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Londres bajo tierra, de Peter Ackroyd

La ciudad de Londres se asienta sobre rocas del período paleozoico de 120 millones de años, que nadie ha visto nunca, y se hunde en una arcilla tan compacta que soporta las centenares de prospecciones que sus habitantes han llevado a cabo durante distintas épocas históricas. Bajo la ciudad existe otro Londres subterráneo poblado de secretos, misterios, fantasmas y leyendas, pero también surcado por las vías del metro más antiguo del mundo, la canalización de trece ríos y afluentes o los yacimientos arqueológicos más curiosos del país. Clerkenwell Green fue una prisión subterránea que se cerró en 1877 y era tan inmunda que hoy en día sigue pesando una oscura maldición sobre el lugar; Lower Robert Street es una de las pocas calles bajo tierra que todavía quedan en Londres; no se excava desde Aldgate hasta Walthamstow porque fueron foco de peste y las bacterias resisten durante centenares de años; cerca de Saint Pancras se encontró el campamento de Julio César; y en 1832 se sacó del Támesis una colosal cabeza del emperador Adriano. Peter Ackroyd es un guía meticuloso y muy literario en este curioso descenso al Hades histórico más londinense.

«Incalculables son las personas que, sepultadas en las arcillas del período eoceno, se congregan a nuestro paso cuando nos desplazamos en uno de esos trenes subterráneos. Refugios y galerías con capacidad para albergar a millares de seres humanos en caso de desastre. Porque deambulamos por encima de lo que fuera la ciudad en el pasado, allí donde, bajo ocho metros de tierra amontonada y prieta, se guarda toda su historia, desde los tiempos prehistóricos hasta nuestros días. Superpoblado, entrelazado con la ciudad que contemplamos, el pasado se despliega bajo nuestros pies.«

Peter Ackroyd es un novelista y biógrafo inglés conocido por su interés sobre el estudio de Londres. Aunque ha sido reconocido y premiado por la crítica y el público por sus biografías de Tomás Moro o de Charles Dickens, entre otras, las tres obras más aclamadas del autor están dedicadas a Londres: Londres. Una biografía (2000), Londres bajo tierra (2011) y Londres Gay (2018). Aunque adoro tener en la estantería el enorme tocho de Londres. Una biografía (son más de mil páginas con letra pequeñita según estándares de señora victoriana), reconozco que me daba menos miedo leer por primera a Ackroyd en un ensayo más corto, pero igual de fascinante. El único problema de que Londres bajo tierra me haya gustado tanto es que ahora tengo más ganas todavía de leer Londres. Una biografía. Pray for me.

Con un estilo ameno y didáctico, Peter Ackroyd nos pica la curiosidad a través de un montón de anécdotas sobre el subsuelo de Londres y sus habitantes. Aproximadamente la primera mitad del libro versa sobre los hallazgos históricos y arqueológicos de la ciudad romana y medieval, así como sobre la canalización soterrada que fueron sufriendo sus distintos ríos y arroyos a lo largo de los siglos XVIII y XIX, por no hablar de El Gran Hedor de 1858. Pero, en mi opinión, el ensayo se vuelve mucho más fascinante en su segunda mitad, cuando el autor, muy cómodo al guiarnos a través de la época victoriana, nos cuenta las obras del primer metro en occidente (a bordo viajaron Oscar Wilde, Charles Dickens, Charles Darwin y, tal vez, Jack el Destripador), el proyecto Bazalgette (1861), o la excavación de túneles inquietantes bajo el Támesis a cargo de los Brunel (1825-1840). Igualmente fascinantes son los capítulos dedicados a los refugios bajo la superficie de la ciudad durante las dos guerras mundiales, las apariciones fantasmales subterráneas y las maldiciones por excavar tan cerca del infierno; también los capítulos sobre las instalaciones secretas bajo Whitehall o los pasillos ocultos bajo tierra que unen la sede del MI5 con la del MI6. Me ha encantado entender un poco más cómo eran los ferrocarriles subterráneos en época victoriana y las menciones literarias, históricas y sociales que Ackroyd tan bien sabe hilar con sus anécdotas.

