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La gardenia blanca de Shanghái, de Belinda Alexandra

A finales de la II Guerra Mundial, el ejército chino comunista y los soldados soviéticos entraron en Harbin, China, para desalojar a los japoneses y ajustar cuentas con el bando nacionalista. Anya Kozlova, hija de un fallecido coronel del ejército zarista de Moscú que se exilió a Manchuria tras la revolución bolchevique, tiene 13 años y vive en Harbin junto a su madre Alina. Pero cuando las tropas comunistas entran en su pueblo, la sed de venganza del cabecilla Tang cae sobre ellas. Alina es condenada a un campo de trabajo en Siberia y Anya debe quedarse en Harbin prisionera de la voluntad de Tang. Ayudada por sus vecinos, Anya consigue escapar de Harbin y llegar hasta Shanghái, donde vivirá bajo la protección de Sergei, otro ruso blanco apátrida desde la caída de los zares. Sola, enferma de tristeza por la pérdida de su madre, Anya se sumerge en una China totalmente distinta, sofisticada, colorida y cosmopolita, en donde alcanzará la madurez. Pero la guerra no ha terminado y el avance comunista sigue siendo un peligro para la hija de un ruso blanco. Sin patria, sin orígenes, sin raíces ni madre, Anya se verá obligada a proseguir su aventura hasta recalar en la tierra prometida de Australia.

«Nosotros, los rusos, creemos que si un cuchillo se cae de la mesa, se aproxima la llegada de un visitante varón, y que un ave que entra volando en una habitación es la señal de la muerte inminente de alguien cercano. Sin embargo, ningún presagio de cuchillos tirados al suelo o de aves extraviadas me previno cuando ambos acontecimientos tuvieron lugar en 1945, cerca de mi decimotercer cumpleaños.» Así empieza esta apasionante novela sobre una mujer perseguida por la guerra que supo encontrarse a si misma pese al horror y a la pérdida. Una historia muy entretenida, apasionante a veces, que el lector disfrutará de principio a fin por su elegante prosa y sus extraordinarios y bien pautados personajes. Belinda Alexandra, de madre rusa y padre australiano, traslada a la ficción su amplia experiencia viajera y de buena conocedora de culturas y lenguas. La historia de Anya Kozlova, narrada en primera persona, conmueve por su sensibilidad y delicadeza pero también por sus excelentes giros dramáticos y por una trama sólida y muy original. De ritmo ágil y descripciones sucintas (pequeñas pinceladas de color, a modo impresionista, dotan de una luz increíble a los variados escenarios de esta novela), lugares, personas y culturas desfilan por estas páginas para encantar al lector y hacer avanzar la historia con cierto suspense.
Los historiadores coinciden en señalar que el pueblo ruso fue el que más víctimas sufrió durante el conflicto de la II Guerra Mundial: veinte millones de muertos. Las investigaciones hablan de batallones enteros del ejército ruso lanzándose contra las trincheras alemanas sin más armas que un fusil para cada cinco soldados, en el mejor de los casos, y nada más que las manos desnudas en el peor. Pero no todas las muertes fueron a consecuencia de los nazis. Los pocos soldados soviéticos que consiguieron volver del frente alemán fueron fusilados o enviados a campos de trabajo en Siberia porque Stalin no podía correr el riesgo de que a su vuelta contaran lo que habían visto en Europa: que pese a que Alemania había perdido la guerra, pese a las penalidades y racionamientos, sus habitantes seguían viviendo mucho mejor que ellos. La gardenia blanca de Shanghái refleja fragmentos de esa Unión Soviética famélica y temerosa, controlada por la propaganda y la KGB, llena de mentiras y de pobreza disimuladas por el discurso triunfalista de Stalin y de la posterior guerra fría. Rusia había desaparecido y miles de exiliados se habían quedado sin patria a la que volver. Mal recibidos en cualquier sitio angloparlante (todos los rusos, sin excepción, eran sospechosos de ser comunistas) y sin posibilidad de volver atrás (porque no eran comunistas), la novela retrata el periplo de una constante emigración en busca de un lugar donde volver a empezar de nuevo, pero ¿dónde ir cuando la locura de la guerra cierra todas las puertas?
Lector, aquí tienes una historia muy bien contada que mantiene el interés hasta el final y te hará reflexionar sobre la maldad humana y las ansias de venganza, pero también sobre la esperanza y la fuerza de la amistad. Excelente retrato sobre las consecuencias más humanas de la II Guerra Mundial.

