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Tarzán de los monos, de Edgar Rice Burroughs

En 1888, John Clayton, el joven Lord Greystoke, y su esposa Alice parten desde su Inglaterra natal con destino a las inmediaciones del Congo africano, con orden de su gobierno de supervisar una colonia inglesa e informar sobre los supuestos abusos sobre la población nativa por parte de otros europeos. Víctimas de un trágico motín de los marineros que tripulan su barco, el matrimonio se encuentra abandonado a orillas de una selva únicamente habitada por animales salvajes. Es allí donde nace su bebé, John Clayton junior, aunque la esperanza de la pareja pronto se verá truncada por terribles circunstancias. En esa misma selva, la joven Kala, integrante del grupo de grandes simios liderado por Kerchak, acaba de perder a su pequeño hijo en un accidente; devastada por el dolor, no podrá resistirse a adoptar al bebé humano de los Cayton cuando la ley de la selva imponga su sentencia a los recién llegados.

«Con ternura cuidó Kala de su niño abandonado, pensando en silencio por qué no ganaba fuerza y agilidad como los monitos de otras madres. Transcurrió cerca de un año desde que la criatura llegó a sus brazos hasta que pudo andar solo. Y cuando de trepar se trataba… ¡ay, qué lerdo era!«

Edgar Rice Burroughs (1875-1950) fue un escritor norteamericano de gran éxito gracias a sus series de novelas pulp, de ciencia ficción, históricas y del Oeste. Aunque su personaje más conocido es Tarzán, este norteamericano, que sirvió en el 7º de caballería, fue buscador de oro, comerciante, vaquero y policía antes de dedicarse por entero a la escritura, y se convirtió en uno de los novelistas más leídos durante la primera mitad del siglo XX. Yo nunca había leído Tarzán de los monos, solo había visto las adaptaciones cinematográficas de 1984 (Greystoke, la leyenda de Tarzán) y de 2016 (Tarzán), así que cuando supe que Nordica Libros publicaba una nueva traducción del clásico de Burroughs me fui a la librería a comprarme un ejemplar. Fue Miss Hurst, de Las inquilinas de Netherfield, quien me advirtió que podía leer el título para la premisa de Clásico prohibido en algún momento de la historia para el Reto Todos los clásicos grandes y pequeños 2022. Pensé que la prohibición se debería a cuestiones de racismo o colonialismo o algo similar. Pues no. De nuevo fue Rosa quien me aclaró el asunto: Tarzán de los monos, de Edgar Rice Burrough, fue prohibido en algunas escuelas, institutos y bibliotecas de Estados Unidos porque mostraba a sus dos protagonistas, Tarzán y Jane Porter, cohabitando juntos en la selva sin haberse casado (os dejo aquí un artículo que lo explica mejor: The most surprising banned books). Vaya por delante, que esta edición de Tarzán de los monos contiene escenas muy sexis de Tarzán (desnudo) y Jane abrazándose, besándose y desplazándose de árbol en árbol colgados de una liana. Todo muy escandaloso. Bromas aparte, os avanzo que me sorprendió la trama romántica de la segunda mitad del libro por razones que no puedo contar por spoiler.

Tarzán de los monos, publicada por vez primera en 1914, es una novela de aventuras con superhéroe perfecto, con una primera mitad muy al estilo de aventuras clásicas como La isla del tesoro y una segunda mitad un poco más confusa y pulp, un poco sensation novel caótica de principios del siglo XX, que mezcla romance, suspense y no sé qué de superhéroes de antes de la Segunda Guerra Mundial. Aviso a los lectores que van a encontrar ideas racistas —aunque progresista, estamos hablando de la obra de un autor estadounidense de la primera década del siglo pasado—, pero también una sorprendente y estimulante crítica al colonialismo europeo en África y una reflexión muy divertida sobre el buen hombre salvaje. Y es que Tarzán de los monos, en mi opinión —aunque como historiadora sé que no debemos reinterpretar los clásicos desde nuestra perspectiva—, por encima de todo resulta tremendamente clasista, pues Burroughs nos enseña un hombre perfecto (inteligente, fuerte, alto, honorable, moral, generoso, valiente, etc.) que no debe su perfección a su raza caucásica sino a que es un aristócrata descendiente de aristócratas, y la nobleza no se pierde ni siquiera aunque te haya criado una simio gigante en las profundidades de la jungla.

