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Luna de verano de P.G. Wodehouse
En la espantosa mansión Walsingford Hall, residencia de sir Buckstone Abbott, su tranquila esposa y su encantadora hija Jane, este verano está lleno de molestos huéspedes de pago. Sin embargo, sir Abbott los necesita pues está totalmente arruinado. Su querida Jane en cambio, tiene emocionantes planes para ese verano pues ha alquilado la barcaza a su prometido, Adrian Peake, a quien quiere presentar a su padre pese a que él no tiene dónde caerse muerto. Sin embargo, la joven no sabe que Peake ya se ha prometido con la princesa Dwornitzchek, madrastra de Theodore y Joe Vanringham. Theodore pena su mal de amores por la secretaria de sir Abbott en la mismísima Wlasingford Hall, a la que llega su hermano Joe, perdidamente enamorado durante una visita a Londres de la joven Jane. Y por si todo no fuese suficiente lío, aparece el hermano de la señora Abbott, con extraños planes para Theodore que podrían poner en peligro las intenciones de la princesa Dwornitzchek de comprar la horrible mansión y procurarles una pequeña fortuna.
«Aún no ha visto usted lo mucho que valgo. Pero todo se andará. Reconozco que un hombre sensato no debería hacer lo que yo hice al proponerle bruscamente que nos casáramos cuando solo hacía veinte minutos que nos conocíamos. Realmente, fue absurdo. Debí haber esperado siquiera una hora… ¿Me perdona?«
Joe está locamente enamorado de Jane, que está prometida a Adrian, quién es un infame parásito a punto de casarse con la insoportable madrastra de Joe. Buck está enamoradísimo de Nena, que resulta que tiene un hermano sorpresa, que anda en busca de Tubby por culpa de su amor por miss Whitaker. Un enredo genial y divertidísimo, al más puro estilo del mejor Wodehouse, en la no tan pacífica campiña inglesa de entreguerras. Luna de verano es una novela que se lee casi de un tirón por su trama llena de intriga y giros rocambolescos pero sobre todo porque el lector se olvida de todo lo feo de este mundo y se dedica simplemente a pasarlo en grande con Buck y los Vanringham.
Ingenioso, sardónico, tremendamente inglés, P.G. Wodehouse, considerado como uno de los grandes autores de comedia de mediados del siglo XX, se pone romántico en Luna de verano para deleitar al lector con una trepidante historia de múltiples equívocos, damas confusas, sires atormentados y encantadores norteamericanos de diálogos enternecedoramente disparatados. Con un ritmo sostenido, su característica prosa, unos personajes excéntricos y la consecución de un clímax final apoteósico, Wodehouse es el remedio infalible contra el aburrimiento literario.
Lector, humor inglés de cinco estrellas para olvidarse del frío invernal que hace fuera de las páginas de un buen libro.
«Usted mira a la multitud, elige al más alto y fuerte de los que la compongan, se acerca a él, lo contempla desdeñosamente, y le pregunta si es un caballero o no«.
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Los millones de Brewster, de George Barr McCutcheon
Durante la noche en la que el joven Monty Brewster está celebrando con sus amigos (el club de los retoños de los más ricos de la ciudad de Nueva York) su 25 cumpleaños, recibe recado de que su abuelo acaba de morir dejándole en herencia un millón de dólares. Monty está más que feliz por despedirse de su modesto empleo en el banco de la familia y dedicarse a vivir cómodamente, pero el destino tiene otros planes para él. Al día siguiente de recibir su herencia, un bufete de abogados se pone en contacto con él para notificarle que su tío Sedgwich acaba de morir dejándole una fortuna de unos siete millones de dólares. Sin embargo, el excéntrico tío Sedgwich odiaba al abuelo de Monty y las cláusulas de su testamento son bastante peculiares: si Monty quiere heredar los siete millones de su fortuna deberá deshacerse del millón de su abuelo en el plazo de un año; no podrá disponer de ninguna propiedad una vez vencido ese plazo y deberá dilapidar el dinero con cierta moderación y bajo unas estrictas restricciones morales. El joven Brewster decide aceptar el desafío póstumo de su tío y se lanza a deshacerse de su fortuna a contrarreloj. Pero pronto se dará cuenta de que no resulta tan sencillo hacer desaparecer un millón de dólares sin ganarse la burla de sus conocidos, el sarcasmo de los empresarios y banqueros, la acerada crítica de las crónicas de alta sociedad, el desprecio de otros y la profunda preocupación de sus verdaderos amigos.
