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Seguro de amor, de Earl Derr Biggers
Lord Harrowby viaja de su Londres natal a Nueva York para casarse con su prometida, Cynthia Meyrick, la hija de un acaudalado americano de Detroit. Las malas lenguas dicen que la familia Meyrick va a la caza de su título nobiliario y que el Lord necesita la liquidez de su suegro. Pero el joven Harrowby siente una ansiedad inexplicable que le lleva hasta las oficinas neoyorkinas de Lloyd’s para asegurar su inminente boda con una póliza de 75.000 dólares americanos: si no se casa en el plazo de una semana con su adorada Cynthia, la compañía de seguros deberá indemnizarle por esa cifra, siempre que él no sea responsable de la causa de la anulación de la boda. Los agentes de Lloyd’s, que están acostumbrados a seguros de lo más variopinto, aceptan la póliza del Lord inglés con la condición de que uno de sus mejores empleados, Richard Minot, acompañe al feliz novio para asegurarse de que nada tuerce sus planes de boda con la hija del millonario. El problema del honrado señor Minot es que cae rendidamente enamorado de Cynthia Meyrick segundos después de conocerla.
«La luna fría añadía su brillo al de la plaza ya brillante; el viento invernal suspiraba a través de los árboles pelados del parque: Nueva York parecía una ciudad de ensueño. De pronto, el taxista de Minot apareció inquieto delante de él.
-Oiga, no irá usted a pegarle un tiro a nadie, ¿verdad? -le preguntó.
-No, que va; no se preocupe por eso.
-Si no es que esté preocupado. Pero he pensado que, si lo iba a hacer usted, me convenía quitar el número de matrícula.
¡Ah, sí! ¡Nueva York, ciudad de bellos ensueños!«

Earl Derr Biggers (Ohio, 1884 – California, 1933) fue reportero, crítico teatral y escritor. Varias de sus novelas fueron adaptadas al teatro y estrenadas en Broadway, como Seguro de amor que, además, fue llevada a la pantalla grande con el título de One night in the Tropics. Los lectores que disfruten de las películas de la primera mitad del siglo XX dirigidas por Billy Wilder, Ernst Lubitsch o Howard Hawks encontraran en Seguro de amor una comedia de enredo con el mismo ingenio encantador de La fiera de mi niña, Sabrina o El bazar de las sorpresas, entre otras.
Los que pasáis a menudo por Serendipia sabéis de mi debilidad por el humor inglés, pero cuando se trata de la primera mitad del siglo pasado también merece la pena leer buenas novelas de humor americano, de esas que Alba Editorial, en la colección rara avis, sabe seleccionar con tanto acierto. Seguro de amor (1914), al igual que Los millones de Brewster, es una comedia de enredo con un encantador aire de principios del siglo XX. Por sus páginas circulan ladrones de guante blanco, reporteros honrados en busca de un trabajo, un escritor que se gana la vida vendiendo frases ingeniosas a la alta sociedad, un publicista enloquecido y un juego completo de falsos y verdaderos Lords ingleses. Los protagonistas, Minot, Harrowby y la hermosa Cynthia, se mueven con soltura en el idílico paisaje tropical de San Marco, dispuestos a enamorarse (si les dejan). Diálogos con mucha chispa, situaciones rocambolescas, prosa con gran sentido del humor y un crescendo de la tensión cómica y romántica que encuentra un desenlace de traca final.
Lector, te encantará si siempre recuerdas Con faldas y a lo loco con una gran sonrisa.Tuve noticia de esta edición cuando la encantadora Miss Hurst, de Las Inquilinas de Netherfield, me dijo «mira qué buena pinta tiene lo nuevo de rara avis«. Tenías toda la razón, querida, gracias :-)
También te gustará: Los millones de Brewster; La increíble boda de Gilbert y Moira; El tiro por la culata; Luna de verano; Los caballeros las prefieren rubias
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Jane Eyre, de Charlotte Brontë
En casa de los Reed todos maltratan y odian a la pequeña Jane Eyre, una niña huérfana a la que su tío prometió proteger y criar como hija propia. Vejada, acosada sin descanso, Jane estalla en rebeldía ante el injusto trato que recibe de su tía y sus primos, precipitando su ingreso en el internado de Lowood, un lugar terrorífico e insano en donde su deleznable director condena a las niñas al borde de la inanición y a la enfermedad por culpa de su tacañería. Aunque Jane encontrará en Lowood espíritus afines y personas cariñosas, justas y de elevados principios (como la señorita Temple), y aprenderá lo que es la amistad y sentirse querida por vez primera, su espíritu combativo y rebelde no hallará descanso. Ya de adulta, convertida en profesora de Lowood, sigue sintiendo la inquietud y el deseo de explorar más allá de sus muros, de encontrar su propio camino, de no conformarse con su destino. Y así va a parar a la misteriosa mansión de Thornfield, con las encantadoras Adele y señora Fairfax, con la inquietante señora Poole, con su tercer piso encantado y con el terrorífico y desconcertante humor del intimidante señor Rochester.
