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El libro de los esnobs, del Duque de Bedford
Es una verdad universalmente conocida que la gente solo se interesa por sí misma. Y como toda la gente es esnob y le encanta leer sobre sí misma, a todos les gusta leer sobre los esnobs. Por eso el Duque de Bedford escribe este genial y divertidísimo manual de cómo un verdadero esnob puede llegar a triunfar en su esnobismo en unos cuantos sencillos —pero carísimos— pasos. Eso sí, es necesario tener algunos conceptos claros: el acento de Oxford no es codiciado en la sociedad arribista, los Duques son piezas de coleccionista, sea deleznable con los mayordomos y el servicio doméstico, sea un gran entendido en la caza del zorro (*) y procure no acostarse con la anfitriona ni con las esposas de otros invitados cuando consiga que alguien señalado le invite a pasar un fin de semana en la campiña inglesa.
«El esnobismo es, en gran medida, el placer de mirar a los demás por encima del hombro. Y nuestro mundo está confeccionado de un modo tan maravilloso que cualquier persona -cualquiera- siempre encuentra alguien a quien mirar por encima del hombro.«

«Leer es tolerable. Puede incluso tener usted un gusto literario culto y selecto, aunque es mejor mantenerlo en secreto. Nadie le creerá si afirma estar realmente interesado en Sartre, Kafka, Camus o en la poesía de Robert Graves. Usted solo estará aparentando. Ahora bien, aparentar está perfectamente bien, desde luego, pero si opta por el esnobismo intelectual es que algo grave le ocurre.«
Cuentan las solapas de esta estupenda edición de Kailas editorial que «Nacido en una de las familias más aristocráticas de Inglaterra, el duque de Bedford fue un privilegiado observador de las debilidades de sus semejantes y de las ventajas de ostentar un título nobiliario«. Precisamente el autor —John Ian Robert Russell, Duque de Bedford— avisa en los primeros capítulos de este divertidísimo y sarcástico manual del esnob arribista que la desaparición del Imperio y la devaluación de los títulos nobiliarios fue un duro golpe para los esnobs (Gran Bretaña siempre ha sido una esnobocracia). Y aunque en los años sesenta (El libro de los esnobs fue publicado por primera vez en 1965) se encontraba más interesante el dinero que los títulos, el verdadero esnobs sigue suspirando por codearse con duques y marqueses.
«No se puede ser un erudito de dos a cuatro de la tarde, y esnob el resto del día. Uno debe ser esnob las veinticuatro horas del día, todos los días, ya esté despierto o dormido (…). Hay que aceptar la chifladura con toda la guarnición.«
Mordaz, cínico, ingenioso y delirante, el Duque de Bedford explora todas las posibilidades de éxito para el esnob más ambicioso. Desde la regla de oro de la conversación entre esnobs (usted no interesa, solo interesa el otro) hasta las estrategias para sacar partidos del ayuda de cámara, la carrera de esnob resulta delirante: «Un esnob no teme a la muerte. Teme al impuesto de sucesiones«.
Lector, una lectura genial, desternillante y con mucha clase ;-)
(*) El Duque de Bedford, ya a mediados del siglo XX era un acérrimo detractor de la caza del zorro.
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Etiquetado humor literario, Libros excéntricos, Literatura británica
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Aquí hay veneno, de Georgette Heyer
El detestable señor Gregory Matthews comparte la mansión Poplars con su hermana soltera Harriet, una loca del ahorro compulsivo, su coqueta e hipocondríaca cuñada Zoe y los dos hijos de esta, Stella y Guy. Todos en la casa (y fuera de ella) tienen sobrados motivos para tenerle cierta inquina: Zoe —que piensa que heredará la mansión— y Guy están en contra de sus planes para enviar a este último (un desastre andante) a Brasil para que se convierta en un hombre de provecho; Stella no consigue convencerle de que apruebe sus planes de boda con el doctor Fielding; Harriet le tiene por un derrochador; su otra hermana, Gertrude, que vive a unas calles de distancia, es tan insoportable como él mismo; y su sobrino preferido, el odioso Randall Matthews, se ha convertido en su heredero pese a las discusiones que mantiene con él y justo cuando se rumorea sobre sus problemas financieros. Cuando Gregory Matthews aparece muerto en su propia cama con evidentes síntomas de haber sido asesinado, el inspector Hannasyde de Scotland Yard lo va a tener muy difícil para reducir la lista de sospechosos con tantas personas alrededor con excelentes motivos para desear la muerte del patriarca.
