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Breve historia de Inglaterra, de Simon Jenkins

Desde las primeras invasiones romanas, sajonas y normandas hasta el gobierno de David Cameron, Simon Jenkins repasa la historia de Inglaterra siguiendo la guía de las dinastías reinantes y los vaivenes del Parlamento. El hecho crucial de estar bajo poder normando en la Edad Media rubricó el destino de una nación que habría de pasar más años guerreando que en paz y, precisamente, ese hecho fue el que contrarrestó la tiranía del rey pues habría de recurrir a otros órganos/entes de gobierno para pedir impuestos, situación que seguramente no hubiese sido tan acuciante en un país menos belicoso. Pero también es cierto que tuvo la suerte de contar con monarcas, consejeros y políticos brillantes, capaces de superar las revoluciones y mantener los órganos democráticos del poder. En época contemporánea, el Parlamento nunca ha perdido el timón del gobierno y a medida que pasan los años e Inglaterra se distancia de su Commonwealth, también ha sabido mantenerse al margen de la injerencia en otros países.

«Victoria dijo que Gladstone siempre le había dado la impresión de que era el hombre más sabio del mundo mientras que Disraeli la convencía de que la más inteligente era ella. La reina Victoria ni siquiera intentó ocultar sus preferencias. Gladstone, decía, me habla como si yo estuviera en un mítin político.»

Simon Jenkins es un periodista londinense que fue editor de The Times y del Evening Standard, columnista en The Guardian y presidente del National Trust durante seis años. Ha escrito varios ensayos relacionados con las grandes casas inglesas y la historia de Europa y su Breve historia de Inglaterra destaca por su excelente narración, concisa y brillante, y por la gracia con la que cuenta las anécdotas históricas y señala los procesos de cambio sociales, políticos y económicos del país. Me ha encantado este ensayo riguroso, no exento del esperado toque de humor inglés, por su lectura amena e interesante, por la estupenda traducción de José C. Vales y por el carisma de los personajes históricos que el autor ha sabido trasmitir con tanto encanto.

He disfrutado mucho descubriendo pequeños detalles la historia de Inglaterra y de sus personajes históricos más carismáticos, como Lady Godiva, Ricardo Corazón de León, Enrique VIII, Francis Drake, Isabel I, William Pitt o la reina Victoria, entre muchos otros. Es muy interesante la aclaración del autor sobre la mítica Batalla de Hastings (1066), que tradicionalmente marca el paso de un rey sajón a un rey normando, pero que Simon Jenkins explica como el cambio de un rey vikingo por otro rey vikingo: Harold II apenas tenía un cuarto de sangre sajona, era descendiente de vikingos, y Guillermo II procedía de Normandía, sí, pero de la Normandía que Francia había cedido a los vikingos de Rollo, de quien descendía Guillermo. Breve historia de Inglaterra también tiene el encanto añadido de sus múltiples referencias literarias; la leyenda artúrica, las obras realistas de William Shakespeare, la intención de Chaucer, El progreso del peregrino de John Bunyan (¿os acordáis de Mujercitas?), el origen de la palabra cabal, las sátiras políticas de Jonathan Swift, Pope, Locke, Dafoe, Johnson…

Jenkins concluye en su epílogo que Inglaterra ha sido un éxito como país. Con solo dos guerras civiles y escaso derramamiento de sangre, desde la época georgiana disfrutó de una prosperidad, libertad y derechos civiles raros para su época. Incluso en la actualidad, cuando otras naciones la han superado como potencia mundial, los ingleses siguen considerándose como uno de los grandes países de la historia de la humanidad. Sin duda, Breve historia de Inglaterra me ha parecido un ensayo perfecto para entender no solo este colofón sobre la Inglaterra actual sino todo el proceso histórico y las tensiones culturales y religiosas de gran parte de Europa.

Lector, un ensayo ameno y brillante para los amantes de la historia sin barroquismos.

