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Ángulo de reposo de Wallace Stegner
En abril de 1970, el historiador Lyman Ward vuelve a la casa de sus abuelos en Grass Valley, California, y se instala a vivir solo pese a una dura enfermedad degenerativa que le dificulta el movimiento. Acosado por su hijo Rodman, que quiere ingresarle en un asilo, y molesto por los problemas hippies de la hija de su vecina y asistenta, que le hará de secretaria, Lyman se empeña en escribir la historia de Susan y Oliver Ward, sus abuelos. Susan Burling era una reconocida ilustradora y escritora, y Oliver un apasionado ingeniero de minas y canales. Ambos fueron pioneros en el Oeste americano de las tres últimas décadas del siglo XIX. Continuamente nómadas en un territorio hermoso y salvaje, Susan y sus tres hijos seguían a Oliver allí donde las oportunidades de un trabajo interesante se presentasen. Pero la dificultad en encontrar inversores para algunos proyectos, la codicia humana en otros o la maldición de adelantarse a sus tiempos persiguen a Oliver y debilitan la fe de su esposa en él. New Almadén, Santa Cruz, Leadville, Michoacán, los cañones de Idaho,… Paisajes hermosos y vírgenes, tierras salvajes con su fauna intacta, constituirán el hogar de los Ward, obligados a empezar de nuevo cada vez que se trasladan por los inhóspitos y terriblemente grandiosos escenarios de un Oeste aún por civilizar.

En minería, el ángulo de reposo es aquel en el que los guijarros, tierras y otros materiales removidos, dejan de rodar y se aposentan inmóviles.
Lyman Ward, la voz narradora de Ángulo de reposo, explica que su voluntad no es la de escribir una historia sobre la conquista del Oeste sino la de un matrimonio que a simple vista parecía destinado al fracaso. Susan Burling era demasiado señora para el mundo salvaje, demasiado civilizada y culta, más dama que mujer, y Oliver Ward era más hombre que caballero. Pero pese a la voluntad de Lyman, y la intensidad de sus abuelos, el Oeste se abre paso por su propia fuerza y se convierte en protagonista inevitable de Ángulo de reposo. Para Susan el Oeste no era un nuevo territorio que se estaba creando sino uno antiguo que se reproducía porque las damas apasionadas de la cultura se llevaban con ellas todo lo que más amaban, y se sentían por siempre exiliadas del este, de ese Nueva York -en el caso de Susan- lleno de teatros y publicaciones, de galerías de arte y de tertulias intelectuales. Para Oliver, el Oeste era la aventura, la oportunidad de sentirse realizado desempeñando nuevos trabajos y proyectos, tan grandiosos y llenos de imaginación, que sólo tenían cabida en esa nueva tierra por civilizar. Al Oeste llegaba toda clase de personas, lo mejor y lo peor de la sociedad americana de la época. Especuladores, buscadores de oro, delincuentes fugados, asesinos… Pero también ingenieros de Oxford y de Harvard, recién licenciados en el MIT en busca de la experiencia, capitalistas ingeniosos, aventureros, amantes del progreso. Todo estaba allí a finales del siglo XIX: la desesperación y la riqueza.
Wallace Stegner, apasionado de la Historia y gran conocedor del Oeste, retrata simultáneamente en Ángulo de reposo la vida de cuatro generaciones de la familia Ward, personas únicas y luchadoras que nunca se rindieron ante las adversidades. Con una prosa contundente, magistral, única, Stegner convierte en obra maestra este Premio Pulitzer de literatura, ya considerada como una de las mejores novelas de la narrativa norteamericana. El lector disfrutará de unos personajes carismáticos, sólidos, hijos de su época y circunstancias, casi reales gracias al talento de Stegner. Pero sobretodo se verá sobrecogido por la inmensidad de un Oeste salvaje y hermoso, todavía rebelde a los intentos de civilización de los primeros colonos. Destaca la delicada belleza de la metáfora del ángulo de reposo, de unos guijarros que ruedan sin cesar durante tres generaciones hasta que se aposentan, quizás demasiado cruelmente, en la inmovilidad forzada del narrador. Sin duda, una novela que se disfruta por su estilo, su elegancia, sus reflexiones y ese contraste, pretendidamente buscado, entre las relaciones de género de la época victoriana y la explosión de libertad que supuso el movimiento hippy de los años 70 en Norteamérica.
Merece especial mención la magnífica y cuidada edición de la editorial Libros del Asteroide.
Lector, aquí tienes una novela tan grandiosa como sus paisajes y personajes, no te la pierdas.
