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Neurogénesis, de Lluvia Beltrán

Ella ya no recuerda siquiera su nombre, ni cuánto tiempo lleva viviendo en el área de los tocados, un campamento humanitario de atención médica primaria para todos aquellos enfermos que ya no pueden pagarse los tratamientos desde que el Estado privatizó la seguridad social. Le han diagnosticado una rara enfermedad mutada, neurogénesis. El terrible dolor continuo de su dolencia va acompañado de una angustiosa amnesia que le ha borrado todo recuerdo de su vida anterior. Eric, un presidiario que hace trabajos de voluntariado social llevando su ración diaria de comida a los desahuciados, dice que quiere ser amigo suyo, pero todo parece desdibujado e incierto en esa nueva vida, en ese umbral de la muerte. Últimamente, además, está teniendo unos sueños muy vívidos, seguramente retazos de su pasado, sobre Román, un viejo médico en un laboratorio. Y es precisamente Román, lleno de remordimientos, el único que sabe quién es el oscuro y atormentado hombre que está a punto entrar en el área de los enfermos con una identidad falsa en busca de venganza, en busca de lo que pueda quedar todavía de ella, si es que todavía queda algo.
«La vida realmente es una mierda, pensaba Eric mientras volvía en el bus interurbano hacia el lado opuesto de la zona marginal, más de un político debería padecer una de esas putas enfermedades mutantes nuevas. Neurogénesis, ¿qué mierda es esa?, ¿y por qué lo tiene que sufrir la gente honrada? Claro, ellos tienen pasta para tratarlas, a nosotros nos dejan que nos muramos como cucarachas envenenadas (…). Somos más, se dijo, muchos más, nosotros tenemos el poder y simplemente no estamos sabiendo utilizarlo.«
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Neurogénesis es una de esas distopías que resultan terriblemente inquietantes por lo cercanas que parecen a nuestro futuro más inmediato. A estas alturas del siglo imaginar un Estado en crisis que ha suprimido la seguridad social y que ha dejado la asistencia médica de los pobres en manos de ONG internacionales, o toda una casta de políticos corruptos (en el poder y la oposición) que se ríen de la democracia, o todo un pueblo aborregado que prefiere conservar la miseria que tiene en lugar de poner el grito en el cielo y empezar a cambiar las cosas porque son mayoría, no le supone un esfuerzo demasiado grande al lector. De hecho, la novela de Lluvia Beltrán casi ni parece de ciencia ficción y, eso, todavía resulta más inquietante. 
«Ni siquiera hay silencio con el que se pueda encontrar algo de paz, el dolor nunca duerme ni se calla, es una constante en las noches el murmullo de llantos y gritos de desesperación.«
Neurogénesis es buen thriller, con personajes protagonistas bien construidos, sólidos y creíbles —cada uno con su propia y diferenciada voz—, y que consigue recrear excelentemente una atmosfera de penumbra, miseria y desesperación que cala en el lector desde las primeras páginas. La prosa de la autora, de una espléndida madurez y seguridad, se mueve con fluidez entre pasajes intimistas, momentos de acción y suspense, y escasos diálogos en donde cada personaje tiene su propio registro. Al más puro estilo decadente de Blade Runner o de la estupenda Lágrimas en la lluvia, una mujer desmemoriada y moribunda se pasea por entre las ruinas de lo que en otro tiempo fue una civilización sospechosamente parecida a la de nuestra actualidad. La novela de Lluvia Beltrán tiene un ritmo narrativo ágil y muy bien pautado, en el que destaca con especial brillantez la alternancia de hilos temporales de pasado y presente de la protagonista (indispensable para no aburrir al lector con demasiado misterio sin resolver o para no atiborrarle al final con un montón de información sacada de la chistera). Seguramente por esta sabia dosificación del suspense, del misterio y del pasado de la protagonista, Neurogénesis resulta una lectura de las que atrapan, por curiosidad, por calidad y porque cuenta con la complicidad de un lector que le agradece a la autora el respeto a su inteligencia (nada de darle las cosas masticaditas, que ya tenemos una edad).
Lector, una distopía que resulta escalofriante por su verosimilitud respecto a nuestro futuro más inmediato. Entretenida, ágil y sin trampas.
También te gustará: Lágrimas en la lluvia; La puntuación; Las tres caras de la luna (próximamente en Serendipia)

