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Archivo del Autor: Monica
Viaje al pasado de Stefan Zweig
Ludwig, un químico empresario alemán, acude nervioso a la cita más importante de su vida. En la estación de trenes espera reencontrarse con el amor de su vida, de quién lleva separado más de nueve años. Juntos por fin, apenas se atreven a tocarse por temor a que se les desvanezca el sueño entre los dedos. Cogen el tren hacia Heidelberg y se sientan frente a frente en un compartimento lleno de personas. Les falta la intimidad pero no el deseo, y casi se conforman con poder mirarse a los ojos después de tanto tiempo. Mecido por el traqueteo del tren, Ludwig recuerda su juventud de pobreza y esfuerzos, sus problemas de orgullo y sus ansias de libertad, hasta que la vió por vez primera y supo que nunca desearía tanto como la deseaba a ella.
Viaje al pasado es una breve historia sobre un amor tan puro e intenso que el solo hecho de pensar en consumarlo hace tambalear la convicción de sus protagonistas. A través de sus páginas se establece un delicado equilibrio entre espíritu y deseo que marca el ritmo del anhelo de Ludwig y dota a toda la historia de una luz delicadísima de gestos, miradas y palabras nunca pronunciadas. Viaje al pasado se disfruta por los ricos matices de los sentimientos de sus protagonistas y su manera de expresarlos, pero también por la extraordinaria sensibilidad de la prosa de Zweig, capaz de conseguir complejas construcciones psicológicas sin abandonar nunca su excepcional estilo literario. Escrito en la época de entreguerras, la historia también refleja la aversión de Stefan Zweig (Viena 1881- Brasil 1942) por el espíritu bélico y revanchista de la Alemania nazi, y el horror a una guerra, que separa a sus dos amantes y más tarde los aturde con su clima de venganza y odio mientras pasean por las calles de Heidelberg.
Viaje al pasado es una breve historia sobre un amor tan puro e intenso que el solo hecho de pensar en consumarlo hace tambalear la convicción de sus protagonistas. A través de sus páginas se establece un delicado equilibrio entre espíritu y deseo que marca el ritmo del anhelo de Ludwig y dota a toda la historia de una luz delicadísima de gestos, miradas y palabras nunca pronunciadas. Viaje al pasado se disfruta por los ricos matices de los sentimientos de sus protagonistas y su manera de expresarlos, pero también por la extraordinaria sensibilidad de la prosa de Zweig, capaz de conseguir complejas construcciones psicológicas sin abandonar nunca su excepcional estilo literario. Escrito en la época de entreguerras, la historia también refleja la aversión de Stefan Zweig (Viena 1881- Brasil 1942) por el espíritu bélico y revanchista de la Alemania nazi, y el horror a una guerra, que separa a sus dos amantes y más tarde los aturde con su clima de venganza y odio mientras pasean por las calles de Heidelberg.
Como en el caso de Daniel Glattauer (Contra el viento del norte), Zweig también era vienés y escribía en alemán. Glattauer por su precisión quirúrgica a la hora de elegir las palabras y Zweig por sus hermosas y matizadas metáforas, merecen sin duda, ser abordados en su idioma original.
Lector, aquí tienes una novela a la que podrás asomarte tantas veces como te apetezca seguro de encontrar nuevos tesoros cada vez que la abras.
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Cuatro hermanas de Jetta Carleton
«Mi padre poseía una granja en el lado occidental del Misuri, por debajo del río, donde la meseta de Ozark desciende para unirse a la llanura». Mary Jo inicia así el relato de sus veranos en casa de sus padres, Matthew y Callie Soames, junto a sus hermanas Jessica y Leonie. Todos los años se escapan unas semanas de sus respectivas vidas para volver a la granja familiar y compartir el cariño de sus historias pasadas, el sólido núcleo que han labrado sus padres y su admiración por el florecimiento vespertino de las damas de noche. Las habitaciones de la granja todavía conservan el eco de las risas y los pasos de las cuatro hermanas: el corazón de Jessica, la tozudez de Leonie, la frescura de Mathy, la niñez de Mary Jo. La dura vida en el campo de las primeras décadas del siglo XX en Kansas, los lazos de esa comunidad, la autenticidad del paisaje y la omnipresencia de la religión hasta en los pensamientos más íntimos, marcarán los anhelos y decisiones de esta peculiar familia.

