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El año del verano que nunca llegó, de William Ospina

En 1816 no hubo verano. Durante los meses del solsticio estival se registraron las temperaturas más bajas de todo el milenio para esas fechas. Granizo, nieve, lluvias torrenciales, frío… Las cosechas se malograron, los animales morían, las personas padecían hambre, enfermedad y depresión. El cielo enloqueció, amaneceres y anocheceres de colores imposibles fueron retratados por Turner y, en algunos lugares del mundo, el sol se ocultó durante días sumiendo la tierra en una penumbra ininterrumpida. Fue entonces, en ese junio sin verano, en Suiza, a orillas del lago Lemán, cuando Mary Wollstonecraft Shelley escribió Frankenstein, la historia más terrorífica jamás contada. Mary había llegado a villa Diodati acompañada de su hermana, Claire Clairmont, y de Percy Shelley, invitados por Lord Byron y su joven médico particular, William Polidori. Durante aquel verano, estos jóvenes extraordinarios, capaces de cuestionarse todo su mundo y sus convencionalismos, no solo leyeron historias de miedo y de fantasmas, poemas góticos y leyendas escalofriantes, sino que se desafiaron a escribir sus propios terrores. William Ospina empieza a tirar del hilo de esta fantástica historia para acercarse al misterio de aquellos días que compartieron Shelley y Byron, aquellos días de verano sin verano que forjarían la amistad eterna y legendaria que habría de marcar los respectivos destinos de ambos y de todos aquellos que los acompañaron.
«Y fue muy cerca de Ginebra, en las orillas del lago Lemán, donde aquella sombra inesperada, en el momento en que debía comenzar el verano, mantuvo encerrados por varios días a un grupo de extranjeros que se había reunido casi por azar.«

Explica William Ospina que en cuanto empezó a documentarse sobre los personajes y los acontecimientos que sucedieron en villa Diodati en el extraño verano de 1816 supo que no podría escribir una novela al respecto. Ospina no tiene más remedio que escribir este extraordinario libro a modo de ensayo, de investigación novelada, porque es el único camino en el que se siente seguro de ser fiel a la experiencia, de no deformar con la ilusión de la ficción unos hechos históricos ya de por sí suficientemente misteriosos y legendarios como para resistir cualquier realismo. Todo alrededor de Byron y Shelley, trágicos y bellos héroes románticos por excelencia, parece estar envuelto con las misteriosas y apasionadas nieblas del romanticismo. No debe olvidar el lector que el romanticismo de principios del siglo XIX nació, entre otras circunstancias, como una reacción a los excesos del racionalismo. Y no es que los románticos fuesen redomados religiosos o retrógrados respecto a la ciencia y a las luces de la Razón, pero sí que defendían el misterio, el poder destructor y magnífico de la Naturaleza, y las tinieblas y el oscurantismo de lo recóndito de la condición humana sobre los que ninguna ciencia podría arrojar luz alguna porque nadie ha cartografiado todavía el alma humana. Incluso Mary Shelley escribió sobre un monstruo producto de la ciencia, de la arrogancia del ser humano jugando a ser creador y traicionando las leyes de la Naturaleza.
«Todo lo que tocaba Byron quedaba contagiado de inquietud, de pasión y de sombra.«
El año del verano que nunca llegó no solo es una investigación apasionante sobre los Shelley, sobre Byron, sobre Polidori o sobre Claire Clairmont, sino que página a página se convierte en la apasionante obsesión de William Ospina. Y es entonces cuando la magnífica prosa del autor se convierte en un torrente contagiado de romanticismo, de misterio, de destinos entrelazados y belleza histórica. Al autor lo envuelve de tal manera el halo trágico y tenebroso de sus héroes que incluso escribe capítulos (como en el que visita el pueblo de Newstead) góticos, lúgubres, legendarios, llenos de inquietud, de corazonadas, de saltos mortales del destino y el azar; de manera que uno podría pensar que, incluso en la distancia de los siglos, Byron le ha tocado contagiándole de inquietud, de pasión y de sombra. El lector no solo disfruta descubriendo alguno de los peculiares rasgos de la amistad de Shelley y Byron, o de la vida personal de Mary o de Polidori, o de la reacción de la sociedad de la época y de los familiares y cónyuges de los jóvenes rebeldes, sino que también se recrea con placer en la belleza estilística de Ospina o en el sentimiento de total entrega del autor en este extraordinario ensayo sobre cómo se escribieron Frankenstein y el mito del vampiro moderno (El sueño de la razón produce monstruos). 
Lector, imprescindible para los admiradores de la pandilla de villa Diodati pero también para todos los lectores curiosos y adictos a las historias apasionantes. La voz de William Ospina brilla con luz propia incluso entre las tinieblas de este verano sin verano.
Si te apetece leer un poquito más sobre las coincidencias del destino de los románticos que William Ospina trata en este libro, te recomiendo que leas el artículo que escribí para La Piedra de Sísifo en noviembre, mientras leía El año del verano que nunca llegó
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Guía del mal padre, de Guy Delisle

