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Auge y reinado de los mamíferos, de Steve Brusatte
Hace 325 millones de años, los bichos escamosos que salieron del agua para vivir en la tierra se separaron en los dos linajes ancestrales que darían lugar a mamíferos, reptiles y dinosaurios: los diápsidos (reptiles y dinosaurios), que desarrollaron dos aperturas parecidas a ventanas tras las cuencas oculares a fin de proporcionar unas mandíbulas más grandes y fuertes, y los sinápsidos (mamíferos), que desarrollaron una única y amplia apertura. Millones de años después, los diápsidos culminarían en reptiles y dinosaurios, y los sinapsidos en los primeros proto-mamíferos. La mordedura grande y fuerte, junto con otras circunstancias, contribuyó a la existencia de los grandes dinosaurios, tanto carnívoros como herbíboros. Cuanto mayores eran los dinosauros, más pequeñitos se hacían los proto-mamíferos, en una estrategia de supervivencia. Sus dientes de corona diversa y sus mandíbulas reducidas dejaban espacio para que el cerebro fuese más grande dentro de la cavidad craneal. Su pequeño esqueleto, más flexible, le otorgaba cierta velocidad y, en el Jurásico, mientras los dinosaurios crecían rápido y recubrían su cuerpo de plumas para protegerse del cambio climático, los mamíferos se habían vuelto pequeños, veloces, con sentidos bien desarrollados, endotérmicos, aunque también crecían rápido y sabían esconderse bien… Tanto, que quizás consiguieron sobrevivir al impacto del meteorito que acabó con el reinado de los dinosaurios.
«Este no es un libro sobre los humanos. Nosotros, Homo sapiens, solo somos una entre las más de 6.000 especies de mamíferos que viven en la actualidad (…). No todo gira en torno a nosotros. La historia de los mamíferos que se ha relatado en estas páginas, que se remonta a aquellos bichos escamosos de los pantanos de carbón, que ha resistido extinciones en masa, dinosaurios y climas crueles, no es un simple trasfondo para nuestra inevitable coronación. Ballenas del tamaño de submarinos, mamuts lanudos y dientes de sable, monos a bordo de almadías oceánicas y murciélagos ecolocadores son todos especiales por derecho propio. Como, desde luego, lo somos nosotros: un primate de cerebro grande, manos diestras y dos piernas, cuya inteligencia y capacidad para la destrucción no tienen parangón entre los mamíferos. Además, somos los únicos que podemos contemplar nuestros propios orígenes.«

Steve Brusatte es un prestigioso paleontólogo y biólogo evolutivo, de origen estadounidense, que desde hace unos años también se dedica a la docencia en la universidad de Edimburgo. Doctorado por la universidad de Columbia, su pasión por los dinosaurios le viene desde la infancia y le ha llevado a viajar alrededor del mundo para trabajar en los yacimientos más eminentes, descubrir una docena de nuevos fósiles de vertebrados, elaborar teorías evolutivas científicamente relevantes, publicar ensayos tan maravillosos como Auge y caída de los dinosaurios, y colaborar como asesor con la BBC y 20th Century Fox en películas como Walking with dinosaurs o con las dos últimas grandes producciones de la franquicia de Jurassic World. En los últimos años, su carrera profesional lo ha llevado a especializarse también en la biología evolutiva de los mamíferos, de ahí este magnífico ensayo cuya lectura me ha acompañado durante los tres meses de verano: Auge y reinado de los mamíferos. Una nueva historia. Desde la sombra de los dinosaurios hasta nosotros.
Leer a Steve Brusatte, escriba sobre lo que escriba, siempre es un placer. Auge y reinado de los mamíferos es un ensayo sobre biología evolutiva, para disfrute de todos los lectores curiosos, que se remonta al inicio de los primeros animales que hollaron la Tierra, hasta la aparición del mamífero más letal que conocemos en la actualidad: nosotros. Brusatte tira del hilo de cada cambio evolutivo enmarcado dentro de su período geológico, pero también, a medida que las masas continentales se desgajan y alejan, por áreas geográficas. Con una prosa amena y carismática, anécdotas sobre sus descubrimientos y los de sus compañeros paleontólogos en diferentes yacimientos, y unas ilustraciones y fotografías de lo más interesantes, el prestigioso paleontólogo no solo nos embarca en un fabuloso viaje evolutivo de millones de años sino que también nos muestra cómo los científicos fueron cambiando la clasificación de las diferentes ramas y familias animales a medida que la paleontología también evolucionaba.
