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Las Brontë fueron a Woolworths, de Rachel Ferguson

Deirdre Carne es periodista, pero anda a vueltas con su primera novela. Katrine Carne estudia arte dramático y está un poco cansada de que siempre le toque recitar las frases más picantes de Shakespeare. La hermana más pequeña, Sheil, se educa en casa con la inflexible institutriz Martin. Las chicas Carne viven a caballo entre la aburrida realidad de la buena sociedad del Londres de entreguerras y su desbordante imaginación, en la que jueces, ayudantes de fiscal, actores, fantasmas literarios y pierrots entran y salen de casa en un interminable cotilleo social. Perdidamente enamoradas del juez del Tribunal Supremo Toddington y de su esposa, las Carne los incorporan con naturalidad a sus fantasías cotidianas, pero cuando Deirdre propicia un encuentro en la vida real y se encantan mutuamente, su elaborado mundo ficticio empieza a resultar contagioso.

«En una ocasión, una mujer que había asistido a una de las fiestas de mi madre me preguntó «¿te gusta leer?», lo que provocó un silencio sepulcral entre todo el mundo. Cómo explicarle a aquella mujer que los libros son como el baño o el sueño, o como el pan: necesidades básicas que una nunca se plantea en términos de aprecio.«

Cuenta Siruela sobre la británica Rachel Ferguson (1892-1957) —autora no editada hasta la fecha en castellano— que fue una periodista, novelista y sufragista que publicó doce novelas, tres libros de memorias, cuatro sátiras, dos biografías y una obra teatral. Y cita a A. S. Byatt sobre esta novela: «Una obra maravillosamente lograda sobre el poder de la imaginación«. Y esta es la mejor sinopsis que vais a leer jamás de Las Brontë fueron a Woolworths, pues pocas novelas de ficción para adultos, ambientadas en el Londres real  de 1930 con personajes realistas, vais a encontrar más fantásticas que esta.

Las Brontë fueron a Woolworths es un instante en la vida de la familia Carne, una madre y tres hijas que viven ficciones extraordinarias con una naturalidad y un sentido del humor que enamoran; y que pese a su desbordante imaginación jamás han conseguido creer en Papá Noel o en las hadas. Esta novela es una ficción que incluye otra ficción dentro de más ficción, un poco de lío, sí, porque ni el lector ni las propias señoritas Carne distinguen ya lo que es real de lo que no ¿Y qué importa? Absolutamente nada. La historia debe leerse con total relajación y sin preocuparse por discernir realidad de ficción pues ¿no es una novela de ficción?

Deirdre, la hermana mayor de las Carne y alter ego de Rachel Ferguson (periodista, novelista, muy consciente de la discriminación de género de su época), narra en primera persona esta historia. Se intercalan algunos capítulos cortos con el punto de vista de otros personajes, como el de la institutriz Martin o el matrimonio Toddington. En todos los casos en los que se ofrece al lector un punto de vista que no es el de Deirdre, se trata de personajes cercanos a las Carne que alucinan con su comportamiento y la riqueza de su vida imaginaria. Pero así como la institutriz censura y se horroriza por lo poco convencional de su intelecto, los Toddington se quedan totalmente prendados de la familia. La inteligente narración de Ferguson no solo proporciona al lector información y referentes suficientes para que entienda qué ocurre en realidad sino que además saca buen partido de guiños y complicidades literarias que no puedo desvelar (atención a los fabulosos capítulos finales donde las Brontë adquieren inusitado protagonismo).

No puedo resistirme a señalar muy brevemente —no tiene gracia si no es el lector quien lo descubre por sí mismo— la cantidad de citas, autores y obras literarias que desfilan por esta novela. Peter Pan, Sherlock Holmes, Shakespeare, Alicia («Intentaré creer tres cosas imposibles antes del desayuno«), Henry James, el seudónimo de Emily Brontë… Son detalles pequeñitos, casi escondidos entre líneas —que vais a reconocer y disfrutar porque sois apasionados de la literatura—, que están ahí como un guiño encantador de Rachel Ferguson por la complicidad de sus lectores. Supongo que el título ya daba una pista, pero sí, esta es una novela profundamente metaliteraria porque nada hay más propio de la literatura que el ejercicio de la imaginación.

