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Manual para damas sobre el protocolo y el asesinato, de Diane Freeman

Un año después de la muerte de su marido en extrañas circunstancias, la joven condesa Frances de Harleigh por fin encuentra el valor de marcharse de la casa de su cuñado Graham para emprender una nueva vida en Londres. Pero si pensaba en llevar una existencia tranquila y relajada en la metrópolis se equivoca: sus padres le han enviado a su hermana pequeña desde Nueva York para presentarla en sociedad, su nuevo vecino es nada menos que el encantador George Hazelton, un policía la interroga continuamente sobre la muerte de su esposo, Graham le ha congelado todas las cuentas bancarias porque quiere su dinero, a su cuñada le parece escandaloso que viva sola y una ola de misteriosos robos causan sensación en las fiestas de la alta sociedad. La buena noticia es que puede que Frances esté a punto de descubrir que posee un nuevo talento, el de la investigación criminal.

«—¿Entonces habrá un segundo esposo, querida?
—Ni lo pienses —dije levantando la mano en un gesto de advertencia—. Desde que tengo uso de razón, siempre ha habido alguien controlando mi vida. Primero mi madre, luego mi esposo y después la familia de mi esposo. Por fin tengo la oportunidad de decidir por mí misma, y aunque dé un poco de miedo, reconozco que me gusta.«

Manual para damas sobre el protocolo y el asesinato es una novela de misterio muy desenfadada, ambientada en la Inglaterra victoriana. Me decidí a leerla porque alguien la enseñó por Twitter —disculpad mi despiste, pero no recuerdo quién— y me encantó el título y la recomendación de Darcie Wilde, que pronunciaba las palabras mágicas: «Una maravillosa mezcla de historia, misterio y humor. Perfecta para los aficionados a Agatha Christie y Georgette Heyer.» Que no se parezca a Agatha Christie se lo perdono, pero que no se acerque ni a un kilómetro al ingenio de la gran Georgette Heyer es un error de marketing que esta lectura paga muy caro. Porque la novela me ha gustado, es muy entretenida y simpática, mantiene bien el misterio y tiene su encanto, pero no resiste la comparación con Heyer: ni tiene su chispa ni su sentido del humor ni su ritmo ni sus diálogos geniales ni nada que se le parezca.

Aclarado este triste punto, os confieso que Manual para damas sobre el protocolo y el asesinato —no me digáis que el título no es prometedor— me ha gustado, aunque me hubiese gustado mucho más si no hubiese tenido las expectativas tan altas por la comparación con Heyer. Que la trama de misterio esté ambientada en los bailes de la temporada londinense de época victoriana le da un toque distinto y muy atractivo, y el maridaje (nunca mejor dicho) entre rica heredera americana casadera en busca de título nobiliario y pretendiente aristócrata inglés arruinado en busca de esposa millonaria da mucho juego. Frances, la protagonista, es inteligente y empática, y su condición de viuda le da cierto margen de maniobra en una sociedad tan encorsetada. El componente romántico es muy secundario, no temáis, pues el peso de la trama recae en las circunstancias de Frances y en el misterio a resolver, lo que dota a la novela de originalidad y una ligereza muy de agradecer por estas fechas.

Lector, para llevártela a la piscina este verano.

También te gustará: Agatha Raisin y la quiche letal; La tumba de Vera Thwait;

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Manual para damas sobre el protocolo y el asesinato

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Trilogía de Candleford, de Flora Thompson

