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Mudlarking, de Lara Maiklem
La definición de mudlark es la de una persona que rebusca restos aprovechables en el lodazal de un río o puerto. En Londres, el Támesis es un río de mareas: una diurna y otra nocturna. Las aguas tardan unas seis horas en subir río arriba y casi siete en regresar al mar, y entre subidas y bajadas, el nivel de sus aguas ronda los cinco metros de diferencia. Es entonces, con el cauce en horas bajas, cuando los buscadores de tesoros recorren las orillas. Lara Maiklem dedica un capítulo a cada uno de los accesos al curso del Támesis en el corazón de la ciudad, desde Hammersmith hasta Tilbury (incluyendo la cabeza de la marea, en Teddington, pese a las esclusas, y el estuario), contándonos la historia del río en esos puntos, pero también sus hallazgos históricos más valiosos: pipas de mar, el zapato infantil de época Tudor, monedas de todas las épocas, cuentas de collares isabelinos, herramientas romanas, objetos religiosos medievales, anillos posy… Londres fue punto estratégico de civilizaciones desde la época romana hasta nuestros días y, como señala Lara Maiklem, el Támesis es el paisaje arqueológico más largo de Inglaterra.
«Solo estábamos el río y yo, y me invadió una sobrecogedora sensación de confort, de llegar por fin a casa. Resultaba que mi compañero de juegos había estado conmigo todo ese tiempo. Tardé todavía algunos años más en descubrir la orilla, pero en medio de aquella ciudad sucia, ruidosa y emocionante había encontrado algo familiar: un lugar salvaje y melancólico con un cielo abierto de par en par. Allí encontré el espacio y la soledad que necesitaba para compensar el bullicio y el caos que perseguía mi gemela urbana, podía conectar con la naturaleza y unir las dos partes de mi cuerpo.«

Lara Maiklem se mudó de una granja lechera en su Surrey natal a Londres, a finales de los años noventa. Cuenta que la metrópolis y el estrés del trabajo la abrumaban hasta que vislumbró el Támesis, esa línea brillante y nítida de sosiego natural cruzando la ciudad. De contemplar el río a interesarse por las actividades de los mudlarks fue todo uno y allí encontró más que una afición: una forma de entender el pasado y preservar la memoria. Publicó su primer libro, Mudlarking. Historia y objetos perdidos en el río Támesis, en 2019 y se convirtió en bestseller del Sunday Times. En 2020 fue galardonado con el Indie Book Award for Non-Fiction. Capitán Swing lo publicó en castellano en enero de 2023, con la magnífica traducción de Lucía Barahona, con quien tuve el placer de charlar al respecto en la Feria Literal de ese mismo año. Tras mi mudanza, fue el primer libro que una amiga muy querida me regaló para estrenar las estanterías de mi nuevo hogar. Y adelanto que, de momento, es el mejor ensayo que he leído en este 2025.
Mudlarking es un ensayo histórico, pero también casi un diario de una buscadora de tesoros. Resulta una lectura fascinante porque cuenta anécdotas geniales y peculiares, como la de la tipografía Doves, la más hermosa del mundo y perdida para siempre en el fondo del río, o la de los fósiles de los dientes de tiburón blanco gigante, o la de la rebuscadora victoriana Peggy Jones, entre otras muchas historias extrañas y maravillosas. Lara Maiklem tiene el don de narrar con un estilo cercano y elegante, con un tono personal que apela a la complicidad del lector. Posee el encanto de las grandes narradoras de cuentos, por eso sabe convertir la Historia, sus protagonistas y los hallazgos arqueológicos en parte de un misterio que resuelve con belleza, cariño y cierto punto de nostalgia. Leer este ensayo es acompañar a los mudlarks en su caza del tesoro durante una mañana gris, justo antes de que la niebla se levante y un sol tímido se refleje en un extraño objeto de cristal de épocas pasadas, como un eco fantasmal a punto de contarnos una historia.
Lectora, un paseo extraordinario y misterioso por las orillas del Támesis.