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El mayor Pettigrew se enamora de Helen Simonson
El mayor Pettigrew vive en la casa de sus ancestros en el pueblecito costero de Edgecombe St. Mary, donde los cambios nunca son bienvenidos. Cuando recibe una llamada de su odiosa cuñada para informarle de que su único hermano ha muerto, el mayor se siente súbitamente desvalido. Hace muchos años que perdió a su esposa y la muerte de su hermano le hace pensar en la soledad que lo rodea. Algo aturdido, abre la puerta de su casa sin pensar, sumido en el dolor de la llamada telefónica, y tropieza con la señora Ali, la amable viuda de origen paquistaní propietaria de la tienda de ultramarinos del pueblo. En un momento de debilidad, la señora Ali se cuela en la vida del mayor para iluminarla con relatos de Kipling y té recién hecho. Inician así una amistad que les enriquecerá de las más sorprendentes maneras y que desagradará profundamente a los conservadores habitantes de Edgecombe St. Mary. Pero ni siquiera los cambios más recientes, como la lucha por la herencia de las Churchills o la misión de rescate del pueblo de su vecina Alice, conseguirán alterar lo más mínimo la extraordinaria flema británica, el genial sentido del humor o los sólidos valores morales del mayor Pettigrew.

El mayor Pettigrew se enamora es una magnífica historia que destila el más apurado y tradicional encanto inglés de principio a fin. Desde el primer capítulo es imposible que el lector no se rinda incondicionalmente al mayor Ernest Pettigrew, un personaje único por su aplomo, su educación, sus gustos literarios, su sentido del honor (y del humor), su bondad y un ingenio divertidísimo que derrocha en unos estupendos diálogos para castigar a los idiotas con un sano sarcasmo y a los maleducados con sutil ironía. Helen Simonson nació en Inglaterra y pasó su adolescencia en un pueblo de Sussex, circunstancia que se ve reflejada en el profundo conocimiento y desenvoltura de la que hace gala al describir las costumbres arraigadas, habitantes y paisajes de Edgecombe St. Mary. El carácter reservado de los caballeros del lugar, el molesto liderazgo de la señora metomentodo y su grupito seguidor, la resistencia al cambio y la conservación de las rígidas diferencias sociales (fiel reflejo en el club de golf o en el comportamiento de Lord Dagenham) retratan con acierto y muy graciosamente esta comunidad del sur de Inglaterra. Simonson escribe con fluidez y soltura, sin que le tiemble el pulso -ni la trama- incluso cuando se adentra en cuestiones racistas, culturales o religiosas. Sabedora de que su personaje principal es extraordinario, lo convierte en protagonista y héroe acuciado por los cambios en un momento de su vida en el que pensaba que ya no se vería sorprendido por nada. Con esta estupenda prosa y unos diálogos brillantes, geniales, mordaces, muestra del mejor humor inglés, Simonson se estrena en la novela de ficción con una historia inteligentemente divertida, hermosa y original, y un protagonista inolvidable. Desmerece quizás, para el lector más crítico, un agitado final que desentona un poco con la delicadísima (una genial sensibilidad de la autora en cuestión de gestos y palabras no pronunciadas) y exquisitamente elaborada relación del mayor Pettigrew y la señora Ali.
Lector, entra en Rose Lodge, siéntate junto a la chimenea y saborea una buena taza de té mientras escuchas a la señora Ali recitar poemas de Kipling. Seguro que caerás en las redes del estoico encanto del mayor Pettigrew, es inevitable.
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Las verdaderas confesiones de Charlotte Doyle de Avi (Edward Irving Wortis)
Corre el año 1832 en Inglaterra cuando Charlotte Doyle, una delicada muchacha de trece años, termina sus estudios en la Escuela Barrington para Chicas Brillantes y se dispone a regresar a Estados Unidos con su adinerada familia. Su padre, importante exportador de algodón de Rhode Island, lo ha dispuesto todo para que Charlotte vuelva a casa en uno de sus barcos mercantiles, bien acompañada por dos familias americanas que también regresan a casa desde el puerto de Liverpool. Pero cuando la chica llega a los muelles y su mozo de carga descubre que va a embarcar en el Halcón del Mar, a las órdenes del Capitán Jaggery, deja el baúl de viaje junto a su propietaria y sale corriendo. Nadie parece querer siquiera acercarse a esa hermosa goleta y el nombre de su capitán se pronuncia con terror. Sin embargo, el señor Grummage, siguiendo las instrucciones del padre de Charlotte, se asegura de hacerla subir a bordo pese a que no hay ni rastro de las otras dos familias que deberían acompañarla en su viaje. La pequeña señorita Doyle cruzará sola el Atlántico a bordo de un extraño barco de terrible reputación y las enseñanzas de la Escuela Barrington para Chicas Brillantes no parece que la haya preparado para lo que le espera.
