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Celeste 65, de José C. Vales
A Linton Blint no le va demasiado bien en la vida. Su terapeuta de freudianos labios cree que arrastra el trauma infantil de haber recogido los pedacitos de su madre y su hermana cuando una bomba alemana cayó sobre la casa de sus padres cuando era pequeño. El maltrato al que le someten su esposa Laurie y la tía Mildred y el desgraciado accidente de las polillas en Oxford tampoco ayudan a cultivar su autoestima. Quizás Linton padezca de una apatía vital insoportable y no sepa nada del mundo más allá de sus estudios entomológicos, pero incluso el más gris de los seres humanos tiene un instante de rebeldía. Obligado a huir de Inglaterra por las circunstancias, Linton se hospedará en el lujoso Hotel Negresco, a mediados de los años sesenta, destino veraniego preferido de famosos, ricos y poderosos. Junto a la hermosa Celeste, sobrina de un anticuario que la ha enviado a Niza para hacerse con un misterioso mapa planetario, el despistadísimo Linton terminará siendo el inesperado protagonista de un sinfín de líos de espionaje propios de la Guerra Fría y de otros ajustes de cuentas más personales.
«Los grandes lectores son personas muy molestas —era cosa sabida, según el librero—, porque tienen manías, prejuicios, obsesiones y chifladuras relacionadas con el papel, el tipo de letra, las ilustraciones, las erratas o la encuadernación. Son complicaciones intelectuales que afectan a todos los aficionados a los libros, por lo que dicen; mi amigo Doug, que había pasado su vida entre libros y mujeres exóticas, siempre me aseguró que todos los grandes lectores suelen sufrir alguna perturbación más o menos dañina…»

José C. Vales es uno de mis escritores contemporáneos preferidos, los que habitualmente venís a tomar el té en Serendipia ya lo sabéis, así que no será ninguna sorpresa si os digo que me lo he pasado en grande con la lectura de Celeste 65. El autor de Cabaret Biarritz vuelve a poner su excelente prosa al servicio de su divertidísima y sarcástica narración, esta vez, para entretenernos con las aventuras de un apocado entomólogo inglés en Niza con el telón de la Guerra Fría y las bellezas de mediados de los años sesenta del siglo pasado bailando al son de una música que también hizo Historia. Y aunque las épocas no podían ser más distintas, los escenarios vuelven a padecer de un decadente lujo nostálgico, pues si en Cabaret Biarritz el lector se hospedó con Beatrix en el Hotel du Palais, en Celeste 65 disfrutará de su hospedaje gemelo, el Hotel Negresco.
Divertida, tocada de un genial humor inglés y en ocasiones tan alocada como delirante, Celeste 65 es una gran demostración de que la buena literatura no tiene que versar obligatoriamente sobre dramas y desgracias existenciales. También desde el sentido del humor y desde la sátira los escritores abordan la condición humana y crean excelentes ficciones de gran valor literario ¡y perspectiva histórica! En Celeste 65 el lector encontrará una novela fabulosa con entrañables referencias librescas (Gervase Fen, Tobias Smollett, el romanticismo de finales del XVIII y sus acólitos ionizados…), simpáticos guiños a los lectores del señor Vales (¡Beatrix Villequeau y Neuwelke!), cameos glamurosos, una música que cambió el mundo, y unas escenas al más puro estilo de los hermanos Coen y que son el alma de la novela.
Y como además de lectora recalcitrante soy historiadora, me perdonareis una de mis citas preferidas de la novela:
«(…) que la Historia Natural de Plinio o los siete libros de Historia de Herodoto eran más divertidos —¡definitivamente!— que la mayoría de las novelas (…), que Schliemann era un aficionado y que ningún arqueólogo de verdad habría vestido a su mujer con las joyas troyanas (…).«
Solo un filólogo con el encanto de José C. Vales podría haber escrito frases como esta.
Lector, si sufriste en el Hotel du Palais, ahora toca pasárselo en grande en el Hotel Negresco.
También te gustará: El pensionado de Neuwelke; Cabaret Biarritz
Nota: soy incapaz de escribir correctamente el alias del querido Linton, lo siento.
Nota (II): y mira que agradecí el alias porque, no sé a vosotros, pero a mí el nombre de Linton me hace pensar en el sin-sustancia de Cumbres borrascosas.
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Nuestra casa en el árbol, de Lea Vélez
María, Michael y Richard vuelven a la casa de su infancia, en Hamble-le-Rice. Llegan en barco y van tardísimo a un entierro pero el tiempo en el Hamble nunca trascurre del mismo modo. Los tres hermanos, vueltos al hogar, recuerdan episodios de su infancia de la mano de Richard, que ha recogido en varios cuadernos las vivencias de aquellos días con la ayuda de los diarios de su madre. Fueron tres niños felices allí, en la casa de su abuelo, esperando a que mamá les construyera su propia casa en el árbol. Ana había esperado iniciar una nueva vida en Hamble-le-Rice con sus tres hijos superdotados, cansada de la reticencia del colegio español, mortificada por sus propios recuerdos de la escuela, profundamente triste por la reciente muerte de David, su marido. Los cuatro juntos, a la orilla de un río con mareas dobles, construyen su propio universo particular en donde todo es posible, incluso la libertad.