P. D.: El personaje secundario de Flo en la saga de Jonathan Stroud, Agencia Lockwood, es una mudlark.
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¿El gato se comerá mis ojos?, de Caitlin Doughty
Caitlin Doughty, escritora estadounidense y directora de una funeraria, contesta en este divertido libro de divulgación científica y humanística un montón de preguntas formuladas por niños sobre la muerte y los entierros. En un tono desenfadado, siempre con naturalidad, satisface la curiosidad de los más pequeños sobre qué le pasaría al cuerpo de un astronauta si muriese en el espacio, si los seres humanos pueden pedir que los entierren junto a sus mascotas más queridas, a qué huelen los muertos y las momias, cómo es la descomposición de un cadáver y qué bacterias intervienen en el proceso, qué probabilidades hay de que a una persona en coma la entierren por error, qué pasa cuando un cementerio está demasiado lleno y ya no caben más cuerpos, qué ocurre cuando un soldado muere muy lejos de su casa y no es posible encontrar su cuerpo, etc.
«No podemos hacer que la muerte sea divertida, pero sí podemos hacer que aprender sobre la muerte sea divertido. La muerte es ciencia e historia, arte y literatura. ¡Es un puente que une a todas las civilizaciones y a la humanidad por completo! Mucha gente, yo incluida, cree que podemos controlar algunos de nuestros miedos aceptando la muerte, aprendiendo sobre ella y haciendo tantas preguntas como sea posible.«

Caitlin Doughty es defensora de la reforma de la industria funeraria pues piensa que en la actualidad las familias se sienten ajenas al proceso del entierro de un ser querido, es demasiado caro y tiene un impacto negativo en el medio ambiente. En 2011, Doughty fundó The Order of the Good Death para reivindicar un mayor respeto a los deseos mortuorios de los fallecidos y de sus seres queridos o explorar métodos alternativos de cremación y entierro sostenibles para la salud del planeta (como el compostaje humano o la acuamación).
Aunque ¿El gato de comerá mis ojos? responde a la curiosidad de niños y adolescentes, lo cierto es que la autora escribe con tanta delicadeza, sentido del humor y naturalidad, y se atiene con tanta racionalidad a principios científicos y humanísticos para sustentar sus respuestas, que resulta un libro perfecto para los lectores de cualquier edad. Doughty dice que si los lectores sabemos qué contiene el líquido de embalsamar o qué hace un forense, ya sabemos mucho más que la gran mayoría de personas de todo el mundo sobre la muerte. Y es que, a medida que entramos en la edad adulta, la curiosidad se supedita los tabús y pensamos que preguntar sobre entierros y cadáveres es raro y morboso. Me ha parecido una lectura muy interesante y esclarecedora desde el punto de vista de la divulgación científica; y un libro muy necesario para reflexionar alrededor de tradiciones y rasgos culturales mortuorios y preguntarnos qué deberíamos cambiar en beneficio de nuestro planeta y nuestros descendientes. Si los vivos a veces nos comportamos como una plaga para el planeta, intentemos dejar de serlo una vez muertos.
Lectora, ciencia y cultura de lo más natural.
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Sally en Rodesia, de Sheila MacDonald
En agosto de 1907, Sally llega a Rodesia del Norte —la actual Zambia— para casarse con Toby MacDonald. La joven pareja se instala en Salisbury, por aquel entonces la capital, y caen totalmente rendidos a la magia del África colonial. Sally en Rodesia es un compendio de las cartas que la protagonista le envía a su madre y a una amiga, desde agosto de 1907 hasta junio de 1912, contándoles sus aventuras cotidianas con el servicio doméstico autóctono, la maravilla de los paisajes, sus jardines, sus excursiones, y su cada vez más extraña vida social y doméstica a medida que la familia crece.
«Vaya luna, madre querida, gloriosamente clara y reluciente; un cielo brillante salpicado de estrellas, sin viento, tan solo una especie de canción fresca y suave que se cuela entre los árboles. Tengo el presentimiento de que voy a adorar África; hay algo que simplemente me llama y me atrae.«

Sheila MacDonald nació en Nueva Zelanda. Se casó en primeras nupcias con Toby MacDonald, con el que formó una familia y vivió en Salisbury, Rodesia, hasta 1924, fecha en la que su marido murió y ella se mudó con sus cuatro hijos a Inglaterra para escolarizarlos. Fue entonces cuando empezó a escribir para ganarse la vida y en 1916 publicó Sally en Rodesia, un delicioso testimonio epistolar sobre sus primeros años en África.