Sitio oficial de la autora:  LluviaBeltran.com

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Neurogénesis

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Ve y pon un centinela, de Harper Lee

Jean Louise Finch vive y trabaja en Nueva York pero todas las vacaciones guarda en el armario vestido, medias y guantes, vuelve a enfundarse su peto vaquero y regresa al pueblo de su infancia. Atticus tiene ya setenta y pico años y el reúma ha hecho presa en él; la tía Alexandra le cuida desde que Calpurnia se jubiló; el tío Jack sigue tan excéntrico como siempre, un personaje más a gusto en la Inglaterra victoriana que en el presente que les ha tocado vivir; y Henry Clinton sigue esperando a que ella acepte su propuesta de matrimonio. Jean Louise cree que en Maycombe todo es eterno e imperturbable y que así será para siempre. Pero a mediados del siglo XX, los Estados del sur están en plena ebullición social: el enfrentamiento por los dictámenes del Tribunal Supremo contra la segregación de la población negra estadounidense está levantando ampollas. Por primera vez en su vida, la pequeña Scout (que siempre ha regido su conciencia por «¿qué haría Atticus si estuviese en mi lugar?») dejará de estar ciega y mirar con ojos de adulta a su alrededor; el sur está cambiando y se avecinan tiempos de lucha, hay que elegir bando y faltan buenas personas que defiendan aquello que es justo y es necesario.
«Me enseñaron que nunca me aprovechara de nadie menos afortunado que yo, ya fuera en términos de inteligencia, de riqueza o de posición social; y me refiero a nadie, y no solo a los negros. Me hicieron entender que hacer lo contrario era despreciable. Así fui educada, por una mujer negra y por un hombre blanco.«