«Me parece bien que tenga la inteligencia de cambiar un mísero millón por esta otra suma, y le admiro por ello; pero me parece que olvida usted las condiciones establecidas en el testamento de su tío (…) ¿Se da cuenta de que no le será fácil gastarse un millón de dólares sin infringirlas de un modo u otro, perdiendo así las dos fortunas.«

George Barr McCutcheon publicó Los millones de Brewster en 1902 bajo seudónimo para ganarle cien dólares a su editor: se había apostado con él que el nombre del autor no era decisivo en la popularidad de una novela (por aquel entonces, el autor ya era conocido por su saga de Graustark). Pero con autor famoso o sin él Los millones de Brewster tuvo su merecida acogida por el público, que supo apreciarla y disfrutarla como la ingeniosa y divertida comedia que es.
La historia de cómo Brewster debe dilapidar un millón de dólares en un año (es un neoyorquino de familia rica en los años veinte del siglo XX) plantea algunas cuestiones en las que a primera vista el lector no había pensado: la burla de las personas que le rodean (¿cómo puede ser tan inepto en los negocios?), la crítica (¿cómo puede ser tan despilfarrador?), el desprecio (¿cómo puede ser tan tonto como para no pensar en su futuro? ¿Así respeta la memoria de su abuelo?), la incomprensión de sus amigos más queridos, que sufren por su salud y su obsesión despilfarradora, o el descubrimiento de algunas verdades (¿Le quieren por quién es o por su dinero?¿Le querrían igualmente si fuese pobre?). Pero sobre todo, esta carrera de Brewster en pos de la bancarrota es una demostración de quién es él en realidad. George Barr McCutcheon construye a un héroe valiente, sincero, fuerte y demuestra al lector que la valía de su personaje no tiene por qué basarse en el espíritu puritano y estadounidense tradicional de self-made man (el éxito a través del esfuerzo y el trabajo) sino que también es posible por el proceso contrario, el de perder todo el dinero/éxito.
Divertida, entrañable, ingeniosa y muy inteligente, esta estupenda comedia plantea cuestiones y situaciones que encantarán al lector. Impredecible y llena de humor, recuerda muchas veces ese estilo encantador de las películas de Ernst Lubitch o, entre otras, a El millonario de Ronald Neame (protagonizada por Gregory Peck y basada en un relato de Mark Twain).
Lector, no podrás dejar de leer hasta el final intrigadísimo por cómo será capaz Brewster de salir victorioso de semejante aventura.
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Trilogía de Corfú de Gerald Durrell
En 1935, la familia Durrell, harta del aburridísimo clima inglés, se traslada a la isla de Corfú para disfrutar de los beneficios del sol, del paisaje y de la amabilidad de sus gentes. Mamá Durrell, a la cabeza de la expedición, acostumbrada a acampar en la India desde que era pequeña, se hace sin problemas con una villa y se dedica a explorar nuevas recetas culinarias con los ricos alimentos autóctonos. El hermano mayor, el escritor Lawrence Durrell, se instala con la esperanza de poder escribir en paz entre visita y visita de docenas de sus peculiares amigos. Leslie, fanático de las armas de fuego, aumenta con paciencia su colección y disfruta feliz de la temporada de caza. Margo, la única hermana, va en busca de sol, romance y una solución para su terrible acné. Gerry, el más pequeño de todos con sus once años, encuentra en Corfú un paraíso para sus incansables estudios de zoología. Y es precisamente Gerry el narrador de las aventuras de esta singular y excéntrica familia, profundamente británica, en medio de una isla griega durante los años treinta del siglo XX. Las soluciones para todo del inefable Spiro, la sabiduría y las divertidas anécdotas de Teodoro, las invenciones aventureras de Kralefsky, la galería de personajes imposibles que visitan la villa de los Durrell a todas horas, o los avatares de los habitantes del zoo en miniatura que Gerry va creando a su alrededor son algunos de los mejores ingredientes que contribuirán a hacer inolvidable una estancia de cinco años en Corfú.
«-Tengo entendido que son ustedes tan amantes de los animales como yo -dijo la señora Vadrudakis con sonrisa bondadosa.
-Ya lo creo -dijo mamá-. Tenemos muchos. Verdaderamente es pasión por los animales lo que hay en esta casa, ¿sabe usted?
Dirigió una sonrisa nerviosa a la señora Vadrudakis, y en aquel instante cayó un gorrión muerto en la mermelada de fresa.
(…) Mamá se lo quedó mirando como hipnotizada; por fin se humedeció los labios y sonrió a la señora Vadrudakis, que se había quedado con la taza en el aire y una expresión de horror en el semblante.
-Un gorrión -señaló mamá débilmente-. Eh…, esto…, parece que están muriendo muchos este año.
