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Las huellas de la vida de Tracy Chevalier
Principios del siglo XIX, Londres. Elizabeth es la mayor de las tres hermanas solteras Philpot. Cuando su único hermano se casa, parece evidente que las tres mujeres no son bienvenidas en la casa de su cuñada así que dejan su Londres natal para establecerse en Lyme, un pueblecito costero donde sus 150 libras anuales dan para vivir con cierta comodidad. Elizabeth pronto se siente feliz y realizada en Lyme, donde da rienda suelta a su mayor afición: la recolección de fósiles y su estudio. Y es justo allí, recogiendo ejemplares en la playa, cuando tropieza con Mary Anning, una muchacha de baja extracción social que vive de la venta de fósiles y parece tener un don especial para encontrar los ejemplares más extraordinarios. Ambas mujeres iniciaran una amistad marcada por su amor a la ciencia y al descubrimiento en una época en donde las féminas tenían prohibida la entrada a las sociedades científicas. Pero cuando Anning empiece a desenterrar los primeros dinosaurios y a poner patas arriba la concepción religiosa del mundo y sus criaturas, no sólo despertará la codicia y del mundo académico sino que se verá relegada y vilipendiada por su género y su clase social.
«-En ese caso, ¿cómo es que los esqueletos de los animales fueron a parar dentro de las rocas y se convirtieron en fósiles? Si Dios ya había creado las rocas antes que los animales, ¿cómo es que hay cuerpos en las rocas? (…)
-Dios colocó los fósiles en el momento de hacer las rocas para poner a prueba nuestra fe (…). Y es evidente que ahora mismo está poniendo a prueba la suya, señorita Philpot.«

Portada de la editorial La Magrana, de la edición en catalán que he leído. En mi opinión, el título de la traducción al catalán, Criatures extraordinàries, es mucho más acertado que el de la edición en castellano. El título original en inglés es Remarkable Creatures, haciendo referencia tanto a las extraordinarias protagonistas como a las criaturas que ambas descubrieron en los acantilados de Lyme.
Mary Anning (Lyme Regis 1799-1847) fue la descubridora y restauradora de los primeros esqueletos de ictiosaurio, plesiosaurio y pterosaurio, así como descubridora de los belemnites y de la importancia de los coprolitos. Paleontóloga, coleccionista y comerciante de fósiles, pese a su extraordinaria labor y decisivas aportaciones en las teorías de la época sobre la evolución de las especies, su extinción y la concepción del mundo, nunca fue reconocida por la comunidad científica de su época por su género y su extracción social y religiosa. Elizabeth Philpot (Londres 1780-1857) fue paleontóloga y cazadora de fósiles. Su amplia y novedosa colección de peces fósiles y belemnites fue decisiva para los estudios y descubrimientos de científicos de la talla de Louis Agassiz o William Buckland. Aunque actualmente su colección de fósiles está en el Museo de la Universidad de Oxford, Elizabeth nunca fue admitida en la Sociedad Geológica de Gran Bretaña.
Como ya hizo en La joven de la perla, Tracy Chevalier entrelaza hábilmente realidad histórica con ficción para novelar los increíbles descubrimientos de Mary Anning y Elizabeth Philpot en un siglo en el que la religión y las convenciones sociales chocaban irremediablemente con los hallazgos de los primeros dinosaurios fósiles. Con una prosa evocadora, delicada, exquisita, y una estupenda narración a dos voces muy bien diferenciadas (las dos protagonistas se alternan en primera persona), Chevalier recrea una historia especial y única que engancha al lector desde esa primera frase de Anning: «Los rayos me han tocado toda la vida. Pero sólo una vez fue de verdad.«
Dibujo de plesiosaurio encontrado por Mary Anning en 1823
Las huellas de la vida es una novela que se disfruta por los apasionantes hechos que marcaron las vidas de sus dos excepcionales protagonistas pero también por el desfile, a lo largo de sus páginas, de algunos de los más insignes científicos e investigadores de la época: Cuvier, Buckland, Agassiz, Lyell, Conybeare … que la autora sabe describir con maestría e integrar de manera creíble en la condensada acción descubridora de las paleontólogas. La brutal discriminación y marginación de Anning por su género y su clase, la relación entre las dos cazadoras de fósiles, o el interesante debate que se establece con los hombres de iglesia cuando se especula sobre la extinción y la evolución de las especies, son algunas de las mejores bazas de una novela que bien merece la pena leerse. Imprescindible para los amantes de la paleontología y de las buenas recreaciones históricas.
