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La tierra de los abetos puntiagudos, de Sarah Orne Jewett
A finales del siglo XIX, una joven escritora decide retirarse del mundo durante todo un verano para terminar el libro que la tiene ocupada. Su destino es Dunnet Landing, un pueblecito costero que se ha ido quedando aislado debido a la desaparición del comercio marítimo en esa parte de Nueva Inglaterra. Convencida de que encontrará paz y recogimiento, alquila una habitación en casa de la extraordinaria señora Todd, una peculiar y enérgica dama de mediana edad experta en hierbas y remedios naturales. Lejos de aburrirse, la escritora pronto se sentirá cálidamente acogida por la pequeña comunidad de Dunnet Landing, en donde todos están unidos por ancestrales lazos de respeto y de cariño a pesar de las inevitables rencillas y chismes vecinales. La historia de fantasmas del capitán Littlepage, la longeva y optimista madre de la señora Todd, la romántica y trágica historia de Joanna, la conmovedora tristeza del marinero Tillney… Todos y cada uno de ellos se ganarán el corazón de la recién llegada, que ya nunca podrá olvidar ese pequeño pueblecito entre el mar y los bosques de abetos puntiagudos.
«El aire era puro y una no podía desear otra cosa que convertirse en ciudadana de un continente tan diminuto pero completo como aquella tierra de pescadores.«

La tierra de los abetos puntiagudos es el título más sobresaliente de la escritora Sarah Orne Jewett (1849-1909). En esta novela hace un retrato delicadísimo y rebosante de ternura de una pequeña comunidad olvidada del mundo debido al progreso del comercio marítimo estadounidense. Con una prosa elegante, que se vuelve extremadamente bella cuando describe los maravillosos paisajes verdes y aguamarina de Dunnet Landing y alrededores, la autora salva a su protagonista del mundanal ruido y le regala un verano inolvidable en el que los valores ancestrales de ayuda mutua y cooperación, los lazos de una pequeña comunidad, adquieren tintes nostálgicos y míticos.
«-Había buenos cantantes, sí, excelentes (…). Pero por casualidad acabé cerca de la mujer de Peter Bowden, de Great Bay, y no pude evitar pensar que si estaba tan lejos de su casa como lo estaba de entonar bien, no podría regresar en un solo día.«
Además de la estupenda galería de personajes que ofrece Sarah Orne Jewett —llenos de fuerza y de coraje pese al aislamiento, la soledad, la muerte de los seres queridos o la pérdida del mar como vía para conocer el mundo y ampliar cultura y pensamiento— el sentido del humor salpica con mucha gracia y calidez la narración de esta pequeña gran historia. La autora reflexiona sobre las duras contrapartidas de aislarse del mundo pero también sobre la autenticidad de las relaciones que se establecen (con otras personas y con la naturaleza) en un medio de esas características.
Lector, una historia atemporal y feelgood que te encantará.
Atención a la contraportada: Willa Carther señala La tierra de los abetos puntiagudos como un clásico norteamericano capaz de salir indemne pese al continuo transcurrir de la Historia.
Esta encantadora historia llegó a mí gracias al sorteo del aniversario de La Caverna Literaria de Jesús y a la pequeña y maravillosa (como Dunnet Landing) editorial Dos Bigotes.
También te gustará: Una temporada para silbar; Verano en English Creek; Me voy con vosotros para siempre; Cartas de una pionera; Cuatro hermanas
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Volando solo, de Roald Dahl
En el otoño de 1938, el joven Roald Dahl se traslada a Dar es Salaam, en África, contratado por la Shell. Con poco más de veinte años y un optimismo a prueba de bombas, Dahl se integra en la vida de los ingenieros ingleses desplazados al África colonial, aprende swahili, a esquivar las serpientes venenosas y a templar con disimulo el ardor guerrero de su asistente personal Mdisho de la tribu de los mwanumwezi. Pero cuando Gran Bretaña entra en guerra contra la Alemania de Hitler, Dahl deja atrás sus años de colono del imperio y se alista con entusiasmo al entrenamiento de la RAF (Royal Air Force) para pilotos. Pese a su más de un metro noventa de estatura y a la dificultad de meter sus largas piernas en la cabina de un Hurricane, el ejército británico lo convierte en piloto y lo envía a Grecia a combatir contra los temibles Messerschmitts alemanes.