«—¡Ah, ya veo! —exclamó Giles y sonrió—. Usted querría que se descubriera el cadáver in situ, con una carta incriminatoria en la papelera, un vaso con restos de veneno en la mesita de noche, y todo protegido bajo llave hasta que llegara usted.
Hannasyde rio a regañadientes.
—Bueno, reconocerá que la investigación sería mucho más fácil.»

Georgette Heyer (Londres, 1902 – 1974) empezó a escribir para entretener a su hermano mientras se recuperaba de una larga enfermedad y fue su padre quién la animó a publicar. Desde que en 1921 publicó La polilla negra, Heyer se convirtió en una escritora de bestsellers llegando a ser el sustento de toda su familia tras la muerte de su padre. La autora solía recrear casi todas sus novelas en la Regencia, una época en la que se dio cierto relajamiento de las costumbres entre las clases altas, sobre todo si se comparaba con la rigidez de la época victoriana posterior. Sin embargo, no es el caso de Aquí hay veneno, una entretenidísima novela policíaca en el Londres de los años treinta del siglo XX.
Divertida y con una excelente dosificación del misterio y de la investigación policial, Aquí hay veneno plantea el asesinato de Gregory Matthews, un señor tan antipático que hasta el propio lector acabará por tenerle simpatía a todos sus posibles asesinos (que no son precisamente pocos). ¿Por qué recomiendo esta novela? Pues por sus divertidísimos diálogos (y advierto al lector de que el 90% de la novela es dialogada, de hecho podría ser perfectamente una obra de teatro), los simpatiquísimos hilos argumentales secundarios, el ingenio de Georgette Heyer a la hora de construir sus estupendos personajes, el discreto encanto del inspector Hannasyde y, sobre todo, porque es una lectura amable y entretenida que viene muy bien tenerla a mano en un parentésis de lecturas más sesudas o en un repentino ataque de odio hacia la humanidad en general.
«—Guárdate las explicaciones hasta que te hayas quitado ese sombrero y empolvado la nariz.
—No voy a quitármelo. Sólo me quedaré unos minutos.
—Te quedes un minuto o una hora, me niego a sentarme y tener que mirar esa discordante atrocidad.«
Lector, divertida, entretenida y sin odiosas descripciones. Recomiendo tenerla a mano para casos de urgencia.
Decidí leer esta novela por la buena recomendación de Carmen en Carmen y amig@s.
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El buen vino del señor Weston, de T.F. Powys
En la pequeña aldea rural de Folly Down ninguna muchacha está a salvo de las malas intenciones de Martin y John Mumby. La señora Vosper les facilita la cacería y todos echan la culpa de las desgracias de las señoritas al viejo señor Grunter. Pero Bunce, el tabernero, cree que la culpa de todo la tiene Dios. Su hija, Jenny Bunce, ha escapado de las garras de los Mumby bajo el viejo roble y es el objeto de ardoroso amor del bueno de Luke Bird. El vicario de Folly Down cree que Dios no existe desde que su bella y traviesa esposa murió dejándole solo con su extraña hija, Tamar, quien espera, lejos de las atenciones de los Mumby, a que llegue su ángel para casarse con él. Y si todo no fuese lo suficientemente extraño en Folly Down, acaba de llegar al pueblo la camioneta del señor Weston y su ayudante, Michael, un tratante de vinos que vienen para ofrecer su mercancía a pecadores e inocentes. Weston, que conoce a fondo cada alma de la aldea, entra en la Taberna del Ángel, se para el reloj y empieza la Eternidad… aunque nadie parece haberse dado cuenta.
«-Según el viejo Grunter -observó el señor Vosper tranquilamente-, y lo que mi mujer dice -el señor Vosper se puso de pie para que pudieran escucharlo mejor-, si una muchacha tiene miedo de hacerlo mientras es joven, le llegarán los días de invierno, en los que el lecho del roble estará húmedo y lleno de gusanos ¿Y creéis que se va a tumbar en él y que va a cantar y bailar? Si lo hace solo molestará a la gente con sus tontas manías de vieja.
