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Reina Lucía de E.F. Benson

Emmeline Lucas, más conocida como Lucía, rige los designios de los habitantes más ilustres del pequeño pueblo inglés de Riseholme. Desde la intimidad de su casa isabelina, The Hurst, la reina Lucía conspira incansable, y en supuesto italiano, para seguir siendo el centro de la vida cultural y social del lugar. La acompañan sus más fieles súbitos: Pepino, su esposo, y Georgie, su mejor amigo. Nada escapa a sus redes pretenciosas, ni siquiera el nuevo gurú de la señora Quantock o los últimos y más recientes cotilleos sobre el Coronel. En realidad, estar al tanto de los secretos de todos los habitantes de Riseholme tampoco es ninguna proeza porque todos ellos hace tiempo que practican con fruición el deporte del cotilleo y el espionaje de los vecinos. Pero cuando Olga Bracely, una famosa diva de la ópera, decide quedarse a vivir en Riseholme, todo el equilibrio social se tambalea y Lucía ve como su reinado corre peligro de extinguirse. Y es que, por primera vez, hay alguien capaz de descubrir sin esfuerzos la pretendida sofisticación cultural de los Lucas.
«Nunca imaginé lo tremendamente interesantes que son las pequeñas cosas que le pasan a la gente de aquí. Todo es emocionante a rabiar, y allá donde mires hay otras cincuenta cosas igual de excitantes ¿Es porque todos os tomáis un interés tan excesivo en esas pequeñas cosas por lo que resultan tan apasionantes o es que son apasionantes en sí mismas, y la gente normal y aburrida, los que no son riseholmenses, no se dan cuenta de lo interesantes que son? El sarampión de Tommy Luton, los secretos de los Quantock, ¡el amante de Elizabeth…! Y pensar que yo creía que venía a un remanso de paz…«

Reina Lucía es la primera novela de una serie de seis que Edward Frederic Benson escribió en clave de humor sobre la burguesía rural inglesa de las primeras décadas del siglo XX. Una inteligente sátira, sazonada al más puro humor inglés, con la sutileza que solo Benson consigue imprimir en las disparatadas elucubraciones de sus protagonistas. Y aunque el autor se consideraba a sí mismo, esencialmente, un escritor de historias de fantasmas, lo cierto es que su saga humorística no tiene nada que envidiar a las obras de Nancy Mitford, P.G. Wodehouse o Stella Gibbons, entre otros de sus contemporáneos.
Reina Lucia es una novela que se disfruta por su buen ritmo de entuertos riseholmenses y sus retorcidos y patéticamente cómicos protagonistas, sátira implacable de la decadencia de una clase social y un estilo de vida (atención a los diálogos de Lady Ambermere: «Sí, algunos de esos brahmines proceden de familias bastante decentes (…). Yo siempre estuve en contra de considerar a toda esa gente de piel oscura un mismo grupo y llamarlos negros. Cuando estábamos en Madrás, yo era famosa por lo bien que discriminaba.«)
Los secretillos capilares de Georgie, las visitas intempestivas de Hermy y Ursy,  los cambios espirituales de Daisy, los inesperados amores otoñales del coronel, el sincero encanto de Olga o las farsas culturales de Lucía son algunos de los detalles de los que puede disfrutar el lector más desprevenido. Pero además del buen ritmo narrativo de E.F. Benson (al fin y al cabo el éxito de una comedia es su ritmo) y de sus personajes, Reina Lucía destaca especialmente por sus excelentes diálogos y sus ingeniosos juegos de palabras. Y en este sentido, se merece especial atención la encantadora traducción que José C. Vales ha hecho para la edición de Impedimenta, pues no sólo traslada con gracia esos juegos de palabras del original sino que además toma al lector de la mano y lo acompaña gentilmente a lo largo de toda la novela gracias a unas notas a pie de página realmente estupendas.
Lector, no importa si se te requiere con indumentaria Hitum, Titum o Scrub; si reina Lucía te convoca tienes que asistir.
También te gustará: El libro de la señorita Buncle; La hija de Robert Poste; A la caza del amor

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Una lectora nada común de Alan Bennett

