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Carter & Lovecraft, de Jonathan L. Howard

Daniel Carter y Charlie Hammond son compañeros detectives en homicidios y están a punto de detener a un asesino en serie cuando todo se tuerce y acaba en desastre. Carter decide abandonar el cuerpo y, unos meses después, retoma su vida laboral como investigador privado. Su trabajo es monótono, incluso aburrido, hasta que un misterioso abogado de prestigio se cuela en su oficina para comunicarle que es el único heredero de una propiedad en Providence. Cuando el detective viaja hasta la ciudad para echar un ojo al inmueble descubre que es una librería y que su única empleada es Emily Lovecraft, la última descendiente del escritor. Carter no es lector habitual pero cuando la librera le explica que él se llama justo como un aventurero personaje de las novelas de su antepasado, y un hombre sin identidad se empeña en implicarle en la pista de un extrañísimo asesinato, la realidad empieza a volverse demasiado rara para el pragmático ex-policía. Con ayuda de un maletero lleno de armas, la capacidad de Carter para ver más allá y el mapa literario de Emily, los recién asociados Carter & Lovecraft lo arriesgarán todo para salvar el mundo de las deidades terroríficas que lo acechan.
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Fragmento de Carter & Lovecraft
Fue el Ingeniero quien se encontró con este libro, le llamó la atención su portada y ese Lovecraft del título. El Ingeniero no es lector habitual (igual que Daniel Carter) pero tiene buen olfato para los libros excéntricos que suelen encandilarme y me lo señaló en la librería. Me lo llevé sin saber nada más de él y empecé a leerlo casi en seguida, en vacaciones me apetecía algo inesperado. En el tercer capítulo ya sabía que no podría soltarlo de lo fascinada que me tenía. No soy una fan de H. P. Lovecraft pero con saber quién es el autor y sobre su universo literario se tiene suficiente hoja de ruta como para disfrutar muchísimo con esta novela llena de suspense e inquietantes distorsiones de la percepción (como le llaman en la historia). Y aunque mi sinopsis os parezca un tanto delirante os prometo que es causa de mi torpe entusiasmo, en serio que el libro vale la pena.
Carter & Lovecraft no es un homenaje a Howard Phillips Lovecraft, ni un pastiche, ni siquiera un intento de imitación o sucesión de sus obras. Carter & Lovecraft es una novela que recoge con sorprendente acierto el espíritu de su bibliografía, su universo y sus personajes, y los incorpora con mucha gracia y soltura en un estupendo thriller detectivesco con tintes paranormales. Con un sentido del humor que te hace soltar la carcajada —atención a las constantes referencias a Harry Potter—, la capacidad de sorprender al lector con lo inesperado, un ritmo de trama trepidante con escenas de alta tensión, suspense, e incluso terror, esta historia es perfecta para cualquier lector aburrido y con ganas de buenos personajes, diálogos brillantes y una inesperada librería. Daniel Carter y Emily Lovecraft son geniales, sobre todo la librera, y aunque su Moriarty no acaba de estar a la altura de ambos se compensa con personajes secundarios tan espeluznantes como un político conservador, por ejemplo.
Lector, te encantará seas o no fan de Lovecraft. Y si la librería, la librera descendiente del escritor y su apasionante aventura paranormal no son suficientes, te daré un argumento que no podrás rechazar: Daniel Carter lee La juguetería errante, de Edmund Crispin, durante casi todo el libro.
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Postdata. Curiosa historia de la correspondencia, de Simon Garfield

Las cartas de legionarios romanos movilizados en Vindolandia pidiendo más cerveza para las tropas o calzones para el invierno inminente; las tiernas declaraciones de amor de Plinio el Joven a su esposa Calpurnia («no te imaginas el anhelo de ti que me posee»); las descripciones de Petrarca, el verdadero primer turista de la Historia; Las breves misivas entre Enrique VIII y Ana Bolena; los encantadores cotilleos de madame de Sévigné; las instrucciones, más o menos prácticas, para su hijo del conde Chesterfield («No te rías de una persona por su aversión al queso o a los gatos«); las rabietas de Napoleón con Josefina («Me cuentan que te has puesto gorda como una granjera normanda«); las soporíferas epístolas de Jane Austen… Cartas, cartas, cartas de todos los tiempos y de todas las formas, tamaños, estilos y excéntricos remitentes ocupan esta extraordinaria y divertidísima historia de la correspondencia. Desde la primer carta (ficticia) de la Historia hasta la irrupción en el último cuarto del siglo XX, pasando por la invención del sistema de correos, los buzones o la romántica Dead Letter Office, entre otros muchos hitos epistolares, Simon Garfield deleita al lector con anécdotas y personajes insuperables mientras repasa con encanto, humor y mucho ingenio la curiosa historia de la correspondencia en occidente.
«Las cartas tienen el poder de engrandecer la vida. Son prueba de motivación y ahondan en el entendimiento. Demuestran cosas, cambian vidas y reordenan la historia. Hubo un tiempo en el que mundo funcionaba gracias al correo (…). Un mundo sin cartas sería ciertamente un mundo sin aire que respirar.«