Sé que esta es una reseña extraña porque no quiero explicar demasiado y porque Las Brontë fueron a Woolworths es una lectura excéntrica y maravillosa, un singular tesoro, que no me atrevo a recomendar a todo el mundo por su rareza. A mí me ha encantado por su sentido del humor, por sus peculiares personajes, por el encanto de los diálogos, por el constante juego entre realidad ficticia y ficción, y por su esencia tan British y literaria. Comparto de todo corazón la opinión de A. S. Byatt sobre esta novela que se incorpora a mi estantería de tesoros fantásticos.

Lector, imagina una versión muy loca de una novela de Barbara Pym o de D.E. Stevenson y solo sería la mitad de fantástica que Las Brontë fueron a Woolworths.

También te gustará: La hija de Robert Poste; Enterrado en vida; Ellos y yo; A la caza del amor; Abadía Pesadilla

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Los archivos de Van Helsing, de Xavier B. Fernández

Abraham van Helsing, sacerdote jesuita, erudito teólogo, psicólogo y exorcista, está convencido de que dios no existe, pero el mal sí. A lo largo de toda su vida, desde la ocupación nazi de Polonia hasta los abusos pederastas de los sacerdotes católicos en el siglo XXI, pasando por masacres y genocidios de toda condición, ha contemplado la existencia del mal y cómo dios callaba y permitía todo ese mal. Pero si el trono del cielo está vacío, no ocurre lo mismo con el del infierno: el diablo existe y hubo un tiempo en el que caminó sobre la tierra; el padre Van Helsing era solo un niño cuando lo conoció en un gueto de Varsovia. Convencido por su experiencia y por los extensos archivos de su familia, el sacerdote y psicólogo se ha convertido en guardián de la llave que permitiría el regreso del diablo, el regreso de lo que está muerto y no puede morir. Inquieto, Abraham van Helsing lee en la prensa una noticia escalofriante ocurrida en las playas de Barcelona y acude a la entrevista cuando uno de los implicados dice tener un mensaje para él: el Maestro está a punto de volver.

«—Mira bien esta espada. Observa que, como todas, tiene forma de cruz. Eso es porque la espada representa a Cristo, quien dijo que no había venido a traer paz, sino espada. Pues bien, esa espada, como todas, sirve para distinguir al buen cristiano del hereje. Y esa distinción se efectúa así: el buen cristiano es el que está del lado de la empuñadura, y el hereje es que está del lado del filo.«

«Si el bien es dar a los demás más de lo que recibes de ellos, y el bien absoluto es darlo todo por los demás sin esperar nada a cambio, el mal es extraer de los demás más de lo que les proporcionas, y el mal absoluto es cogerlo todo de los demás sin dar nada en contrapartida. Como hace un vampiro, la metáfora más perfecta del mal absoluto.«

Xavier B. Fernández (Barcelona, 1960), periodista, guionista y novelista, nos ofrece en Los archivos de Van Helsing un magnífico homenaje a Drácula de Bram Stoker, escrito también al estilo epistolar y documental de la obra más célebre de Stoker. Una ficción de fragmentos de prensa, diarios íntimos, memorándums, cartas, correos electrónicos y declaraciones que construyen una narración extraordinaria y muy bien urdida alrededor del no muerto más famoso de la literatura y su incansable dinastía de cazadores. Pero no confunda el lector tal homenaje con falta de iniciativa del autor, pues esta novela tiene detrás un trabajo de documentación gigantesco y unos personajes destacables por su complejidad y por la particular interpretación de Xavier B. Fernández.