Cuando la reina de Inglaterra entra en la biblioteca móvil de la Ciudad de Westminster para pedir disculpas por las travesuras de sus perros no esperaba encontrarse al señor Hutchings, conductor y bibliotecario. Su majestad no soporta defraudar la esperanza en los ojos de Hutchings y, casi al azar, elige un libro para llevárselo en préstamo. El único usuario de la biblioteca móvil es uno de los ayudantes de cocina de palacio, Norman Seakins, un joven pelirrojo y poco agraciado con una tendencia casi obsesiva por los autores gay. Pero inesperadamente, la reina empieza a leer y, para su sorpresa, descubre que le resulta más estimulante de lo que esperaba. Poco a poco, con el asesoramiento de Seakins y para disgusto de todos los habitantes del palacio (y del Primer Ministro), la reina de Inglaterra se convierte en una ávida lectora. Y, para su consternación, su majestad descubre que puede vivir a través de los libros, que puede asomarse a otras vidas, que la lectura, al fin, la está convirtiendo en persona, cosa que, para la reina de Inglaterra, no resulta nada conveniente.

«Considero la literatura (…) como un vasto país hacia las fronteras del cual viajo, pero a las que nunca llegaré. Y he empezado demasiado tarde. Nunca me podré poner al día.«

Una lectora nada común es una novela curiosa e inteligentemente divertida sobre una ficción muy creíble: de pronto, la reina de Inglaterra, despierta a una pasión lectora y se reconoce inesperadamente opsímata (persona que aprende tarde en la vida). Con buenas dosis del más sutil humor británico, un verosímil conocimiento de las interioridades de palacio y un ingenioso baile de personajes alrededor de la reina, Alan Bennett construye una historia original y extraordinaria sobre el despertar de la pasión lectora y sus consecuencias. Con un léxico notablemente rico, a veces exuberante, y una prosa elegantemente precisa, que contrasta por su formalidad pese a lo rompedor de su trama y situaciones (atención a la escena en la que la reina visita una fábrica y empieza a preguntar a los trabajadores qué libro están leyendo), el autor elabora una historia rotunda y sorprendente que encantará a todos los que alguna vez han sentido la voracidad por la literatura.
Los pensamientos de la reina, las reflexiones sobre su hambre de libros, las peripecias de Seakins («es demasiado feo para ser paje» y además una influencia perniciosa porque le gusta leer), la senectud de los amigos de la reina, la amenaza del declive intelectual, la ignorancia de los hombres de Estado o la impaciencia de una lectora nada común con algunos de los grandes escritores («¿Soy la única (…) a la que le gustaría decirle cuatro cosas a Henry James?«) son algunas de las razones por las que este libro brilla con fuerza entre las estanterías de cualquier biblioteca.
Lector, una historia divertida pero llena de buenas reflexiones, y cierta nostalgia, sobre la pasión lectora (de la que tú tampoco puedes deshacerte). Muy recomendable.

También te gustará: Cartas a la antigua China; Esperadme en el cielo; El libro de la señorita BuncleSi quieres hacerte con un ejemplar, haz clic en los siguientes enlaces:

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La hija de Robert Poste de Stella Gibbons