Cuatro hermanas es, por desgracia para los amantes de la buena literatura, la única novela de Jetta Carleton. Inspirada en su infancia junto a sus hermanas en la granja de Misuri de sus padres, Carleton regala al lector el cálido retrato de la familia Soames adentrándose con encantadora sencillez en la intimidad de cada uno de sus miembros. El mayor atractivo de la escritura de esta autora es su don para conseguir trasmitir un alud de sensaciones sin manierismos ni artificiosas situaciones o descripciones trufadas de tópicos románticos. A través de una narración casi cotidiana de la vida de los protagonistas y de sus pensamientos, Carleton consigue ir perfilando a cada uno de ellos con precisión y luminosidad. El lector queda prendado de ellos con esa misma naturalidad, hipnotizado por el compás tranquilo de Misuri, cautivado por el placer sencillo del helado, de la música o de las damas de noche. Siempre omnipresente, el paisaje natural de Cuatro hermanas, con sus melocotoneros, sus cerezos, sus campos de trigo y mazorcas, sus atardeceres, la frescura del río, se convierte en un poderoso protagonista que envuelve con calidez la atmosfera única de esta estupenda novela.
Resulta muy difícil reseñar un libro que gusta por sus intangibles sensaciones, tan bien trasmitidas entre sus líneas. Porque cuando se analiza la trama de Cuatro hermanas, no tiene una linealidad precisa o una acción continuada, sino que un narrador omnisciente traslada la atención de uno a otro personaje hasta convertirla en una historia coral y a la vez única. Así que al lector no le queda más remedio que reconocer que le gusta este libro, no sólo por su calidad, sus personajes o su historia, sino también por su cálida compañía.
Lector, siéntate un ratito en el porche de la granja de los Soames, déjate envolver por el paisaje amable del Misuri del siglo pasado, y tendrás la suerte de ver aparecer a Jessica, Leonie, Mathy y Mary Jo corriendo como náyades en busca de la frescura del río.
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Cuatro Hermanas
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Agua para elefantes de Sara Gruen
Jacob Jankowski tiene noventa años, o noventa y tres, y vive recluido en una residencia de ancianos en donde pasa los días anhelando la comida de verdad y un poco de independencia. Pero este fin de semana es distinto porque el circo ha llegado al otro lado de la calle y el domingo su familia le llevará a ver la función. Jacob sabe mucho del circo, una vez, hace muchos años, lo fue todo en su vida. Estados Unidos sufría el crack de la bolsa del 29 y él estaba a punto de licenciarse en Cornell, como veterinario, cuando una llamada telefónica puso patas arriba toda su apacible existencia. Perdido, desolado, sin hogar, sin trabajo, Jacob se cuela inesperadamente en el tren del Espectáculo más Deslumbrante del Mundo de los Hermanos Benzini donde tío Al le concede un lugar como veterinario. Rodeado del cariñoso orangután Bobo, la peculiar elefanta Rosie, los increíbles caballos de Marlena, fieras desdentadas y un elenco de artistas y peones desesperados, el joven Jankowski descubrirá las miserias y las maravillas del circo de la época, pero también, de qué está hecho realmente el material huidizo de su propia alma.
En Agua para elefantes, Sara Gruen regala al lector una interesantísima mirada al mundo circense de finales de los años veinte en Norteamérica. Basada en un sólido estudio y documentación de la época (como se detalla en Nota de la autora), esta novela conmueve por el maltrato, a veces gratuito, que sufrían personas y animales siempre en aras del espectáculo. Sin duda, lo más interesante de esta historia acaba siendo la relación del protagonista con sus bestias de circo, pero también el cambio que se opera en un muchacho obligado a elegir caminos que nunca antes habría soñado siquiera que pudiesen estar a su alcance. Bien escrita, amable, sencilla, la prosa de Gruen invita al lector a adentrarse en un mundo fascinante y peculiar que históricamente existió para delicia y desgracia de muchos. Más allá de una historia de amor que queda algo desdibujada por el brillante entorno, destaca la mirada profundamente cautivadora y tierna de la autora sobre los animales del circo y sus relaciones con los humanos.
Lector, si tienes curiosidad por conocer cómo vivía la elefanta Rosie y el payaso Walter en el Espectáculo más Deslumbrante del Mundo, acércate a Jacob y te contará su historia.
