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El gato que amaba los libros, de Sosuke Natsukawa

Al quedarse huérfano, Rintaro Natsuki, un adolescente hikikomori, se va a vivir con su abuelo, el propietario de una librería de viejo escondida en un rincón de la ciudad. Cuando el anciano muere, Rintaro se queda totalmente solo al frente de la librería sin más consuelo que su enorme amor por los libros y la oferta de su tía para mudarse a otro lugar. Pese a su aislamiento y contra todo pronóstico, la vida del chico está a punto de cambiar con la ayuda de tres visitas inesperadas: Akiba, la estrella del instituto, Sayo, su delegada de clase, y un gato parlante llamado Tora (tigre) que le pide ayuda en cuatro peligrosas misiones para salvar libros.

«En el mundo suceden muchas cosas absurdas, carentes de sentido. Y la mejor arma para sobrevivir a este mundo lleno de sufrimiento no es la razón ni la fuerza física, sino el sentido del humor.«

Grijalbo
Booktrailer
256 páginas
Fecha de publicación: 3 de marzo de 2022
ISBN: 9788425359934

Sosuke Natsukawa (Japón, 1978) es médico, ama los libros y escribe. Su novela El gato que amaba los libros ha recibido varios premios literarios y se ha traducido a treinta idiomas, sin duda, porque el amor por la literatura (y por los gatos) carece de fronteras. Es la primera vez que leo a este autor, con la feliz excusa de la iniciativa #MarzoAsiático, y me he llevado una sorpresa muy agradable no solo por su prosa clara y sencilla sino también por sus reflexiones literarias entre las páginas de una historia de ficción y por su maravilloso y universal concepto de los clásicos.

El gato que amaba los libros es la historia de cómo un adolescente asocial toma las riendas de su vida, pero también de cómo ese niño que se convierte en adulto toma conciencia de que amar la literatura es un don que, junto a toneladas de sentido del humor, puede cambiar el mundo. Al igual que Alicia cae por la madriguera del conejo y pregunta al gato de Cheshire por dónde debe continuar su viaje, Rintaro sigue la guía de Tora, también un gato parlante, para orientarse por varios laberintos metafóricos. Sosuke alterna la narración de la realidad de la librería de viejo y la soledad de su protagonista (ambas cuestiones muy actuales tanto en oriente como en occidente) con las reflexiones literarias que se plantean en los mundos fantásticos a los que lo arrastra el gato.

La novela no solo rinde un bonito homenaje a clásicos como la Alicia de Lewis Carroll o a El principito de Saint-Exupéry sino que además cita títulos, autores y cuestiones literarias muy actuales en nuestro presente sobre el valor de los libros, los conflictos editoriales y el desánimo de los lectores. Con una prosa brillante, precisa, de frases breves y diálogos ágiles, Sosuke conecta tan bien con sus lectores de todo el mundo porque cita por igual clásicos occidentales y orientales, consciente de que la universalidad de la literatura ha diluido cualquier frontera. Si bien estructura su historia según los cuatro laberintos metafóricos que plantea el gato, el verdadero encanto de este libro recae en su elegante correspondencia entre fantasía y realidad (eruditos, editores, postureo, vacío cultural, consumo de masas, vivir acelerados y sin tiempo…) y el mensaje de esperanza y optimismo que destilan todas sus páginas.

Lector, para leer con una taza de Assam y la promesa de la primavera.

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La librería a la que fuimos cuando no se podía ir de librerías

Hoy sale a librerías La librería del señor Livingstone. Sin vosotros nunca habría sido posible, GRACIAS por acompañarme siempre. Todavía nos queda camino.