Lector, conoce el origen de la leyenda aunque sea un poco raruno.

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La leyenda de Sleepy Hollow, de Washington Irving

En el retirado valle de Sleepy Hollow, en el condado de Nueva York, corren muchas leyendas, pero quizás la más terrorífica sea la del Jinete sin Cabeza, el sanguinario fantasma de un mercenario alemán, de la Guerra de Independencia, que merodea algunas noches por los parajes más solitarios del lugar. El maestro de Sleepy Hollow, Ichabod Crane, es un larguirucho y estrambótico glotón enamorado de Katrina van Tassel, la guapa hija del terrateniente. Un poco presumido por su fama de erudito, Crane se las da de experto en Historia de la brujería en Nueva Inglaterra, de Cotton Mather, y disfruta contando historias de terror a sus paisanos. Hasta que una noche, reunidos los vecinos del pueblo en la fiesta de los Van Tassel, todo cambiará para el peculiar maestro y sus planes de enamorado.

«Había en Ichabod una rara mezcla de tímida astucia y crédula ingenuidad. Su apetito por lo maravilloso era tan extraordinario como su capacidad para digerirlo y las dos cosas se habían visto acrecentadas a raíz de su estancia en la región encantada. No había cuento, por burdo o monstruoso que fuera, que resultara demasiado grande para su estómago.«

Washington Irving (Nueva York, 1783 – 1859) fue un periodista, abogado, diplomático, historiador y escritor adscrito al movimiento cultural romanticista de finales del siglo XVIII y primeras décadas del XIX. Tal vez por la célebre adaptación cinematográfica de Tim Burton (una interpretación muy libre), su título más popular traducido al castellano sea, precisamente, La leyenda de Sleepy Hollow, aunque en nuestro país Irving es conocido por residir varios meses del año 1829 en el palacio de la Alhambra, en sus tiempos de embajador estadounidense, y publicar sus bellísimos Cuentos de la Alhambra.

La leyenda de Sleepy Hollow es un relato romántico (no de amor, sino perteneciente a la corriente romanticista, se entiende) que Irving escribió y publicó en 1819-1820 y que rápidamente pasó a formar parte del folklore estadounidense ya que hundía las raíces de la leyenda en la historia de los primeros colonos holandeses que se asentaron en lo que se convertiría en Nueva York. Además de la atmósfera de misterio, me gusta mucho el tono encantador y humorístico que el autor imprime a esta historia, tan bien llevada por una prosa un pelín socarrona y siempre rica y fluida. Washington Irving tiene una manera de contar divertida y cómplice, unas descripciones vívidas y un final que cuenta con el juego del lector. Aunque no se trata de un relato de terror, sí que tiene un aire gótico estupendo y una crónica simpatiquísima del condado estadounidense y de sus gentes a principios del siglo XIX.

Lector, para disfrutar de este delicioso relato, olvida la versión de Tim Burton.

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Howard Carter: La tumba de Tutankhamón

El 4 de noviembre de 1922, Howard Carter hallaba los escalones que conducían a la entrada de la tumba del faraón, de la XVIII dinastía, Tutankhamón. De inmediato, corrió a telegrafiar a su amigo, compañero de aventura y mecenas, Lord Carnarvon: Finalmente he hecho descubrimiento maravilloso en Valle, una tumba magnífica con sellos intactos; recubierto hasta su llegada; felicidades. Se iniciaba así una campaña de más de diez años para excavar, vaciar, catalogar y estudiar el mayor hallazgo arqueológico del antiguo Egipto de toda la historia. Aunque los expertos habían señalado que ya no quedaban más tumbas por excavar en el Valle de los Reyes, Howard Carter jamás se había dado por vencido; tenía indicios suficientes para sospechar que el faraón Tutankhamón fue enterrado allí y al fin lo encontró, a salvo, olvidado en las profundidades, bajo las cabañas de los antiguos trabajadores. La única tumba del Egipto faraónico casi intacta, con sus capillas, su sarcófago y su momia tal y como fueron depositados en el interior de la roca, 3.300 años antes de que el doctor Carter las descubriera.

