Pocos años después de finalizar la Primera Guerra Mundial, dos experimentados militares desplegados en África vuelven a casa de permiso. George Lawrence es inglés y el mayor Henri de Beaujolais, francés, y son amigos de muchos años atrás, desde que sus caminos coincidieron por primera vez en la Legión Extranjera desplegada en el África colonial. Les alegra encontrarse de regreso a sus respectivos hogares, pues el trayecto —en barco y en tren— es muy largo y les agrada hacerlo en tan grata compañía. Para amenizar los días de viaje, De Beaujolais le narra a su amigo los extraños y misteriosos acontecimientos de los que fue testigo en un fuerte francés sitiado por enemigos en el desierto africano: cuando el mayor y sus tropas llegaron para auxiliarlos se encontraron una escena fantasma sin explicación posible. Todos dentro del fuerte estaban muertos, pero alguien los había colocado en posición de disparo, en las troneras, como si todavía vivieran pese a sus horribles heridas y pudiesen defender el fuerte. George Lawrence no hace demasiado caso del misterio que le plantea su amigo, hasta que Henri le dice que, aferrada al puño de uno de los muertos, encontró un fragmento de carta en la que alguien se confesaba culpable de haber robado el zafiro Agua Azul. Todas las alarmas de George saltan a la vez: esa preciada joya es propiedad del amor de su vida, la bella Patricia Brandon. Dispuesto a llegar hasta el fondo del misterio, Lawrence viaja directo a la mansión de los Brandon para descubrir qué ha ocurrido y si el famoso Agua Azul sigue a buen recaudo.
«—Soy un poco corto de vista, como usted ya sabe, pero entonces comprendí la verdad… ¡Todos estaban muertos! Pocos minutos antes me había preguntado por qué no estarían durmiendo tras la victoria. En efecto, lo estaban. Sí, todos ellos. ¡Habían muerto en el campo de honor! (…) Le dije, perdóneme amigo mío. ¿Qué habría dicho un inglés como usted en mi lugar?
—¿Qué le parece si tomamos un poco de té? —preguntó el señor George Lawrence inclinándose para alcanzar el cesto de la merienda que estaba debajo del asiento.«

Percival Christopher Wren (1875 – 1941), militar y escritor, es descendiente del arquitecto, astrónomo y matemático sir Christopher Wren (1632 – 1723) que contribuyó en la reconstrucción de Londres tras el Gran Incendio de 1666 con varias obras insignes, entre ellas, la Catedral de San Pablo. P. C. Wren se educó en Oxford y en su juventud se enroló en la Legión Extranjera, bajo bandera francesa, trabajó para el gobierno en Bombay y se incorporó a filas británicas para combatir en el África Oriental, con las tropas coloniales, en la Primera Guerra Mundial. Su pasado militar y su buen conocimiento del colonialismo más decadente en África, en las primeras décadas del siglo XX, están muy presentes en la que fue su novela más conocida: El misterio del Agua Azul (Beau Geste). Entre sus influencias literarias se menciona a Robert Michael Ballantyne y a Henry Rider Haggard, autor de Las aventuras de Allan Quatermain y Las minas del rey Salomón, que espero leer este verano para el Reto Netherfield 2024.
El misterio del Agua Azul tiene un principio magnífico en el que combina la novela de misterio, con la policíaca y la de aventuras. Ese primer cuarto de novela ha sido mi preferido: el misterio del fuerte africano cerrado, en el que todos están muertos, y cómo se relaciona con la desaparición de un zafiro maldito que, en teoría, debería seguir en Inglaterra. La narración de los dos militares experimentados es divertida y sagaz y, a menudo, muy romántica. Sin embargo, hacia mitad de la novela, la narración recae a cargo del más joven de los hermanos Geste, John, y ahí es cuando ha empezado a decaer mi entusiasmo. Con una prosa sencilla y directa, y un estilo poco desarrollado —se nota que Wren es un experimentado militar y no un experimentado novelista—, la aventura se encalla y cae en una repetición excesiva y un ritmo desigual que deja lagunas y no termina de cerrar del todo bien la historia policíaca. Pese a que es una novela muy entretenida, al terminar se tiene la sensación de que los personajes y los misterios tan bien planteados al principio de la misma se han quedado un poco desaprovechados. O, quizás, lo que me ha ocurrido es que llevaba las expectativas muy altas porque pensaba que estaría a la altura de El diamante de Moonfleet y para nada.
Lectora, una novela de misterio y aventuras un poco desigual, pero entretenida.
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Hola guapísima, pues al ver que tu entusiasmo ha decaído creo que la dejaré pasar, a no ser que me la acabe topando de frente, jeje… Yo me compré en la feria del libro de este año Las minas del rey Salomón. No creo que lo lea este año para el reto, ya los tengo organizados, pero seguro que caerá. Estaré pendiente de tu reseña.
Un besazo