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La hija del tiempo, de Josephine Tey
El inspector de Scotland Yard Alan Grant está de pésimo humor, se siente humillado desde que un torpe accidente, durante la persecución de un delincuente, le tiene confinado en una cama de hospital. Durante su período de recuperación sus amigos le visitan para animarle y llevarle lecturas, pero Grant sigue gruñón, apático y aburrido. Hasta que la siempre impecable Marta Hallard le trae unas fotografías de grandes criminales de la Historia. El inspector se queda intrigado por el caso de Ricardo III, el último rey Plantagenet, acusado de asesinar a sus dos sobrinos además de otras iniquidades. Desde la cama del hospital, Grant irá tirando de la madeja de pruebas alrededor de las acusaciones que se tejieron sobre Ricardo III y pronto se dará cuenta de que nada encaja como debería: los sobrinos sobrevivieron a Ricardo veinte años, los escritos de Thomas More (a las órdenes de los Tudor que usurparon el trono tras Ricardo y que solo contaba con ocho años cuando murió Ricardo) son una copia de un manuscrito obra del mayor enemigo de Ricardo, las fuentes contemporáneas (incluidos sus familiares) se refieren al rey como sabio, buen administrador, cariñoso, progresista, generoso… ¿Por qué la primera orden del rey Tudor que le sucede en el trono es quemar el titulus regius que había otorgado a Ricardo III su legitimidad como monarca de Inglaterra? ¿Por qué no utilizó el argumento del asesinato de los niños para desprestigiar al rey legítimo sino que se guardó la información hasta veinte años después? Ante tantas preguntas sin respuestas, Grant recupera el buen humor y la pasión por resolver misterios. Con la ayuda de un joven estudiante norteamericano —que comprende bien las paradojas de la Historia—, el inspector resolverá uno de los crímenes más famosos de Inglaterra… sin moverse de la cama de un hospital.
«—Todos los que estuvieron allí saben que la historia es falsa y, sin embargo, jamás se ha desmentido. Es una historia absolutamente falsa que ha adquirido tintes de leyenda porque los hombres que lo sabían miraron hacia otra parte y no dijeron nada.
—Sí. Es muy interesante cómo se crea la historia.«

La hija del tiempo ha sido una de las mejores lecturas de este 2016, en parte porque soy historiadora y me encantan estas investigaciones realistas en épocas tan apasionantes como el cambio de una dinastía inglesa, y en parte porque es una novela divertida que plantea un enigma tan absorbente que convence a cualquier lector (historiador o no). Y aunque Josephine Tey le mete mucha caña a los historiadores —dice que somos unos estúpidos sin sensibilidad— y alucina un poquito con teorías que relacionan la fisonomía con la criminalidad (debía de estar de moda entre las técnicas policiales cuando escribía la señora, en 1951), la novela es genial de principio a fin. No hay un gran caso, ni una trama complicada, simplemente es el inspector Alan Grant investigando sobre la figura de Ricardo III, pero resulta muy entretenida, distinta y con encanto. ¡Qué demonios!, es hasta divertida (no se pierda el lector el concepto de Tonypandy y las conversaciones de Grant con Marta Hallard).
El título de la novela se debe a un proverbio antiguo, La verdad es hija del tiempo, y es el más famoso de la bibliografía de Josephine Tey (1896-1952), autora a la que tuve el placer de leer por vez primera en La señorita Pym dispone. La prosa de Tey es ágil y el punto de vista de sus personajes, así como sus comentarios, están llenos de buen humor británico; sin duda, tiene el don de trasmitir encanto y feelgood hasta cuando se trata de una novela de corte policíaco (un poco atípica, eso sí). La hija del tiempo se disfruta por su protagonista, porque sabe mantener la curiosidad del lector, por las reflexiones sobre Historia y Verdad (a menudo la verdad se distorsiona por intereses políticos o económicos de ahí que uno de los personajes afirme que la Historia verdadera está en los libros de cuentas), y por la figura de Ricardo III, un rey que podría haber llevado a su país a un siglo de luz, de progreso y justicia social sino hubiese muerto en medio de una batalla, clamando al cielo por un caballo.
Lector, te gustará incluso aunque no seas habitual de la novela histórica. Perfecta como lectura policíaca distinta a las habituales.
Nota: me gustó especialmente la reseña de Las lecturas de Mr. Davidmore
Nota (II): si os apetece saber un poco más sobre Ricardo III y la controversia de su memoria histórica, os dejo el enlace al excelente artículo de Daniel Fernández de Lis en su blog Curiosidades de la Historia: ¿Asesinó Ricardo III a los príncipes de la Torre de Londres?
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Etiquetado Libros excéntricos, Literatura británica, Novelas adorables
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El general Ople y lady Camper, de George Meredith
El apacible general retirado Wilson Ople y su joven hija Elizabeth se mudan a las afueras de Londres para disfrutar de la tranquilidad de su casita, su jardín, sus paseos a caballo y sus amables amistades. Sin embargo, el general pronto empieza a sentir una intensa curiosidad por su excéntrica vecina, la misteriosa lady Camper. Sobrina de un conde, viuda resentida con el género masculino, la señora Camper no tardará en convertir en un infierno la vida del pobre Ople con sus absurdas peticiones, sus crípticas reprimendas y el engorro de su sobrino. El temperamento aventurero del aguerrido general jamás había conocido semejantes provocaciones.
«Lady Camper había recorrido Europa y conocía Oriente. Varias acuarelas de los escenarios visitados adornaban sus paredes, y un par de pistolas que, a decir de ella, le habían sido útiles, reposaban en el escritorio de su salón. A través del párroco, el general Ople se enteró del inmenso desdén que la señora sentía por los hombres, cosa que, curiosamente, alternaba con los lamentos por la debilidad de las mujeres.
-Pues ella no es un ejemplo -dijo el general pensando en las pistolas.«