Lector, una hermosa novela que reivindica con justicia y buen hacer las figuras de dos mujeres que abrieron y despejaron el camino de Charles Darwin, y que ni siquiera tuvieron una mención en la Historia hasta mucho después de su muerte.
También te gustará: La evolución de Calpurnia Tate; Ana Bolena y la pastelera real
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El 19 de marzo y el 2 de mayo de Benito Pérez Galdós
En marzo de 1808, Gabriel tiene 17 años y trabaja como cajista en el diario de Madrid. Los domingos se escapa a Aranjuez para visitar a Inés, que vive con su tío don Celestino en su nueva parroquia. Pero su agradable rutina de galanteos se ve inoportunamente interrumpida cuando los hermanos Requejo, esta y este, aparecen en casa de don Celestino y deciden llevarse a Inés con ellos a Madrid para que viva como una reina. Los jóvenes no se hacen ilusiones, la catadura roñosa y ladina de los Requejo es evidente, pero el buen Celestino cede pensando que es para bien el que su sobrina vaya a la ciudad a vivir con todas las comodidades. Gabriel no está dispuesto a separarse de su adorada Inés, así que la seguirá de cerca pero las calles de la ciudad no están en calma y las circunstancias del momento los arrastrarán a ambos inevitablemente. Las tropas francesas ya han llegado a Madrid, el malestar contra los reyes y Godoy se consolida, algunos se engañan con las intenciones de Carlos IV y otros tienen puestas las esperanzas en el hijo, el futuro Fernando VII. Pero ni unos ni otros darán la cara por el país ni por sus ciudadanos, y un pueblo solo, abandonado a su suerte, tomará una de las decisiones más dramáticas de su Historia. Y es que Gabriel vivirá en primera persona el Motín de Aranjuez del 19 de marzo y el posterior levantamiento popular, y sus terribles repercusiones, del 1 y el 2 de mayo.

Tercer Episodio Nacional y quizás uno de los más emotivos, con final de infarto incluido. Pero si en Trafalgar Benito Pérez Galdós narraba con pulso firme y sin mojigatería la heroicidad singular de personajes como Churruca, Gravina o Nelson, esta vez esa heroicidad recae sobre el pueblo llano. Y es precisamente esa circunstancia la que marca la pauta dramática de toda la novela y se desvela como un nuevo mérito literario del maestro: la habilidad con la que traslada el protagonismo de una masa enfurecida a un pueblo apasionadamente patriota que defiende la tierra que pisa. Galdós vuelve a sorprender al lector con una estupenda narración de los hechos históricos y una estupenda crónica de acontecimientos tan tumultuosos, caóticos y dramáticos, que resultarían complicados de plasmar si no fuese por una mano tan competente como la suya.
Y es que si el autor condena a la masa enfurecida que asalta el palacio de Godoy, pese a las pocas simpatías que le tiene al personaje («Era aquella la primera vez que veía al pueblo haciendo justicia por si mismo, y desde entonces le aborrezco como juez«), lo cierto es que después la redime cuando se enfrenta, apenas armada, al ejército más legendario del mundo en aquellos momentos, a los héroes de las pirámides y de Jena. Un pueblo mal gobernado capaz de hacer lo mejor y lo peor cuando actúa como un todo.
Además de la pericia de Galdós para narrar con emoción y ritmo acontecimientos tumultuosos y batallas épicas (pocos autores son capaces de dar semejante tensión y vivacidad a esas escenas) en este Episodio Nacional vuelve a destacar su buen sentido del humor; un contrapunto a la tensión dramática de los acontecimientos que el lector agradece por el ingenio y la sonrisa. La visita a Godoy de don Celestino y Gabriel, para leerle un poema en latín el primero y en busca de una colocación el segundo, es divertidísima. O las continuas puyas del autor a los Requejo y los retratos que de ellos hace, así como del habla del pueblo bajo haciendo su propia regulición (insuperables los zamacucos y los tragones de la señora Ambrosia) son notas de humor que se contraponen a la tristeza general de una monarquía inútil y mezquina, un pueblo que siempre sufre las peores consecuencias o la decadencia y la pérdida del ideal de aquella Revolución Francesa de la liberté, égalité, fraternité que un día tuvieron por noble bandera las tropas bonapartistas que lucharon contra el absolutismo europeo (qué tristeza y qué horror acabar fusilando a ciudadanos inocentes y desarmados, qué desgracia acabar siendo tan tirano como aquellos a los que has combatido en el pasado en el nombre de la libertad y la justicia).
