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Damas en bicicleta, de F.J. Erskine
En 1897, F. J. Erskine, una dama ciclista británica, publicó este simpatiquísimo y útil manual para todas las contemporáneas que desearan seguir sus pasos sobre el sillín y las dos ruedas con elegancia y deportividad. Cuando a mediados del siglo XIX la reina Victoria se compró dos bicicletas, las señoras y señoritas inglesas captaron el mensaje implícito: el ciclismo femenino dejaba de ser inmoral o excéntrico para convertirse en una actividad física aconsejable y de buen tono. Erskine detalla en este encantador libro todo lo necesario para ser ciclista victoriana y no morir en el intento; desde los consejos sobre ropa y alimentación, pasando por las reglas de urbanidad sobre ruedas, así como la importancia de los frenos o la elección de la bici, hasta advertencias tan útiles como no ir sin manos por la ciudad o evitar Londres para ahorrarse las vulgares groserías de los viandantes de la City.
«A la hora de andar en bicicleta por la ciudad, lo más inteligente, por último, es no darse mucho tono, yendo si manos, por ejemplo, o intentando hacer piruetas y otros truquillos baratos. Se da por hecho que cualquiera puede andar sin manos en los lugares menos peligrosos, pero pavonearse con excentricidades en un lugar atestado de gentes y vehículos no solo es peligroso: denota, además, una suprema falta de buen gusto.«

Impedimenta es una de mis editoriales preferidas por ese toque estupendo de buen humor británico del que hacen gala buena parte de sus libros. Enterrado en vida, de Arnold Bennett, las aventuras de Gervase Fen, el personaje de Edmund Crispin, La hija de Robert Poste, de Stella Gibbons, o la saga de Mapp y Lucía, de E. F. Benson son títulos de Impedimenta a los que siempre recurro cuando necesito una lectura agradable, divertida y de excelente factura. Damas en bicicleta, aunque no es una novela (como las que he mencionado antes), tiene justo ese sentido del humor tan inglés, tan excéntrico, tan decimonónico y pintoresco que os he comentado. Un manual para damas victorianas que se sienten modernas y deportivas sobre dos ruedas pero que necesitan todo tipo de consejos sobre la ropa adecuada para ir en bici, cómo montar sin parecer un pato, cómo evitar a los dichosos peatones indecisos londinenses, y mil truquillos y observaciones más al respecto del novedoso deporte del ciclismo. La clave es la gracia con la que Erskine escribe y recomienda, lo divertidas que pueden parecernos sus observaciones a los lectores del siglo XXI (atención a los parámetros sobre el decoro o el buen gusto) y el tono desenfadado y simpático de todo el libro (que mucho le debe a la excelente traducción del inglés del escritor José C. Vales).
«Esa moda espantosa de sentarse en la bicicleta, con el sillín bajo, e impulsarse a zapatillazos en el suelo con una de las piernas hasta que se coge carrerilla, debe descartarse totalmente, al menos para aquellas damas que pretendan ser unas buenas ciclistas. Hacer eso no solo es feo, sino además muy peligroso.«
Lector, yo quiero otro libro de la señorita Erskine (un manual para tomar el té en sociedad, a ser posible).
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Consejos para niñas pequeñas, de Mark Twain
Como bien indica el título de este cuento, este libro es un compendio de consejos para las niñas pequeñas. Prácticos, disparatados, sencillos, complicados, crueles, eficaces… pero siempre provistos de un contagioso sentido del humor, el del genial Mark Twain.
«En ningún caso debes quitarle a tu hermanito su chicle por la fuerza, es preferible engañarlo con la promesa de que le darás los primeros dos dólares y medio que encuentres flotando en el río sobre una piedra.«

Una pieza breve de Mark Twain con las divertidas ilustraciones de Vladimir Radunsky y en la magnífica edición de Sexto Piso.