«—No hay nada que me ponga más triste que una niña mala —me dijo—. ¿Sabes dónde van a parar las niñas malas cuando mueren?
—Al infierno —fue mi inmediata y ortodoxa respuesta.
(…)
—¿Y qué debes hacer para evitarlo?
Me lo pensé un momento, la respuesta que se me ocurrió era un pelín discutible.
—Conservar la salud y no morirme.«

Poco se puede comentar sobre Jane Eyre y Charlotte Brontë que no se haya dicho ya cien veces antes. Un clásico de la literatura británica, que mi edición (labutxaca, 2010) enmarca dentro de la novela gótica, pero que otros críticos señalan como romántica y precursora del feminismo. Sin duda es este último punto, el despunte feminista de su singular protagonista, el que hizo tan popular y polémica Jane Eyre en 1847, año de su publicación.
«En general se supone que las mujeres son muy quietas: pero las mujeres tienen los mismos sentimientos que los hombres: les hace tanta falta ejercitar las facultades y tener un campo para el esfuerzo como a sus hermanos; las restricciones muy rígidas y el estancamiento absoluto les hace sufrir tanto como a los hombres y sus privilegiados compañeros de especie son muy egoístas cuando afirman que las mujeres deben limitarse a hacer pasteles, tejer, tocar el piano y bordar bolsitas. Es mezquino criticarlas o mofarse si desean hacer más cosas o aprender más cosas que las que la tradición ha considerado necesarias para su sexo.«
Jane Eyre tiene características de novela gótica (como el terror en Lowood o el misterio del tercer piso de Thornfield), pero también tintes romanticistas y apasionados, y tampoco está falta de una inteligente crítica social (las condiciones de los orfanatos y las escuelas internas de la época, o el encorsetamiento de las mujeres jóvenes sin dinero). Pero Jane Eyre es sobre todo su protagonista: indomable, valiente, honorable, inasequible al desaliento o a las dificultades, rebelde ante la injusticia, inconformista siempre con el destino que la sociedad le tiene reservado a las jóvenes solteras sin fortuna. Jane es un personaje único en la literatura, por su feminismo antes de que existiese el feminismo, pero también por su fuerza arrolladora y su inquietud constante.
He disfrutado mucho volviendo a leer Jane Eyre, esta vez en la buena compañía de mis compañeras de Somos Alianza, y ha sido estupendo volverme a encontrar con la singular Jane, con el señor Rochester y con el odioso Saint John. Sin embargo, me han desagradado los tintes profundamente religiosos que adquiere la novela hacia el final (me decía Teresa que no olvidase que Charlotte Brontë era hija de un sacerdote) cuando en su principio (tampoco la historia ni el carácter de su protagonista) no lo era más que por los convencionalismos de la época. Este apunte al margen, unido a alguna coincidencia molesta, no es ninguna excusa para recomendar a los lectores que se acerquen sin miedo a este clásico inglés. Aunque mi favorita sigue siendo Emily, y su apasionada Cumbres borrascosas, es necesario conocer al personaje más singular de Charlotte, su increíble Jane Eyre.
Lector, no importa lo mucho que hayas leído respecto a esta novela, te mantendrá en vilo hasta el final.
Nota: ¿Me preguntáis porque me gusta más Cumbres borrascosas que Jane Eyre? Si resumo mucho mis argumentos puedo explicarlo así: Jane Eyre dice «Creo que le amaré mientras respire«; Heathcliff sabe que amará a Katherine incluso después de que deje de respirar, por toda la Eternidad.