A estas alturas, lector, ya conoces la historia de la publicación de esta novela. Harper Lee la escribió a mediados de los años cincuenta, después de Matar a un ruiseñor, y pensada como una historia independiente de la primera. Ve y pon un centinela puede leerse sin haber leído antes Matar a un ruiseñor pero en mi opinión ambas son igual de estupendas. Si en Matar a un ruiseñor la voz narradora era la de una niña (un encanto añadido del que carece el segundo libro, eso te lo concedo, lector), en Ve y pon un centinela es ya una mujer que todavía no tiene conciencia propia; si en la novela anterior, era su hermano Jem quien daba el paso a la edad adulta y comprendía alguna de las complejidades de vivir en Maycombe, en su época, en esta segunda novela le toca el turno a nuestra entrañable Scout. Y es que el lector no puede dejar de preguntarse cómo es posible que una niña tan lista y espabilada como ella se haya mantenido durante tantos años en la inopia. Ella misma se pregunta cómo demonios ha podido ser tan ingenua durante tantísimo tiempo. Para reforzar ese rasgo del personaje, Harper Lee recurre a algunas anécdotas del pasado (como la del embarazo) y del excéntrico entorno familiar de Scout, que contribuyen a redondear el personaje y dotar de entrañable continuidad a esta historia.
Explica el tío Jack, que antes de la Guerra de Secesión americana, solo los grandes terratenientes sureños tenían esclavos en sus enormes plantaciones. Teniendo en cuenta que esas plantaciones se concentraban en las manos del 5% de la población(*), el resto de ciudadanos blancos eran comerciantes, trabajadores por cuenta ajena o, en su inmensa mayoría, pequeños arrendatarios en mayor o menor grado de miseria; ese 95% no tenía recursos suficientes para poseer esclavos y la mayoría a duras penas habían visto alguno durante su miserable vida. Por eso, los soldados rasos (jóvenes procedentes de ese 95% de la población sureña) del ejército confederado no fueron a luchar para defender la esclavitud sino para reivindicar su derecho a preservar su forma de vida, el derecho a ejercer sus propias políticas y no las directrices del norte.
Cuando a principios de los años 50 la Corte Suprema declaró inconstitucional la ley de segregación racial en el transporte público, se sentó un peligroso precedente que atacaba directamente la Décima Enmienda de la Constitución, aquella que aseguraba que cada Estado de la Unión era soberano judicial y legislativamente. Que la Corte Suprema pasase por encima de la Constitución vulneraba el sistema de legalidad de manera insoportable para muchos ciudadanos norteamericanos, sobre todo para los descendientes de esos soldados de la Guerra de Sucesión que marcharon al frente para defender su modo de vida, su política, sus derechos estatales. La tensión racial de esos años en Estados Unidos debe entenderse como un profundo conflicto racista, por supuesto, pero también como el temor a la vulneración del sistema legislativo y judicial tal y como se había entendido hasta la época. Y, por supuesto, un problema social muy acentuado en el sur, heredado de los tiempos en los que se abolió la esclavitud: «Esa estirpe de hombres blancos (pobres) que vivía en franca competencia económica con los negros libres. Durante años y años, ese hombre creyó que lo único que le hacía superior a sus hermanos negros era el color de su piel. Era igual de sucio, olía igual de mal y era igual de pobre.» 
Y en ese contexto de ebullición social, judicial y económica, sitúa Harper Lee a su encantadora y peculiar familia Finch. Enfrentados a tan incómoda realidad, en el opresivo ambiente racial de Maycombe, entre recuerdos del pasado y las dudas de su presente, el lector acompañará a Jean Louise en su doloroso trance de hacerse finalmente —que ya era hora— adulta. 
No entraré en comparaciones, ni críticas, ni conspiraciones literarias, simplemente te diré, lector, que a mí la novela me ha encantado. Cierto que, en mi opinión, no era necesario enturbiar el recuerdo de Atticus Finch —la autora tenía otras alternativas para despegar las conciencias de padre e hija mucho más altruistas— para hacer funcionar la historia, pero también es cierto que no podemos perder de vista que el libro fue escrito a mediados de los cincuenta y que el personaje del Atticus enamorado a ultranza de la legalidad y la ley era, muy probablemente, biográfico. Pero sí, lector, Harper Lee reduce a añicos la figura de su ídolo, seguramente porque el destino de todos los ídolos es justamente ese, el de ser destruidos hasta las cenizas.
Lector, una novela de características narrativas similares a Matar a un ruiseñor con un trasfondo histórico muy intenso que la autora sabe analizar y trasmitir con brillante claridad.

(*) Según fuentes de historiadores norteamericanos de la Guerra de Secesión como John Keegan, John David Smith o Ronald Young, entre muchísimos otros. De hecho, la teoría que tan ilustradoramente explica el tío Jack a Scout ha sido la más defendida y argumentada por los historiadores norteamericanos del siglo XXI.

También te gustará: Matar a un ruiseñor
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El despertar de la señorita Prim, de Natalia Sanmartin Fenollera

La señorita Prudencia Prim cree que vive en un siglo equivocado, en un tiempo en el que la delicadeza y la búsqueda de la belleza han dejado de ser valores importantes. Por eso, cuando llega a San Ireneo de Arnois, un pequeño pueblo de habitantes peculiarmente amables y poco convencionales, decide probar suerte y conseguir el trabajo de bibliotecaria que allí se ofrece pese a no cumplir casi ninguno de los requisitos que solicita el anuncio:
«Se busca espíritu femenino en absoluto subyugado por el mundo. Capaz de ejercer de bibliotecaria para un caballero y sus libros. Con facilidad para convivir con perros y niños. Mejor sin experiencia laboral. Abstenerse tituladas superiores y posgraduadas.«

