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El sabor de las penas, de Jude Morgan

Desde que su esposa murió, el reverendo Patrick Brontë vive solo con sus cinco hijas y su único hijo varón en la rectoría de Haworth, en los inhóspitos páramos de Yorkshire. Consciente de los limitados ingresos de la familia y preocupado por que las chicas no sean una carga económica para el hermano, decide darles una educación para que en el futuro puedan ejercer de institutrices o maestras. Pero el pensionado benéfico al que las envía, regentado por un reverendo miserable y vil, acaba con la vida de las dos hermanas mayores, Maria y Elizabeth, y puebla de pesadillas los sueños de las menores. Mientras el único hijo varón acumula deudas, borracheras y despidos, Charlotte, Emily y Anne mantienen a la familia con sus respectivos trabajos. Cansadas y desalentadas, enfermas de añoranza y hartas de desempeñarse como institutrices, deciden dedicarse a su verdadera pasión. Sin el conocimiento de su padre y de su hermano, las tres hermanas Brontë desafían a la sociedad de su época, que las considera mujeres prescindibles, y escriben y publican sus primeras novelas.

«—Se supone que no debemos decir nada de lo que sentimos —declara Charlotte, y oye cómo crepita su voz, dura y sibilina, en el silencio de la noche—, que no debemos saber lo que sentimos. Si lo sabemos, es moralmente reprobable. Si un hombre te gusta, y no digo que lo ames, solo que te gusta lo suficiente como para sentirte atraída y pensar que puedes llegar a amarlo, tampoco eso debes saberlo. Solo podemos balbucir incoherencias, como si emocionalmente fuéramos niñas de pecho.«

El sabor de las penas, de Jude Morgan, es la biografía novelada de Charlotte, Emily y Anne Brontë. La he leído a la par que La inquilina de Wildfell Hall, de Anne Brontë, y me ha hecho reflexionar sobre todas las lecturas anteriores de las tres hermanas. Jude Morgan mezcla con tanto acierto realidad y ficción, relaciona tan bien la vida de las escritoras, sus experiencias vitales y sus caracteres, con la esencia de sus obras que me parece un libro indispensable para quienes admiramos a Charlotte, Emily y Anne.

Con una prosa fluida y excepcionalmente emotiva y cautivadora, Jude Morgan cuenta la historia de tres mujeres brillantes, inteligentes, únicas, condenadas a marchitarse de pena, atrapadas en trabajos muy por debajo de sus capacidades, en convencionalismos sociales contrarios a las ansias de libertad de sus intelectos. El sabor de las penas no solo realiza una reconstrucción muy plausible de la vida de las tres hermanas sino que además ofrece un retrato psicológico y emocional de cada una de ellas que nos acerca a las escritoras como ninguna otra biografía. En este aspecto, me ha conmovido especialmente Emily Brontë, por su alma indómita, su autenticidad, su carácter salvaje y libre como un pájaro; Emily es Catherine y es Heathcliff, Emily es Cumbres borrascosas y Cumbres borrascosas es Emily. A mediados del siglo XIX, solo a través del papel una mujer así podría haber dado rienda suelta a su verdadero yo; solo a través de una ficción pudo vivir de verdad.

«Pienso en lo que es bueno para ellas, desde luego. Porque lo peor que podría sucederles, convendrá en ello conmigo, señor Brontë, lo peor para esas niñas sería que crecieran considerándose excepcionales en algún sentido.«

El sabor de las penas también es una estupenda guía para entender en profundidad las novelas de las hermanas Brontë y comprender mejor a sus personajes y las reflexiones alrededor de sus tramas. Por ejemplo, el horror del pensionado de Cowan Bridge y la maldad del reverendo Nilson que vivió Charlotte aparecen retratados (y suavizados, porque la realidad siempre supera a la ficción) en Jane Eyre; la degradación de Branwell (el hermano) por las drogas y el alcohol se refleja en La inquilina de Wildfell Hall; y el tormentoso viento asolando los páramos de Yorkshire y las ramas de los árboles arañando las ventanas del dormitorio de la joven Emily constituyen una escena fantasmagórica y romanticista de Cumbres borrascosas. Charlotte, Emily y Anne convivían a diario con Rochester, con Heathcliff, con Agnes Grey, con el profesor, con Arthur, con Jane Eyre… porque, probablemente, solo su intelecto y su fuerza de voluntad las salvó de la desesperación y la pena.