Los debates entre Richard Owen y Charles Darwin sobre los terápsidos (parecían mamíferos, pero con características reptilianas), la reticencia de Thomas Henry Huxley y su círculo a reconocer la evidencia de las extinciones de especies, la rivalidad casi criminal entre Cope y Marsh, el presidente Jefferson y la sala de los huesos de la Casa Blanca, las exploraciones de Roy Chapman Andrews que inspiraron el personaje de Indiana Jones, la revolución que causó la secuenciación de ADN en los árboles genealógicos de las familias animales… Steve Brusatte entrelaza con acierto y maestría los avances de la paleontología y la zoología señalando que «la evolución no planea el futuro, sino que opera en el momento, adaptando a los organismos a los retos inmediatos a los que se enfrentan«. Los pequeños cambios en la disposición y forma de los dientes (cambios alimenticios), la mandíbula (cambios craneales), velocidad de crecimiento, adaptación al medio y dispersión geográfica, etc., en diferentes eras y períodos geológicos, fueron perfilando la supervivencia o extinción de pelicosaurios, terápsidos, cinodontes, multituberculados, terios, artiodáctilos, perisodáctilos, megafauna… Cada reflexión y evidencia contribuyen a hacer de Auge y reinado de los mamíferos una lectura apasionante y maravillosa, que se disfruta a pequeños sorbos y que se echa mucho de menos cuando se llega a su última página.
Lectora, el ensayo más apasionante sobre nuestros ancestros y compañeros de planeta que leeremos jamás.
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Una cena en Roma, de Andreas Viestad
Una noche de junio, Andreas Viestad entra en su restaurante favorito de Roma: La Carbonara. Mientras espera a que le sirvan la especialidad de la casa, reflexiona sobre lo que un silencioso camarero le va sirviendo: pan, vino, antipasti, aceite de oliva, pasta carbonara… hasta llegar al postre, un delicioso sorbete elaborado con limones amalfitanos. A través de los alimentos más sencillos, Viestad se remonta a la historia de Roma, aquella ciudad que hace dos mil años ya albergaba a un millón de habitantes y que, al importar casi todo lo que comía y bebía, desarrolló unas fabulosas redes comerciales. La comida va ligada a la civilización, pero también sirve para entenderla. Los alimentos que cocinamos a menudo servían para distinguir entre «ellos» y «nosotros», entre barbarie y civilización: por ejemplo, la frontera entre católicos y protestantes coincide casi exacta (excepto por Francia) con la que separa a quienes cocinan con mantequilla y a quienes lo hacen con aceite de oliva; los primeros agricultores prehistóricos sacrificaron la dieta variada y mucho más nutritiva de su vida de cazadores-recolectores por el placer de destilar bebidas alcohólicas.
«Heródoto (el mismo que describió de la forma más fantasiosa el origen de las especias) escribió que los persas tomaban todas las decisiones importantes borrachos. Una vez pasados los efectos del alcohol, reconsideraban la decisión. Si llegaban a la misma conclusión tanto sobrios como ebrios, se daba por válida. Era una especie de sistema parlamentario bicameral, en el que todas las leyes debían pasar por la cámara alta de la embriaguez y la baja de la sobriedad.«

Andreas Viestad es un periodista, restaurador y crítico gastronómico noruego que siente Roma casi como su segundo hogar desde que se casó con una arqueóloga. Autor de una extensa bibliografía de no ficción sobre el activismo culinario y cómo la historia se refleja en las recetas de cada cultura, publicó Una cena en Roma. La historia del mundo en un menú en 2022. Ediciones Siruela lo trajo a las librerías de nuestro país en 2024, con la estupenda traducción de Virginia Maza, y ya va por la tercera edición.
Una cena en Roma es un ensayo curioso, como asomarse a la historia de la civilización de la antigua Roma —y también un poquito a la cultura europea contemporánea— desde la perspectiva de un crítico gastronómico. El resultado es una narración amena, ligera, casi aromática, aderezada con anécdotas personales de su autor y con varias teorías culturales lanzadas desde el punto de vista de un comensal que no es historiador, pero que comprende todos los detalles que se sirven a la mesa. Viestad le dedica un capítulo a cada uno de los elementos primordiales de una cena en el restaurante La Carbonara y va tirando del hilo de cada uno de ellos para explicar cómo han cambiado a lo largo de los siglos pese a seguir tan presentes en nuestras cocinas. Destaca especialmente el relato del origen de la pasta, el uso del aceite de oliva, la importancia del pan en la antigua Roma, la mención a los limones, las teorías sobre el vino y su presencia en los círculos religiosos y de poder de las antiguas civilizaciones o las vueltas de los italianos alrededor de la auténtica receta de la carbonara.