«No deben olvidar que en los años treinta el Imperio Británico era aún el Imperio Británico y que los hombres y mujeres que lo hacían marchar eran de una raza con la que la mayoría de ustedes no se ha tropezado nunca y ya nunca podrá hacerlo. Me considero muy afortunado por haber podido tener una visión fugaz de esa rara especie (…). Más ingleses que los ingleses, más escoceses que los escoceses, constituían el grupo de seres humanos más locos que he conocido nunca.«

Volando solo es el segundo libro de memorias de Roald Dahl. Si en Boy contaba su infancia y su experiencia en un internado inglés, en este segundo tomo rememora sus años en África y su experiencia de piloto combatiente en la Segunda Guerra Mundial. Seguramente está destinado a un público lector adulto, pero Dahl sabe imbuir tan bien ese tono de aventura y excepcionalidad a cada una de sus vivencias que resulta recomendable también para lectores adolescentes.
Le podrá parecer al lector, por la temática de esta segunda parte, que se trate de una historia dramática y triste. Pues no, nada más lejos de la realidad. Roald Dahl es feelgood en estado puro, es optimismo y alegría incluso cuando escribe sus memorias sobre la guerra. Si bien es cierto que denuncia la poca preparación de alguno de los mandos ingleses, la falta de medios y de la ausencia de planificación por parte de Inteligencia, grandes errores por no escuchar a los soldados o al sentido común, lo hace sin perder el sentido del humor. Y aunque lamenta profundamente la pérdida de vidas, el desperdicio de seres humanos (de su primer escuadrón de entrenamiento de 16 pilotos solo sobreviven 14), consigue huir de cualquier tono íntimo y sentimental y presenta las bajas con respetuoso pesar pero pasando casi de puntillas sobre ellas. En este sentido, destaca también la caballerosidad de los pilotos ingleses y disimula a la hora de hablar de bajas enemigas diciendo que no está seguro de haber derribado a muchos aviones alemanes o mostrando cifras generales muy de pasada.
El resultado es un libro optimista e ingenioso de las vivencias de este extraordinario escritor. Su visión de África en los años treinta o su punto de vista vital y optimista incluso durante una terrible guerra aportan un testimonio distinto y no carente de ternura de una época del autor que le marcó profundamente. Muy recomendable para los lectores que disfrutamos de sus novelas infantiles y juveniles, pero no tanto para los que se consideran más cercanos a los escritos para adultos de Roald Dahl.
Lector, un libro de memorias lleno de aventura y imaginación.
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Las bostonianas, de Henry James
En el último cuarto del siglo XIX, llegan a América los primeros movimientos por la lucha de igualdad de géneros. Seguramente porque el desastre sureño de la Guerra de Secesión todavía está fresco en la conciencia norteamericana, Olive Chancellor, una joven bostoniana de clase alta, escribe a su primo de Mississippi, Basil Ransom, guiada por la compasión. Sin embargo, cuando el señor Ransom —que ha emigrado a Nueva York en busca de carrera y fortuna— se presenta en su casa de visita, le resulta de lo más desagradable. Olive es una apasionada defensora de la reivindicación de los derechos de la mujer y no sabe vivir de otra manera que no sea tomándoselo todo terriblemente en serio; Basil es un caballero sureño de la vieja escuela, galante, convencido de que las mujeres son objetos delicados y preciosos que el hombre debe mantener a salvo en la intimidad de sus hogares, y está tocado de cierto escepticismo por el que se toma casi todo a la ligera. Pero cuando Olive invita, en un desafortunado impulso, a Basil a una de sus charlas feministas se inicia entre ellos un pulso titánico de voluntades pues en casa de la venerable señorita Birdseye conocen a la joven y hermosa Verena Tarrant, una pelirroja de baja extracción social con el don de la oratoria más prodigiosa. Olive inmediatamente la reconoce como un instrumento valiosísimo para su causa, un adalid de su cruzada contra los hombres, mientras que a Basil le llena de curiosidad por otros motivos. Ambos mundos, Norte y Sur, ambas concepciones sobre la igualdad de sexos, se enfrentan con el destino de una dramática colisión de proporciones inesperadas.