Lector, «sabido es que la fortuna suele ser la más traidora de las diosas con aquellos mismos que favoreció demasiado, y no hay que fiarse mucho de esta ruin cortesana.» ¿Todavía no te has decidido a leer a Galdós?
También te gustará: Trafalgar; La corte de Carlos IV
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La princesa Tarakanova, de G.P. Danilevsky
En mayo de 1775, a bordo de la fragata Águila del Norte, en pleno océano Atlántico y a punto de naufragar, el teniente Pablo Konzov, oficial de la marina de su alteza la emperatriz Catalina II, escribe febrilmente sobre su vida para que quede constancia de los importantes hechos históricos de los que fue testigo en primera persona. El joven Konzov, terriblemente despechado por un amor truncado, se enrola en el ejército de Catalina II en busca de la muerte, pero el destino tiene otros planes muy distintos para él. Después de salvarse milagrosamente de una prisión turca, Konzov conoce a una misteriosa princesa que dice ser hija legítima de la emperatriz Isabel y, por tanto, heredera al trono de Rusia por derecho propio. Y aunque el joven teniente en seguida cae presa de las dudas sobre la veracidad de su historia, no puede mostrarse indiferente ante la, así llamada, princesa Tarakanova, quién le pide ayuda para llegar hasta el mismísimo conde Orlov, el héroe de Tchemen y preferido de la zarina Catalina, para plantearle la legitimidad de su caso. En un momento histórico y político en el que los intereses de algunas naciones europeas y asiáticas pasan por la desestabilización del régimen zarista, y el pueblo ruso sufre bajo el absolutismo de Catalina, ¿quién es la Tarakanova? ¿Realmente es la heredera legítima o sólo una maniobra de ataque contra Catalina II? ¿Podría traer la esperanza o tan sólo la guerra y la desolación? ¿Es posible que las dudas se apoderen incluso de la mismísima zarina?

Pese a que Grigori Petrovich Danilevsky (1829-1890) se licenció en derecho y pasó la mayor parte de su vida entre los engranajes de la burocracia de su Rusia natal, siempre estuvo muy interesado en el estudio de la Historia de su inmenso país y, más concretamente, en los episodios más misteriosos y anecdóticos de la misma. Cuando en Rusia se puso de moda la literatura más realista y la novela histórica fue adquiriendo popularidad, Danilevsky decidió publicar en forma de novela alguna de sus investigaciones históricas más curiosas. Ese es el caso de La princesa Tarakanova, una figura histórica controvertida, siempre misteriosa entre las luces y las sombras de la sospecha y la veracidad.
Aunque La princesa Tarakanova es una novela de tintes históricos resulta evidente que todavía fue escrita en un momento en el que el romanticismo, aunque de capa caída, seguía todavía arraigado en la literatura rusa de la época. Ingredientes como un héroe despechado por amor en busca de la muerte, una hermosa princesa de orígenes inciertos necesitada de ayuda, amores apasionados y traiciones, tempestades y mensajes dentro de una botella, misterios, etc. son propios de la literatura inscrita en el movimiento romántico originado a finales del siglo XVIII en Europa y que tiñó buena parte de la primera mitad del siglo XIX en el continente. Sin embargo, esas pinceladas de romanticismo decadentista de la novela de Danilevsky nunca caen en un sentimentalismo exagerado sino que salpican con cierto encanto el testimonio del joven e impresionable teniente Konzov.