«Jamás pensé que el amor se pareciese tanto a la muerte.«

Al igual que sucede cuando pensamos en Jane Austen o en Virginia Woolf, los lectores nos preguntamos qué habría sido de las señoras Brontë si hubiesen nacido en nuestra época, en la que las mujeres superdotadas lo tienen un poco más fácil para que su voz se escuche alta, clara y fuerte. O quizás sea un error pensar así, un error siquiera plantearse la posibilidad, quizás Charlotte, Emily y Anne fueron tan extraordinarias y nos legaron personajes e historias tan fuera de lo común precisamente porque en su siglo fue la única vía que encontraron para gritarnos que estaban vivas, que seguían siendo libres.

Lector, una lectura imprescindible para acercarse, apasionadamente, a tres de las autoras más sobresalientes y valientes de la literatura, pues se atrevieron a cambiar para siempre y en contra de los estándares de su época —como Jane Austen antes que ellas— los arquetipos femeninos de ficción literaria.

También te gustará: Jane Eyre; Cumbres borrascosas; La inquilina de Wildfell Hall; Las Brontë fueron a Woolworths; Jane Austen en la intimidad

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El país donde florece el limonero, de Helena Attlee

En la Italia del siglo XVII los cítricos se usaban para todo: medicina, cocina, ornamentación, juegos, perfumes… Complejos, aromáticos y sorprendentes, son los únicos árboles cuya polinización cruzada suele ser exitosa: del cruce de mandarina y pomelo resulta la naranja, del cruce de pomelo y naranja, la toronja, del cruce de la cidra y la naranja amarga, el limón, etc. por eso es tan complicada su taxonomía. Helena Attlee, experta en jardines, desgrana la historia de los cítricos en Italia, desde los primeros jardines de los Médici en Florencia, hasta el Palermo del siglo XXI, en donde los árboles frutales todavía conservan el sistema de regadío que los árabes implantaron en el siglo IX, pasando por la conversión de Sicilia en productora de zumo de limón por mandato de Nelson, los primeros cultivos orgánicos de los Borghese o la mejor mermelada de cítricos del mundo, que se hace en San Giulano en casa de la familia Ferragamo (sí, la de los zapatos y bolsos).

«Hay que respetar un ritual y esa es otra razón por la que un cultivador de naranjas lleva siempre una navaja. Primero sujeta el fruto en la palma de la mano, con el tallo hacia arriba. Luego hace un corte horizontal para dividirlo exactamente por la mitad. El jugo de una naranja recién cogida es abundante, incontenible y su aroma estalla en el aire. Arroja la mitad superior al suelo sobre la crecida hierba, porque, en la naranja, el zumo y la dulzura se concentran en la parte inferior, lo más lejos posible del tallo. Luego corta una rodaja y, pinchándola con la hoja de la navaja, la ofrece por la parte sin filo.«

Helena Attlee es autora de cuatro libros sobre jardines italianos y fue durante el transcurso de una investigación sobre un posible quinto ensayo cuando topó con los cítricos ornamentales de los Médici y se quedó prendada del exótico, fragante y complejo mundo de estos árboles frutales. El encanto de El país donde florece el limonero reside en la fuerza narrativa de Attlee, que contagia su pasión, y en esa alternancia entre la historia de los cítricos en Italia y el mundo, los aspectos más científicos (botánicos) de su estudio y su viaje a lo largo de la península itálica en busca del cultivo actual de limones y naranjas dulces y amargas.

