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No es lugar para mujeres, de Wendy Moore

Cuando Reino Unido entra en la Primera Guerra Mundial, a principios de agosto de 1914, las suffragettes se apresuran a posponer sus reivindicaciones para unirse en un frente común contra el enemigo exterior. En septiembre de ese mismo año, las doctoras Flora Murray, médica y anestesista, y Louisa Garrett Anderson, cirujana, se disponen a partir hacia París, con tres doctoras más, ocho enfermeras, tres auxiliares y cuatro camilleros, para establecer un hospital que atienda a los heridos cerca del frente francés. Para obtener los permisos acuden directamente a la embajada francesa en Londres porque el Ministerio de Guerra inglés no quiere mujeres en su ejército y, además, casi todas tienen expedientes criminales por su condición de activistas en la lucha por el voto femenino.

En 1876, el Parlamento británico había aprobado la Ley de Medicina, que permitía a las mujeres estudiar en las universidades. Pero, en la práctica, ninguna de las grandes universidades de medicina admitía mujeres, y la mayoría de las jóvenes que deseaban obtener un título o especializarse debían terminar sus estudios en el extranjero. Pese a que volvían a casa con un título y sólida experiencia, en Inglaterra solo se les permitía ejercer la medicina en instituciones de caridad o en clínicas para niños y mujeres, nunca en hospitales. Murray y Anderson, procedentes de familias burguesas acomodadas y emparentadas con la aristocracia, abren su primer hospital en el hotel Claridge, de París, con los fondos recaudados por sus compañeras suffragettes y sus ricas familias. La guerra es un espanto, pero también una oportunidad única para las mujeres británicas que, por primera vez en su vida, tienen la oportunidad de demostrar que pueden ser médicas y cirujanas tan competentes como cualquier hombre. Inquietas por su falta de experiencia con las espantosas heridas de los soldados, pronto comprenden que están en igualdad de condiciones con los médicos varones del Ejército: el nuevo armamento y la guerra de trincheras de la Primera Guerra Mundial destroza a los soldados de una forma que nunca antes se ha visto en los quirófanos. El Claridge solo será el primero de los hospitales militares gestionados únicamente por mujeres: avaladas por la excelencia de su desempeño, pronto son reclamadas en Londres, donde abrirán el hospital de la calle Endell, el mejor y más prestigioso hospital militar de la Primera Guerra Mundial, también llamado, con cariño y admiración, el hospital de las suffragettes o el hospital de las flappers.

«Al ser el único hospital militar dirigido y gestionado únicamente por mujeres durante la Primera Guerra Mundial, el hospital de la calle Endell demostró que las mujeres médicas eran tan capaces de realizar una cirugía militar como los hombres. La prensa reconoció, en muchos de sus artículos, que no solo era el hospital más popular de Londres sino que también era el más eficiente de todos (…). su reputación se propagó por todo el mundo, y acudieron mujeres desde Australia, Canadá, África y Estados Unidos para unirse a él. Los soldados heridos en el frente pedían ser enviados allí. Los médicos militares y los oficiales acudían en masa para observar y aprender de su personal. Sus doctoras y enfermeras salvaron la vida a miles de soldados, y a muchos otros, de quedar incapacitados, y ayudaron a miles más a adaptarse a un futuro en el que tendrían que convivir con dolencias que cambiarían sus vidas.«

Wendy Moore es una periodista londinense autora de varios ensayos sobre historia social y medicina. En No es lugar para mujeres relata la historia del primer hospital militar gestionado únicamente por mujeres y lo que significó para la lucha por el sufragio femenino, el reconocimiento de la igualdad y la incorporación de la mujer al mundo laboral en general y en el de la medicina en particular. Moore narra con agilidad y empatía, encajando con fluidez la documentación histórica y utilizando a menudo como fuente la correspondencia personal de pacientes, médicas, enfermeras, oficiales del Ejército y mandatarios, así como la prensa coetánea, aportando calidez, cercanía y humanidad a este magnífico ensayo histórico, social y médico.