Toda era es época de transición, pero la de los años 80 del siglo XIX lo fue más intensamente: industrialización, avances científicos y médicos, ferrocarril, telégrafo, libre comercio… Y, sin embargo, a 30 kilómetros de Oxford, en la aldea de Colina de las Alondras muy poco parece haber cambiado respecto a la década anterior. Durante algunos años, Laura y Edmund fueron los dos únicos hijos del matrimonio del albañil y la niñera que vivían en la última casa de la aldea. Ambos curiosos y apasionados de la lectura, pronto aprenden que es mejor no hacer preguntas y tener la esperanza de no parecer demasiado listos para mantener la paz vecinal. Todo transcurre plácida y agradablemente en Colina de las Alondras, donde sus habitantes son pobres pero felices, donde la moda llega con dos años de retraso y visitar a los parientes en el pueblo de Candleford supone casi un día entero de viaje. En Colina de las Alondras se celebra el jubileo de la reina Victoria, se conoce el arte de pedir prestado, los pobres de verdad son los que viven lejos, en los suburbios de la ciudad, y el único peligro verdadero son esas modernas bicicletas que van a toda velocidad atropellando a cualquier ser vivo que se cruce en su camino.

«La mayoría de los hombres cantaban o silbaban mientras cavaban y sachaban. En aquellos tiempos era frecuente cantar al aire libre. Los trabajadores cantaban durante su faena; los carreteros cantaban por los caminos con la única compañía de sus caballos; el panadero, el molinero y el pescadero ambulante cantaban mientras repartían su mercancía de puerta en puerta; incluso el médico y el párroco musitaban alguna tonadilla entre dientes durante sus rondas de visitas. La gente era más pobre entonces y carecía de las comodidades, las diversiones y los conocimientos que tenemos hoy día; y a pesar de todo, eran más felices. Lo que parece sugerir que la felicidad depende en mayor medida del estado de la mente —y quizás del cuerpo— que de las circunstancias y eventos que nos rodean.«

Flora Thompson (Oxfordshire, 1876 – Brixham, 1947) fue una novelista y poeta autodidacta conocida sobre todo por su Trilogía de Candleford (Colina de las Alondras, Camino de Candleford y Candleford Green), que Hoja de Lata nos trae por primera vez en castellano en una edición preciosa de un solo tomo. Thompson escribió y publicó su trilogía en tiempos de guerra y crisis (1938-1945), circunstancia que quizás incidió en la nostálgica mirada de la autora sobre las últimas décadas victorianas. Y es que Trilogía de Candleford es una crónica bellísima, dulce y evocadora, sobre la infancia y la juventud de Flora Thompson en la campiña inglesa durante los años 80 y 90 del siglo XIX.

A través del personaje casi biográfico de Laura, la autora relata su infancia y la de su hermano Edmund en la aldea de Lark Juniper, y su adolescencia en Candleford Green echando una mano a la excéntrica Dorcas Lane en la oficina de correos. El encanto de esta lectura reside tanto en la delicadeza de la prosa de Flora Thompson como en su mirada rebosante de cariño sobre un mundo ya perdido. La gente era más pobre, pero más feliz, repite Flora, los niños crecían rebosantes de salud y el médico apenas visitaba la aldea, aunque no podían aspirar a más estudios que los básicos de la escuela nacional, todos eran espabilados e inteligentes, nadie envidiaba a nadie y se sentían felices en su situación socio-económica. Sin duda, una visión idílica que contrastaba con la dura realidad de la Flora adulta, seguramente bajo el blitz de la Segunda Guerra Mundial y ya tocada por la pérdida de una guerra anterior.

Trilogía de Candleford es una crónica luminosa y bella que da mucha pena terminar. Te habitúas a convivir entre pastos y bosques, entre campos de labranza y casitas, entre buena gente con sentido del humor y un optimismo incansable, y los echas mucho de menos cuando toca cerrar el libro porque has llegado al final. No eran tiempos mejores, ni más fáciles, pues cada época tiene sus propios demonios, pero la voz narradora es tan magnífica que te transporta a la campiña victoriana y… ¡lo que necesitamos ahora mismo la paz de esa campiña! La prosa de Flora Thompson es sutil, inteligente y perfecta, me encanta su sentido del humor, sus toques picarones y cómo dibuja un sinfín de personajes entrañables con apenas un par de frases precisas y claras. También he disfrutado mucho siguiendo las lecturas de la protagonista a medida que crecía: Shakespeare, Walter Scott, Dickens, Austen, Gaskell, las hermanas Brontë… y el Don Juan de Byron leído a escondidas entre las sábanas porque era demasiado atrevido para jovencitas.