«Sentimos que estábamos en presencia de un rey muerto y le debíamos reverencia, y en nuestra imaginación podíamos ver las puertas de las sucesivas capillas abrirse una tras otra hasta que en la más profunda aparecería el mismo rey.«

Para conmemorar el centenario del descubrimiento de la tumba de Tutankhamón (1342 aC -1325 aC), Miss Hurst, que es una rendida admiradora del doctor Carter, me propuso leer el ensayo del famoso arqueólogo con la introducción del breve libro de José Miguel Parra que reseñé esta semana. Había leído La tumba de Tutankhamón de Howard Carter durante mi segundo año en la facultad de historia y lo recordaba como un ensayo muy serio aunque fascinante; sin embargo, esta segunda lectura —seguramente porque MH me ayudó a comprender mejor la biografía de Carter— ha resultado ser mucho más emocionante. Este libro es el compendio de más de diez años de trabajo arqueológico en la única tumba faraónica no profanada, pero también la historia de su descubrimiento, del talento de los hombres y mujeres que cambiaron nuestra comprensión del Egipto faraónico y de la repercusión mediática y emocional que supuso en la época. Destaca la intuición y talento de Howard Carter que, aunque escribió este libro alrededor de 1927, entre campaña y campaña en el Valle de los Reyes, y aunque investigaciones posteriores aportaron novedades sobre su hallazgo gracias a las nuevas tecnologías, sus teorías y observaciones a pie de la excavación siguen siendo válidas y correctas en la actualidad.

«La familiaridad con algo no puede disipar por completo la atmósfera de misterio ni el sentimiento de las fuerzas que yacen en la tumba, desaparecidas pero de algún modo presentes. La seguridad de que el pasado y el presente se funden está grabada en la mente del arqueólogo (…).
Luego, una vez más, nuestras potentes lámparas eléctricas iluminaron el gran sarcófago de cuarcita. Bajo el cristal que había hecho colocar sobre él podía verse el féretro de oro, que parecía aumentar su poder de atracción sobre nuestras emociones cuanto más lo mirábamos: con las sombras de los antiguos dioses no se puede intimar de un modo vulgar y corriente.«

Howard Carter, además de un gran arqueólogo, egiptólogo y detective, tiene un don para convertir un ensayo académico en una aventura apasionante. Su narración del descubrimiento de la tumba de Tutankhamón y los trabajos de excavación, rescate, conservación, análisis y estudio del tesoro y del cuerpo del faraón no solo es la enumeración de un catálogo sino que se convierte en la crónica, emocionante y legendaria, de cómo atravesó más de treinta siglos para escuchar el testimonio de un rey. Con una escritura apasionada, descriptiva y cercana, el arqueólogo consigue llegar sin problemas hasta el lector del siglo XXI para relatar la aventura de la búsqueda, la emoción del descubrimiento, el asombro de los tesoros, las dificultades de su traslado, el misterio de su maldición y la gloria de su memoria. Pero Carter también reflexiona sobre la vida y los lazos afectivos y familiares del faraón, sobre la importancia del hallazgo para el estudio de las generaciones futuras, sobre la fauna y la flora de hace más de 3.300 años o sobre la correspondencia de la manifestación física de los dioses faraónicos y el significado del ajuar funerario de Tutankhamón, entre otras muchas cuestiones.

De los veintisietes monarcas que fueron enterrados en el Valle de los Reyes, Tutankhamón debió ser el menos importante y de ajuar funerario más modesto; un joven que murió antes de cumplir veinte años, hijo de Akenatón, nieto de Amenhotep III, un rey de una dinastía decadente que no tuvo tiempo de destacarse más allá de la transición de la herejía de Atón al regreso del culto a Amón. Howard Carter nos señala que la enorme trascendencia del hallazgo de su sepultura se debe a que fue hallada intacta y esto resultó de extraordinario valor para los historiadores y arqueólogos, que pudieron reconstruir ritos funerarios, costumbres y ajuar con mayor fidelidad que en otros sepulcros saqueados. Pese a que había sufrido la intrusión de bandidos en época dinástica, todavía quedaba intacto alrededor de un 40% del tesoro, y las capillas y los sarcófagos del rey fueron encontrados con los sellos intactos. Por primera vez, los arqueólogos del siglo XX podían trabajar sobre la tumba y la momia no profanadas de un faraón. Y aunque se trataba de un enterramiento modesto, nada comparable a los tesoros y maravillas que debieron formar parte de las sepulturas de faraones de la talla de Ramsés II el Grande o Seti I, marcó un antes y un después en nuestra comprensión de la antigüedad.

