Archivo de la etiqueta: Literatura británica

El misterio del Bellona Club, de Dorothy L. Sayers

La vida no sonríe al capitán George Fentiman: no acaba de recuperarse de la psicosis de guerra, no encuentra trabajo y, por mucho que su esposa trabaje día y noche, el dinero no les llega ni para cubrir los gastos de alquiler y comida. Es uno de los muchos exmilitares desmovilizados tras el Armisticio de la Primera Guerra Mundial que volvieron a casa con graves secuelas por el horror de las trincheras y que frecuentan el decadente Bellona Club entre las miradas severas de sus viejas glorias. Como su abuelo, el anciano general Fentiman, que parece haberse quedado dormido en su butaca habitual, cerca de la biblioteca, hasta que descubren que, en realidad, está muerto detrás de las páginas de su diario. Como amigo de la familia y socio del Bellona, Lord Peter Wimsey es requerido por el abogado de los Fentiman para aclarar la hora del fallecimiento pues resulta de gran importancia para determinar las disposiciones testamentarias del anciano: la hermana del general, fallecida esa misma mañana, le ha dejado cinco millones de libras en herencia. Si la anciana murió antes que el general, el dinero va a parar a George y Robert Fentiman, los nietos del difunto, pero si el general ha muerto antes que su hermana, la mayor parte del dinero de la herencia se lo quedará la sobrina que vivía con ella, la antipática Anne Dorland.

«Doce mil libras irían a parar a la señorita Ann Dorland. El resto pasaría a su hermano, el general Fentiman, si seguía vivo a la muerte de lady Dormer. Si, por el contrario, fallecía antes que ella, las condiciones se invertirían; en ese caso, el grueso del dinero iría a parar a la señorita Dorland, y se dividirían quince mil libras a partes iguales entre el comandante Robert Fentiman y su hermano George.«

Dorothy L. Sayers (1893 – 1957), publicista, escritora, traductora y dramaturga, fue una de las primeras mujeres en recibir un título por la Universidad de Oxford y se educó en Lengua y Literatura. Miembro del Detection Club, del que llegó a ser presidenta, y conocida por sus novelas de misterio, Sayers siempre dijo que su mejor obra era la traducción de la Divina Comedia de Dante. Su detective más conocido es Lord Peter Wimsey, un aristócrata inglés que ha servido en la Primera Guerra Mundial y que, de vuelta en Londres, se distrae resolviendo casos criminales. El misterio del Bellona Club es el cuarto libro de la saga de Lord Peter Wimsey, fue publicado por primera vez en 1928 y, hasta la fecha, es mi novela preferida de Sayers.

Escogí empezar a leer a Dorothy L. Sayer por Veneno mortal porque era la primera entrega de su saga de Lord Peter Wimsey en la que aparecía Harriet y, claro, era de las novelas preferidas de Verity. Sin embargo, he disfrutado mucho más de El misterio del Bellona Club por la ambientación histórica, los personajes, el crimen y su resolución, y el propio Bellona Club y sus excéntricos socios. Es admirable la delicadeza y la precisión con la que Sayers nos muestra, apenas en un par de líneas, la terrible realidad de los soldados que volvieron de la Primera Guerra Mundial, destrozados física y psicológicamente, a menudo con dificultades para volver a la vida cotidiana, para encontrar trabajo, para superar sus heridas, la tristeza por los compañeros y familiares que murieron, el horror compartido… Una cuestión de fondo en El misterio del Bellona Club que no pasa desapercibida, pero que no es la única: Sayers también nos muestra el cambio social y de género en un momento en el que las mujeres se resisten a dar un paso atrás en sus derechos tras haber asumido, durante la guerra, responsabilidades civiles activas como nunca antes en siglos anteriores (recordemos que el sufragio femenino en igual edad de los hombres en Inglaterra no se consigue hasta 1928, justo la fecha de publicación de esta novela).

Lectora, para disfrutar de un cozy mystery y mucho más en el Londres del Armisticio de 1928.