Lectora, el Londres de la superficie no es más que la punta del iceberg.

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Aventuras de un joven naturalista, de David Attenborough

Tras la Segunda Guerra Mundial, el joven David Attenborough entra a trabajar en la BBC como productor en prácticas. En seguida se interesa por el programa sobre animales que presenta George Cansdale, superintendente del zoo de Londres: cada semana, el naturalista traslada un animal hasta el plató de la BBC para mostrárselo a los televidentes mientras señala sus características. Inspirado por Cansdale y por el documental rodado en Kenia por Armand Denis, De Safari, Attenborough decide emprender una nueva aventura en colaboración con el zoo de Londres y la BCC. Con un título en zoología y autodidacta en todo lo demás, les propone a Jack Lester, conservador de reptiles, y a Charles Lagus, un técnico de su edad que acaba de volver como segundo cámara de una expedición (infructuosa) al Himalaya en busca del abominable hombre de las nieves, rodar la serie Zoo Quest. Ese será el equipo inicial que se embarcará en extraordinarios viajes continentales para grabar, en sus respectivos habitats, a los animales más exóticos.

«Se paseaba de arriba abajo en su redil, arrastrando su enorme cola acorazada, como un monstruo de tiempos remotos. Era uno de los animales más fabulosos y extraños que había visto en toda mi vida. Mientras lo contemplaba, me acordé del alemán de la selva de Concepción; de las huellas y agujeros colosales que encontramos en Paso Roja; de las noches que pasé con Comelli recorriendo el monte cubierto de espinas e iluminado por la luna en el Chaco.
—Bonito, ¿eh? —dijo el cuidador.
—Sí —dije—. Muy bonito.«

David Attenborough (Londres, 1926) es un zoólogo y divulgador naturalista inglés, pionero en la grabación de documentales sobre naturaleza y productor de la BBC. Autor de un buen número de ensayos científicos y autobiográficos, en 1980 publicó por primera vez en un solo volumen sus tres libros sobre los viajes y experiencias biográficas de la grabación del programa Zoo Quest: Zoo Quest to Guyana (1956), Zoo Quest for a Dragon (1957) y Zoo Quest in Paraguay (1959). Con la magnífica traducción de Maria Lesta Conchado y una edición preciosa a dos tintas (cuidadísima), con fotografías, Ediciones del Viento nos trae esta trilogía maravillosa sobre los viajes de David Attenborough en busca de armadillos, dragones, manatíes, orangutanes, caimanes, murciélagos y todo un sinfín de fauna salvaje que a menudo dejaba al naturalista y a su equipo enamorados y para el arrastre.

David Attenborough tiene el don de contar. A modo de diario, el famoso naturalista narra los viajes más extraordinarios a través de selvas, pantanos, bosques, estepas y montañas para conocer mejor la fauna y la flora autóctonas. Su testimonio escrito es ameno, divertido y amable, y tiene ese fondo maravilloso de las aventuras clásicas. Escrito a lo largo de la década de los años cincuenta del siglo pasado, Aventuras de un joven naturalista es un diario autobiográfico de viajes, divulgativo y lleno de belleza, pero gran parte de su valor testimonial recae en el talento de Attenborough para trasmitir su amor y su respeto por la naturaleza. Aunque me ha resultado una lectura fascinante, que a menudo me hacía olvidar que tenía entre manos un testimonio vital real y no una ficción de aventuras, me ha incomodado un poco esa obsesión por capturar y encerrar animales en un transporte —que en ocasiones les causaba la muerte—para enviarlos a un zoo. Pero al igual que gran parte del encanto de estas aventuras reside en la dificultad de viajar a lugares tan remotos que apenas se detallaban en los mapas porque sucedieron entre 1956 y 1959, debemos comprender que la sensibilidad por la conservación y el respeto por la fauna y la flora del planeta era distinta en los naturalistas de aquella época. En este sentido, y también por la cercanía y la calidez de la narración, me ha recordado a los relatos naturalistas de Gerald Durrell.