«A mi mujer, Justine Kanter, la conocí en una época en la que los correos electrónicos y SMS románticos ya habían desbancado a las cartas. Este libro es un intento de revertir ese proceso.«
Simon Garfield dice que su intención al escribir este estupendo y curioso ensayo sobre la historia de la correspondencia es rendir homenaje a las epístolas que han plasmado todo un mundo además de cumplir con la misión de deleitar a sus destinatarios. Por estas páginas desfilan filósofos, escritores, novelistas, poetas, periodistas, emperadores, soldados, líderes religiosos, dictadores, aristócratas, funcionarios, comerciantes… Todo un elenco de personalidades, más o menos conocidas, que dejaron al mundo el testimonio de sus apasionantes, excéntricas, aburridas, soberbias, estúpidas, conmovedoras, etc. epístolas.
Garfield no solo se detiene en un divertido análisis de los escritores de cartas más interesantes de la historia —Cicerón, Marco Aurelio, Petrarca, Madame de Sévigné, Samuel Richardson, Anthony Trollope, Virginia Woolf, John Keats, Henry Miller, Ted Hughes, etc.— sino que acompaña al lector a lo largo de varios capítulos sobre la aparición del primer sistema postal en Gran Bretaña, la propuesta de los buzones, la censura y el espionaje, los códigos en clave de los sobres (a principios del s. XVII dibujaban una horca para indicar lo que podía pasarle al jefe de correos si se perdía la misiva o para apremiar al mensajero con dicha amenaza), el uso de los primeros sellos, los inventos postales de Lewis Carroll, las excentricidades de Oscar Wilde o la tristeza de Charlie Brown cuando pronuncia «Debe haber millones de personas en todo el mundo que no reciben nunca cartas de amor. Yo podría ser su líder.«
Para que os hagáis una idea de lo divertido, curioso y apasionante que es esta historia de la correspondencia os dejo una muestra de parte de su índice.
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Los capítulos sobre los escritores de cartas, los inventos postales y sus avances o las instrucciones para escribir misivas correctas en todas las ocasiones (cartas sobre escándalos, alerta sobre el peligro de una conducta demasiado coqueta o consuelo para una dama que ha perdido su belleza por la viruela) se intercalan con la reproducción de las vívidas cartas del soldado especialista Chris Barker a su prometida desde su emplazamiento militar en Oriente durante la Segunda Guerra Mundial.  
Lector, un entretenidísimo y apasionante ensayo, imprescindible para las almas románticas y curiosas.

Descubrí este apasionante libro gracias a la magnífica reseña de Mientras Leo

Si te apetece conocer que otras jugosas anécdotas de escritores famosos comparte con el lector Simon Garfield te invito a que leas el artículo que escribí para La piedra de Sísifo sobre este libro: Esos locos escritores de cartas

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Las mil y una historias de A.J. Fikry, Gabrielle Zevin

La librería del señor A.J. Fikry es el único negocio que se dedica a vender libros en la pequeña Alice Island, en Maine. El excéntrico señor Fikry tiene un carácter huraño e intransigente, no participa de ningún modo en la vida social del pueblo, echa sin contemplaciones de su librería a todo aquel que le irrita o sobrepasa la hora del cierre y solo tiene buenas ventas en verano, cuando llegan los turistas. De hecho, es capaz de llevar al borde del llanto incluso a Amelia Loman, la inteligente y experimentada comercial de la editorial Pterodactyl Press, cuando llega a la librería para mostrarle el catálogo de invierno. Todos en Alice Island saben que A.J. Fikry ha tenido un mal año pero hasta la fecha solo un oficial de policía ha sabido escucharle. Las cosas solo parecen empeorar para el librero cuando le desaparece un valioso manuscrito y alguien deja un bebé olvidado en su librería ¿O es posible que esas dos circunstancias no sean, después de todo, tan malas para A.J. Fikry?
«Aunque es un enamorado de los libros y dueño de una librería, A.J. no siente especial aprecio por los escritores. Le parecen descuidados, narcisistas, idiotas y, en general, personas desagradables. Evita conocer a los que han escrito libros que le gustan por miedo a que dejen de gustarle.«