La librería del señor Livingstone (en papel)
La librería del señor Livingstone (en digital)

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La librera y los genios, de Frances Steloff

Frances Steloff (Saratoga 1887 – Nueva York 1989) fundó en 1920 la Gotham Book Mart, la mítica librería neoyorquina que se especializó en literatura de vanguardia europea y norteamericana, títulos desaparecidos, revistas literarias y grabados artísticos. Steloff empezó con un capital irrisorio y mucha incertidumbre, circunstancias que acompañaron su negocio durante casi todo el siglo XX; pero la Gotham superó las crisis, los traslados, la Guerra Mundial, la recesión y la especulación inmobiliaria de Nueva York. Al igual que la Shakespeare and Co. parisina de Sylvia Beach, Frances Steloff y su librería siempre tendieron una mano a los autores que más lo necesitaban, sobre todo a los jóvenes talentos que un siglo después han pasado a la posteridad como clásicos de la literatura: Henry Miller, Anaïs Nin, Hemingway, James Joyce, Sinclair Lewis, D. H. Lawrence, Gertrude Stein, e. e. Cummings, etc. Con un carácter peculiar, buenos contactos, mucha suerte y una resistencia admirable a cualquier crisis, Steloff y la Gotham Book Mart se convirtieron en leyenda.

«Visité a Frances Steloff (…) que desempeñó para nosotros la misma función que Sylvia Beach había desempeñado en París. Se ha hecho amiga de nuestras obras, y me recibe con una sonrisa amable y cálida. Está ocupada entre sus libros, jactándose no del saber que hayan podido darle, sino de su amor por ellos. Acoge a quienes pasan horas rebuscando en los estantes, acoge las revistas desconocidas, los poetas desconocidos. La Sociedad James Joyce se reúne en su librería.» (Anaïs Nin, en 1940).

La librera y los genios es un compendio de anécdotas, narradas por Frances Steloff, alrededor de una librería mítica y su empeño por tener a la venta los libros más controvertidos y excéntricos del momento. La autora nombra capítulo a capítulo a casi todos los escritores, poetas y editores de vanguardia —la mayoría de ellos convertidos hoy en clásicos literarios—, a quienes ayudada recaudando fondos para sufragar sus ediciones o pagar el alquiler o, simplemente, agasajaba en fiestas de presentación y firma de libros. Prueba fehaciente de que la literatura que vendía Steloff en la Gotham Book Mark no era convencional son sus tropiezos con la Sociedad Antivicio Norteamericana que la llevó a juicio más de una vez por vender obras obscenas (las memorias de Andre Guide) o lucir escaparates blasfemos (Marcel Duchamp y André Breton).

Mis capítulos preferidos son aquellos en los que aparece el siempre encantador Christopher Morley, que celebraba sus cumpleaños en la Gotham, detestaba la pintura de D. H. Lawrence, y escribió en la librería su novela Kitty Foyle (1939). Entre las anécdotas más divertidas de estas memorias, me quedo con los estibadores que en medio de una mudanza de la Gotham descubren la caja de las bebidas alcohólicas y acaban todos durmiendo la mona en el sótano de la librería, la autopublicación de Anaïs Nin o el flipado de Henry Miller escribiendo una carta, con membrete fechado en abril de 1939, desde París, asegurando que no iba a haber guerra ni ese año ni el siguiente.

La librera y los genios está plagado de anécdotas literarias y biográficas sobre la vida y la obra de muchas de las voces narrativas más interesantes del siglo XX, el problema es que Frances Steloff, que poseería muchos dones pero el de la escritura no se encontraba entre ellos, no tiene ninguna gracia contándolas. Es una pena que el libro quede tan deslucido por la sosería de Steloff y que no se le ocurriera encargar la redacción del mismo a algún escritor entre los muchos que conocía. Me lo he pasado en grande leyendo estas memorias porque he compartido la lectura con una buena amiga y le hemos sacado punta a casi todo (cuando se podía, que la señora librera no nos lo facilitaba demasiado), y porque entre sus páginas he descubierto tesoros como este:

«La diferencia entre un boxeador de tercera y un luchador bien entrenado radica en la forma, simplemente en la forma. Es la forma la que te hace salir adelante, incluso en esas ocasiones en que los músculos parecen débiles como agua. Lo que hace al escritor es saber escribir.» (William Carlos Williams)

Sin embargo, para los que no estamos familiarizados con los círculos intelectuales norteamericanos del siglo pasado, la figura de Frances Steloff solo se comprende con el epílogo de uno de sus ex-empleados y a través de algunas cartas de los autores. Y no os explico la decepción final porque sería un spoiler como una boa que se ha comido a un elefante.

