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El idioma de la noche, de Ursula K. Le Guin

El idioma de la noche es un compendio de artículos, discursos y fragmentos de charlas literarias de la escritora de ciencia ficción Ursula K. Le Guin. Le Guin reflexiona sobre el cieno saurio, el oficio de escribir, sobre la imaginación, sobre los diferentes géneros literarios, el bien y el mal en los cuentos de hadas, los héroes, sobre la educación, los sueños, el feminismo y la mirada del otro, pero, sobre todo, este libro va de dragones. Gretel mete a la bruja en el horno y está bien, Andersen es cruel, sádico y honesto, los animales siempre están del lado del héroe y todos deberíamos aceptar nuestro lado oscuro. La ciencia ficción es un ejercicio intelectual que crea mitos para entender el mundo, aunque a menudo se la haya tachado de escapista —¿qué literatura no lo es?—, y nadie mejor que una de sus autoras más íntegras y originales para reivindicarla desde estas fabulosas páginas.

«Tanto si se vale de los antiguos arquetipos del mito y la leyenda como de los nuevos arquetipos que ofrecen la ciencia y la tecnología, el escritor de fantasía puede hablar tan en serio como un sociólogo (y de forma mucho más directa) sobre cómo vive el hombre, y cómo podría o debería vivir. Al fin y al cabo, como han dicho los grandes científicos y como todos los niños saben, es sobre todo gracias a la imaginación como adquirimos percepción, compasión y esperanza.«

Ursula K. Le Guin publicó por primera vez este compendio de artículos y reflexiones en 1979 y ha permanecido inédito en castellano hasta diciembre de 2020, cuando la Editorial Gigamesh lo llevó a las librerías. Es complicado señalar en tan pocas líneas qué encontraréis en este libro porque la autora tiene un don extraordinario para lanzar ideas, de manera brillante y poderosa, en apenas un par de líneas; por lo que El idioma de la noche es una lectura de muchas lecturas, una invitación a abrir un montón de melones sobre literatura, lectores y escritores.

Soy incapaz de desligar El idioma de la noche de las circunstancias de mi lectura: al alimón con mi amiga Laura Gomara, al ritmo de un capítulo por día, con un montón de notas de audio posteriores para comentar esta o aquella idea. Si bien cada una de nosotras escogía sus ideas y pasajes favoritos, coincidíamos en lo fundamental y a menudo nos encontrábamos reflexionando a la par que Ursula K. Le Guin; la autora nos había abierto un sendero bellamente iluminado en el que nos adentrábamos entusiasmadas. Y puede que las curvas y los guijarros de ese camino fuesen viejos conocidos nuestros, pero nunca los habíamos contemplado bajo una luz tan clara.

He disfrutado especialmente con la argumentación de los mitos y los arquetipos en la literatura fantástica y de ciencia ficción, con la reivindicación de la autora sobre la verdad y la belleza en la literatura y el lenguaje, con sus apuntes sobre cómo despertó su conciencia feminista y esa visión tan personal y honesta sobre el oficio de escribir. Puede que este sea un libro perfecto para los escritores, pero creo que también lo es para los lectores que no escriben; es un placer encontrarse con la voz íntegra, inteligente y divertida de Le Guin charlando sobre sus autores preferidos y sobre por qué considera algunas obras tan geniales. Las menciones y ejemplos alrededor de dos autores tan queridos para mí como Dickens y Tolkien no solo me han causado un profundo entusiasmo sino, también, un reencuentro agradable y familiar, una hora del té tan inesperada como fabulosa. Qué maravilla «escuchar» a Ursula K. Le Guin.

Lector, un ensayo literario honesto y brillante.

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Tierra de clanes, de Sam Heughan y Graham McTavish

Sam Heughan y Graham McTavish son dos actores escoceses que, pese a poseer una sólida carrera sobre los escenarios teatrales, han alcanzado fama internacional gracias a la adaptación para televisión de la saga Outlander, de Diana Gabaldon. Dotados de un peculiar sentido del humor, de un profundo romanticismo a lo Walter Scott y de un sincero amor por la tierra, la historia y la cultura de sus ancestros, estos dos amigos recorren las Highlands con sus kilts, su nostalgia y su buen rollo. Entre anécdotas, paisajes y castillos, Sam y Graham reflexionan sobre la historia Escocesa, los clanes, las batallas de Glencoe o de Culloden, las claymore, el caracter indómito de la tierra, la literatura de Cawdor, los vikingos, la herencia de Yule, Beltane o Samhein, el whisky o las Munro.