También te gustará: Veneno mortal; Un hombre muerto

Publicado en Blog | Etiquetado , , , | 4 comentarios

Vida de Charlotte Brontë, de Elizabeth Gaskell

Cuando Charlotte Brontë muere en marzo de 1855, su padre le encarga a la escritora Elizabeth Gaskell la biografía de su hija. Gaskell tardará más de tres años en completar los dos volúmenes de la que los críticos considerarán una de las mejores biografías en lengua inglesa del siglo XIX y se enfrentará a varios obstáculos para mantener cierta verosimilitud (tal y como detalla el doctor en literatura Alan Shelston, de la Universidad de Manchester, en la introducción de esta obra): la dirección del internado de Cowan Bridge donde murieron Maria y Elizabeth Brontë denunciará la primera edición, el marido de Charlotte presionará para que no aparezca su nombre ni el de los hombres que pidieron matrimonio a la escritora antes de que él, Patrick Brontë destruirá parte de la correspondencia de sus hijas, supervisará la mención a los escándalos y adicciones de su hijo Branwell y censurará cualquier mención indecorosa a Clementine Heger (el profesor casado del que Charlotte se enamoró perdidamente en Bruselas), o a cualquier otro hecho que pudiese dar una imagen controvertida del ángel victoriano, etc. Pese a toda la censura, la biografía de Gaskell brilla por su prosa, por la delicadeza de sus observaciones y por su acertada y genial elección de la correspondencia entre Charlotte y sus amigos, profesores, lectores, editores y familiares que publica en esta edición.

«Las recordaba ahora, sin asustarse de las almas de los difuntos, sino con el anhelo vehemente de ver una vez más cara a cara las almas de sus hermanas, como nadie más que ella podía sentir. Era como si la misma fuerza de su anhelo pudiera hacerlas aparecer. En las noches ventosas la casa parecía llenarse de gritos, sollozos y gemidos, como si los seres queridos intentaran llegar hasta ella. Alguien que conversaba una vez con ella en mi presencia hizo alguna objeción a la parte de Jane Eyre en que Jane oye la voz de Rochester, que la llama en un momento crítico de su vida, hallándose él a muchos kilómetros de distancia. Yo no sé en qué incidente concreto pensaría la señorita Brontë cuando contestó con voz baja, conteniendo la respiración: Pero es verdad, ocurrió realmente.«

Elizabeth Gaskell (1810 – 1865) conoció a Charlotte Brontë en los círculos literarios londinenses en los que Charlotte tan poco se prodigó y la invitó a su casa en varias ocasiones. Tal vez por esa tímida amistad y porque en 1855 Gaskell ya era una escritora de renombre, Patrick Brontë pensó en ella para escribir la biografía de su hija. No podría haber escogido mejor: la prosa descriptiva de Gaskell sobre los páramos de Yorkshire es maravillosa y envolvente, la crítica social de su tiempo es incisiva y da marco a la obra de Charlotte, su calidez para con las hermanas Brontë tiñe de cariño estas páginas y su discreción a la hora de bordear los escándalos es muy hábil. He leído Vida de Charlotte Brontë para acompañar la relectura de Jane Eyre y, no solo ha resultado ser una elección cautivadora y un grato descubrimiento sino que además me ha hecho comprender mejor los abundantes detalles autobiográficos de la mencionada novela.

Conozco bastante la vida de las hermanas Brontë: Cumbres borrascosas, de Emily Brontë, es una de mis novelas preferidas de todos los tiempos, La inquilina de Wildfell Hall, de Anne Brontë, me sorprendió por su valentía, modernidad y madurez, aprecio el post-romanticismo de Jane Eyre, y disfruté mucho de El sabor de las penas, de Jude Morgan, una magnífica biografía novelada de las hermanas que siempre recomiendo con fervor. Sin embargo, desconocía las circunstancias alrededor de la biografía que escribió Elizabeth Gaskell y que con tanto acierto me señalaron MH de Las inquilinas de Netherfield y la introducción del doctor en literatura Alan Shelston. Es importante leer Vida de Charlotte Brontë sabiendo lo que se tiene entre manos, pero eso no resta importancia al gran trabajo que realiza Gaskell, bien al contrario, creo que lo resalta. Me he emocionado hasta las lágrimas con los últimos capítulos de este ensayo, y durante toda su lectura he disfrutado enormemente con el hilo narrativo escogido por Elisabeth Gaskell, con su estilo luminoso y delicado, y por la cantidad de fragmentos de cartas que incluye y que tan bien reflejan los pequeños momentos emocionales, vitales o cotidianos de las hermanas Brontë.

