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Kathleen, de Christopher Morley
En la Universidad de Oxford, el grupo literario de Los Escorpiones está a punto de celebrar su reunión semanal. En esta tarde lluviosa, el anfitrión es el joven estudiante Kenneth Forbes. Todo está dispuesto: manjares, licores, chimenea encendida… y el primer capítulo terminado de la obra que han acordado escribir por turnos. Una vez reunidos, y convenientemente satisfechos y calentitos, Forbes les lee su contribución al inicio de la historia pero lo más curioso es de dónde ha surgido la misma: de una carta abandonada en una librería, escrita por una tal Kathleen para Joe. La imaginación de los chicos se dispara especulando sobre la belleza y gracia de Kathleen e inventan todos los males para el desdichado de Joe, a quien están seguros de desbancar en cuanto les sea posible. Eso sí, pese a que el enamoramiento de la hermosa y gentil Kathleen ha hecho presa en los cinco amigos de Los Escorpiones, el pacto entre caballeros es solemne: no podrán intentar conquistarla hasta que termine el semestre. La carrera por conseguir el corazón de la, supuesta bella y graciosa, joven va a resultar un hilarante disparate.
«El juego, que empezó como una mera broma, había adquirido algo de romántica seriedad: no había ni uno solo de estos jóvenes que no viera en Kathleen su propio ideal de joven esbelta y de mejillas radiantes. Y cuando el tren llegó a Wolverhampton, bajaron de su vagón de fumadores con grandes expectativas.«

Aunque Christopher Morley (1890-1957) nació en Pensilvania y aseguraba que sus dos escritores preferidos eran Mark Twain y Walt Whitman, los críticos coindicen en otorgarle un humor y una sofisticación puramente británicas; no en vano Morley estudió en la Universidad de Oxford y se declaraba totalmente rendido admirador de William Shakespeare y del Arthur Conan Doyle de Sherlock Holmes. Quizás fue durante sus años de estudiante de Oxford cuando ideó la divertidísima Kathleen, una comedia que publicó por vez primera en 1913 y que bien podría ser una genial película de enredo de la época de cine mudo.
El encantador autor de La librería ambulante y La librería encantada cambia los libros por los escritores y su alocada imaginación —Los Escorpiones no deja de ser un grupo de estudiantes heridos de amor por la poesía de la literatura— y da rienda suelta a la sonrisa del lector con una comedia de enredo sobre cinco chicos intentado conquistar a la misma joven. Las páginas finales son el apoteosis del lío, pero de principio a fin se disfruta del ambiente estudiantil del Oxford de principios del siglo XX y del ingenio e ingenuidad de sus protagonistas.
Lector, para pasar un rato divertido y encantador en el fabuloso ambiente estudiantil del Oxford de la primera década del siglo XX.
También te gustará: La juguetería errante; Trabajos de amor ensangrentados; La librería ambulante; La librería encantada; Pero… ¿quién mató a Harry?; Los millones de Brewster; Seguro de amor
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Etiquetado encanto libresco, feelgood, humor literario, Novelas adorables
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Shakespeare en Kabul, de Stephen Landrigan y Quais Akbar Omar
Stephen Landrigan viajó a Afganistán en 2001 para echar una mano en diferentes proyectos culturales del país tras la caída del régimen talibán. Se hallaba en Kabul, celebrando los festejos del Naw Ruz cuando surgió la idea de devolverle a la ciudad la vida teatral y los escenarios. Con la ayuda de Quais Akbar Omar, el hijo de una adinerada familia de fabricantes de alfombras rebelde a la tiranía recién desaparecida y licenciado en periodismo, y la actriz parisina Corinne Jaber, Landrigan invita a diversos colaboradores europeos y locales a organizar una gira teatral.
En 2005 se representa en Kabul por primera vez en la historia Trabajos de amor perdidos de William Shakespeare. Era la primera vez en 30 años que hombres y mujeres subían juntos a un escenario. Apenas hacía cuatro años que había sido derogado el gobierno de los talibanes, que no solo prohibía cualquier tipo de manifestación cultural en público, sino que además había relegado al género femenino —bajo pena de muerte— a poco más que objetos, propiedades de un padre o un marido. Esta es la historia de cómo se consiguió.