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Contra el viento del norte de Daniel Glattauer
Un error en una dirección electrónica inicia una curiosa correspondencia entre dos desconocidos. Emmi Rothner envía un correo a la revista Like para darse de baja de la suscripción pero en realidad llega hasta la bandeja de entrada de Leo Leike, un asesor de comunicaciones que le contesta educadamente para sacarla de su error. Sin embargo, con la llegada de las navidades y los mensajes masivos de felicitación, Leo no puede resistirse a la tentación de volver a contestar a Emmi y los e-mails empiezan a sucederse entre ambos. Él es un naufrago a la deriva de una relación incesante y tóxica, ella una mujer felizmente casada y con dos hijos, pero juntos son capaces de crear, siempre a través de las palabras, una isla común en donde el tiempo y espacio desaparecen para poder ser ellos mismos en cada coma, en cada acento, en cada exclamación. Palabra a palabra, quedan totalmente desnudos y a solas: «tú has convertido mi monólogo interior en un diálogo».
Si el lector abre Contra el viento del norte esperando encontrar una gran historia de amor quizás no le parezca tan original como debería porque la verdadera fuerza y emoción de este libro no radica tanto en el romanticismo como en la singularidad de sus palabras, de su escritura. Contra el viento del norte es, por encima de todo, un baile dialéctico tan bien tramado que hasta sus personajes y circunstancias se desdibujan para dejar paso a una contienda escrita deliciosa y precisa. Daniel Glattauer conoce el peso de cada una de las palabras que elige para sus protagonistas y sabe bailar con las construcciones gramaticales de una manera sensacional. El resultado es un libro de correspondencia electrónica en donde los personajes se conocen íntimamente y se hacen el amor a través de las palabras, sin caer en ningún tópico romántico o en cursilerías insoportablemente endulzadas. Glattauer consigue dar a Leo y a Emmi su propia voz, consiguiendo diferenciarlos en su manera de comunicarse (pensamiento, lenguaje y escritura son la esencia de la persona) y los hace únicos, libres, vibrantes para el lector (aunque con un pésimo gusto para los vinos). Destaca, de manera bellísima, llena de ternura y sencillez, la descripción de Emmi de sus inquietudes, sus sentimientos, a través de los ojos de los muebles que la contemplan y la acunan en la seguridad de su hogar. Esos muebles para los que a veces resulta una extraña soñadora sentada al teclado del ordenador para conjurar el insomnio terrible de ese viento del norte.
Si el lector abre Contra el viento del norte esperando encontrar una gran historia de amor quizás no le parezca tan original como debería porque la verdadera fuerza y emoción de este libro no radica tanto en el romanticismo como en la singularidad de sus palabras, de su escritura. Contra el viento del norte es, por encima de todo, un baile dialéctico tan bien tramado que hasta sus personajes y circunstancias se desdibujan para dejar paso a una contienda escrita deliciosa y precisa. Daniel Glattauer conoce el peso de cada una de las palabras que elige para sus protagonistas y sabe bailar con las construcciones gramaticales de una manera sensacional. El resultado es un libro de correspondencia electrónica en donde los personajes se conocen íntimamente y se hacen el amor a través de las palabras, sin caer en ningún tópico romántico o en cursilerías insoportablemente endulzadas. Glattauer consigue dar a Leo y a Emmi su propia voz, consiguiendo diferenciarlos en su manera de comunicarse (pensamiento, lenguaje y escritura son la esencia de la persona) y los hace únicos, libres, vibrantes para el lector (aunque con un pésimo gusto para los vinos). Destaca, de manera bellísima, llena de ternura y sencillez, la descripción de Emmi de sus inquietudes, sus sentimientos, a través de los ojos de los muebles que la contemplan y la acunan en la seguridad de su hogar. Esos muebles para los que a veces resulta una extraña soñadora sentada al teclado del ordenador para conjurar el insomnio terrible de ese viento del norte.
Lector, si hace tiempo que echas de menos un buen discurso inteligentemente dialogado y fresco, ha llegado la hora de que conozcas a Emmi y a Leo. Sus duelos más íntimos no te dejarán indiferente.