«Los hombres ofenden antes al que aman que al que temen, porque cuentan con que el que los ama lo perdone. Por eso el gobernante no debe inspirar amor, sino temor.«

He disfrutado muchísimo de la lectura de esta novela de más de quinientas páginas, que me he hizo saltarme mi cuidadosa pila de #LeoAutoraOct y que me mantuvo insomne durante unos cuantos días. Me ha gustado especialmente el diario de Vlad Tepes, príncipe de Valaquia, por la vuelta de tuerca que Xavier B. Fernández le da al personaje histórico y literario, y por la voz del personaje en sí. También me ha encantado ir recogiendo los guiños cómplices a clásicos del terror (como Carmilla, de Sheridan Le Fanu, El necronomicón, de H. P. Lovecraft, Frankenstein, de Mary Shelley, o El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde, de Robert Louis Stevenson, entre muchos otros), el cameo de personajes históricos reales, como la condesa Erzsébet Báthory, Arthur Conan Doyle, Oscar Wilde o Bela Lugosi, y las reflexiones sobre las cuestiones temporales del mundo —a menudo de la mano de los grandes filósofos y pensadores de la Historia— como la verdad, la fe, la inmortalidad o el mal.

«La gente está dispuesta a creer en cualquier cosa, por estúpida que sea, si esa creencia coincide con sus deseos.«

Reconozco que mis capítulos preferidos han sido los primeros diarios del príncipe de Valaquia sobre su vida mortal y la crónica de un joven médico del ejército de Napoléon durante la campaña rusa de la Grande Armée. Y aunque es cierto que quizás la novela adolece de un ritmo desigual y le faltan páginas para desarrollar algunos acontecimientos clave para su propósito —como, por ejemplo, una escena en la Rumanía de Ceaucescu (no puedo precisar más sin spoiler) que debería haber sido clímax de una tensión largamente mantenida y se resuelve con decepcionante rapidez—, os la recomiendo sin lugar a dudas si os gustó Drácula de Bram Stoker. Los entusiastas de la literatura victoriana os lo pasareis en grande reconociendo referencias y personajes, además de disfrutar de una novela de terror estupenda y sólidamente documentada. Para mí, junto con La chica salvaje, ha sido una de las mejores lecturas en lo que va de año. Además, la prosa de Xavier B. Fernández es precisa, contundente y ágil, como buen periodista de la vieja escuela.

Lector, perfecta para la noche de difuntos, para los cazadores metaliterarios y para los incondicionales de las buenas historias.

También te gustará: La historiadora

Si estás en Barcelona, no te pierdas la presentación en Librería Gigamesh, que será mañana miércoles, 30 de octubre.

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Abadía Pesadilla, de Thomas Love Peacock

La augusta familia de los Ceñudo lleva generaciones convencida de que el mundo es un gran teatro del mal y que de nada le sirve la alegría a un hombre sabio. Dueños de tétricos páramos y lúgubres pantanos, viven infelices en su mansión, Abadía Pesadilla, sobre la que pesa un halo de negra melancolía. Lugubrino, el joven heredero del señor Ceñudo, ha prometido encerrarse en su torre a escribir sobre su filosofía del mundo tras una trágica experiencia en cuestiones amorosas. Pero su retiro se ve constantemente interrumpido por las distracciones atormentadoras de su bella y alegre prima, las veladas poéticas de sus amigos, y la irrupción intempestiva de una misteriosa dama encapuchada. Desesperado por su desgarradoras pasiones y dilemas, y las constantes interrupciones, Lugubrino brinda, con oporto, en una calavera, con su padre y sus amigos por ser eternamente infelices.

«(…) pero debo decir que los libros modernos son muy alentadores y agradables para mis sentimientos. En ellos se respira, por así decirlo, un agradable viento del nordeste, una aniquilación intelectual, una misantropía y un descontento deliciosos que demuestran la nulidad de la virtud y la energía, y que hacen que me sienta bien conmigo mismo y con mi sofá.«

Thomas Love Peacock (1785-1866) fue un escritor inglés, habitual entre los románticos y helenistas de su época. Amigo de Percy Shelley y Lord Byron, escribió Abadía Pesadilla como una sátira divertidísima y no exenta de cariño sobre la apasionada corriente cultural romántica de la época y sus máximos exponentes. Coleridge, Wordworth, Byron, Percy y Mary Shelley se pasean en esta historia genial, en clave de humor, sobre atormentados y apasionados literatos encerrados en una lúgubre mansión para hablar sobre la tragedia de la vida y los amores imposibles.