«Hoy no bromeamos tanto porque ambos estamos pensando en Culloden y la visita que nos espera. Es el culmen de nuestro viaje y nos conmueve al ser escoceses (y miembros del reparto de Outlander) porque sabemos lo significativo que este punto de la historia fue para nuestra tierra natal.«

El Ingeniero, que sabe de mi amor por un país que tiene un unicornio como animal nacional, un montón de castillos con fantasmas, Macbeth y la Scott View, me regaló Tierra de Clanes por Sant Jordi. Lo he leído despacio, saboreándolo como un buen whisky de Glencoe, un capítulo cada noche antes de ir a dormir. No importa que no sea fan de Outlander y que apenas conozca a estos dos autores, me ha parecido que juntos hacían magia. Su complicidad, su profunda amistad y su socarrón humor escocés hacen de este libro una aventura nostálgica y bella a través de las highlands, pero también una reflexión personalísima de Sam Heughan y Graham McTavish sobre sus respectivas carreras profesionales y experiencias vitales, dos viajeros a los que la aventura  escocesa cambia la mirada para siempre.

Han transcurrido unos cuantos años desde que visité las highlands. Recuerdo que fue a principios de agosto, que encontré más ovejas que personas a lo largo de la ruta y que a menudo debía enfundarme el polar. El paisaje era tan hermoso que daban ganas de llorar, seguir la pista de sir Walter Scott, de Wallace o de Macbeth era un privilegio histórico-literario, las ruinas góticas de las abadías, los castillos, la historia de los clanes, todos aquellos lagos y la isla de Skye… Mientras leía Tierra de clanes me di cuenta de lo mucho que me apetecía volver a Escocia. Sin duda, un libro divertido, aventurero y nostálgico sobre las highlands a través de los siglos, pero también una bonita historia sobre la amistad y el amor por Escocia, el whisky y el teatro.

Lector, lo disfrutarás igualmente aunque no hayas leído Outlander.

Si te apetece, también tienes la mini-serie: Men in kilts

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Tierra de clanes

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Cuando los inviernos eran inviernos, de Bernd Brunner

Con el cambio climático de las últimas décadas, los inviernos han cambiado. Para comprender cómo eran, Bernd Brunner interroga a la naturaleza, al paisaje, al arte, a la literatura y al mar. Desde el siglo XV hasta mediados del XIX, durante «la pequeña edad de hielo», se registraron los inviernos más fríos de nuestra era. En la década de 1690 se registraron las temperaturas más bajas en Europa y supuso la muerte de millones de personas. Pero el invierno más duro que se recuerda en los archivos históricos fue el de 1708-09, cuando el mismo mar se heló, las aves caían muertas en pleno vuelo y los árboles reventaban de madrugada. Brunner explica anécdotas sobre la primera vez que se retrató una Navidad nevada, aunque fueron los románticos del XIX, como William Turner, Caspar David Friedrich o John Ruskin, quienes reivindicaron el invierno y los glaciares en sus paisajes. Los deportes de nieve, la invención del turismo de invierno en St. Moritz, los hoteles de hielo, las propiedades relajantes del frío… El autor repasa con encanto y gracia anécdotas e historia alrededor de otros inviernos, aquellos que duraban hasta abril y dejaban la tierra cubierta de nieve durante meses.

«El invierno es un período recurrente de de ausencia: ausencia de calor y de luz de follaje y de flores, de muchas especies de aves y de otros seres vivos que se retiran a sus refugios. Solo un par de cornejas solitarias y gorriones parecen mostrarse indiferentes al invierno. La vida, en cambio, continúa, aunque de otro modo. El invierno muestra un rostro cambiante, no es fácil de abarcar.«

Bernd Brunner (Berlín, 1964) es un ensayista autor de diversos libros en los que aborda un tema concreto desde perspectivas históricas, antropológicas, científicas o incluso literarias. Cuando los inviernos eran inviernos es un ensayo sobre los meses fríos en Centroeuropa a lo largo del tiempo, en el que cada capítulo ofrece anécdotas y antecedentes del invierno desde un punto de vista distinto. Desde el silencio en la nieve, la refracción de la luz y el punto de congelación hasta los trineos, las batallas de bolas de nieve, pasando por los inuit o la adecuación de dejarse barba o no según la temperatura exterior, esta es una lectura perfecta para los lectores curiosos ya sean humanistas o científicos.

El encanto de este libro reside, en buena parte, en la agradable prosa de su autor, pero también en la gracia y la agilidad con la que narra cada anécdota o compendio de información. Brunner tiene el don de la comunicación y hace accesible datos científicos e históricos con un toque simpático y entrañable. Cuando los inviernos eran inviernos no solo es un ensayo apasionante sobre los meses más fríos en Centroeuropa a través de los tiempos, sino también un testimonio interdisciplinar que enamora a quienes sentimos esa querencia por el invierno. Como atractivo añadido, los lectores se encontrarán con sus escritores favoritos inspirados por la nieve (Nikolái Gógol), de peregrinaje por las montañas durante el solsticio de diciembre (Goethe), obsesionados con las montañas heladas (Thomas Mann) o víctimas de mal funcionamiento de una estufa invernal (Emile Zola y Sylvia Plath).

