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Crimen en Cornualles, de John Bude

En una apacible localidad costera de Cornualles, el pastor Dodd y el doctor Pendrill, disfrutan de su velada semanal junto a la chimenea. Dodd fuma un puro y Pendrill, su pipa; poco tienen en común, excepto su afición a leer novelas de detectives clásicas. Cada lunes, después de cenar, se acomodan en la salita de la casa del pastor para comentar sus lecturas y abrir la caja de la biblioteca Greystoke con el envío de las últimas entregas de Agatha Christie, Dorothy L. Sayers o Edgar Wallace. Su paz se ve interrumpida cuando Julius Tregarthan, potentado del lugar, aparece asesinado en el salón de su mansión con un tiro en la cabeza. El inspector Bigswell se apresura a investigar el caso antes de que su jefe llame a Scotland Yard, pero pronto se dará cuenta de que necesita contar con la extraordinaria intuición del pastor Dodd y, sobre todo, con su buen conocimiento de la historia y el carácter de los habitantes de la localidad.

«Había caído la oscuridad y, mientras el reverendo Dodd seguía su camino, se le ocurrió que el misterio de la muerte de Tregarthan era como la noche que le rodeaba. Aún brillaba débilmente algún que otro puntito de luz disperso, pero hasta esos se iban desvaneciendo a la vista a medida que la negrura se volvía más espesa y todo el paisaje quedaba atrapado en una negrura uniforme.«

John Bude es el seudónimo con el que el escritor, dramaturgo, director y productor de teatro Ernest C. Elmore (1901 – 1957) publicó una treintena de novelas de misterio, la mayoría de ellas protagonizadas por el inspector William Meredith. Crimen en Cornualles (1935) fue la primera novela policiaca de publicó con el nombre de John Bude y la British Library destaca su importancia porque el autor fue pionero en la cuestión de ambientar estas obras de misterio ficticias en lugares reales, por la buena prosa de Elmore y por la relevancia de la descripción de sus paisajes.

Si bien Crimen en Cornualles me ha parecido un misterio entretenido, no puedo decir que se vaya a quedar entre mis favoritos. El principio de la novela, con el reverendo Dodd y Pendrill charlando sobre sus lecturas policiacas, es muy prometedor, pero el doctor pronto desaparece del mapa y el protagonismo del padre se queda en un segundo plano (probablemente, la investigación de estos dos detectives legos hubiese sido más entretenida y con más encanto, por su conocimiento de los sospechosos y sus relaciones con la víctima). Aunque lo que menos me ha gustado ha sido el inspector Bigswell y la resolución final del caso, un poco tramposa. Sin embargo, coincido en destacar la buena prosa de John Bude, sus hermosas descripciones de los paisajes marítimos del lugar y que Crimen en Cornualles tiene mucho mérito si se considera que se trata de la primera novela de género del autor. De momento, mi título preferido de los cuatro que he leído de esta colección de novelas de misterio clásicas de la British Library sigue siendo El asesinato de Santa Claus.

Lectora, un cozy mystery clásico para conocer los inicios de John Bude.

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El barón de Ballantrae, de Robert Louis Stevenson

Cuando estalla la revolución jacobita de 1745 en Escocia, Lord Durrisdeer decide optar por la sensatez: propone a su hijo mayor James, el barón de Ballantrae, que se quede a su lado en la propiedad familiar dando apoyo a rey Jorge II, y envía a su hijo pequeño, Henry, a cerrar filas con los escoceses rebeldes que apoyan a la casa Estuardo. Henry es un muchacho honesto, leal y amable, siempre a la sombra de su hermano mayor, un hombre mezquino, malvado, manipulador y vil que, sin embargo, sigue siendo el favorito de su padre. En contra de la sensatez y de los consejos familiares, es James quien parte hacia el frente con las tropas jacobitas, dejando a Henry a cargo de Durrisdeer. La pena cae sobre la familia cuando llegan noticias de que el barón ha caído en Culloden y aunque Henry asume el control del patrimonio de su linaje, gestionándolo con honor y diligencia, el Lord jamás se recupera de su pérdida. La maldición y la desgracia caerán sobre los Durrisdeer cuando descubran la verdadera naturaleza del degenerado barón de Ballantrae.

«A mí la edad avanzada no me importa nada. Creo que he sido siempre viejo; y ahora soy, gracias a Dios, más conocido y respetado. ¡No todo el mundo puede decir lo mismo, señor Bally! Los rasgos de su semblante revelan calamidades, la vida comienza a cerrarse sobre usted como una prisión; pronto vendrá la muerte a golpear a su puerta, y no veo de qué fuente sacará el consuelo.«

Cuenta Robert Louis Stevenson (1850 – 1894) en el prefacio de El barón de Ballantrae (1888) que empezó a escribir esta historia llevado por el deseo de una aventura, a lo largo de muchos años, en la que los personajes viajasen por países lejanos. Pero también quería un villano protagonista, taimado y maquiavélico, y aunque temía la alargada sombra de Barry Lyndon (William M. Thackeray, 1844) estaba dispuesto a arriesgarse con esta novela de aventuras y misterio con un punto gótico y romanticista.