La princesa Tarakanova es una novela que se lee con curiosidad histórica pero también con el deleite que conlleva encontrarse con la sencilla y hermosa prosa de Danilevsky (sorprendentemente delicada para pertenecer a un burócrata de carrera). Una trama que mantiene el interés y el suspense, unos bien retratados y ubicados personajes históricos, una sólida documentación e investigación de soporte y la estupenda resolución de los hechos, son algunos de los atractivos de esta novela. Y aunque Danilevsky no entra a detallar los intereses políticos de algunos países por desestabilizar el régimen absolutista de Catalina II, o en las revueltas populares rusas de la época en tiempos tan duros para los campesinos, ni analiza en profundidad la legitimidad de los orígenes de la princesa Tarakanova, lo cierto es que sabe propiciar que el lector comprenda con facilidad el escenario de la época y se haga sus propias preguntas sobre los hechos y los personajes. Al fin y al cabo no se trata de un documento de investigación histórica (no tiene por qué esclarecer la legitimidad o no de la princesa) sino de una estupenda novela sobre un misterio histórico de la época de los zares.Atención lectores a la edición dÉpoca editorial, acertadamente revisada y con un posfacio estupendo para asomarse a la época histórica que trata La princesa Tarakanova.
Lector, descubre el modesto encanto de leer al injustamente olvidado Danilevsky de la mano de la controvertida y misteriosa princesa Tarakanova.
Enhorabuena a dÉpoca editorial por recuperar con tanto mimo y delicadeza a los clásicos más especiales. Y muchas gracias por el envío del ejemplar y de los maravillosos marcapáginas.
También te gustará: Ana Bolena y la pastelera real; La gardenia blanca de Shanghái; El diamante de la reinaEsta reseña ha sido publicada originalmente en el blog Momentos de Silencio Compartido como colaboración en la iniciativa de Equipo de Redactores.
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El tipo más raro del mundo de Derek B. Miller
Sheldon Horowitz tiene ochenta y dos años, es viudo, judío, norteamericano, ex combatiente de la guerra de Corea y relojero jubilado. Su vida parece estar marcada por la pérdida: la muerte de sus compañeros del ejército, la muerte de su hijo Saul en Vietnam, la muerte de su mejor amigo, la muerte de su mujer. Poco le queda al señor Horowitz excepto sus recuerdos, su enorme cargamento de culpa y su única nieta Rhea, su joya más preciada. Rhea está casada con un simpático vikingo noruego y, cuando viajan hasta Nueva York para el entierro de su abuela, insisten en llevarse a Sheldon con ellos a Oslo. Horowitz se siente como pez fuera del agua en su nueva ciudad, aunque reconoce que en Noruega es mucho más difícil que los norcoreanos con ánimo de venganza por sus años de francotirador le embosquen en la calle, llamarían demasiado la atención en ese país de chicos rubios y altos. Inteligente, mordaz, sarcástico, perdidamente enamorado de Rhea, Sheldon sigue cuestionándose su pasado hasta que un día abre la puerta a dos fugitivos y todo vuelve a tener algo de sentido.

Sheldon Horowitz fue voluntario a la guerra de Corea porque cuando intentó alistarse para la II Guerra Mundial le rechazaron por tener sólo 14 años. Como judío, siempre sintió como si hubiese fallado a los suyos, como si hubiese podido evitar las ocupaciones nazis y el Holocausto. Por eso, uno de los momentos más emocionantes de El tipo más raro del mundo es cuando Sheldon decide dejar de mirar por la mirilla a la mujer y al niño que son perseguidos por un monstruo y abrir la puerta:
«Los europeos. Prácticamente todos, en uno u otro momento. Todos han visto por sus mirillas (…) cómo sus vecinos llevaban en brazos a sus hijos mientras unos matones armados los sacaban del edificio como si la humanidad misma estuviera siendo exterminada. Desde el otro lado del cristal algunos sentían miedo, otros lástima (…). Todos estaban a salvo gracias a lo que no eran. No eran, por ejemplo, judíos. (…)
Tranquila y lentamente, pero sin la menor vacilación, Sheldon abre la puerta. (…)
Ahora ya no hace falta mirar por la mirilla. Ya no es una de las personas que aborrece. Sentado junto a sus vecinos, se imagina en medio de un campo de fútbol con un megáfono, rodeado de la generación más vieja de Europa, y exclamando: «¿Tan jodidamente difícil era hacer esto?».«
Derek B. Miller es director del The Policy Lab y miembro del Instituto de las Naciones Unidas de Investigación sobre el Desarme y El tipo más raro del mundo es su primera novela; una historia divertida, amarga, conmovedora, realista y llena de esperanza sobre un viejo judío que todavía está dispuesto a pelear por sus seres queridos pero también por lo que considera correcto. Pero también es una historia sobre el coste personal de una guerra (de cualquier guerra, todas están llenas de horror y de víctimas inocentes) y un estupendo y bien pautado thriller con originales tintes intimistas y tragicómicos.