Lectora, imprescindible si, como yo, eres rendida admiradora de alguna de las tres hermanas Brontë o de todas ellas.

También te gustará: El sabor de las penas; Jane Eyre; Cumbres borrascosas; La inquilina de Wildfell Hall; La casa en el páramo

Publicado en Blog | Etiquetado , , | 4 comentarios

Mathilda, de Mary Shelley

En una cabaña en el corazón de un bosque, en plena naturaleza, la joven Mathilda está a punto de morir. Antes de irse, escribe una larga carta para su amigo Woodville, en donde le refiere su experiencia vital y todo aquello que jamás se atrevió a contarle durante sus largas charlas. Mathilda se quedó huérfana de madre al poco de nacer y su padre, loco de dolor, la abandonó bajo la tutela de una tía. La niña creció libre y feliz en la salvaje naturaleza escocesa hasta que llegó el momento de su educación formal y, entonces, todo cambió para siempre.

«Cuando me vio llegar, vestida de blanco, con la cabeza cubierta con mi única gorra escocesa y el pelo flotando sobre mis hombros, volando entre las olas, llevando mi barca a una velocidad apenas creíble, le recordé más a una aparición que a una criatura humana. Llegué a la orilla, mi padre sujetó la barca, salté y al instante estuve en sus brazos. Entonces fue cuando empecé a vivir.«

Mary Shelley (1797 – 1851) terminó de escribir Mathilda en 1820, pero la obra no se publicó hasta 1859, años después de su fallecimiento. Esta demora en la publicación se debió a la voluntad del padre de la autora, el filósofo William Godwin, que en cuanto leyó el manuscrito de su hija lo guardó en casa, bajo llave, temeroso de que Mary volviese a ser motivo de escándalo en Inglaterra: la formalización de su matrimonio con Percy Shelley había calmado las aguas en ese sentido y Godwin no quería que la reputación de su hija volviese a verse en entredicho. Por aquel entonces, Mary vivía en Italia, junto a su marido, pero estaba sumida en una fuerte depresión motivada por la muerte de sus dos hijos (primero la pequeña Clara, en Venecia, y a los pocos meses, William, en Roma). En la correspondencia de amigos cercanos a la pareja, se refiere que la autora parecía profundamente sumida en el dolor de tan terrible pérdida, se la veía distante y buscaba la soledad. Tal vez, escribir la ayudase a lidiar con su enorme tristeza. En todo caso, Mathilda es una historia trágica y terrible, con una protagonista que sufre intensamente. Tiene algunos detalles autobiográficos, como la estancia en Escocia de la protagonista durante su infancia (la joven Mary fue muy feliz en Escocia, en casa de los Baxter, unos amigos de sus padres que tenían tres hijas de edades cercanas a la de la autora) o como la educación liberal y filosófica que recibe Mathilda de su padre, pero es una obra de ficción.

Mathilda es hija de las circunstancias de su autora, pero también un hermoso y terrible decálogo del romanticismo inglés del que Coleridge y Wordsworth habían sido precursores y que tan bien encarnaba Mary Shelley: la muerte, la locura, la libertad, la divinidad de la Naturaleza, la pequeñez del hombre frente a la Naturaleza, tormentas y paisajes terribles, desgarro del alma, la exaltación del yo, la belleza de la desesperanza, el reflejo de la cultura de la Antigüedad grecolatina,… en fin, todos los rasgos definitorios de la prosa romántica más exaltada y apasionada. Al igual que en Frankenstein, Mary Shelley escribe con pasión y oscura entrega, cita a Milton, a Byron y a Coleridge, y desafía  las reglas de una religión demasiado encorsetada para los románticos de esa primera mitad del siglo XIX. Mathilda resulta una obra tan transgresora y rebelde como los románticos ingleses de ese momento porque su autora no solo era una de las escritoras que mejor representaba este movimiento cultural, sino que también era hija de Mary Wollstonecraft y William Godwin, y había sido educada con unos privilegios intelectuales, una riqueza de pensamiento y una amplitud de miras que solo estaba al alcance de algunos hombres. Mary Shelley fue educada en igualdad de condiciones a un varón de su época y eso le permitió escribir con libertad.