¿Qué haces cuándo tu hijo hace preguntas sobre la logística del Ratoncito Pérez o la personalidad del Conejo de Pascua? Pues mentir como un bellaco, por supuesto; al igual que cuando su hermana pequeña va a clase de natación y le aseguras que vas a estar todo el tiempo mirándola y animándola desde las gradas cuando en realidad te vas a tomar un café. Pero es que a veces, la medida de un buen padre está en saberse cómo pasar el nivel tres del bosque de las hadas de Zenda en lugar de compartir tus cereales especiales con esos mocosos que viven contigo.

Guy Delisle (Quebec, 1966) estudió artes plásticas en Canadá y su carrera profesional siempre ha estado ligada al mundo del cine y la ilustración. Tras recorrer medio mundo y publicar sus viñetas sobre sus excéntricos peregrinajes, se ha establecido en la localidad francesa de Montpellier, junto a su mujer y a sus dos hijos. Guía del mal padre quizás no sea tan exótica como sus cuadernos de viajes pero seguramente es la más conmovedora y universalmente divertida porque la relación paterno-filial se entiende en todos los idiomas. 
Con un sentido del humor algo negro en ocasiones (como las diversiones canadienses o el saco del boxeo) pero siempre dotado de un fondo de ternura y mucha socarronería, Delisle regala al lector casi doscientas páginas de viñetas con las desventuras cotidianas de un padre y sus dos hijos pequeños (niño y niña). Un bombón de libro que se termina en un suspiro y que se disfruta con una sonrisa en los labios y una carcajada por lo inesperado de algunos desenlaces.
Lector, imprescindible para los todos los padres del mundo.
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Guía del mal padre

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Número cero, de Umberto Eco

Colonna, un hombre en la cincuentena que siempre se ha considerado un perdedor por su manía de adquirir conocimiento («Cuánto más sabe uno es que peor le han ido las cosas.«) en detrimento de las titulaciones académicas oficiales, recibe un curioso encargo del periodista Simei: convertirse en el redactor jefe de Domani, un nuevo diario al servicio de un poderoso empresario. La paga es más que generosa porque el encargo es doble ya que además de sus labores en la redacción del periódico debe escribir un libro sobre cómo Simei creó el diario desde cero gracias a sus brillantes dotes periodísticas. Pero en abril de 1992 la crisis de los medios escritos es ya más que evidente, la televisión y la radio (los medios de comunicación online de masas no se generalizarían hasta el cambio de siglo) aportan una inmediatez contra la que resulta imposible competir. Por eso Simei apuesta por un análisis de las noticias, un enfoque de suposiciones, rumores, manipulación y casi invención de las noticias siempre a beneficio de su patrón. En la redacción, Colonna conoce al que será su equipo: Maia Fresia, una joven peculiar y con mucho encanto procedente del mundo de las amistades afectuosas del papel couchê; Romano Braggadocio, un fanático de las conspiraciones; Cambria, el de las preguntas inútiles; Palatino, el de los crucigramas; Constanza, un corrector en paro porque en 1992 ya ningún diario lee sus propios artículos; y Lucidi, de quien se rumoreaba que formaba parte de los servicios secretos y de información (para desesperación del pobre Braggadocio). Con semejante equipo, Simei y Colonna se proponen llevar a cabo doce números cero del nuevo periódico con la filosofía mercenaria de que «No son las noticias las que hacen el periódico sino que es el periódico el que hace las noticias.«
«El caso es que los periódicos no están hechos para difundir sino para encubrir noticias. Sucede el hecho X, no puedes obviarlo, pero, como pone en apuros a demasiada gente, en ese mismo número te marcas unos titulones que le ponen a uno los pelos de punta: madre degüella a sus cuatro hijos, quizá nuestros ahorros acaben en cenizas, se descubre una carta de insultos de Garibaldi a Nino Bixio y, hala, tu noticia se ahoga en el gran mar de la información.«