El barón de Ballantrae, al igual que otras novelas de misterio gótico de su época (como, por ejemplo, Drácula, de Bram Stoker), empieza simulando ser una narración real, el testimonio del fiel administrador de los Durrisdeer, Mackellar, sobre el fatídico destino de sus señores. Supuestamente, los papeles misteriosos llegan a Stevenson de las manos de un amigo abogado, que tiene instrucciones de no abrirlos hasta cien años después de su consignación (en 1789). Como punto curioso, Stevenson le dedica esta obra a Mary Shelley (1797 – 1851) y a su hijo Percy Florence (1819 – 1889), y aunque no sé si se debía a cierta amistad con sir Percy o a la más rendida admiración por su madre, lo cierto es que El barón de Ballantrae posee cierta oscuridad y la referencia del muerto que vuelve a la vida (aunque sea de una forma muy distinta a la de Frankenstein), una cuestión sobre la que el autor volverá en novelas posteriores. Cuando Robert Louis Stevenson publica El barón de Ballantrae en 1888, ya es un escritor de cierta reputación por La isla del tesoro (1883), Secuestrado (1886), La flecha negra (1888) y El extraño caso del doctor Jeckyll y el señor Hyde (1886), por lo que su combinación de novela de aventuras con un toque oscuro, casi sobrenatural, explorando la maldad humana, no debió sorprender a sus lectores aunque sí deleitarnos con la creación de un villano que, a menudo, pone los pelos de punta. Piratas, contrabandistas, espías, soldados de fortuna y tesoros escondidos alrededor de tres personajes antagonistas que viajan por Escocia, Francia, la India, Nueva York y las salvajes tierras norteñas de las Adirondack del siglo XVIII.

Lectora, el misterio, el suspense, la aventura y la maldad están servidos.

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El misterio de la luna creciente, de Valentine Williams

El joven dramaturgo Pete Blakeney, herido de gravedad en la Gran Guerra, pasa el verano en las pacíficas y agradables montañas Adirondak, a orillas de un hermoso lago. Invitado por los propietarios de la colonia vacacional, cree que será un lugar tranquilo para terminar su obra de teatro. Pero allí coincide con Graziella, una mujer casada de la que está profundamente enamorado. El matrimonio de Graziella, con el empresario millonario Victor Haversley es un desastre: Victor intenta seducir a la joven Sara en las narices del prometido de la chica, y Graziella ha invitado a su querido amigo Waters, lo que desata los celos de su marido y la indignación de la secretaria de Haversley. Pero cuando uno de ellos aparece muerto en su cabaña con un tiro en la cabeza y el asesinato pasional parece la opción más probable, el detective de Scotland Yard Trevor Dene, que pasa las vacaciones con su amigo el sheriff Hank, descubre que el caso podría tener relación con una trama criminal de Chicago. Por no hablar del preso fugado que merodea por los alrededores.

«—Recuerdo los trabajos de Breasted y Winlock y de alguno de sus compatriotas británicos que colaboraron con Howard Carter, como Newberry y Alan Gardiner. Pero no tengo la menor idea de quién es ese profesor Carruthers. ¿Es muy conocido?
—¡Digamos que tan conocido como la célebre señora Harris! —respondió mirándome fijamente.
—La amiga imaginaria de Sarah Gamp*, ¿verdad?»

(*) Personaje secundario de Charles Dickens que aparece en Vida y aventuras de Martin Chuzzlewit

Valentine Williams (1883 – 1946) fue un periodista londinense que empezó a escribir novelas y obras teatro durante su convalecencia tras ser herido de gravedad en las trincheras de la Primera Guerra Mundial. Vivió en la Riviera francesa, en Nueva York, en Egipto e Inglaterra y fue autor de guiones cinematográficos y más de una treintena de novelas policiacas y de espionaje. Publicó El misterio de la luna creciente por primera vez en 1935 y su protagonista, Pete Blakeney, comparte algunos rasgos biográficos con el autor, como su condición de escritor y de herido de guerra.