Recomiendo vivamente la lectura de la introducción de Carlos Pardo, que no solo aporta las claves de esta magnífica lectura, sino que además lo hace con párrafos tan geniales como este:

«Los ingleses han mostrado una buena práctica en el arte de reírse de sus manías. Al modo de las caricaturas del genial William Hogarth, convierten ese radical humor que llamamos negro, humor desarraigado, en una herramienta de crítica social. Algo así como la creencia pragmática de que si este mundo es un infierno, la mejor manera de cambiarlo es reírse en las barbas del mismísimo Satanás. Pero dejándole la duda de si es una broma o educación exquisita.«

En Abadía Pesadilla, el lector encontrará un reflejo satírico y divertido de la literatura romántica británica de principios del siglo XIX; pero también un retrato cariñoso, una pizca burlesco, de los Shelley y sus amigos, de su historia de amor, de su pasión y su rebeldía. En clave de humor y bajo nombres caricaturescos, los grandes poetas y narradores románticos debaten sobre su actualidad literaria —ellos fueron rebeldes vanguardia de un movimiento cultural y existencial que llegó para cambiarlo todo— y sobre su visión de la vida.

Me gusta Lugubrino (Percy Bhysse Shelley) con su encierro melodramático, su calavera llena de oporto y sus dramas amorosos. Me encanta Floski (Samuel Taylor Coleridge) con sus explicaciones sobre literatura y los críticos, departiendo con el señor Ciprés (Lord Byron) o con el siempre cansadísimo señor Languídez. Me divertían las puyas de Marionetta y el contrapunto de los Hilarántez. Pero, sobre todo, me descubría a menudo pendiente de que irrumpiera en escena el señor Terríblez con su frase favorita del Apocalipsis: «El diablo ha descendido a vosotros«.

Esta maravilla fue acertadísimo regalo de mi amiga Rosa, arqueóloga literaria. Gracias, querida, por el descubrimiento.

Lector, no soy capaz de hacerle justicia a esta sátira que bien merece un par de lecturas más para sacarle partido. Léela y decide por ti mismo.

También te gustará: El año del verano que nunca llegó

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Jane Austen en la intimidad, de Lucy Worsley

En diciembre de 1775, en la rectoría de Steventon (Hampshire), en el seno de una familia de la gentry rural venida a menos, nacía Jane Austen, posiblemente la escritora más extraordinaria de Gran Bretaña y una de las más influyentes del mundo. Inteligente, perspicaz y testaruda, sus novelas de ficción jugaron con las reglas de los géneros literarios romántico y dramático de la época para subvertirlos. «Ese estilo totalmente nuevo fue el mayor don de Jane. Pero también su mayor obstáculo a la hora de conseguir que su trabajo viera la luz«, escribe Lucy Worsley. La historiadora recorre los escenarios en los que Austen vivió, amó, bailó y escribió, y reconstruye su vida con metodología casi arqueológica, pero también con un encanto y una mirada que destaca por su inteligencia, cariño y perspicacia.

«El nacimiento de la novela atrae una enorme atención en tanto que creación artística, y es comprensible, por cuanto ninguna otra expresión cultural ha transformado tanto los pensamientos y los sentimientos de las personas (…). Solo a partir de Austen las mujeres empezaron a pensar que querían —no, necesitaban— encontrar al señor Darcy. Solo a partir de Austen los pensamientos y los sentimientos de las mujeres cobraron vida en un gesto hermoso, preciso y sorprendente. Solo a partir de Austen empezaron a vivir las mujeres como siguen viviendo hoy en día.«

Comprender es amar. Siempre me han gustado las novelas de Jane Austen —Orgullo y prejuicio, mi favorita, la he leído y releído una docena de veces, como poco— y persigo como una friki su influencia en toda literatura posterior. La apreciaba como un clásico universal, por el señor Darcy, y por ese sentido del humor tan perspicaz y rebelde a principios del siglo XIX. Pero no ha sido hasta que he leído Jane Austen en la intimidad, de Lucy Worsley, que no he entendido del todo el alcance de su sombra, lo extraordinario de su carácter y su inteligencia y el legado de su obra. He cerrado este libro con emoción y respeto, consciente de que mi percepción de Jane Austen y de sus novelas ha cambiado para siempre. Ahora no solo conozco, también comprendo.

