Comprar un diamante sintético permite disfrutar de la belleza cristalina y brillante esquivando el sufrimiento de los diamantes de sangre, aunque el gran consumo de recursos y energía no renovables que conlleva su fabricación le hace flaco favor al planeta. Las perlas son anomalías, producto de una malformación de una pobre ostra, pero como los seres humanos somos especistas y, como mucho, nos preocupamos por la suerte de otros mamíferos, cocer langostas vivas, hervir gusanos de seda o que el cambio climático esté extinguiendo a los moluscos, parece que nos da bastante igual. Las mujeres siguen mermando su salud, a veces hasta extremos terribles, en aras de los cánones de belleza de cada época: maquillaje con plomo, gotas de belladona en las córneas, dietas aniquiladoras, la terrible «cara de Instagram»… La belleza tiene un precio, a menudo terrible cuando va a asociado al consumo y explotación capitalista, pero también está en miles de pequeñas cosas preciosas, únicas y a la vez al alcance de todos: un paseo entre las bellísimas estatuas blancas de un cementerio gótico, un jardín lleno de flores, un paisaje marítimo, el canto de un mirlo, esa maravillosa obra de arte de tu museo favorito, la incidencia de la luz sobre el cristal, la risa de una niña…
«La belleza es cortante, es intensa y siempre tiene un precio. Del mismo modo que el deseo y el asco recorren los mismos pasillos de nuestras mentes, también la belleza y la destrucción van de la mano. Siempre que encuentres algo insoportablemente bello, examínalo de cerca, porque encontrarás la sombra conocida de la putrefacción.«

Katy Kelleher es una periodista norteamericana que vive en Maine, en una casa junto a un bosque, y trabaja como columnista de arte, diseño, naturaleza y ciencia. La terrible historia de las cosas bellas. Ensayos sobre deseo y consumo es su primer libro, que empezó a escribir durante la pandemia; un tratado de no ficción sobre la historia de las piedras preciosas, las flores, las perlas, el maquillaje, el perfume, la seda, la porcelana, el vidrio o el mármol. Kelleher entreteje, con gran acierto, su experiencia y sus reflexiones vitales más personales con la historia de todas las cosas bellas que todavía nos siguen fascinando. El resultado es un ensayo extraordinariamente ameno e interesante que seduce por el magnífico estilo literario de su autora, y que nos interpela —casi como si estuviésemos hablando con una amiga— sobre la vida, la muerte y el deseo.
La terrible historia de las cosas bellas se queda para siempre entre mis ensayos preferidos. La voz de Katy Kelleher, excéntrica, melancólica, cálida, cercana y llena de esperanza, narra con habilidad y un sentido genial del equilibrio entre la anécdota y lo terrible. Me han encantado todos y cada uno de los capítulos temáticos, me he dejado llevar por la solastalgia (la tristeza por las repercusiones del cambio climático en nuestro entorno), he comprendido que no existe tejido en la Tierra que pueda fabricarse, transportarse o vestirse sin causar un mayor o menor daño (desde la explotación infantil hasta la muerte de los gusanos de seda, pasando por la emisión de gases nocivos a la atmósfera) y me ha regalado dos recordatorios preciosos: que la belleza también está en las pequeñas cosas cotidianas, si sabemos mirar, y que debería darle las gracias a mi cuerpo más a menudo en lugar de avergonzarme delante del espejo.
«Estoy orgullosa de mi labor como madre. Agradezco a mi cuerpo que haya podido gestar a una niña y a mis pechos que hayan podido alimentarla. Son cosas valiosas que han cambiado para siempre cómo veo la forma de mi cuerpo.«
Lectora, un ensayo extraño y maravilloso sobre comedores de flores, muertos transformados en diamantes y platos de huesos.
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Pese a tu bonita reseña no me animo, que no es lo que suelo leer, pero gracias por dármelo a conocer.
Besotes!!!!
Hola querida, pues la verdad es que curioso sí que parece, e interesante, lo apuntaré.
Un besazo
Hola. Pues según nos contabas de qué iba el libro pensaba, no, más lecciones y reproches no, por favor. Pero luego le has dado un sentido íntimo, muy bonito, y me ha gustado mucho cómo lo has defendido. De todas formas, yo ahora mismo no estoy para más sermones, ni aunque me los den así de bonitos y con tantísima razón. Pienso como tú, nuestro modo de vida, por sano y correcto que sea, tiene un coste. Pero también creo que en el cambio climático influye mucho más elementos que no tienen nada que ver con el proceder humano, nosotros solo lo empeoramos.
Besos
Da una lección curiosa. Me gusta la idea de concienciar del precio (no monetario) de la fabricación de las cosas, y más en un mundo tan consumista como el nuestro.