La señorita Prim, que consigue el trabajo en contra de todas las expectativas, se sumerge en una pequeña comunidad de espíritus inquietos y libres que sueñan con vivir según principios mucho más lógicos que los rigen el siglo XXI en occidente. Curiosa y apasionada, Prudencia encontrará personas de las que aprender y con quiénes compartir, pero también se topará con las firmes (y opuestas a las suyas) convicciones de su jefe, el hombre del sillón, con quien mantendrá intensas discusiones sobre lo humano y lo divino ¿Es posible cambiar nuestra manera de mirar el mundo en nuestra madurez cognoscitiva e intelectual?
«-Dígame, Horacio… ¿hay algo más que yo debiera saber sobre este pueblo?
-Desde luego que lo hay, querida -contestó él con un guiño mientras se disponía a apurar su bebida-. Pero no pienso decírselo.«
Prudencia Prim es una mujer intensamente titulada que se reconoce intransigente desde las primeras páginas de esta novela: se afirma reacia a modificar su juicio sobre las cosas. Pero también es una persona que cree en la delicadeza y en la búsqueda de la belleza. Por eso, pese a su intransigencia consigo misma y con los demás, resulta toda una sorpresa lo que descubre sobre sí misma en San Ireneo: pese a su delicadeza, lleva años practicando una hipocresía social, y precisamente debido a su extensa formación acádemica, se ha vuelto ciega a la belleza. Con un personaje tan rotundo y fuerte como la señorita Prim no es extraño que esta novela arranque con tanta fuerza y brillantez y mantenga la ávida atención del lector más curioso señalándole cuestiones diversa sobre nuestros apretados corsés educativos y culturales.
El despertar de la señorita Prim es una novela distinta y acogedora, que gusta por los debates entre la razón y la ciencia, y lo espiritual y lo filosófico. El hombre del sillón y la señorita Prim se miden en tremendos duelos dialécticos pero también  se contradicen y se admiran mutuamente precisamente por sus contradicciones y sus diferencias (atención a la recomendación de Mujercitas por parte de una Prudencia que es pura razón). Natalia Sanmartin Fenollera trata con suma originalidad y frescura temas como la búsqueda de la belleza en nuestro siglo, una reflexión sobre el sistema educativo actual, la recuperación de valores tradicionales bien razonados o la amabilidad del trato social despojado de falsedad (perfecto y acogedor para el lector ese apunte Feelgood de pastelillos y chocolates a la taza junto a una chimenea encendida).
«La tradición no tiene edad, es la modernidad la que envejece.«
Natalia Sanmartin convence al lector con un estilo rico, una prosa fluida y bien construida que da credibilidad a los peculiares personajes que pueblan San Ireneo y que dota de una perfecta ambientación una trama distinta con ecos de buena novela decimonónica. Una novela en la que se trata con una delicadeza exquisita los planteamientos de Santo Tomás (entre otros), y en la que la autora hace todo un arte del «decir sin decir»; sobre todo en lo que a espiritualidad religiosa se refiere, intensamente presente en toda la novela pese a que en ningún momento Sanmartin escribe explícitamente sobre ella. Y de fondo y forma la presencia continua de Jane Austen: Darcy como perfecto modelo masculino, la visión femenina de la sociedad de su siglo como un punto de vista diferente y enriquecedor, etc.

Lector, pasa a tomarte un chocolate a la taza y bizcochos de nata con los habitantes de San Ireneo; deja que el tiempo se detenga y la búsqueda de la belleza no sea algo postergado por el estrés de nuestras vidas.Muchas gracias a MaraJss por su recomendación: me dijiste que me gustaría y… acertaste de lleno.

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Gerona, de Benito Pérez Galdós

En el invierno de 1809-1810 las cosas iban muy mal para España, todos querían mandar. En lugar de aunar fuerzas contra el invasor francés —un ejército profesional y eficaz de unos 300.000 hombres, según apunta Galdós—, andaban los políticos enredando por ver quién tenía más poder y se salía con la suya. Gabriel, que se ha incorporado en el ejército central después del horror de Zaragoza, va camino de Cádiz acompañado de su buen amigo Andresillo Marijuán, también procedente de otra guerra pesadillesca: el sitio de Girona. Gabriel cuenta, en este episodio nacional, la experiencia en primera persona de su compañero Andrés Marijuán en la toma de Girona por los ejércitos franceses, cómo sitiaron la ciudad durante meses condenando a la población (militar y civil) a la hambruna y la desesperación. Los gerundenses, arengados por el formidable general y gobernador Mariano Álvarez de Castro, resisten siete meses sitiados. 
«Sucedía en Sevilla una cosa que no sorprenderá a mis lectores, si, como creo, son españoles, y es que allí todos querían mandar. Esto es achaque antiguo, y no sé qué tiene para la gente de este siglo el tal mando, que trastorna las cabezas más sólidas, da prestigio a los tontos, arrogancia a los débiles, al modesto audacia y al honrado desvergüenza.«