«Opino que una casa hecha para todos igual no puede funcionar, sobre todo si los niños son intrépidos e inteligentes (…). Los mismos principios de una casa en el árbol pueden aplicarse a la educación.«

Para todos aquellos que seguís a Lea Vélez en las redes sociales o que habéis leído El jardín de la memoria, ya estaréis familiarizados con la autora y sus circunstancias: Lea es viuda y madre de dos niños superdotados (disculpad la etiqueta). Y para todos aquellos que disfrutamos cuando inicia una entrada en facebook escribiendo «Entra el de nueve y me pregunta: mami, ¿crees que sería posible inventar un chip que se implantase en el cerebro de los bebés para que aprendiesen todo lo que supuestamente se aprende en la escuela?» esta novela es un regalo. Una historia de imágenes y metáforas preciosas sobre la libertad, sobre la infancia y sobre el derecho de todos los niños a ser reconocidos como personas singulares; pero también una historia sobre aprender a vivir de nuevo.
Leer Nuestra casa en el árbol es disfrutar del ingenio de Lea, de sus juegos de palabras, de sus «no soy literal» y de las adorables excentricidades de sus personajes (originales y únicos, seguramente porque están inspirados en niños reales). Pero lo que más me ha gustado de Nuestra casa en el árbol es la crítica observación sobre la educación reglada a la que sometemos a nuestros hijos. Ana, la protagonista, que también fue una niña de altas capacidades, todavía recuerda los sinsabores de su escolarización; y quizás por ello sufre por partida doble el dolor de sus hijos de tener que ir al colegio a copiar «Pilar pela el pomelo» cuando en casa le están preguntando por el Big Bang, la extinción de los dinosaurios, el origen de la vida, la densidad planetaria o la falta de atmósfera en el espacio.
«-¿Y a qué vas al colegio?
-Yo voy al colegio a llorar.«
La protagonista no quiere comprar una casita prefabricada y podar las ramas del árbol para que encaje allí. Prefiere respetar la singularidad de su árbol, las preferencias de sus hijos, y construir una casa a medida, que no encaje por la fuerza de la poda sino que se adapte a la originalidad del árbol y de los pequeños. Los niños van al colegio para que se les pode sus mejores ramas con la finalidad de que a todos les quepa el mismo kit de conocimientos superficiales, apunta Lea en estas páginas.
La absurdidad de los mecanismos escolares y su nulo respeto por las inteligencias múltiples, por la imaginación o la diversidad de capacidades de los alumnos, se conjuga con el otro elemento omnipresente en esta luminosa historia: la libertad. En Nuestra casa en el árbol encontramos personas que buscan la libertad, personas que han nacido libres y siguen indómitamente libres, personas que encuentran la libertad al sumergirse en la naturaleza del Humble y personas que ni siquiera se han planteado alguna vez el concepto de libertad. Libertad de amar, de viajar, de pensar, de vivir, de estar triste, de llorar… Por eso los críticos literarios hablan de que los protagonistas de esta nueva novela de Lea Vélez encuentran refugio en su propia Arcadia.
Lector, nos advierte Lea que cuando un niño nos dispara con el dedo debemos morirnos (y si nos morimos fabulosamente, mejor).
Nota: Debería haber leído El jardín de la memoria o Nuestra casa en el árbol antes que La cirujana de Palma para conocer mejor a la autora, su sentido del humor, su ingenio y sus jocosas sátiras. Lector, si todavía llego a tiempo: deja para el final a la cirujana, ya entenderás por qué.
También te gustará: Mi familia y otras especies en extinción; Trilogía de Corfú
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Sin compromiso, de Curtis Sittenfeld
Jane y Liz son las mayores de las cinco hermanas Bennet y las únicas que parecen tener un poco de sentido común en la enorme casa de estilo Tudor que la familia habita en Cincinnati. Ambas llevan años viviendo en Nueva York pero están pasando unas semanas en la casa de su infancia para cuidar de su padre, Fred Bennet, que acaba de sufrir una intervención cardíaca. La única ocupación de Lydia y Kitty es el crossfit, seguir la dieta paleo y whatsappear, Mary siempre anda encerrada en su habitación, estudiando, y la señora Bennet solo vive para el club de campo y su organización benéfica. Pero para agravar el caos y el sinsentido que siempre parece reinar en la casa de estilo Tudor, la noticia de que dos médicos solteros, ricos y guapos —Chip Bingley y Fitzwilliam Darcy— se acaban de mudar al vecindario hace presa en la imaginación de la señora Bennet, que sueña con casar a sus hijas con un buen partido y a cualquier precio.