«Si tu madre te pide que hagas algo, no está bien decirle que no. Es mejor y más conveniente darle a entender que harás lo que te ordena y, después, proceder con discreción según los dictados de tu sabio criterio.«
Lector, una pequeña muestra de humor para incondicionales del escritor de Tom Sawyer.
También te gustará: Un misterio, una muerte y un matrimonio; El libro de los esnobs; Abajo el colejio
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Cranford, de Elizabeth Gaskell
En la pequeña aldea de Cranford no hay hombres, las mujeres se bastan para constituir una pequeña comunidad con sus propias y estrictas reglas sociales en donde la moda en el vestir se ignora intencionadamente. Todas son pobres pero distinguidas, la ostentación de mal gusto —tan vulgar como ser hombre— y economizar es el colmo de la elegancia. La pobreza no se admite jamás en voz alta, las velas se apagan no por dosificarlas sino porque la penumbra es agradable, y jamás hay que relacionarse con alguien de categoría inferior a la de las damas de la aldea. Por eso la excentricidad del señor Brown, que se atreve a ser bondadoso y amable, y prefiere leer a Dickens antes que al doctor Johnson, desconcierta a la sociedad de Cranford; la dominante Deborah Jenkyns no permite que su hermana Matty se case con un encantador y generoso caballero por ser de condición social inferior (aunque con mayores medios que las hijas del párroco); o parece un insulto que el único médico ostente un apellido tan ordinario como Hoggins. Las peculiaridades de las damas de Cranford dan pie a un buen número de simpáticas y agradables anécdotas que Mary, una muchacha que ya no vive allí pero que visita con frecuencia las casas de sus amigas Jenkyns y Pole, narra con viveza y mucho cariño.
«Aunque conocen a la perfección los procederes de cada una, muestran una indiferencia absoluta por la opinión de las otras. En efecto, puesto que cada una tiene su propia individualidad, por no decir excentricidad (fuertemente desarrollada), nada les resulta más fácil que la represalia verbal; pero podría decirse que entre ellas reina una considerable buena voluntad.«

Elizabeth Gaskell publicó Cranford (1851-1853) por entregas en la revista Household Words, dirigida por Charles Dickens. Lo que iba a ser un corto relato anecdótico sobre la ficticia y excéntrica comunidad de la pequeña aldea, se convirtió en una sucesión de capítulos a instancias del mismo Dickens, que animó a Gaskell a prolongar la historia tras el éxito de su primera novela, Mary Barton. De ahí que resulte doblemente divertido el intenso duelo por sus gustos literarios que mantienen la señorita Deborah Jenkyns (admiradora del doctor Johnson) y el capitán Brown (fiel lector del joven Dickens).
Y es que Cranford es una sucesión de anécdotas protagonizadas por unas damas muy peculiares, capaces de mantener el decoro y las buenas maneras incluso llevando dos gorras sobre la cabeza o quedándose dormidas en plena reunión. Si bien no se trata de una narración humorística, sí que tiene pinceladas muy simpáticas y algún toque de ironía y sarcasmo. Sin embargo, la narración de Gaskell, aunque agradable, amable y correcta, queda bastante lejos de la elegancia de Penelope Fitzgerald en La librería, el sarcasmo e ingenioso humor de Stella Gibbons en La hija de Robert Poste, o los divertidos e irónicos equívocos de D.E. Stevenson en El libro de la señorita Buncle. Si bien Cranford se disfruta por su cálida sencillez, sus peculiares personajes y sus anécdotas de mediados del siglo XIX —cariñosos y agradables retratos de una sociedad rural inglesa en vías de extinción por los aires de cambio—, en mi opinión resulta un poco tibia al lado de las prosas y novelas anteriormente citadas (*).
Lector, una buena idea estrenarse con Cranford para conocer a Elizabeth Gaskell.
(*) Seguramente es culpa mía por tardar tanto en leer a esta autora y caer en la trampa de las altas expectativas (acumuladas a fuerza de ser tantísimas las recomendaciones de leerla).