Esta va a ser una de esas reseñas que se quedan cortas, que por más que la reescriba nunca va a reflejar lo muchísimo que he disfrutado de esta lectura y lo importante que ha sido para mi perspectiva literaria. No sé si conocéis a Lucy Worsley, a mí me la descubrió mi amiga Miss Hurst de Las Inquilinas de Netherfield. Me dijo que echase un ojo a sus vídeos de Youtube y me quedé tan prendada de esta historiadora, investigadora y conservadora que a veces hasta pongo sus vídeos en clase y salen para examen. No creo que esta biografía de Jane Austen me hubiese conmovido y sorprendido ni la mitad de no ser por el extraordinario trabajo de investigación histórica de Lucy Worsley (arqueología, recreación histórica, reconstrucción, etc.) y por su entretenida y encantadora manera de contar (a menudo tienes la sensación de encontrarte en una calesa, sentada junto a Lucy, mientras te explica anécdotas y te señala paisajes, casas, vestidos, bailes…).

Worsley advierte al lector sobre las dificultades que entraña esta biografía: además de la proximidad emocional (la biógrafa se sincera rendida admiradora de Austen y comprende que eso influye en su juicio e interpretaciones de hechos y fuentes), la familia Austen se apresuró a idealizar la memoria de Jane poco después de su muerte, censurando cartas y maquillando los recuerdos que de ella tenían para mostrarla al mundo como una dama perfecta… desde un punto de vista victoriano, algo que Jane Austen jamás fue. Además, era frecuente que la escritora bromease en sus cartas a su hermana Cassandra, por ejemplo, simulando ser una fogosa damisela con muchos pretendientes.

Pero tan relevante, o más, como los hechos biográficos de la autora, Lucy Worsley también intenta descifrar sus emociones, su carácter, sus alegrías y sus penas, sus pensamientos; la relación con su madre, su infancia, la pérdida de su hogar (uno de los temas recurrentes en sus novelas), su estancia en Bath, en Lyme Regis, sus tira y afloja con los editores de Londres, su timidez, su torpeza social, lo poco que le gustaban las labores domésticas o su profundo amor y cariño, su complicidad, con su queridísima hermana Cassandra.

«Fue Cassandra la verdadera madre de Jane. Y, hasta cierto punto, el hecho de que las novelas de Austen sean obras de tanta profundidad, belleza y apasionado sentimiento -seis de las más supremas creaciones que ha dado la lengua inglesa- se debe a que amó y fue amada por Cassandra.» (Terry Castle, 1995)

Como apunta el título de la biografía, Jane Austen en la intimidad no es solo el compendio de sus coordenadas vitales y sus influencias literarias sino una magnífica reconstrucción de la vida cotidiana de la escritora. Asomarse a esta reconstrucción de su vida es comprender su mirada, su capacidad de entender las emociones, el valor de sus novelas. En cuanto a esto último, he disfrutado mucho el contexto que Worsley proporciona de cada uno de los libros de Austen: cómo y cuándo fueron escritos o reescritos y corregidos, en qué circunstancias, qué intención movía la pluma de la perspicaz dama. Me ha gustado especialmente la explicación de la historiadora sobre la prosa de Austen, ese escribir por capas, ese leer entre líneas, esa complicidad con el lector. Como en las cartas que Jane escribía a Cassandra y que hasta hace muy poco han puesto en entredicho la inteligencia de la autora pues muchos eran los críticos que encontraban gran discrepancia entre su literatura (divertida, irónica, analítica, crítica, universal…) y las «tonterías» domésticas y cotilleos de sus cartas. Worsley ha sido una de las historiadoras pioneras en demostrar que las hermanas compartían un código propio, una complicidad íntima, de nuevo una escritura «por capas» que escondía sarcasmo, bromas, guiños y pensamientos complejos bajo la apariencia cotidiana del detalle y la rutina. A mí, que me tenía intrigadísima esa discrepancia entre la Jane familiar/doméstica y la escritora universal (sobre todo desde que leí Postdata, curiosa historia de la correspondencia, de Simon Garfield), me ha encantado reconciliar con tanta delicadeza y cariño a ambas. Por todo esto, y por mucho más que me dejo en el tintero y que os invito a descubrir por vosotros mismos, muchísimas gracias querida Lucy Worsley.