Cuando la joven Flora Poste se queda huérfana de ambos progenitores, se va a vivir temporalmente a casa de su amiga, la señora Smiling. Pese a la vida de viajes y opulencias que llevaban los Poste, los albaceas de Flora le comunican que su padre era, en realidad, bastante pobre y que a ella no le corresponde más que unas 100 libras anuales y ninguna propiedad. La señora Smiling anima a Flora a que se quede en su casa mientras estudia alguna cosa de utilidad que le permita trabajar y hacerse independiente pero los planes de la joven huérfana no coinciden con los deseos de su buena amiga. Flora quiere vivir en paz, tranquila, sin trabajar, a expensas de algún familiar. Como es rica en familiares, decide escribirles a todos una carta solicitando su asilo. Todos responden favorablemente y Flora, satisfecha, se decide por la oferta de su prima Judith, que vive en Cold Comfort Farm, en Sussex. Misteriosamente,  Judith menciona en su carta que tiene una deuda con Flora por lo que se le hizo a su padre y que la acogerán para resarcir ese antiguo agravio. Pero cuando la joven llega a la granja y conoce a sus asilvestrados y brutales parientes, comprende que sus planes de vivir placenteramente en paz van a tener que esperar. La hija de Robert Poste, lejos de desalentarse, se pone manos a la obra para cambiar Cold Comfort y a sus habitantes hasta conseguir el refugio ideal con el que siempre ha soñado.
Cuando Flora Poste llega a Cold Comfort Farm (literalmente, la granja del flaco consuelo) se encuentra una tía deprimida, un tío predicador que amenaza constantemente con el fuego del infierno a todos los pecadores (es decir, a ellos), un primo ambicioso que cuenta las plumas de los pollos, otro fatalmente seductor de mozas, un empleado centenario que habla con las vacas, una prima que se cree medio duendecillo, una moza que se queda embarazada siempre que florece la verdeparra y un montón de jornaleros, más o menos emparentados, que tienen más de animal que de persona. Pero por si este circo no fuese poco, Flora todavía tendrá que lidiar con el poder en las sombras: la misteriosa abuela Ada, que vive encerrada en su habitación y no permite que nadie se aleje porque, cuando era niña, «vio algo muy sucio en la leñera» que la volvió loca.
No existe ningún lector que pueda resistirse a una novela tan genial como La hija de Robert Poste. La divertidísima imaginación de Stella Gibbons recrea toda una aventura rural en la que destaca la brillantez de su estupenda prosa y el encanto imposible de su protagonista. En la línea del humor más puramente británico, al estilo de Wodehouse, Evelyn Waugh, Edmun Crispin o Nancy Mitford, Gibbons se mofa sin piedad de la novela romántica victoriana, los intelectuales pretenciosos y de las literarias descripciones insoportables de los decimonónicos. Divertida, ágil y rompedora, La hija de Robert Poste fue todo un éxito cuando se publicó por vez primera en 1932, pese a que tuvo que lidiar con los remilgos irlandeses por sus argumentos de contracepción, y hoy en día está considerada como una de las mejores novelas de la narrativa británica. El lector disfrutará tanto de la historia como del admirable dominio del lenguaje que demuestra Gibbons, su versatilidad, su encanto y su sanísima burla contra los ostentosos escritores que abusan de retorcidas metáforas y rebuscadas descripciones. Destacan, además del la divertidísima Flora y sus ganas de ordenar la vida de la granja, los personajes secundarios más estrafalarios de Sussex (como la señora Beetle y su banda de jazz) y las escenas de máxima tensión como la huida al baile, la liberación del toro Gran Negocio, o la fuga de Seth camino de Hollywood. Sin duda, una novela extraordinaria que resulta imprescindible para cualquier lector huérfano de consuelo en los tiempos que corren.
Se merece una especial mención la cuidadosa e impecable edición que de esta novela ha hecho la Editorial Impedimenta, así como la estupenda labor de traducción (terriblemente difícil por los juegos de palabras, ironías y sarcasmos narrativos de la brillante autora) de José C. Vales.
Lector, acompaña a Flora Poste a Cold Comfort y atrévete a conocer a los salvajes y excéntricos Starkadder ¿Podrá Flora domesticarlos? Aquí tienes una novela verdaderamente divertida.
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La sanguijuela de mi niña, de Christopher Moore

Jody vuelve a salir tarde otra vez del trabajo en la zona financiera de San Francisco y, de nuevo otra vez, lleva una espantosa carrera en las medias. En plena noche, antes de poder acercarse a la parada del autobús, un misterioso hombre moreno y pálido salta sobre ella para beber su sangre. Jody despierta dos noches después bajo un contenedor de basura y, cuando por fin consigue llegar a su apartamento, nada vuelve a ser como antes: se siente totalmente sana, muy fuerte y nada torpe, con los sentidos agudizados y muchas ganas de comerse al estúpido de su novio Kurt. Jody sabe que se ha convertido en vampiro y a partir de esa noche en adelante sus prioridades sobre medias intactas y pérdida de peso van a quedar relegadas muy abajo en su lista de supervivencia. Cuando encuentra a Tommy, un aspirante a escritor recién llegado de la rural Indiana, en donde todos le creían gay por querer ir a la universidad, y a los Animales del turno de noche del Safeway de Marina, sus problemas, lejos de verse solucionados, empiezan a aumentar exponencialmente.