También te gustará: La hija de Robert Poste; La librería; El libro de la señorita Buncle; Las cuatro gracias; Doctor en Irlanda; La tierra de los abetos puntiagudos; La señorita Hargreaves
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El viejo cocinero (o Cécile y las estrellas), de Fernando G. Mancha
Cécile es una chica de catorce años que se ha mudado con su madre a l’Hermitage, un pequeño pueblo del norte de Bretaña. Su padre murió en un accidente de tráfico cuando ella tenía cuatro años y su madre trabaja en una panadería en donde amasa el pan con todo el cariño del mundo. A Cécile le cuesta hacer amigos pero se considera una niña feliz, sabe que todo llega a su debido tiempo y que la soledad es una buena consejera. Cuando su profesora de literatura, Gabrielle Sagace, lee su redacción sobre la escritora Françoise Sagan le pide que continúe con el ejercicio de la escritura a cambio de la máxima nota en su asignatura; Cécile decide aceptar el desafío con un diario de almohada, un diario personal, «escribe desde las tripas«, le aconseja su profesora. La escritura que comienza como un ejercicio dubitativo, unos deberes adicionales, poco a poco se va convirtiendo en algo natural para esta niña prodigiosa, su diario es un nuevo amigo al que confesar sus pequeños secretos, sus inquietudes, sus tristezas y alegrías, sus misterios… como el que le plantea ese nuevo vecino del quinto izquierda, ese señor tan reacio, al principio, a abrirle la puerta a la esperanza.
«Quiero ser exactamente lo que soy, una niña de catorce años, una loca de los libros, obsesionada con el pan recién hecho y enamorada de cuatro árboles de un jardín botánico. Quiero ser Cécile, Cécile du Bonlieu, hija de Anne, la panadera, y de Jean-Paul, el que se quedó dormido al volante. Y quiero, sobre todo, seguir siendo una botella de cristal y continuar llenando todo mi ser con arenas de los más bellos y dispares colores.«

Cuando empecé a leer El viejo cocinero (o Cécile y las estrellas) pensé en lo agradable que era la prosa de Fernando G. Mancha, en lo bonito que escribía, en la atmósfera de ternura y calidez que tejía fácilmente alrededor de Cécile aunque en l´Hermitage siempre estuviese lloviendo e hiciese frío. Tan solo un pensamiento relámpago, tentador, «una niña de catorce años no escribe así«. Hasta que conoces a Cécile, que sí escribe así porque es única, porque es Cécile Bonlieu, porque es genuina y distinta a cualquier otra niña. Y esa es la delicada clave de esta encantadora historia narrada en entradas de diario íntimo que Fernando G. Mancha es capaz de contar desde la sensibilidad y ligereza de una niña de catorce años que siempre sonríe; el transcurrir de los meses bajo cuatro árboles de l’Hermitage.
El recuerdo del padre desaparecido, la infinita ternura de la generosidad de Cécile o su sonrisa, los gestos sencillos (pero a la vez tan enormes) para con un viejo abandonado y triste, el amor de una hija por su madre, de una madre por su hija, de ambas por el pan (en realidad metáfora de las cosas sencillas de la vida ¿pues no son estas las más trascendentes?) se convierten en una historia que fluye con tanta complicidad y encanto que el lector va pasando las páginas convencido de encontrarse en la cocina del señor Marcel, a punto de hincarle el diente a una de sus crepes con azúcar y canela. Una novela que transporta agradablemente al lector a mundos menos ruidosos y mezquinos.
Lector, conoce a un escritor que obra la magia de convertirse en la pluma de una adolescente muy peculiar.
Este libro llegó a mí gracias a la recomendación de Mayte Esteban, sabia e intuitiva lectora donde las haya.
