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Una tarta de rododendros, de Margery Sharp
Es tradición de los Laventie, la familia más excéntrica y esnob de la campiña de Sussex, que cada uno de sus tres jóvenes retoños escoja un relleno inusual para su tarta de cumpleaños. El pastel de Elizabeth, la hermosa e inteligente hermana mayor, lleva heliotropos, el de Dick, el dotado artista, prímulas amarillas, y el de Ann, la hermana pequeña, está relleno de rododendros. Han sido educados en casa, bajo la intelectual y despreocupada atención de un padre que desprecia los convencionalismos sociales y se burla de fiestas de cumpleaños u otros eventos tradicionales, aislándose de sus vecinos a fuerza de espantarlos con su insoportable cháchara clasista, o escogiendo a sus amigos por cuestiones estéticas en lugar de morales. Desde pequeña, Ann sospecha que no encaja bien en su familia: no se parece a la bella e ingeniosa Elizabeth, ni tampoco al estrambótico y talentoso Dick. A ella, en el fondo, le apena que su tarta de cumpleaños contenga rododendros en lugar de chocolate y cerezas confitadas, y le encantaría intimar con amigos sencillos y agradables con los que poder ir a pasear o al cine sin la presión de estar todo el tiempo manteniendo una conversación brillante sobre arte, economía o política.
«Estaba revisando la fe estética en la que se había educado e intentando cuadrarla con sus propios sentimientos. Era difícil. Adoraba a Giotto y detestaba el Albert Hall, y eso estaba muy bien. Por otro lado, aborrecía a Epstein y le encantaban los atardeceres rosa pálido, y eso estaba mal. La figura de Peter Pan nunca se había tratado de forma específica, pero estaba segura de que el veredicto no lo favorecía. Era bonito y allí estaba ella, conteniéndose a duras penas para no acariciar a los conejos. Le gustaba y sabía que, si Dick o Elizabeth estuvieran a su lado, fingiría despreciarlo.«

Margery Sharp (1905-1991) fue una escritora y dramaturga inglesa, famosa por la serie infantil Los rescatadores y por comedias sociales como El árbol de la nuez moscada (1937), adaptada al cine con el título de Julia Misbehaves (1948), La piedra de la castidad (1940), o Cluny Brown (1944), que fue llevada a la gran pantalla por Ersnt Lubitsch en 1946. Una tarta de rododendros (1930) fue su primera novela y trata sobre la búsqueda de la identidad propia de una joven amante de los places sencillos de la vida que ha crecido en el seno de la familia menos convencional y más rocambolesca de la Inglaterra de entreguerras.
Resulta complicado leer Una tarta de rododendros y no quedarse prendada para siempre de Margery Sharp. Divertida e ingeniosa, Sharp se sirve de la excentricidad de sus personajes para mofarse con cariño de la vacuidad del esnobismo intelectual, pero también para contraponer la singularidad y la búsqueda de una de sus protagonistas más entrañables. Anne Laventie, al igual que Cluny Brown o Julia Packett, es una persona extraordinaria que no encaja en su entorno y que, pese al poco margen de maniobra que las convenciones de género de su época dejaba a las mujeres, se cuestiona su educación familiar y la catadura moral de sus seres queridos, y decide que no va a quedarse con los brazos cruzados mientras ve cómo la felicidad se le escapa entre los dedos. Con su agudeza habitual y su sentido del humor, Sharp señala con valentía las hipocresías sociales (atención a la sutilidad con la que muestra a las muchachas solteras que tienen amantes, las relaciones prematrimoniales o la elección de una carrera profesional considerada masculina en 1930), a la vez que divierte a los lectores con las desventuras de los estrambóticos Laventie.
Lectora, el notable debut de una de las autoras más geniales del siglo pasado.