En ese momento salía de la casa Leslie con la carabina en la mano.
-¿Hemos tumbado bastantes? -preguntó.«



La llamada trilogía de Corfú está compuesta por tres libros escritos por Gerald Durrell: Mi familia y otros animales, Bichos y demás parientes y El jardín de los dioses. Escritos y publicados durante la segunda mitad del siglo XX, Durrell destinaba las ganancias de sus libros para sus expediciones, su zoo y su fundación para la conservación de la fauna (Durrell Wildlife Consevation Trusts). Aunque el escritor talentoso de la familia siempre fue su hermano Lawrence Durrell, es imposible que el lector no caiga rendido ante el sentido del humor, el encanto, la ternura y el ingenio con el que Gerald sabe dotar todas sus historias.
Las tres novelas de la trilogía de Corfú compendian los recuerdos de infancia del escritor, concretamente de cuando toda su familia estuvo viviendo en la isla durante unos cinco años. Los retratos de cada uno de los Durrell, de los campesinos corfiotas y de los distintos protagonistas amigos de la familia, siempre desde el punto de vista de un Gerry de once años, son absolutamente geniales. Si se añade una familia curiosamente original, un entorno paradisiaco y la invitación a la aventura que representa para un apasionado de los animales encontrarse en medio de una fauna desconocida, el resultado es una narración luminosa, apasionada y tremendamente divertida que constituye un auténtico placer para el lector.
«Dudo que este libro hubiese sido posible sin la colaboración y el entusiasmo de las siguientes personas, cosa que menciono para que no caigan las culpas sobre parte inocente. Mi sincero agradecimiento, pues, para: (…) Mi esposa, cuyas sonoras carcajadas al leer el manuscrito tanto me halagaron, aunque después confesase que lo que le hacía gracia era mi ortografía.«
Un humor profundamente británico, una narración desenfadada, unos recuerdos coloridos, inocentes, felices, y la pluma desinhibida del autor, hacen de estas tres novelas una lectura agradable, distinta y muy divertida. La descripción de los hermosos paisajes, marítimos y terrestres, de la isla de Corfú en los años treinta pone un contrapunto perfecto a las anécdotas y problemas de convivencia (con el zoo de Gerry) de los Durrell. Tres libros para sentirse feliz, sin duda.
Lector, una reserva natural deliciosamente encantadora en donde personas y animales constituyen los recuerdos de infancia más divertidos de la literatura.
Nota: Puede que al lector del siglo XXI le sorprenda la poca delicadeza que algunas veces demuestra el autor cuando era niño a la hora de asaltar el nido de algunas especies y llevarse a los polluelos. En su descarga señalaré que en los años treinta (y con solo once años) ni Gerald Durrell ni el mundo occidental habían establecido las bases de un respetuoso estudio de los animales. El pequeño Gerry lo compensó salvando a centenares de animales de los cazadores corfiotas.
«Aquello era una especie de pabellón de hospital, porque por entonces tenía yo seis gorriones recuperándose de las lesiones sufridas al quedar atrapados en ratoneras puestas por los niños campesinos, cuatro mirlos y un zorzal que se habían enganchado en anzuelos con cebo puestos en los olivares, y media docena de aves surtidas, que iban desde un charrán hasta una urraca, convalecientes de los efectos de perdigonadas.«
Y ya de adulto, su zoológico y su fundación fueron pioneros en establecer que solo podían estar en cautividad aquellas especies en peligro de extinción, y que ningún ejemplar debería estar solo sino rodeado exclusivamente por su fauna autóctona.
También te gustará: Filetes de lenguado; Ven y dime cómo vives
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Matemos al tío, de Rohan O’Grady
El barco que llega del continente, deja a unos pasajeros inusuales en la costa de una islita remota del Canadá británico: Barnaby Gaunt, un niño de diez años encantadoramente travieso, y Christie MacNab, una niña de ciudad acostumbrada a vivir con muy poco. Para el sargento Coulter, el único hijo de la isla que volvió con vida de la Segunda Guerra Mundial, son una auténtica pesadilla. Los niños, sueltos todo el verano por la pacífica isla, son un torbellino de problemas, desastres (no todos intencionados) y travesuras. Sin embargo, para las viejas familias de la localidad, la visita infantil resulta toda una bendición para sus aburridísimas vidas. Las cosas se complican cuando Barnaby le confiesa a su amiga Christie que su tío desea matarlo para quedarse con su cuantiosa herencia paterna y Christie le promete que le ayudará a evitarlo… matando primero ellos al malvado tío. El sargento Coulter, trágicamente enamorado, preocupado por el regreso de un puma al que le falta una oreja, suspicaz ante el excéntrico tío de Barnaby y golpeado por la ignominia de dos estatuas etruscas falsas, tendrá que desentrañar la madeja del caso más misterioso y peliagudo de su carrera mientras evita que dos niños algo siniestros acaben por robarle el corazón.