Además de disfrutar de lo maravillosamente bien que escribe Helena Attlee y del encanto de sus anécdotas, la amenidad de su narración histórica, la belleza de sus imágenes naturales y agrestes, me ha encantado adentrarme en los jardines de cítricos a través del tiempo. No sabía que las naranjas solo son de color naranja en el hemisferio norte, donde la temperatura cae por debajo de los 10 grados centígrados descomponiendo así la clorofila y permitiendo la liberación de carotenos que le dan ese color, y que en Brasil, por ejemplo, las naranjas son verdes. O que el boom del cultivo de limones lo desencadenó la Marina Real Británica cuando descubrieron que su zumo paliaba el escorbuto. O que en Palermo el cultivo de cítricos estuvo a punto de desaparecer por la especulación inmobiliaria de la Mafia.

El país donde florece el limonero debe su título a una cita de Goethe («¿Conoces bien el país donde florece el limonero?«) cuando realizaba el Grand Tour preceptivo de los universitarios del siglo XVIII y XIX, y sus referencias literarias y científicas son otro de los motivos por los que me ha hechizado este libro: los cítricos que aparecen en El origen de las especies de Charles Darwin, en Goethe, en Hans Christian Andersen, D. H. Lawrence, Tobias Smollett,… No es solo un libro interesante y ameno para una historiadora o una bióloga, es una lectura bellísima —y también un libro de recetas— que os recomiendo mucho si necesitáis algo distinto lejos del mundanal ruido. De lo mejor que he leído en los últimos años… aunque ya conocéis mi debilidad por los jardines.

Lector, maravilla.

También te gustará: Cuatro setos; El libro de la madera; Un año en los bosques

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Las Brontë fueron a Woolworths, de Rachel Ferguson

Deirdre Carne es periodista, pero anda a vueltas con su primera novela. Katrine Carne estudia arte dramático y está un poco cansada de que siempre le toque recitar las frases más picantes de Shakespeare. La hermana más pequeña, Sheil, se educa en casa con la inflexible institutriz Martin. Las chicas Carne viven a caballo entre la aburrida realidad de la buena sociedad del Londres de entreguerras y su desbordante imaginación, en la que jueces, ayudantes de fiscal, actores, fantasmas literarios y pierrots entran y salen de casa en un interminable cotilleo social. Perdidamente enamoradas del juez del Tribunal Supremo Toddington y de su esposa, las Carne los incorporan con naturalidad a sus fantasías cotidianas, pero cuando Deirdre propicia un encuentro en la vida real y se encantan mutuamente, su elaborado mundo ficticio empieza a resultar contagioso.

«En una ocasión, una mujer que había asistido a una de las fiestas de mi madre me preguntó «¿te gusta leer?», lo que provocó un silencio sepulcral entre todo el mundo. Cómo explicarle a aquella mujer que los libros son como el baño o el sueño, o como el pan: necesidades básicas que una nunca se plantea en términos de aprecio.«

Cuenta Siruela sobre la británica Rachel Ferguson (1892-1957) —autora no editada hasta la fecha en castellano— que fue una periodista, novelista y sufragista que publicó doce novelas, tres libros de memorias, cuatro sátiras, dos biografías y una obra teatral. Y cita a A. S. Byatt sobre esta novela: «Una obra maravillosamente lograda sobre el poder de la imaginación«. Y esta es la mejor sinopsis que vais a leer jamás de Las Brontë fueron a Woolworths, pues pocas novelas de ficción para adultos, ambientadas en el Londres real  de 1930 con personajes realistas, vais a encontrar más fantásticas que esta.

Las Brontë fueron a Woolworths es un instante en la vida de la familia Carne, una madre y tres hijas que viven ficciones extraordinarias con una naturalidad y un sentido del humor que enamoran; y que pese a su desbordante imaginación jamás han conseguido creer en Papá Noel o en las hadas. Esta novela es una ficción que incluye otra ficción dentro de más ficción, un poco de lío, sí, porque ni el lector ni las propias señoritas Carne distinguen ya lo que es real de lo que no ¿Y qué importa? Absolutamente nada. La historia debe leerse con total relajación y sin preocuparse por discernir realidad de ficción pues ¿no es una novela de ficción?