Advertencia: no saldrás indemne de leer Jane Austen en la intimidad y cuando termines me apuesto un té con pastas a que te entran unas ganas terribles de volver a leer Mansfield Park, o Emma, o Persuasión, o… todas ellas.

También te gustará: Orgullo y prejuicio; La abadía de Northanger

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Un hombre con atributos, de David Lodge

En la primavera de 1944, H. G. Wells sale a fumar un puro en el balcón de su casa en Hanover Terrace mientras el bombardeo alemán arrecia sobre Londres. No es un acto de valentía o un deseo de emular a Churchill, es que no quiere estropear la hermosa alfombra Aubusson de su despacho. El que fuese el escritor más famoso de Europa a principios de los años veinte, con más de cien novelas publicadas, está cansado, viejo y enfermo, sabe que le queda poco de vida. Atrás quedan sus años de cenas con colegas en el Reform Club, de aventuras amorosas, de escándalos, de intensa correspondencia con otros autores e intelectuales, de su tira y afloja con la Sociedad Fabiana por sus ideas utópicas para cambiar un mundo que ahora agoniza en los últimos coletazos de la Segunda Guerra Mundial. Todo está perdido, menos el recuerdo y el genio.

Edición de Impedimenta y traducción de Mariano Peyrou

David Lodge (Londres, 1935) es un novelista, guionista y crítico literario inglés que en Un hombre con atributos nos ofrece una biografía casi novelada y exhaustiva del escritor y pensador H. G. Wells. Teniendo en cuenta que dos de las obsesiones literarias recurrentes de Lodge son la religión y el sexo, y que el título de este libro de Impedimenta luce un doble sentido (A man of parts en su versión original), no se sorprenda el lector con la cantidad de páginas que se dedica a describir pormenorizadamente las aventuras sexuales de su protagonista. Hacia la mitad del libro, una se pregunta de dónde sacaba Wells el tiempo para escribir, tan ocupado como estaba desflorando a incontables jovencitas, dejándolas embarazadas, arruinándoles la vida, profesional y personalmente, y quejándose después de que nadie entendía su concepción del amor libre en la sociedad británica eduardiana. A ver, señor Wells, si de verdad era tan valiente como para vivir su propia utopía sexual deje de lamentarse y lloriquear cuando todos a su alrededor le critican: afronte las consecuencias de su conducta, tan bien fundamentada con su personal ideología, con integridad.

Así nos presenta David Lodge a H. G. Wells, como un hombre contradictorio: rico pero de ideas socialistas, defensor del sufragio femenino y otros derechos emancipadores de género —como la educación— pero convencido de que las mujeres no merecen la igualdad (sobre todo en la liberación sexual o en la administración del hogar, no vaya a ser…), acérrimo defensor del matrimonio pero incapaz de ser monógamo, etc. El retrato es el de un hombre egoísta y contradictorio que solo hacia el final de su vida reconoce con honestidad la suerte que ha tenido y lo inútil e hipócrita que se siente escribiendo textos propagandísticos y patrióticos como una miserable contribución al esfuerzo de guerra, pues cuando estalla la Segunda Guerra Mundial él es demasiado mayor para alistarse y sus hijos demasiado jóvenes.

Al margen de las aventuras sexuales y de los larguísimos tira y afloja con la Sociedad Fabiana (unos utópicos socialistas ejemplo del mucho ruido y pocas nueces), que se me han hecho algo pesados, me ha gustado Un hombre con atributos; no solo por la estupenda aproximación a la vida de Wells sino por el acierto de alternar distintas técnicas narrativas y de documentación histórica: diálogos, novelización, entrevistas ficticias, reseñas de las obras del autor, fragmentos de su correspondencia… El conjunto es original y muy dinámico, a menudo apasionante, y Lodge ya advierte con honradez de biógrafo sobre las licencias e interpretaciones que se permite a lo largo de todo el libro.