Desafío sagas familiares 2/10

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Viajes con Heródoto, de Ryszard Kapuscinski

En plena época del deshielo, en el lado soviético del Telón de Acero, Ryszard Kapuscinski termina sus estudios en la universidad de su natal Varsovia y entra a trabajar en un pequeño periódico. Viajando de pueblo en pueblo como reportero, siente muy próximas las fronteras de su país y, tal y como le confiesa a su jefa en la redacción, le asalta un deseo intenso de cruzarlas para conocer lo que él llama «la otredad». Sus anhelos no caen en saco roto y al poco tiempo una sorpresa le espera en la oficina: acaba de ser nombrado corresponsal en la India y debe partir de inmediato. Ese será el inicio de una larga carrera como reportero internacional que le llevará de continente en continente, siempre atento a la diferencia de culturas, de costumbres, de políticas, de gentes. Pero Kapuscinski no viaja nunca solo, en la maleta le acompaña un ejemplar de la Historiae de Heródoto que será una de sus lecturas constantes allá donde vaya. De esta manera, el viaje de este peculiar reportero se convierte en un doble viaje: el geográfico en el presente y el temporal con las historias de Heródoto de hace 2.500 años sobre el choque de civilizaciones entre oriente y occidente.

Los críticos coinciden en que resulta muy difícil decidir a qué género pertenece este estupendo libro de Ryszard Kapuscinski. Aventuras, viajes, biográfico, ensayo, político, reflexiones, histórico… Y es que en la maleta de Kapuscinski cabe de todo. Aunque si de algo no hay duda es de que pertenece al género de libros que encantará a cualquier lector desprevenido que se encuentre con él. El autor es un reportero, al principio novato, recién salido de la Polonia comunista a un mundo que florece y que apenas ha empezado a globalizarse a mediados del siglo XX. Con una mirada sin prejuicios pero sin duda 100% occidental, Kapuscinski se asoma a otras culturas dispares y lo trasmite al lector con un lenguaje agradable, directo, sin florituras y con mucho encanto para establecer desde el principio una corriente de simpatía que le acerca a su persona y avatares. Es el encanto de los corresponsales de antaño, que se lanzaban a la aventura de lo desconocido con poco más que un macuto y una libreta para poder escribir las crónicas de sus respectivos diarios, aderezado con la respetuosa y casi inocente experiencia del autor.
Heródoto está presente en cada capítulo del libro y acompaña al reportero allá donde va. Al principio, Kapuscinski se justifica pensando que Heródoto le ayudará a comprender el abismo entre oriente y occidente puesto que sus crónicas sobre las guerras de persas y griegos, justo en el centro del mundo conocido en la época, ahondan en las abismales diferencias entre las culturas y pensamientos. Pero ya muy pronto Heródoto se convierte en un amigo, en un compañero de viaje, y el reportero polaco empieza a preguntarse cómo sería este oficio en el siglo V aC. En la actualidad, los historiadores coinciden en que Heródoto era más un reportero con muy buena voluntad de recabar información sobre el pasado y los pueblos que visitaba, pero con una buena dosis de datos inciertos y predisposición para incorporar dudosas leyendas en sus escritos (algunos usos y costumbres de los pueblos que visitaba eran inventados o erróneamente interpretados por él), que no un riguroso historiador. Aunque es cierto que todavía hoy se le reconoce como el precursor de la historiografía y la única fuente de información (fidedigna o no) sobre pueblos y civilizaciones enteras, perdidas entre las brumas de la Historia. Kapuscinski reivindica la figura de Heródoto, a quién él ve como un sabio preocupado en impedir que el tiempo borre la memoria de la humanidad porque hasta entonces nadie se había preocupado en ponerla por escrito. Lo considera un compañero que en su tiempo viajó tanto o más que él, para ampliar su pequeño mundo de ciudades-estado griegas: «El autor de la Historia se presenta desde el principio como un visionario del mundo, como un escritor capaz de pensar a escala planetaria, en una palabra, como el primer globalista«.

Lector, disfrutarás de este libro de aventuras en dos dimensiones (geográficas y temporales) porque está escrito con sinceridad y sin prejuicios, y porque te hará reflexionar sobre algunas cuestiones de nuestro tiempo ¿Qué mejor compañía que Heródoto y Kapuscinski para recorrer el mundo?