Pese a sus lamentables y desacertados títulos en castellano e inglés (Bloodsucking fiends), La sanguijuela de mi niña es una más que entretenida novela muy lejos de los tópicos literarios de vampiros a los que el lector está acostumbrado. Más divertida por sus excéntricos personajes (el Emperador, los Animales, los dos policías de homicidios, etc.) y sus irónicas y absurdas situaciones, que no por una trama hilarante, la historia avanza con gracia y fluidez, interesando desde el inicio y manteniendo estupendamente el misterio y el crescendo del stress. Christoper Moore escribe con buen pulso, excelente ritmo, sarcásticos diálogos, metáforas divertidas aunque elegantes y respetuosas, ocurrentes juegos de palabras y una cuidada sencillez que hacen muy agradable su lectura. Moore es un buen ejemplo de novela de humor original, fresca y comedida, que insinúa más de lo que destapa y consigue que sus personajes y situaciones acaben por hacer sonreír al lector. Junto con Un trabajo muy sucio, y pese a su título (que desanima a cualquiera), La sanguijuela de mi niña es uno de los mejores trabajos de su autor. Ideal para olvidarse de todo un ratito entre sus páginas, incluso con resaca navideña.Lector, olvídate de Bram Stoker y de Anne Rice y ven a pasar un (estupendo) ratito con el Emperador y sus hombres, a la caza del vampiro. Pero quedas advertido, lector, los verdaderos monstruos raros de esta historia son todos humanos.
También te gustará: Un trabajo muy sucio
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La juguetería errante de Edmund Crispin

Cuando el señor Spode, prestigioso editor, visita a uno de sus más famosos poetas, Richard Cadogan, lo encuentra haciendo prácticas de tiro de dudosa puntería en el jardín de su casa. Cadogan está aburrido y poco inspirado, según él necesita vivir alguna apasionante aventura que le devuelva a la vida. En contra de los consejos del prudente Spode, el poeta decide ir a pasar unos días a Oxford, pensando que una ciudad en la que todo es posible le abrirá las puertas de la emoción. Pero la hermosa Oxford siempre es impredecible y Cadogan tropieza con un asesinato imposible la misma noche en la que llega a la ciudad. Cuando explica a la policía que se ha encontrado el cadáver de una mujer en una antigua juguetería de la calle Iffley, los agentes le toman por loco: ni la juguetería está donde Cadogan asegura, ni existe cadáver alguno. Quizás ha llegado el momento de pasar por St. Chrispother y solicitar la ayuda del perspicaz, y poco convencional detective, Gervase Fen.

El verdadero nombre de Edmund Crispin era Bruce Montgomery (1921-1978), licenciado en Oxford y autor de varias novelas y cuentos sobre las aventuras detectivescas de Gervase Fen, un profesor de literatura inglesa del ficticio St. Christopher, que aterroriza el campus, y al resto de la ciudad, al volante de su automóvil Lily Christine III. La juguetería errante es uno de los mejores casos de Fen y está considerada como un clásico de la novela británica de detectives. Divertida, trepidante y misteriosa, esta novela destaca no solo por su interesante planteamiento de un asesinato imposible (al más puro estilo Agatha Christie) sino, sobretodo, por la excentricidad de sus particularísimos personajes y su gran sentido del humor. Cadogan y Fen son, sencillamente, geniales y sus diálogos oscilan entre una irónica disertación de literatura inglesa y el más enloquecido razonamiento policial (Fen llega a preguntarse «¿qué haría ese listillo de Holmes?»). La irrupción en escena de Gervase Fen en su coche, el absurdo robo de Cadogan, las reflexiones de un camionero, el encanto de un lánguido estudiante llamado Hoskins, un alcoholizado janeausteniano o las extraordinarias persecuciones finales, son algunos de los múltiples encantos de esta original historia.Recomiendo al lector la reciente edición (noviembre 2011) de la editorial Impedimenta, un auténtico lujo por su agradable y brillante traducción, su impecable formato y una mimada edición (casi, casi) exenta de erratas. Es innegable que Impedimenta ha sabido conservar, con acertada elegancia y cariño, la esencia y el encanto de una novela inglesa escrita en 1946.

Lector, ajústate tu mejor flema británica y sigue los pasos, si puedes, del detective más excéntrico de Oxford en el caso más peliagudo de su carrera. Te divertirás.

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