Personalmente, he disfrutado muchísimo con la galería de escritores que aparecen en estas páginas y las anécdotas de su amistad con H. G. Wells y las mutuas influencias de sus obras: George Orwell, T. S. Eliot, Edith Nesbit, Henry James, Arnold Bennett, Bernard Shaw, George Gissing, Joseph Conrad, G. K. Chesterton, Elizabeth von Arnim,… Lodge nos muestra un Henry James pesadísimo, encorsetado para siempre en el victorianismo, con sus cartas barrocas y laberínticas en donde le dice a Wells lo deleznable que le parece todo lo que este publica pero disfrazado con complicadísimos adjetivos supuestamente halagadores. Quizás todo se reducía a la concepción tan distinta que ambos tenían de la literatura de su época: Wells defendía la funcionalidad de la novela y Henry James priorizaba la estética.

«Habían tomado la costumbre de intercambiar ejemplares de los libros que iban publicando y elogios sobre ellos. Las alabanzas de James siempre quedaban matizadas por alguna reserva que se insinuaba solo levemente y que aparecía disfrazada de elogio. «Voy reescribiendo su libro a medida que lo leo, lo cual es el más alto homenaje que mi maldita impertinencia puede rendirle a un autor«, le escribió James tras leer, con bastante demora, La máquina del tiempo.«

Wells, que parecía siempre pendiente de la aprobación de James, incluso cuando ya era un escritor consagrado por la crítica y el público, mantuvo una relación de amor-odio con él, publicando una descarnada sátira del anciano escritor en Boon y después arrepintiéndose amargamente (otra de sus contradicciones). Anécdotas sobre la amistad del siempre encantador Arnold Bennett, cabeza de la vieja guardia junto a Wells y bastión de la resistance ante la vanguardia experimental de Virginia Woolf, D. H. Lawrence o James Joyce; los delirantes discursos fabianos de Shaw, el encanto y la hipocresía de Nesbit o de von Arnim, la simpatía del genial Chesterton… van componiendo el rompecabezas de la vida intelectual y literaria de un hombre que a veces brillaba por su ingenio, talento y clarividencia y, otras veces parecía un sátiro adolescente descerebrado.

Un hombre con atributos también repasa alguna de las obras más emblemáticas de H. G. Wells y muestra el debate y la influencia de las mismas en la sociedad británica desde finales del siglo XIX hasta su muerte, en 1946. Aunque el libro de Lodge presta más atención a sus novelas sociales, espejo de sus convicciones morales e ideológicas, también deja traslucir la importancia que tuvo el autor en el género de la ciencia ficción con obras como La máquina del tiempo, El hombre invisible, La isla del doctor Moreau o La guerra de los mundos, entre otras. Gran parte de la tecnología y de los hechos ficticios que narra en estas historias casi fueron advertencias de lo que el futuro deparaba a Europa: los bombardeos teledirigidos alemanes durante la Segunda Guerra Mundial (los V1 y V2), la importancia de la guerra desde aire, el cambio social que traería la destrucción de Europa, la domótica que sustituiría al servicio doméstico, etc. H. G. Wells quizás sea, con permiso de Jules Verne, el escritor de ciencia ficción que mejor aventuró la tecnología de su futuro inmediato. También resultó casi clarividente respecto a acontecimientos europeos como la Segunda Guerra Mundial e incluso se atrevió a profetizar que solo las naciones capaces de transformar con eficacia a sus «gentes del abismo» en músculo social productivo conseguirían liderar el mundo. Cuando le preguntaron qué nación pensaba que alcanzaría en el futuro ese estatus de potencia mundial, según sus teorías económicas y sociales, dijo que China.

«Antes o después el sistema solar se quedará sin energía y cesará la vida en la Tierra. Pero, en realidad, todavía queda mucho tiempo para eso, tanto que no vale la pena preocuparse, porque antes de llegar a ese punto los seres humanos se habrán exterminado unos a otros o se habrán marchado del planeta para colonizar algún otro lugar del universo.«

Lector, aquí tienes un relato sobre un intelectual que logró escapar de la pobreza familiar a través de la educación, obsesionado por la fontanería, el sexo, el socialismo y Henry James. Uno de los pensadores británicos más relevantes del siglo pasado visto con originalidad por David Lodge.

También te gustará: La nueva Grub Street; Mi madre, Margaret Ogilvy; J. R. R. Tolkien, una biografía

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