Conocí a Umberto Eco en el primer curso de periodismo, cuando las teorías de la comunicación y la historia de los mass media nos hacían bostezar; hasta que llegaron Noam Chomsky y Eco. Chomsky era el lingüista por excelencia, enriquecedor y profundo, de estructuras casi arquitectónicas, como de constructor de la Sagrada Familia, te dejaba boquiabierta, pero Eco… Eco siempre era Eco. Divertido, directo, contundente y con esa manera tan clara de explicarse que hasta los alumnos de primero de periodismo éramos capaces de entenderle y sorprendernos gratamente por ello. Hasta que conocimos a Eco no tuvimos ni idea de lo que era un mass media de finales del siglo XX ¡Que genial hubiese sido conocerle en pleno fervor de los diarios online! Él que andaba preocupado, por aquel entonces, por la reinterpretación del papel de la prensa escrita frente a la inmediatez de radio y televisión.

Número cero no pretende ser un análisis del mundo periodístico, ni mucho menos, ni siquiera una reflexión sobre el quinto poder y sus profesionales. Sobre todo porque está ambientado en 1992 y además porque se trata de una novela de ficción, tocada por el socarrón sentido del humor tan característico de Umberto Eco, esa actitud de divertimento de un autor que cuando escribe ficción es porque disfruta con ello. Si bien es cierto que los protagonistas hablan con soltura de términos periodísticos muy de moda en la época —esos mismos que tan excelentemente nos explicaba Eco a los alumnos de periodismo— como el agenda setting, la reinterpretación de la prensa escrita vs la inmediatez de televisión y radio, la creación de noticias por acumulación e intención, etc., «la moraleja» final de la historia (que la tiene) no es ni mucho menos periodística sino muy humana. A mí casi me ha parecido una parábola sobre la crisis y la corrupción actual solo que explicada en 1992 porque, al fin al cabo, no hay nada nuevo bajo el sol y los europeos somos mucho de repetir nuestra propia Historia una y otra vez.
Aclarado este punto, creo que Número cero es una novela para pasarlo bien. Desde las anécdotas académicas de Colonna y sus ejemplos periodísticos —atención a la magnífica carta de Julio César de la página 61—, hasta el paseo nostálgico por las calles más bohemias de Milán, pasando por la delirante historia conspiratoria de Braggadocio (una excusa para demostrar que nada ha cambiado desde la última crisis histórico-social-económica y que las sociedades seguimos conformándonos con lo poco que tenemos, incluso cuando la crisis también es moral y la corrupción escandalosa, mejor no preguntar y encerrarnos en casa con futbol y pizza (panem et circences)), por no hablar de la gracia de leer desde el futuro sobre la utilización de los móviles o la aceptación social de los homosexuales. Aunque eso sí, reconozco, lector, que al igual que ocurre con los admiradores de Woody Allen, esta es una de las novelas de Umberto Eco que, por peculiar, más apreciaran quienes más le quieren y le conocen.
«La gente tiene una memoria corta. Les voy a proponer un ejemplo paradójico: todos deberían saber que Julio César fue asesinado en los Idus de marzo, pero las ideas al respecto son confusas; buscamos entonces un libro inglés reciente en el que se reconsidere la historia de César y con eso sacamos un titular de impacto, «clamoroso descubrimiento de los historiadores de Cambridge. César fue asesinado verdaderamente en los Idus de marzo». Contamos la historia de nuevo y ya tenemos una noticia pistonuda.«
Lector, el amor verdadero es para siempre pero no se libra de estar ciego así que no te fíes de esta reseña. Eso sí, no busques un thriller de conspiraciones como los de Dan Brown o clases magistrales de periodismo, porque no van por ahí los tiros.
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Hombres buenos, de Arturo Pérez-Reverte