«-¿No le preocupa a usted el progreso humano? -continuó la señorita Chancellor.
-No lo sé… Nunca lo he visto ¿Podría usted mostrarme alguno?
-Puedo mostrarle un esfuerzo honesto hacia él. Esto es de todo de lo que se puede estar seguro. Pero no tengo la certeza de que usted sea digno de ello.
-¿Es algo en verdad muy bostoniano? Me gustaría conocerlo -dijo Basil Ransom.«

La edición de Mondadori (2006) cuenta con la traducción del Premio Cervantes, Sergio Pitol
Henry James (Nueva York, 1853 – Londres, 1916) publicó por primera vez Las bostonianas en 1886, por entregas (*). Pero la ambientación de esta historia corresponde a los años 60 o 70 del siglo XIX, cuando la Guerra de Secesión Americana estaba todavía reciente en la memoria de las familias (a la señorita Chancellor se le habían muerto sus dos hermanos combatiendo por el norte y Basil Ransom tenía su plantación de algodón en la ruina y a su madre y hermanas pasando estrecheces, de ahí que emigre a Nueva York). Dicen los críticos que este es el libro más comprometido y subjetivo de Henry James y el propio autor, ante las opiniones que despertó su lectura, prometió que nunca escribiría algo parecido. Y, sin embargo, no vaya a pensar el lector que a la luz de Las bostonianas le quede claro cuál era la opinión de James sobre los primeros movimientos feministas de la historia de occidente. Si tenemos que guiarnos por esta novela, sigue siendo un misterio.
Toda la historia gira alrededor de dos posturas enfrentadas: la de Olive Chancellor, una señorita bastante insoportable en la que «el estado de ansiedad era normal en esta dama» y de quien James dice que «tenía miedo de todo pero su miedo mayor era el de tener miedo» o que «su único consuelo (en la vida) era que esperaba sufrir intensamente«; y la de Basil Ransom, un sureño «asquerosamente cortés» convencido de la superioridad masculina, harto del afeminamiento de su época y capaz de soltar lindezas como «la utilidad de una mujer es hacer feliz a un hombre honrado«. Y en medio de ambos, la encantadora señorita Verena Tarrant, el único personaje del que Henry James no hace partícipe al lector de sus más íntimos pensamientos y pareceres.
Si bien en el libro primero James hace todo lo posible para que el personaje de Olive le resulte odioso al lector presentándola como una fanática enloquecida («Tal es el castigo de las naturalezas insufribles, exclusivistas e imprevisibles«), en el libro segundo es Basil Ransom sobre el que el autor carga las tintas de antipatía, presentándolo como intolerante, cínico, hipócrita, reaccionario, troglodita e insensible.
Las bostonianas es Henry James en estado puro, sin duda —frases larguísimas y laberínticas, a veces contradictorias, y la machacona danza del autor alrededor de una misma idea una y otra vez—, pero también es un Henry James que habla constantemente con el lector, que busca su complicidad y le proporciona información secreta sobre los personajes, y que hace gala de un inesperado (y bienvenido) sentido del humor.
«(…) le pareció que debía tender un brazo hacia ella, tomarla por la cintura, atraerla hacia sí como para permitirle dar un resumen conciso sobre su situación en la forma de un beso deliberado. Si el momento de que hablo hubiera durado unos pocos segundos más, me hubiera tenido que ver en la dificultad de describir algo por el estilo; afortunadamente fue impedido por la aparición de una niñera que empujaba un cochecito.»