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La librería, de Penelope Fitzgerald

Durante el año 1959, Florence Green tuvo problemas para dormir. Viuda y en la cincuentena, la valiente insomne cree que le ha llegado el momento de hacer algo con su vida y decide abrir una librería. El problema es que en el diminuto pueblo de Hardborough, donde no hay tintorería, ni cine, ni fish and chips, los cambios nunca son bienvenidos. Armada de coraje y decisión, Florence compra Old House, una viejísima casa del pueblo, y pone en marcha su negocio con ayuda de pocos y la oposición de muchos. Violet Gamart, bien relacionada y odiosamente pretenciosa, tenía otros planes para Old House y decide dedicarse a hacerle la vida imposible a la nueva librería a tiempo completo. Florence no sólo debe aprender a llevar el negocio, organizar un servicio de biblioteca, convencer a los proveedores editoriales de que atraviesen kilómetros de páramos y pantanos para traerle material,  y defenderse de las iniciativas de Violet y su camarilla, sino que además tendrá que compartir Old House con un antipático y ruidoso poltergeist.
La librería es una deliciosa novela sobre una aventura literaria en un pueblo en donde hasta los fantasmas son recalcitrantes. Sus encantos son muchísimos: personajes excéntricos, paisajes pintorescos, entomología librera, casas con espíritus, niñas extraordinarias, viejos beligerantes, diálogos disparatados, raudales de flema británica… La prosa de Penelope Fitzgerald es tan precisa, sólida, divertida e inteligente que la historia no tiene más remedio que ganarse al lector desde el principio. Florence, la protagonista, es un personaje fuerte y simpático que lucha contra viento y marea (a veces, literalmente) para hacer realidad la ilusión de poner la literatura al alcance de todos, en un pueblo que cada cuarenta años pierde con regularidad un medio de conexión con el resto del mundo. Lejos de llorar por sus dificultades y fracasos, Florence demuestra una voluntad inquebrantable y un espíritu de lucha conmovedores porque, como bien dice el señor Brundish, nunca hay que aceptar un trato. En conjunto es una novela divertida y perspicaz, con una historia original (impregnada del encanto innegable, y el olor a papel y a madera, que se desprende de una pequeña librería) y una narración a la altura de la mejor literatura. Un libro que enamora desde su título hasta el último y delicado gesto de su protagonista, sin duda.
Lector, aquí tienes un libro entrañable por muchos motivos. Desearás poder sentarte al lado de la chimenea, con la mantita, la taza de té y, ¿por qué no?, una buena pipa, para disfrutar de su encanto british y su melancólica bibliofilia.

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Penélope y las doce criadas de Margaret Atwood

«Ahora que estoy muerta lo sé todo, esperaba poder decir; pero no, como tantos otros de mis deseos, éste no se hizo realidad» se lamenta Penélope desde el Hades. Y es que a la paciente tejedora le gustaría comprender el por qué de muchas de las atrocidades que la acompañaron en su vida, como el asesinato de sus doce criadas o la crueldad de los dioses y las estupideces de los oráculos. Penélope decide empezar a contar su historia desde el principio: ella era hija de una náyade y del rey Icario de Esparta. Cuando era pequeña, su padre la arrojó al mar para que muriera ahogada pero una estola de patos blancos la salvaron de su destino. Desde entonces, Penélope desconfía un poco de su progenitor cuando la lleva a pasear por el puerto, por muy cariñoso que se muestre desde entonces. A los quince años, se casa con Odiseo, un tipo fanfarrón y mentiroso que pronto se gana su corazón. Pero la lianta de su prima Helena, siempre coqueteando con todos, arma una guerra monumental en Troya y Odiseo, fiel a la palabra dada, tiene que ir a ayudar a Menelao a recuperar a su díscola esposa.