Un reputado escritor, letra T de la Real Academia de la Lengua Española desde hace doce años, posa su mirada sobre los 28 tomos completos de La Enciclopedia en las nobles estanterías de la biblioteca de la Academia. Curioso se pregunta cómo fue posible su adquisición a finales del siglo XVIII, durante el reinado de Carlos III, un rey que pese a la Inquisición no dejaba de favorecer ciertas políticas ligeramente ilustradas y esperanzadoras en aquella España absolutista que jamás abrazó el siglo de las luces europeo. Aunque el la Enciclopedia de Diderot, d’Alembert y Le Breton estaba en el índice de libros prohibidos de la Inquisición, Carlos III dispensa a la Real Academia de la Lengua Española para la adquisición de uno de sus escasísimos originales en 1780. Para tal arriesgada empresa, la Academia envía a París a dos hombres honestos, dos hombres buenos, capaces de afrontar tamaña empresa por el bien de la razón y la ciencia, en feliz cruzada contra el oscurantismo y la omnipresencia aterradora de la Inquisición. Uno de ellos es Hermógenes Molina, el bonachón bibliotecario de la academia, experto en clásicas, excelente traductor y hombre de sincera fe pero con el firme convencimiento de que el bien debe lograrse en este mundo; el otro, el almirante de marina Pedro Zárate, ilustrado, caballero, bregado soldado y hombre de temple extraordinario. En contra de tamaña empresa, dos firmes opositores que harán lo posible por perjudicar la misión de esos dos hombres y que la Enciclopedia no pise jamás territorio español: un ultra conservador, Manuel Higueruela, y un librepensador de pacotilla convencido de que el único que debe traer las luces al país es su excelsa persona, Justo Sánchez Terrón. Cuando el buen Hermógenes y el imperturbable Pedro Zárate salen de Madrid camino del espléndido París pre-revolucionario, la aventura comienza.

«Por la ventana de la alcoba, con sólo levantar los ojos, el bibliotecario alcanza a ver el convento de las Trinitarias, que está al extremo de la calle. Y no hay ocasión en que mire por esa ventana, concluye, que no se sienta inundado de melancolía. La rancia, deprimida e inculta nación que tanto necesita ideas que ilustren su futuro resume buena parte de sus dolencias endémicas tras aquellos muros de ladrillo. Miguel de Cervantes, el hombre que más gloria dio a las letras hispanas y universales, yace ahí mismo, en una fosa común.«

Con voluntad galdosiana o sin ella —que eso solo lo sabe el autor—, Hombres buenos, de Arturo Pérez-Reverte, bien podría ser un Episodio Nacional Cero. No solo porque se enmarca inmediatamente antes del primero de los Episodios de la primera serie, Trafalgar, sino porque recoge con cristalina intención el espíritu de Galdós de retratar esas dos Españas de cuyos fantasmas -a nuestro pesar y para nuestro castigo- todavía no nos hemos librado. Porque aunque con Carlos III el país vivió una época de cierta esperanza, todo se vio truncado con la omnipresencia de la Iglesia y su Inquisición, que frenaron sin piedad las nuevas ideas, la apertura, la brisa de ciencia y de razón, y España se perdió la oportunidad de ser un país con una historia nacional algo más feliz y menos tenebrosa. La Inquisición controlaba absolutamente todo, desde el conocimiento que se impartía en la Universidad hasta las ideas de los pensadores y filósofos (miedo, exilio, pena de muerte, etc.). Por eso ni la Ilustración ni las ideas de libertad de la revolución francesa germinaron nunca a este lado de la frontera europea.

«Sin libertad no hay prosperidad.«

A través de las conversaciones de dos hombres buenos, Zárate y Hermógenes, Arturo Pérez-Reverte retrata la actualidad española de finales del siglo XVII, esa dualidad entre Iglesia vs Razón, el dilema de si el progreso debe venir a través de la fe o de la razón. Pero también fantasean sobre la España que podría haber sido, la España posible, sin el oscurantismo de la Inquisición, con fronteras permeables a la Enciclopedia, símbolo de esta revolución de las luces. Pueblos groseros hay en todas partes, reflexionan los dos académicos camino de París, lo importante es una nación de élites cultas.

A estas alturas de nuestro siglo reseñar una novela de Arturo Pérez-Reverte puede parecer superfluo a muchos lectores, seguramente porque todos conocemos al autor y hemos leído unos cuantos de sus libros, y a ver quién viene a discutir sobre su buen hacer como periodista y como escritor. Pero quizás coincida el lector en señalar que el señor Pérez-Reverte, como contador de historias, no siempre nos convence de igual manera y por eso he disfrutado especialmente de Hombres buenos; porque me parece una de las mejores novelas de su autor. La encrucijada histórica del momento, la magnífica alternancia entre las líneas argumentales del presente del escritor (muy divertida) y del pasado (Hermógenes y Zárate), el continuo debate entre luz y oscuridad, ese toque de aventuras clásicas, los carismáticos personajes que protagonizan estas páginas o los escenarios parisinos de finales del XVIII, son solo algunos de los puntos fuertes de una novela que se disfruta de principio a fin por la pasión y la voluntad histórica que ha puesto en ella su autor.