Nota: La imagen a continuación pertenece a la preciosa y cuidada edición en catalán de Editorial Bambú, que es la que he leído. La ilustración de la portada ganó el Premio Junceda 2011 y la labor de esta editorial es destacable por su mimo y buen hacer (ni una errata, ni una falta). La imagen refleja con acierto la historia y la atmósfera que va a encontrarse el lector en estas estupendas páginas.

«No hay demasiadas chicas de trece años acusadas de asesinato, llevadas a juicio y declaradas culpables (…). Si las ideas fuertes y la acción os ofenden, no continuéis leyendo.»
Así empieza Las verdaderas confesiones de Charlotte Doyle, una estupenda novela de aventuras al más puro estilo de los clásicos con un toque de originalidad irresistible. Esta es la historia de cómo cambió la vida de una señorita de buena familia de la época victoriana, que embarcó como una delicada pasajera y terminó siendo un miembro más de la tripulación. Irving juega con suspense, mucha acción y giros imprevistos para mantener la atención de un lector gratamente sorprendido por un escenario único, como lo es el Halcón del Mar, una protagonista inusual, la insignificante Charlotte, y unos personajes extraordinarios. El lenguaje del autor es elegante, flexible, sorprendentemente ágil y descriptivo, con un vocabulario marítimo preciso y una excelente adaptación histórica al período de principios del siglo XIX. Narrada en primera persona, desde el punto de vista de la protagonista, la pequeña Charlotte cambia y madura a lo largo de toda la travesía convirtiéndose en un personaje rico, matizado, que evoluciona a través de su experiencia emocional. Pocas veces la literatura de aventuras muestra unos personajes tan bien dibujados y con similar evolución personal a los protagonistas que el lector encontrará en esta novela. Acción, conspiraciones, amistad, traiciones, aprendizaje, misterio… Todos los ingredientes de los clásicos en una estupenda y original novela escrita a finales del siglo XX que sabe recoger el encanto de una prosa elegante y precisa al servicio de una trama magistralmente pautada. Destaca el delicado detalle de la lucha por evitar la marginación y tomar las riendas de su propio destino de dos personas que, por su género y su color de piel en 1832, apenas tenían poder de decisión en la sociedad de la época. Y, por supuesto, el maquiavélico juicio contra Charlotte, donde la retorcida y malvada prosa de cierto personaje consigue que el mal triunfe sobre la verdad en una acertada parodia sobre los discursos de los abogados y la falta de justicia en los tribunales.
Lector, si te atreves a embarcar en el Halcón del Mar prepárate para vivir una aterradora y emocionante aventura a las órdenes del más despiadado de los capitanes. Pero, por si te lo preguntas, no, no hay piratas.
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Un problema de tres pipas de Julian Symons
Sheridan Haynes es un consumado actor que ha encontrado el papel para el que siempre había estado destinado en su carrera: interpreta a Sherlock Holmes en una serie televisiva que recrea los libros de Sir Arthur Conan Doyle. Haynes, Sher para los amigos, es excéntrico y peculiar, y gracias a un truco publicitario del estudio vive en Baker Street junto a su estoica esposa Val. Odia los tiempos modernos, la falta de moral y el ruido del tráfico, cree que el peor invento de la Historia fue el motor de explosión, y anhela vivir en la época victoriana en la que transcurren las aventuras de Sherlock Holmes. Un día, tropieza en la prensa con la noticia del caso del asesino karateka, unas extrañas muertes por golpes de karate sin aparente relación entre si, y decide lanzarse a la investigación tal y como lo haría Holmes. Pese al escepticismo de su esposa, la oposición de su agente, la risa de sus compañeros y las advertencias de la policía, Haynes se entrega a esta aventura con más acierto del que todos podrían haber creído posible.
Un problema de tres pipas hace referencia a un curioso diálogo entre el doctor Watson y Sherlock, en Las Aventuras de Sherlock Holmes:
«-Entonces, ¿qué piensa hacer? -le pregunté.
– Fumar -respondió-. Es un problema de tres pipas, y le agradeceré que no me hable durante los próximos cincuenta minutos.»
Julian Symons (1912-1994) fue un escritor de novelas policíacas con un profundo conocimiento y admiración por la obra de Sir Arthur Conan Doyle, como bien demuestra en la excelente novela Un problema de tres pipas. Symons no sólo trata con respeto la memoria del personaje de ficción y sus aventuras, sino que consigue que su protagonista, Sheridan Haynes, viva una aventura perfectamente holmesiana con mucho encanto y coherencia en el Londres de finales del siglo XX. Una trama sencilla, aderezada con un buen número de estupendos personajes, un misterioso asesino y un extraordinario detective, que recrea la niebla londinense, a los irregulares de Baker Street e incluso a un discreto Watson a la medida del gran Haynes. Symons escribe con maestría y perfila sus personajes con gran acierto psicológico logrando la difícil tarea de hacerles hablar y decidir en consecuencia a sus rasgos personales. La riqueza de sus caracteres, las pinceladas de estupendo humor inglés, el suspense de los asesinatos y el interés de sus tramas secundarias, así como el carisma de su protagonista (el lector no puede menos que sentir cierta ternura hacia él por sus manías e intenciones), hacen de esta novela una estupenda historia policiaca que no dejará indiferentes ni a los más estrictos admiradores del Canon.