Deirdre, la hermana mayor de las Carne y alter ego de Rachel Ferguson (periodista, novelista, muy consciente de la discriminación de género de su época), narra en primera persona esta historia. Se intercalan algunos capítulos cortos con el punto de vista de otros personajes, como el de la institutriz Martin o el matrimonio Toddington. En todos los casos en los que se ofrece al lector un punto de vista que no es el de Deirdre, se trata de personajes cercanos a las Carne que alucinan con su comportamiento y la riqueza de su vida imaginaria. Pero así como la institutriz censura y se horroriza por lo poco convencional de su intelecto, los Toddington se quedan totalmente prendados de la familia. La inteligente narración de Ferguson no solo proporciona al lector información y referentes suficientes para que entienda qué ocurre en realidad sino que además saca buen partido de guiños y complicidades literarias que no puedo desvelar (atención a los fabulosos capítulos finales donde las Brontë adquieren inusitado protagonismo).

No puedo resistirme a señalar muy brevemente —no tiene gracia si no es el lector quien lo descubre por sí mismo— la cantidad de citas, autores y obras literarias que desfilan por esta novela. Peter Pan, Sherlock Holmes, Shakespeare, Alicia («Intentaré creer tres cosas imposibles antes del desayuno«), Henry James, el seudónimo de Emily Brontë… Son detalles pequeñitos, casi escondidos entre líneas —que vais a reconocer y disfrutar porque sois apasionados de la literatura—, que están ahí como un guiño encantador de Rachel Ferguson por la complicidad de sus lectores. Supongo que el título ya daba una pista, pero sí, esta es una novela profundamente metaliteraria porque nada hay más propio de la literatura que el ejercicio de la imaginación.

Sé que esta es una reseña extraña porque no quiero explicar demasiado y porque Las Brontë fueron a Woolworths es una lectura excéntrica y maravillosa, un singular tesoro, que no me atrevo a recomendar a todo el mundo por su rareza. A mí me ha encantado por su sentido del humor, por sus peculiares personajes, por el encanto de los diálogos, por el constante juego entre realidad ficticia y ficción, y por su esencia tan British y literaria. Comparto de todo corazón la opinión de A. S. Byatt sobre esta novela que se incorpora a mi estantería de tesoros fantásticos.

Lector, imagina una versión muy loca de una novela de Barbara Pym o de D.E. Stevenson y solo sería la mitad de fantástica que Las Brontë fueron a Woolworths.

También te gustará: La hija de Robert Poste; Enterrado en vida; Ellos y yo; A la caza del amor; Abadía Pesadilla

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Los archivos de Van Helsing, de Xavier B. Fernández

Abraham van Helsing, sacerdote jesuita, erudito teólogo, psicólogo y exorcista, está convencido de que dios no existe, pero el mal sí. A lo largo de toda su vida, desde la ocupación nazi de Polonia hasta los abusos pederastas de los sacerdotes católicos en el siglo XXI, pasando por masacres y genocidios de toda condición, ha contemplado la existencia del mal y cómo dios callaba y permitía todo ese mal. Pero si el trono del cielo está vacío, no ocurre lo mismo con el del infierno: el diablo existe y hubo un tiempo en el que caminó sobre la tierra; el padre Van Helsing era solo un niño cuando lo conoció en un gueto de Varsovia. Convencido por su experiencia y por los extensos archivos de su familia, el sacerdote y psicólogo se ha convertido en guardián de la llave que permitiría el regreso del diablo, el regreso de lo que está muerto y no puede morir. Inquieto, Abraham van Helsing lee en la prensa una noticia escalofriante ocurrida en las playas de Barcelona y acude a la entrevista cuando uno de los implicados dice tener un mensaje para él: el Maestro está a punto de volver.