Lectora, para viajar, con salacot y hamaca colgante, a lugar indómitos a finales de los años cincuenta del siglo pasado.

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Peaky Blinders. La verdadera historia, de Carl Chinn

Los peaky blinders saltaron a la actualidad cuando en septiembre de 2013, Stephen Knight estrenó la serie de televisión de la BBC con ese mismo título. La serie, protagonizada por Cillian Murphy, Sam Neill y Helen McCrory, entre otros, mostraba el ascenso al poder de una familia de gánsteres ingleses en Birmingham, justo después de la Primera Guerra Mundial. Pero los peaky blinders reales, que aterrorizaron las calles de Birmingham hacia 1890, ya habían desaparecido a principios del siglo XX (efectivamente, fueron un problema social victoriano o, a más alargar, eduardiano, en sus últimos coletazos). A diferencia de la ficción, estos gamberros de poca monta, llamados así porque lucían un bombín ladeado y un flequillo largo que les tapaba un ojo —y no porque llevasen gorras con cuchillas que usaban para cegar a sus contrincantes en las peleas—, no eran nada glamurosos, ni poderosos, solo matones de barrios bajos con un trabajo legal poco especializado. El historiador Carl Chinn, cuyo abuelo materno fue un peaky blinder, repasa la verdadera historia de esta evolución de los sloggers, unas bandas violentas que tuvieron su época más virulenta entre 1867 y 1880 debido a la aglomeración de población en los barrios más pobres de Birmingham, a la falta de medios sociales y equipamientos culturales y deportivos para los jóvenes marginales, y a una legislación conservadora que solo beneficiaba a las clases medias y altas.

«Su final llegó antes de la Primera Guerra Mundial gracias a la fuerte acción policial que capitaneó el jefe de policía de Birmingham, Charles Haughton Rafter (…). Además, gracias al apoyo de los numerosos habitantes de los barrios pobres que respetaban las leyes, a unas condenas más severas, a la creciente popularidad de las asociaciones de futbol y a la aparición del boxeo como deporte reglamentario, Rafter y sus hombres se libraron de los peaky blinders y convirtieron Birmingham en una ciudad más pacífica.«

Carl Chinn es doctor en Historia, miembro de la Orden del Imperio británico, profesor y conferenciante. Publicó Peaky blinders. La verdadera historia en 2019, tal vez impelido a señalar algunas de las incorrecciones históricas y falsos mitos que la serie televisiva de Knight había popularizado. Los abuelos paternos de Chinn eran corredores de apuestas en Sparkbrook y, por parte materna, trabajadores de una fábrica en el barrio de Aston y, en su juventud, peaky blinders. Chinn nunca ha ignorado sus orígenes humildes y sus investigaciones históricas, como la del ensayo que nos ocupa, dan voz a los ciudadanos más pobres del Birmingham del siglo XIX.

Este es un ensayo histórico que da voz a quienes a menudo se quedan fuera de los libros de Historia europea porque pertenecen a la mayoría invisible: las clases más desfavorecidas de las grandes ciudades industriales del siglo XIX. Chinn escoge como punto de partida la serie de la BBC para contrastar ficción con realidad y, a lo largo del libro, repasa las figuras históricas y reales de Bill Kimber, Alfie Solomon o Joe Sabini. El autor plantea la cuestión de los peaky blinders en el prólogo y va desarrollándola capítulo a capítulo, siempre apoyado por una sólida investigación documental y, lo que resulta más vívido, por el testimonio de familiares de los peaky y de los policías y vecinos que los sufrieron. El resultado es un libro de no ficción que muestra una realidad histórica difícil y violenta, sin romantizar a unos matones victorianos de poca monta, poniendo el foco en las dificultades socio-económicas de unas familias —a menudo migrantes— en una de las ciudades inglesas que mejor supieron convivir con la industrialización y la crisis de finales del siglo XIX y principios del XX.