Lector, aunque Sheridan Haynes reconozca no tener un intelecto a la altura del gran Sherlock Holmes, verás qué bien que se le dan sus deducciones entre el demencial estruendo del tráfico en el corazón de Londres.
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El castillo de cristal de Jeannette Walls
Jeannette, Lori, Brian y Maureen son cuatro hermanos a remolque de unos padres excéntricos y rebeldes. Siempre corriendo de un lugar a otro del país, huyendo de los acreedores, a veces no hay más sitio dónde dormir que en una manta bajo las estrellas o en una caja de cartón, y nada que comer excepto lo que se encuentre en la basura. Rex Walls, el padre de Jeannette, es un brillante matemático, cosmólogo, ingeniero y manitas que no hace más que perder trabajos- cuando decide tener uno- por culpa de su carácter camorrista y su propensión al alcoholismo. Mamá es profesora pero prefiere no ejercer porque desea dedicarse a ser una artista de la pintura y la escritura, y porque es espantoso tener que madrugar o poner reglas a los niños. De pequeña, a Jeannette sus padres le parecían geniales. Nómadas sin descanso, viviendo siempre una gran aventura, nunca creyó en Papa Noel por eso su padre, una Navidad en la que para variar no tenían ni un dólar, le hizo el mejor regalo de su vida: el planeta Venus. Pero cuando los cuatro hermanos Walls crecen, comprenden que los demás padres cuidan de sus hijos, les dan un techo donde vivir, comida todos los días y amor. En el país de las oportunidades, en el auge de los años 60, hay empleo para dos personas tan capaces como los Walls, sin contar con la increíble herencia de su abuela materna ¿Por qué Jeannette y sus hermanos están condenados a ir sucios, descalzos, pasar frío, vivir en chabolas al borde del derrumbe y buscar en los cubos de basura algo que comer?

«Estaba sentada en un taxi, preguntándome si no me habría emperifollado en exceso para la velada, cuando miré por la ventanilla y vi a mamá hurgando en un contenedor de basura.» Así comienza El castillo de cristal, la historia de «4 hermanos que han conseguido sobrevivir a pesar de sus padres«, como resume Isi (del estupendo blog From Isi) con tanto acierto.
El castillo de cristal es la valiente, sincera y extraordinaria biografía de la periodista y escritora Jeannette Walls. Con un estilo impecable y unas frases contundentes, que desarman por su emotiva sencillez, Walls explica sus recuerdos de niñez conservando esa mirada testimonial infantil que se va transformando a medida que crece. La pequeña Jeannette ve a su padre como un héroe y no puede creerse la suerte que tiene de haber ido a parar a una familia cuya única regla es la de vivir siempre como si se tratase de una estupenda aventura. A medida que su comprensión madura, Jeannette y sus hermanos empiezan a acusar el alcoholismo de su padre, la falta de interés por nada que no sea ella misma de su madre, su terrible vida de vagabundos sin raíces, pasando frío sin hogar ni abrigos, sin amigos, sin comida. Sus padres no quieren trabajar, ni pedir subsidios estatales porque significa aceptar limosna, ni vender los terrenos de la abuela, ni vivir en la hermosa casa familiar que les legó. Los cuatro hermanos Walls, inteligentes y voluntariosos, conseguirán romper el vínculo con sus destructivos padres y rehacer su vida en Nueva York, convencidos de que sólo hacía falta desearlo para salir de la extrema pobreza a la que habían sido injustamente condenados. Jeannette Walls narra sin complejos y con una prosa excelente y conmovedora su infancia y su juventud, sin ocultar el enorme ejercicio de comprensión y perdón que intenta hacer con sus padres. Pero el resultado nunca es un drama lacrimógeno sino una luminosa confesión, a veces enternecedora (por el cariño y protección mutua que se profesan los hermanos), a veces delirante (por la absurdidad y el egocentrismo de los padres), de un pasado que necesita sacar a la luz porque forma parte de ella. El resultado es una excelente novela, una increíble biografía, tan bien escrita que brilla como el planeta Venus en el cielo nocturno.
Lector, déjate sorprender por la conmovedora sencillez de la prosa de Jeannette Walls y su extraordinaria infancia.
También te gustará: Cuatro hermanas; A la caza del amor; El consuelo; Rabos de lagartija
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