-¿Pero a quién hay que culpar? -preguntó el hacendado Mumby (…)- ¿A quién hay que culpar por sus acciones?
-En Folly Down -dijo el señor Kiddle- culpamos a Grunter.
-En la Taberna del Ángel -gritó colérico el tabernero Bunce- culpamos a Dios.»

Theodore Francis Powys (1875-1953) fue uno de los escritores fantásticos más destacados de la primera mitad del siglo XX, siendo los principales temas de sus novelas lo sobrenatural (en este caso, una alegoría cristiana y pura magia) y la contraposición de la inocencia versus la crueldad. En El buen vino del señor Weston las fuerzas del mal y del bien se encarnan en los curiosos personajes de una aldea tan tocada por la lujuria que, como bien decía mi querida Aranzazu, bien podría haberse llamado Folly Lust en lugar de Folly Down.
La historia arranca con un ritmo reposado y Powys se toma su tiempo y sus anécdotas (divertidas a veces, escalofriantes, otras) para describir con cuidado a cada uno de los excéntricos habitantes de Folly Down y las relaciones entre ellos. Un pueblo en donde el deporte nacional es voltear señoritas sobre el lecho de musgo bajo el roble, en donde se evangeliza a los animales y en el que el reverendo no cree en la existencia de Dios, es un pueblo algo rarito, me concederá el lector. Pero si además la hija del reverendo espera a un ángel para casarse, el tabernero culpa a Dios de todo, el señor Meek está empeñado en robar las llamas de la chimenea y la señora Bunce solo sabe de escabechar cebollas, la cosa mejora por momentos.
Y es que la historia que narra Powys tiene mucho de alegoría, un tanto de fantástica y algo más de excentricidad inglesa algo exagerada (¿Que no existen pueblecitos ingleses parecidos? Eso está por ver), una receta que, además de su buen suspense y su mejor literatura, resulta entretenida, original y sumamente divertida. Y aunque la presentación de los personajes ocupa al autor algo más de la mitad del libro (¡es que los personajes son la historia!) y el ritmo narrativo no se acelere (apoteósicamente) hasta que se para el reloj de la Taberna del Ángel y el señor Weston irrumpe entre sus contertulios para vender su excelente vino, el lector disfrutará de principio a fin con la malicia, la lujuria, la estupidez y la inocencia de Folly Down así como con el misterioso señor Weston, su vino y su ayudante Michael.
Abro un paréntesis para una reflexión de reseñista caprichosa.
Me ha gustado eso de que el ritmo narrativo se acelere precisamente cuando se para el tiempo dentro de la novela.
Cierro el paréntesis. Disculpe el lector este otoño voluble de la que escribe.
La prosa de T.F. Powys, brillante y sumamente limpia, tiene una elegancia sostenida que hipnotiza por su cadencia y su ritmo. Con una sintaxis compleja y un hermoso eco ancestral (algunas expresiones recuerdan a J.R.R. Tolkien en la recreación de un inglés legendario), el autor deleita por su extravagante y personalísimo estilo. Los diálogos, llenos de ingenio y de sutilidad, son una verdadera maravilla; y mucha atención a las conversaciones en La Taberna del Ángel porque el lector jamás habrá leído nada igual.
Lector, para los amantes de las joyas más raras e inesperadas.
Nota: Gaizka Ramón, el excelente traductor de esta estupenda edición de Ediciones Alfabia (Barcelona, febrero 2015) dice sobre los rasgos formales de la escritura de T. F. Powys: «una puntuación heterodoxa y profusa en comas, una sintaxis dada a frases enrevesadas y con numerosas cláusulas, una tendencia al inglés arcaico, un gusto por la repetición y una fuerte apuesta por retratar el inglés dialectal«. Es decir, que debe haber sido una pesadilla traducir esta novela, ¿no? En todo caso, una labor de traducción estupenda, Gaizka, enhorabuena.
Las (acertadamente) misteriosas y bonitas ilustraciones de la portada y la contraportada de esta edición son de Natalia Zaratiegui
He tenido la suerte de poder compartir esta lectura a tiempo real con biblio_Zazou, bloguera, lectora, cuentista y amiga.