Lectora, un ensayo delicioso perfecto para acompañar las noches de verano.
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Libres y libreras, de Yolanda Morató
A finales del siglo XIX, Charing Cross Road ya empezaba a ser el paraíso de las librerías londinenses, por lo que no es de extrañar que las suffagettes decidiesen abrir la suya justo en esta calle. Celebraban lecturas en voz alta, conferencias, vendían libros y merchandising y apoyaban su justa causa, pioneras de las librerías de género que abrirían ya en el siglo XX. E. Millicent Sowebry fue librera, bibliotecaria y agente de contrainteligencia del MI5 durante la Primera Guerra Mundial. En un momento en el que las mujeres apenas asomaban en las universidades británicas y en el mundo del libro, trabajó como experta para la catalogación de libros raros en Sotheby y fue una de las pocas personas que tuvo en sus manos el manuscrito Voynich. Florence Boot, heredera del emporio Boots, introdujo en 1899 la idea de un servicio de préstamo y recomendación de libros en su cadena de tiendas llamado Boots Booklovers Library, lo que ayudó a la democratización de la lectura junto con las bibliotecas públicas y la iniciativa de los libros de bolsillo en máquinas expendedoras de Penguin. Nancy Mitford trabajó en Heywood Hill, convirtiéndo la librería en un animado salón literario con el beneplácito de su propietario, movilizado por la Segunda Guerra Mundial. En la actualidad, la librería pertenece a Peregrine Cavendish, 12º duque de Devonshire, sobrino nieto de Nancy Mitford, y fue una de las librerías favoritas de la reina Isabel II. Cristina Agnes Lilian Foyles, heredera del imperio Foyles, llevó su franquicia a lo más alto, aunque se ganó el sobrenombre de la Reina Roja de Charing Cross por sus políticas de despido. A finales de los años treinta, su tío William Foyle le ofreció a Hitler comprarle todos los libros que estaban quemando en Alemania.
«Ante la negativa del líder nazi, durante la Segunda Guerra Mundial, Foyle se desquitó llenando la azotea de la librería con ejemplares de Mein Kampf. Un bombardero erró el tiro y dejó un gran cráter en la puerta de la librería. Gracias a una histórica grabación de British Pathé, Charing Cross Road Crater (1940), disponible en Youtube, se puede apreciar cómo, por la ayuda que brindaron al Regimiento de los Reales Ingenieros durante la reconstrucción, les permitieron bautizar el puente por el que pasaban vehículos y viandantes con el nombre de la librería, Foyle Bridge.«

Yolanda Morató es una filóloga española, traductora, bibliófila y profesora de la Universidad de Sevilla. Reivindica el papel de las mujeres en artículos como La bibliofilia y el género (2019) y ha traducido Gente rara y libros raros, de la extraordinaria E. Millicent Sowerby, además de publicar los ensayos Un mundo de libros (2010) y Libres y libreras (2021). En este último trabajo, Yolanda Morató ofrece una mirada a las mujeres libreras en Londres durante los últimos dos siglos.
Con una prosa amena y cierto encanto para las anécdotas bibliófilas, la autora dedica un capítulo a cada una de las mujeres que formaron parte del potente conjunto de libreras y editoras que sustentaron el mundo libresco de Londres en el pasado reciente. Bien porque los conflictos bélicos habían movilizado a los hombres, bien porque las empresas literarias carecían de herederos masculinos, o a fuerza de puro coraje, las mujeres tomaron el relevo en Charing Cross Road siempre que tuvieron ocasión y contribuyeron a colocar la cultura británica y europea en el lugar que ocupa hoy. He empezado esta reseña con algunas pinceladas de las anécdotas que más he disfrutado de Libres y libreras, aunque no están todas. Y es que este ensayo es para degustar capítulo a capítulo, con la advertencia de que algunos resultarán más interesantes y divertidos que otros, dependiendo de los intereses de las lectoras que lo abran. A mí, me ha encantado, aunque me parece que Yolanda Morató lo tiene bastante fácil con todas nosotras, enamoradas de los libros. Se nota que es un ensayo que la autora escribió por puro placer e interés personal, sin presiones ni encargos, para compartir con otras lectoras, libreras y editoras, a la hora del té.
Lectora, la más agradable de las compañías si te apetece ir de librerías londinenses.