También te gustará: Frankenstein; La mujer que escribió Frankenstein; Memorias de los últimos días de Byron y Shelley; El año del verano que nunca llegó

Publicado en Blog | Etiquetado , | 6 comentarios

Un par de manos, de Monica Dickens

Monica acaba de volver de Nueva York y, ahora, Londres le parece soso y aburrido. Presa del hastío, piensa que la vida debe ser algo más que ir a fiestas con gente que ni siquiera le cae bien y decide que ha llegado el momento de buscar trabajo. La joven pertenece a una familia de clase alta, su educación ha transcurrido en los mejores colegios, pero no ha sido precisamente práctica. Descartadas las artes escénicas, para las que no tiene talento, y las casas de moda en donde pasan el tiempo algunas de sus conocidas, decide que lo suyo es la cocina y se presenta a los anuncios de empleo para servir como cocinera y/o doncella. Sus aventuras como sirvienta no van a aumentar su cuenta corriente demasiado, pero sí que resultarán una experiencia inolvidable.

«Seguro que la vida es algo más que ir a fiestas en las que no me divierto con gente que ni siquiera me cae bien. Qué existencia tan absurda esta de dejarse llevar con la esperanza de que ocurra algo que alivie la monotonía. Tengo que hacer algo que me saque de este hoyo. Y de pronto se me ocurrió: ¡Voy a buscar trabajo! Lo dije en voz alta y me sonó estupendamente, aunque mi perro no dio muestras de emocionarse demasiado.«

Monica Dickens (1915 – 1992), bisnieta de Charles Dickens, estudió arte dramático, trabajó como cocinera y doncella, como enfermera, en una fábrica de municiones y como reportera en un diario londinense, mientras escribía y publicaba novelas casi autobiográficas —y otras que no lo eran tanto—, que tenían el don de señalar, con humor e ironía, los sinsentidos de la sociedad inglesa de su época. Algunos críticos literarios dicen que si Un par de manos (1939) (una mirada cómica a la ridiculez de entender por separado los mundos domésticos de «abajo» y «arriba» en la Inglaterra de entreguerras)  y Un par de pies (1942) (su experiencia como enfermera y trabajadora civil durante la Segunda Guerra Mundial) hubiesen sido firmados por un hombre, habrían sido reconocidos con mucha más justicia como los testimonios de una inconformista capaz de poner el dedo en la llaga cuando miraba alrededor y señalaba la ridiculez y la hipocresía estamental de su época.

Precisamente, eso es lo que más destaca de Un par de manos, la genialidad de la autora para dejar entre líneas una crítica de conciencia de clase, inteligente y aguda, con un excelente sentido del humor. Aunque se nota que es una primera novela, sobre todo en la pobreza de estilo y algunas frases vacilantes, la voz de Monica Dickens es clara y su retrato de las relaciones entre el servicio y los señores a finales de los años 30 del siglo pasado en Inglaterra es certero y contundente. El puesto de doncella y cocinera es, quizás, de los más esclavistas entre los anuncios de empleo doméstico pues conlleva el supuesto de que se va a servir en una casa de pocos posibles (no hay presupuesto para más servicio y solo una mujer debe cocinar y servir): sueldo bajo y exceso de trabajo. Tras su experiencia desafortunada en un puesto similar, la protagonista prefiere emplearse solo como cocinera o solo como doncella, tanto en casas de campo como en la ciudad, de todos los tamaños, para empleos temporales o de larga duración. Con agilidad y socarronería, narra las relaciones con sus empleadores y compañeros de servicio, evidenciando a menudo que la fina línea que los separa no es más que una convención social y que ella, con su educación y perspectiva de clase, es un claro ejemplo del divertidísimo sinsentido en el que a veces derivan las relaciones entre empleados y empleadores en el ámbito doméstico.