Lector, una lectura maravillosa y agradable para disfrutar bajo una manta y con una taza de chocolate caliente a mano.

Nota: por si tienes curiosidad, dejo AQUÍ la entrevista que Eric Gras (Iletradoperocuerdo) le hizo a Bernd Brunner en marzo del año pasado con ocasión de la publicación de este título en Acantilado.

También te gustará: La biblioteca de hielo; El país donde florece el limonero; Guía para caminantes

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Calypso, de David Sedaris

Cuando llegas a la mediana edad y por fin tienes dinero en la cuenta bancaria y dos casas en dos continentes distintos con muchas habitaciones de invitados, llega la hora de mirar hacia atrás y reflexionar sobre cómo diablos te las has ingeniado para acabar escribiendo a medianoche en el jardín esperando a que aparezca un zorro llamado Carol. David Sedaris repasa en Calypso sus relaciones afectivas, sus recuerdos más entrañables y los más tristes, con una ingenuidad propia de quien se sienta por primera vez en muchos años para aceptar el alcoholismo de su madre, el suicidio de su hermana Tiffany, la infancia junto al mar, o su extraña obsesión esclavizadora con una pulsera Fitbit.

«Hugh aseguró que el motivo por el cual yo nunca había visto un fantasma era que soy una persona poco perceptiva. Era una forma sutil de decir que solo pienso en mí mismo y que si no estuviera tan obsesionado con —por ejemplo— cumplir mi cupo diario de pasos en el Fitbit, sería capaz de ver que hay una sirvienta de seiscientos años viviendo dentro del cajón en el que guardamos la cubertería de plata.
—¿Y la gente que ve hadas? —pregunté.
—Esos están locos —respondió Hugh.«

David Sedaris (Nueva York 1956) es un escritor y humorista norteamericano que en la actualidad vive en West Sussex, Inglaterra, junto a su pareja y su Fitbit. Pasa tantas horas limpiando la bucólica campiña inglesa de los desperdicios que tiran los desaprensivos, que el condado de West Sussex, en sentido homenaje, ha bautizado uno de los camiones de la basura con su nombre. Calypso, publicado originalmente en 2018, es su libro más reciente, un compendio humorístico de anécdotas autobiográficas ligadas a sus recuerdos familiares, pero también a su momento vital.

Leí por primera vez a David Sedaris hace algunos años y me estrené con su relato Crónicas desde Santaland, una parodia muy divertida sobre su experiencia como elfo de Santa Claus cuando vivía en Nueva York, intentando que le publicasen una novela, y aceptaba cualquier trabajo temporal que se le pusiera por delante. Crónicas desde Santaland empezó su andadura como un monólogo humorístico para la radio y tuvo tan buena aceptación que su publicación significó el despegue de la carrera literaria de Sedaris. El autor no es tan celebrado en Europa como en Estados Unidos, aunque su humor sarcástico y ese punto de ternura y de autoparodia que lo acompañan siempre encandila a los lectores  más inesperados.

Calypso me ha gustado, es divertido, delirante, a veces —cuando habla de sus padres y de sus hermanos— se vuelve nostálgico y le puede la ternura, y en otras ocasiones repasa la actualidad política/humana/personal desde una perspectiva tragicómica. No me ha parecido el mismo David Sedaris de Crónicas desde Santaland, pues hacia la mitad del libro pierde un poco de frescura y algunas anécdotas, como las compras de miles de dólares en Japón de ropa que no se va a poner o el episodio de la tortuga y el tumor, me han resultado frívolas o desagradables. Quizás me caía mejor el autor pobre que perseguía un sueño en lugar del autor de mediana edad con muchas habitaciones de invitados, pero sería injusta si no reconociese que Calypso es un buen libro por la peculiar voz narradora de Sedaris y su sentido del humor y de análisis, genial si no has leído nunca al autor y te apetece un poco de autoparodia en estas fechas.

Lector, lo último que se pierde no es la esperanza sino la capacidad de reírnos de nosotros mismos.