El misterio de la luna creciente me ha parecido una novela de misterio entretenida con un final poco satisfactorio. Dicen los expertos novelistas criminólogos que los principales móviles para asesinar son el amor, la venganza y la codicia, y aunque en esta novela se exploran los tres, el motivo final del asesinato queda muy desdibujado, rozando el absurdo. Narrada en primera persona desde el punto de vista del atormentado dramaturgo Pete Blakeney, se trata de una obra ágil, con buenos diálogos, carismáticos investigadores (Dene y el sheriff Hank hacen una pareja casi cómica, pero muy efectiva) y un amplio elenco de sospechosos para que los lectores vayamos descartando (o no) a medida que se nos proporciona la información. Williams juega limpio, mantiene bien el suspense, da pistas descaradas para que el lector pueda ir componiendo el rompecabezas y atrapa al culpable. Lástima que al final se le queden algo desdibujados los motivos y el argumento legal de quien puede heredar la fortuna. Y no puedo contar más.

Lectora, no me ha terminado de convencer.

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Dombey e hijo, de Charles Dickens

El orgulloso e inflexible empresario londinense Paul Dombey por fin ve su mayor deseo hecho realidad cuando su esposa da a luz un hijo varón y concede de nuevo sentido al próspero negocio familiar: Dombey e Hijo. Ignorando la existencia de su hija Florence, el exitoso burgués pasa gran parte de su tiempo pensando en su heredero, en su educación, en trasmitirle el orgullo por la empresa y la idea de que el dinero todo lo puede. Pero el pequeño Paul es un niño enfermizo y melancólico, muy apegado a su hermana, que apenas entiende las aspiraciones de su padre porque en el fondo sabe que jamás llegará a la edad adulta. Cuando Dombey pierde el motivo de su existencia, incapaz de comprender lección alguna por su cruel inflexibilidad, se lanzará a la búsqueda de una solución sin darse cuenta de que se interna, cada vez más, en la oscuridad de la inquina y la tiranía.

«En cuanto a los cambios de la vida humana y a la singular conducta que perpetuamente nos vemos obligados a llevar, todo lo que se me ocurre ya lo ha dicho mi amigo Shakespeare, hombre cuyo talento no pertenece solamente a su tiempo, sino a todos los siglos, y a quien seguramente conoce mi amigo Gay: La vida es como la sombra de un sueño.«

Dombey e hijo es la octava novela de Charles Dickens (1812 – 1870) y originalmente fue publicada por entregas entre 1846 y 1848. Dickens empezó a escribirla cuando residía en Ginebra, aunque la terminó en Londres, y se considera que es la primera novela de una nueva etapa literaria del autor victoriano por excelencia. Tal y como se explica en la breve introducción de la edición de Ediciones del Azar que he leído, se trata de una novela planeada con mayor minuciosidad que las obras anteriores de Dickens, de mayor madurez y con un sentido crítico más acentuado. Lástima que, en esa introducción, a los editores de Ediciones del Azar se les olvidase avisar a los lectores de que su edición es una traducción de 1945 sin revisar ni corregir, bastante rudimentaria, censurada y mutilada, es decir, una aproximación a Dombey e hijo que no permite disfrutar de la maravillosa prosa y el estilo de Charles Dickens. Y aunque es la única traducción de Dombey e hijo que tenemos en castellano ahora mismo, de todo corazón os recomiendo que no la leáis.

Es muy complicado reseñar un clásico del que sospecho que no he leído apenas más que una aproximación, así que esta obra se queda entre mis menos favoritas de Dickens, solo por detrás de La tienda de antigüedades. Pese a todo, se vislumbra el brillo de un elenco de personajes secundarios maravillosos, la crítica social y el sentido del humor característicos del autor y el protagonismo del villano más inflexible de la literatura del siglo XIX. Destaca la preocupación de Dickens por señalar los abusos y el desamparo al que muchas veces estaban sometidos los niños (Edith, Alicia y Florencia han sido niñas gravemente traumatizadas, utilizadas y/o ignoradas por sus madres, las dos primeras, y por su padre, la última) y la deficiencia de su educación a manos de institutrices mal preparadas y con una vena cruel (Mrs. Pipchin) o en instituciones lamentables que, aunque no llegan al punto terrible que se nos describía en Nicholas Nickleby, no dejan de poner en relieve la inutilidad y el sufrimiento de alejar a los pequeños de sus hogares a cambio de un escaso conocimiento que olvidan apenas han salido de allí (atención al pobrecito Bitherstone). Dickens vuelve a llevarnos por las calles de un Londres que conoce como la palma de su mano, nos señala la rapidez con la que se transforman algunos barrios por el veloz desarrollo industrial (en este caso, la incidencia del despliegue del ferrocarril), y su incidencia en las clases sociales más frágiles (aunque, en el caso de la maravillosa familia Toodle, para bien).

Lectora, quizás alguna editorial se anime con una nueva traducción que nos permita disfrutar de este clásico como se merece.