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Una tumba con vistas, de Peter Ross

El cementerio de Kensal Green, inaugurado en 1833, es el único de los llamados Siete Magníficos de Londres que sigue siendo de propiedad privada. Se le llama el Belgravia de la muerte porque bajo su tierra reposan aristócratas, famosos y la más alta burguesía, como el duque de Sussex, Wilkie Collins, Anthony Trollope o William M. Thackeray. Highgate, el Valhalla victoriano por excelencia, es en la actualidad el cementerio más caro de Reino Unido y el que protagoniza más leyendas sobre vampiros y gente gótica haciendo cosas. En Highgate están enterrados Karl Marx, George Eliot, George Michaels y Adam Worth, el Napoleón de los ladrones, quien seguramente fue la inspiración de Arthur Conan Doyle para su Moriarty. Whitby tiene el record de turismo gótico, Brompton, donde está enterrada Emmeline Pankhurst, era el cementerio favorito de la reina Victoria, Agatha Christie se casó en el cementerio de St. Cuthbert y J. K. Rowling escribió Harry Potter en el café Elephant House, cuyas ventanas traseras ofrecen una esplendorosa vista del cementerio de Greyfriars, de un gótico exuberante, donde puede encontrarse la tumba de Thomas Riddell Esquire, posible inspiración para el nombre de Voldemort. El cementerio de Milltown, en Belfast, se convierte en un desfile por la conmemoración del alzamiento de pascua, el cementerio de Warriston es el lugar más embrujado de Edimburgo y el mausoleo egipcio de Hannah Courtroy, en Brompton, se sospecha que es una especie de TARDIS para viajar en el tiempo.

«Esta es la única tumba conocida de una (presunta) bruja en Escocia. Fue redescubierta en 2014 por el arqueólogo Douglas Speirs y, desde entonces, se ha convertido en el centro de los esfuerzos para comenzar a expiar lo que hicieron con Lilias Adie y otras como ella. Unos meses antes de mi visita, en el aniversario de su muerte, un grupo en el que se encontraban representantes del Ayuntamiento de Fife se había reunido junto a la losa y había depositado coronas de flores. Uno de los asistentes comunicó: Hace trescientos cincuenta años, Lilias Adie fue expulsada por esta comunidad. Hoy la acogemos de nuevo.»

Peter Ross es un reputado periodista escocés, galardonado con varios premios de prensa, y autor de dos libros de crónicas y antologías de artículos. Una tumba con vistas, su obra más reciente, recibió el Premio Nacional de Escocia de libros de no ficción. Y creo que después de la caótica y penosa sinopsis que encabeza esta reseña, ya queda bastante claro lo mucho que me ha gustado este magnífico ensayo sobre los cementerios de Inglaterra, Escocia, Gales e Irlanda y todas las leyendas, historias, rituales, fantasmas, ausentes, muertos y vivos que giran alrededor de esos cementerios.

Con un estilo ágil y muy agradable, alternando la crónica periodística, la investigación histórica, las entrevistas y el relato de viajes, Una tumba con vistas es uno de los ensayos más interesantes, amenos y conmovedores que podemos encontrar en librerías. Siempre con un enorme respeto y gran sensibilidad, Peter Ross nos ofrece una ruta por los cementerios y las tumbas más interesantes y significativas del Reino Unido, pero también nos señala, con infinita delicadeza, las que no están: los espacios aconfesionales en donde se enterraban a los niños sin bautizar, los osarios naturales extramuros de terreno sagrado para los suicidas y los proscritos, las tumbas sin nombre para las brujas y, nunca olvidados, los más de cien mil soldados de las dos guerras mundiales que todavía siguen perdidos en Francia. Ross entrevista con amabilidad y admiración a los últimos sepultureros de Londres, a los guías históricos que acompañan a los visitantes por las tumbas de Amelia B. Edwards o de M. R. James, al jardinero inconsolable que una ver perdió el cedro centenario de Highgate y a sorprendentes artistas funerarios. Si bien es un libro para leer despacio y para alternar con otras lecturas más alegres —se lee con gran facilidad, pero es inevitable que nos afecte tanta muerte—, me ha parecido un ensayo magnífico, curioso y oscuramente bello. Se queda entre mis mejores lecturas de este año.