Lector, ajústate el salacot y adéntrate en la aventura del descubrimiento de la tumba de Tutankhamón, junto a Howard «Indiana» Carter. Te apasionará.

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Las aventuras de Tom Sawyer, de Mark Twain

Tom Sawyer es un niño huérfano que vive en San Petersburgo, una villa a orillas del río Misisipi, con su tía Polly, su hermano Sid y su prima Mary. Ávido de aventuras, a menudo no puede resistirse a la tentación de saltarse las aburridas clases del colegio y convertirse en pirata, en bandolero o en detective, arrastrando tras de sí a sus incondicionales, como Huck y Joe. Libre, descalzo y siempre dispuesto a divertirse, Tom es una fuerza de la naturaleza, como su río, como su adoración por Becky Tatcher, como su lealtad para con Huck. Ni siquiera las obligaciones que le imponen los adultos lo privarán de vivir aventuras como la de escaparse de casa, encontrar un tesoro, ser testigo de un terrible crimen o salvar a su querida Becky de un castigo injusto.

«En la vida de cualquier chico normal llega el momento en el que se siente un deseo irresistible de salir a donde sea en busca de un tesoro escondido. Un día, de repente, este deseo le sobrevino a Tom (…). Al rato se tropezó con Huck Finn, el Manos Rojas. Huck le serviría. Tom se lo llevó a un lugar apartado y le expuso el asunto confidencialmente. Huck accedió. Huck siempre estaba dispuesto a emprender cualquier asunto que ofreciera diversión y no requiriese inversión de capital, pues tenía a manos llenas un capitalazo de aquel tipo de tiempo que no es oro.«

Mark Twain (1835-1910) fue el seudónimo del escritor estadounidense Samuel Clemens, que escribió Las aventuras de Tom Sawyer, uno de sus libros más famosos, entre los años 1872 y 1875, siendo publicadas por vez primera en 1876 (primero en Inglaterra y unos meses después en Estados Unidos). En el prefacio, el autor asegura que tanto los personajes como las aventuras de esta novela están basadas en hechos y personas reales, en concreto en las anécdotas de infancia propias y de sus amigos cuando vivía en su Misuri natal, a orillas del Misisipi, en una época en la que las supersticiones existían entre los niños y los esclavos del Oeste. Quizás por eso, por esa autenticidad, Las aventuras de Tom Sawyer sigue siendo, un siglo y medio después de su publicación, un clásico juvenil por excelencia.

Para esta lectura he disfrutado de la preciosa edición de Edelvives, en tapa dura y magníficamente ilustrada por Antonio Lorente, que tuve la suerte de conseguir en el sorteo aniversario de Las Inquilinas de Netherfield. Cuenta Manuel Vilas en el prólogo de esta edición que Tom Sawyer siempre le ha parecido el niño más libre del mundo, pero también el personaje más bondadoso, limpio de corazón y lleno de esperanza y de amor a la vida de toda la literatura: «El arquetipo de Tom Sawyer es la libertad, los sueños, las aventuras y la bondad.» Sin duda se trata de un personaje universal y genuino, producto de ese Misuri casi recién salido de la Guerra de Secesión Americana (1861), que todavía arrastra, pese a los aires abolicionistas, la cuestión del esclavismo afroamericano. Y es que Tom Sawyer debe muchas de sus aventuras a su tropiezo con la maldad humana (que no tiene fecha de caducidad), unas aventuras y una forma de ver la vida muy marcada por las supersticiones de la cultura afroamericana con la que los niños de su entorno crecían tan familiarizados por su proximidad a los esclavos y sirvientes de sus casas (aunque Mark Twain se declaró abiertamente abolicionista, sus padres habían tenido esclavos en la casa familiar). Y, pese a todo, pese a la pobreza y la opresión y la injusticia en el ficticio pueblo de San Petersburgo, Tom Sawyer es capaz de escapar de entre las garras del mezquino mundo de los adultos para navegar libre por su todavía salvaje Misisipi.