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La invención del norte, de Bernd Brunner
A lo largo de la Historia, la percepción del norte, su localización geográfica, su acervo cultural y mitológico, sus pobladores, ha ido variando a medida que oriente y occidente lo han explorado y escrito miles de tratados al respecto. Contra todo pronóstico, es más fácil viajar hacia el norte en invierno porque la nieve cubre cualquier accidente y el trineo vuela sobre caminos blancos y desconocidos. La expedición de Linneo a Laponia y su convicción de que las minas de cobre de Falum eran la entrada al infierno nórdico, los vikingos que descubrieron América 200 años antes que Colón, la interpretación fantasiosa de la aurora boreal de Halley, las Edda y Ossian (ese Homero del norte que resultó ser la magnífica invención de un escocés que llegó a deslumbrar a Goethe o a Madame de Stäel), David Gaspar Friedrich, que jamás viajó más al sur de Austria para no contaminarse de la luz meridional en un momento en el que solo lo italiano era sinónimo de bello, los exploradores europeos en busca del paso del Noroeste, Beowulf y William Morris, la fiebre vikinga de los británicos victorianos y Edward Bulwer-Lytton llamándolos «los griegos del mundo cristiano»… La invención del norte recoge, con el encanto al que nos tiene acostumbrados Bernd Brunner, episodios histórico-culturales, científicos y momentos estelares relacionados con el Norte.
«Muchos ingleses se empeñaron en buscar vínculos con su propio origen. Existía, por ejemplo, la descabellada tesis de que la propia reina inglesa tenía lazos de parentesco con Odín, o que la línea real de Hanover estaba ligada a Ragnar Lodbrok, el célebre capitán vikingo que halló su terrible final, presuntamente, en un pozo de serpientes de Northumbria, uno de los reinos anglosajones.«

En un momento en el que la última Tule se considera el espacio —concretamente, la NASA la ha ubicado en el Cinturón de Kuiper—, Bernd Brunner nos deleita con un viaje al pasado en el que el Norte fue, durante siglos, un gran misterio, naturaleza salvaje y romanticismo. Brunner (Berlín, 1964) es un investigador, articulista y ensayista, autor de libros como Cuando los inviernos eran inviernos o El arte de la domesticación de los frutales, entre otros. Con su amena narración y su talento para contar anécdotas científicas, históricas y culturales, el autor desgrana en cada capítulo una aproximación fascinante al Norte terrestre desde diversas perspectivas.
He disfrutado especialmente de la explicación del origen etimológico de la palabra norte (significa, literalmente, a la izquierda de la salida del sol), las explicaciones mitológicas de fenómenos científicos como las auroras boreales (Halley pensaba que la Tierra era hueca y por un agujero, en el norte, se escapan sus interioridades en forma de luz) o lo agradable que les parecía el verano norteño a los exploradores de siglos anteriores, con sus suaves temperaturas y las escasas horas de oscuridad. Me ha sorprendido toda la leyenda alrededor de los escritos de Ossian y la falsificación de Macpherson, así como la incredulidad de Samuel Johnson de que fuesen verídicos (pero no por su origen sino porque pensaba que una cultura escrita de tanta importancia no podría haberse originado en las highlands escocesas). Y cómo la interpretación histórica siempre queda en manos de quienes ostentan el poder: en la época victoriana, por ejemplo, los británicos se fascinaron con los vikingos, pero no aceptaban que la lengua nórdica tuviese una raíz común indostaní, por el menosprecio habitual de la metrópolis hacia sus colonias indias. Así como la triste deformación que llevó a cabo el Tercer Reich de todo lo nórdico para construir su monstruosidad teórica sobre las razas superiores.
Lectora, un ensayo fresco y muy interesante que acompaña muy bien los calores de agosto.
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Seis mujeres criminales, de Elizabeth Jenkins
Madame Sarah Rachel Leverson abrió un salón de belleza en el Londres victoriano y estafó miles de libras a sus clientas con tratamientos fraudulentos, complicados engaños matrimoniales y chantaje. Apenas sabía leer y escribir, pero se las apañó bastante bien para burlar a la justicia durante décadas. En el siglo XIV, Alice Perrers, amante del rey Eduardo III, saqueó sistemáticamente todas las residencias reales y las joyas de la corona. Su ambición no conocía límites, ponía a su nombre propiedades de nobles sin herederos o caídos en desgracia, y se ganó la antipatía de toda Inglaterra. Lady Tehodosia Ivie, en el siglo XVII, falsificó actas de propiedades y pleiteó hasta la muerte por quedarse con terrenos y fincas que jamás fueron suyos. Frances Howard, condesa de Somerset, educada en la corte del rey Jacobo I (1566 – 1625) como moneda matrimonial de cambio, tomó las riendas de su propio destino deshaciéndose de su marido, uniéndose a otro hombre más poderoso y envenenando a cualquiera que pusiese en peligro su influencia sobre la corona, su poder político o sus riquezas. Jane Webb fue la carterista más hábil en las calles del Londres victoriano y la adorada y admirada líder de una banda de ladrones y estafadores. En el último tercio del siglo XIX, Florence Bravo no solo fue durante años la reputada amante de un famoso médico sino que se casó dos veces y estuvo en el punto de mira de los jueces en el llamado Misterio de Balham —historia que Elizabeth Jenkins desarrollaría con más detalle en su novela La historia del doctor Gully— justo cuando su segundo marido amenazaba su independencia económica y personal.