Lectora, para pasear entre la inmortalidad de la Historia.

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La terrible historia de las cosas bellas, de Katy Kelleher

Comprar un diamante sintético permite disfrutar de la belleza cristalina y brillante esquivando el sufrimiento de los diamantes de sangre, aunque el gran consumo de recursos y energía no renovables que conlleva su fabricación le hace flaco favor al planeta. Las perlas son anomalías, producto de una malformación de una pobre ostra, pero como los seres humanos somos especistas y, como mucho, nos preocupamos por la suerte de otros mamíferos, cocer langostas vivas, hervir gusanos de seda o que el cambio climático esté extinguiendo a los moluscos, parece que nos da bastante igual. Las mujeres siguen mermando su salud, a veces hasta extremos terribles, en aras de los cánones de belleza de cada época: maquillaje con plomo, gotas de belladona en las córneas, dietas aniquiladoras, la terrible «cara de Instagram»… La belleza tiene un precio, a menudo terrible cuando va a asociado al consumo y explotación capitalista, pero también está en miles de pequeñas cosas preciosas, únicas y a la vez al alcance de todos: un paseo entre las bellísimas estatuas blancas de un cementerio gótico, un jardín lleno de flores, un paisaje marítimo, el canto de un mirlo, esa maravillosa obra de arte de tu museo favorito, la incidencia de la luz sobre el cristal, la risa de una niña…

«La belleza es cortante, es intensa y siempre tiene un precio. Del mismo modo que el deseo y el asco recorren los mismos pasillos de nuestras mentes, también la belleza y la destrucción van de la mano. Siempre que encuentres algo insoportablemente bello, examínalo de cerca, porque encontrarás la sombra conocida de la putrefacción.«

Katy Kelleher es una periodista norteamericana que vive en Maine, en una casa junto a un bosque, y trabaja como columnista de arte, diseño, naturaleza y ciencia. La terrible historia de las cosas bellas. Ensayos sobre deseo y consumo es su primer libro, que empezó a escribir durante la pandemia; un tratado de no ficción sobre la historia de las piedras preciosas, las flores, las perlas, el maquillaje, el perfume, la seda, la porcelana, el vidrio o el mármol. Kelleher entreteje, con gran acierto, su experiencia y sus reflexiones vitales más personales con la historia de todas las cosas bellas que todavía nos siguen fascinando. El resultado es un ensayo extraordinariamente ameno e interesante que seduce por el magnífico estilo literario de su autora, y que nos interpela —casi como si estuviésemos hablando con una amiga— sobre la vida, la muerte y el deseo.

La terrible historia de las cosas bellas se queda para siempre entre mis ensayos preferidos. La voz de Katy Kelleher, excéntrica, melancólica, cálida, cercana y llena de esperanza, narra con habilidad y un sentido genial del equilibrio entre la anécdota y lo terrible. Me han encantado todos y cada uno de los capítulos temáticos, me he dejado llevar por la solastalgia (la tristeza por las repercusiones del cambio climático en nuestro entorno), he comprendido que no existe tejido en la Tierra que pueda fabricarse, transportarse o vestirse sin causar un mayor o menor daño (desde la explotación infantil hasta la muerte de los gusanos de seda, pasando por la emisión de gases nocivos a la atmósfera) y me ha regalado dos recordatorios preciosos: que la belleza también está en las pequeñas cosas cotidianas, si sabemos mirar, y que debería darle las gracias a mi cuerpo más a menudo en lugar de avergonzarme delante del espejo.

«Estoy orgullosa de mi labor como madre. Agradezco a mi cuerpo que haya podido gestar a una niña y a mis pechos que hayan podido alimentarla. Son cosas valiosas que han cambiado para siempre cómo veo la forma de mi cuerpo.«

Lectora, un ensayo extraño y maravilloso sobre comedores de flores, muertos transformados en diamantes y platos de huesos.

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