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El retrato de Dorian Grey, de Oscar Wilde

Lord Henry Wotton, un cínico, egoísta e ingenioso desocupado, se queda totalmente fascinado por la nueva obra de su amigo Basil Hallward, un pintor londinense de renombre que reconoce que ha plasmado el mejor cuadro de su vida. La obra es el retrato del joven y apuesto Dorian Grey, una pintura tan vívida que parece incluso más viva que el original. Cuando Dorian conoce a Henry en casa del pintor, se queda fascinado por las ideas epicúreas y estéticas de Henry, quien mantiene que el arte solo debe ser hermoso y que lo bello es lo único que importa. Tocado por el panegírico de su nuevo amigo respecto a la fugacidad de la juventud y la belleza, Dorian maldice su suerte y pide un deseo: que el retrato, en lugar de su persona, acuse la experiencia de su vida. Inmerso en un torbellino de pasiones, de placer y de descubrimiento, el joven pondrá a prueba los límites de la moral de su época a la vez que se hunde en la corrupción más deleznable y egocéntrica.

«Hora a hora, semana a semana, aquella cosa del lienzo envejecería. Quizás podría escapar al horror del pecado, pero el horror de la edad estaba aguardándole allí. Las mejillas irían hundiéndose y volviéndose flácidas. Amarillentas patas de gallo se formarían poco a poco alrededor de los apagados ojos y los volverían horribles. El pelo perdería su brillo, la boca se abriría o caería, adquiriría un aspecto estúpido o grosero, como lo es la boca de los viejos. Tendría ese cuello arrugado, esas manos frías y venosas, ese cuerpo contrahecho que él recordaba en el abuelo que tan severo había sido con él durante su infancia. Había que esconder el cuadro. No quedaba otra solución.«

Oscar Wilde (1854-1900) fue un escritor, poeta y dramaturgo irlandés famoso por su aguzado ingenio y por obras tan universales como El fantasma de Canterville, La importancia de llamarse Ernesto o El retrato de Dorian Grey, entre otras obras. Publicó por primera vez El retrato de Dorian Grey en junio de 1890 de la mano de un editor americano, que lo publicó a la vez en Inglaterra y en Estados Unidos. Pero las criticas demoledoras y el escándalo que supuso esa primera versión de la novela obligó a Oscar Wilde a suavizarla en una segunda versión e incluso a autocensurarse en una tercera y una cuarta. Las referencias a la homosexualidad, al decálogo esteticista de Wilde (que ponía la belleza y el arte por encima de la moral) y su retorcida filosofía sobre el bien y el mal pusieron El retrato de Dorian Grey en la lista negra de la literatura inglesa y cuando el autor fue llevado a juicio en 1895, acusado de sodomía y grave indecencia, el abogado del marqués de Queensberry leyó en voz alta al jurado algunos pasajes del capítulo 7 de la primera edición para establecer un paralelismo amoroso entre Basil/Dorian y Oscar Wilde/Alfred Douglas.

El cine y la literatura del siglo XX y del XXI están plagados de referencias a Dorian Grey y su retrato mefistofélico, pero nunca había leído el clásico original. Me había pasado exactamente igual que con La guerra de los mundos, de H. G. Wells, otro clásico que estamos tan acostumbrados a ver adaptado en la pantalla que casi nos da pereza acudir a la fuente. El retrato de Dorian Grey me ha sorprendido por su oscuridad y por ese descenso a los infiernos sin un ápice de arrepentimiento; el egocentrismo de psicópata de los protagonistas es estremecedor, una clase magistral de Oscar Wilde sobre la construcción de personajes y sobre el principio de mostrar en lugar de dar explicaciones. En los capítulos añadidos de esta segunda versión, brillan los diálogos ingeniosos propios del autor y el intento de dotar de una apariencia más costumbrista y menos contundente a una novela que pasará a la historia por un intenso debate entre el individualismo y el altruismo, el bien y el mal, y la fugacidad de la belleza.

Lector, te sorprenderá conocer al genuino Dorian Grey.

También te gustará: El misterioso caso del doctor Jeckyll y mister Hyde; Frankenstein; El vampiro

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Piranesi, de Susanna Clarke

Piranesi es el Hijo Bienamado de la Casa, conoce las Mareas, explora las Salas, ha nombrado las Constelaciones en el cielo. Su Mundo, bañado por el mar, es enorme y extraordinario, pacífico y lleno de vida y de muerte. Las estatuas nunca dejan de sorprenderlo, parecen no tener fin, como la propia Casa. Enamorado de la Razón y la Ciencia, Piranesi también cuida de los Habitantes de la Casa mientras ayuda al Otro en la búsqueda del Conocimiento. Aunque, últimamente, ha perdido interés en las investigaciones, al fin conforme con la belleza y los pájaros de su Mundo.