El autor se ríe del mesmerismo, de los charlatanes y embaucadores (también de su público), de las reuniones feministas de la señora Farrinder (porque son un paripé, no porque se ría del movimiento en sí), de los discursos de colegiala sobre el amor de la principiante Verena, de las normas de cortesía de los caballeros sureños, de las ideas retrógradas del Sur, de los pretendidos círculos culturales de Nueva York y Boston… Con perlas como cuando escribe que Basil Ransom tenía la idea general de que los asistentes a las reuniones feministas de la señora Farrinder eran «médiums, comunistas y vegetarianos.«
Lector, la novela de Henry James que más he disfrutado hasta la fecha por su sentido del humor y la contraposición histórica de sus personajes. Crítica social, cultural e histórica de la mano de uno de los grandes narradores del siglo XIX.
Nota: No soy precisamente fan de las novelas de Henry James, reconozco que sus lecturas me resultan innecesariamente largas y me pongo de mal humor con algunas de sus frases selváticas y enredadas. Pero coincidiendo con el aniversario de su muerte y por la convincente recomendación y compañía lectora de Letras con la sopa, decidí volver a visitar al señor James. No diré que ha sido una grata sorpresa, pues lo sigo encontrando rebuscado y machacón, pero sí que me lo he pasado bien leyendo Las bostonianas. Ah, y el final, apoteósico.
(*) En Las bostonianas hay un periodista muy gracioso, el señor Pardon, que defiende las novelas y folletines publicados por entregas. Sin embargo se queja de la competencia que le suponen las damas escritoras, cuyos artículos, según sus palabras, no están mal pero son «verborréicos». Cuando le preguntan si es que no siente simpatía por las damas, el señor Pardon responde «Por todas ellas excepto por las corresponsales«.
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Flores para la señora Harris, de Paul Gallico
Ada Harris es una señora de la limpieza londinense que trabaja sin descanso en las casas de los mejores barrios de la ciudad. Aunque su profesión consiste en limpiar toda la porquería que los cerdos humanos dejan tras de sí en sus hogares, a Ada le gusta, es algo así como un perpetuo orgullo doméstico. Junto a su mejor amiga, la señora Violet Butterfield, también limpiadora, disfruta de los placeres sencillos de una taza de té en buena compañía, la compra de algún sombrero nuevo y salir al cine. Pero Ada tiene una necesidad perpetua de belleza en su vida, quizás por eso le gustan tanto las flores, y seguramente por eso cae totalmente rendida cuando ve por primera vez dos vestidos de Dior en el armario de una de sus patronas. Desde ese día, un deseo ardiente de comprarse su propio vestido de Dior posee a la buena de la señora Harris que llevará a cabo un riguroso plan de ahorro para volar a París y cumplir su anhelado sueño.
«Por muy anodina y gris que pareciera su existencia, la señora Harris siempre había deseado verse rodeada de belleza y color, algo que hasta el momento se había manifestado en una gran afición a las flores.«

Flores para la señora Harris es una simpática historia sobre los deseos y la suerte, sobre el optimismo y la esperanza, y sobre la inmoralidad, que «no es la desnudez sino portarse mal con otras personas«, como dice la singular Ada. Divertida y muy feelgood, esta novela breve de Paul Gallico se lee con una sonrisa en los labios y se disfruta por la personalidad de su protagonista pero también por el sentido del humor y la frescura de su autor. Puede leerse como una fábula, como un entretenimiento feliz y también como un genial homenaje a las señoras de la limpieza londinenses (esto último es broma, claro, pero resulta muy divertido el reconocimiento universal que todos los personajes de la novela le rinden a una señora de la limpieza londinense, como si éstas fueran una queridísima institución inglesa).