Las cartas recogidas en este libro son divertidas, carismáticas y valientes, un fiel reflejo de la personalidad de su autora. A través de su mirada y de su sentido del humor, comprendemos que Sheila MacDonald fue una mujer excepcional para su época y su educación, decidida a ver siempre el lado amable de la vida y dispuesta a sacarle partido a cualquier revés. Enamorada totalmente de África, trasmite, a través de su escritura vívida y enérgica, la mirada de una colona anglosajona que se ha mudado a vivir en una suerte de maravilloso paraíso sin domesticar.
Lectora, un librito epistolar y biográfico divertidísimo y genial.
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Etiquetado Clásico, Ensayo, feelgood, Libros excéntricos, Literatura británica
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Londres bajo tierra, de Peter Ackroyd
La ciudad de Londres se asienta sobre rocas del período paleozoico de 120 millones de años, que nadie ha visto nunca, y se hunde en una arcilla tan compacta que soporta las centenares de prospecciones que sus habitantes han llevado a cabo durante distintas épocas históricas. Bajo la ciudad existe otro Londres subterráneo poblado de secretos, misterios, fantasmas y leyendas, pero también surcado por las vías del metro más antiguo del mundo, la canalización de trece ríos y afluentes o los yacimientos arqueológicos más curiosos del país. Clerkenwell Green fue una prisión subterránea que se cerró en 1877 y era tan inmunda que hoy en día sigue pesando una oscura maldición sobre el lugar; Lower Robert Street es una de las pocas calles bajo tierra que todavía quedan en Londres; no se excava desde Aldgate hasta Walthamstow porque fueron foco de peste y las bacterias resisten durante centenares de años; cerca de Saint Pancras se encontró el campamento de Julio César; y en 1832 se sacó del Támesis una colosal cabeza del emperador Adriano. Peter Ackroyd es un guía meticuloso y muy literario en este curioso descenso al Hades histórico más londinense.
«Incalculables son las personas que, sepultadas en las arcillas del período eoceno, se congregan a nuestro paso cuando nos desplazamos en uno de esos trenes subterráneos. Refugios y galerías con capacidad para albergar a millares de seres humanos en caso de desastre. Porque deambulamos por encima de lo que fuera la ciudad en el pasado, allí donde, bajo ocho metros de tierra amontonada y prieta, se guarda toda su historia, desde los tiempos prehistóricos hasta nuestros días. Superpoblado, entrelazado con la ciudad que contemplamos, el pasado se despliega bajo nuestros pies.«

Peter Ackroyd es un novelista y biógrafo inglés conocido por su interés sobre el estudio de Londres. Aunque ha sido reconocido y premiado por la crítica y el público por sus biografías de Tomás Moro o de Charles Dickens, entre otras, las tres obras más aclamadas del autor están dedicadas a Londres: Londres. Una biografía (2000), Londres bajo tierra (2011) y Londres Gay (2018). Aunque adoro tener en la estantería el enorme tocho de Londres. Una biografía (son más de mil páginas con letra pequeñita según estándares de señora victoriana), reconozco que me daba menos miedo leer por primera a Ackroyd en un ensayo más corto, pero igual de fascinante. El único problema de que Londres bajo tierra me haya gustado tanto es que ahora tengo más ganas todavía de leer Londres. Una biografía. Pray for me.
Con un estilo ameno y didáctico, Peter Ackroyd nos pica la curiosidad a través de un montón de anécdotas sobre el subsuelo de Londres y sus habitantes. Aproximadamente la primera mitad del libro versa sobre los hallazgos históricos y arqueológicos de la ciudad romana y medieval, así como sobre la canalización soterrada que fueron sufriendo sus distintos ríos y arroyos a lo largo de los siglos XVIII y XIX, por no hablar de El Gran Hedor de 1858. Pero, en mi opinión, el ensayo se vuelve mucho más fascinante en su segunda mitad, cuando el autor, muy cómodo al guiarnos a través de la época victoriana, nos cuenta las obras del primer metro en occidente (a bordo viajaron Oscar Wilde, Charles Dickens, Charles Darwin y, tal vez, Jack el Destripador), el proyecto Bazalgette (1861), o la excavación de túneles inquietantes bajo el Támesis a cargo de los Brunel (1825-1840). Igualmente fascinantes son los capítulos dedicados a los refugios bajo la superficie de la ciudad durante las dos guerras mundiales, las apariciones fantasmales subterráneas y las maldiciones por excavar tan cerca del infierno; también los capítulos sobre las instalaciones secretas bajo Whitehall o los pasillos ocultos bajo tierra que unen la sede del MI5 con la del MI6. Me ha encantado entender un poco más cómo eran los ferrocarriles subterráneos en época victoriana y las menciones literarias, históricas y sociales que Ackroyd tan bien sabe hilar con sus anécdotas.