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Etiquetado Clásico, feelgood, humor literario, Literatura británica, Novelas adorables
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Lady Ludlow, de Elizabeth Gaskell
Han pasado muchas décadas, pero Margaret Dawson todavía recuerda con cariño el tiempo que vivió en la mansión de la condesa viuda Lady Ludlow, señora de Hanbury Court. El padre de Margaret había muerto, dejando esposa y nueve hijos en una situación delicada. Lady Ludlow, una prima lejana por parte de madre, responde a la petición de ayuda ofreciéndole a Margaret que se mude a Hanbury Court, bajo su protección. Viendo la actitud severa e inflexible de su señora, la joven Dawson poco podía imaginar que sus años en Hanbury, pese a los problemas de salud, serían algunos de los más felices de su vida. Porque la querida Lady Ludlow, anclada firmemente en su época georgiana y con férreos prejuicios sobre la educación de los menos favorecidos, los matrimonios desiguales, los disidentes religiosos, los primeros telares mecanizados o contra cualquier otro cambio moderno, resulta ser una persona extraordinaria. Margaret recuerda los enfrentamientos de su señora con las ideas del nuevo clérigo de Hanbury sobre una escuela dominical, o el duelo de poder entre la condesa y su administrador, o su leal amistad con la excéntrica señorita Galindo, aquel pequeño mundo en la campiña en donde todos giraban alrededor de la querida, muy querida y respetada, Lady Ludlow.
«—Resultó que, cuando me puse a escribir, no tenía nada que decir. Pero a veces, cuando cojo un libro, me pregunto por qué dejé que esa excusa tan pobre me frenara. A otros no los ha frenado.
—Pero yo creo que estuvo muy bien que así fuera, señorita Galindo —apuntó mi señora—. Estoy totalmente en contra de que las mujeres, como con tanta frecuencia suelen hacer, usurpen sus trabajos a los hombres. Aunque quizá, después de todo, la idea de escribir un libro mejorara su caligrafía. Es de las más legibles que he visto en mi vida.«

Alba Editorial
280 páginas
Fecha de publicación: septiembre 2025
Traduce Jesús Cuéllar
ISBN: 978-84-1178-183-1
Elizabeth Gaskell (1810-1865) publicó por primera vez Lady Ludlow (1858) por entregas, en la revista de Charles Dickens, Household Words; aunque en 1859 la incluiría en un libro de relatos titulado Round the sofa. Junto a Cranford (1853) y a Las confesiones del señor Harrison (1851), Lady Ludlow forma parte de las llamadas Crónicas de Cranford, quizás las novelas más entrañables, divertidas y de corte costumbrista de la autora; las tres ambientadas en una campiña inglesa inspirada en Knutsford, el pueblecito de Cheshire en donde Elizabeth Gaskell creció feliz.
Lady Ludlow también comparte con Cranford y Las confesiones del señor Harrison el tono ligero y encantador, tocado por el gran sentido del humor de su autora, y el protagonismo de un elenco de personajes espléndidos y carismáticos (en su mayoría, femeninos) cuyas diferencias de opinión a menudo se convierten en el corazón de la trama. Elizabeth Gaskell muestra, siempre con una mirada amable y optimista, la vida cotidiana, hogareña y pública, de la sociedad inglesa lejos de las grandes ciudades del siglo XIX. El encanto de Lady Ludlow reside en el carisma de su protagonista y en los lazos y las anécdotas de convivencia de una pequeña comunidad en la Inglaterra rural, pero también en la habilidad con la que Gaskell rememora, a través de la mirada de una mujer victoriana, las antiguas costumbres, ideas y forma de vida de una aristócrata arraigada a las primeras décadas del siglo XIX. En este sentido, destaca el peculiar razonamiento de Milady sobre la educación como arma de progreso —atención a la historia parisina durante la Revolución francesa— o su estricta observación de una etiqueta social que ya había empezado a cambiar incluso antes de la llegada de la joven reina Victoria al trono. Gaskell narra con maestría sus historias alrededor de una protagonista formidable, tercamente arraigada en el pasado, pero, a la vez, capaz de contradecirse —como estar en contra de que las mujeres usurpen el trabajo de los hombres cuando ella gestiona sus propias tierras y se encarga de su comunidad— o de ceder al cambio positivo de los nuevos tiempos y las buenas gentes que la rodean, debido a la generosidad, la valentía y la inteligencia de su naturaleza.