No es lugar para mujeres es la historia de Flora Murray y Louisa Garrett Anderson, las primeras mujeres con sueldo y graduación de oficiales en el Ejército británico, las primeras médicas que atendieron a soldados heridos en una guerra, gestionaron un hospital militar, y fueron reconocidas como Comandantes de la Orden del Imperio Británico. Pero también es la historia de las más de dos millones de mujeres británicas que contribuyeron a mantener Gran Bretaña durante la Primera Guerra Mundial -conduciendo autobuses, cultivando los campos, atendiendo a los heridos, etc.- sustituyendo a los hombres que se alistaban, y siempre con un sueldo inferior y sin la exención fiscal de sus homónimos masculinos en tiempos de guerra. Ciudadanas de segunda, sin derecho a voto ni a formación académica en su propio país, que aplazaron su reivindicación para contribuir al esfuerzo de guerra, y que al finalizar el conflicto no solo no obtuvieron ningún reconocimiento sino que fueron despedidas sin miramientos, relegadas a sus hogares y duramente criticadas y acosadas cuando se empeñaron en seguir trabajando. Las facultades de medicina del país, que habían alentado a las jovenes a matricularse durante la contienda para seguir abiertas -pues la mayoría de sus estudiantes habían sido llamados a filas-, volvieron a vetarlas en cuanto finalizó el conflicto; los hospitales despidieron a sus médicas, tan apreciadas en tiempo de guerra, y se aseguraron de que todos los puestos disponibles fueram solo para hombres. Las doctoras de la calle Endell, que habían sido pioneras en tratar neurosis de guerra y fiebre de las trincheras, que habían sido las primeras en localizar la metralla con Rayos X antes de operar a los soldados (Florence Stoney, médica radióloga especialista, había ofrecido sus máquinas de Rayos X portátiles al Ministerio de Guerra y se las habían rechazado porque «qué iba a saber una mujer», así que las envió al hospital de Murray y Anderson), que habían implementado con éxito métodos innovadores para luchar contra las infecciones en fracturas abiertas (cuando todavía no existían los antibióticos) o desarrollado nuevas prótesis ortopédicas para soldados amputados, al final de la guerra se vieron obligadas a emigrar a otros países para seguir ejerciendo su profesión.

Un ensayo fascinante, conmovedor y muy necesario para entender que la posibilidad de estudiar y ejercer una profesión en igualdad de condiciones que los hombres es un derecho adquirido mucho más reciente de lo que pensamos. Una crónica humana y muy esclarecedora sobre cómo la Primera Guerra Mundial cambió la medicina en Europa y abrió el camino del cambio social que habría de producirse en las últimas décadas del siglo pasado.

Lectora, imprescindible y emocionante.

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El último duelo, de Eric Jager

En 1386, Jean de Carrouges y Jacques Le Gris fueron los contendientes del último duelo judicial sancionado por el Parlamento de París. Carlos VI, el rey francés, apenas contaba en aquel momento con dieciocho años y siguió con sumo interés todo el proceso, hasta presenciar una justa que, ya en la época, se consideraba una medida concedida por el Parlamento en raras ocasiones. Se consideraba que la Gracia divina acompañaría al contendiente cuya causa fuese justa y lo llevaría a la victoria, demostrando así que decía la verdad. El perdedor sería considerado culpable del crimen del que se le acusaba —o perjuro, si se trataba del demandante— y ajusticiado en la horca en caso de sobrevivir en el campo de duelo. Para comprender por qué el Parlamento permitió este duelo judicial y las razones de demandante y acusado, Eric Jagger no solo indaga en las biografías de Jean de Carrouges, su esposa Marguerite y Jacques Le Gris, sino que compone una excelente y minuciosa investigación de los hechos acaecidos, sus circunstancias y repercusiones personales, sociales, políticas y económicas.