Avisa al lector Gabriel que como está escribiendo estas memorias en su madurez, y que algo ha aprendido por el camino, referirá el episodio del sitio de Girona retocando el hablar tosco y sencillo de su compañero Andresillo Marijuán. Y aunque la narración es vívida y en primera persona del conmovedor protagonista, el lenguaje de este episodio nacional es semejante a los anteriores. Un episodio muy semejante a Zaragoza en el sentido de que de nuevo Galdós enfrenta al lector con los horrores más crudos de la guerra: niños muertos literalmente de hambre, niños enterrando con sus propias manos a sus hermanitos pequeños, centenares de cadáveres por las calles, desesperación, locura, crueldad… 
El problema de Gerona es que en ocasiones se hace algo tediosa, como en sus tres capítulos dedicados íntegramente a las ratas de la ciudad (por muy metáfora que sea de las guerras napoleónicas, es insoportable y repugnante) o sus casi cinco capítulos sobre la locura que asalta a don Pablo Nomdedeu cuando se trata de dar de comer a su hija enferma por encima de las necesidades de cuatro pobres niños, o el larguísimo parlamento agónico y alucinado del buen doctor en su lecho de enfermo (¡un capítulo entero!). Seguramente, Gerona adolece de la falta de novedad (el lector ya vivió un sitio angustioso y terrible con Zaragoza y este episodio es un poco más de lo mismo) y de líneas argumentales secundarias de peso que sostengan su número de páginas (a diferencia de Zaragoza, en este episodio no hay más línea narrativa que las desventuras de Andrés Marijuan y sus niños). O quizás, simplemente, sea esa ausencia de Gabriel y sus cuitas amorosas, aderezando la acción, el espionaje, la guerra y el ir y venir de tantos y tan geniales personajes secundarios ficticios o reales.
Sin embargo, Gerona vuelve a ser otro de los episodios nacionales más conmovedores, donde el punto de ternura lo ponen sin duda los niños, junto con alguna pizca de sentido del humor que muchas de las veces se torna escalofriante (como un baile de sardanas esperpéntico en medio del agotamiento bélico más absoluto, o la narración de las aventuras de los más pequeños entre las balas de cañón como si fuesen inmortales). Destaca, especialmente poso de tristeza para el lector, el olvido al que la Historia de nuestros días ha relegado a los héroes de Girona: «(…) preguntó a don Mariano que a dónde se acogería en caso de tener que retirarse. El gobernador le contestó. «al cementerio». Aquí no hay más remedio que vencer o morir (…). Se le llena a uno la boca diciendo ¡Viva Gerona y Fernando VII!, le parece a uno que ya está viendo las historias que se van a escribir ensalzándonos hasta las nubes«. Pues muchas no se escribieron. 
Lector, pese a ser uno de los episodios nacionales más flojos hasta la fecha, siempre comparado con el resto de la primera serie, resulta una lectura apasionante y conmovedora.
Notas curiosas:
De nuevo Galdós huyendo de maniqueísmos y respetando a las personas por encima de las guerras «En honor a la verdad, debo decir que los franceses entraron sin orgullo, contemplándonos con cierto respeto, y cuando pasaban junto a los grupos donde había más enfermos, nos ofrecían pan y vino.«
En Gerona encontramos una explicación del dicho «A cada cerdo le llega su San Martín» (ver capítulo II)
Fantástico el ingenio y la clarividencia de don Benito cuando pide, en una reflexión sobre las guerras imperialistas, una policía de las naciones (¡Está pidiendo una ONU en 1875!). O una imagen que muchos lectores reconocerán de una película de Charles Chaplin, El gran dictador: «Verdad es que parte de la responsabilidad corresponde al mundo, por permitir que media docena de hombres o uno solo jueguen con él a la pelota«. 
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El final de Gerona es estupendo, con la llegada de Gabriel a Cádiz y la sorpresa que allí se encuentra. Por no hablar de Amaranta, cortejada, nada más y nada menos, que por Lord Byron.