Había leído buenas y tibias reseñas antes de abrir Las mil y una historias de A.J. Fikry por eso sabía que el protagonista era un librero y supongo que fue eso lo que me animó a darle una oportunidad pese a las opiniones encontradas de los lectores blogueros. Me he encontrado con una novela distinta, con párrafos brillantes, personajes que desbordaban excentricidad (¿no son estos los mejores?) y un sentido del humor que me ha conquistado. 
La prosa de Gabrielle Zevin fluye con naturalidad y regala al lector algunas reflexiones sobre la vida y la literatura que resultan hermosas para cualquier bibliófilo empedernido. Como, por ejemplo, una de las declaraciones de amor más bonitas que he leído hasta la fecha:
«Cuando leo un libro quiero que tú lo leas al mismo tiempo. Quiero saber qué te parece.«
O algunas verdades con las que todos nos hemos encontrado alguna vez con un libro entre las manos:
«A veces los libros no nos encuentran hasta que llega el momento adecuado.«
Me han gustado especialmente los diálogos de Las mil y una historias de A.J. Fikry, sobre todo las conversaciones entre A.J. y el agente Lambiase; el carácter peculiar y la evolución del protagonista; la relación entre Maya y A.J. y cómo Maya se va convirtiendo en un Fikry en diminuto. Pero sobre todo he disfrutado de una narración original, nada predecible, y con un buen sentido del humor pese a los claroscuros, es decir, esa visión tragicómica de la vida de Alice Island que nos ofrece Gabrielle Zevin. Sin embargo, aviso al lector de que el final me ha parecido especialmente atroz e innecesario, es mi única pega a esta estupenda lectura.
Lector, una buena historia en la que los libros son protagonistas incluso entre líneas.
También te gustará: La librería encantada; La librería; La librería de las nuevas oportunidades; Cosas raras que se oyen en las librerías

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El año del verano que nunca llegó, de William Ospina

En 1816 no hubo verano. Durante los meses del solsticio estival se registraron las temperaturas más bajas de todo el milenio para esas fechas. Granizo, nieve, lluvias torrenciales, frío… Las cosechas se malograron, los animales morían, las personas padecían hambre, enfermedad y depresión. El cielo enloqueció, amaneceres y anocheceres de colores imposibles fueron retratados por Turner y, en algunos lugares del mundo, el sol se ocultó durante días sumiendo la tierra en una penumbra ininterrumpida. Fue entonces, en ese junio sin verano, en Suiza, a orillas del lago Lemán, cuando Mary Wollstonecraft Shelley escribió Frankenstein, la historia más terrorífica jamás contada. Mary había llegado a villa Diodati acompañada de su hermana, Claire Clairmont, y de Percy Shelley, invitados por Lord Byron y su joven médico particular, William Polidori. Durante aquel verano, estos jóvenes extraordinarios, capaces de cuestionarse todo su mundo y sus convencionalismos, no solo leyeron historias de miedo y de fantasmas, poemas góticos y leyendas escalofriantes, sino que se desafiaron a escribir sus propios terrores. William Ospina empieza a tirar del hilo de esta fantástica historia para acercarse al misterio de aquellos días que compartieron Shelley y Byron, aquellos días de verano sin verano que forjarían la amistad eterna y legendaria que habría de marcar los respectivos destinos de ambos y de todos aquellos que los acompañaron.
«Y fue muy cerca de Ginebra, en las orillas del lago Lemán, donde aquella sombra inesperada, en el momento en que debía comenzar el verano, mantuvo encerrados por varios días a un grupo de extranjeros que se había reunido casi por azar.«