«-Perdone, señor -dijo- ¿Sabe de algo que disuelva el chicle? Pero que no disuelva a un perro…
El primer oficial y el sobrecargo intercambiaron miradas.
-¿Ellos otra vez? -preguntó el primer oficial.
-Sí, señor. Uno de los border collie de la bodega. Tiene el bozal pegado al morro. Pensaron que le apetecería una bolita de chicle, los muy cabroncetes.»

La imagen de la cubierta y del interior es de Edward Gorey, y ha sido recuperada por Impedimenta de la edición original de 1963 de Let’s kill uncle
Rohan O’Grady es el seudónimo de la escritora canadiense June Skinner (Vancouver, 1922) y publicó Matemos al tío, considerada una de las obras góticas más relevantes del siglo XX, en 1963. Sin duda, una verdadera joya de la literatura del siglo pasado que encanta al lector por su humor, sus personajes y su narración tan inquietante como divertida.
O’Grady narra con soltura y muchísimo sentido del humor (inglés) las peripecias de dos niños con un aplastante sentido común y una inocencia maquiavélica que volverá loco al inefable sargento Coulter. El escenario de una isla sin jóvenes (todos muertos en la guerra), con un cementerio invadido por los hierbajos, un bosque habitado por un puma deprimido con mucha personalidad y una playa mortal, es perfecto para esta historia de planes homicidas y personajes inolvidables. Tal y como apunta la siempre estupenda Editorial Impedimenta en su contraportada, «Matemos al tío es una lectura deliciosamente perversa. Oscura y mortalmente ingeniosa.» Una novela que se disfruta con una sonrisa en los labios y los dedos impacientes por girar las páginas y descubrir el misterio que esconden todos los protagonistas de esta islita canadiense. Un libro para disfrutar, disfrutar y disfrutar.
«In an idyllic, peaceful island setting
two charming children on summer holiday
conspire to execute the perfect murder
-and get away with it.«
two charming children on summer holiday
conspire to execute the perfect murder
-and get away with it.«
Lector, cuando termines esta novela lo único en lo que podrás pensar es en lo agradecido que sientes con Rohan O’Grady por haberla escrito. Encantadoramente escalofriante.
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Etiquetado feelgood, Libros excéntricos, Literatura británica, Novelas adorables
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Matar a un ruiseñor de Harper Lee
La mayor aventura de aquel año para Scout acabó con el brazo roto de su hermano mayor, Jem. Todo empezó durante el verano más caluroso de la pequeña población de Maycomb, Alabama, en el que Scout y Jem conocieron al pequeño Dill. Cómplices de correrías, habían jugado a desafiar el miedo que les causaba la leyenda sobre su vecino Bo Radley, encerrado en su casa durante años por un padre y un hermano crueles. Por aquel entonces, Atticus había sido designado por el juez Tate para defender a Tom Robinson de los cargos de agresión y violación de una mujer blanca, un caso que sabe perdido de antemano porque, en 1932, en la pequeña y conservadora población sureña de Maycomb, la segregación racial sigue muy presente. Scout no entiende mucho de lo que está pasando, ni siquiera entiende por qué tiene que ir a la escuela al final de ese primer verano, pero su padre Atticus le asegura que no podría seguir siendo quién es si no hubiese aceptado ese caso. Jem, a un paso de hacerse mayor, comprenderá que el horror, la maldad y la injusticia, no moran precisamente en la casa de los Radley sino en el interior de los hombres libres que caminan por Maycomb.
«-Atticus, ¿tú defiendes nigros? -pregunté a mi padre aquella noche.
– Claro que sí. Y no digas nigros, Scout. Es una vulgaridad.
-Es lo que dice todo el mundo en la escuela.
-Desde hoy lo dirán todos menos una.
-Bien, si no quieres que me haga mayor hablando de este modo, ¿por qué me mandas a la escuela?«

Matar a un ruiseñor, ganadora de un premio Pulitzer en 1961, es la única novela de Harper Lee (Alabama, 1926). Seguramente inspirada en la infancia y en el padre de la escritora, es, sin duda, una de las historias más hermosas y extraordinarias de la literatura estadounidense. El personaje de Atticus Finch, ese hombre íntegro y bueno, que educa a sus hijos en la tolerancia y el respeto, que conmueve hasta las lágrimas simplemente con levantarse las gafas por encima de la cabeza, ha entrado en la leyenda de los héroes imperecederos.