Cuando hace años tuve mis más y mis menos con la novela Norte y sur, considerada la obra maestra de Elizabeth Gaskell, mi amiga Rosa (MH en Las inquilinas de Netherfield) me recomendó que para entender mejor a esta gran autora victoriana empezase por cualquiera de las tres novelas cortas de las Crónicas de Cranford. Porque me encontraría con una Gaskell más amable, menos sombría, con más sentido del humor, pero también con una aproximación a las grandes cuestiones sociales, económicas e históricas que la autora desarrollaría tan magníficamente en Norte y sur. Las novelas de Gaskell son independientes y autoconclusivas, y su estilo narrativo es claro y fluido, pero sigo pensando que MH tiene toda la razón al recomendar este orden de lectura para irnos familiarizando con la obra de una de las autoras más emblemáticas del siglo XIX.
Lectora, a los pies de Lady Ludlow.
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Viaje al centro de la Tierra, de Jules Verne
Axel lleva una vida tranquila y ordenada en Hamburgo como pupilo de su tío, el prestigioso profesor de mineralogía Otto Lidenbrock. Pero todo cambia cuando el profesor vuelve a casa con libro antiguo de gran valor científico en el que encuentra un mensaje cifrado de Arne Saknussemm, el alquimista del siglo XVI. Axel preferiría quedarse en su hogar, junto a su hermosa prometida, Graüben, disfrutando de las comidas de la querida Marta y estudiando con el profesor, pero cuando descifra el mensaje de Saknussemm nada ni nadie frenará el entusiasmo de su tío: el reputado alquimista sitúa la entrada hacia el centro de la Tierra en el cráter del volcán Sneffels, en Islandia, y que el punto exacto de acceso lo marcará el sol, en cierta fecha de verano. Con la ayuda de un extraordinario guía islandés llamado Hans y la determinación invencible del profesor Otto Lidenbrock, Axel se verá arrastrado hacia las entrañas de la Tierra en la aventura más peligrosa y fantástica de su vida.
«Los cálculos del profesor eran exactos. Habíamos ya excedido en seis mil pies las mayores profundidades alcanzadas por el hombre, tales como las minas de Kitz-Bahl en el Tirol y las de Wuttember en Bohemia. La temperatura que en aquel punto debiera haber sido de 81º, era apenas de 15º, lo que daba mucho que reflexionar.«

La edición de RBA, de la Colección Hetzel, contiene las ilustraciones originales que también se muestran en la adaptación cinematográfica de 2008. Esta edición también incluye dos relatos cortos de Jules Verne: Un drama en México (1845) y la desternillante y genial Diez horas de caza (1881).
Viaje al centro de la Tierra es una novela clásica de aventuras, de fantasía, de viajes y descubrimiento, pero también muy característica de su autor. Jules Verne se hace eco de las teorías científicas de su época (escribió esta novela en 1863) sobre el núcleo terrestre y fantasea alrededor de ellas para narrar en primera persona, desde el punto de vista de un geólogo y mineralogista, una aventura trepidante. El autor sabe que su novela tiene más de fantasía que de ciencia ficción, pero la arropa con datos científicos reales e invita a sus lectores a viajar hasta las remotas tierras islandesas (atención a la excelente documentación de Verne al respecto).
