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La niña que iba en hipopótamo a la escuela de Yoko Ogawa

El primer vehículo en el que llevaron a Tomoko fue un lujoso cochecito de bebé regalo de su tía, el segundo, fue la bicicleta de su padre. Ahora tiene doce años, conserva el cochecito y la bicicleta, pero su padre ha muerto y su madre tiene que irse a estudiar a la ciudad, por lo que la deja al cuidado de su tía. Tomoko sabe que jamás olvidará el año que vivió en la casa de Ashiya, una enorme mansión de estilo occidental cerca del mar y las montañas, con tantas habitaciones como objetos preciosos y los restos de un zoo en el jardín. Una casa acogedora y cálida por el cariño de sus habitantes: los tíos, la abuela Rosa, la señora Yoneda, el señor Kobayashi… Pero sobretodo la prima Mina, ese ser medio feérico, liviana como un suspiro, siempre al borde de una crisis de asma, tan pálida pero tan llena de energía y de vida. Mina, su mejor amiga, su sorprendente secreto, que le enseñó los tesoros más preciados de sus cajas. Esa niña frágil e inteligente, con los bolsillos llenos de cerillas, que iba en hipopótamo a la escuela.


Tras encandilar a los lectores con La fórmula preferida del profesor Yoko Ogawa ha vuelto a retratar con innegable acierto la magia de la amistad y la infancia con esta estupenda novela, La niña que iba en hipopótamo a la escuela. Tierna, luminosa, sencilla, evocadora, la prosa de la autora dibuja con los colores más brillantes y suaves la amistad entre dos niñas que vivieron un año que fue único porque, sencillamente, estaban juntas. Especialista en construir personajes con la rotunda clarividencia de apenas dos líneas, siempre a través de la precisión de sus gestos, sus miradas, sus dones, Ogawa crea toda una galería de deliciosos protagonistas unidos por el amor, el respeto y el cariño, en donde la casa y el hipopótamo Pochiko también tienen su papel. El centro de todo es la amistad de Tomoko y Mina, envuelta en la mirada evocadora del recuerdo y fielmente trasmitida desde los ojos de una niña. Las galletas bolo, los refrescos Fressy, la final de voleibol, el chico de los miércoles, la lluvia de estrellas… Todo un universo infantil lleno de magia y ternura, con la extraordinaria Mina transformando cada instante en algo único como una singular hada de las cerillas. Sin duda, una novela para disfrutar desde su precisa escritura hasta el más pequeño detalle de su encantadora historia y sus inolvidables personajes.

Lector, abre este libro y deja de Yoko Ogawa te hechice con la pureza y la dulzura de una amistad infantil que edificó todo un mundo.

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Cuatro hermanas de Jetta Carleton

«Mi padre poseía una granja en el lado occidental del Misuri, por debajo del río, donde la meseta de Ozark desciende para unirse a la llanura». Mary Jo inicia así el relato de sus veranos en casa de sus padres, Matthew y Callie Soames, junto a sus hermanas Jessica y Leonie. Todos los años se escapan unas semanas de sus respectivas vidas para volver a la granja familiar y compartir el cariño de sus historias pasadas, el sólido núcleo que han labrado sus padres y su admiración por el florecimiento vespertino de las damas de noche. Las habitaciones de la granja todavía conservan el eco de las risas y los pasos de las cuatro hermanas: el corazón de Jessica, la tozudez de Leonie, la frescura de Mathy, la niñez de Mary Jo. La dura vida en el campo de las primeras décadas del siglo XX en Kansas, los lazos de esa comunidad, la autenticidad del paisaje y la omnipresencia de la religión hasta en los pensamientos más íntimos, marcarán los anhelos y decisiones de esta peculiar familia.