Lectora, una crítica al convencionalismo social con un genial sentido del humor.

También te gustará: El libro de los esnobs; Esnobs; Nobles y rebeldes; La viola de Tyneford house

Publicado en Blog | Etiquetado , , , | 4 comentarios

La casa del páramo, de Elizabeth Gaskell

Maggie Browne vive con su madre y su hermano Edward en una casita a las afueras de Combehurst, en la Inglaterra rural. Su padre, antiguo coadjunto de la localidad, murió cuando ella era muy pequeña y desde entonces apenas sale de las inmediaciones de su páramo. Maggie ayuda a la querida Nancy, la única criada de la casa, y carga con todas las labores domésticas pues su hermano Edward es un indolente egoísta y tramposo que no mueve ni un dedo aunque que monopoliza todo el amor de su madre. Un día, el terrateniente Buxton visita la casa del páramo en memoria de su amigo muerto, el padre de Maggie, y conmovido por la soledad de la niña, invita a la familia a ir a su mansión en Combehurst. La amistad que la sensata y generosa chica traba con los Buxton cambiará para siempre su triste soledad, aunque también la de su miserable hermano.

«—Pero si todos los hombres buenos y considerados huyeran a otro país, ¿qué haríamos con nuestra pobre y querida Vieja Inglaterra?
—Pero tú tendrías que huir con los buenos y considerados (…) ¿Me dejarás que desee haber nacido pobre si tengo que quedarme en Inglaterra? Tal vez así no caiga en el error que suelen cometer los ricos al olvidar el sufrimiento de los pobres.«

Elizabeth Gaskell (1810-1865) publicó La casa del páramo a finales de 1950, a modo de cuento de Navidad, una breve historia alrededor del contraste entre la bondad, la sensatez y la generosidad de su protagonista femenina y la villanía y el egoísmo de su familia. El idílico entorno campestre en el que se mueven los personajes, el páramo que da nombre al título, aporta belleza y placidez, y destila una nota de nostalgia por parte de su autora que, antes de casarse y mudarse a la industrial Manchester de su época, había crecido en la campiña. Una novela breve, intensa y perfectamente ejecutada, que gira alrededor de los vicios y virtudes de la riqueza y la pobreza, pero también una hermosa historia de amor y de amistad.

Si no hubiese leído con anterioridad a Elizabeth Gaskell, esta es la novela por la que me habría gustado empezar. Cranford y Las confesiones del señor Harrison, divertidísimas y encantadoras, nos muestran la habilidad de la autora para perfilar personajes y tomarle el pulso a las pequeñas localidades rurales, además de hacer gala de un fabuloso sentido del humor. Pero La casa del páramo me parece mejor ejemplo de la magistral habilidad literaria de la autora, pues su ritmo narrativo es perfecto, su prosa ágil e inteligente, y el estilo de Gaskell brilla tanto al servicio de las descripciones como de las reflexiones y los diálogos de su historia. Me ha gustado encontrar, quizás porque estoy leyendo en estos momentos Dombey e hijo, cuestiones morales sobre la compasión, la pobreza y los errores y debilidades de carácter muy cercanas al modo en que también Charles Dickens las trataba en sus obras y personajes (Gaskell y Dickens son dos autores victorianos ingleses que se admiraban mutuamente, que trabajaron juntos y que llegaron a ser amigos). Es difícil contar más de tan escasas páginas sin destripar una historia que también tiene su suspense y que mantiene en vilo al lector durante la mitad final del libro, así que solo diré que el final me ha parecido justo el que deseaba ¡Gracias, Mrs. Gaskell!

Lectora, una novela corta perfecta para empezar a leer a Elizabeth Gaskell.

También te gustará: Cranford; Las confesiones del señor Harrison; Los misterios de East Lynne

Publicado en Blog | Etiquetado , | 5 comentarios