Bernd Brunner recoge, en su ensayo La invención del norte, que en el siglo XIX la mitología nórdica, pero también reputados científicos, médicos y geólogos como Linneo (1707- 1778), o intelectuales como E. T. A. Hoffman (1776 – 1822), señalaban la entrada a los infiernos subterráneos a través de las minas de cobre de Falun (en Suecia). Y que el astrónomo, físico y matemático Edmund Halley (1656 – 1742), entre otros de sus colegas, creía que el núcleo del planeta estaba hueco y que a través de las grietas tectónicas del norte se escapaban sus gases y emanaciones minerales que explicaban las auroras boreales. No es casualidad que Julio Verne escoja el cráter del Sneffels, en Islandia, como la peligrosa entrada al centro de la Tierra; ni tampoco que en el capítulo XXXVIII, Axel, el narrador de la historia, mencione los hallazgos paleontológicos de 1863 en el Somme, que situaron la presencia del Homo sapiens en Europa 600.000 años antes de lo que pensaban los victorianos; o que el relato de Verne cite a científicos de su época o a animales antediluvianos como ictiosaurios o plesiosaurios. Quizás, Viaje al centro de la Tierra no pueda catalogarse estrictamente en el género de ciencia ficción, pero sí que es una novela de aventuras fantásticas que cimenta muchos de sus principios en las teorías y conocimientos científicos de su época. Aunque también podríamos decir que, en esta ocasión, la visión científico-futurista del gran Jules Verne no dio tanto en la diana como en otras de sus obras.
La novela está narrada en primera persona por Axel, el sobrino de Otto Lidenbrock, quien hace gala de un sentido del humor muy agradable al principio de la obra, aunque se va diluyendo a medida que los capítulos se suceden y la intensidad del drama va en aumento (sí, Axel es un poco angustias). Quizás porque es la segunda obra del autor, la novela cojea un poco de ritmo desigual: dilatando demasiado los capítulos iniciales y dejando al lector con la miel en los labios cuando la trama se pone interesante y aparecen la flora y la fauna fantástica del interior de la Tierra (la película de 2008, protagonizada por un magnífico Brendan Fraser, adapta bien la premisa de Verne y suple, para nuestro disfrute, esta pequeña carencia).
Lectora, una aventura perfecta para recordar nuestros veranos de infancia.
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La señorita Else, de Arthur Schnitzler
Else, la joven hija de un abogado vienés de cierto renombre, pasa las vacaciones de verano junto a su tía y a su primo Paul en un hotel de moda de las montañas de San Martino di Castrozza, donde se da cita la buena sociedad de Viena. Pese a la posición social de su familia, Else depende de la buena voluntad de su tía y no ha recibido una educación práctica para poder desarrollar una carrera profesional acorde con lo que está bien visto en una mujer de su posición. Entonces llega un telegrama de su madre comunicándole una mala noticia y, lo que es más alarmante, dejando en sus manos la posibilidad de salvar el futuro de toda su familia. Por primera vez en su vida, Else deberá enfrentarse a unas decisiones terriblemente injustas, denigrantes y comprometedoras, para las que ni su educación ni su experiencia vital la han preparado.
«Sí, aquí estoy, en San Martino di Castrozza, sentada en un banco en la linde del bosque y el aire es como el champán y hasta parece que estoy llorando. Sí, ¿y por qué lloro? Pero si no hay ningún motivo para llorar. Son los nervios. Debo dominarme. No puedo dejarme ir así. Pero llorar no es nada desagradable. Llorar siempre me hace bien (…). ¿Quién llorará cuando me muera? Oh, qué bonito sería estar muerta. De cuerpo presente en la sala, las velas encendidas. Velas largas. Doce velas largas. El coche fúnebre ya está abajo. Hay gente en el portal de casa.«

Arthur Schnitzler (1862 – 1931) fue un dramaturgo y médico austríaco cuyas obras de ficción exploraban cuestiones como la muerte, el erotismo, la psicología y la crisis social y cultural de la Viena de principios del siglo XX. Fue uno de los primeros autores en lengua alemana en utilizar la técnica narrativa de la voz interior para profundizar en la psicología de sus personajes, lo que llamó el interés y despertó la admiración de Sigmund Freud. Schnitzler publicó por primera vez La señorita Else en 1924 y fue un gran éxito, pero su obra fue prohibida hacia 1933, debido al ascenso del partido nazi en Alemania y a las leyes antisemíticas.