También te gustará: Crónicas desde Santaland; Cosas que los nietos deberían saber

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Calypso

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La librera y los genios, de Frances Steloff

Frances Steloff (Saratoga 1887 – Nueva York 1989) fundó en 1920 la Gotham Book Mart, la mítica librería neoyorquina que se especializó en literatura de vanguardia europea y norteamericana, títulos desaparecidos, revistas literarias y grabados artísticos. Steloff empezó con un capital irrisorio y mucha incertidumbre, circunstancias que acompañaron su negocio durante casi todo el siglo XX; pero la Gotham superó las crisis, los traslados, la Guerra Mundial, la recesión y la especulación inmobiliaria de Nueva York. Al igual que la Shakespeare and Co. parisina de Sylvia Beach, Frances Steloff y su librería siempre tendieron una mano a los autores que más lo necesitaban, sobre todo a los jóvenes talentos que un siglo después han pasado a la posteridad como clásicos de la literatura: Henry Miller, Anaïs Nin, Hemingway, James Joyce, Sinclair Lewis, D. H. Lawrence, Gertrude Stein, e. e. Cummings, etc. Con un carácter peculiar, buenos contactos, mucha suerte y una resistencia admirable a cualquier crisis, Steloff y la Gotham Book Mart se convirtieron en leyenda.

«Visité a Frances Steloff (…) que desempeñó para nosotros la misma función que Sylvia Beach había desempeñado en París. Se ha hecho amiga de nuestras obras, y me recibe con una sonrisa amable y cálida. Está ocupada entre sus libros, jactándose no del saber que hayan podido darle, sino de su amor por ellos. Acoge a quienes pasan horas rebuscando en los estantes, acoge las revistas desconocidas, los poetas desconocidos. La Sociedad James Joyce se reúne en su librería.» (Anaïs Nin, en 1940).

La librera y los genios es un compendio de anécdotas, narradas por Frances Steloff, alrededor de una librería mítica y su empeño por tener a la venta los libros más controvertidos y excéntricos del momento. La autora nombra capítulo a capítulo a casi todos los escritores, poetas y editores de vanguardia —la mayoría de ellos convertidos hoy en clásicos literarios—, a quienes ayudada recaudando fondos para sufragar sus ediciones o pagar el alquiler o, simplemente, agasajaba en fiestas de presentación y firma de libros. Prueba fehaciente de que la literatura que vendía Steloff en la Gotham Book Mark no era convencional son sus tropiezos con la Sociedad Antivicio Norteamericana que la llevó a juicio más de una vez por vender obras obscenas (las memorias de Andre Guide) o lucir escaparates blasfemos (Marcel Duchamp y André Breton).

Mis capítulos preferidos son aquellos en los que aparece el siempre encantador Christopher Morley, que celebraba sus cumpleaños en la Gotham, detestaba la pintura de D. H. Lawrence, y escribió en la librería su novela Kitty Foyle (1939). Entre las anécdotas más divertidas de estas memorias, me quedo con los estibadores que en medio de una mudanza de la Gotham descubren la caja de las bebidas alcohólicas y acaban todos durmiendo la mona en el sótano de la librería, la autopublicación de Anaïs Nin o el flipado de Henry Miller escribiendo una carta, con membrete fechado en abril de 1939, desde París, asegurando que no iba a haber guerra ni ese año ni el siguiente.

La librera y los genios está plagado de anécdotas literarias y biográficas sobre la vida y la obra de muchas de las voces narrativas más interesantes del siglo XX, el problema es que Frances Steloff, que poseería muchos dones pero el de la escritura no se encontraba entre ellos, no tiene ninguna gracia contándolas. Es una pena que el libro quede tan deslucido por la sosería de Steloff y que no se le ocurriera encargar la redacción del mismo a algún escritor entre los muchos que conocía. Me lo he pasado en grande leyendo estas memorias porque he compartido la lectura con una buena amiga y le hemos sacado punta a casi todo (cuando se podía, que la señora librera no nos lo facilitaba demasiado), y porque entre sus páginas he descubierto tesoros como este:

«La diferencia entre un boxeador de tercera y un luchador bien entrenado radica en la forma, simplemente en la forma. Es la forma la que te hace salir adelante, incluso en esas ocasiones en que los músculos parecen débiles como agua. Lo que hace al escritor es saber escribir.» (William Carlos Williams)

Sin embargo, para los que no estamos familiarizados con los círculos intelectuales norteamericanos del siglo pasado, la figura de Frances Steloff solo se comprende con el epílogo de uno de sus ex-empleados y a través de algunas cartas de los autores. Y no os explico la decepción final porque sería un spoiler como una boa que se ha comido a un elefante.

Lector, ojalá Christopher Morley hubiese escrito la historia de la Gotham Book Mart.

También te gustará: La librería más famosa del mundo; Mi maravillosa librería; La casa de una escritora en Gales; Signatura 400; Ex-libris, confesiones de una lectora

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