Cuando Ulises volvió a Ítaca y asesinó a todos los pretendientes de Penélope, también mató a doce criadas de su palacio, ¿por qué? Margaret Atwood especula sobre las posibles respuestas al enigma de la muerte por ahorcamiento de estas muchachas ¿Fue porque conocían un secreto que no debía saberse? ¿Por qué fueron precisamente doce? ¿Su muerte a manos de Ulises representaba el fin de algún culto femenino referido a una sacerdotisa y sus doce acólitas? Entender el mito es comprender la explicación humana de universo de aquellos tiempos. Con un gran sentido del humor y mucho desparpajo, Atwood da voz a Penélope para que explique su verdadera historia ahora que ya está muerta, en el Hades, y puede referir con perspectiva qué pasó realmente durante aquellos largos años en los que Ulises se ausentó para vivir sus aventuras mientras ella quedaba en casa, a cargo de la hacienda y resistiendo las presiones de los aprovechados pretendientes. Práctica e inteligente, la narración de Penélope se acompaña, como un homenaje a las tragedias griegas, de los cantos del coro de sus criadas ahorcadas, porque la autora concede todo el protagonismo a las mujeres de la historia, las que nunca tuvieron voz propia en las leyendas orales ni en las epopeyas de Homero. Atwood consigue un punto de vista original y sincero que se hace enseguida con las simpatías del lector por su estupendo sentido del humor y su sana ironía. Sus fuentes principales son la Odisea de Homero y Los mitos griegos de Robert Graves (quién también apunta a un hipotético culto a una diosa por parte de Penélope y sus discípulas), pero el encanto y la originalidad de esta Penélope redescubierta es cien por cien de Margaret Atwood. Sin duda, una pequeña joya de la literatura actual que arroja una nueva luz sobre los clásicos desde una perspectiva femenina inesperada.
Lector, ¿por qué mató Ulises a las doce criadas? ¿Qué pensaba realmente Penélope de las aventuras interminables de su marido? La verdadera voz de los protagonistas no nos puede llegar desde el Hades pero las hipótesis de Margaret Atwood son, sin duda, las más interesantes y divertidas.
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La niña que iba en hipopótamo a la escuela de Yoko Ogawa

El primer vehículo en el que llevaron a Tomoko fue un lujoso cochecito de bebé regalo de su tía, el segundo, fue la bicicleta de su padre. Ahora tiene doce años, conserva el cochecito y la bicicleta, pero su padre ha muerto y su madre tiene que irse a estudiar a la ciudad, por lo que la deja al cuidado de su tía. Tomoko sabe que jamás olvidará el año que vivió en la casa de Ashiya, una enorme mansión de estilo occidental cerca del mar y las montañas, con tantas habitaciones como objetos preciosos y los restos de un zoo en el jardín. Una casa acogedora y cálida por el cariño de sus habitantes: los tíos, la abuela Rosa, la señora Yoneda, el señor Kobayashi… Pero sobretodo la prima Mina, ese ser medio feérico, liviana como un suspiro, siempre al borde de una crisis de asma, tan pálida pero tan llena de energía y de vida. Mina, su mejor amiga, su sorprendente secreto, que le enseñó los tesoros más preciados de sus cajas. Esa niña frágil e inteligente, con los bolsillos llenos de cerillas, que iba en hipopótamo a la escuela.


Tras encandilar a los lectores con La fórmula preferida del profesor Yoko Ogawa ha vuelto a retratar con innegable acierto la magia de la amistad y la infancia con esta estupenda novela, La niña que iba en hipopótamo a la escuela. Tierna, luminosa, sencilla, evocadora, la prosa de la autora dibuja con los colores más brillantes y suaves la amistad entre dos niñas que vivieron un año que fue único porque, sencillamente, estaban juntas. Especialista en construir personajes con la rotunda clarividencia de apenas dos líneas, siempre a través de la precisión de sus gestos, sus miradas, sus dones, Ogawa crea toda una galería de deliciosos protagonistas unidos por el amor, el respeto y el cariño, en donde la casa y el hipopótamo Pochiko también tienen su papel. El centro de todo es la amistad de Tomoko y Mina, envuelta en la mirada evocadora del recuerdo y fielmente trasmitida desde los ojos de una niña. Las galletas bolo, los refrescos Fressy, la final de voleibol, el chico de los miércoles, la lluvia de estrellas… Todo un universo infantil lleno de magia y ternura, con la extraordinaria Mina transformando cada instante en algo único como una singular hada de las cerillas. Sin duda, una novela para disfrutar desde su precisa escritura hasta el más pequeño detalle de su encantadora historia y sus inolvidables personajes.

Lector, abre este libro y deja de Yoko Ogawa te hechice con la pureza y la dulzura de una amistad infantil que edificó todo un mundo.

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