La señorita Else es una novela corta —132 páginas en la traducción de Clara Formosa Plans al catalán, para la edición de Petits Plaers de Viena Edicions— que utiliza la técnica narrativa de la voz interior para mostrar a una joven protagonista en un momento crucial de su vida. Schnitzler utiliza frases cortas, sincopadas, de una gran expresividad, que se van sucediendo en una velocidad creciente, más breves y más deslavazadas, a medida que la intensidad emocional de Else se descontrola hasta el colapso. Destaca el conocimiento psicológico del autor y el acierto al ponerlo al servicio no solo de la comprensión de carácter de su personaje sino también para elaborar una crítica brutal y profunda a la corrupta sociedad vienesa de la época y al maltrato desesperante hacia unas mujeres a las que no se les permitía desarrollar intereses profesionales propios o tomar decisiones vitales que no coincidieran con los intereses de su familia y, en concreto, del cabeza de familia. El climax final, paroxístico y terrible, remata con brillantez esta pequeña obra dramática, tan vívida y plausible que podría tratar sobre un personaje real.
Esta novela breve me la recomendó MH de Las inquilinas de Netherfield, quien me picó la curiosidad con una observación en la que, ahora que la he leído, coincido plenamente con ella.
Lectora, sublime y terrible, en muy pocas páginas.
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Un mes en el campo, de J. L. Carr
En el verano de 1920, el joven Tom Birkin acepta el encargo de restaurar las pinturas murales de la iglesia de Oxgodby, un pequeño pueblo en Yorkshire. Tom sabe que tuvo mucha suerte de volver a casa tras haber estado destinado en el continente, en las trincheras, durante la Primera Guerra Mundial, aunque padezca secuelas postraumáticas y haya sido abandonado por su esposa. A medida que avanzan las semanas, el joven restaurador se ve absorbido por el interés de su trabajo, traba amistad con el excéntrico paleontólogo que ha sido contratado por la parroquia para localizar una tumba y se deja querer por los amables, aunque algo taciturnos, vecinos de Oxgodby. Durmiendo a medio camino del cielo y la tierra, acunado por las bondades de la campiña inglesa y sus gentes, Tom empieza a sospechar que tras la guerra, el horror y la pérdida, todavía queda algo de belleza en el mundo.
«Y entonces, gracias a Dios, la primera mañana, los primeros minutos de la primera mañana, sentí que aquella extraña comarca del norte era amistosa, que había pasado página y que aquel verano de 1920, que se iría consumiendo hasta que cayeran las primeras hojas, sería una estación propicia, un tiempo bienaventurado.«

Joseph Lloyd Carr (1912 – 1994) fue un novelista, maestro de lengua y editor inglés nacido en Yorkshire. Viajero incansable, alternó la docencia con la escritura de diccionarios, libros de lengua para niños y novelas, alguna de las cuales publicó a través de su propia editorial, The Quince Tree Press. Sus dos libros de ficción más célebres quizás sean A Day in Summer (1963) y Un mes en el campo (1980), este último ganador del premio de narrativa de The Guardian y nominado al Booker. Un mes en el campo fue llevada al cine en 1986, con Colin Firth y Kenneth Branagh como protagonistas.
Un mes en el campo es una de las novelas más queridas por los lectores ingleses. Es fácil entender por qué. Sin duda, se queda como mi lectura más bonita de este año. Con una prosa precisa y luminosa, J. L. Carr vuelve a sus veranos de infancia en Yorkshire para rememorar el estío perfecto: la quietud, la cosecha, la belleza, la luz, la amistad de la gente norteña de la campiña… La historia destaca por su luminosidad y belleza, por convertirse en consuelo y refugio de un protagonista tocado por el horror bélico, y por la autenticidad que desprenden sus emociones (Carr no solo pasó su infancia en Yorkshire, sino que además trabajó en la estación del ferrocarril, como uno de los personajes, y estuvo en la RAF durante la Segunda Guerra Mundial). Cuenta el autor en el prólogo que su intención inicial al escribir esta novela era narrar un idilio campestre, un poco al estilo de Thomas Hardy, aunque acabó por volverse a enamorar de todas las cosas buenas de sus vacaciones en el campo. Lejos de sentimentalismos forzados o melodramas, Un mes en el campo resulta una novela conmovedora, delicada y acogedora.
Lectora, ideal para quedarse a vivir todo el verano entre estas páginas.
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