«Tengo la impresión de que el Mundo (o la Casa, si se prefiere, pues a efectos prácticos son una y la misma cosa) quiere contar con un Habitante, alguien que sea testigo de su Belleza y beneficiario de sus Dones.«

Susanna Clarke es una escritora británica de ficción especulativa que saltó a la fama mundial con su increíble novela Jonathan Strange y el señor Norrell en la que entrelazaba magia y hechos históricos de la Inglaterra de principios del siglo XIX con una elegante delicadeza y un amor por el detalle histórico y fantástico sin precedentes. Aunque el libro tuvo un gran éxito internacional, siguió la ley no escrita de que nadie es profeta en su tierra, pues fue publicado primero en Estados Unidos que en Inglaterra. Es una de las novelas que recuerdo con más cariño y admiración y me da pena que los cuentos de Las damas de Grace Adieu sigan descatalogados. Creo que somos muchos los que estábamos esperando la nueva novela de Susanna Clarke. Pues bien, olvida Jonathan Strange y el señor Norrell porque Piranesi no tiene nada que ver. Es más, si quieres disfrutar plenamente de Piranesi, no leas nada al respecto de la novela, llega hasta su primera página sin ideas preconcebidas. Por mi parte, prometo no revelar nada en esta reseña, ni siquiera en la sinopsis.

Susanna Clarke cambia de registro y de estilo en Piranesi, adaptando su prosa a los requerimientos de una trama y unos personajes que son una invitación a entrar en el laberinto. Es una novela sorprendente y única, una grata propuesta lúcida y original para los lectores. No puedo compararla a nada que haya leído con anterioridad, a medida que avanzaba en sus páginas se intensificaba mi expresión ojiplática. La versatilidad narrativa de Susanna Clarke, su capacidad de construir mundos con una precisión y coherencia tan brillante como concisa, y su genial propuesta literaria se ganan el privilegio de sacudir las mentes de los lectores. La novela más sorprendente que he leído este año.

Lector, una propuesta genial a la que asomarse sin prejuicios ni ideas preconcebidas. Déjate llevar.

También te gustará: Jonathan Strange y el señor Norrell

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Lolly Willowes, de Sylvia Townsend Warner

Laura Willowes vive feliz y libre en la casa familiar de Somerset con su padre. Sus hermanos mayores se casan, uno se trasladada a Londes y otro se queda para continuar el negocio del padre, pero nada cambia para Laura pues todos están demasiado concentrados en sus propias vidas como para preocuparse por darle una educación o un marido. Pero cuando su amado padre muere, Henry, su hermano mayor, decide que Laura debe vivir bajo su protección y echar una mano con sus sobrinas. Y es entonces cuando se convierte en la tía Lolly, un ser gris, invisible, inútil y anodino que no encaja en ningún lugar. Hasta que una noche, Lolly por fin entiende la llamada y sabe que solo viviendo de nuevo en la campiña, sola y lejos de todos los Willowes, volverá a sentirse libre y auténtica. Pero a principios del siglo XX, «La costumbre, la opinión pública, la ley, la Iglesia y el Estado: todos habrían dicho que no con sus cabezotas a la súplica de Laura, y la habrían hecho volver al cautiverio«.

«Pero es una modalidad de brujería doméstica de tres al cuarto, eso es lo que es la magia negra; y no es que la magia blanca sea mejor. Una no se convierte en bruja para ir por ahí haciendo daño, tampoco para ir prestando ayuda como una asistente parroquial montada en una escoba.«

Sylvia Townsend Warner (1893-1978) fue una novelista, poeta y musicóloga inglesa afiliada al partido comunista y conocida por su biografía de T. H. White y su novela de ficción Lolly Willowes, que me ha encantado. Ha sido todo un acierto leer Lolly Willowes después de La bruja, de Jules Michelet, porque  me ha permitido reflexionar sobre los puntos comunes de la vida de las mujeres en Europa más allá de la brecha de los siglos que separan a ambos autores. Lolly Willowes se convierte en bruja porque eso es lo que ocurre cuando una mujer soltera se emancipa de todo y todos a principios del siglo XX, una semejanza que no puede ignorarse cuando se mira a las brujas medievales acusadas, precisamente, por ser distintas a lo que marcaba la iglesia, la sociedad, el Estado.