Eric Jagger es un profesor universitario y crítico literario estadounidense, especialista en Literatura Medieval. Es autor de prestigiosos ensayos medievales y diversos artículos académicos y El último duelo, su obra de no ficción sobre el célebre caso judicial de 1386, Carrouges-Le Gris, ha sido publicado por Ático de los libros en 2021 (la edición de bolsillo es de enero de 2026), con traducción de Joan Eloi Roca. Cuenta Eric Jagger en las notas finales de El último duelo que escribir este libro le llevó algo más de diez años, miles de horas de investigación, muchos viajes a Europa e incontables entrevistas con expertos. El resultado es una crónica amena, minuciosamente documentada y narrada con maestría y buen pulso. Apasionante y siempre ajustada a los archivos, testimonios y documentación históricos, la narración de Eric Jagger consigue que su ensayo supere la emoción y el suspense de cualquier obra de ficción. Destaca la delicadeza del autor a la hora de recoger los registros de la dama Marguerite, la tenacidad con la que buceó en los archivos y documentos para dilucidar la verdad de los hechos, y la humanidad con la que presenta a unos protagonistas que, pese a llevar muertos más de seis siglos, se nos antojan cercanos y vívidos.

Prescindiendo de academicismos, Jagger narra con soltura y brillantez, aclarando de forma concisa y breve el contexto histórico, los usos y costumbres, las leyes o cualquier otro concepto necesario para la buena comprensión de esta apasionante historia. Me ha gustado especialmente la vivacidad con la que presenta a los personajes y las escenas de acción, las hipótesis que plantea cuando la documentación deja un resquicio a la duda, el suspense que acompaña todo el relato, conocer cómo era un duelo a muerte sancionado por el Parlamento en la época (el silencio obligatorio de los espectadores, el ritual, la ceremonia) y que logre conmover al lector desde la no ficción. La Guerra de los Cien Años, la permeabilidad de las fronteras entre franceses e ingleses, la inseguridad en tierras normandas, traiciones y política, las vidas de Jean de Carrouges y su dama Marguerite, la subida al trono de Carlos VI… Eric Jagger va tejiendo con maestría esta historia real del siglo XIV hasta desembocar en el procedimiento legal que dio lugar al último duelo, y el enfrentamiento en justa de los dos caballeros, investido por la solemnidad, el ritual y la ceremonia religiosa.

Lectora, para disfrutar más de este magnífico ensayo, te recomiendo que empieces a leerlo sin investigar sobre los personajes, las acusaciones o el desenlace del jucio.

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La biblioteca de los siete mares, de Alexander Pechman

Acompañado por el recuerdo de su tatarabuelo, un oficial del buque británico Pandora, que partió hacia el Ártico en 1876 en busca de la expedición perdida de Franklin, Alexander Pechman comparte en este maravilloso ensayo su ruta personal a través de la literatura marítima y las historias verídicas que la sostienen. Muy centrado en los autores británicos del siglo XIX, que alumbraron las primeras novelas del mar, y de principios del XX, Pechman recorre con mucho encanto historias de piratas, de corsarios, de traficantes, de faros, de monstruos marinos, naufragios, correo transatlántico, capitanes intrépidos, motines, leyendas, misterios… William Shakespeare, Lord Byron, Jane Austen, Oscar Wilde, Robert Louis Stevenson, Edgar Allan Poe, Daniel Dafoe, Elizabeth Gaskell o Herman Melville, entre muchos otros, recogen el hilo de la Odisea y navegan con sus propias derrotas.

«Cada hogar tiene una puerta que conduce al exterior, y detrás de cada una de ellas existe una infinidad de descubrimientos que nos aguardan. Sólo tenemos que abrir bien los ojos y dejar volar nuestra imaginación, o permitir que alguno de los autores mencionados en este libro nos los abra y expanda nuestros sentidos. Al hacerlo, el mar ya no es sólo un montón de agua, sino ese lugar que vi con los ojos de un niño y que he vuelto a encontrar en muchas obras literarias antiguas, pero también en algunas nuevas.«

Alexander Pechman es un traductor y escritor vienés licenciado en Sociología, Psicología y Literatura Inglesa y Estadounidense. Ha traducido a H. P. Lovecraft, Mary Shelley, W. B. Yeats o Nathaniel Hawthorne, entre otros autores clásicos. Entre sus obras de no ficción, destacan las biografías de Herman Melville (2003) y Mary Shelley (2006), así como el anecdotario literario La biblioteca de los libros perdidos (Edhasa, 2011) o La biblioteca de los siete mares, traducida por Alejandro Pantoja para Acantilado.