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Ahí os quedáis de Jonathan Tropper
Judd Foxman lleva algunas semanas viviendo en un sótano de alquiler, sin trabajo, alimentándose de pizza, comida china frita y mucho alcohol. Su vida en una bonita urbanización de clase alta se vino abajo cuando llegó temprano a casa, con una tarta de chocolate en las manos, para celebrar el cumpleaños de su mujer y encontrársela en su cama con su jefe. La tarta de cumpleaños, con velas encendidas incluidas, acabó estampada contra el culo de su ex-jefe (una muy tibia venganza para la rabia y la desolación que siente el pobre Judd). Solo la noticia de la muerte de su padre, Mort Foxman, que llevaba tiempo enfermo, es capaz de hacerle salir de su inmundo sótano de alquiler. Judd no está preparado todavía para enfrentarse al mundo pero mucho menos para pasar una semana entera con su madre y sus tres hermanos: Wendy, esposa de un capullo y millonario corredor de bolsa y madre de tres niños pequeños adorables; Paul, gerente de la empresa familiar y eternamente enfadado con el mundo desde que un terrible accidente frustró su brillante carrera en el beisbol; y Phillip, un eterno Peter Pan incapaz de dejar de acostarse con todas las mujeres que se le ponen delante. Los Foxman al completo, obligados a guardar juntos la Shivá por la muerte de su padre, conscientes de su incapacidad para demostrar sus sentimientos o hablar siquiera de ellos, se enfrentan con horror a esa semana en familia.
«-Está bien llorar -dice mamá en voz baja.
-Lo sé.
-También puedes reír. No hay una sola respuesta emocional correcta.
-Gracias, mamá.
Mamá es psicóloga, obviamente. Pero también es más cosas. Hace veinticinco años escribió un libro llamado La cuna y todo lo demás: guía materna para la correcta crianza de los hijos. El libro resultó ser un fenómeno nacional y elevó a mi madre a la cumbre de los expertos en criar niños. Huelga decir que mis hermanos y yo estábamos jodidos más allá de toda esperanza.«

Algunos críticos estadounidenses comparan a Jonathan Tropper con Nick Hornby, el autor de Alta fidelidad o En picado; Ahí os quedáis es la primera novela que leo de Tropper y me ha parecido mucho más divertido que Hornby aunque más superficial a la hora de abordar los problemas y las motivaciones de sus personajes. Aunque lo que sí comparten ambos autores es una predisposición a los finales realistas, alejados del happy end hollywoodiense, de esos que dejan al protagonista en una encrucijada y la sensación de ser capaces de tomar cualquier camino posible (tampoco sin pasarse, que esto no es J.J. Abrams), y un elenco de personajes que han tocado fondo, salpican sus diálogos de cantidades ingentes de palabrotas y hablan/piensan/practican continuamente variaciones del verbo follar.
Ahí os quedáis es una novela sobre todo divertida que sabe sacarle un excelente partido a los diálogos ingeniosos, de réplicas rápidas y políticamente incorrectas, y la vertiente más humorística de unos protagonistas que, pese a vivir las horas más bajas de su existencia y estar totalmente destrozados, son capaces de reírse de sí mismos y comprender que sus problemas no van a arreglarse en una semana ni en un mes (puede que jamás lleguen a solucionarse) pero que algo funciona mal en ellos y en sus seres queridos pero que, contra todo pronóstico, se dan cuenta de que siguen queriendo a esos mismos seres imperfectos y algo cabrones, como ellos. Y es todo ese elenco de personajes dolorosamente humanos, tratados desde una perspectiva llena de cariño y de humor, el que da vida a una trama que a menudo acaba por conmover al lector además de hacerle sonreír.
Lector, no he visto la película pero difícilmente puede superar a unos personajes (y unos diálogos) como estos. Una lectura divertida para el verano que se aleja de lo convencional con excelente pulso narrativo.
Nota: Para que os hagáis una idea, esta novela es como La joya de la familia pero con más mala leche y más políticamente incorrecta que la versión (algo) dulcificada de esa película. Por cierto, qué poco me gustan las portadas de libros con el cartel de la película.
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