Me ha gustado especialmente la descripción de hace Gallico de sus personajes como, por ejemplo, la de una pequeña actriz que «tenía una figura exquisita y unos piececitos ágiles que jamás tropezaban con los cadáveres por encima de los que había pasado mientras trepaba por la escalera del éxito«. O cuando caracteriza a Violet Butterfield, la némesis y mejor amiga de Ada Harris, como una viuda «dada a hacer una interpretación lúgubre de la vida«. O las estupendas frases que dedica a Ada Harris: «No tenía miedo porque el miedo no forma parte del vocabulario de una señora de la limpieza londinense«; y el halo de admiración y respeto a las señoras de la limpieza londinenses por el que son reconocidas allí donde vayan (incluso si se desplazan a París o entran a comprar en la casa Dior), ese «halo de valor indómito, de independencia y de insolencia».
Lector, para cultivar la sonrisa y los buenos augurios. Para olvidarse de lo feo que en ocasiones puede volverse el mundo a nuestro alrededor.
También te gustará: Mr. Rosenblum sueña en inglés
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El libro de los esnobs, del Duque de Bedford
Es una verdad universalmente conocida que la gente solo se interesa por sí misma. Y como toda la gente es esnob y le encanta leer sobre sí misma, a todos les gusta leer sobre los esnobs. Por eso el Duque de Bedford escribe este genial y divertidísimo manual de cómo un verdadero esnob puede llegar a triunfar en su esnobismo en unos cuantos sencillos —pero carísimos— pasos. Eso sí, es necesario tener algunos conceptos claros: el acento de Oxford no es codiciado en la sociedad arribista, los Duques son piezas de coleccionista, sea deleznable con los mayordomos y el servicio doméstico, sea un gran entendido en la caza del zorro (*) y procure no acostarse con la anfitriona ni con las esposas de otros invitados cuando consiga que alguien señalado le invite a pasar un fin de semana en la campiña inglesa.
«El esnobismo es, en gran medida, el placer de mirar a los demás por encima del hombro. Y nuestro mundo está confeccionado de un modo tan maravilloso que cualquier persona -cualquiera- siempre encuentra alguien a quien mirar por encima del hombro.«

«Leer es tolerable. Puede incluso tener usted un gusto literario culto y selecto, aunque es mejor mantenerlo en secreto. Nadie le creerá si afirma estar realmente interesado en Sartre, Kafka, Camus o en la poesía de Robert Graves. Usted solo estará aparentando. Ahora bien, aparentar está perfectamente bien, desde luego, pero si opta por el esnobismo intelectual es que algo grave le ocurre.«
Cuentan las solapas de esta estupenda edición de Kailas editorial que «Nacido en una de las familias más aristocráticas de Inglaterra, el duque de Bedford fue un privilegiado observador de las debilidades de sus semejantes y de las ventajas de ostentar un título nobiliario«. Precisamente el autor —John Ian Robert Russell, Duque de Bedford— avisa en los primeros capítulos de este divertidísimo y sarcástico manual del esnob arribista que la desaparición del Imperio y la devaluación de los títulos nobiliarios fue un duro golpe para los esnobs (Gran Bretaña siempre ha sido una esnobocracia). Y aunque en los años sesenta (El libro de los esnobs fue publicado por primera vez en 1965) se encontraba más interesante el dinero que los títulos, el verdadero esnobs sigue suspirando por codearse con duques y marqueses.
«No se puede ser un erudito de dos a cuatro de la tarde, y esnob el resto del día. Uno debe ser esnob las veinticuatro horas del día, todos los días, ya esté despierto o dormido (…). Hay que aceptar la chifladura con toda la guarnición.«
Mordaz, cínico, ingenioso y delirante, el Duque de Bedford explora todas las posibilidades de éxito para el esnob más ambicioso. Desde la regla de oro de la conversación entre esnobs (usted no interesa, solo interesa el otro) hasta las estrategias para sacar partidos del ayuda de cámara, la carrera de esnob resulta delirante: «Un esnob no teme a la muerte. Teme al impuesto de sucesiones«.
Lector, una lectura genial, desternillante y con mucha clase ;-)
(*) El Duque de Bedford, ya a mediados del siglo XX era un acérrimo detractor de la caza del zorro.
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Etiquetado humor literario, Libros excéntricos, Literatura británica
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