También te gustará: Un haiku para Alicia; 35 kilos de esperanza; El mejor lugar del mundo es aquí mismo
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El viejo cocinero (o Cécile y las estrellas) (en papel)
Cécile y la estrellas: y el viejo cocinero (edición juvenil)
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El relojero de Filigree Street, de Natasha Pulley
Thaniel Steepleton, telegrafista en el Ministerio del Interior en el Londres de 1883, no tiene demasiados alicientes en su rutinaria vida desde que abandonó sus sueños de pianista por un sueldo de funcionario que le permitiese ayudar a su hermana viuda y a sus sobrinos. Thaniel tiene un don para los sonidos, los percibe casi visualmente, en colores y texturas, quizás por eso es tan buen telegrafista, apenas le cuesta traducir a texto el repiquetear de las máquinas. Cuando un misterioso y precioso reloj aparece inesperadamente en su diminuto dormitorio alquilado, la vida de Thaniel no solo sufre un brusco cambio de rumbo sino que además conoce al excéntrico e inquietante relojero de Filigree Street, el señor Mori, capaz de fabricar las más hermosas maravillas mecánicas. El mismo e impredecible señor Mori que también ha fabricado el bellísimo reloj de la señorita Grace Carrow, una científica que no duda en disfrazarse de hombre para consultar a sus anchas la biblioteca Bodleiana y que también va a cruzarse en la extraordinaria nueva vida de Thaniel.
«—Uno de los grandes males de nuestros tiempos tanto para los hombres como para las mujeres es poseer una educación que está por encima de la función que se va a desempeñar en la vida.
—Pensaba que era la malaria… —dijo ella sin reír.«

El relojero de Filigree Street es la primera novela de Natasha Pulley, una autora británica licenciada en literatura inglesa por la Universidad de Oxford y ex-librera de Waterstones que residió algún tiempo en Tokio. Sin duda, un sobresaliente debut literario por la elegancia de su narración y la extraordinaria originalidad de una historia con nacionalismos fenianos y japoneses como telón de fondo.
«El relojero de Filigree Street es una novela insólita, brillante, que nos devuelve al Londres de Chesterton, un lugar donde se dan cita las emociones, el ingenio y los mecanismos de relojería«, dicen los editores en la contraportada de esta novela. Una frase por lo demás verdadera sino fuera porque ese «Londres de Chesterton«, que tanto nos seducía a los lectores nostálgicos, se queda en agua de borrajas. Sí, El relojero de Filigree Street es brillante, ingeniosa y original, pero su ambientación en el Londres de 1883 —a excepción de los atentados del Clan na Gael (punta de lanza de los problemas irlandeses de la época victoriana tardía)— queda bastante desdibujada y brumosa puesto que Pulley no se arriesga lo más mínimo en aburrir el lector con descripciones costumbristas de ninguna clase. Si bien el marco de las bombas fenianas contra el Parlamento y el proceso de abolición del feudalismo (y de sus últimos señores) en Japón aportan sólidas coordenadas de época, nada recuerda al señor Chesterton, al Primer Ministro Gladstone, al posromanticismo de Tennyson, Browning o las postreras influencias prerrafaelitas, o a la moda y costumbres victorianas de las últimas décadas del siglo XIX.
Sin embargo, los diálogos ingeniosos, los extraordinarios personajes, la originalidad de la historia y de sus giros argumentales y la brillante narración de Natasha Pulley consiguen que el lector perdone el desencanto chestertoniano y se reconcilie con esta novela. Thaniel, Mori y Grace son protagonistas singulares, distintos e impredecibles, que ejecutan insospechadas coreografías para engañar al destino y sorprender a un lector a quien Pulley le supone una sobria inteligencia (además de ganarse su más rendida atención desde el primer capítulo). La belleza de los mecanismos de relojería de Mori, la percepción de los sonidos de Thaniel o la hermosa melancolía de un viejo mundo en decadencia que se desmorona, sustentan una historia en la que a cada vuelta de página se descubre una nueva maravilla, una nueva posibilidad, un nuevo desenlace.
Lector, una historia brillante y original poblada con excéntricos personajes y un pulpo que roba calcetines.
Encontré este libro gracias a la estupenda reseña de albanta en Adivina quien lee
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