Lector, más que un clásico, un mítico.

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El enebro, Barbara Comyns

Corren los años ochenta en Inglaterra y Bella Winters acaba de mudarse a Richmond con su hija Marline para hacerse cargo de una pequeña tienda de antigüedades. En los últimos años, ha conseguido alejarse del odio de su madre, del egoísmo de su exnovio tacaño y miserable e incluso del complejo por la cicatriz que le dejó en la cara un accidente de coche. Por primera vez en mucho tiempo, sabe que es feliz cuidando de su encantadora hija, comprando y vendiendo antigüedades y viviendo en las bonitas habitaciones del piso de arriba de la tienda. Incluso hace nuevas amigas, como Mary Meadows o la señorita Murray. Aunque por encima de todo están Bernard y Gertrude, un matrimonio anglogermano que vive en una curiosa mansión con parque propio. Bella jamás olvidará la primera vez que vio a la hermosa Gertrude en su jardín, con su pelo negro como la noche, su piel blanca como la nieve y sus labios rojos como la sangre… como la sangre que brotaba de una herida en sus delicadas manos, las mismas que poco después comerían a puñados los frutos del enebro de su jardín a la espera del nacimiento de su primer hijo.

«El primer lunes de mayo, Gertrude llamó para decirme que cerrase la «dichosa tiendecita» y fuera a pasar el día con ella para cuidar del jardín.
—Llevas dos fines de semana sin venir y no te imaginas cómo se está poniendo. Las flores se están apoderando de todo; todas las raíces, bulbos y semillas que he plantado han agarrado, esto parece una jungla.«

Barbara Comyns (1907-1992) escribió El enebro cuando tenía algo más de setenta años y fue publicado por vez primera en 1985. Se trata de una obra de madurez que versiona el terrible y macabro cuento de los hermanos Grimm en el Richmond del siglo pasado con la frescura de una autora que llevaba años fuera de su país de nacimiento y el encanto de su estilo inquietante y ameno, precursor del realismo mágico. Comyns suaviza la morbosidad y el gore del cuento original recreando a una protagonista tan real que parece de carne y hueso atrapada en una pesadilla creciente. El lector, aliviado por la vida feliz que la pobre Bella ha conseguido en su tienda de antigüedades, empieza a temerse lo peor cuando la protagonista renuncia a ese oasis de paz y una atmósfera de que algo terrible va a suceder, con urracas sobrevolando el enebro incluidas, se apodera de las páginas finales como un oscuro presentimiento tenebroso y terrible.

El enebro está más cerca de Los que cambiaron y los que murieron (1954) que de La hija del veterinario (1959), tanto por la inquietud casi surrealista y onírica que planea por sus capítulos como por la magnífica prosa y el estilazo de Barbara Comyns. De frases cortas y contundentes, léxico sencillo y adjetivación precisa, la narración de Comyns tiene ritmo propio, fluido, y una incesante sensación de que algo espantoso está a punto de suceder. La construcción de los personajes es extraordinaria, sobre todo la de Bella Winters, con sus luces, sus sombras, sus anhelos y su frágil felicidad, que contrasta por su sólida realidad y mala suerte con el personaje casi mágico, idealizado como las madres en los cuentos de los Grimm, de Gertrude Forbes. Comyns, que estudió arte en Londres y trabajó un tiempo como ilustradora para un estudio de animación, utiliza con intención y acierto colores, texturas e imágenes no solo para contraponer a los dos personajes sino para recrear cada escenario (la tienda y la casa de los Forbes, el jardín y el parque) con toda intencionalidad. Sin duda, uno de los títulos de la autora que más he disfrutado y que recomiendo encarecidamente a los admiradores de la prosa y peculiar estilo de Barbara Comyns.

Lector, cuidado con morder la manzana.

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