«En ese mi primer contacto con Trabajos de amor perdidos, mi primera reacción fue de consternación. ¿Cómo podría funcionar en darí el enrevesado juego de palabras isabelino del texto, cuando a duras penas tenía sentido para mí, un inglés nativo? Su humor era tan sutil que probablemente solo hiciese gracia a los filólogos ingleses.»

Cuando surge la idea de devolverle a Kabul su cartelera de estrenos teatrales los obstáculos son abrumadores. No hay actores ni actrices profesionales porque, o bien murieron en los incontables años de guerras entre caudillos y facciones rivales, o en la ocupación rusa, o hace años que emigraron debido a la prohibición del régimen talibán sobre el teatro, el cine, o cualquier otro tipo de manifestación cultural. Tampoco hay obras afganas inteligibles o en darí actual, es decir, escritas en las últimas décadas, por la misma razón. La producción literaria de cualquier tipo ha sido perseguida y extinguida por los talibanes. Y además, la sociedad de Kabul, aunque con ansias de libertad, todavía tiene que acostumbrarse a ver a hombres y mujeres trabajando y divirtiéndose juntos.
Landrigan, Omar y Corinne se dan cuenta de que necesitan una obra capaz de emocionar a los afganos pero saben que no pueden recurrir a obras o autores locales porque no existen o están a siglos luz de poder conectar con un público que ha sufrido años de guerras y privaciones brutales. Para su sorpresa, descubren que es un autor occidental el único capaz de cumplir todos los requisitos: William Shakespeare. Conversando en un hermoso jardín —escenario de sus ensayos— con los actores y actrices aficionados y voluntarios, los directores teatrales se dan cuenta de que, por ejemplo, en Enrique V los actores pueden aportar su experiencia personal vital y bélica (se sienten identificados con el asedio de Agincourt); en las lecturas de Ricardo II o Macbeth, los afganos han vivido en carne propia y durante años las guerras entre caudillos, los asesinatos por la lucha de poderes y facciones, el dolor de las viudas y los huérfanos, los gobiernos corruptos… Medida por medida y La fierecilla domada no tenían gracia en un país en el que las mujeres habían sido maltratadas pero…
«Se hizo evidente un hecho extraordinario: el espíritu de Shakespeare, propio de su época, era en muchos aspectos más cercano a la situación actual en Afganistán que a nosotros, los occidentales. Esto nos reafirmó en la idea de encontrar una obra que conectase con los actores y, a través de ellos, con el público afgano.«
Pasando por la pesadilla de la traducción al parsi de los versos isabelinos, eliminando las referencias a la mitología greco-romana (incomprensible para los afganos) y adaptando los juegos de palabras a la época y situación, por primera vez se estrenó en Kabul Trabajos de amor perdidos. Y tuvo tanto éxito que la obra estuvo de gira por el resto del país. Con mucho sentido del humor y un sorprendente análisis cultural, social e histórico de la situación afgana a principios del siglo XXI, Landrigan y Omar recogen en este ensayo la gran aventura que supuso devolver el teatro a las calles de Kabul.
Lector, una experiencia real y optimista, aunque también conmovedora por el terrible testimonio del sufrimiento de la población afgana durante tantos años de conflictos armados y represión.
Nota: merece especial mención el hermoso homenaje que se le rinde a William Shakespeare, universal y atemporal como los sentimientos humanos, capaz de emocionar en cualquier lugar del mundo, tras tanto sufrimiento y muerte. «¿Existe en el mundo algún autor capaz de enseñar la belleza como los ojos de una mujer?»