Otras reseñas de Verano Galdós:
Carmen y amig@s
Cajita de capítulos

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La chica de las fotos, de Mayte Esteban

Alberto Enríquez y Lucía Vega, dos famosísimos actores a punto de estrenar su última película, deciden tomarse unos días de descanso en un hotelito con encanto en el diminuto pueblo de Grimiel. Además del respiro, han pactado con sus agentes y un desalmado paparazzi unas fotos «robadas» de ambos en actitud cariñosa para aparentar una relación que les suponga publicidad gratuita para la película. Pero algo se tuerce en todo el montaje y nada sale como Alberto y Lucía tenían planeado. Lucía se encuentra con una vida de sencillos placeres en la quietud del pueblecito a la que le va a resultar muy difícil renunciar, y Alberto se topa con algo totalmente inesperado: Rocío, una chica extraordinaria que parece inmune a sus encantos. Cuando el mundo de los actores colisiona con la sencilla y temerosa vida de Rocío todo salta en mil pedazos ¿Cómo rehacer una vida después de haberla dinamitado hasta sus cimientos? ¿Dónde está el límite entre vida pública y privada de los actores? ¿Hasta dónde llegan las mentiras entre bambalinas para promocionar una película?
«-La vida es como barro. La vamos esculpiendo día a día, ¿no crees?
-En la vida -dijo mirándolo-, los errores se quedan. No admiten retoques.
-No estoy de acuerdo. Siempre se puede volver a empezar. Desde el principio.
-Eso no es verdad. Cuando te equivocas con alguien ya no hay vuelta atrás. Se acabó. Nada se parece a lo que era -dijo ella, adentrando su mirada en la oscuridad de la lluviosa noche.
-Cambia entonces al personaje.«

La chica de las fotos es la novela finalista del III Premio Digital HQÑ de este año, y la sexta novela que leo de su autora, Mayte Esteban. Los que pasáis habitualmente por Serendipia ya sabéis que no soy lectora de romántica pero sí que me encantan las novelas bien escritas (¡¿Y a quien no?!) y la prosa de Mayte Esteban, para mí, siempre es sinónimo de calidad; no importa el género en el que se adentre, la rigurosidad de su escritura, la gracia de sus construcciones gramaticales, la personalidad de su estilo son ya su marca distintiva.
Empecé a leer La chica de las fotos pensando que me encontraría con una novela divertida y ligera, de esas tan agradables que se devoran en verano o cuando nos hace falta algo simpático que nos arrope en los malos momentos, pero me encontré mucho más. Tropecé con unos personajes estupendos, muy alejados de tópicos y clichés (sobre todo en el caso de los dos actores, que podrían haber sido el prototipo de divos insoportables, y no), unos diálogos llenos de ingenio y chispa, y la riqueza de unas reflexiones y paralelismos que llevan a esta historia más allá de la anécdota: la similitud entre los cotilleros y maledicencias de un pueblo pequeño, ese etiquetar y deformar los hechos sea verdad o mentira lo que se cuenta de la persona, y los rumores de la prensa rosa y los montajes de paparazzi y seudo-periodistas sensacionalistas. Mayte Esteban no solo cuenta una historia divertida sobre dos personas que se enamoran en las peores de las circunstancias, sino también una fábula sobre las mentiras, los mentirosos profesionales y la exposición a la maledicencia a la que todos estamos expuestos (unos más que otros, eso sí) y de qué manera destruyen nuestra vida y nuestras relaciones con las personas a las que queremos.
En La chica de las fotos el lector va a encontrarse con una Mayte Esteban segura de sí misma y fiel a la personalidad de su prosa. Con su estilo elegante y fresco, su lenguaje directo, su sensitiva mirada al interior de sus personajes y su desenfadado sentido del humor, la autora vuelve a ofrecer al lector una literatura de evasión que enamora por su buena construcción y sus estupendos protagonistas.
Lector, una novela divertida y sincera que te cautivará.
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La chica de las fotos

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