Lector, ojalá Christopher Morley hubiese escrito la historia de la Gotham Book Mart.

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El exlibris de Colfax, de Agnes Miller

Constance Fuller trabaja como conservadora y experta en la prestigiosa librería Darrow, en la Cuarta Avenida de Manhattan. Demasiado inteligente y con los malos modales que atribuyen el paso por la universidad a las señoritas jóvenes y solteras de los años veinte del siglo pasado, Constance tiene la confianza de sus jefes, y sus compañeros más avezados saben que pueden contar con ella para solucionar algún que otro entuerto. Quizás por eso, cuando Peter vuelve de comprar un antiguo libro de medicina con un curioso exlibris, primero pasa por la mesa de Constance: ha gastado más de lo que debería en la puja por el volumen porque una bella dama le pidió su ayuda. Una extraña muerte y varios intentos de robo convencen a la señorita Fuller de que ese exlibris oculta un misterio de vital importancia, un valor oculto que va más allá de la torpe caballerosidad de Peter.

«—(…) Usted sabe que los ingleses que los ingleses piensan que el fin del mundo se acerca si no tienen su té; y si lo tienen, entonces les da igual lo que pase.

—Creo que ha hecho usted bien —admitió el señor Roberts, refunfuñando, mientras el señor Case sonreía amablemente y observaba que Darrow era diferente—. Hacer té es una estupidez, desde luego; pero no la retrasará más de unos minutos. Y el día es desagradable, frío y húmedo.»

Esta es la única novela para adultos de Agnes Miller, una norteamericana de la que apenas se sabe mucho más aparte de que publicó una saga juvenil de misterio a principios de los años treinta del siglo pasado. Miller publicó El exlibris de Colfax en 1926 y es, hasta la fecha, la única novela del llamado bibliomystery con exlibris. Acertáis si sospecháis que este misterioso libro y su misteriosa autora son rarezas encantadoras.

De entrada, es fácil que El exlibris de Colfax nos enamore: un montón de libreros excéntricos corriendo de un lado para otro de una preciosa librería porque un exlibris los trae de cabeza, un misterioso asesinato, una protagonista experta en libros, inteligente e independiente, Nueva York en 1926… Un tesoro literario que he disfrutado muchísimo por los personajes, por la originalidad del planteamiento de la trama, por un montón de escenas pintorescas y alocadas, y por Constance Fuller, una mujer extraordinaria en su época y posición que jamás pierde su sentido del humor. Y como la novela está narrada en primera persona por la protagonista, se beneficia enormemente del punto de vista perspicaz, ligeramente irónico y siempre brillante de la querida Constance.

La trama transcurre ágil, el misterio es curioso, la intriga y la tensión se mantienen de principio a fin, el investigador da manga ancha a nuestra Constance y la novela es tan encantadora y divertida que bien podría haber sido adaptada a la gran pantalla por Lubitsch o Edwards con sus inconfundibles estilos. El señor Colfax, un artista inglés del siglo XIX, era totalmente contrario a la revolución de las colonias, por eso jamás aceptó ningún encargo de exlibris de un norteamericano, de ahí el extraño ejemplar objeto del deseo de un montón de personajes y el título del libro. Esa tensión cultural entre ingleses y norteamericanos está presente en toda la novela, siempre en un tono jocoso y a menudo escenificada por Constance (neoyorkina) y el capitán Ashland (londinense), con sus tira y afloja por el té y la literatura de sus dos países.

La pena es que estos ingeniosos y divertidísimos diálogos quedan terriblemente deslucidos por la lamentable traducción (recuerdo en especial un juego de palabras sobre el Tea Party y el hecho de que Ashland quisiera tomar té que se pierde totalmente) que desluce toda la novela en general y le resta gran parte de su comicidad. Una traducción y/o edición de frases sin sentido, traducción literal del inglés sin adaptar siquiera juegos de palabras o bromas por lo que se convierten en frases absurdas, construcciones extrañas en español, orden gramatical americano, adverbios acabados en mente hasta la saciedad, siempre-siempre el sujeto pronominal presente en cada una de las frases sin elidir jamás, etc. Una lástima no haberle sacado más partido a esta pequeña maravilla de los bibliomystery, se merecía un trato mejor.