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La juguetería errante de Edmund Crispin
Cuando el señor Spode, prestigioso editor, visita a uno de sus más famosos poetas, Richard Cadogan, lo encuentra haciendo prácticas de tiro de dudosa puntería en el jardín de su casa. Cadogan está aburrido y poco inspirado, según él necesita vivir alguna apasionante aventura que le devuelva a la vida. En contra de los consejos del prudente Spode, el poeta decide ir a pasar unos días a Oxford, pensando que una ciudad en la que todo es posible le abrirá las puertas de la emoción. Pero la hermosa Oxford siempre es impredecible y Cadogan tropieza con un asesinato imposible la misma noche en la que llega a la ciudad. Cuando explica a la policía que se ha encontrado el cadáver de una mujer en una antigua juguetería de la calle Iffley, los agentes le toman por loco: ni la juguetería está donde Cadogan asegura, ni existe cadáver alguno. Quizás ha llegado el momento de pasar por St. Chrispother y solicitar la ayuda del perspicaz, y poco convencional detective, Gervase Fen.

El verdadero nombre de Edmund Crispin era Bruce Montgomery (1921-1978), licenciado en Oxford y autor de varias novelas y cuentos sobre las aventuras detectivescas de Gervase Fen, un profesor de literatura inglesa del ficticio St. Christopher, que aterroriza el campus, y al resto de la ciudad, al volante de su automóvil Lily Christine III. La juguetería errante es uno de los mejores casos de Fen y está considerada como un clásico de la novela británica de detectives. Divertida, trepidante y misteriosa, esta novela destaca no solo por su interesante planteamiento de un asesinato imposible (al más puro estilo Agatha Christie) sino, sobretodo, por la excentricidad de sus particularísimos personajes y su gran sentido del humor. Cadogan y Fen son, sencillamente, geniales y sus diálogos oscilan entre una irónica disertación de literatura inglesa y el más enloquecido razonamiento policial (Fen llega a preguntarse «¿qué haría ese listillo de Holmes?»). La irrupción en escena de Gervase Fen en su coche, el absurdo robo de Cadogan, las reflexiones de un camionero, el encanto de un lánguido estudiante llamado Hoskins, un alcoholizado janeausteniano o las extraordinarias persecuciones finales, son algunos de los múltiples encantos de esta original historia.Recomiendo al lector la reciente edición (noviembre 2011) de la editorial Impedimenta, un auténtico lujo por su agradable y brillante traducción, su impecable formato y una mimada edición (casi, casi) exenta de erratas. Es innegable que Impedimenta ha sabido conservar, con acertada elegancia y cariño, la esencia y el encanto de una novela inglesa escrita en 1946.

El verdadero nombre de Edmund Crispin era Bruce Montgomery (1921-1978), licenciado en Oxford y autor de varias novelas y cuentos sobre las aventuras detectivescas de Gervase Fen, un profesor de literatura inglesa del ficticio St. Christopher, que aterroriza el campus, y al resto de la ciudad, al volante de su automóvil Lily Christine III. La juguetería errante es uno de los mejores casos de Fen y está considerada como un clásico de la novela británica de detectives. Divertida, trepidante y misteriosa, esta novela destaca no solo por su interesante planteamiento de un asesinato imposible (al más puro estilo Agatha Christie) sino, sobretodo, por la excentricidad de sus particularísimos personajes y su gran sentido del humor. Cadogan y Fen son, sencillamente, geniales y sus diálogos oscilan entre una irónica disertación de literatura inglesa y el más enloquecido razonamiento policial (Fen llega a preguntarse «¿qué haría ese listillo de Holmes?»). La irrupción en escena de Gervase Fen en su coche, el absurdo robo de Cadogan, las reflexiones de un camionero, el encanto de un lánguido estudiante llamado Hoskins, un alcoholizado janeausteniano o las extraordinarias persecuciones finales, son algunos de los múltiples encantos de esta original historia.Recomiendo al lector la reciente edición (noviembre 2011) de la editorial Impedimenta, un auténtico lujo por su agradable y brillante traducción, su impecable formato y una mimada edición (casi, casi) exenta de erratas. Es innegable que Impedimenta ha sabido conservar, con acertada elegancia y cariño, la esencia y el encanto de una novela inglesa escrita en 1946.
Lector, ajústate tu mejor flema británica y sigue los pasos, si puedes, del detective más excéntrico de Oxford en el caso más peliagudo de su carrera. Te divertirás.
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Etiquetado encanto libresco, feelgood, humor literario, Libros excéntricos, Literatura británica
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