He tenido la suerte de compartir esta lectura con Mrs. Hurst de Las inquilinas de Netherfield y creo que por eso la he disfrutado por partida doble. Lo que nos hemos reído con los ciclistas ángeles de infierno, el bibliotecario impaciente del Instituto Mecánico o la fina ironía de la autora; pero también hemos disfrutado comentando la mirada llena de ternura de la narradora o cómo se reflejaba la educación y la política de la época, por ejemplo, y cómo desmontaba algunos mitos enquistados en la literatura victoriana. Nos dio mucha pena terminar una lectura que nos había aportado tanto durante más de quince días. Estoy deseando leer su reseña, pero me atrevo a aventurar que os va recomendar Trilogía de Candleford tanto como yo.

Lector, imprescindible en estos días y siempre.

También te gustará: Lejos del mundanal ruido; Qué verde era mi valle; Cuatro setos

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Próxima estación, de Mónica Gutiérrez Artero

Hace algunos años vi este reportaje sobre la restauración de los vagones originales del Orient Express por parte de la cadena hotelera Belmond y me quedé totalmente prendada. Pensé que algún día escribiría una novela ambientada bajo la suave luz de esas lámparas Art Decó. La publicación de Próxima estación ha coincidido en tiempo de confinamiento, unos días extraños, difíciles y a menudo tristes y angustiosos. Pero precisamente porque creo que necesitamos lectura amable de entretenimiento más que nunca, aquí os dejo la preciosa portada y la sinopsis de mi nueva novela. Cruzo los dedos por que os guste muy fuerte, mil gracias por acompañarme siempre con tantísima generosidad.

Sigrid está a punto de cumplir el sueño profesional de trabajar de conservadora en un museo y, como despedida de su actual empleo, su amiga Ángela la ha reclutado para la convención anual hotelera que este año se celebra a bordo del extraordinario Venice-Simplon Orient Express. Entre ninfas, flores y lámparas Art Decó de la exquisita restauración de los vagones del mítico Express d’Orient, la historiadora atraviesa el corazón de Europa cuando un reencuentro inesperado la hace descarrilar a toda máquina.

A menudo fuera de ruta, atribulada por un lúgubre pianista, el encanto de Ed Sheeran, la inagotable batería de anécdotas de Gilberto, la presencia imponente del señor Rochester, una abogada en crisis y un conejo rebelde, Sigrid comprenderá que es preferible que te rompan el corazón a quedarte sin ningún pedazo que hacer añicos.

Os dejo aquí los enlaces para comprar el libro digital y la versión en papel:
Próxima estación (en papel)
Próxima estación (para Kindle)

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Quizás me quede mañana, de Lorenzo Marone

Cuando tu apellido es Di Notte, que tu padre te llame Luce parece un mal chiste; sobre todo cuando vives en los Quartieri Spagnoli, en Nápoles, y no lo has tenido precisamente fácil para salir adelante esquivando a la Camorra. Pero es que Luce es luz, por mucho que se empeñe en disimularlo detrás de su encabronamiento casi perpetuo, sus vaqueros y sus Converse, sus diatribas furibundas en el bufete de abogados para el que trabaja y las discusiones con una madre que nunca ha sabido amar. Es luz para su perro, Alleria, del que no se ha separado desde que lo encontró en la basura. Es luz para Vittorio, el anciano vecino de pasado bohemio y presente filosófico, con el que tiene un trato para comer juntos cada día. Es luz para un francés errante, para sus compañeros de oficina, para su familia disgregada, para Patricia y sus ojos tristes. Y está a punto de cambiarlo todo para una madre y su hijo, para un padre sin perdón, para sí misma que todavía anda perdida, que no sabe si huir es un acto de cobardía o quedarse uno de terrible conformidad.