Lector, una rareza con mucho encanto.

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Rialto 11, de Belén Rubiano

En el número 11 de la plaza del Rialto, en Sevilla, tuvo Belén una vez la librería que soñó. Belén era una librera novata, letraherida, con muy poca querencia por Los pilares de la tierra y un excelente fondo de poesía. Tomaba cafés con sus amigos y hablaba de libros, les prestaba su baño como almacén, posaba para modelo de chindogu y les hablaba a los sevillanos de madrugada a través de las ondas radiofónicas. Soportaba con paciencia los manuscritos ajenos, recomendaba a sus clientes, perdía la paciencia con los hipócritas y solo veía los ordenadores en el cine. Belén tenía una librería, en Rialto, con techos altísimos y artesonados históricos, cerca de la Facultad de Periodismo, con su propio ladrón de bestsellers y una pizarra en donde citaba sus estados de ánimo. Tenía una librería… y no sé por qué escribe en pasado porque sigue siendo suya. Para siempre.

«Un poco más tarde, viendo el desembolso y la locura que harían falta para ser editora, pensé que podría intentar ser escritora, pero me daba mucho miedo ser fea.«

A mí, que he visitado Sevilla en un par de ocasiones de turista embelesada, Rialto, 11 no me decía nada. Luego supe que iba de librerías y se me pusieron los ojitos brillantes y allá que fui a comprármelo, pensando que sería algo del estilo de Mi maravillosa librería, de Petra Hartlieb o, todavía mejor, se parecería a Diario de un librero. Quizás al principio me gustase precisamente por eso, ¿a qué lector no le gusta un libro que va de una librería?, pero en cuanto pasas unas cuántas páginas ya no es por eso, es por la voz de Belén Rubiano, tan ingeniosa, divertida, sincera, tan ella.

«(…) soy la típica persona de la que a menudo se dice que es encantadora, cosa que no deseo ser pues me incomoda su proximidad con la cobardía. Ni muerta. Yo quiero ser un incordio soportable.«

Tampoco conocía a la autora, aunque me picó la curiosidad cuando supe que era hermana de Rossy, sí, nuestra Rossy de toda la vida bloguera, la de Lo que leo, que hace tiempo que nos ha dejado castigados sin reseñas y solo le seguimos la pista en Instagram. Es que Rosalía siempre ha tenido muy buen gusto para la lectura y ahora sé que es cosa de familia.

Como decía, me ha encantado leer a Belén Rubiano. Inteligente, genuina y con un bagaje lector impresionante que, pese a su pudorosa modestia, se le derrama en cada capítulo. Y eso que evita dar grandes nombres y títulos clásicos, pero se le nota la buena literatura y la poesía. Me he reído con el capítulo de Vila-Matas, con la obsesión de la señora de Burgos por Los pilares de la tierra y por el poco atino que tiene esta librera para calar a los caraduras; y aunque conocía el final de Rialto,11, porque Belén te lo cuenta casi al principio, me he emocionado como solo los lectores recalcitrantes somos capaces de emocionarnos con la palabra librería.

No quiero contaros mucho más porque esta es una experiencia vital y libresca que deberíais leer sin que os la estropee una torpe reseña. Rialto, 11 es divertida, emocionante y conmovedora, pero sobre todo es el primer libro de una autora que deslumbra por su personalísimo estilo y esa forma tan bonita que tiene de contar, entre café y café, su particular visión de la vida desde detrás del mostrador de una librería; un viaje nostálgico que empieza con «Yo tenía una librería en Sevilla«, evocando la voz de Karen von Blixen, hasta su bellísima despedida, «¿Qué es una librería? ¿Cuántas veces en la vida se pierde una?«.

«Cernuda, estoy segura, hubiera estado conmigo. Sufre, pero nada digas, me aconsejaría, despedirse de una librería es algo de una esencia que se corrompe al hablarlo.«

Lectores, llevaos Rialto, 11 por la promesa de la librería y terminad encandilados por su autora.

También te gustará: Ex-libris. Confesiones de una lectora; Diario de un librero; Signatura 400

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