El general Ople y lady Camper es una novela breve en la que George Meredith trata con mucho humor y simpatía varios de los temas recurrentes en su bibliografía como la crítica a la hipocresía de los modales y comportamientos de los caballeros en la época victoriana, el esnobismo o la ignorancia. En el personaje de lady Camper, Meredith reivindica a una mujer fuerte, inteligente e independiente, lejos de la sumisión femenina a la que estaban condenadas las damas de finales del siglo XIX; en cambio vierte en la bonachona pero tontorrona figura del pobre general Ople toda su mofa sobre el esnobismo y la mojigatería de la época.
La estupenda edición de Ardicia Editorial (editores que me sorprendieron gratamente con El gran misterio de Bow) incluye un posfacio de Virginia Woolf en el que la escritora reflexiona sobre las clases sociales en la literatura inglesa a raíz de las consideraciones de Ople con «la sobrina de un conde» y de la crítica burlesca de Meredith con la sociedad de su época. No hay caballeros en Dickens, dice Virginia Woolf, ni obreros en Thackeray.
«El anonimato, a cuya sombra trabajan mucho más felices los escritores, es prerrogativa exclusiva de la clase media. Los escritores proceden de esa clase porque solo en ella el ejercicio de la escritura se considera un acto tan natural y tan cotidiano como arar un campo o construir una casa. Ser poeta resultó seguramente más difícil para Byron que para Keats; y es tan imposible imaginar que un duque llegue a ser un gran novelista como que El paraíso perdido lo escribiera un hombre detrás de un mostrador.»
Lector, una oportunidad genial para conocer a George Meredith y su sentido crítico del humor. Seguro que repites.
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Consejos para niñas pequeñas, de Mark Twain
Como bien indica el título de este cuento, este libro es un compendio de consejos para las niñas pequeñas. Prácticos, disparatados, sencillos, complicados, crueles, eficaces… pero siempre provistos de un contagioso sentido del humor, el del genial Mark Twain.
«En ningún caso debes quitarle a tu hermanito su chicle por la fuerza, es preferible engañarlo con la promesa de que le darás los primeros dos dólares y medio que encuentres flotando en el río sobre una piedra.«

Una pieza breve de Mark Twain con las divertidas ilustraciones de Vladimir Radunsky y en la magnífica edición de Sexto Piso.
«Si tu madre te pide que hagas algo, no está bien decirle que no. Es mejor y más conveniente darle a entender que harás lo que te ordena y, después, proceder con discreción según los dictados de tu sabio criterio.«
Lector, una pequeña muestra de humor para incondicionales del escritor de Tom Sawyer.
También te gustará: Un misterio, una muerte y un matrimonio; El libro de los esnobs; Abajo el colejio
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La tierra de los abetos puntiagudos, de Sarah Orne Jewett
A finales del siglo XIX, una joven escritora decide retirarse del mundo durante todo un verano para terminar el libro que la tiene ocupada. Su destino es Dunnet Landing, un pueblecito costero que se ha ido quedando aislado debido a la desaparición del comercio marítimo en esa parte de Nueva Inglaterra. Convencida de que encontrará paz y recogimiento, alquila una habitación en casa de la extraordinaria señora Todd, una peculiar y enérgica dama de mediana edad experta en hierbas y remedios naturales. Lejos de aburrirse, la escritora pronto se sentirá cálidamente acogida por la pequeña comunidad de Dunnet Landing, en donde todos están unidos por ancestrales lazos de respeto y de cariño a pesar de las inevitables rencillas y chismes vecinales. La historia de fantasmas del capitán Littlepage, la longeva y optimista madre de la señora Todd, la romántica y trágica historia de Joanna, la conmovedora tristeza del marinero Tillney… Todos y cada uno de ellos se ganarán el corazón de la recién llegada, que ya nunca podrá olvidar ese pequeño pueblecito entre el mar y los bosques de abetos puntiagudos.
«El aire era puro y una no podía desear otra cosa que convertirse en ciudadana de un continente tan diminuto pero completo como aquella tierra de pescadores.«