Miller crea un personaje singular, un Sheldon Horowitz duro de pelar, forjado por sus decisiones y las guerras del viejo mundo, que de repente se da cuenta de que la nueva Europa –la de las repúblicas del este y la de los países nórdicos liberales– repite los mismos errores que la vieja, que los genocidios siguen persiguiendo a los niños. Y acompañando a este protagonista extraordinario y gruñón, el lector encuentra más personajes inteligentes y bien construidos, con mucho que decir y aportar, como, por ejemplo, una inspectora de policía que sabe pensar y tiene un padre granjero omnisapiente, o un anticuario muerto que sigue poniendo el dedo en la llaga que más duele.
Escrita con buen ritmo (atención a los bien insertados flashbacks de Sheldon) y una prosa que destaca por su contundencia y transparencia (nada de metáforas ni poesía), Derek B. Miller ofrece una ópera prima magnífica y original, una novela entretenida y repleta de invitaciones a pensar sobre el belicismo que todavía campa por nuestra civilización; y con reflexiones tan interesantes como las que el autor pone en el pensamiento de su inspectora: el problema de la inmigración albano kosovar y la violencia desatada que Noruega experimenta como una novedad (los policías noruegos normalmente no van armados).
Sigrid piensa que debido a que su país todavía arrastra cierta culpa y vergüenza por su comportamiento en el Holocausto, parece que estuviese esperando al siguiente genocidio europeo para apresurarse a acoger a los afectados, como una especie de expiación (esta vez estamos del bando de los buenos). Y quizás por eso –especula la inspectora– se les dio tantas facilidades a albaneses y kosovares para entrar en el país, conseguir la residencia y una ayuda económica para empezar de cero. Sin tener en cuenta que esos recién llegados, en su mayoría, eran criminales de guerra, genocidas, asesinos sin escrúpulos, que huían de la justicia de sus lugares de origen. Porque la matanza de inocentes tuvo verdugos de todas las nacionalidades y etnias. La ex Yugoslavia tardó algunos años en informatizar y compartir todos sus datos e historiales de criminales de guerra y por eso la policía Noruega no tenía expedientes ni antecedentes de los recién llegados que, una vez en su nuevo país, establecían redes de narcotráfico, prostitución, delitos varios y asesinatos de inusitada violencia para la policía de Oslo.
Apunta el autor que no fue hasta 2012, sesenta y siete años después del final de la Segunda Guerra Mundial, cuando el gobierno noruego se disculpó oficialmente ante la población judía por su acciones durante la ocupación nazi.
Lector, sólo te diré que Sheldon Horowitz es un tipo al que realmente merece la pena conocer, aunque solo sea con la excusa de pararse a pensar un momento en las secuelas personales que tantas guerras siembran en los que mañana serán los adultos que tomen el relevo de la civilización.
Muchas gracias a Editorial Espasa por el envío del ejemplar.
Esta reseña ha sido publicada originalmente en el blog Momentos de Silencio Compartido como colaboración en la iniciativa de Equipo de Redactores.
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El pensionado de Neuwelke de José C. Vales
Mostraba el calendario los últimos meses de 1844 -cuando Livonia era parte del imperio ruso y Wolmar no era más que uno de sus pequeños pueblos, apenas parada obligatoria de las diligencias en aquella incierta posada del Der Rot Flusskrebs, en la calle real-, cuando la señorita Émilie Sagée pisó por vez primera el Pensionado de Neuwelke. El pensionado había sido idea de la señora Eveline, quien no había podido olvidar su falta de preparación en los días de su presentación en sociedad en la victoriana y cosmopolita Londres, y se esmeraba en la más universal educación de las señoritas de buena cuna. Pero por aquel entonces, debido al grave estado de salud de la pobre Eveline, lo regentaba con benevolente diligencia su marido, el señor Buch. Y cuando el señor Buch requirió los servicios de una institutriz de francés para sus alumnas, apareció la estupenda señorita Sagée, procedente de Dijon, y los encantó a todos. Poco podían imaginar los habitantes de Neuwelke que con ella llegaba un misterio oscuro y espeluznante, un acosador enfermo, obsesivo y demoníaco, y una maldición incurable, tan extraordinaria, que cambiaría el pensionado para siempre y dejaría del revés hasta los conocimientos más sagrados del Curioso almanaque científico, agrario y astrológico del doctor Southpaw.

