lector, imagina una versión muy loca de una novela de Barbara Pym o de D.E. Stevenson y solo sería la mitad de fantástica que Las Brontë fueron a Woolworths.

También te gustará: La hija de Robert Poste; Enterrado en vida; Ellos y yo; A la caza del amor; Abadía Pesadilla

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