En el verano de 1920, el joven Tom Birkin acepta el encargo de restaurar las pinturas murales de la iglesia de Oxgodby, un pequeño pueblo en Yorkshire. Tom sabe que tuvo mucha suerte de volver a casa tras haber estado destinado en el continente, en las trincheras, durante la Primera Guerra Mundial, aunque padezca secuelas postraumáticas y haya sido abandonado por su esposa. A medida que avanzan las semanas, el joven restaurador se ve absorbido por el interés de su trabajo, traba amistad con el excéntrico paleontólogo que ha sido contratado por la parroquia para localizar una tumba y se deja querer por los amables, aunque algo taciturnos, vecinos de Oxgodby. Durmiendo a medio camino del cielo y la tierra, acunado por las bondades de la campiña inglesa y sus gentes, Tom empieza a sospechar que tras la guerra, el horror y la pérdida, todavía queda algo de belleza en el mundo.
«Y entonces, gracias a Dios, la primera mañana, los primeros minutos de la primera mañana, sentí que aquella extraña comarca del norte era amistosa, que había pasado página y que aquel verano de 1920, que se iría consumiendo hasta que cayeran las primeras hojas, sería una estación propicia, un tiempo bienaventurado.«

Joseph Lloyd Carr (1912 – 1994) fue un novelista, maestro de lengua y editor inglés nacido en Yorkshire. Viajero incansable, alternó la docencia con la escritura de diccionarios, libros de lengua para niños y novelas, alguna de las cuales publicó a través de su propia editorial, The Quince Tree Press. Sus dos libros de ficción más célebres quizás sean A Day in Summer (1963) y Un mes en el campo (1980), este último ganador del premio de narrativa de The Guardian y nominado al Booker. Un mes en el campo fue llevada al cine en 1986, con Colin Firth y Kenneth Branagh como protagonistas.
Un mes en el campo es una de las novelas más queridas por los lectores ingleses. Es fácil entender por qué. Sin duda, se queda como mi lectura más bonita de este año. Con una prosa precisa y luminosa, J. L. Carr vuelve a sus veranos de infancia en Yorkshire para rememorar el estío perfecto: la quietud, la cosecha, la belleza, la luz, la amistad de la gente norteña de la campiña… La historia destaca por su luminosidad y belleza, por convertirse en consuelo y refugio de un protagonista tocado por el horror bélico, y por la autenticidad que desprenden sus emociones (Carr no solo pasó su infancia en Yorkshire, sino que además trabajó en la estación del ferrocarril, como uno de los personajes, y estuvo en la RAF durante la Segunda Guerra Mundial). Cuenta el autor en el prólogo que su intención inicial al escribir esta novela era narrar un idilio campestre, un poco al estilo de Thomas Hardy, aunque acabó por volverse a enamorar de todas las cosas buenas de sus vacaciones en el campo. Lejos de sentimentalismos forzados o melodramas, Un mes en el campo resulta una novela conmovedora, delicada y acogedora.
Lectora, ideal para quedarse a vivir todo el verano entre estas páginas.
También te gustará: La excavación; Las cuatro Gracias; Villa Vitoria; Amberwell; Lejos del mundanal ruido; Perdición; Trilogía de Candleford; Heatherley;
Hola Mónica,
Me has puesto los dientes largos con «Un mes en el campo»: ni conocía la novela ni al autor pero con lo que has dicho de ella ya me veo yendo a las librerías a buscarla. Además, estoy pensando que también puede ser un gran regalo para una amiga a la que le encantan los libros que se recrean con la vida en la Naturaleza.
Muchas gracias por tu recomendación ;)
Un abrazo,
Teresa