Esta es una de esas lecturas que te proporciona una larguísima lista de títulos y autores para descubrir. Un libro sobre el mar, pero también sobre libros, que siempre es ameno y ligero porque no tiene voluntad de ser exhaustivo o académico sino que se muestra honesto a lo largo de todas sus páginas: un recorrido personal de Pechman por sus novelas, leyendas y autores preferidos. Me llevo más de una veintena de nuevos títulos para mi lista de deseos y el placer de descubrir a William Hope Dodgson (Valdemar tiene toda su bibliografía) o al capitán Marryat y su interpretación de la leyenda del holandés errante, así como las ganas de leer otros títulos de autores que hace tiempo que me acompañan, como Bram Stoker, Ray Bradbury o Tobias Smollett. Me ha encantado descubrir relatos marítimos y reconocer los hechos históricos que los alimentan, como el naufragio del Wager, el motín del Bounty o la historia de Alexander Selkirk, entre otras. Así como reencontrarme con novelas que me entusiasman, como Moonfleet, La posada Jamaica, La isla del tesoro, 20.000 leguas de viaje submarino o Huracán en Jamaica. Mención especial, la emoción que siempre me produce la pintura de Théodore Géricault, La balsa de la Medusa, cuando la veo en el Louvre y que aquí aparece bien documentada, o seguirle la pista a una leyenda que se reinterpreta a lo largo de los siglos como, por ejemplo, Ondina, de De la Motte, que inspiró La sirenita, de Hans Christian Andersen, que a su vez inspiró El pescador y su alma, de Oscar Wilde.

Alexander Pechman emociona y conmueve con anécdotas de marineros y escritores, de leyendas y recuerdos, con poesía y prosa, y la Odisea como el origen común de toda la literatura marítima y de aventuras occidental. Cuentos de fantasmas, los capitanes Charles y Francis Austen, Jane Austen y Persuasión, el hermano de Elizabeth Gaskell que desapareció en el mar, el anhelo de Emily Dickinson, el inicio de Frankenstein en las cartas del capitán de un barco que surca los mares helados y remotos… Pechman se pregunta si el ser humano está emparentado con el mar. No lo sabemos. Pero en el mar fue donde empezó la vida.

Lectora, un ensayo ameno, divertido, muy literario y perfecto para descubrir las mejores lecturas de tu próximo verano.

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Los náufragos del Wager, de David Grann

En septiembre de 1740, desde el puerto de Portsmouth, parte una expedición de la Royal Navy bajo la comandancia del almirante George Anson a bordo del buque insignia HSM Centurion. Junto con el resto de su escuadra naval, compuesta por los barcos de guerra HMS Gloucester, HMS Severn, HMS Pearl y HMS Wager, tenía la misión de capturar un galeón español cargado de oro y plata que seguía una ruta discreta de las Indias Occidentales a Chinas para comprar sedas y especias. Pero muy cerca del Cabo de Hornos, un huracán hace naufragar al HMS Wager frente a una desolada isla de la Patagonia. Casi diez meses después de haber sido avistado por última vez, aparecen en Brasil treinta supervivientes del Wager, a bordo de una embarcación que se cae a pedazos. Al borde de la muerte, cadavéricos, víctimas de la inanición, del escorbuto, son recibidos con admiración por su ingenio y valor. Hasta que, casi seis meses después, aparece otro bote, en la costa de Chile, con tres supervivientes en peor estado de salud, delirantes, comidos por los bichos, con un pie en la tumba Al recuperarse y volver a Inglaterra declaran, como oficiales del HMS Wager, que los náufragos que los han precedido no son héroes sino marineros amotinados, criminales sin escrúpulos, sin código de honor, que los agredieron y abandonaron en una isla para morir. ¿Quién dice la verdad? De los más de 2000 hombres que partieron en la expedición naval de George Anson, vuelven a Inglaterra menos de doscientos, en el marco de una guerra desastrosa contra los españoles que ha costado al contribuyente británico más de 43 millones de libras esterlinas. La idea imperialista de la supremacía británica en el mundo, de la exportación de su ideal de hombres ilustrados y civilizados, no resulta compatible con el comportamiento de los náufragos del Wager. El consejo de guerra contra los implicados debe dirimir si en condiciones de supervivencia tan extremas, los ingleses mantuvieron su pátina de civilización o cayeron en la barbarie.