«—Mira bien esta espada. Observa que, como todas, tiene forma de cruz. Eso es porque la espada representa a Cristo, quien dijo que no había venido a traer paz, sino espada. Pues bien, esa espada, como todas, sirve para distinguir al buen cristiano del hereje. Y esa distinción se efectúa así: el buen cristiano es el que está del lado de la empuñadura, y el hereje es que está del lado del filo.«

«Si el bien es dar a los demás más de lo que recibes de ellos, y el bien absoluto es darlo todo por los demás sin esperar nada a cambio, el mal es extraer de los demás más de lo que les proporcionas, y el mal absoluto es cogerlo todo de los demás sin dar nada en contrapartida. Como hace un vampiro, la metáfora más perfecta del mal absoluto.«

Xavier B. Fernández (Barcelona, 1960), periodista, guionista y novelista, nos ofrece en Los archivos de Van Helsing un magnífico homenaje a Drácula de Bram Stoker, escrito también al estilo epistolar y documental de la obra más célebre de Stoker. Una ficción de fragmentos de prensa, diarios íntimos, memorándums, cartas, correos electrónicos y declaraciones que construyen una narración extraordinaria y muy bien urdida alrededor del no muerto más famoso de la literatura y su incansable dinastía de cazadores. Pero no confunda el lector tal homenaje con falta de iniciativa del autor, pues esta novela tiene detrás un trabajo de documentación gigantesco y unos personajes destacables por su complejidad y por la particular interpretación de Xavier B. Fernández.

«Los hombres ofenden antes al que aman que al que temen, porque cuentan con que el que los ama lo perdone. Por eso el gobernante no debe inspirar amor, sino temor.«

He disfrutado muchísimo de la lectura de esta novela de más de quinientas páginas, que me he hizo saltarme mi cuidadosa pila de #LeoAutoraOct y que me mantuvo insomne durante unos cuantos días. Me ha gustado especialmente el diario de Vlad Tepes, príncipe de Valaquia, por la vuelta de tuerca que Xavier B. Fernández le da al personaje histórico y literario, y por la voz del personaje en sí. También me ha encantado ir recogiendo los guiños cómplices a clásicos del terror (como Carmilla, de Sheridan Le Fanu, El necronomicón, de H. P. Lovecraft, Frankenstein, de Mary Shelley, o El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde, de Robert Louis Stevenson, entre muchos otros), el cameo de personajes históricos reales, como la condesa Erzsébet Báthory, Arthur Conan Doyle, Oscar Wilde o Bela Lugosi, y las reflexiones sobre las cuestiones temporales del mundo —a menudo de la mano de los grandes filósofos y pensadores de la Historia— como la verdad, la fe, la inmortalidad o el mal.

«La gente está dispuesta a creer en cualquier cosa, por estúpida que sea, si esa creencia coincide con sus deseos.«

Reconozco que mis capítulos preferidos han sido los primeros diarios del príncipe de Valaquia sobre su vida mortal y la crónica de un joven médico del ejército de Napoléon durante la campaña rusa de la Grande Armée. Y aunque es cierto que quizás la novela adolece de un ritmo desigual y le faltan páginas para desarrollar algunos acontecimientos clave para su propósito —como, por ejemplo, una escena en la Rumanía de Ceaucescu (no puedo precisar más sin spoiler) que debería haber sido clímax de una tensión largamente mantenida y se resuelve con decepcionante rapidez—, os la recomiendo sin lugar a dudas si os gustó Drácula de Bram Stoker. Los entusiastas de la literatura victoriana os lo pasareis en grande reconociendo referencias y personajes, además de disfrutar de una novela de terror estupenda y sólidamente documentada. Para mí, junto con La chica salvaje, ha sido una de las mejores lecturas en lo que va de año. Además, la prosa de Xavier B. Fernández es precisa, contundente y ágil, como buen periodista de la vieja escuela.

Lector, perfecta para la noche de difuntos, para los cazadores metaliterarios y para los incondicionales de las buenas historias.

También te gustará: La historiadora

Si estás en Barcelona, no te pierdas la presentación en Librería Gigamesh, que será mañana miércoles, 30 de octubre.