«La única cosa que no se rige por la regla de la mayoría es la conciencia individual.»
En el corazón de una Alabama sumida en la Gran Depresión, la segregación racial, la hipocresía, la ignorancia y la pobreza constituyen los ingredientes de un drama que sacude los cimientos del pequeño pueblo de Maycomb. Solo un hombre, Atticus Finch, héroe a su pesar, tendrá la voluntad y la templanza para empezar a abrir camino hacia la luz y la justicia. Aunque (ya sabéis lo que dicen) un hombre bueno nunca está solo.
Parte de la belleza y la sutil delicadeza de esta historia reside en la elección de Harper Lee de la voz narradora de una niña, Scout, la hija pequeña de Atticus Finch. La inocencia de la mirada de Scout dota a toda la narración de un punto de vista velado por su condición infantil, por la incomprensión de lo que está sucediendo a su alrededor y por la ternura de una niña que adora a su padre. La autora cuenta de esta forma con la complicidad de un lector al que le hace el regalo de poder leer entre líneas (el goce de una doble lectura), que ve más allá del velo inocente de Scout y que a la vez aprecia la cándida narración de unos hechos y unas circunstancias abominables, en contraste. Harper Lee cuenta con la mirada adulta del lector para interpretar pero también para comprender y para disfrutar de una historia magníficamente contada.
«-De modo que tú no eres realmente un amanegros, ¿verdad que no?
-Claro que lo soy. Hago lo que puedo por amar a todo el mundo… A veces me encuentro en una situación difícil… Hija, no es un insulto que a uno le den un nombre que a otro le parece malo. Ello le demuestra a uno lo mísera que es la otra persona, y no le hiere.»
Poco puedo contarte más, lector, sin desvelar cosas de las que después me arrepentiría (como, por ejemplo, la extraordinaria escena final del capítulo 15). Matar a un ruiseñor, de Harper Lee, es una magnífica historia, entre otras muchas cosas, sobre la hipocresía, la conciencia de clase, la segregación racial en EUA durante la Gran Depresión, el sentido de la justicia de los niños, el vínculo entre pobreza e ignorancia, o la diferencia que puede marcar un solo hombre bueno pese a no ser más que una gota en el océano. Y te advierto, lector, de que esta novela es un regalo para el alma, emoción en estado puro, un libro bello y lleno de luz pese al dolor que contiene. Con su prosa sencilla y sus extraordinarios personajes, Matar a un ruiseñor entra, por méritos propios, en la lista de los imprescindibles.
Lector, dos palabras: Atticus Finch.
Nota: Atención a la acerada crítica de Harper Lee contra la calidad de la enseñanza pública estatal en la década de 1930. La profesora de Scout le prohíbe que lea y gasta el presupuesto escolar en cartulinas para colorear.
Nota (II): No se pierda el lector el brillante el rapapolvo de Harper Leer sobre la hipocresía estadounidense en el capítulo 26: la profesora de Scout explica a sus alumnos qué diferencia hay entre la Alemania de Hitler, que es una dictadura y por eso confina impunemente a los pobres judíos en guetos, despojándoles de todos sus derechos, y la democracia de Estados Unidos, en donde todos los hombres son iguales ante la ley y jamás ocurriría un caso de racismo y persecución semejantes. Por supuesto, en esas fechas, sobre todo en los estados sureños, la segregación racial era acérrima y los derechos de las personas afroamericanas brillaban por su ausencia en plena y flamante democracia.
Nota (III): Leí esta novela traducida al castellano pero compartí lectura con Letras con la sopa, quién la hizo en versión original y me advirtió de la minuciosa caracterización lingüística que llevó a cabo Harper Lee para cada uno de sus personajes (la cadencia del inglés de los sureños, la manera propia de hablar de los afroamericanos de 1930, las concesiones al lenguaje infantil de Scout, etc.). Para mi alivio, mi edición de Círculo de Lectores no había hecho experimentos extraños con los diálogos y, a falta de un reflejo más fiel pero a riesgo de una distorsión ridícula, la traducción es íntegra en castellano reglado. Gracias, Círculo de Lectores.
Nota (IV): Cerré este libro profundamente emocionada y con un nudo en la garganta. Esta ha sido una de las reseñas más difíciles de escribir ¿Cómo explicaros que se pone la piel de gallina cada vez que intento hablarle a alguien de Atticus Finch? (por cierto, mientras leía y por los siglos de los siglos, Atticus siempre será Gregory Peck).
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