Explica William Ospina que en cuanto empezó a documentarse sobre los personajes y los acontecimientos que sucedieron en villa Diodati en el extraño verano de 1816 supo que no podría escribir una novela al respecto. Ospina no tiene más remedio que escribir este extraordinario libro a modo de ensayo, de investigación novelada, porque es el único camino en el que se siente seguro de ser fiel a la experiencia, de no deformar con la ilusión de la ficción unos hechos históricos ya de por sí suficientemente misteriosos y legendarios como para resistir cualquier realismo. Todo alrededor de Byron y Shelley, trágicos y bellos héroes románticos por excelencia, parece estar envuelto con las misteriosas y apasionadas nieblas del romanticismo. No debe olvidar el lector que el romanticismo de principios del siglo XIX nació, entre otras circunstancias, como una reacción a los excesos del racionalismo. Y no es que los románticos fuesen redomados religiosos o retrógrados respecto a la ciencia y a las luces de la Razón, pero sí que defendían el misterio, el poder destructor y magnífico de la Naturaleza, y las tinieblas y el oscurantismo de lo recóndito de la condición humana sobre los que ninguna ciencia podría arrojar luz alguna porque nadie ha cartografiado todavía el alma humana. Incluso Mary Shelley escribió sobre un monstruo producto de la ciencia, de la arrogancia del ser humano jugando a ser creador y traicionando las leyes de la Naturaleza.
«Todo lo que tocaba Byron quedaba contagiado de inquietud, de pasión y de sombra.«
El año del verano que nunca llegó no solo es una investigación apasionante sobre los Shelley, sobre Byron, sobre Polidori o sobre Claire Clairmont, sino que página a página se convierte en la apasionante obsesión de William Ospina. Y es entonces cuando la magnífica prosa del autor se convierte en un torrente contagiado de romanticismo, de misterio, de destinos entrelazados y belleza histórica. Al autor lo envuelve de tal manera el halo trágico y tenebroso de sus héroes que incluso escribe capítulos (como en el que visita el pueblo de Newstead) góticos, lúgubres, legendarios, llenos de inquietud, de corazonadas, de saltos mortales del destino y el azar; de manera que uno podría pensar que, incluso en la distancia de los siglos, Byron le ha tocado contagiándole de inquietud, de pasión y de sombra. El lector no solo disfruta descubriendo alguno de los peculiares rasgos de la amistad de Shelley y Byron, o de la vida personal de Mary o de Polidori, o de la reacción de la sociedad de la época y de los familiares y cónyuges de los jóvenes rebeldes, sino que también se recrea con placer en la belleza estilística de Ospina o en el sentimiento de total entrega del autor en este extraordinario ensayo sobre cómo se escribieron Frankenstein y el mito del vampiro moderno (El sueño de la razón produce monstruos). 
Lector, imprescindible para los admiradores de la pandilla de villa Diodati pero también para todos los lectores curiosos y adictos a las historias apasionantes. La voz de William Ospina brilla con luz propia incluso entre las tinieblas de este verano sin verano.
Si te apetece leer un poquito más sobre las coincidencias del destino de los románticos que William Ospina trata en este libro, te recomiendo que leas el artículo que escribí para La Piedra de Sísifo en noviembre, mientras leía El año del verano que nunca llegó
También te gustará: Frankenstein
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Por no mencionar al perro, de Connie Willis

El historiador Ned Henry ha sobrepasado con creces los cuatro saltos temporales por mes que decretan los médicos en la red por culpa de la búsqueda del tocón del pájaro del obispo. Faltan apenas quince días para la inauguración de la reconstrucción de la catedral de Coventry y Lady Schrapnell, la mecenas que financia y supervisa, sigue obsesionada con encontrar esa horrible obra de arte victoriana que se perdió en los incendios de los bombardeos de la Luftwaffe sobre Gran Bretaña en 1940. Cuando Henry regresa a la actualidad, el año 2057, los médicos le diagnostican vértigo transtemporal agudo y le recetan dos semanas de intenso descanso. El exhausto historiador sabe que no podrá descansar a menos que se escape del delirio de Lady Schrapnell así que corre al laboratorio central de saltos temporales y le pide ayuda al director, el señor Dunworthy. Dunworthy, alarmado por la cantidad de saltos de Henry y viendo su lamentable estado, decide enviarlo a la época victoriana para que pueda descansar. Pero justo en esos momentos, aparece la agente Verity con un problema de trasferencia y el señor Dunworthy decide matar dos pájaros de un tiro: mandar a Henry al 7 de junio de 1889, a Oxford, para que descanse en la Inglaterra victoriana y de paso solucione la pequeña trasgresión de Verity. La cuestión es que Ned Henry, por culpa de su vértigo transtemporal, no entiende el alcance de su sencilla misión y aparece en medio de la apacible campiña inglesa de finales del siglo XIX sin tener ni idea de lo que se espera de él.
«-Es del siglo veinte -dijo ella-. Lo que significa que está fuera de su área. No puedo autorizar su marcha sin preparación.
-Bien -el señor Dunworthy se volvió hacia mí-. Darwin, Disraeli, la cuestión india, Alicia en el país de las maravillas, Turner, Tennyson, Tres hombres en una barca, miriñaques, croquet…
-Limpiaplumas – dije yo.
-Limpiaplumas, tenacillas para el pelo, tapetes de ganchillo, el príncipe Alberto, chaqués, represión sexual, Ruskin, Fagin, Elizabeth Barrett Browning, Dante Gabriel Rosetti, George Bernard Shaw, Gladstone, Galsworthy, el renacer gótico, Gilbert y Sullivan, tenis sobre hierba y sombrillas. Ya está -le dijo al serafín-. Está preparado.«