Lector, una de las mejores novelas de ficción (o no tan ficción) de Arturo Pérez Reverte.

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Vestidos de novia, de Laura Balagué Gea

En Santa María del Mar todos esperan con impaciencia la llegada de la novia, Inés esquirol, una jovencísima diseñadora de vestidos de novia en plena carrera ascendente, cuando el señor cura anuncia pesaroso que un horrible crimen le obliga a cancelar la boda. En la Barcelona de los años 60 del siglo pasado, la joven Inés, hija única de un matrimonio de clase media, un par de años antes había entrado a trabajar como aprendiza en el taller de Madame Recasens, una de las firmas de alta costura más prestigiosas de la ciudad condal en esos momentos. Feliz de poder dedicarse a su verdadera vocación, además de leer y dibujar innovadores diseños de vestidos de novia, Inés entra dispuesta a trabajar y pasar desapercibida. Pronto hará buenas amigas, como la espontánea Montse o la sabia señora Puig, pero nada la salvará de la envidia de aquellas que tienen menos talento que ella. Inés brilla por su mirada, por su talento, por su discreción y sus hermosos diseños, que no tardarán en salir a la luz y ser motivo de realización profesional pero también de malos deseos. 
«La vida va para adelante siempre. Hay cosas buenas, malas, gente que te quiere y gente que te envidia y tienes que aprender a vivir con esto. Es imposible contentar a todo el mundo todo el tiempo. Tú tienes talento y eso te va a acarrear muchas envidias. No hagas caso, tú misma sabrás cuando hayas hecho algo que no está bien o te lo dirá la gente que de verdad te quiere.«
P1030850

Conocí a Laura Balagué a través de su estupendo blog, Niu de Mones, por recomendación de Loque que un día me dijo «mira que reseñas, son de esas que nos gustan«. Loque me explicó que Laura acababa de ganar el premio La Trama de novela negra por su estupendísima Las pequeñas mentiras y allá de cabeza que me fui a conocerla en persona en la presentación de su libro, un domingo de mejillones y vino blanco a las puertas del verano en la librería Negra y Criminal, rincón de culto de la ciudad. Y como me encantó Las pequeñas mentiras, Laura me hizo llegar a través de Loque esta otra novela anterior, Vestidos de novia, que no se puede comprar (ejem, a ver si alguna editorial con buena intuición le pone remedio a esto), con la que me lo he pasado en grande paseando a mis anchas por las más hermosas calles de la Barcelona de mediados del siglo pasado.
Vestidos de novia es la historia de un crimen pero también un magnífico retrato social de la época en la que está ambientada y un nostálgico deambular por las calles de una Barcelona donde las niñas bien encargaban vestidos de noche para la temporada del Liceu y los fotógrafos de moda todavía no habían aprendido la clave de la espontaneidad. Laura Balagué narra con soltura y buen ritmo la ascensión profesional de Inés pero también su tambaleante vida interior, sus miedos y el aprendizaje de la confianza en sí misma gracias al apoyo de unos estupendos personajes secundarios (como su padre, Montse  o la señora Puig). 
La autora demuestra ya en esta primera novela su talento como contadora de historias, y esa naturalidad y desparpajo para construir personajes creíbles y tramas envolventes por su sencillez y rotundidad. El resultado es una novela que empieza con el anuncio de un crimen y que dedica el resto de capítulos a poner en antecedentes al lector sobre los motivos de ese crimen y el misterio que lo envuelve. Escenas como la salida de las modistas a la Pérgola a merendar y bailar, vestir a las novias, las tardes en el taller de costura o los recados de Inés por el corazón de casco antiguo, son algunos de los pequeños placeres que abundan en esta recomendable novela.
Lector, le pediremos a los Reyes Magos Editoriales la posibilidad de poder encontrar muy pronto este estupendo Vestidos de novia de Laura Balagué Gea en los escaparates de las librerías. Bien que la novela lo merece.
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