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Mujeres excelentes, de Barbara Pym
Mildred Lathbury, hija de un párroco, y mujer soltera e independiente de más de treinta años, vive sola y feliz en un pequeño apartamento de un sencillo barrio de Londres. Trabaja a media jornada asistiendo a señoras necesitadas y el resto de su tiempo lo ocupa en viajar con su amiga Dora, echar una mano en la parroquia del padre Julian Mallory y sorprenderse por la cantidad de pequeñas cosas que son pertinentes para la huérfana de un párroco. Corre la década de los años cincuenta y Londres todavía ostenta las profundas cicatrices de la II Guerra Mundial, aunque el ejército ya ha sido desmovilizado y los oficiales vuelven a casa; como el oficial de la armada destinado a Italia Rockingham Napier, que se convierte en vecino con baño compartido de la excelente Mildred. La esposa de Napier, Helena, es una antropóloga, desastrosa para las labores del hogar, que no tiene reparos en contarle algunas intimidades a la señorita Lathbury. La llegada del matrimonio Napier trastoca el mundo de Mildred, desequilibra su paz y le ocasiona inesperados trastornos emocionales, pero también sociales. Quizás le ha llegado la hora de ampliar sus horizontes parroquiales, aunque todavía no está segura de que su destino sea seguir soltera.
«—¿Pensaría en casarse con una mujer excelente? —pregunté, asombrada—. Precisamente son las que no se casan.
—Supongo que no estará insinuando que son para las otras cosas, ¿verdad? —dijo sonriendo.
—Son las que se quedan solteras —contesté—, y con eso me refiero a un estado más positivo que negativo.
—Pobrecillas, ¿entonces no se les permite tener sentimientos normales?
—Oh, sí, pero no pueden hacer nada con ellos.«

Barbara Pym (1913-1980) está considerada, junto a Elizabeth Taylor, como una de las escritoras británicas más importantes de la segunda mitad del siglo XX. Mujeres excelentes es una de las mejores novelas de la autora, no solo por el encanto con el que retrata los gestos más cotidianos —¿no es ahí donde se esconden los mayores sentimientos?— de sus carismáticos personajes sino por la sutilidad de la ironía y el sentido del humor con el que le da voz a Mildred Lathbury y reflexiona sobre los convencionalismos sentimentales de su época.
Las mujeres excelentes siempre tienen una tetera en la mano en las ocasiones que lo requieren, saben qué decir y cómo intervenir sin parecer metomentodos, son inteligentes y prácticas, saben cocinar y vestir con corrección, nunca se pierden, ni siquiera cuando son turistas en una abadía católica… Pero las mujeres excelentes nunca se casan, ¿por qué? Pues porque son excelentes, qué pregunta más tonta.
Me ha encantado conocer a Mildred, una mujer excelente en los años cincuenta, que se plantea por qué los hombres no comparten las tareas domésticas o que sabe que, incluso enamorada, su vida será mucho más satisfactoria si permanece soltera. Su sentido del humor, el sutil velo de ironía que Pym sabe tejer con tanta naturalidad en su prosa, acompaña al lector a lo largo de tardes lluviosas, jardines abandonados bajo aguaceros, decenas de tazas de té en buena compañía, visitas a abadías en ruinas, o tardes de bolsa de agua caliente y la poesía de los clásicos ingleses. Me ha gustado pasear por ese Londres todavía tocado por la guerra, no solo por la destrucción de los bombardeos —atención al romanticismo de los sermones en una iglesia londinense medio en ruinas— sino también por la pobreza de la mayoría de la población y la escasez de medias, carne, nata, café y otros productos. Al finalizar la II Guerra Mundial, los soldados y oficiales ingleses fueron desmovilizados y se reincorporaron paulatinamente a la vida laboral civil; recuperar sus puestos de trabajo significó relevar a las mujeres excelentes que habían estado en ellos durante el conflicto, desarrollando sus carreras profesionales en campos en los que hasta la fecha habían sido vetadas.Mildred no está casada, pero durante toda la novela se halla rodeada de hombres que necesitan su consejo y su intervención; desde preparar una comida o fregar los platos hasta interceder diplomáticamente en favor de la felicidad conyugal, preparar una subasta, reparar un corazón roto, dar conversación a una anciana dama obsesionada con las polillas o corregir las galeradas de un tratado antropológico. Barbara Pym retrata con mucho acierto las vicisitudes de una mujer que sabe —con la limitación de género que supone la Inglaterra de mediados del siglo pasado— que su libertad y su felicidad, sus logros, la satisfacción de una vida plena y realizada, no dependen de llevar un anillo en la mano izquierda.