Cuatro hermanas es, por desgracia para los amantes de la buena literatura, la única novela de Jetta Carleton. Inspirada en su infancia junto a sus hermanas en la granja de Misuri de sus padres, Carleton regala al lector el cálido retrato de la familia Soames adentrándose con encantadora sencillez en la intimidad de cada uno de sus miembros. El mayor atractivo de la escritura de esta autora es su don para conseguir trasmitir un alud de sensaciones sin manierismos ni artificiosas situaciones o descripciones trufadas de tópicos románticos. A través de una narración casi cotidiana de la vida de los protagonistas y de sus pensamientos, Carleton consigue ir perfilando a cada uno de ellos con precisión y luminosidad. El lector queda prendado de ellos con esa misma naturalidad, hipnotizado por el compás tranquilo de Misuri, cautivado por el placer sencillo del helado, de la música o de las damas de noche. Siempre omnipresente, el paisaje natural de Cuatro hermanas, con sus melocotoneros, sus cerezos, sus campos de trigo y mazorcas, sus atardeceres, la frescura del río, se convierte en un poderoso protagonista que envuelve con calidez la atmosfera única de esta estupenda novela.

Resulta muy difícil reseñar un libro que gusta por sus intangibles sensaciones, tan bien trasmitidas entre sus líneas. Porque cuando se analiza la trama de Cuatro hermanas, no tiene una linealidad precisa o una acción continuada, sino que un narrador omnisciente traslada la atención de uno a otro personaje hasta convertirla en una historia coral y a la vez única. Así que al lector no le queda más remedio que reconocer que le gusta este libro, no sólo por su calidad, sus personajes o su historia, sino también por su cálida compañía.

Lector, siéntate un ratito en el porche de la granja de los Soames, déjate envolver por el paisaje amable del Misuri del siglo pasado, y tendrás la suerte de ver aparecer a Jessica, Leonie, Mathy y Mary Jo corriendo como náyades en busca de la frescura del río.

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Cuatro Hermanas
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L’auberge. Un hostal en los Pirineos de Julia Stagg

 

El pequeño pueblo de Fogas, al pie de los Pirineos franceses, guarda pocas sorpresas para sus escasos habitantes. Hasta que Lorna y Paul Webster, un joven matrimonio inglés, deciden comprar el único albergue y restaurante del lugar para poner en marcha el negocio. Ilusionados, aunque con cierto vértigo por haber dejado todo lo que conocían en Manchester (casa, trabajo, amigos), los Webster se ponen manos a la obra para restaurar la hermosa casona y abrir cuanto antes. Pero en Fogas no lo tienen tan claro con sus recién llegados vecinos. Algunos creen que poner de nuevo en marcha el albergue y el restaurante beneficiará al pueblo con más turismo e ingresos, pero otros, con el alcalde a la cabeza, piensan que será la ruina más absoluta si consienten en que unos ingleses, con su espantosa manera de cocinar, reabran el único restaurante del pueblo. La guerra entre unos y otros solo acaba de empezar.
L’auberge. Un hostal en los Pirineos es una deliciosa novela que se degusta en un suspiro. Divertida, amena, simpática y salpicada de ternura, esta historia reconforta por su sencillez humana y su alegre sátira de la burocracia, los prejuicios y los tópicos. Julia Stagg sabe huir muy bien de las típicas descripciones románticas que los ingleses suelen idealizar sobre el paisaje, la cocina y el carácter francés (además de la Toscana italiana) y se centra en crear un tira y afloja de personajes tan bien construidos como interesantes. Por estas páginas se mueven con desenvuelta gracia una niña que sueña con ser acróbata y detesta el colegio, un gato llamado tomate, un fantasma gruñón, una devota feligresa con inquietudes socialistas, un toro llamado Sarkozy con tendencias escapistas, una granjera carbonizadora de comidas… Y una decena más de los extraordinarios y apasionados vecinos de Fogas. Lo más curioso de todo es que Julia Stagg es una autora inglesa que en la actualidad vive en los Pirineos franceses y regenta un pequeño auberge…¡donde también cocina para sus huéspedes! Cuánto de su estupenda primera novela estará basado en hechos y personas reales es una duda con la que el lector habrá de conformarse.
Lector, ten cuidado con las goteras, el escape de la caldera, los roedores okupas y la escayola de los techos pero pasa a l’auberge y ponte cómodo. Ya verás como los habitantes de Fogas acaban convenciéndote de que te quedes un ratito más.
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La fórmula preferida del profesor de Yoko Ogawa