 

A veces, cuando cierras un libro que has terminado de leer vives varios días más dentro de su universo, codeándote con sus personajes, reviviendo diálogos y situaciones. Incluso sientes nostalgia de pasar sus páginas, de seguir inmersa en su genial aventura, y te cuesta empezar una nueva lectura porque ¿cómo vas a querer dejar atrás a Ned Henry y a Verity, a la insufrible Tossie y al enamoradizo Terence, al perfectísimo Baine, al temperamental Cyril, al despistado profesor Peddick, a Princesa Arjumand o al increíble Finch/Jeeves? Por no mencionar al perro, de Connie Willis es ese tipo de libro.
Genial, divertido, con una trama original y unos personajes extraordinarios, Por no mencionar al perro es una novela que me parece del todo imprescindible para aquellos que saben disfrutar de Wodehouse, Stella Gibbons, Jerome K. Jerome, Edmund Crispin, E.F. Benson, D.E. Stevenson, Arnold Bennett, etc. Y es que esta estupenda novela de Connie Willis no solo es un simpatiquísimo homenaje a Tres hombres en una barca de Jerome sino que recoge con gran acierto y encantadores guiños la mejor tradición literaria inglesa de la sátira, la ironía y el humor.
Desde las referencias al Jeeves de Wodehouse, o a La Piedra lunar de Wilkie Collins, hasta las constantes menciones de autores y obras de la Inglaterra de los siglos XIX y XX, pasando por las bromas a costa de la huída de Elizabeth Barrett Browning o a las ocupaciones de Charles Dodgson, y hasta la aparición estelar en el Támesis de los protagonistas de Tres hombres en una barca (novela a la que Por no mencionar al perro debe su título, su inspiración, su espíritu y su divertidísimo homenaje), entre otros muchísimos más detalles, Willis ofrece al lector un constante juego metaliterario en diálogos desternillantes o comparaciones divertidísimas que se ganan la complicidad del lector desde las primeras páginas. Una gata llamada Princesa Arjumand, una matrona victoriana afecta al espiritismo que crítica a Arthur Conan Doyle, un duro enfrentamiento entre teorías históricas (Overforce vs Peddick), un joven que habla con citas de Tennyson, un secretario del siglo XXI que siempre ha querido ser como Jeeves… Las páginas de esta estupenda novela de humor están llenas de personajes extraordinarios y situaciones cómicas marcadas por dos constantes debidas al destino: la búsqueda de una obra de arte horrible (y por ello indestructible)
«-Las cosas horribles no se destruyen nunca -continuó ella-. Era una ley. La estación de St. Pancras no resultó afectada por el Blitz. Ni el Albert Memorial. Y esto sí que es horrible.«
y salvaguardar el continuum histórico propiciando que la bella pero tonta Tossie (¡Por todos los dioses! ¿qué nombre es Tossie?) conozca a su marido, un señor del que los historiadores solo saben que su apellido empieza por «C».
«-¿Quién es ese señor Chips o Chesterton o Coleridge con quien se supone que va a casarse?»
 
«-Y si encuentra a alguien llamado Chaucer o Churchill, envíelo a Muchings End.»
No importa si el lector adivina quién es ese futuro marido antes de la mitad de la novela, Por no mencionar al perro es tan divertida, interesante, simpática, original y genial que no podrá dejar de seguir leyendo con idéntico entusiasmo.
Lector, hacía tiempo que no me divertía tanto con una novela.
Nota: Esta reseña es de esas que siempre tenemos la sensación de que se nos quedan cortas y cojas. Me ha gustado tanto este libro, y quiero recomendároslo por tantas cosas, que seguro que podría haberlo hecho muchísimo mejor pero me ha podido el entusiasmo. Disculpa lector, ¡pero que gustazo encontrarse de vez en cuando con lecturas como esta!
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Por no mencionar al perro

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