Lector, perfecto para conocer a Barbara Pym y enamorarse de la sutilidad de su prosa. No te olvides de tener una tetera bien llena al alcance de tu mano.
También te gustará: La señorita Pym dispone; La tierra de los abetos puntiagudos
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Una detective inesperada, de Kerry Greenwood
A finales de los años veinte del siglo XX, Europa todavía se está recuperando de la Gran Guerra y la perspicaz Phryne Fisher se aburre soberanamente en Londres. Tras aclarar el pequeño misterio de un robo, acepta el encargo de un aristócrata inglés para averiguar algo más sobre las misteriosas enfermedades repentinas de su hija desde que se casó y se trasladó a vivir a Melbourne, Australia. Fisher, que nació y se crió en las calles de Melbourne, lo ve como una señal para volver a casa y emprender una profesión interesante y satisfactoria: la de detective. Acompañada por la doctora MacMillan y las nuevas adquisiciones de una doncella personal y dos hombres para todo, la chispeante Phryne no tardará en escandalizar a la alta sociedad australiana mientras da caza a los criminales más peligrosos.
«-¡Lo sé, querida! Tuvo que marcharse a Edimburgo para estudiar. Los hombres no le permitieron ejercer e incluso trataron de expulsar a las mujeres de la asignatura de Anatomía. ¡Dios los perdone! Ahora leo en los periódicos que quieren volver a expulsarlas de los pabellones, argumentando que ya existe un hospital de mujeres, que es donde ellas deberían ejercer para no perturbar la preponderancia de los hombres en los restantes hospitales. Le aseguro que la estupidez masculina me irrita enormemente. La dedicación de la doctora MacMillan ha debido de ser muy grande para llegar a ser médico.«

El año pasado me rendí incondicionalmente a una serie australiana titulada Miss Fisher’s murder mysteries. La conocí gracias a la entrada que Paula le dedicaba en su blog Pluma, espada y varita (puedes leerla AQUÍ) y me quedé con las ganas de leer las novelas originales. Pues Siruela ha tenido la genial ocurrencia de editar en castellano la primera entrega de las aventuras de esta auténtica detective en el Melbourne de los años veinte del siglo pasado y los lectores no podíamos estarle más agradecidos.
La principal atracción de esta novela policíaca es, sin lugar a dudas su protagonista, la señorita Phryne Fisher: generosa, desinhibida, inteligente, sin prejuicios y con un sentido de la justicia altamente desarrollado. Phryne es distinta para el canon femenino europeo de su época, pero sabe que puede serlo gracias a su gran fortuna. De orígenes muy pobres, esta detective glamurosa aprecia el dinero y sus lujos precisamente porque su infancia transcurrió en la indigencia. Para complementar el encanto histórico, Phryne se mueve en una Australia marcada por la enorme desigualdad social y de género, todavía a remolque de los aires de cambio de la Europa de después de la Gran Guerra.
A ritmo de Charlestón, del descorche del champán de los alegres años veinte, la detective topa con los movimientos revolucionarios de una clase trabajadora castigada por el paro y la explotación; pero también con los prejuicios machistas de una sociedad que no quiere a las mujeres en la policía, ni en la medicina, ni en cualquier otro lugar que no sea el interior de sus casas. En relación con esto último, cobra especial protagonismo el personaje de la doctora MacMillan, el caso de los abortos ilegales, el papel de la única agente de policía de Melbourne o la actitud y las reacciones de la propia Phryne (conductora, aviadora, detective, portadora de armas y al día con los métodos anticonceptivos, etc.).
Lector, te encantará que el soplo de aire fresco de este año en novela de detectives venga de los años veinte del siglo pasado.
También te gustará: Un hombre muerto; Aquí hay veneno; Veneno mortal
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