«En cierto modo, el hecho de que las cinco estuviesen solteras convertía la circunstancia en un fenómeno, curioso o desastroso, dependiendo del punto de vista, aunque en cualquier caso rara vez se tenía en cuenta la individualidad de cada una de ellas.«

Orgullo y prejuicio es mi novela preferida de Jane Austen, por eso en cuanto vi Sin compromiso, en el catálogo de Siruela, supe que tenía que leerla. Esta simpática historia de Curtis Sittenfeld es una puesta al día del clásico austenita y, aunque muchos puristas dirán que resulta prescindible, lo cierto es que me lo he pasado bien revisitando a las Bennet.
Sin compromiso es una adaptación contemporánea y divertida de la novela de Jane Austen, que recrea con bastante acierto la mirada incisiva de la autora sobre las relaciones familiares y sociales, los prejuicios socio-económicos de la diferencia de clases (en la novela de Sittenfeld ampliado a diferencias de raza y de género) o las relaciones amorosas y sus dificultades. Curtis Sittenfeld traslada con autenticidad al siglo XXI el espíritu crítico de la novela de Austen y, aunque —era necesario— cambien las circunstancias y las situaciones, sus personajes son sorprendentemente fieles a sus originales. Destaca, por ejemplo, el caso del patriarca de los Bennet, cuyo sarcasmo, sentido del humor y filosofía de vida son exactos a los del carácter imaginado por Austen; sus diálogos son uno de los puntos que más he disfrutado de esta novela.
Leer Sin compromiso conlleva el placer de reencontrarse con los Bennet, la sensación de volver a saber de viejos y queridos amigos, cierto consuelo para la nostalgia de los lectores. He disfrutado de la recreación de las vidas de las hermanas en el siglo XXI, de sus relaciones amorosas y de sus actitudes frente a la vida; incluso las tres pequeñas me han caído mejor que en la historia original, quizás porque Sittenfeld las ve desde un prisma más tolerante (son producto de la educación de sus padres) y tiende a redimirlas hacia el final de la novela. Jane y Liz están perfectas, fieles al espíritu de las heroínas austenitas, incluso favorecidas por la luz de la adaptación temporal (ambas están casi en la cuarentena y no hubiese sido creíble que no hubiesen tenido parejas o una carrera profesional). Solo el señor Darcy, en mi opinión, queda algo diluido, su intensidad original menguada por el paso de los siglos y una adaptación que le deja escaso diálogo y poco protagonismo entre tanta Bennet desatada.
Lector, para nostálgicos de Orgullo y prejuicio con sentido del humor.
Nota friki: Sí, aparece Pemberley. Y además está situado en el número 1813 de una carretera, sí, ese es también el año en el que se publicó por vez primera Orgullo y prejuicio.
También te gustará: Orgullo y prejuicio; La abadía de Northanger
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Crónica de una cacería de troles, de James McBryde

En agosto de 1899, tres médicos ingleses, James McBryde, M.R, James y W.J. Stone, son enviados por el Museo Fitzwilliam a tierras escandinavas con la misión de capturar un trol vivo. La expedición se adentra en los horizontes más bellos de Dinamarca con la única voluntad de dar caza a la criatura para poder estudiarla en Londres pero también para causar sensación en una sociedad que a las puertas del nuevo siglo estaba ávida de descubrimientos científicos. El problema es que los tres cazadores improvisados no tienen más que su ingenio y su sentido del humor inglés para soportar las condiciones de la aventura, aunque sus intentos por aprender danés —están convencidos de que los troles se comunican en esta lengua— es más que loable.
M.R. James era profesor en la facultad de medicina de Cambridge cuando James McBryde empezó a estudiar allí obligado por la tradición familiar. Ese fue el principio de una amistad que habría de perdurar hasta la muerte de McBryde, truncando la carrera de un prometedor e ingenioso ilustrador. Llevado por la nostalgia y el cariño, M.R. James recogió los dibujos y el texto que su amigo había realizado durante una de sus excéntricas expediciones a Dinamarca, y lo publicó con el título de Crónica de una cacería de troles.
La historia funciona magníficamente bien con las ilustraciones, comparten protagonismo, y se destaca por ser divertidísima, original y encantadora. Está escrita en forma de entradas de diario, como bien corresponde a una expedición de esta envergadura. No sé vosotros pero yo me imaginaba a tres ingleses, impecablemente vestidos a la rígida moda de 1899, enfangados y exhaustos, perdidos, en medio de los páramos daneses; consultando su reloj de bolsillo, maldiciendo con exquisita educación por el lamentable estado de sus botines y parando para tomar el té. Me ha encantado esta Crónica de una cacería de troles, por su sentido del humor y la gracia de las ilustraciones pero sobre todo por el derroche de imaginación de tres hombres adultos que fueron capaces de jugar a cazar troles en una expedición científica real del Museo Fitzwilliams.
Lector, para admiradores del espíritu de J.M. Barrie y Lewis Carroll, capaces de ver prodigiosas criaturas en los parajes más insospechados.
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