De Lolly Willowes he disfrutado la historia, la excentricidad de la narración, y su peculiar protagonista, pero también me ha gustado muchísimo la prosa de Sylvia Townsend Warner. Townsend escribe con un tono irresistible a medio camino entre el cuento de hadas tradicional y el engañoso ligero encanto de autoras inglesas como D. E. Stevenson o Josephine Tey. Elegante, un pelín burlona, a veces incluso poética, su prosa encierra un mensaje contundente y una perspectiva reivindicativa que destaca por su humanidad, su inteligencia y ese enraizarse en la naturaleza como un recordatorio de que el origen de toda bruja está en el bosque, en la búsqueda de libertad. Original, divertida y excéntrica (me ha recordado a Los que cambiaron y los que murieron, de Barbara Comyns), Lolly Willowes recoge la autenticidad de las brujas y el momento de cambio en la sociedad inglesa tras la Primera Guerra Mundial desde una perspectiva femenina que ansía reivindicarse y que todavía puede reconocerse en el cautiverio de siglos anteriores.

También te gustará: La bruja; Los que cambiaron y los que murieron; El fantasma y la señora Muir

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La guerra de los mundos, de H. G. Wells

Un periodista inglés visita un observatorio interesado por unas extrañas explosiones de gas desde el planeta Marte. Años después, empiezan a aterrizar en las proximidades de Londres extraños cilindros extraterrestres. El periodista cree que se trata de habitantes de Marte, piensa que como el planeta rojo es más antiguo que la Tierra y sus recursos se han agotado antes, los marcianos necesitan mudarse a un nuevo planeta. Pero cuando el primer cilindro se abre y aparecen los visitantes, su tecnología avanzada no es rival para los humanos y sus intenciones resultan claramente hostiles. A finales del siglo XIX, no existe ejército humano capaz de parar el avance destructivo de los recién llegados. La supervivencia de los terrestres está en serio peligro.

«Si el único objetivo de los marcianos hubiese sido la destrucción, el lunes habrían podido aniquilar a toda la población de Londres cuando se diseminaba lentamente por los condados de los alrededores.«

La edición de Austral, con traducción de Rafael Santervás (2019), incluye las ilustraciones de Henrique Alvim Correa (1876-1910) de la edición limitada de 1906 de La guerra de los mundos.

Herbert George Wells (1866-1946) escribió y publicó La guerra de los mundos en 1898 como una ficción especulativa muy crítica con el imperialismo victoriano británico, aunque también como una crónica periodística que describía, con las características propias del género, la invasión de Londres y alrededores por unos marcianos. Aunque conocemos al autor como novelista y ensayista, Wells siempre se sintió más cómodo pensando en sí mismo como un periodista especializado en la crítica social de su época y esto se nota en el tono y estilo de sus novelas.

La guerra de los mundos es una novela que me ha sorprendido. Había visto varias adaptaciones cinematográficas del libro (la de 1953 y la de 2005) y conocía la archifamosa anécdota de la retransmisión radiofónica de Orson Wells, pero la novela de H. G. Wells es diferente. No es tanto una obra de acción y aventuras como una crónica periodística sobre la invasión marciana, casi un diario de un periodista y su hermano sobre cómo sobrevivieron al ataque de los extraterrestres y cómo su llegada alteró el orden de nuestro mundo. Por primera vez desde que el hombre pisa la Tierra, entiende que no está solo en el universo, que no son los reyes de la creación, que su lugar en la cadena alimenticia puede cambiar en un instante de depredadores a hormigas, que el futuro es incierto. Narrada con precisión y una mirada crítica, Wells muestra la fragilidad humana pero también aventura con terrorífica clarividencia una tecnología de guerra que, por desgracia, habría de hacerse realidad (atención al gas o al rayo incendiario) en las trincheras de la Primera y la Segunda Guerra Mundial.

Lector, un clásico que siempre aparcamos porque ya hemos visto la peli y que merece la pena conocer.

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