«Además de al severo castigo si lo atrapaban, el ladrón se enfrentaba a condiciones espantosas si se resignaba a la pobreza. Los barrios bajos del Londres del siglo XVIII eran quizás los más sórdidos que se hayan conocido, pues el hacinamiento en las áreas urbanas ya era una realidad, pero no así los programas estatales de beneficencia (…). Johnson calculó a grandes rasgos que mil personas morían de hambre cada año en Londres. entre el frío, el hambre y las enfermedades, las propias cárceles, por horribles que fueran, no infundían un gran temor a los habitantes de un barrio bajo del siglo XVIII, y el riesgo de la horca no disuadía de un cambio que podía reportar un puñado de guineas; o, lo que es lo mismo, vino, carne, fuego, ropa decente y una buena cama.«

Rara avis. Alba Editorial
Traducción de Daniel de la Rubia
Ensayo histórico, biográfico, judicial
Fecha de publicación septiembre 2024
304 páginas
ISBN: 978-84-1178-091-9
Elizabeth Jenkins (1905 – 2010) fue una novelista y ensayista británica, que estudió en Cambridge, ejerció de profesora y se relacionó con el círculo de Bloomsbury. Durante la Segunda Guerra Mundial, desarrolló labores de ayuda humanitaria y fue una de las fundadoras de la Jane Austen Society. Autora de las biografías de personajes tan relevantes en la ciencia y la cultura como la propia Jane Austen, Henry Fielding o Joseph Lister, siempre se interesó por el true crime histórico: entre otros, publicó Harriet, en 1934, libro en el que reconstruye el «misterio de Penge», un caso judicial de época victoriana, o La historia del doctor Gully, en 1972, en el que desarrolla el caso de Florence Ricardo y el «misterio de Balham». Elizabeth Jenkins publicó por primera vez, en 1949, Seis mujeres criminales, un estudio judicial y social de casos concretos de crímenes reales ocurridos en distintas épocas históricas, en Inglaterra.
Seis mujeres criminales es un ensayo histórico que atrapa por el estilo directo y cautivador de Elizabeth Jenkins, por la excelente documentación de cada uno de los casos reales en diferentes épocas pasadas y por la peculiar personalidad de sus protagonistas. Jenkins se aproxima a estas personas desde la psicología y las circunstancias de la época, pero también dentro del marco socio-económico y de género en el que existieron. Carteristas, timadoras, ladronas, falsificadoras, asesinas… sus seis criminales son figuras carismáticas, misteriosas, singulares, de las que se sabe más por sus actos y sus respectivos procesos judiciales que por su propia voz, de la que apenas queda registro. De ahí que la cuidadosa labor de reconstrucción de sus vidas y personalidades sea tan admirable. Y si bien es cierto que a menudo se detecta cierto tono de simpatía hacia estas protagonistas —sobre todo en el caso de la magistral carterista victoriana Jane Webb, probablemente porque, en su caso, poseía un toque romanticista a lo Robin Hood y la alternativa de una vida dentro de los cauces de la ley le hubiese supuesto una existencia inhumana—, no se trata de una justificación de sus respectivos comportamientos sino de un intento de comprensión hacia quienes Charles Dickens ya señaló como «nacidas sin apenas oportunidades».
Con una pluma elegante y ágil, un encanto magistral para narrar anécdotas e incorporar una vasta documentación con gracia y naturalidad, Elizabeth Jenkins refleja en este ensayo su interés de una manera humana y empática. Un ensayo ameno y apasionante que a menudo se presenta como una investigación sobre unas mujeres que se quedaron fuera de los libros de Historia pese a haber sido hijas de su tiempo y, algunas de ellas, parte del poder en las sombras que rigió el destino de Inglaterra.
Lectora, el mejor ensayo histórico que he leído este año.
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