Tres reinas crueles, de Isaac Belmar
Gabriel ha perdido su vida en una partida de cartas por culpa de tres reinas crueles. Quizás porque ya no le queda nada, quizás porque desea la aventura de los viejos tiempos —aquellos en los que el camino estaba lleno de poetas y compañeros de viaje—, rescata sus antiguos mapas y emprende rumbo al norte con un misterioso destino. Como los hombres buenos, que tienen las manos heridas por haber hecho cosas buenas y terribles, Gabriel marca en sus mapas el encuentro con monstruos, el final de la niebla, el oasis en donde se pierde todo deseo, el abismo irresistible de una musa indomable, la persecución de un hombre borroso, la traición de un amigo o el asilo de una madre. Pero el destino de un hombre sin vida sigue siendo inédito, allá en el norte, entre la niebla.
«La locura siempre está buscando a alguien. Cuando Gabriel atravesaba caminos solitarios, el único allí era él, así que no había otro al que la locura pudiera elegir. Hablaba en voz alta, pensaba cosas extrañas y llegaba a conclusiones peores. Cuando pasaba por ciudades, la insania encontraba a otros a los que tocar y los locos parecían los demás, así que pronto le entraban ganas de salir de allí.«

Tres reinas crueles comienza con un planteamiento genuinamente romántico: un hombre que deja atrás su propia vida para andar el camino, rumbo al norte. Pero, como señala uno de los personajes, «ahora solo hay destinos, el camino entre ellos ha dejado de importar«. Y pese al desengaño, pese a Kerouac —o por su culpa—, Gabriel se empeña en hacer el camino aunque precise de sus propios mapas para recuperar parte de la esencia de antaño, aunque sepa que está condenado a la soledad más absoluta si quiere seguir hasta su destino en el norte. Una historia sobre la vida y la muerte pero, por encima de todo, sobre cómo se vive y se muere.
Me ha gustado especialmente ese romanticismo de Isaac Belmar, que arranca con fuerza y sigue presente a lo largo de toda la historia, a veces en forma de paisaje, de climatología, de musa terrible, de ancestros perseguidos o de anhelo atormentador. También me ha gustado esa gramática sorprendente en las construcciones, ese léxico sencillo y contundente para plantear cuestiones complicadas (como Kafka), esos tiempos verbales cambiantes porque las frases de Belmar se pasean por lo que ha sido, lo que será, lo que es y lo que quizás podría haber sido; y todo aderezado con unas pizcas fantásticas de humor (a menudo negro) como cuando el protagonista lo ha perdido todo, incluso la vida, y aún así se empeña en seguir reciclando.
No voy a hablar de los personajes ni de quién persigue al protagonista porque debe ser el lector quien los vaya descubriendo, página a página, puesto que el descubrimiento y el misterio son parte importante de Tres reinas crueles. En este sentido os confieso que estuve toda la historia elaborando teorías sobre quién era Gabriel y… no acerté, no soy buena detective.
Lector, para explorar caminos diferentes. No importa si no llevas brújula, Isaac Belmar ofrece una fabulosa derrota.
Blog del autor: Hoja en blanco
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Humor fantasmal, de Jerome, Poe, Saki, Harte, Doyle, Le Fanu, Benson, Twain, Kipling y Stockton
«(…) recopilaríamos cuentos cómicos de fantasmas escritos por autores clásicos que, o no acostumbraban a escribir cuentos de fantasmas, o que cuando lo hubieran hecho no fueran cómicos (los cuentos, no los autores, que bien podrían haberlos escrito disfrazados de mona aulladora si les placiere). «Eso no es precisamente un prodigio de originalidad», me dijo esa vocecita interior que suele aparecer cuando la vocecita exterior se engaña a sí misma de un modo tan palmario. «Vale», replicó mi vocecita exterior, «pues entonces le pondremos al libro una cubierta de color violáceo» (…).«
Así reflexionaban los editores y el traductor de esta recopilación de cuentos cómicos de fantasmas, y ese es el espíritu —perdone el lector por el chiste fácil— que les animó con la presente y divertidísima edición. Diez relatos de espectros con mucho sentido del humor de diez autores destacados de la literatura de los siglos XIX y XX: Jerome K. Jerome, Edgard Allan Poe, Francis Bert Harte, Saki, Arthur Conan Doyle, Joseph Sheridan Le Fanu, E.F. Benson, Mark Twain, Rudyard Kipling y Frank Richard Stockton.