«La vida es un continuo cambio de costumbres, amistades, formas de actuar y de pensar, ideales, amores, incluso de fe. Y, sin embargo, es solo cuando te encuentras por casualidad delante de una vieja costumbre, cuando entiendes cuánto la has echado de menos, cuánto se te ha arrugado la piel sin que te dieras cuenta (…). Solo digo que este mantel puesto con esmero y el plato de pasta con patatas me han hecho comprender que siempre habrá un lugar para mí en el mundo mientras alguien me tenga preparado algo en la mesa.«

Hace más de quince días —disculpad si no preciso más, este confinamiento me desdibuja el calendario—, mi amiga Rocío me regaló Quizás me quede mañana, de Lorenzo Marone. Me dijo que andaba de librerías cuando se encontró este título que le habían recomendado por ser una lectura muy feelgood y que le había apetecido enviarme un ejemplar. Me propuso leerlo juntas y pusimos fecha sin sospechar que acabaríamos leyendo a Lorenzo Marone en plena cuarentena. Serendipia, sin duda, pues pocas lecturas del siglo XXI tan bellas, optimistas y esperanzadoras como esta se me ocurren para los tiempos que corren.

«Las cosas que no merecen la pena nos acompañan siempre por un breve período de tiempo, después las perdemos o las olvidamos a saber dónde. Sin embargo, lo que amamos lo guardamos con cuidado, nos lo colgamos al cuello y lo llevamos con nosotros. Las cosas buenas de nuestra vida, escúchame bien, casi siempre nos sobreviven.»

Leed a Lorenzo Marone, os lo deseo de todo corazón. Quizás me quede mañana es una historia de ficción, con una protagonista de ficción, más auténtica que la vida misma. Me he quedado prendada de tantas frases, de tantas reflexiones vitales del autor, que no sé ni por dónde empezar a contaros, así que mejor la leéis vosotros. Vais a encontraros con una protagonista dura por fuera y extraordinaria por todas partes; y es esa dureza exterior, esa fuerza de tifón que ha aprendido a esgrimir porque su barrio y su familia son los que son, la que pone el contrapunto a una narración que podría haber caído en el sentimentalismo fácil. Luce di Notte es justo como su nombre, una luz que ilumina la oscuridad incluso en las horas más profundas de la noche. Y a través de sus pensamientos, de las lecciones que asume, de los puntos de vista de los demás personajes (como Vittorio, Kevin o la abuela), el lector viaja con serenidad a través de sus propias conclusiones.

«—¿Ha tenido alguna vez la sensación de que estuviera arrastrando su vida a alguna parte donde ella no quiere ir?
Él parece reflexionar, se echa un poco más de vino y responde:
—Sí, entiendo lo que quieres decir.
—Pues eso, yo soy la típica que intenta no venirse abajo, no me gustan los quejicas como mi madre, para entendernos. Pero, bueno, si me paro a pensar, no es que mi vida sea gran cosa.»

¿A quién no le ha pesado la vida, la rutina, la familia, los amores alguna vez? ¿Es mejor huir, cortar con todo y empezar de nuevo en otro lugar, o quedarse y luchar? Y si te quedas, ¿es porque te conformas con menos o es porque has aprendido a asumir aquello que no puedes cambiar? ¿La actitud ante lo que nos sucede es la clave de nuestra felicidad o de nuestras circunstancias? Disculpadme tanto interrogante, odio utilizarlos en cualquier narración, pero es que me encantan las disyuntivas que plantea Lorenzo Marone en esta maravillosa novela feelgood y la belleza con la que las va resolviendo a medida que Luce desenreda el ovillo de su pasado y de su presente. Leedla, de verdad, deja muy buen sabor de boca y no es nada trivial en los tiempos que nos ha tocado vivir. La prosa del autor es bonita, generosa y elocuente.

Rocío, mil gracias por regalarme una lectura en compañía tan perfecta como esta.