La primera vez que la nueva asistenta llegó a la casa del profesor, él le recibió con un amable «¿qué número de pie calzas?» Cuando ella contestó que un 28, el profesor encontró la belleza de un factorial muy resuelto, porque para aquel anciano genio de las matemáticas, la única verdad puramente perfecta estaba en los números. En su juventud, el profesor había sufrido un grave accidente de tráfico que lo había condenado a una memoria de tan sólo 80 minutos y truncado su carrera. Anclado en el pasado, incapaz de recordar nada más allá del día del accidente, el profesor sobrevive solucionando concursos matemáticos de las revistas especializadas en un pabellón de la casa de su cuñada. Sólo la llegada de la nueva asistenta y su hijo de diez años cambiará cada día su presente para llenarlo de matices y compañía. A cambio, el profesor les obsequiará con su mayor tesoro: el amor por los números, la sencillez extraordinaria de las fórmulas copiadas a hurtadillas del cuaderno de Dios.

La fórmula preferida del profesor es la historia de una amistad cautivadora entre un profesor de matemáticas, una joven asistenta y su hijo de diez años. Evitando utilizar nombres propios, Yoko Ogawa dota a sus personajes protagonistas de un alma bien definida, nítida y brillante, para enlazarlos entre si de manera irremediable por el resto de sus vidas. Y aunque el profesor, por su memoria dañada, queda relativamente intacto de esa amistad, excepto por las nuevas notas en su americana, su presente inmediato queda para siempre iluminado con la posibilidad de compartir sus matemáticas. Con diálogos ágiles y sencillos, párrafos cautivadores y frases sensacionalmente diáfanas, la autora consigue trasmitir con una cierta ternura, seguramente no pretendida, imágenes con textura propia alrededor de unos personajes en continuo aprendizaje. La delicada caída de los pétalos de los cerezos, la lluvia colándose por la ventana para mojar los pies del profesor o el suave baile de los pensamientos de la asistenta, contribuyen a hipnotizar al lector con la sutil trama de esta singular historia.Lector, aquí tienes una original historia sobre fragilidad, ternura, amistad y la fórmula más hermosa de Euler.

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La primera agencia de mujeres detectives de Alexander McCall Smith

Cuando el padre de Precious Ramotswe muere dejándole una pequeña herencia y el deseo de que abra su propio negocio, ella no lo duda ni un instante: ha llegado el momento de que Botswana tenga su primera agencia de detectivas. Perspicaz, inteligente e intuitiva, Mma Ramotswe sabe que solucionar misterios es una buena manera de ganarse la vida puesto que solucionar los problemas de los demás ante una buena taza de té de rooibos siempre ha estado en su naturaleza. Con su furgoneta blanca, su sencilla oficina y sus métodos particulares, pronto se convierte en una singular detective capaz de desenmascarar a los más expertos farsantes sin perder jamás su sonrisa y un innato optimista sentido de la justicia.

La primera agencia de mujeres detectives es, sin duda, un soplo de aire fresco en su género. No sólo porque está ambientada en Botswana y su narración capitular de casos sólo puede entenderse en ese contexto social y geográfico sino, sobretodo, por su singular protagonista, la extraordinaria Mma Ramotswe. Alexander McCall regala a la literatura un personaje carismático y entrañable que llega al lector con facilidad desde las primeras páginas del libro por su encanto, su frescura y ese toque casi cotidiano de los principiantes. Pero Precious Ramotswe es cualquier cosa menos común, porque detrás de sus calabazas, su amor por África y por el té, y el recuerdo único de un padre extraordinario, es valiente, imaginativa, entregada, generosa y leal. Con una narración contundente y una prosa más activa que descriptiva en tercera persona, McCall conjuga con sencilla eficacia el pasado y la vida de su protagonista con la resolución de sus casos en el presente. Se trata de novela absorbente que abre una puerta, optimista y amable, a un mundo muy ajeno al lector europeo de novelas de misterio.

Lector, no pierdas la oportunidad de tomarte una buena taza de té con Mma Ramotswe, no te arrepentirás de haberla conocido.

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