David Grann es un escritor y periodista de investigación estadounidense autor de los ensayos Z, la ciudad perdida (2009), donde relata la expedición por el Amazonas del explorador inglés Percy Fawcett, en 1925, y Los asesinos de la luna (2017), en el que relata uno de los crímenes más siniestros de la historia de Estados Unidos —tanto, que llevó a la creación del FBI—, perpetrado contra los indios osage en la década de los años veinte del siglo pasado. Los náufragos del Wager, publicado en 2023, es un ensayo de investigación sobre el naufragio, el motín y el asesinato de los hombres del buque de guerra británico HSM Wager, en 1740; un true crime marítimo, un relato de supervivencia tan dramático y tocado por el misterio y el horror, que inspiró la literatura de aventuras de todo el siglo XIX.

Grann elabora esta apasionante investigación sobre los sucesos del naufragio del HSM Wager sumergiéndose en diarios de bitácora, correspondencia, documentos arqueológicos de los pecios, lo que queda de los registros del consejo de guerra, los periódicos de la época y los testimonios de los protagonistas. Su narración es tan apasionante, tan entretenida y vibrante, que supera el suspense y la expectación de cualquier novela pese a que la historia cuente unos hechos históricos del siglo XVIII, es decir, una historia que sabemos cómo termina. Sin embargo, el estilo del autor, el ritmo narrativo, su magnífica documentación y los fragmentos de los diarios de los protagonistas —que ponen voz y personalidad a los supervivientes— convierten Los náufragos del Wager en una apasionante novela de aventuras en la que suceden tales calamidades y gestas de supervivencia que podría tildarse de poco verosímil si no se tratase de hechos históricos de probada veracidad. Por un lado, el relato de supervivencia, por el otro, el discurso mentiroso y miserable de los amotinados para justificar cada una de sus salvajes acciones y salvarse de la horca en el caso de conseguir volver a Londres alguna vez. Y, siempre presente, la guerra, el colonialismo, la naturaleza indomable del océano y el relato heroico del almirante Anson pirateando a los españoles.

A finales del siglo XVIII, la marina británica ya era la más poderosa del mundo, lo que propició que a lo largo de todo el XIX la Commonwealth dominase las tres cuartas partes del mundo conocido, y el 90% de los puertos estratégicos fuesen de su propiedad o de sus aliados y colonias. Pero en 1740, los barcos británicos necesitaban suerte para salir de los astilleros más o menos operativos, la tecnología de navegación seguía basándose en su mayor parte en la intuición, y emprender una travesía transoceánica era tan peligroso (por la falta de seguridad en los barcos, las enfermedades, la piratería y las circunstancias meteorológicas) y suponía una tasa tan alta de mortalidad entre los marineros que el Parlamento aprobó una ley por la que se podían enrolar a la fuerza —secuestrando personas— a las tripulaciones. David Grann no solo trasmite el relato terrible de lo que ocurrió con la expedición de George Anson, el capitán Cheap o el guardiamarina precursor del credo romántico y maldito por las tormentas John Byron (abuelo de Lord Byron), sino que muestra la férrea voluntad de la nación británica por controlar el relato mundial, los mimbres del colonialismo, la manipulación judicial, las guerras económicas de la época, la esclavitud, la aventura de los exploradores o cómo la literatura de Daniel Dafoe, Robert Louis Stevenson, Jules Verne,  John Meade Falkner o Joseph Conrad, entre muchos otros, se inspiró en los diarios de bitácora reales de marinos y exploradores, además de en el relato de los supervivientes del Wager. La leyenda del HSM Wager se queda en la memoria histórica a la par del Endeavour, el Terror, el Victory o la Bounty.