También te gustará: El hombre que se fue a Marte porque quería estar solo; Cómo comportarse en la multitud; Dónde estás, Bernadette; La vida escondida entre los libros; Eleanor Oliphant está perfectamente; Juntos, nada más

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El país donde florece el limonero, de Helena Attlee

En la Italia del siglo XVII los cítricos se usaban para todo: medicina, cocina, ornamentación, juegos, perfumes… Complejos, aromáticos y sorprendentes, son los únicos árboles cuya polinización cruzada suele ser exitosa: del cruce de mandarina y pomelo resulta la naranja, del cruce de pomelo y naranja, la toronja, del cruce de la cidra y la naranja amarga, el limón, etc. por eso es tan complicada su taxonomía. Helena Attlee, experta en jardines, desgrana la historia de los cítricos en Italia, desde los primeros jardines de los Médici en Florencia, hasta el Palermo del siglo XXI, en donde los árboles frutales todavía conservan el sistema de regadío que los árabes implantaron en el siglo IX, pasando por la conversión de Sicilia en productora de zumo de limón por mandato de Nelson, los primeros cultivos orgánicos de los Borghese o la mejor mermelada de cítricos del mundo, que se hace en San Giulano en casa de la familia Ferragamo (sí, la de los zapatos y bolsos).

«Hay que respetar un ritual y esa es otra razón por la que un cultivador de naranjas lleva siempre una navaja. Primero sujeta el fruto en la palma de la mano, con el tallo hacia arriba. Luego hace un corte horizontal para dividirlo exactamente por la mitad. El jugo de una naranja recién cogida es abundante, incontenible y su aroma estalla en el aire. Arroja la mitad superior al suelo sobre la crecida hierba, porque, en la naranja, el zumo y la dulzura se concentran en la parte inferior, lo más lejos posible del tallo. Luego corta una rodaja y, pinchándola con la hoja de la navaja, la ofrece por la parte sin filo.«

Helena Attlee es autora de cuatro libros sobre jardines italianos y fue durante el transcurso de una investigación sobre un posible quinto ensayo cuando topó con los cítricos ornamentales de los Médici y se quedó prendada del exótico, fragante y complejo mundo de estos árboles frutales. El encanto de El país donde florece el limonero reside en la fuerza narrativa de Attlee, que contagia su pasión, y en esa alternancia entre la historia de los cítricos en Italia y el mundo, los aspectos más científicos (botánicos) de su estudio y su viaje a lo largo de la península itálica en busca del cultivo actual de limones y naranjas dulces y amargas.

Además de disfrutar de lo maravillosamente bien que escribe Helena Attlee y del encanto de sus anécdotas, la amenidad de su narración histórica, la belleza de sus imágenes naturales y agrestes, me ha encantado adentrarme en los jardines de cítricos a través del tiempo. No sabía que las naranjas solo son de color naranja en el hemisferio norte, donde la temperatura cae por debajo de los 10 grados centígrados descomponiendo así la clorofila y permitiendo la liberación de carotenos que le dan ese color, y que en Brasil, por ejemplo, las naranjas son verdes. O que el boom del cultivo de limones lo desencadenó la Marina Real Británica cuando descubrieron que su zumo paliaba el escorbuto. O que en Palermo el cultivo de cítricos estuvo a punto de desaparecer por la especulación inmobiliaria de la Mafia.

El país donde florece el limonero debe su título a una cita de Goethe («¿Conoces bien el país donde florece el limonero?«) cuando realizaba el Grand Tour preceptivo de los universitarios del siglo XVIII y XIX, y sus referencias literarias y científicas son otro de los motivos por los que me ha hechizado este libro: los cítricos que aparecen en El origen de las especies de Charles Darwin, en Goethe, en Hans Christian Andersen, D. H. Lawrence, Tobias Smollett,… No es solo un libro interesante y ameno para una historiadora o una bióloga, es una lectura bellísima —y también un libro de recetas— que os recomiendo mucho si necesitáis algo distinto lejos del mundanal ruido. De lo mejor que he leído en los últimos años… aunque ya conocéis mi debilidad por los jardines.

Lector, maravilla.

También te gustará: Cuatro setos; El libro de la madera; Un año en los bosques

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El país donde florece el limonero

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