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Abadía Pesadilla, de Thomas Love Peacock

La augusta familia de los Ceñudo lleva generaciones convencida de que el mundo es un gran teatro del mal y que de nada le sirve la alegría a un hombre sabio. Dueños de tétricos páramos y lúgubres pantanos, viven infelices en su mansión, Abadía Pesadilla, sobre la que pesa un halo de negra melancolía. Lugubrino, el joven heredero del señor Ceñudo, ha prometido encerrarse en su torre a escribir sobre su filosofía del mundo tras una trágica experiencia en cuestiones amorosas. Pero su retiro se ve constantemente interrumpido por las distracciones atormentadoras de su bella y alegre prima, las veladas poéticas de sus amigos, y la irrupción intempestiva de una misteriosa dama encapuchada. Desesperado por su desgarradoras pasiones y dilemas, y las constantes interrupciones, Lugubrino brinda, con oporto, en una calavera, con su padre y sus amigos por ser eternamente infelices.

«(…) pero debo decir que los libros modernos son muy alentadores y agradables para mis sentimientos. En ellos se respira, por así decirlo, un agradable viento del nordeste, una aniquilación intelectual, una misantropía y un descontento deliciosos que demuestran la nulidad de la virtud y la energía, y que hacen que me sienta bien conmigo mismo y con mi sofá.«

Thomas Love Peacock (1785-1866) fue un escritor inglés, habitual entre los románticos y helenistas de su época. Amigo de Percy Shelley y Lord Byron, escribió Abadía Pesadilla como una sátira divertidísima y no exenta de cariño sobre la apasionada corriente cultural romántica de la época y sus máximos exponentes. Coleridge, Wordworth, Byron, Percy y Mary Shelley se pasean en esta historia genial, en clave de humor, sobre atormentados y apasionados literatos encerrados en una lúgubre mansión para hablar sobre la tragedia de la vida y los amores imposibles.

Recomiendo vivamente la lectura de la introducción de Carlos Pardo, que no solo aporta las claves de esta magnífica lectura, sino que además lo hace con párrafos tan geniales como este:

«Los ingleses han mostrado una buena práctica en el arte de reírse de sus manías. Al modo de las caricaturas del genial William Hogarth, convierten ese radical humor que llamamos negro, humor desarraigado, en una herramienta de crítica social. Algo así como la creencia pragmática de que si este mundo es un infierno, la mejor manera de cambiarlo es reírse en las barbas del mismísimo Satanás. Pero dejándole la duda de si es una broma o educación exquisita.«

En Abadía Pesadilla, el lector encontrará un reflejo satírico y divertido de la literatura romántica británica de principios del siglo XIX; pero también un retrato cariñoso, una pizca burlesco, de los Shelley y sus amigos, de su historia de amor, de su pasión y su rebeldía. En clave de humor y bajo nombres caricaturescos, los grandes poetas y narradores románticos debaten sobre su actualidad literaria —ellos fueron rebeldes vanguardia de un movimiento cultural y existencial que llegó para cambiarlo todo— y sobre su visión de la vida.

Me gusta Lugubrino (Percy Bhysse Shelley) con su encierro melodramático, su calavera llena de oporto y sus dramas amorosos. Me encanta Floski (Samuel Taylor Coleridge) con sus explicaciones sobre literatura y los críticos, departiendo con el señor Ciprés (Lord Byron) o con el siempre cansadísimo señor Languídez. Me divertían las puyas de Marionetta y el contrapunto de los Hilarántez. Pero, sobre todo, me descubría a menudo pendiente de que irrumpiera en escena el señor Terríblez con su frase favorita del Apocalipsis: «El diablo ha descendido a vosotros«.

Esta maravilla fue acertadísimo regalo de mi amiga Rosa, arqueóloga literaria. Gracias, querida, por el descubrimiento.

Lector, no soy capaz de hacerle justicia a esta sátira que bien merece un par de lecturas más para sacarle partido. Léela y decide por ti mismo.

También te gustará: El año del verano que nunca llegó

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Abadia Pesadilla

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