Lectora, el true crime marítimo más apasionante que leerás nunca. Por cierto, todavía quedan restos del pecio del Wager frente a las costas patagónicas de la isla que lleva su nombre.

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Mis aventuras alrededor del té, de Henrietta Lovell

Siendo una niña, Henrietta Lovell se enamoró del té Darjeeling que le servía su abuela escocesa en finas tazas de porcelana cuando la visitaba durante las vacaciones de verano. De adulta, pensaba que algún día montaría su propia empresa de té, pero la vida la había llevado a Nueva York, donde se ganaba bastante bien la vida en una multinacional financiera. Cuando su padre muere tras una grave enfermedad, Lovell entiende que no debería esperar más a dedicarse a lo que de verdad le apasiona y, en 2004, pone en marcha la Rare Tea Company, una empresa que se dedica a mucho más que importar y comercializar té: recupera la magia reconfortante de preparar una buena infusión. Apasionada y aventurera, la Dama del Té viaja por todo el mundo para dejarse sorprender por las cosechas más peculiares de la Camellia sinensis, comprender a sus agricultores, defender el cultivo tradicional ajustándose a una economía justa y elaborando recetas y maridajes.

«A menudo, recurrimos al té cuando necesitamos consuelo o aliento (…). Nos da esa tranquilidad y esa compostura estoica. Seguramente sea una mezcla de té negro bien cargado, con una sedosa gota de leche para suavizar su aspereza. Buscamos algo enérgico, cálido y cariñoso, como nos gusta que sean nuestras madres. Sabemos que rara vez es cierto, pero nos gusta aferrarnos a la fantasía de que una madre, o una taza de té fuerte, pueden arreglar cualquier cosa.«

En Mis aventuras alrededor del té, Henrietta Lovell no solo cuenta sus anécdotas de viajes y trabajo al frente de la Rare Tea Company sino que también comparte recetas, consejos sobre cómo preparar los distintos tipos de té, reflexiones sobre la historia de esta infusión y sobre cómo la ha acompañado en los peores y los mejores momentos de su vida. He disfrutado especialmente de la historia de cómo Henrietta Lovell acabó siendo proveedora del mejor té del hotel Claridge de Londres, además de implementar todo un nuevo sistema de servicio para que la infusión llegase perfecta a los clientes, de cómo Robert Fortune robó arbustos de Camellia sinensis en el siglo XIX para intentar cultivarlos en Gran Bretaña, o cómo los primeros mezcladores de té fueron, en realidad, los productores de whisky escocés, entre otras maravillosas historias.

Con una prosa ágil y muy bonita, un ritmo tan enérgico como la propia autora y un tono cercano, amable y reconfortante, Henrietta Lovell nos invita a conocer un mundo de aromas, de tradición, de historia y de resiliencia. La historia del té en occidente está ligada a la historia y la cultura de Gran Bretaña: en la Segunda Guerra Mundial, con el racionamiento, los británicos se acostumbraron a tomar el té de bolsitas, de peor calidad,  y no volvieron a la hoja suelta hasta casi los años 60 del siglo XX (les costó todavía más años entender que gastar más por un té mejor no era un lujo sino cuidar de sí mismos); los pilotos de la RAF tomaban té para mantenerse alerta, los civiles para aferrarse a algo de normalidad durante los bombardeos; camiones militares se abrían entre las ruinas para servir el té; autores como J. R. R. Tolkien o A. A. Milne, hombres que habían sufrido las privaciones de las trincheras, dieron a los niños del Blitz y las cartillas de racionamiento algo con lo que soñar: esos afternoon teas maravillosos de los hobbits o de El viento entre los sauces. Lovell ha servido té en los mejores restaurantes del mundo, en festivales de música, en hoteles emblemáticos, en bases militares, en hospitales…

«Me gustaría fundar una unidad que actúe en situaciones de catástrofe, dotada de aviones y equipos especiales con los que poder estar allí, en el lugar de los hechos, repartiendo té en los lugares afectados. Té para alegrar el corazón, para que no todo esté perdido cuando todo parece perdido.«

Lectora, un libro reconfortante, curioso, aromático.

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