Nota: En mi opinión, no me parece que sea honesto publicar en 2012 una traducción de 1945 y ni siquiera escribir una nota para avisar a los lectores. Todos sabemos que en 1945 la censura y la autocensura en España, en todas las facetas de la vida y también de la cultura, eran cuestión de supervivencia en un régimen dictatorial fascista y ultracatólico que, además, no veía con buenos ojos nada que viniese de Inglaterra, una de las pocas potencias europeas que se opuso al nazismo desde el principio. Sin embargo, aunque los lectores del siglo XXI entendamos las circunstancias de traducir a Charles Dickens al español en 1945 y respetemos a las personas que se atrevieron a hacerlo, eso no significa que queramos comprar y leer esa adaptación en 2024 que, en el mejor de los casos, no es más que una aproximación a uno de los grandes autores clásicos del siglo XIX.

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El misterio del Bellona Club, de Dorothy L. Sayers

La vida no sonríe al capitán George Fentiman: no acaba de recuperarse de la psicosis de guerra, no encuentra trabajo y, por mucho que su esposa trabaje día y noche, el dinero no les llega ni para cubrir los gastos de alquiler y comida. Es uno de los muchos exmilitares desmovilizados tras el Armisticio de la Primera Guerra Mundial que volvieron a casa con graves secuelas por el horror de las trincheras y que frecuentan el decadente Bellona Club entre las miradas severas de sus viejas glorias. Como su abuelo, el anciano general Fentiman, que parece haberse quedado dormido en su butaca habitual, cerca de la biblioteca, hasta que descubren que, en realidad, está muerto detrás de las páginas de su diario. Como amigo de la familia y socio del Bellona, Lord Peter Wimsey es requerido por el abogado de los Fentiman para aclarar la hora del fallecimiento pues resulta de gran importancia para determinar las disposiciones testamentarias del anciano: la hermana del general, fallecida esa misma mañana, le ha dejado cinco millones de libras en herencia. Si la anciana murió antes que el general, el dinero va a parar a George y Robert Fentiman, los nietos del difunto, pero si el general ha muerto antes que su hermana, la mayor parte del dinero de la herencia se lo quedará la sobrina que vivía con ella, la antipática Anne Dorland.

«Doce mil libras irían a parar a la señorita Ann Dorland. El resto pasaría a su hermano, el general Fentiman, si seguía vivo a la muerte de lady Dormer. Si, por el contrario, fallecía antes que ella, las condiciones se invertirían; en ese caso, el grueso del dinero iría a parar a la señorita Dorland, y se dividirían quince mil libras a partes iguales entre el comandante Robert Fentiman y su hermano George.«

Dorothy L. Sayers (1893 – 1957), publicista, escritora, traductora y dramaturga, fue una de las primeras mujeres en recibir un título por la Universidad de Oxford y se educó en Lengua y Literatura. Miembro del Detection Club, del que llegó a ser presidenta, y conocida por sus novelas de misterio, Sayers siempre dijo que su mejor obra era la traducción de la Divina Comedia de Dante. Su detective más conocido es Lord Peter Wimsey, un aristócrata inglés que ha servido en la Primera Guerra Mundial y que, de vuelta en Londres, se distrae resolviendo casos criminales. El misterio del Bellona Club es el cuarto libro de la saga de Lord Peter Wimsey, fue publicado por primera vez en 1928 y, hasta la fecha, es mi novela preferida de Sayers.

Escogí empezar a leer a Dorothy L. Sayer por Veneno mortal porque era la primera entrega de su saga de Lord Peter Wimsey en la que aparecía Harriet y, claro, era de las novelas preferidas de Verity. Sin embargo, he disfrutado mucho más de El misterio del Bellona Club por la ambientación histórica, los personajes, el crimen y su resolución, y el propio Bellona Club y sus excéntricos socios. Es admirable la delicadeza y la precisión con la que Sayers nos muestra, apenas en un par de líneas, la terrible realidad de los soldados que volvieron de la Primera Guerra Mundial, destrozados física y psicológicamente, a menudo con dificultades para volver a la vida cotidiana, para encontrar trabajo, para superar sus heridas, la tristeza por los compañeros y familiares que murieron, el horror compartido… Una cuestión de fondo en El misterio del Bellona Club que no pasa desapercibida, pero que no es la única: Sayers también nos muestra el cambio social y de género en un momento en el que las mujeres se resisten a dar un paso atrás en sus derechos tras haber asumido, durante la guerra, responsabilidades civiles activas como nunca antes en siglos anteriores (recordemos que el sufragio femenino en igual edad de los hombres en Inglaterra no se consigue hasta 1928, justo la fecha de publicación de esta novela).

Lectora, para disfrutar de un cozy mystery y mucho más en el Londres del Armisticio de 1928.

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