Lectora, el Londres de la superficie no es más que la punta del iceberg.
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Aventuras de un joven naturalista, de David Attenborough
Tras la Segunda Guerra Mundial, el joven David Attenborough entra a trabajar en la BBC como productor en prácticas. En seguida se interesa por el programa sobre animales que presenta George Cansdale, superintendente del zoo de Londres: cada semana, el naturalista traslada un animal hasta el plató de la BBC para mostrárselo a los televidentes mientras señala sus características. Inspirado por Cansdale y por el documental rodado en Kenia por Armand Denis, De Safari, Attenborough decide emprender una nueva aventura en colaboración con el zoo de Londres y la BCC. Con un título en zoología y autodidacta en todo lo demás, les propone a Jack Lester, conservador de reptiles, y a Charles Lagus, un técnico de su edad que acaba de volver como segundo cámara de una expedición (infructuosa) al Himalaya en busca del abominable hombre de las nieves, rodar la serie Zoo Quest. Ese será el equipo inicial que se embarcará en extraordinarios viajes continentales para grabar, en sus respectivos habitats, a los animales más exóticos.
«Se paseaba de arriba abajo en su redil, arrastrando su enorme cola acorazada, como un monstruo de tiempos remotos. Era uno de los animales más fabulosos y extraños que había visto en toda mi vida. Mientras lo contemplaba, me acordé del alemán de la selva de Concepción; de las huellas y agujeros colosales que encontramos en Paso Roja; de las noches que pasé con Comelli recorriendo el monte cubierto de espinas e iluminado por la luna en el Chaco.
—Bonito, ¿eh? —dijo el cuidador.
—Sí —dije—. Muy bonito.«

David Attenborough (Londres, 1926) es un zoólogo y divulgador naturalista inglés, pionero en la grabación de documentales sobre naturaleza y productor de la BBC. Autor de un buen número de ensayos científicos y autobiográficos, en 1980 publicó por primera vez en un solo volumen sus tres libros sobre los viajes y experiencias biográficas de la grabación del programa Zoo Quest: Zoo Quest to Guyana (1956), Zoo Quest for a Dragon (1957) y Zoo Quest in Paraguay (1959). Con la magnífica traducción de Maria Lesta Conchado y una edición preciosa a dos tintas (cuidadísima), con fotografías, Ediciones del Viento nos trae esta trilogía maravillosa sobre los viajes de David Attenborough en busca de armadillos, dragones, manatíes, orangutanes, caimanes, murciélagos y todo un sinfín de fauna salvaje que a menudo dejaba al naturalista y a su equipo enamorados y para el arrastre.
David Attenborough tiene el don de contar. A modo de diario, el famoso naturalista narra los viajes más extraordinarios a través de selvas, pantanos, bosques, estepas y montañas para conocer mejor la fauna y la flora autóctonas. Su testimonio escrito es ameno, divertido y amable, y tiene ese fondo maravilloso de las aventuras clásicas. Escrito a lo largo de la década de los años cincuenta del siglo pasado, Aventuras de un joven naturalista es un diario autobiográfico de viajes, divulgativo y lleno de belleza, pero gran parte de su valor testimonial recae en el talento de Attenborough para trasmitir su amor y su respeto por la naturaleza. Aunque me ha resultado una lectura fascinante, que a menudo me hacía olvidar que tenía entre manos un testimonio vital real y no una ficción de aventuras, me ha incomodado un poco esa obsesión por capturar y encerrar animales en un transporte —que en ocasiones les causaba la muerte—para enviarlos a un zoo. Pero al igual que gran parte del encanto de estas aventuras reside en la dificultad de viajar a lugares tan remotos que apenas se detallaban en los mapas porque sucedieron entre 1956 y 1959, debemos comprender que la sensibilidad por la conservación y el respeto por la fauna y la flora del planeta era distinta en los naturalistas de aquella época. En este sentido, y también por la cercanía y la calidez de la narración, me ha recordado a los relatos naturalistas de Gerald Durrell.
Lectora, para viajar, con salacot y hamaca colgante, a lugar indómitos a finales de los años cincuenta del siglo pasado.
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