Cuenta José C. Vales que a veces le sorprenden las más oscuras horas del día mientras trabaja. Por eso, cuando leía El pensionado de Neuwelke, no podía evitar imaginarme a su autor escribiendo siempre de noche, al amparo de sus musas insomnes. Quizás precisamente por eso, porque la noche es más propicia para contar este tipo de historias, sea El Pensionado de Neuwelke una magnífica historia de fantasmas.
Divertida, ingeniosa y estupenda en su primera parte (presentación del narrador, de los personajes, del pensionado y su origen), brillante en su segunda parte y dramática en la tercera, El pensionado de Neuwelke es una novela para el puro disfrute del lector. José C. Vales no sólo deleita por su riquísimo léxico de filólogo y políglota, o por su prosa elegante, sostenida, precisa, sino también por su estupendo sentido del humor («Otra razón por la que el señor Klöcker jamás se enamoraría era que daba clases de latín«) y por hacer encantadoramente creíble a su narrador: un británico de mediados del siglo XIX, quizás con cierta añoranza del romanticismo reciente.
«(…) me preocupa que el amable lector se adentre en esta historia como
quien asiste a un cuento de viejas o a una locura romántica. En nuestro
tiempo de realismos y descreimientos, apenas se atreve uno a declarar
que el mundo es un lugar asombroso, lleno de misterios y maravillas
incomprensibles.»
quien asiste a un cuento de viejas o a una locura romántica. En nuestro
tiempo de realismos y descreimientos, apenas se atreve uno a declarar
que el mundo es un lugar asombroso, lleno de misterios y maravillas
incomprensibles.»
Dicen algunas reseñas que la novela de José C. Vales les ha recordado a algunos escritos de Henry James o de Wilkie Collins. Quizás porque no soy devota de ninguno de esos dos autores me he resistido a encontrarle parecido al señor Vales, y El pensionado de Neuwelke me ha parecido una obra original, de un estilo personalísimo y encantador, con su propio ritmo; quizás con la influencia de un delicado eco de literatura británica decimonónica y con suaves ropajes de un romanticismo tardío (o un realismo temprano, quién sabe) pero, en todo caso, con un carácter único y genuino.
Son muchos los motivos por los que he disfrutado mucho con la lectura de El pensionado de Neuwelke, pero si tuviera que señalar alguno más, además de por lo comentado en los párrafos anteriores, diría que mil detalles han sido los culpables. Por ejemplo…
Por Jonas Fou’finger, cochero, mayordomo, criado, guardián, maestro de tulipanes, cocinero de oropeles y espantos de frambuesa, etc. y nada más que jardinero.
Por Jonas Fou’finger, monsieur le jardinier
Por los oropeles y los espantos de frambuesa
Porque el gato de Neuwelke se llama Ossián
Por la cariñosa burla a las poses profundamente románticas del profesor David Whimple
Por los labios Fragonard de la señorita Sagée
Por Julie buscando explicación a los fenómenos paranormales en David Hume
Por el Curioso almanaque científico, agrario y astrológico del doctor Southpaw
Por tener que coger el diccionario para buscar ciconiforme o crotorar
Por las puyas entre la señorita Vi y el señor Whimple
Por el libro de Marianne y Elinor, los cotilleos de Emma Woodhouse, la enredada historia de la señorita Elizabeth Bennet o incluso el monstruo de la esposa del poeta Shelley.
Y, sin duda, por las sesenta y tres chimeneas del Pensionado de Neuwelke para Señoritas.
Lector, si hace tiempo que olvidaste el simple placer de la lectura, esta estupenda historia de fantasmas te lo traerá de vuelta.
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