Una reflexión sobre los tópicos fantasmales ingleses; un nuevo rico quejoso porque su castillo recién adquirido no tiene fantasma propio y debe poner un anuncio para encontrarlo; un caballero eduardiano que muere atropellado justo cuando se dirigía a una sesión de espiritismo y decide acudir igualmente; o los problemas del fantasma del gigante de Cardiff son algunas de las peculiares historias que deleitan al lector en las páginas de este libro.
«Nuestras experiencias con los espectros son todas muy parecidas. No es culpa nuestra, es de los propios fantasmas, que nunca proponen nada nuevo y se mantienen firmes en sus viejas costumbres.«
Me lo he pasado en grande con estos relatos humorísticos sobre apariciones sobrenaturales y las personas vivas que tuvieron que sufrirlas; los recomiendo muchísimo para cualquier ocasión pero sobre todo para los lectores que necesiten un descanso en sus costumbres novelísticas y quieran hacerlo con el mejor estilo anglosajón. Entre mis favoritos, la introducción de Jerome K. Jerome, los maliciosos personajes de Saki y el divertidísimo cuento con ectoplasma y fuegos artificiales de E.F. Benson.
Lector, para leer al anochecer junto a la chimenea o cuando y donde sea. Asómate a este humor fantasmal y dime qué relato es tu preferido.
Damas en bicicleta, de F.J. Erskine
En 1897, F. J. Erskine, una dama ciclista británica, publicó este simpatiquísimo y útil manual para todas las contemporáneas que desearan seguir sus pasos sobre el sillín y las dos ruedas con elegancia y deportividad. Cuando a mediados del siglo XIX la reina Victoria se compró dos bicicletas, las señoras y señoritas inglesas captaron el mensaje implícito: el ciclismo femenino dejaba de ser inmoral o excéntrico para convertirse en una actividad física aconsejable y de buen tono. Erskine detalla en este encantador libro todo lo necesario para ser ciclista victoriana y no morir en el intento; desde los consejos sobre ropa y alimentación, pasando por las reglas de urbanidad sobre ruedas, así como la importancia de los frenos o la elección de la bici, hasta advertencias tan útiles como no ir sin manos por la ciudad o evitar Londres para ahorrarse las vulgares groserías de los viandantes de la City.
«A la hora de andar en bicicleta por la ciudad, lo más inteligente, por último, es no darse mucho tono, yendo si manos, por ejemplo, o intentando hacer piruetas y otros truquillos baratos. Se da por hecho que cualquiera puede andar sin manos en los lugares menos peligrosos, pero pavonearse con excentricidades en un lugar atestado de gentes y vehículos no solo es peligroso: denota, además, una suprema falta de buen gusto.«

Impedimenta es una de mis editoriales preferidas por ese toque estupendo de buen humor británico del que hacen gala buena parte de sus libros. Enterrado en vida, de Arnold Bennett, las aventuras de Gervase Fen, el personaje de Edmund Crispin, La hija de Robert Poste, de Stella Gibbons, o la saga de Mapp y Lucía, de E. F. Benson son títulos de Impedimenta a los que siempre recurro cuando necesito una lectura agradable, divertida y de excelente factura. Damas en bicicleta, aunque no es una novela (como las que he mencionado antes), tiene justo ese sentido del humor tan inglés, tan excéntrico, tan decimonónico y pintoresco que os he comentado. Un manual para damas victorianas que se sienten modernas y deportivas sobre dos ruedas pero que necesitan todo tipo de consejos sobre la ropa adecuada para ir en bici, cómo montar sin parecer un pato, cómo evitar a los dichosos peatones indecisos londinenses, y mil truquillos y observaciones más al respecto del novedoso deporte del ciclismo. La clave es la gracia con la que Erskine escribe y recomienda, lo divertidas que pueden parecernos sus observaciones a los lectores del siglo XXI (atención a los parámetros sobre el decoro o el buen gusto) y el tono desenfadado y simpático de todo el libro (que mucho le debe a la excelente traducción del inglés del escritor José C. Vales).
«Esa moda espantosa de sentarse en la bicicleta, con el sillín bajo, e impulsarse a zapatillazos en el suelo con una de las piernas hasta que se coge carrerilla, debe descartarse totalmente, al menos para aquellas damas que pretendan ser unas buenas ciclistas. Hacer eso no solo es feo, sino además muy peligroso.«
Lector, yo quiero otro libro de la señorita Erskine (un manual para tomar el té en sociedad, a ser posible).
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