La tierra de los abetos puntiagudos es el título más sobresaliente de la escritora Sarah Orne Jewett (1849-1909). En esta novela hace un retrato delicadísimo y rebosante de ternura de una pequeña comunidad olvidada del mundo debido al progreso del comercio marítimo estadounidense. Con una prosa elegante, que se vuelve extremadamente bella cuando describe los maravillosos paisajes verdes y aguamarina de Dunnet Landing y alrededores, la autora salva a su protagonista del mundanal ruido y le regala un verano inolvidable en el que los valores ancestrales de ayuda mutua y cooperación, los lazos de una pequeña comunidad, adquieren tintes nostálgicos y míticos.
«-Había buenos cantantes, sí, excelentes (…). Pero por casualidad acabé cerca de la mujer de Peter Bowden, de Great Bay, y no pude evitar pensar que si estaba tan lejos de su casa como lo estaba de entonar bien, no podría regresar en un solo día.«
Además de la estupenda galería de personajes que ofrece Sarah Orne Jewett —llenos de fuerza y de coraje pese al aislamiento, la soledad, la muerte de los seres queridos o la pérdida del mar como vía para conocer el mundo y ampliar cultura y pensamiento— el sentido del humor salpica con mucha gracia y calidez la narración de esta pequeña gran historia. La autora reflexiona sobre las duras contrapartidas de aislarse del mundo pero también sobre la autenticidad de las relaciones que se establecen (con otras personas y con la naturaleza) en un medio de esas características.
Lector, una historia atemporal y feelgood que te encantará.
Atención a la contraportada: Willa Carther señala La tierra de los abetos puntiagudos como un clásico norteamericano capaz de salir indemne pese al continuo transcurrir de la Historia.
Esta encantadora historia llegó a mí gracias al sorteo del aniversario de La Caverna Literaria de Jesús y a la pequeña y maravillosa (como Dunnet Landing) editorial Dos Bigotes.
También te gustará: Una temporada para silbar; Verano en English Creek; Me voy con vosotros para siempre; Cartas de una pionera; Cuatro hermanas
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Flores para la señora Harris, de Paul Gallico
Ada Harris es una señora de la limpieza londinense que trabaja sin descanso en las casas de los mejores barrios de la ciudad. Aunque su profesión consiste en limpiar toda la porquería que los cerdos humanos dejan tras de sí en sus hogares, a Ada le gusta, es algo así como un perpetuo orgullo doméstico. Junto a su mejor amiga, la señora Violet Butterfield, también limpiadora, disfruta de los placeres sencillos de una taza de té en buena compañía, la compra de algún sombrero nuevo y salir al cine. Pero Ada tiene una necesidad perpetua de belleza en su vida, quizás por eso le gustan tanto las flores, y seguramente por eso cae totalmente rendida cuando ve por primera vez dos vestidos de Dior en el armario de una de sus patronas. Desde ese día, un deseo ardiente de comprarse su propio vestido de Dior posee a la buena de la señora Harris que llevará a cabo un riguroso plan de ahorro para volar a París y cumplir su anhelado sueño.
«Por muy anodina y gris que pareciera su existencia, la señora Harris siempre había deseado verse rodeada de belleza y color, algo que hasta el momento se había manifestado en una gran afición a las flores.«

Flores para la señora Harris es una simpática historia sobre los deseos y la suerte, sobre el optimismo y la esperanza, y sobre la inmoralidad, que «no es la desnudez sino portarse mal con otras personas«, como dice la singular Ada. Divertida y muy feelgood, esta novela breve de Paul Gallico se lee con una sonrisa en los labios y se disfruta por la personalidad de su protagonista pero también por el sentido del humor y la frescura de su autor. Puede leerse como una fábula, como un entretenimiento feliz y también como un genial homenaje a las señoras de la limpieza londinenses (esto último es broma, claro, pero resulta muy divertido el reconocimiento universal que todos los personajes de la novela le rinden a una señora de la limpieza londinense, como si éstas fueran una queridísima institución inglesa).
Me ha gustado especialmente la descripción de hace Gallico de sus personajes como, por ejemplo, la de una pequeña actriz que «tenía una figura exquisita y unos piececitos ágiles que jamás tropezaban con los cadáveres por encima de los que había pasado mientras trepaba por la escalera del éxito«. O cuando caracteriza a Violet Butterfield, la némesis y mejor amiga de Ada Harris, como una viuda «dada a hacer una interpretación lúgubre de la vida«. O las estupendas frases que dedica a Ada Harris: «No tenía miedo porque el miedo no forma parte del vocabulario de una señora de la limpieza londinense«; y el halo de admiración y respeto a las señoras de la limpieza londinenses por el que son reconocidas allí donde vayan (incluso si se desplazan a París o entran a comprar en la casa Dior), ese «halo de valor indómito, de independencia y de insolencia».
Lector, para cultivar la sonrisa y los buenos augurios. Para olvidarse de lo feo que en ocasiones puede volverse el mundo a nuestro alrededor.
También te gustará: Mr. Rosenblum sueña en inglés
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